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10/4/10

Antonin Artaud / Los Tarahumara.

Así pues, sentí que había que remontar la corriente y estirarme en mi preconsciente hasta el punto en que me viese evolucionar y desear. Y hasta allí me condujo el Peyote. -Conducido por él, vi que lo que soy tuve que defenderlo antes de nacer y que mi Yo no es sino la consecuencia del combate que libré en lo Supremo contra la mentira de las malas ideas.
Y por mucho que los seres balbuceen que las cosas son así y que no hay nada más que buscar, yo, por mi parte, veo que han perdido y que desde hace mucho tiempo no saben lo que dicen, pues ya no saben dónde han ido a buscar los estados con los que se tienden por encima de la ola de ideas y en los cuales se toman las palabras por hablar.
La explicación reside en el hecho de que, efectivamente, hace siglos sus pensadores abdicaron como ellos ante ese esfuerzo de honor que consiste en merecer la propia conciencia, cuando se sabe dónde hay que ganarla.
-El incosciente no me pertenece, salvo en sueños, y además todo lo que en él veo y todo lo que arrastra ¿es caso una forma marcada para nacer o lo sucio que ha rechazado?
El subconcisnte es lo que transpira de las premisas de mi Voluntad, pero no sé muy bien quién reina en él, y estoy convencido de que no soy yo, sino la ola de las Voluntades adversas que, no sé por qué, piensa dentro de mí, y nunca ha tenido otra preocupación en el mundo ni otra idea, que la de ocupar mi lugar, dentro de mi cuerpo y de mi yo.
Pero en el preconsciente donde sus Tentaciones me maltratan, todas esas malas Voluntades las veo, esta vez armado con mi consciencia y ¿qué me importa que se desplieguen contra mí, si ahora me siento dentro de ella?
El Peyote me mantendrá en el Preconsciente y por encima del estado del hombre, sabré de dónde se ha formado mi voluntad y cuál es esa fuerza con la que se ha arrojado hacia el lado donde el Bien la llama, contra el mal que la perseguía.
El Bien y el Mal, dicen los sacerdotes de Ciguri, como después volvieron a decir los místicos de Jesucristo, no ya en sensaciones y visiones, sino con la prueba del martirio y la experiencia de sus llagas, el Bien y el Mal no son dos tejidos opuestos y dos principios, el Bien es lo que existe y el Mal lo que no existe, lo que no vivirá y se acabará. El Yo del hombre no siempre creerá en él. Pero esa ciencia necesita ganársela.
Y parece ser que el objetivo de la danza del peyote, rito ejecutador de las enseñanzas de la Planta dada al hombre por Jesucristo, en origen consistía en invitar al ser humano a ganar su conciencia. Pues sin su ayuda no hubiera podido decidirse a hacerlo.

Antonin Artaud

Los Tarahumara. Barral Editores, Barcelona, 1974.

6/12/09

Los libros

Por si todavía queda alguien que no lo sepa, éste fue el primero que llegó a mis manos:



Una no se marcha sin traerse los libros más queridos; ni hablar del primero, haya sido el diario de Enrique o un ejemplar deshecho de su cómic favorito. Hay dos o tres centenares de libros que tuvieron que quedarse al otro lado del charco, y que no obstante ocupan un lugar privilegiado en el archivo de mi memoria. Libros que jamás se olvidarán. Libros que leía con delicia bajo los efectos de la penicilina, en la cama, y generalmente en invierno, que es la mejor manera de leer. Libros robados a mi padre, y tan dispares como La peste, de Camus, Yo viví con los jíbaros, o la grandiosa autobiografía Papillon, del macarra francés que luchó entre diablos antes de arrojarse a la mar en una balsa de cocos. Ese libro estaba prohibido en casa, pero yo lo robé y me lo leí, como le robaba a mi madre las tijeras para construir mis “revistas” personales confeccionadas a base de dibujos, recortes, viñetas y poemas, que después acabaría rifando en la escuela (razón por la cual casi me expulsan, qué tiempos aquellos).


Sin embargo, que yo recuerde, la primera narración que llegó a mis manos fue El lobo y los siete cabritos, de editorial Troquel. Era una colección de libros infantiles, troquelados, que pasaban a mejor vida conforme iban llegando nuevos niños a la familia. Como pasarían a mejor vida los números viejos de la Billiken que coleccionaba mi prima Cris, que en cada uno traía un nuevo capítulo en versión comic de mi adorada Alice in the wonderland, con un diminuto sobre en la última página anunciando, misteriosamente, la distribución vía postal de unas criaturas que crecían en el agua, semejantes a mojarritas, llamadas billikines. El primer timo y la primera gran decepción de mi infancia.
Cuando pienso en la literatura, en todo lo que me ha dado, pienso en primer lugar en aquellos viejos libros, cuentos y revistas infantiles que alimentaban mis eternas horas al calor de una estufa de keroseno, en la casa de la calle Rosales. Pienso en una generación criada al apaño de un Telefunken de veinte pulgadas metido en un chasis de fórmica, en los únicos dos canales de televisión que hacían llegar el mundo a nuestros salones, un mundo mucho más pequeño que el de hoy, tan global, tan fugaz, tan fragmentariamente cruel. Entonces se hacía necesaria e imprescindible la presencia de la literatura en cualquiera de sus formas, había un hambre de conocer, de leer, de aprender y aprehender todo lo que llegara a nuestras mentes glotonas.
Eran los tiempos de la simple impregnación, de la avidez sin filtraciones, de la absorción de conocimiento por el conocimiento. Leer por leer. Leer para saber. Leer para volver a leer. Leer para mejorar la lectura aún titubeante de los manuales escolares, el Coloquio de perros cervantino. El hada de los pájaros: érase que se era, en la ciudad de Nüremberg... Las dos peñas. El cuento de la niña cuya madre moriría cuando cayeran las primeras hojas de otoño, y que ató las diez mil hojas de los diez mil árboles del reino, despistando a la muerte. Leer para escribir. Escribir con la lengua entre los dientes, y apretando la por entonces pluma marca Perfecta, que se cargaba con un cartucho que sangraba sangre azul entre los dedos.
Tom Sawyer, Príncipe y mendigo, Moby Dick… los novelones de Dickens, los de Verne, la gran Jane Eyre, la colección Robin Hood, paradigma absoluto de las adaptaciones infantiles, un caso de mutilación literaria que daría muchas satisfaciones a los niños y a sus editores. Versiones infantiles edulcoradas, pacatas, reivindicadas años más tarde en alguna biblioteca para adultos o en alguna librería de las de verdad.Y las de adolescente: Chico Carlo, de Juana de Ibarbourou, la del muchacho salvaje cuyo llanto te sacudía como los huracanes -así es el llanto de un hombre, curioso el flash back de Chico Carlo que haría a mis veintipocos en el ojo de un verdadero huracán-, el pícaro lazarillo y su primo el Guzmán, el singular Minguito, de Vasconcelos, ese niño que aprendió a ser hombre con cinco años, Judith y las rosas, Las de Barranco, y la triste Alfonsina con su pañuelito blanco paseando por la playa antes de hundirse definitivamente entre las caracolas (nunca me gustó Alfonsina, ya lo sabía bien mi profe de segundo del insti). Ana Frank, y ¡Jettatore!, de Leopoldo de Laferrere. Simultáneamente, llegaría la trilogía bestelleriana y gringa de Sarah T, Born Inocent y Propiedad D. Salvedades que pasaban de mano en mano en los tiempos de la cajetilla de cigarrillos en el bolsillo del guardapolvos y la carpeta de pasta negra descantillada a propósito. Basura prescindible aunque jugosa en los tiempos del enterteiment sustentado en la ética de éstas-son-las-cosas-que-les-pasa-a-las-chicas-no malas, sino a las que se portan mal, que es cosa distinta.Y por supuesto, Las 11mil vergas, en edición de bolsillo, importada, cutre, en el ofertón. Autores y títulos que ni falta hace que recuerde, aunque algunos sí: El árbol de Judas, de A. J Cronin, Los caminos a Katmandú, de René Barjavel, y otra docena de best-sellers. Avenida del parque 79; así es: Harold Robbins sería durante décadas el Dan Brown de nuestra era. Hubo quien dijo que Harold no existía como indivíduo sino como entidad múltiple de ghost writers que escribían bajo ese nombre. Harold conseguiría entetener alguna tarde de playa allá por mis quince años, cuando nisiquiera sospechaba el nombre de Rimbaud. De motu propio, llegaban pocos, y me encantaba envenenarme en la biblioteca de la muni con viejísimos e ignotos relatos sobre mesas giratorias, ectoplasmas y fantasmas dieciochescos. Eran libros que no consultaba nadie, y había que ver la cara de la bibliotecaria cuando entraba yo. Como perla negra, cabe mencionar un libro de León Blum, Educación para la muerte, sobre el nazismo, que me inspiró una novela breve que vaya a saber por dónde andará.Hasta que llegó, como decía, Rimbaud. A la avanzada edad de diecinueve años -la misma que tenía él cuando escribió Las iluminaciones- Rimbaud me llegó como una salva de fuegos de artificio sobre un campo fértil y sin hollar. Tierra de labranza lista para la siembra. Me inscribí en Filología, pero fue un error. Demasiados libros. Fui una estudiante mediocre, patosa, no me iba el ambiente académico. Las polémicas que se montaban sobre estructuralismo ruso, la semiótica de Greimás, o las normas morales de Catón el Viejo, expuestas con voz monocorde por un frío profesor de latín que ponía cruces rojas a los que asistíamos a las sentadas que se hacían para pedir presupuesto, acabaron por minar mi paciencia. Disfrutaba más en cierta biblioteca de barrio, una verdadera joya de acumulaciones gratuitas por donación, que en la universidad oyendo a los más puestos hablar de Lautréamont o de Piglia, como si no hubiera vida más allá de la literatura. Yo no servía para eso, nunca he tenido ese carácter.

Aquella biblioteca tenía su sede en el garaje de unos amigos militantes de cierto partido político y estaba situada en el barrio más bajo y al sur de la ciudad. La pampa empezaba a cien metros de esa casa, una pradera verde salpicada de árboles de copa aplanada, casas destartaladas y un taller mecánico con un cartel que ponía: Se vende pero sin ruedas, sobre un chasis herrumbroso. Tercermundo absoluto, y mira por dónde que en esa biblioteca fui a dar con una edición antigua, y entelada, de Las olas. Tendrían medio millar de libros, muchos de ellos de ediciones inencontrables, por no hablar de los cómic, o viejos números de la revista Sur y Unicornio.
Los libros. Aunque parezca una paradoja, abandoné la universidad por amor a los libros. Nunca me he arrepentido. Los volví a coger cuando ingresé en Bellas Artes y pude liberar mi censura interna a la hora de escribir. Rindo aquí mi homenaje a los libros, a mis primeros libros, a los libros que por prurito, por desidia o por vergüenza, quedan aparcados en el trastero de la memoria celular en la vida de cualquier narrador, y que por tanto nunca o casi nunca se nombran. Esos libros que ha leído todo el mundo, esos que no entran en las reseñas, esos que a menudo son tratados con desprecio, pero que aún así van poco a poco construyendo una particular memoria y que, a fuerza de prueba y error, abren espacios a nuevas y mejores lecturas. Los libros, en definitiva. Todos los libros.

19/6/09

A este perro le falta una pata

Y aquí viene el perro. El que más bien ni fú ni fá, el que mucho no cuela, el cojo. Menudo mutante este perro.
Recuerdo a Linda Perry, de 4 non blondies, allá por el '93. Le echo un vistazo a sus botas, sus calcetines a rayas, su gran sombrero de aviadora (comprado, probablemente, con muy pocos ahorros en una tienda de segunda mano), su “falda” de florecitas (¿o serán unos calzoncillos?) y su largo chaquetón de militante finisecular. Ni siquiera es mi canción favorita, pero me gusta. La considero emblemática. ¿What’s up?, pregunta Linda; ¿y ahora, qué?¿qué es lo que se viene?
4 non blondies -una sencilla banda pop con un solo hit de éxito- dán la impresión de ser frágiles, saben que su formato va a morir pronto. Ése es el único pecado que se le puede atribuir a la generación del ‘90: la de saber que iban a morir pronto. Que su adolescencia iba a durar muy poco y que, como dijera Patti Smith veinte años antes, algunos servían como cruzados y otros como moscas aplastadas contra una valla, viviendo, además, una existencia espartana. De ahí la desidia, de ahí el cinismo, de ahí el escepticismo.
Quince años después, hay quienes obervamos aturdidos, y no sin pena, la nostalgia a ratos justificatoria, a ratos altiva, a ratos reivindicadora, de los caídos en la guerra. Sangre que en su momento coaguló, ha echado raíces, y se ha vuelto cáncer de los ojos. Nos tocó el what’s up, y aunque nunca hayamos cogido el fusil, también es verdad que parte de ese peso recayó sobre nosotros. Y aunque aún haya quienes se rasguen las vestiduras por viejas nostalgias de otro siglo, yo veo cada vez más claro que, al menos por mi barrio, el estado general de miedo a perder lo poco que hemos logrado hace que la gente sea cada vez más infeliz, y que el mundo se tuerza cada vez más a la derecha. Quince, o veinte años después, los chicos hacen el insight.
En la primera edad de la vida, cuando la sangre bulle con alegre ferocidad y las neuronas hormiguean con la clarividencia de los corazones presuntamente rebeldes, no imaginas que algún día tendrás que negociarlos para conservarte. Pero cuando ya no hay nada más que negociar, el resultado es un producto híbrido entre la ideología y el mercadeo. Un estertor final que nunca llega a cuajar, porque no es más que la otra cara de la misma moneda.
Hace tiempo intentamos socavar las bases con nuestras canciones, nos las quisimos comer de un solo bocado, un espacio ilusorio para la evasión. Otros, más prácticos, se apuntaron a la derecha de la historia. Son los mismos que hoy nos pasan la factura y nunca están saciados. Ya no se trata de defender la ideología, se trata de mantener su impronta, porque bien sabemos quién ganó. Al menos para mí, desde ahí la lucha se me hace estéril. Rebelarse contra algo no es una manera propicia de romper la base, sino de negarla (que no es lo mismo que vencerla). No implica una transformación profunda del concepto, sino sólo un modo de defenderse contra él. No es un proceso real hacia una verdadera evolución, sino la lucha de un ego contra otro. Y al decir esto me doy en plena mejilla.
¿Dónde está, pues, la verdadera revolución?
A este perro le faltará una pata -me hago la tonta, lo admito, y además esa pata ya no la necesito-, pero esta noche tengo ganas de volverme colibrí o árbol impávido, y no perro. Le debo un post a esa aviadora que es, un poco, un reflejo de lo que fui. De lo que hemos sido muchos, antes de caernos del guindo. Eso me trajo hasta aquí, con o sin muletas.

10/6/09

(Ruido) o el miedo al amor

En susurros, se habla de "la ley de atracción", el secreto que convirtió a Goethe en el primer fáustico de la historia narrable, de la inenarrable seguro que habrá mejores ejemplos que él. La gente se apunta a la ley porque quiere tener cosas. Cosas cosas cosas. Si no tienes coche eres dependiente, dicen; necesitas la propiedad para sentir que estás vivo, que eres válido, que eres digno de respeto. Ésta parcela es mía. Mía mía mía. Esta camioneta, esta hamaca, este jardín con sus hormigas, y sus ranas, y su hiedra son míos. Hasta el grillo que canta por la noche es mío, porque está en mi terraza. Una mujer con dos niñitos rubios en un monovolúmen, impecable, ni un gramo de grasa: soy una mantenida, dice riendo. Mientras espero que pasen a recogerme (no tengo coche, soy una donna dependiente), miro las hormigas en su hormiguero -un hormiguero sin hipoteca, están en un predio de propiedad municipal-, y las admiro. Han construído su guarida entre los gajos de una rama de almendro que ha brotado de la tierra. Hay dos nidos: uno les sirve para recoger el alimento, al otro lo usan de granero. Van y vienen de forma aparentemente caótica, inclusive se montan unas a otras, y siguen. No hay espacio para todas en el diminuto sendero de tierra enmohecida que conforma su jardín. Y ahí estoy yo, como una niña, viendo a las hormigas. Hay un punto de penilla y a la vez de compasión debajo de una gafas que me sonríen desde el asiento del conductor, sin quitar las manos del volante: perdona la tardanza. ¿Y a mí qué más me dá?, me lo he pasado pipa viendo a las hormigas (pero no se lo digo). Pueden ir a cualquier parte, lo que no pueden hacer es ir a donde les lleve el viento. Algunos nisiquiera pueden oir el silencio que sofoca el rumor del agua en el río. Todo les parece un problema. Qué escuela elegir para mandar a los niños (donde no haya moros, mejor los salesianos). A qué restaurante ir el fin de semana, con lo que están los precios por la crisis. Cómo hacer para la mudanza, ahora que no tengo el coche. Una amiga se quejaba de eso hace años. La lluvia arreciaba en pleno centro, diez y media de la mañana, gran atasco en Príncipe de Vergara: su dilema era cómo iba a arreglárselas para hacer la mudanza ella sola. Llevó su drama hasta el filo de la ventanilla con los ojos arrasados en lágrimas: ¿quién me manda a mí comprarme un piso tan grande si tengo la espalda rota? (¿quien me habría mandado a mí subir a ese coche justo esa mañana?). Te echo una mano, le digo; pero se resisite: no, no. ¿Entonces de qué te quejas? Siempre buscando problemas donde sólo pueden haber oportunidades (y eso tampoco se lo digo). La vida en el paraíso es cómoda, predecible, impoluta, y casi siempre huele a kiwi. No quiero que nadie invada mi espacio. Vas circulando por tu paraíso de cuatro dimensiones de tu cinta espacio-temporal convenientemente montada en un coche esférico, bien vestida, bien refrigerada y más que mejor alimentada (nada de trangénicos). La espontaneidad, más que un lujo, es una utopía. Ni hablar de la libertad. Ciertas caras dán ganas de cruzar a la otra acera: parecen esculpidas en piedra, la sexualidad es litigante, resulta imposible mantener una charla relajada sin perder la tensión. Su sombra resulta tan oscura como la de su madre, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela y una larga tradición de mujeres medio agazapadas en el túnel de una pupila en apariencia fría, aunque muerta de miedo. La ropa siempre impecable, formal. No tienes hombre, no lo necesitas. O mejor dicho, sí: lo necesitas. Para alguna noche seguro que lo necesitas. Y resulta que el romance siempre se acaba a la mañana siguiente cuando empiezas a llamarle y ves que el tío no coge el teléfono. Pasa una semana, dos, tres, y el tío sigue sin cogerlo. No comprendes por qué ese silencio, por qué esa desidia premeditada, si él sabía bien que para ti no era una aventura. Es que nos tienen miedo. Naturalmente, una mujer que lo tiene todo tan claro y lo quiere todo tan rápido -el futuro- es para meter miedo. Sólo hay dos tipos de mujeres peligrosas: las egoístas, y las que no están conscientes de su poder. ¿Quieres amor? Vale. ¿Cómo lo quiere usted?¿A medida?¿Hecho a mano?¿Artesanal?¿O lo prefiere, más bien, de diseño ergonómico? Se lo entregamos en puerta. ¿Pero hay que pagar porte? Ah, entonces no. El dolor siempre está en otro lugar, pero nunca es mío. El dolor no. El objetivo siempre está en el futuro, la única putada es tener que llegar primero. El presente es una proyección abstracta de una carretera completamente gris, con líneas blancas recién pintadas, en dirección a un futuro que nunca será como lo imaginas. Es la causa de todas las decepciones. Es la única y gran tragedia y lo ignoras, porque alguien te pensó el futuro antes de que pudieras imaginarlo, pero a ti no te importó. Sí, el futuro es la única gran tragedia, porque nunca sucederá. Y tú tan cómoda y tan sola. Y tan segura. Y tan poblada de grillos en esa terraza que es sólo tuya.

31/3/09

La imaginación del extranjero

La que estais viendo es una foto del Colegio de las Escuelas Pías de San Fernando, construído hacia fines del XVIII -su iglesia, concretamente-, en pleno centro del madrileñísimo barrio de Lavapiés.

Parece mentira que todavía no le haya dedicado ningún post a este lugar. De todos los edificios emblemáticos que he visto en Madrid -y qué digo, en España- es el único donde he llegado a sentir de verdad el peso del dolor de sus muertos. Un dolor abrumador, asfixiante. Si le echais un vistazo, vereis que la cúpula no existe. Se supone que existía antes de 1936, plena Guerra Civil, que fue cuando la quemaron.
Llegué a él por primera vez en el verano de 1999. Hoy día está restaurado y lo han convertido en una moderna biblioteca; por entonces todavía estaba en ruinas. Me estremeció el reloj que se vé en la fachada, detenido para siempre en lo que en ese momento me pareció que eran las diez y veinte de la mañana. Así durante cincuenta y seis años.
Lo primero que hice aquella tarde fue situarme en el centro del ábside y mirar hacia arriba. Lo que vi fue un gran ojo de cielo abierto de par en par en el fondo de una enorme órbita de piedra. Delante de mí, la pila bautismal, como un enorme copón también de piedra y ya vacío para siempre, invitaba a mantener las manos bien lejos. A mí, que soy una curiosa de mil demonios y me gusta tocar todo lo que veo, me hizo echar para atrás. Ni hablar de los nichos abiertos en las paredes. ¿Qué habría habido allí?¿Santos diminutos?¿Alguna mesina para guardar los adminículos de la eucaristía?¿Entradas a catacumbas secretas? La imaginación del extranjero -cuando uno todavía lo es, realmente- puede ser prodigiosa.
Hoy recuerdo aquella enorme mole de ladrillo visto y piedra quemada, y al hacerlo, no puedo sino evocar lo que me dijo un amigo hace mucho tiempo, cuando le comentaba lo que sentí al pisar aquel suelo que retumbaba como una cáscara hueca:
- Es el peso de la vieja Europa, hija; eso es lo que es...

La foto es cortesía de J.L De Diego.

28/9/08

Con celo

Hace unos años me dio por hacer un seminario por la UIMP en una preciosa ciudad castellana que no voy a nombrar. Entre los ponentes, la estrella era un crítico de arte y filósofo de la escuela de Walter Benjamin -a quien tampoco nombraré-, que al margen de su erudición, demostró ser un indivíduo de lo más carismático, cuando al cierre del seminario le retaron a tocar la guitarra flamenca y dio un conciertazo de cojones, con sangría incluída, y baile y cante al que se apuntaron cátedra y alumnado.
Como era de esperar, todos acabamos borrachos. Pero había más: todavía quedaba la exposición. El grueso de los expositores eran alumnos de los ponentes, todos ellos gente de la Complutense, todos de abultado currículum y no obstante sabuesos impenitentes del lumbreras francés tocador de guitarra. O sea -y con perdón-, unos chupaculos. Unos pelotillas de dientes largos. Y sus alumnos tanto más. Entre todos, y a lo largo de cinco días que a mí se me hicieron eternos, inflaron un globo elitista donde, con el mayor cuidado y la más provocativa desidia, se ocuparon de que no se incluyera a nadie que no fuera de la UCM.
Llegado el momento de la inauguración, los proto-lumbreras del lumbreras francés se presentaron con cara de jueces escrupulosos. Siempre he odiado las inauguraciones. Creo haber dicho en alguna oportunidad que me gustaría mandar a un gólem en mi lugar, mientras yo me como los canapés y me tomo los chupitos en el pasillo, viendo como la peña se pasea por la sala fingiendo el embelesamiento gélido de los iniciados.
Esa noche nadie miró mi cuadro. Ni el mío, ni el de los excluídos. Así que, muy molestos, nos fuimos a cenar con el resto de la peña -que, como yo, acababan de pasar por la bochornosa experiencia de no ser mirados-, y un poco para bajar el efecto de la humillación, un poco porque no nos faltaban ganas de celebrar a nuestra manera tirando la ciudad por la ventana, a mí me dio por decir que hubiera estado bueno coger el cuadro delante de toda esa gente y llevármelo.
- Y mirá… yo que vos lo haría - saltó un paisano mío, escultor él, que llevaba años y años ejecutando esas acciones llamadas performance, y que en muchas ocasiones no pasan de ser más que furibundeces usadas por ciertos artistas bajo el pretexto de mover a la reflexión sobre cuestiones fundamentales.
Hubo un largo silencio y varios que se lo pensaron, incluyéndome, claro. Pero nadie se atrevió a decir voy. En eso, una colega tuvo una idea brillante:
- Como performance va a ser un fracaso, porque no hay prensa.
No hubo objeciones. Además, el entrecot estaba para chuparse los dedos y resultaba a todas luces más excitante reirnos con los dientes largos de las chungas interpretaciones talleriles de los globeros de UCM, una de las cuales consistía en la exposición de unos casquetillos de papel de confitura pegados con celo (cinta scotch) contra una puerta del siglo XVI, vaya a saber con qué intención.
Las extensiones de nuestras carcajadas chorreaban en la salsa cuando le tocó el turno al director del taller, cuya obra consistía en el dibujito de un cubo sostenido por dos palillos de los cuales se deslizaba algo que pretendía ser una sombra, todo hecho con rotulador negro sobre un soporte de hoja de resma, pegado cuidadosamente a la pared, también con celo. Un dibujo al mejor estilo de la serpiente devorándose al elefante de Saint-Exupéry, sin ánimo de desmerecer a Saint-Exupéry, que tuvo mucho que decir con su Principito.
El resto eran criaturas tan incomprensibles como estériles para nuestro entendimiento. Nadie estaba conforme; todos hubiéramos querido arrancar nuestros cuadros maravillosos de esas paredes y marcharnos a casa celebrando la boutade (así somos los artistas, nos encantan ese tipo de infantogilipolleces) pero nadie se atrevió. Esa noche.
Al día siguiente ya es otro cantar. Recuerdo que me levanté con resaca y unas ganas peliagudas de pasarme por el convento donde se mantenía cautiva a mi extensión, descolgarla y llevármela. Se lo comenté a mi compañero, que estaba semi-conciente y me respondió con un eructito. Pero el tío me tenía una paciencia de santo.
Larga retahíla de protestas: es que es inútil, hoy en día la estética está sometida a la ética del arte basura, y además si te fijás bien ¡de qué ética hablamos si esta gente no tiene ética!, si lo someten todo a las cuatro palabrejas de un francés que viene de parte de Benjamin y los posestructuralistas esos de mierda que vienen copando las ideas desde hace… yo qué sé cuántos. Y la Gina Pane que se cortaba los pies para dejar la huella en el suelo de la galería, pero ¿por qué no se harán una puñeta con la Gina Pane?, si sabía me traía el inodoro y no me tiraba dos semanas montando una composición fotográfica de cojones, consumar-consumir, es que no lo entendieron… ¡no lo entendieron!¿te dás cuenta?¡las antiguas catedrales como recinto y albergue, como mercado sagrado de otro tiempo, el elefante blanco del Cristianismo reemplazado por un McDonald!¡es la eucaristía!¡el cuerpo por la corporación!¡la idea es genial! Pero es que nos hicieron un aparte desde que llegamos -no tendría que haber colgado nada en esa mierda- y pasaban de nosotros con… ¿cómo te diría?, un desprecio cordial, con unas ínfulas…
Mi compañero se afeitaba tranquilamente frente al espejo:
- Tranquilizate, flaca, que no tenés prensa…
El muy cabrón se reía de mí, pero igual me llevó al convento. Allí mismo me presenté en la secretaría y le expliqué al encargado el motivo de mi decisión. El tipo se mostró comprensivo desde el principio. Un tío enrrollado. Me dijo que desde luego si quería llevarme el cuadro, estaba en todo mi derecho porque era mío, pero que podía ser una lástima ya que esa misma tarde se abrían las puertas al público y era posible que fuera la prensa.
Al ver que yo seguía en mis trece, el hombre tuvo una idea de ésas que dán en el clavo:
- Mira, si tú quieres, puedes hacer una cosa… pón un cartel que diga, por ejemplo: Aquí hubo un cuadro que nunca fue mirado, y así se enterarán de que tu cuadro pasó por aquí. - Se sonrió con cara de troll: - Y además la pared no se queda vacía.
Fue el rayo iluminador para mi mañana de resaca y no obstante insumisa, así que descolgué el cuadro y en su lugar pegué una hoja de papel con una leyenda que decía:

Aquí hubo un cuadro que nunca fue mirado.

Con celo.
A los tres días me llamó el encargado para decirme que uno de los ponentes les había pedido mi teléfono para que le explicara el por qué de mi reacción, y si todavía estaba interesada en colgar el cuadro nuevamente.
Yo le dije que no.
- ¿Sacaron el cartel? - le pregunté.
Se oyó su risita de troll al otro lado de la línea:
- No, y si quieres que te diga la verdad, y te lo digo por si te sirve de consuelo, pero a la gente le llama más la atención el papelete ése que has colgado que todo lo demás. Raro, ¿no?
No, señor; no es raro. Mi colega tenía razón. A mí me faltó prensa, chaval… que es lo que no le faltó a Tracey Emin cuando decidió poner en medio de la Tate Gallery la cama pringosa donde yaciera durante una semana completamente borracha después de uno de sus múltiples abortos. Hermenéutica de My bed, toda una revelación del arte revolucionario de fines del pasado siglo: La obra corresponde a un momento en que la artista estaba enferma y deprimida. Es una meditación sobre el hecho de pasar mucho tiempo en la cama. Hay una inocencia subyacente y una gran sinceridad que nos recuerda cuestiones fundamentales.
Y bueno, lo mío no habrá sido algo tan grande, pero sí que en esa ocasión tuve mis quince minutines, al decir de su eminencia San Andy Warhol... Cuando no hay ética, la estética se vuelve una hoja boyante entre la alienación y el olvido, y al fin y al cabo todo acaba dando igual.

6/2/08

Venecia homo-shocking




Era diciembre y caía una llovizna pegajosa. Tomaba vino blanco con soda en una trattoría de la piazza Margherite. Mientras los japoneses sacaban fotos de la catedral de San Marco, a mí me dio por fotografiar recovecos, puertas a ras del agua, picaportes, paredes descascaradas, tendederos, galerías fantasmales... Estuve volviendo a la misma trattoría durante una semana seguida, que fue el tiempo que me quedé en la ciudad. Mi bolsillo no daba para más, pero yo tenía que verla. Caminarla. Olerla. Si Venecia fuera hombre su fragil osamenta no habría resistido el paso de los siglos. Pero es mujer, y dilata.

Mi padre nació a unos veinte kilómetros de allí, y como parte de su familia se quedó en Italia, me acuerdo perfectamente de las postales en acordeón que llegaban a Argentina y de un viejo boli azul que tenía una góndola diminuta dentro de una burbuja de aceite que decía Ricordo di Venezia. Igual que las ilustraciones que veía en los cuentos made in Spain que me compraba mi madre, lo que yo sabía de Europa se parecía más a un cómic que a la vida real. Yo pensaba que las aldeas eran cosa de cuento, hasta que las vi por primera vez y me costó más de media hora ponerle un nombre a ese recuerdo archivado en lo más profundo de mi memoria cincoañil: aldea. Con Venecia me pasó lo mismo, pero sin aldeas.

Fue bajo esa llovizna peleona como fui a dar con Fabrizio, que inauguraba una colectiva de p
intura en su mini-galería de veinticinco metros cuadrados cuyo único atractivo consistía en estar ubicada (oh) en Venecia. Yo iba con un paraguas enorme. En el centro de la galería había una mesa pequeña, de plástico y llena de bocadillos. Fabrizio me hizo una seña: ¡Avanti!, para que entrara. Sus ojos celestes de párpados pesados me convencieron. O quizá haya sido su sombrero (no sé por qué me dan morbo los tíos con sombrero) de fieltro, auténtico, tipo piamontés, y su cara de canalla de ala ancha. No iba a perderme algo como eso.

Adentro, gran jaleo. Música, risas, y gente descorchardo botellas de champán. Mientras buscaba un agujero donde dejar el paraguas, me quitaba el abrigo y aceptaba un trago de champán en un vasito de plástico, Fabrizio me fichó visual y otorrinolaringológicamente: ¿de dónde era?¿a qué me dedicaba?¿dónde vivía?¿qué hacía en Italia?¿dónde me hospedaba? Con grandes aspavientos, aprovechó para contarme quién era él y me mostró fotos con gente que yo ni conozco y que si conociera preferiría no recordar. Según dijo, era diseñador de ropa. La galería era suya. Los amigos eran suyos. Los cuadros eran de sus amigos, pero como estaban en su galería también eran suyos. Todo era suyo. ¿Los artistas? Tres: un gordito de traje azul (el típico italiano ligón, sudado ya en pleno diciembre), un chica de piel resinosa con un corte de pelo a lo Susan Vega, y una anciana medio sorda que pintaba caballos. Olor a pluma quemada. ¡Guarda, le piume! Sin darme cuenta había dejado el abrigo encima de una lámpara de mesa y se me estaba quemando la capucha. Era un plumas negro largo hasta los pies, impecable, recién comprado. El calor de la lámpara había logrado atravesar la tela impermeable y ya se estaba haciendo con las plumas. En cinco minutos la galería se llenó de humo y hubo que abrir puertas y ventanas. Venecia olía a pescado, a gasoil, a plumas chamuscadas. Sin embargo, todo aquel que se asomara al escaparate era invitado a entrar. Hubo un momento en que en la sala no cabía ni un alfiler.

¿Cosa fai dopo la esposizione, cara?

Era la pregunta que yo había estado esperando. Nada, ¿qué iba a hacer?¡Dormir! Se echó a reir y batió palmas: ¡Andiamo! La gente fue cogiendo sus abrigos y paraguas y salimos todos a la calle. A mangiare a casa de Fabrizio. A la festa.

Marchamos en fila india por una callejuela sombría atiborrada de esas pequeñas tiendas donde venden unas enigmáticas máscaras bipolares llenas de filetes de colores, que por la noche parecen observar al turista con una expresión inmutable en la que coagula una sonrisa satírica. Fabrizio iba a la punta con el clon de Susan Vega, la vieja pinta-caballos, y un par de maricones esnobistas que lograron colarse cuando salíamos. Yo iba más atrás, charlando con el gordito ligón, que me contó de sus viajes por l’América. ¿Argentina?¿Chile?¿Brasil? Sonrió con pudor: no, Nueva York, Boston, Chicago... Ah, yo pensé que l’América era todo, la de arriba y la de abajo...

Pero no quise entrar en discusiones y dado que le gustaba tanto el surrealismo le hablé de Xul Solar. Le dije que había inventado una lengua que reflejaba todas las lenguas de la Tierra. Que había sido pintor, inventor, políglota, músico, astrólogo y ajedrecista, todo a la vez. Que estando en Europa había conocido a Alistair Crowley y que había sido gran amigo de Borges. Su padre era de Letonia. Su madre, porteña. Había estado en Venecia. Había visto las mismas puertas a ras del agua. Todo un personaje, Xul Solar.

El piso de Fabrizio era pequeño, sencillo y muy limpio. Sin embargo, no había luz. Eran las nueve de la noche y no había luz en Venecia... ¡increíble! La gente se lo tomó con buen humor: ¿para qué preocuparse, si había sopa de col, risotto al azafrán y un microondas para calentarlo todo y comérselo a la luz de las velas? Alguien reanudó el ritual de descorchar botellas. Ya a la segunda copa el espacio se me volvió esférico. Lo de siempre: perdón... ¿il bagno? Si en la galería no cabía un alfiler, en el piso de Fabrizio no sólo no cabían, sino que se lo montaban en vertical. Me hicieron una seña en dirección al baño, con tan mala suerte que fui a meterme en la cocina, donde una pareja se lo montaba en oblícuo sobre la encimera. Ya se sabe, la biblia junto al calefón. Cuando me vieron aparecer por el vano deshicieron el abrazo. Je... ¡hip!, curioso. Scusi. Sonrisitas canallas. Adelante nomás, sigan... yo iba al baño per fare pipí, pero es que suelo ser tan jodídamente sensata que equivoco las puertas e invado las cocinas. Scusi, scusi... Me incliné en irónica reverencia. ¿Quién coño me había mandado a mí meterme en esa fiesta?

Me rescató una chica, Wally. Pronúnciese Valí. Estudiante de bellas artes ella, con el pelo cortado a brochazos, simpatiquísima: ¡Eh, il vino italiano e bravo!, dijo riendo.

Wally me esperó junto al baño y luego me llevó entre la gente, me presentó a unos españoles, me pasó un plato de pastel. Mientras me explicaba en un italiano rapidísimo los ingredientres que llevaba, uno de los españoles me soltó algo sobre una bomba en marcha. ¿Había visto alguna vez una bomba en marcha? Es una rueda por la que circula una correa, ¿vale?, pues sucede que cuando se corta la correa la rueda sigue girando sin enterarse de lo que ha pasado… La porta di Roma, dijo Wally, con la boca llena de pastel. El de la bomba hundió las narices en la sombra y reapareció al instante con la misma obsesión por las correas. La gente hacía cola discretamente para asomarse a la sombra, pero yo no me apunté. Fabrizio tampoco se apuntó. Él todavía iba por la sopa de col. Me copié en la mano su teléfono. Dijo que quería ver mis cuadros y que lamentaba no poder hablar conmigo más detenidamente; mañana, quizá. Me hizo un gesto con la cuchara: ¿más sopa? No. A través de las ventanas abiertas empezaron a colarse los efluvios de una tormenta urbana, de ésas que hasta en Venecia huelen a basura aún sin recoger. Io me vado presto, dije. Y no sé si me entendieron, pero ya empezaba a aburrirme y yo cuando me aburro no sólo me pongo de mala leche sino que me voy presto aunque sea en esloveno.

Me despedí de Fabrizio hasta el día siguiente y una vez fuera, o sea ya en la calle, me entró el desvarío. La histeria criolla. Sabía cómo llegar hasta el vaporetto, pero con la ciudad inundada no podría hacerlo a menos que llevara unas botas de goma muy altas. Fuera de la piazza donde vivía Fabrizio, no había manera de encontrar tierra firme sin que el ojo se perdiera en la lontananza. Todas las callejuelas estaban inundadas. Decidí volver. Fabrizio vivía en un segundo y tenían la música tan alta que no me escuchaban. Para colmo, habían cerrado las ventanas. Empecé a lanzar piedras hasta que conseguí llamar la atención de alguien que estaba junto a la ventana. Era Wally. Cuando pasan estas cosas te das cuenta del extraordinario poder que tienen los gestos. ¡Il acqua!, chillé; ¡il acqua!¡la strada! Hubo un alboroto y Fabrizio que aparece por la ventana con su plato de sopa y sus ojos celestes llenos de destellos. Risas: ¡Aspetta! Dos minutos después estaba en el portal hundiéndose el sombrero hasta las cejas, con las solapas del abrigo levantadas a lo Humphrey Bogart. Me ofreció su brazo: ¡Andiamo!

Nunca sabré de qué manera conseguimos llegar a tierra firme, si es que algunas vez pisamos agua. Pero Fabrizio se conocía todos los atajos, y no hubo problemas para salir de la inundación. Yo iba regurgitando plegarias de vino y buen agüero. Dándome ánimos para saber qué decir, qué hacer y cómo hacerlo cuando, llegado el momento, me diera por detenerme sobre un puente decrépito para hundirle un beso apasionado y llevármelo directo al hotel. No soy buena ligando, pero cuando un hombre me gusta me lanzo aunque me tiemblen las piernas. Y Fabrizio no tenía pinta de ser un temblón. Mi táctica consistía en rozarme en él todo lo que pudiera. En echarle miradas furtivas. En hacer complot telepático con el silencio, mientras le pasaba la manita por el abrigo. Finalmente, cuando lo tuve todo lo más cerca que pude, le cogí por el cuello e intenté besarlo. Pero él se echó para atrás con un gesto entre compasivo y horrorizado. Sus ojos parecían mariposas. Entonces va y en un tono que era para hacer reir a un eunuco, balbucea:

- Scusa, cara, peró... ¡sono gay!

Si en las postales que me enviaban cuando era pequeña yo hubiera sabido que Venecia se inunda por las noches y que los tíos guapos se vuelven maricones sobre un puente decrépito, me hubiera sacado un billete a Praga.

(Basado en un hecho real)