9/12/10

Marsias imaginario


En qué estaría pensando Marsias aquel mediodía de verano, cuando la diosa dormía la siesta a la sombra de un castaño. En qué estaría pensando, él, que habiendo nacido de la baba de un sileno, poseía el destino de las ninfas y de las bestias. Le habrá confundido, quizá, con una mortal, con una codornisa vuelta hembra por un hechizo, o acaso con una dríade.
No podía saber que la diosa desnuda bajo el árbol se hacía la dormida, avisada por una araña que le mostró su rostro en las gotas de agua que colgaban de su tela. Su respuesta al aviso no fue más allá de un ligero remoloneo sobre la tierra fértil que le servía de lecho, y un viento a la altura del plexo. Con el pie apartó su égida de la vista del sátiro, mientras a punta de pulgar convertía el arco en una cobra y las flechas en culebras que fueron tragadas por la tierra. Nada delataba su condición de diosa, salvo su androginia de hombros anchos y esas caderas cuyos huesos le sobresalían de la curva del vientre, como sobresalen los mascarones de proa y las dunas que la vieran nacer, de la cabeza de su padre, en el desierto de Libia. Nada, ni siquiera el austero deseo que mojaba la tierra con semillas de olivo.
Y allí estaba Marsias, allí mismo, asomado al tronco del castaño, con su cara de sátiro vuelta hacia ella, con su categórico priapismo de leyenda alzado hacia ella, hacia la ninfa, hacia la mujer que él creía una ninfa. Hacia la maga que paría culebras y olivos en la ciudad de Atenas, y le había arrancado la piel a un gigante para vestir su égida en forma de medusa. Hacía ella se hundía el sátiro -¡pobre de él!- con entusiasmo púber, enamorado ya hasta el final del tiempo. Saltó sobre la ninfa aparentemente dormida, y quedose perplejo de que no fuera él quien empezara a mecerle, sino ella, cuyo gemido convocó una asamblea de pájaros en la copa del castaño. ¡Había dado con un vientre hegemónico!
Mientras descansaba en el regazo de la diosa, pensó que Zeus se habría compadecido de él, enviándole a Atenea para liberarlo de la perpétua carga del éxtasis que liquida toda posibilidad de elección. Estando dentro de su vientre, el sátiro reconoció la divinidad de Atenea, y supo también que ella le haría  humano, y por tanto libre. Con ella, su condición de esclavo de la naturaleza quedaba aniquilada.
Se sonrió Marsias, pensando en la tan mentada virginidad de la diosa: ¿cómo reconocer la sangre derramada en tierra que con flujo aborigen acababan de sembrar bestia y diosa? Se sonrió el desmañado Marcias, pensando en Hefesto, ese cojo, que no habiendo conocido el vientre de la diosa le engendrara un hijo, Erictonio, hombre-serpiente futuro rey de Atenas y devastador de bosques umbríos. Él jamás le hubiera engendrado un aniquilador de territorios. Podría ser tirano el instinto, sí, pero estaba hecho para los nidos húmedos, para las flores jugosas de cuya pulpa bebían las abejas, para la eterna reproducción por perfecto cálculo natural.
Se irguió Atenea, apartando de su ombligo al revoltoso Marsias como se espanta a una mosca: ella no quería hijos, sino sólo complacerse. Y Marsias se apartó como se apartan las bestias cuando se yerguen las diosas. El cuerpo de ella, enteramente hermoso, se desperezó bajo el  tibio sol de las primeras horas de la tarde. ¡Ah, qué satisfecha estaba! Le rascó la cabeza al sátiro, que agradeció la caricia con un cabeceo perruno -¡pobre de él-, no sin antes comprobar su condición humana apartando con dulzura el vellón que le cubría la entrepierna. La diosa sonrió. Por primera vez en su larga vida salvaje, esa criatura sabría lo que era un buen sueño.
A cambio del gusto que le diera, Atenea le obsequió su aulos, aunque como única condición exigió que Marsias dijera haberlo encontrado junto a un lago, después de que ella renunciara al instrumento porque al soplarlo se le hinchaban las mejillas, provocando la risa de todo el Parnaso. El sátiro se postró a sus pies, pero cuando alzó la mirada para contemplar por última vez a su benefactora, la diosa había desaparecido.
Lloró Marsias sobre la tierra donde habían yacido. Lloró lágrimas de hombre sobre la tierra fértil donde crecía el castaño, y lo hizo tan amargamente, que la tierra se convirtió en arena y al tiempo el árbol se secó. Entonces se internó profundamente en el bosque umbrío, y mientras se abría paso entre los ramajes, recordó que ser hombre le traería también la imposiblidad del olvido. Que la alegría genésica de la piel sucumbiría al paso del tiempo quién sabe cómo, si bajo la trama viviente de una cúpula arbórea, si en una playa o en la ciudad, siendo mercader de hombres, pescador, músico o mendigo, con su mitad salvaje proscripta a la frontera de sus venas, y la otra, la del humano, viéndose envejecer en el reflejo de un estanque.
El crepúsculo le alcanzó cuando llegaba a su nido, en la hondonada de un cedro centenario cuyo tronco se hundía en tierra como una enhiesta cariátide. Se acostó en la hojarasca que le servía de lecho y se cubrió con su edredón de hibiscos, guardándose de ocultar el aulos bajo una piedra. No volvió a despertar hasta el amanecer de la mañana siguiente, espabilado por la música de una flauta: Eurídice bailoteaba  a la vera del camino, inspirada por los favores de marzo. Al desperezarse, Marsias produjo el viento: ¡por el muslo de Zeus, no recordaba haber dormido tan bien en toda su vida! Buscó a tientas su cuerno de toro siempre cargado de mosto, bebió un largo trago y se fue a andar con su aulos escondido en el fondo del morral.
Anduvo toda la mañana y toda la tarde, haciendo paradas forzosas para beber de las fuentes y comer algún fruto que encontraba por el camino. Nunca le había resultado tan embriagador el aroma del bosque, nunca más sobrecogedora la lenta putrefacción de las simientes en los rincones hasta donde apenas llegaba la mirada. Se detenía en cada escondrijo como si fuera la primera vez: ¡oh, huevas de salmón!¡perlas de ámbar! Sin embargo, lo que en otro tiempo le habría parecido un manjar, ahora le producía repugnancia. Al saltar un peñasco, perdió Marsias el equilibrio, con lo que el aulos que llevaba en el morral rodó por los suelos. Lo recogió con sumo cuidado, como si se tratara de una gema. ¿Era posible que él, un animal torpe y viejo cuya cornamenta empezaba ya a inclinarle sobre la tierra, fuera capaz de aprender a tocar ese instrumento? Se lo pensó un buen rato, sentado en la hojarasca. Y no sólo eso... ¿qué tal si además de aprender por si mismo se convertía en un ejecutor virtuoso, pudiendo, inclusive, desafiar a un dios? A Apolo, por ejemplo. ¡Cuántas veces había fantaseado, a solas, con la idea de retar al mismísimo Apolo! Dionysos, su mitad sombría y patrón de todos los sátiros, hubiera estado orgulloso.
Así que sopló. Sopló Marsias su primera nota, destemplada y salvaje, en el aulos. Le oyeron las ménades, que inmediatamente empezaron a burlarse de su torpe ejecución. Para hacerles rabiar, Marsias se trepó a la lo alto de un árbol y volvió a soplar con fuerza. Se oyeron unas risas. Luego, silencio. El sátiro les mostró los dientes: ¿os reís?¡reid ahora todo lo que querais, porque algún día mis notas serán tan exquisitas que os llevarán al éxtasis, y ni el propio Apolo podrá imitarme!¡Reid ahora, desvariantes ménades, porque esta flauta regalo de Atenea me hará grande entre los sátiros, y más grande aún entre los hombres!
Volvieron a reirse las ménades, esta vez con saña, y se dispersaron por el bosque.
Marsias regresó a su refugio bien entrada la tarde, cuando su gente celebraba la aparición de una nube-tigre en el ocaso, señal de que Dionysos ponía fin a su temporada de hibernación. Apenas le vieron, comenzaron los cuchicheos y las risas sofocadas. Fue Babis, su hermano, quien se atrevió a provocarle, apoltronado en el vientre rechoncho de una ninfa que le tejía una corona de dragonarias: ¿dónde escondes, hijo de Frigia, el divino regalo de Atenea? Carcajadas. Y le arrojaron un odre lleno de vino, invitándole a beber. Marsias bebíó un largo trago, hizo gárgaras, y escupió el vino en la hojarasca, de donde brotó inmediatamente una vid. El asombro fue unánime, como era de esperarse. Entonces el sátiro se infló de orgullo: lo creyeran o no, esa misma tarde había yacido con Atenea en el campo, bajo un castaño.
Silencio atónito. Luego, carcajada general. Hasta los pájaros parecían reirse del desgraciado Marsias, hasta los grillos. El bosque entero se reía de él. Los faunos aprovecharon el jolgorio para remedar el supuesto coito con Atenea saltando sobre las ninfas, propensas tanto a las oblicuas como a los estupros. Ni hablar de las ménades, que bailotearon alrededor de Marsias dando gritos de éxtasis o berreando como cabras: baaa baaa... saltando sobre las piedras y provocando el feroz apetito de los sátiros con el igualmente feroz apetito de sus gargantas. Ellos respondían riendo o intentando embriagarlas. Fingiendo, en realidad, que las embriagaban. Llevándolas en volandas a través del bosque, bajo la luna. Sin embargo, sería Tarsis, la más anciana de las ménades, quien pondría fin al escarnio haciendo temblar la tierra al dar con su cayado en una peña:
¡Gente insensata y estúpida! Si Marsias, hijo de Sileno y hermano de Babis, viejo entre los más viejos, amante infiel de ménades y bacantes, cómplice de misterios y plenilunios y manso siervo de Dionysos afirmaba haber yacido con Atenea... ¿por qué no habían de creerle? Conocían a Marsias desde que Sileno le trajera al bosque siendo un niño y le hiciera un rebujo de hibiscos bajo el mismo cedro donde dormía cada noche. A Marsias se le conocía tan bien, que incluso se le presentía por la brisa que levantaba cuando volvía del monte, y no había ménade en toda la comarca que no hubiera conocido sus favores ni acompañado en sus danzas. Las panteras comían de su mano y las ninfas le confiaban a sus crías para que les instruyera en las artes de la caza, y cuando su gente se refugiaba en las cavernas del Ménalo, sus narraciones sobre el tigre que había cazado en Anatolia para el joven Dionysos, el orígen de los pájaros, la metamorfósis de Procne y sus viajes por el mar, mitigaban el aburrimiento en las noches de invierno alrededor del fuego. Conocía, además, las propiedades de las plantas, de las que extraía los elixires para sanar y profetizar, y si era por beber, bebía hasta quedar exhausto, aunque el último en rendirse siempre fuera él.  Ella daba fe, no obsante, de que nunca le había visto más sobrio que ese día; y si él, elegido personalmente por Dionysos para su cortejo de címbalos, afirmaba haber yacido con Atenea... ¡ella le creía!
La asamblea entera bajó la mirada ante el brioso talante de Tarsis, a quien todos respetaban por ser la mayor de las ménades y la única a quien Perséfone, hija de Démeter, permitía asistir a sus misterios. Nadie, hasta el momento, se había atrevido a poner en duda su palabra.
Pero la de Marsias era ya otro cantar. Si bien el eterno juerguista contaba con la simpatía de todos, no podía decirse lo mismo de su fiabilidad. Ebrio entre los ebrios, Marsias era también un bravucón y un fantasioso, cuando no un imprudente que infringía las reglas del bosque irrumpiendo en los sembradíos para saltar  a las labradoras. Sin embargo, había algo en lo que Tarsis tenía razón: nadie recordaba haber visto a Marsias tan sobrio hasta esa tarde. Babis dio un paso adelante, arrancó el brote de vid nacida del espumarajo de su hermano y lo expuso ante la concurrencia: nadie recordaba, tampoco, que Marsias fuera capaz de realizar hazañas propias de los dioses, pero si Atenea, en su infinita sabiduría, le había dado de propia mano su aulos  creyéndole capaz de ejecutarlo, él también le creía.
Entonces la asamblea decidió darle otra oportunidad a Marsias, que prometió cumplir.
Pasaron los meses, las estaciones y los años, y poco a poco la gente del bosque se fue olvidando del viejo sátiro. Hasta que una noche de principios de primavera, Marsias sacó su aulos y se puso a tocar. Fue para la víspera del 16 de marzo, durante las bacanales y en presencia del mismísimo Dionysos, que dormitaba sobre un lecho de hiedras de cara a una luna roja. Se irguió el dios, perplejo, preguntando quién era el intérprete de tan deliciosa melodía. Es Marsias, mi señor, le dijeron; Marsias, el hijo de Sileno, el cazador de tigres en Anatolia... es Marsias, con su aulos. El dios recobró su posición en la hiedra y se quedó pensativo, viendo como todas las estrellas caían y se deshacían como glebas de tierra seca en la gran bóveda del cielo.
¿Marsias? Oh, que siguiera, que siguiera... de ser posible toda la noche, ese bribón de Marsias... ¡pero que siguiera! Animado por Dionysos, el sátiro se apoderó de la atmósfera salvaje de la fiesta, la asimiló, se nutrió de ella, la restauró sigilosamente y la transformó en un sonido que rajó el bosque en dos mitades: el que era antes de la primera nota, y el que sería después. Todos bailaron hasta el amanecer, y aunque también todos bebieron, no fue el vino lo que les llevó a la más completa ebriedad antes de que empezaran a vaciarse las tinajas, sino la música del aulos. El único que se mantuvo sobrio fue el propio Marsias.
Ya entrada la mañana, y mientras todos dormían, se inclinó sobre un estanque para beber, pero al ver su propio rostro reflejado en el agua se echó atrás espantado, pues no era su rostro el que veía, sino el de Cronos, el devorador de hombres. Le vio revolviendo calaveras en los surcos de su rostro, una cañada de vértigo, el axioma ratificador de la muerte. Sólo entonces comprendió que habiéndose unido a Atenea aquella tarde bajo la copa de un castaño, la diosa no sólo había saciado su constante demanda de embriedad ,sino que con ello le había devuelto la lucidez. Incapaz para siempre de volver a embriagarse, Marsias tendría que vivir el resto de sus días y de sus noches consciente de su destino.
Cuentan que tiempo más tarde Marsias llegó a enfrentarse con Apolo para probarle su excelencia musical en el aulos. Apolo aceptó el reto, poniendo como condición que quien saliera victorioso podía hacer con el otro lo que le apeteciera. Se presentó, pues, en el bosque con su cortejo de musas y con Midas, rey de Frigia, que dividía su devoción entre Dionysos y Apolo, siendo ese año Apolo el favorecido. Se abrieron diez caminos en el bosque, uno para cada musa y uno para Midas, y una gran arteria primcipal tapizada de lavandas para recibir al dios, que llegó montado en un cisne gigante de Hiperbórea, con un águila sobre el hombro y la lira oculta entre los ropajes. Cuentan que sucedió una espléndida mañana de primavera, y que el sol brillaba en lo más alto arrancando destellos a su divina cabellera, que todos los pájaros callaron, que las bestias se parapetaron en sus refugios, y que la gente del bosque se hincó a sus pies.
Marsias y Apolo tocaron durante horas, y como era de esperarse ganó el dios. Teniendo a las musas de su parte, y a un monarca pedigüeño como mediador, el resultado de la contienda era tan previsible como su deliberada intención de hacerse con un prosélito sin pizca de oído. Dejó Apolo la última palabra a Melpómene, la melodiosa, que respondió a la divina infamia con gracia corderil. Admitiendo que Marsias fuera, sin duda alguna, un prodigioso intérprete, no había sido capaz de tocar y cantar a la vez como lo hiciera Apolo con su lira. Por tanto, estaba claro quien era el vencedor.
Mientras la musa hablaba, Apolo, esbelto como un junco, seguía la trayectoria de un águila que volaba a gran altura, como un borrón ambulante contra el cielo despejado de la más perfecta mañana de mayo. Luego pareció olvidarse del pájaro y se entretuvo unos minutos dando vueltas alrededor de Marsias, cuyo lomo de bestia mortificada por los años se inclinaba sobre la tierra, no quedando claro si  era por senectud o, si acaso, deseara disimular entre las sombras de su rostro una cierta mirada rastrera. Cuentan que Apolo le soltó su arenga sobre la insensatez de los hijos de la naturaleza, desmañados quebrantahuesos de divinas arquitecturas terrestres, cuya deficiencia innata los hacía propensos a la necesidad e indiferentes a la armonía del cosmos. Sobre la terrible imprudencia de retar a un dios nada más y nada menos que usando como vehículo el divino instrumento de Palas Atenea. Se rió Apolo a carcajadas, pero se reía entredientes: ¡sobre los rumores que corrían desde Frigia hasta Delfos, y desde Delfos hasta Chipre, donde aseguraban que Marsias, hijo de Sileno, decía haber yacido con la diosa-pájaro reina y señora de Atenas!
Cuentan que en ningún momento Marsias se inmutó y que jamás llegó a negar las acusaciones, admitiendo, eso sí, haber roto la sagrada promesa de callar sus amores. Cuentan que aceptó con desparpajo el castigo a su crímen, y que mientras era colgado de un  frondoso roble para ser desollado por Apolo, no hacía más que canturrear la melodía con la que su adversario pretendió haber ganado el torneo. Toda la gente del bosque le lloró, aunque más lo hizo Tarsis, la anciana ménade, que descolgó el pellejo de Marsias con la ayuda de un búho enviado por Atenea, y lo extendió con una ofrenda de hibiscos sobre un meandro del río que se formó con su sangre.
Desde entonces, se recomienda a los amantes no yacer en los tramos sinuosos del río. En mayo, sobre todo, que es cuando la corriente recuerda al ebrio andar de Marsias, y el rumor del viento entre las ramas de los sauces, a los suspiros del sátiro entre los muslos de Atenea. Que es cuando, dicen, hay más peligro de que los hombres se hagan conscientes de su destino.


Photo/post: Xue Jiye

Margalit Matitiahu / El desierto



El desierto infinito,
las montañas altas y afiladas
araron mis deseos...

En las paredes de mi habitación asolada
se transparentan los espacios de mi desierto interior.

Como una bailarina enloquecida y descalza
hago crecer en el calvero
la fruta salvaje
del espíritu.

Margalit Matitiahu (poeta israeli)



Traduccion: Carlos Morales

8/12/10

Veneno de hormigas

Pampa Mito... (no te quejés, flaco, que acá fumigan también, sólo que es más sutil).
Vean mi tierra... esa Pampa de planisferio que sale de fondo es la tierra donde nací -bueno, cerca- y el chico que está hablando es un neo-gaucho ex creyente denunciando el ominoso destino del campero marplatense: las fumigaciones. Así como lo oyen: a esta gente la fumigan. Los asesinos no se guardan, como aquí, de ocultarlo: como ya es costumbre por ese lado del mapa, no se van con disimulos.



El sueño del glifosato produce cíclopes:

+info


Cortesía RSA

Photo/post: Tim Biskup (trucada por la autora del blog).

9/7/10

El silencio


Visto lo visto,  guardar silencio y callar viene a ser cosa de mujeres y de niños, cuando no de enfermeras. 

Imposible admitir un silencio sin alternativas. Como todo, él también está en pugna.

Nota: mis pesquisas por encontrar una imagen que se adecuara a este post fueron infortunadas, pero di con imágenes de este tipo.

14/4/10

Pastel de manzanas con canela al ron.


Para Christian

Hablo de Artaud y de sus cables conectados a las piedras de un abismo iluminado. Del monje francés turista perpétuo de Sodoma, Villòn, que se escondió tan bien de la historia que hasta Gomorra le perdió el rastro.
Hablo de Henry, que nunca durmió bajo un puente, ¿cómo iba a hacerlo, si Anaïs le preparaba el tálamo cada noche en las riberas oscuras del Pont Neuf? (dijeron que era un pornógrafo, pero hubo vulvas parlantes que no escamotearon jamás esa cara que parecía una roca: algo tendría Henry por mucho que se le retorcieran los magistrados).
Hablo de Armando Buscarini, que vendía sus poemas al precio de una zambullida por el acueducto, cuando los alcaldes de Madrid no pensaban aún en frustrar las aspiraciones de los desesperanzados.
Hablo de Delmore Schwartz y su coma etílico en quién sabe qué hotel del gran Sahara neoyorquino. Delmore se fue lentamente, dejando un discípulo: Lou Reed, al que después de los conciertos dos gorilas empotraban en una limusina, que es lo que él mismo mentía a los periodistas novatos. Lou tenía una estrella en la mano, y debió ser Delmore quien le enseñara a sostenerla. Cuando sabes de cables y paletas de madera bajo la lengua, se hace necesario que alguien te lo advierta: “escribe poesía, chico, y verás cómo empieza a doler de veras”.
Hablo de Sylvia, cuya campana, como sabemos, era demasiado frágil: antes de meter la cabeza en el agujero, se dibujó una medialuna imaginaria en la muñeca con una astilla de cristal.
Hablo de Alejandra, la Pizarnik, la huerfanita que se quedó sin sintáxis, porque rota eres y al roto volverás. Oh, rota de mi corazón: sus ojos eran como bocas adictas a la gula por un amor que no llegaba nunca (¿qué otro motivo podría haber para que tuviera una mirada como ésa?) y así se fue la pobre: decepcionada, porque las palabras no le daban el poema perfecto.
Hablo de Osvaldo Lamborguini, “el negro”, tomando mate amargo en lo de Pirí Lugones, que fue la nieta del Lugones original, aquel que decidiera, según algún biógrafo, “tener una muerte de sirvienta”, como siempre: en un hotel.
Hablo de Ian Curtis, el de la soga en la cocina (¿o era un cinturón?¿corbata, quizá?) con esa voz tan Morrison pero sin chicha. Lúgubre el Ian, cantaba unas canciones discordantes, la versión adulta de un niño que ha perdido la esperanza de salir del closer. No dejó escuela, Ian (y si la dejó, mejor que no lo hiciera) porque la gente como él rompe con cadenas, dejando siempre un eslabón solitario. El agujero en la constelación.
Hablo, por supuesto, de Vincent “la muletilla” Van Gogh, y su oreja expuesta en la ventana de un supuesto prostíbulo en las que todas las putas eran castas (o quién sabe, también pudo ser en la iglesia, que mucha diferencia no hay). De la bala que, dicen, se metió él mismo en el estómago. De su dispépsia coronaria, que el doctor Gachet nunca supo auscultarle.
Hablo de Baudelaire, que tan bien supo sacarle el jugo a sus espinas. Quizá debiera haber sido actor, don Charles, por lo bien que vendió su malditismo. Supo, desde luego, hacer escuela: “soy la daga y el cuchillo; soy la bofetada y la mejilla”, sin embargo, se echan de menos los cuchillos afilados y hay, sí, mucha daga de diseño.
Hablo de Leopoldo María Panero, el vendedor de pan de los hospicios. Pasar el rato en el hospicio sin las Iluminaciones de don Leopoldo será allí más largo que un día sin pan. El tiempo, según Panero, otro invento del Gran Artaud español que nunca se cortará… porque de tan loco, quizá esté demasiado cuerdo.
Hablo de Virginia Woolf, que sabía ser seis a la vez, y ninguno, siempre de perfil y nunca entera para sí misma, y siempre entera para los seis…
Uff... sea por falta de tiempo, de ganas, o por ignorancia, no se me ocurre ahora alguna otra mujer. Mejor. Parece que las mujeres somos menos propensas al malditismo (y los suicidios). Venimos al mundo, dicen, con un talento innato: la nutrición. ¿A quién se le ocurriría negar que a la hora de la verdad, un buen pastel, una buena carbonada de verduras, un sencillo aunque delicioso salpicón de setas, o lo que fuere, resultará más vital y necesario que toda la poesía del mundo? El talento que no hará historia en los estantes de la mejor biblioteca, es el que hará posible esa historia. Y todas las demás. Quienes afirman, pues, que cocinar es un arte, no sólo dan en el clavo: anulan de antemano la única cuestión filosófica, que ya sabemos cuál es. La muerte casi nunca se atreve en las cocinas -el caso de Ian es excepcional. Porque al muerte le espantan los aromas embriagantes de los buenos guisos. Más le espantan, sin embargo, esas manos que trabajan en silencio, sin otra ambición que no sea nutrir con gozo. Ya hubiera querido Vincent tener una madre, una hermana, una abuela -o abuelo, por qué no- que le pusiera a la mesa un pastel de manzanas con canela al ron. Un pastel amorosamente servido a tiempo pudo cambiarle el futuro al pobre Vincent. Si no os lo creeis, es que no estais entendiendo este post. Pero me consta que lo entendeis, que lo creeis, o por lo menos... que quereis creerlo. Y además que lo sabeis.

13/4/10

Jac et le takeifa

Vuelvo a subir este video a pedido de sus autores, ya que al parecer ha sido desactivado. Son de Senegal y se llaman JAC ET LE TAKEIFA. Estos niños del Sol hacen una música relajante y no tan relajante, y tienen un compromiso con la excelencia. Estarán de gira por Europa entre abril y setiembre, y me invitan a compartir con ellos el fuego de Melpómene en su próximo concierto. Uno de los objetivos del Kosmonauta es difundir el trabajo de artistas emergentes, así que aquí va... ¡Thank you Anouk! Lo prometido es un hecho...

9/4/10

Antonin Artaud / Los Tarahumara.

Así pues, sentí que había que remontar la corriente y estirarme en mi preconsciente hasta el punto en que me viese evolucionar y desear. Y hasta allí me condujo el Peyote. -Conducido por él, vi que lo que soy tuve que defenderlo antes de nacer y que mi Yo no es sino la consecuencia del combate que libré en lo Supremo contra la mentira de las malas ideas.
Y por mucho que los seres balbuceen que las cosas son así y que no hay nada más que buscar, yo, por mi parte, veo que han perdido y que desde hace mucho tiempo no saben lo que dicen, pues ya no saben dónde han ido a buscar los estados con los que se tienden por encima de la ola de ideas y en los cuales se toman las palabras por hablar.
La explicación reside en el hecho de que, efectivamente, hace siglos sus pensadores abdicaron como ellos ante ese esfuerzo de honor que consiste en merecer la propia conciencia, cuando se sabe dónde hay que ganarla.
-El incosciente no me pertenece, salvo en sueños, y además todo lo que en él veo y todo lo que arrastra ¿es caso una forma marcada para nacer o lo sucio que ha rechazado?
El subconcisnte es lo que transpira de las premisas de mi Voluntad, pero no sé muy bien quién reina en él, y estoy convencido de que no soy yo, sino la ola de las Voluntades adversas que, no sé por qué, piensa dentro de mí, y nunca ha tenido otra preocupación en el mundo ni otra idea, que la de ocupar mi lugar, dentro de mi cuerpo y de mi yo.
Pero en el preconsciente donde sus Tentaciones me maltratan, todas esas malas Voluntades las veo, esta vez armado con mi consciencia y ¿qué me importa que se desplieguen contra mí, si ahora me siento dentro de ella?
El Peyote me mantendrá en el Preconsciente y por encima del estado del hombre, sabré de dónde se ha formado mi voluntad y cuál es esa fuerza con la que se ha arrojado hacia el lado donde el Bien la llama, contra el mal que la perseguía.
El Bien y el Mal, dicen los sacerdotes de Ciguri, como después volvieron a decir los místicos de Jesucristo, no ya en sensaciones y visiones, sino con la prueba del martirio y la experiencia de sus llagas, el Bien y el Mal no son dos tejidos opuestos y dos principios, el Bien es lo que existe y el Mal lo que no existe, lo que no vivirá y se acabará. El Yo del hombre no siempre creerá en él. Pero esa ciencia necesita ganársela.
Y parece ser que el objetivo de la danza del peyote, rito ejecutador de las enseñanzas de la Planta dada al hombre por Jesucristo, en origen consistía en invitar al ser humano a ganar su conciencia. Pues sin su ayuda no hubiera podido decidirse a hacerlo.

Antonin Artaud

Los Tarahumara. Barral Editores, Barcelona, 1974.

6/4/10

Un día

Un día...
un día cualquiera...
el futuro siempre está inconcluso
todo es posible ahí.

Mujer-gnomo
Mujer que se despeja ante un espejo
Mujer-que-no-se-teme-a-si-misma

se ríe.



Video-post: Juana Molina, Un día.

2/4/10

Albert Camus: Sísifo



Si el hombre reconociera que también el universo puede amar y sufrir, se reconciliaría. Si el pensamiento descubriera en los cambiantes espejos de los fenómenos unas relaciones eternas que pudiesen resumirlos y resumirse ellas mismas en un principio único, cabría hablar de una felicidad espiritual de la que el mito de los bienaventurados no sería sino un ridículo remedo.

Hasta aquí, Camus se sitúa en el territorio de la poesía; aunque vencido por su vena intelectual, continúa:

Esta nostalgia de unidad, este apetito absoluto ilustra el movimiento esencial del drama humano. Pero que esa nostalgia sea un hecho no implica que deba ser mitigada de inmediato. Porque si, franqueando la sima que separa el deseo de la conquista, afirmamos con Parménides la realidad del Uno (sea cual sea), incurrimos en la ridícula contradicción de una mente que afirma la unidad total y prueba con su misma afirmación su propia diferencia y la diversidad que pretendía resolver. Este otro círculo vicioso basta para ahogar nuestras esperanzas.

Sin embargo, ¿cómo podrá conectar Camus con la frecuencia poética, de otro modo que no sea por el camino de la reconciliación?

La perplejidad de Sísifo.

25/3/10

H.I.J.O.S en Madrid. Todos los que aún estamos aquí

La poesía es pan para hoy y hombre para el maniana.
(Totema)

Martín Poni Micharvegas no es sólo una persona digna de verse y leerse, sino todo un personaje. Poni llama la atención al entrar, con su pintoresco chambergo de fieltro, su larga gabardina sesentera y su pelambre de incuestionable asambleario de la vieja guardia –única y verdadera guardia, quizá- de mitad de los ’60. A sus gloriosos setentaycuántos, es lo que en estos tiempos de utopía ya muerta según Lipovetsky and Company, llamaríamos un romántico.
Sin embargo, el Poni no puede ser más real.
Le conocí ayer, de forma casual, en una performance que se hizo en cierta sala muy malharrense del barrio de Lavapies, en Madrid –para quien todavía no lo sepa, la Malharro es la escuela donde estudié Bellas Artes allá por los ’90-, celebrada por el grupo H.I.J.O.S, Casa Argentina de Madrid y CE-AM (Comisión de argentinos exiliados en Madrid), a propósito de los 34 años de la dictadura videliana. Se trataba de una reunión sencilla, con rompecabezas de las Madres, fotos de los desaparecidos, sonidos reconocibles, ilustraciones a tinta de la época, comics, blancas camisetas, y un vídeo que se reprodujo a lo largo de toda la velada donde se pudo apreciar el estado en que van los juicios a los genocidas.
Como me decía un compañero con el que me fumaba un cigarrillo: “El estado de derecho es lo que tiene: demasiada lentitud, hay que demostrar los cargos, hay que encontrar las pruebas…”; y ese incómodo etcétera que en el caso de los diréctamente afectados se niega a ser omitido, y con toda razón: el de las amenazas a los testigos, por ejemplo, o el de las trabas a la justicia impuestas desde oscuras células de corrupción que aún en la clandestinidad sostienen su hegemonía, y que parecen definir parte de nuestra más sombría identidad latinoamericana.
Pero también está la otra, la luminosa, sin la cual es indudable que no podríamos estar aquí. Es la parte que vive, que viaja, que permuta y transforma el lenguaje identitario, que trabaja, que crea, que hace honor a la memoria, que exorcisa a la muerte usando como recurso la poética del arte.
Es el caso de Poni, que ya lleva viviendo en España la edad de Cristo, y que ayer por la tarde nos compartió su apasionada poesía subido a una tarima improvisada, contra un fondo de rompecabezas de pañuelos blancos, y en las alturas de un cielo-raso quebrado por un muro, los retratos de los sicarios de la muerte con sus sombreros militares. Esas caras que todavía me dan miedo: el mismo miedo que me daban a los once años. A pesar de su informalidad, el contraste –sabeis que me impresionan los contrastes- resultaba tan aléphico como perturbador.

Sacha preguntó si la mano tenía algo de señal de STOP. Marta dijo que su aspecto era sabia. Pi subrayó que la mano parecía palpitante. Yo fui a mi casa y comencé a escribir:

Mano poderosa
Mano caudal
Mano serena en medio de escenas espantosas
Mano de abril fragrante
Mano abierta de mayo dejando correr ocres
Mano torporosa de junio ovillada de frío sobre sí misma…


Cosa curiosa, la mano caudal del cielo nos arrojó un aguacero de esos que suelen llover en Madrid, de a ratos, y hubo, entre otras cosas, que poner baldes para atajar el agua que se filtraba por un ángulo de la sala. Entonces mi mente se confundió, y allí sentada en esa silla de aluminio cogida de un patio con sauce, tuve la sensación de que tiempo y espacio me devolvían al país del sur, con Poni declarando su poesía, con la carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar, con la grabación del rugido de una multitud en la cancha, o acaso en un acto político de envergadura, que no lo he preguntado. Sin embargo, la mano arcoiris aspergiendo sus colores en los páramos secos, de Poni, ponía fin a cualquier forma de muerte. Porque si algo han de tener las manos de un poeta, es la virtud de siempre poner fin a cualquier forma de muerte.
Parte de este post tiene la intención de registrar, de manera quizá impresionista y cambalachesca, lo que Monet hacía con sus flores. La obra de Martín Poni Micharvegas, argentino de nacimiento, bí-glota y preculsor del casteyano escrito con Y, ciudadano del mundanal ruido universal, activista, totemista, poeta y editor autogestionario, testigo viviente del DiTella, psicoanalista de la vieja guardia –de los míticos-; actor, dibujante, en fin, vitalista… oxigena la tragedia con poiesis, desactiva la bomba (activando la vida con munición de poesía) y nos devuelve al mundo recordándonos que estamos vivos. A todos.
Pero también tiene otra intención, y es ni más ni menos que la de recordar la labor de H.I.J.O.S, estos muchachos de entre los venti y los trenti, que a fuerza de pulmón sacan adelante, mediando ese ancho mármol azul separador o -según se mire- afiliador de continentes, el arduo compromiso de ubicar a quienes creen, o sospechan, ser hijos de desaparecidos. Estos muchachos son hijos de exiliados, presos políticos y fusilados durante las dictaduras militares implantadas en los países latinoamericanos durante los ’70*, y según reza su blog -que podeis ver enlazado en éste- se cree que pueden haber unos 20 chicos usurpados en territorio español. Su tarea, como es obvio, consiste en devolver a esos muchachos su identidad.



Ayer mientras estaba entre ellos saqué la foto que veis arriba. No es una buena fotografía, lo sé; pero a falta de luz, photoshop y un buen equipo fotográfico, se hace lo que se puede. Todo más si se piensa en cómo me temblaba el pulso cuando la saqué. Sin embargo me apetecía subirla al blog, porque representa el testimonio imperfecto aunque genuino de una reflexión hecha de súbito ante un espejo: el de tener plena conciencia de que yo pude ser uno de ellos. Y sí, cualquiera de nosotros, de ser mayores, podríamos haber sido uno de ellos. Quizá por eso haya escrito Vientre de fango, ese “hilo conductor” que me condujo hasta un patio con sauce tan parecido a otros patios.
Hace poco descubrí que postergar su publicación ha resultado ser de sumo provecho para la novela. Evidentemente, Vientre necesitaba una revisión. Completa. Es curioso como, pasado el tiempo, uno vuelve a acercarse a sus propios textos de una manera diferente, en muchos casos enriquecedora. Entre otras cosas, al rescribir cierta parte, tuve la certeza de que había un detalle no todo lo suficientemente explorado. Para sacarme la duda y no faltar a la verosimilitud –no tanto del relato como de los hechos reales-, supe que necesitaba ponerme en contacto con Abuelas, y es así como voy a dar con H.I.J.O.S, y es así también como voy a dar con Marta –abuela criolla de suéter azul con marido vasco argentino y de nuevo vasco, doble exilio-, y es así como voy a dar con Poni, y es así como vuelvo, una vez más, a mojarme en el vino agridulce que destila la memoria por el ombligo, y que es causa y fundamento de toda literatura.
Si es verdad, como dice el poeta totemista, que la poesía es pan para hoy y hombre para el maniana –mañana no, que eso no es en casteyano (ni en espantino)-, la prueba tangible de que el objetivo de cercenamiento ideológico ideado por la dictadura ha resultado ser un rotundo fracaso. Entonces, escribir poesía después de Auschwitz… ¿es en verdad un acto de barbarie?

Compañero que lees: ¿cuánta
esperanza palpitante en sus redes
no nos trajo este pescador
del mar de la nada?

(Martín Poni Micharvegas, Totemas)

Yo prefiero creer que no... ¿vale? Y no porque vayan a resucitar los muertos.

13/3/10

En la fragua de Vulcano

De la mano del poeta, editor y crítico Carlos Morales, recibí hace un tiempo un puñado de libros de la Editorial El Toro de Barro. Luego de leer Coexistence, le envié un e-mail donde ponía:
Creo que Coexistence es sencillamente demoledor. No sé si el epíteto es el correcto, pero es fiel reflejo de la manera en que me ha afectado. Una perla negra en el yerbal. Y es grande el yerbal. La perla, en cambio, es preciosa.
No hemos tenido oportunidad, aún, de conversar en profundidad sobre esos libros. Libros cuya austera edición, hecha se ve que a base de sacrificios y con el capital justo y necesario como para que salieran a la luz anaranjados y relucientes, con su logo a la vieja usanza y su colofón que incluye no sólo la fecha de impresión, sino la festividad que se celebraba ese día, me han producido una emoción que roza con la reminiscencia. No sé por qué, al primer vistazo he pensado en Vulcano, aquel dios de las fraguas, el artesano de los dioses, forjador del hierro, escultor, socio y primo hermano del fuego, que lo hacía todo a golpe de martillo sobre el yunque, capaz de convertir la materia más rústica en fabulosas obras de arte y también en armaduras. Debí, quizá, pensar en leñadores y en fábricas de papel, cuyos efluvios me embriagan siempre que cojo un libro antiguo -estos no lo son- por ese aroma que tienen y que dan la impresión de tener en la mano una cosa viva, más allá del testimonio que contengan.
Sin embargo, Vulcano es, para mí, el paradigma del artesano. Ya se sabe que un libro sin fuego podrá ser un libro, pero suele quedar en el olvido. Coexistence, en cambio, mantiene encendida la antorcha, se vale del martillo cuando es necesario, se hace yunque cuando el poeta tiene el valor de admitir su dolor y es, ante todo, fuego. Sabemos que el fuego puede destruirlo todo, pero no olvidemos que como todo en la naturaleza, el fuego es también capaz de fundir. El fuego, en Coexistence, busca la reconciliación en la fusión, la unidad en la multiplicidad, y es un ejercicio de exorcismo para los demonios que marcan unas diferencias sólo aparentemente inconciliables entre dos pueblos que, vistos en lo profundo, representan la eterna dualidad entre el espíritu y el ego, que es por lo mismo nuestra propia dualidad universal.
Por eso la poesía, cuando es grande -que es el caso de Coexistence, antología breve de poesía árabe y hebrea contemporánea: Nathán Yonathán, Mahomed Alí Taha, Margalit Matitiahu, Pnina Amir, Naim Araidy, Shamer Hahir- se le clava a uno, y busca en los bancos de los parques su libertad y su reconocmiento en un lector que tenga a bien elegir las más cotidianas geografías para disfrutarla. Porque Coexistence necesita aire, un buen aire, y también necesita de una aguja, una buena aguja por la que pasar su fantástico camello que es como un milagro.
Pero lo que más me has gustado de Coexistence es que me ha devuelto la pasión por la poesía, el deseo de abrir un libro -sea de poesía, sea de narrativa- y acabarlo sin que me aburra al llegar a la tercera página, y esto sí que es todo un acontecimiento. En un mundo acomodaticio y plano donde parece que ya todo ha sido escrito y rubricado, Coexistence se alza como un gigante con su carga de sentido existencial, y ante tanta honestidad es imposible que su lectura pueda dejar indiferente. Poesía que no se trata de un devaneo con el lenguaje, sino de un vivir a filo entre el lenguaje y la vida real. Poesía que da en el blanco, como una bala, como un beso profundo.
Para terminar, y en homenaje a estos poetas del desierto, he seleccionado dos para poner. Aquí van:

He regresado a la aldea (Naim Araidy)
He regresado a la aldea
donde aprendí a llorar por primera vez.
Regresé a la montaña
donde la naturaleza es un paisaje
que no precisa de fotografías.
Regresé al hogar que esculpieron en las rocas
mis antepasados.
He regresado al centro de mí mismo,
como yo quería.
He vuelto a la aldea
porque, abandonado por la poesía
soñaba el difícil nacimiento de za 'atar
y el aún más difícil de las suaves
espigas en la tierra abandonada,
donde yo un día soñé el amor naciente.
He regresado a la aldea
en la que viví una vida antes de mi vida,
raíz de diez mil viñedos
sobre la tierra buena
hasta que el viento llegó,
y me arrastró lejos y me devolvió, de nuevo,
a una vida nueva, como un penitente que arrastra
su pecado.
¡Ay, sueño mío número treinta y dos,
he aquí los senderos desaparecidos,
casas tan altas como torres de Babel,
ay, pesado sueño mío
del que jamás brotará retoño!
¿Dónde están los hijos de la pobreza,
abandonados como las hojas muertas?
Nada queda ya de la que fue mi aldea,
sólo el nombre de aquellas viejas sendas
que hoy solamente son caminos de negro asfalto.
¡Ay, mi pequeña aldea se ha rendido
a los espejismos de la Civilización!
A mi aldea he vuelto, sí,
más ya no escucho el ladrido de los perros,
y el palomar se ha vuelto una torre iluminada.
Ya nunca podré imitar con los segadores
la música del ruiseñor,
pues nada permanece ya de aquellos campesinos,
convertidos hoy en braceros a sueldo
con las gargantas llenas de humo.
¡Ay, mi sueño es como un pesado risco:
he vuelto a mi aldea huyendo de la Civilización
como un hijo que viniendo del exilio
otro exilio encontrara más amargo.


Algún día (Shamer Khair)
No los conozco.
No me despertaré con ellos antes del amanecer
ni estaba de pie con ellos
cuando las sombras abandonaban el poblado.
Tampoco bebí una gota de sangre
bajo los caballos blancos.
Sólo escuché el llanto de mi madre.
Nada supe del calor de sus pasos,
salvo la bondad de mi madre;
nada sabía de su futuro,
excepto esos trazos que se extienden ante mí.
Y abro mi corazón,
y siento que podría entrar en su dolor.
Algún día en el cementerio del poblado
tampoco ellos sabrán de mí.
Esta es una niña pequeña
cuyo pelo cubrieron de granadas.
Sintió que la despedazaban
justo antes de la muerte del rocío.
Aquella es una mujer
cuyo amanecer fue asesinado
cuando descubrió su pecho
a la boca de bello amante.
No, no te estoy diciendo
que resucitarán, no.
Ninguna víctima regresó jamás
de la tierra de los poemas.


Coexistence. Ed. El Toro de Barro, Cuenca 2002.

7/3/10

El caníbal se vende por calderilla

He quitado la televisión. Ahora sólo veo películas. En lo posible, comedias. Aunque, bueno, si se pretende un humor del más negro la verdad es que la tele da mucho de sí. Por eso, cuando he visto que la policía tiene derecho a violar la propiedad privada de cualquiera para arrestar a un simpapeles (negro, por supuesto), en TVCuatro crean un programa donde un "indígena" le dice a la periodista: "Oye, Andrea, ¿no ves que me estresas?", y todo el mundo ríe, he pensado que bien podría quitar la tele. Aparece la monísima Nuria Roca haciendo la publi: "Ven a vivir con nosotros la aventura más... SALVAJE". Si miras TVE a la hora del telediario, te saldrá una periodista rubia con flequillito recién pasada por maquillaje hablando, como es natural, de la Crisis. Entonces he pensado: quito la tele. Y sí, la quito, porque hay quienes estamos hasta lo que no cabe en palabras de tanta hipocresía y tanta boñiga, que ya empieza a oler. Pero me río. Me río con los dientes largos, sangrantes de piorrea, porque me pregunto a qué llamará crisis esta gente. Cuando todavía hay dinero para salir de viaje cuando es fiesta, es que aún no hay crisis, eso tenedlo por seguro. La habrá, sí, dentro de muy poco, cuando empiecen a caer las fichas y el barco se ponga a 90º como en Titanic. Desde luego que esto no lo sentirá todo el mundo, sino sólo quienes sabemos de sobra lo que es navegar contraviento en una balsa que nos habían asegurado que nunca se hundiría. Punto y seguido. Siempre punto y seguido. He visto ya tanta boñiga a ambos lados del gran río que debería estar vacunada contra indigestiones, sin embargo no lo estoy. Basta de jugar con la gente y sobre todo basta de mentir, señores de la televisión y la prensa. Basta de cobardías, de guardaros el as en la manga "por si las moscas" que ya dais risa o vergüenza ajena. Sabemos bien que la censura existe y se solapa bajo el pellejo de la apariencia y del respaldo institucional, coartando oportunidades a quienes no lo tienen porque no se dejan poner precio a su cabeza. A los que están solos, son "pobres" o no tienen "respaldo" (asentaderas). Mejor hacer la pelota. Hacedlo, si quereis, que sois tan libres como yo de decir lo que querais, pero por favor... parad ese cinismo. Ops!, lo siento, qué tonta soy: ¿qué sentido tendría actuar con honestidad si así no se consiguen ni audiencia ni favores? Ojalá pudiera expresar en palabras la tristeza riente con náusea que me produce suponer la calderilla que le pagarán al indígena mientras a este lado de la pantalla la policía saca de su casa a empujones a un "ilegal", deja sin seguridad social a un anciano sin recursos, encarcela a seres humanos nacidos bajo otro cielo en cárceles aprobadas por el gobierno, patea a inmigrantes "de color" en el aeropuerto, los encierra en habitaciones cerradas sin comer ni beber durante horas, los tumba sobre un colchón lleno de humores y le dice a una mujer golpeada en lo moral que no puede arrestar a su pareja porque en su cuerpo no hay marcas. Todo con la aprobación de una sociedad que no se entera, o más bien no quiere enterarse, porque habiendo techo comida y colegas pues qué me importa lo demás. La Biblia contra el calefón. Nuria Roca haciendo el mono con los títulos que le pasan y que ella acepta, porque le pagan bien y además toda su familia se alimenta a base de Actimel (aunque los bichitos que produce el Actimel se alimenten de la tierna flora bacteriana de sus hijos, que ya lo producen por si mismos sin que haga falta esa leche dulce que viene en botellita). La Crisis vestida de traje y corbata de Armani cebándose en una pobre vieja que este mes tendrá que pagar 180€ a Iberdrola porque el invierno es duro, muy duro, y la crisis ya tiene sistema circulatorio propio, higado, sistema renal y digestivo, y por supuesto cerebro, un cerebro brillante. Corazón no. Punto y seguido: sigo. Las grandes contradicciones, carne de novela, material que debería leerse en las escuelas junto con platero y el lazarillo, que marcan las diferencias siempre amordazadas -shhhhhhh... calla! que de eso no se habla- entre clases: blancos y negros separados por un muro de silencio, pactando un mutuo contrato de supuesta solidaridad (qué palabra más prostituida ésa, y tan penosamente ignorada) basado en el paternalismo hipócrita de una civilización que confunde grandeza con una hegemonía lograda a base, entre otras cosas, de palos. Se habla de los griegos pero no se habla de Eleusis. Se tamiza el logos haciendo pasar al espíritu por escoria, mandándolo a la papelera, confundiéndolo con La Religión y proscribiéndolo a los sótanos de la clandestinidad. Y a lo que queda se le llama civilización (no puedo hablar aquí en primera del plural, porque para mí eso es barbarie, y no en un sentido sarmientino) y se decreta, presentando como argumento de base una supuesta legislación basada en la República de Platón, que la ley es lógicamente blanca. Negra no, que la oscuridad da miedo, nosotros ya salvamos el culo. Habiendo nacido en territorio ci-vi-li-za-do, civitorio, citadino, or-ga-ni-za-do, mueran los comanches. Mueran, entonces, los grises y los pardos, junto con los negros. Mueran los pobres, los "ilegales", los ancianos, las mujeres, los yonquis, los locos, los poetas, etc. De los homogays no hablaré porque sabemos que las nuevas corrientes les protegen, y hasta les casa, ya que dos hombres juntos cotizan más que un hombre y una mujer, y esto a pesar de mucha ministra que salga a las pasarelas en pro-de-los-derechos-femeninos, qué progre. Mueran, que mientras lo hacen, tanto ministras como ministros, cuerpo policial, trabajadores sociales, médicos, legisladores, embajadas y sociedad en general, se justificarán poniendo por delante el papel. El rol. Se escudarán en la legislación al uso, que por ser blanca por supuesto no admite objeciones, con la prensa como su principal esbirro, refrendando su discurso de dos maneras: por un lado quedará clara la naturaleza ficticia del logos en programas donde el blanco se entretiene apreciando la dicotomía hombre civilizado consumidor de carne de Burguer/hombre de la tribu consumidor de carne humana. La siguiente propuesta podría ser Perdidos con los jíbaros (raro que todavía no se les haya ocurrido: me encantaría ver como la gente de la nación shuar les formatea el cerebro con sus brebajes chamánicos). Por otro lado el adoctrinamiento consistirá en la mera noticia informativa basada en porcentajes y en políticos, generalmente sin pelo, con barriga, mirada de cobra y sonrisa de colegial, que ofrecen proyectos que nunca se cumplen y amenazas que se cumplen siempre a rajatabla. Democracia. Está probado que la gente queda adoctrinada apenas escucha un porcentaje. Y si digo que está probado es porque basta con verla por la calle. Quienes no tenemos coche hacemos nuestras estadísticas al cruzarla: la cara que lleva la peña cuando va al volante da una idea de cómo estará el Euribor. En una sociedad así, de más está decir que si pides un favor la tensión arterial del aludido podría subirse hasta quedar colapsada. ¿Un favor?¿Qué es eso? Solución: se restringen las llamadas. Fácil, simple, sin costes, y todo gracias a a Bill & Graham. Busca lo que tengas que buscar en Google, yo no puedo (no quiero, no me apetece, no tengo ganas, me da miedo, no me mojo). Como sabemos -como-hay-que-saber- un indivíduo serio, civilizado, que paga sus impuestos, que trabaja y cotiza, etc, es independiente. Democracia. La independencia implica, en su versión perversa, estar desconectado de todo, para empezar de las propias emociones. Convertir la pareja en una sociedad anónima donde, si bien nos odiamos, tenemos la hipoteca a tu nombre, así que de pronto y si lo miras bien... ¡cómo nos queremos!, está claro que en toda pareja tiene que haber riñas... Es decir: no se sabe. O mejor se dicho, se sabe pero se ignora. Que es lo mismo que no querer saber. Sabiéndolo, la prensa continúa su adoctrinamiento, adoctrinada a la vez por oscuros grupos que se parapetan en obras de bien y oenegés, apoyados por parlamentos donde tienen tanto voz como voto: mucha parla, poca acción. Sin embargo, cuando la hay ésta llega con violencia. Una violencia sutil, solapada, de puertas que se van cerrando amparadas en la ley blanca, que deja de serlo cuando se hace la cola en inmigración: lo que antes fue una cárcel, ahora lo sigue siendo, sólo que es para aquellos que cruzaron la mar en la esperanza de encontrar el Edén. Y se encuentran en cambio con el laberinto de Creta. He aquí un regimiento interminable de Teseos sin hilo de plata: No hay papeles para nadie, reza una camiseta colgada de una ventana-rendija en el CIE de Aluche; lo he visto con mis propios ojos. También he oído los gritos. Democracia. Y volvemos a lo mismo: nosotros ya salvamos el culo, ya hemos tenido nuestras guerras, hemos matado al Minotauro. A ver ahora que lo hemos hecho mal, a quién le echamos la culpa. La grotesca sombra que yace bajo la piel de todas las asambleas de Occidente se permite, instaura, el derecho a marginar por colores y clases. El hombre, ese depredador. Una vez más, la prensa se hará cargo de rubricar la naturaleza ficticia del rol: el caníbal siempre está en otra parte. Y es más que probable que a fuerza de hambre y marignalidad el supuesto caníbal venda su dignidad a precio de calderilla. Aplausos: ven a vivir la aventura más salvaje. ¿Dignidad? El logos de la izquierda que ha muerto -ha muerto, sí, porque para que haya izquierda tendría que haber proletarios, y todo lo que hay son teóricos o nostálgicos- saca fuera del agua los dedos de ahogado. La izquierda ha naufragado, no nos engañemos más. Siempre que haya un proletario, y no de los de postín sino de los reales, navegando en su balsa contra el viento y desde la más vergonzante anomía, haciendo llamadas que se restringen, pagando abogados en UGT para que le digan que la empresa gana, o malviviendo con un contrato basura de los que nunca se refrendarán porque sabemos quién manda este planeta desde hará unas tres décadas... la izquierda habrá muerto. Seguir teorizando no hace más que reforzar la utopía, y como sabemos, las utopías sólo conducen... al capitalismo. Que no tiene nada de malo, es sólo una manera de estructurar la realidad -bienes de cambio, personas de cambio, etc -, pero a la hora de hablar y prometer recordemos siempre que lo único que desea el proletario es que no se le tome el pelo. Es decir, que no se manipule el discurso en pro de una justicia y unos derechos cuyo único fin es el capital. Es penoso, pero estar sentado entremedias sitúa a quien corresponda en una postura moral que conviene ignorar para seguir adelante, y eso sería justamente lo contrario a lo que llamamos justicia. Sin embargo, sabemos que conviene. Y aquí sí, punto y aparte.
El caníbal se vende por calderilla. Cuánto se parecen blancos y negros, izquierdas y derechas, cuando se escarba en lo profundo y se ve lo que hay bajo los roles...

6/3/10

ParaCelso

Cuando estaban las brujas
el árbol se conocía por su fruto.

Con celo guardó Paracelso
sus tabletas de Roscellus, en el arcón
quemado de las brujas
con el gólem, el árbol y el fruto.
Oh gran Paracelso, astrum in corpore
padre fundacional del humúnculo
abuelo del hombre de jenjibre
del autómata, del cyborg y del alien
ladrón de grimorios y pociones
que de su puño y letra y con tinta de huesos,
escribiera:

sírvase un puñado de corteza de mandrágora
treinta gramos de semilla de beleño
semilla de adormidera blanca, otros treinta
y de semilla roja otros treinta más,
macháquese y póngase en agua (de fuente)
un litro,

luego
cuézase hasta que se consuma la tercera parte
cuélese y añádase a la coladura
azúcar muy blanco,
cuézase de nuevo hasta que el azúcar
quede casi inconsistente,
siete gramos con seis de nuez moscada
y otros siete de galia almizclada
con madera de aloe en igual medida
corteza de mandrágora al once
y al once la semilla de beleño
con la semilla de adormidera roja
y de la otra, la blanca,
en igual medida.
Añádase también un puñado de opio
al siete con seis

[nota: guardado en el arcón quemado
de las brujas. Robado por el exCelso señor
de los matraces].

Cinco siglos después érase que se era, etcétera
duermes en el suelo de una jaula de pájaros.
Despiertas en mi vientre. Bostezas.
Guardas con celo mi rosa, la única –dices-
y adecuada flor, que has de consumir a fuego lento
para mantenerte en la cumbre, tan delicado
y brutal
sin haberme dicho jamás ni una sola mentira
(bruja soy, brujas son mis hijas y mis nietas,
las nacidas y las que nunca llegarán a nacer
bruja como mi madre y mi abuela y la madre
de mi abuela, y todas las hilanderas
que urden el fino tejido
que hay en las pupilas de los hombres),
sin haber dicho jamás ni una sola mentira
que yo no haya querido oir
o leer
de tu puño y letra, y con tinta de huesos:

de mi costilla. Perdón, de mi rabadilla
es decir,
en el hueco de mi rabadilla
donde calza con maestría la yema de tu dedo
en el sitio donde se rompen las palabras
donde me quiebro al sólo roce de una uña
y mi conjunción particular de estrellas
apunta en oblícuo al templo de Pan,
me hago Prometeo por el brote de una cañaheja
robo tu fuego y te sirvo,
con un puñado de corteza de mandrágora
treinta gramos de semilla de beleño
semilla de adormidera blanca otros treinta,
y de semilla roja otros treinta más,
menear y cocer hasta que se consuma
la tercera parte, luego cuélese
añádase a la coladura azúcar de ti
y cuézase de nuevo hasta que el azúcar
quede incandescente.

Sin embargo
óbviense la galia almizclada
el aloe, la semilla de beleño
la semilla de adormidera roja y de la otra,
la blanca, en igual medida
y el puñado de opio óbviese también
porque esta noche nadie duerme:
esta noche el insomnio es ley

[nota: guardado en el arcón sin llaves
de las brujas. Recobrado por el exCelso
señor de los amantes].

20/2/10

Cortázar. Flatus vocis

Siempre seré un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y en el mezzo del camino se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo. Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mis circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia o descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme... Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por este paraje verdadero, por ese estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente un día más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me separaba de mis amigos, y que a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de felicidad. La única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego no era fácil; pero pronto descubrí los gatos en los que podía imaginar mi propia condición, y los libros, donde la encontraba de llano. Pienso en Jarry, en un lento comercio a base de humor, de ironía, que termina por inclinar la balanza del lado de las excepciones, por anular la diferencia escandalosa entre lo sólito y lo insólito, y permite el paso cotidiano a un plano que a falta de mejores nombres seguiremos llamando realidad pero sin que sea ya un flatus vocis o un peor es nada.

Julio Cortázar (agosto de 1914-febrero de 1984)

Del libro Peregrinos de la lengua (Alfredo Barnechea, Alfaguara, 1998).

5/2/10

RAB//.arte

Os comento que he inaugurado mi nuevo blog de arte, donde podreis disfrutar, si os apetece, de unas 60 imágenes de mi autoría, cuya calidad fotográfica espero poder mejorar en un futuro. La estructura del blog ha sido diseñada para que pueda visionarse como una página web -con sus limitaciones, dada la naturaleza de este formato- así que espero que no os vayais a perder :D Invitados estais...


www.rabarte.blogspot.com


9/1/10

Anacrónika

Recién hablaba con un amigo que me comentaba que los libros que se hacen hoy día están hechos para durar unos 80 o 90 años, un tema interesante, ya que los papiros y toda la historia que nos llega ha sido diseñada en su momento para que pudiera durar, nuestra civilización lo atestigua. Es decir que si la nuestra desapareciera, nuestros presuntos visitantes poco sabrían de nosotros, dada la ética de lo efímero que impera en todas partes.
Me produce cierta tristeza saber que hemos perdido el interés por lo artesanal, y esto me lleva más lejos. Me lleva a la reflexión sobre la artesanía del sentimiento, sobre la minimización de la bondad humana y la desidia hacia la ternura que impera en el afuera. La palabra que me viene rondando desde 2001 es: DESIDIA. Todo el mundo se queja o la pone de manifiesto, o la intuye, o le molesta, pero en el fondo no importa en realidad, porque el lastre continúa y se esparce de manera sutil entre amigos, conocidos y el rizomático etcétera de los amigos de los conocidos. ¿Es que ha muerto la sencillez del encuentro casual y la espontaneidad del sentimiento, y cuando alguien lo pone en evidencia se da a entender que un individuo "maduro y civilizado" no puede siquiera considerar esas cosas?¿O existe, y yo me lo estoy perdiendo? Y si existe y yo me lo estoy perdiendo, ¿por qué tengo encuentros con gente que se queja de lo mismo y siente una extraña, diría que angustiante, nostalgia por tiempos "perdidos" que en realidad nuestra generación recuerda como parte de una cierta prehistoria? Y sobre todo, y lo que me resulta más terrorífico, ¿por qué nos lo tomamos como algo natural?¿Por qué esa suerte de "dipsepsia coronaria", ese malestar, en vez de ser una singularidad se ha convertido en algo a lo que, en última instancia, deberíamos acostumbrarnos?¿Sirve de algo reseñar la alienación del humano y continuar encapsulados en nuestro propio recinto social, quizá tan solos como el espejo que nos refleja, y más bien convencidos de nuestra impotencia? O creyendo que la impotencia es real y no una elección. O temblando ante la insensatez de alguien que de pronto se alza en una singularidad: la del desborde emocional.
Entonces, ¿es de sorprender ese desborde emocional, cuando hasta hace poco rato hemos estado hablando de ello, siempre en términos abstractos?¿Eso también debería ser natural?¿Pasaría con las relaciones humanas lo mismo que podría pasar con los libros si esta civilización de I-pods, bibliotecas virtuales y redes sociales abstractas desapareciera? Y si fuera así, ¿quién quedaría para atestiguarla? Y no porque no hayamos sido avisados. Y no porque no lo sepamos. Y no porque vaya realmente a suceder -esto es solamente una reflexión-, sino porque nos pasa y hemos aprendido a convivir con ello, con la desidia ante lo efímero, con la reflexión gratuita ante el lamento ajeno y la gelidez emocional autoimpartida, aceptándolo como si fuera un hecho natural. Pasamos hasta del derecho a ser tiernos con nosotros mismos, ya que preferimos difundir una imagen de fortaleza -falsa, generalmente- donde el dolor, la perplejidad, la anomía, la soledad de los acompañados (que es el peor tipo de soledad), el aburrimiento, la loboestepariez urbanita y todo aquello de lo que tanto se habla y se reflexiona y se trata con la perturbadora sutileza de una civilización que ya goza, o padece, de un glaucoma terminal -y lo sabemos-, sean considerados singularidades propias de individuos no adaptados y outsiders. Incluso hasta lo hemos legalizado. Supongo que para muchos, este discurso podrá sonar anacrónico. Seguro que lo es.