Pilla un hueso de pollo, y hecho un revoltijo de pelo, miedo y huesos, escribe en la pared con su sangre:
Paga por la sopa. Construye una fuente. Quémalo todo. Chico negro, radiante, vasallo de reyes blancos bastardos (mentira). Vende postales en el Village y se tumba en la acera a tomarse un caldo de sopa de capirote con marca de Memphis. Ahí va Danhome -la boa sagrada señora de las aguas- con su capa de agua volando entre los edificios. Él le hace una seña con la cuchara:
Llévame a dar una vuelta, señora, sácame de aquí para siempre que apesta. Arriba: docenas de radiales sobre una lengua oscura e inmensa, al alba, sobre la bahía. Abajo busca huellas de nieve bajo sus mangas y sólo encuentra agujeros. Inocente. Rabioso. No sabían que ya antes de empezar volvía de su primera muerte por la ruta del caballo.
Sigan vendiendo (¿será arte o se tirará?). Igual que estar hundido bajo una alcantarilla y hacer fuerza para que salga ¿cómo crees que te quedarán las manos?; no hay que ser ningún genio para que el que está al otro lado vea lo chungo que es. Una serpentina de araña corta el aire en dos y él se ríe y chilla: chico blanco, peluca, vasallo de reyes negros bastardos (
pero igual te quiero, Andy). Mira a todo el mundo con cara de niño y les muestra la palma de su mano, donde tiene un tatuaje con la cara de Dios: hay una ley que está escrita sólo ahí, en las pintadas de los callejones y en el corazón fustigado de los cínicos (nada más que por su posición de pureza). Greenwood, Brooklyn, otro más en el panteón de los malditos.
El chico-vudú no sabía dibujar, dijo el idiota. ¿Sabía la mano de Altamira?
Photo/post: Jean-Michel Basquiat, Brain Like Salad (1987)