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21/11/09

Jorge Volpi: América Latina no existe

Triste noticia la de enterrar a América Latina. Más, si se tiene en cuenta que entre 2009 y 2012, Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, El Sal­vador, México, Paraguay y Vene­zuela celebrarán los 200 años de sus respectivas independencias. Triste noticia, si se cuentan los muertos de la causa continental. Tal vez el tricentenario de 2110 encuentre una América unida de Alaska a Ushuaia bajo el nom­bre de los Estados Unidos de las Américas, quizás entonces quepa hablar de integración regional, del sueño de Bolívar, y no de su in­somnio. Pero hoy, otra vez, procé­selo, América Latina no existe. La provocación sale de la boca del mexicano Jorge Volpi, sen­tado cómodo en el lobby de un hotel cinco estrellas del micro­centro porteño, adonde viajó para presentar El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempes­tivas sobre América latina en el si­glo XXI, que le valió el Premio de Ensayo Debate-Casa de América. "La vieja idea de América Latina que tanto fascinó al mundo occi­dental, mezcla de dictaduras de compromiso político; de eso prácticamente ya no queda nada. Es esa la América Latina que ya no existe", explica con su tono tran­quilo el también ganador del Pre­mio Biblioteca Breve –el mismo galardón que ayudó a construir el espejismo del boom , que ahora desmitifica. Mercosur, Unasur, Comuni­dad Andina, Unión Sudameri­cana, ALBA, ALCA: "Al carajo", como dijo Hugo Chávez en la re­cordada Cumbre de Mar del Plata. Al carajo también con la mentada integración regional, podría decir Volpi, que insiste: "América La­tina no existe". "No existe como una realidad sociopolítica com­pleta. Ni tampoco existe como el sueño bolivariano de una Améri­ca hispana por completo unida. Quizá lo que no existe son estas imágenes construidas de América Latina que habían estado vigentes hasta hace muy poco tiempo. Lo que existe ahora es una América Latina distinta, fragmentada, que se conoce muy poco a sí misma, que es prácticamente incapaz de mantener flujos constantes de in­formación de un país a otro, aun­que a veces sean incluso vecinos", larga sin pausas y sin vehemencia Volpi. Para él, lo que queda de la región está sometido a la nueva ló­gica de la globalización, que admi­te como corriente central todo lo que viene de los Estados Unidos y de Europa. Todo eso en el marco de un continente donde EE.UU. y Brasil comienzan a ser las dos po­tencias fundamentales que guían a las demás, dos potencias que no hablan castellano.

-¿Qué significa ser latinoame­ricano hoy?-Uno puede seguir diciendo que es latinoamericano porque sigue teniendo esta carga, por un lado nostálgica y por el otro lado idea­lista, de cercanía con los habitan­tes de los demás países, pero que en términos reales ya tiene un pe­so muy limitado.
-En su libro señala que la posi­bilidad de un futuro latinoameri­cano está inexorablemente ata­do a la relación con EE.UU.-Es paradójico, pues estamos lle­gando a un nivel de normalidad que significa que los conflictos tienden a ser resueltos directa­mente en los países. Y salvo la amenaza de Chávez, que termina siendo a veces mucho más dis­cursiva que real para los Estados Unidos, el resto de los países no están en absoluto en la agenda central de EE.UU. Ni siquiera ahora, en la era Obama. Puede ser que nos encontremos frente a un EE.UU. mucho más tolerante, abierto y dispuesto al diálogo y a la no intervención que en la era Bush, pero al mismo tiempo es un momento en el cual EE.UU. no tiene en absoluto a América Latina como prioridad. La priori­dad número uno de Obama hoy es interna, y la segunda es la agenda de seguridad en Oriente Medio. En ese panorama, América Lati­na ya no es la región más pobre, tampoco es una de las regiones de mayor crecimiento, es una región relativamente normal, pero que para los ciudadanos de América latina representa una normali­dad endeble, una normalidad en la cual, por un lado, la democracia no está por completo consolidada, y segundo, el problema central de América latina que es la pobreza sigue sin resolverse.
-Usted analiza la caída de las grandes narrativas en América latina ¿Cómo afecta eso a los habitantes de cada país?-La caída de las grandes narrati­vas, el fin de esa época utópica, también le llega a América Latina y se manifiesta de dos maneras distintas, contemporáneas y para­dójicas. Por un lado ha desapare­cido esta división entre izquierda y derecha y la cadena utópica. Pero, al mismo tiempo, en muchos de los países, lo que ha terminado por pasar es la ansiada llegada de la democracia, entendida en muchos momentos anteriores de América Latina como esa utopía posible. La democracia, que está en todos los países del continente, con la excepción de Cuba, ha ter­minado en muchos casos por des­encantar a los ciudadanos, porque no resuelve de manera inmediata todos los problemas que frecuen­taban anteriormente. Entonces, a partir de ese desencanto, surgen estos nuevos liderazgos carismá­ticos populistas que intentan revi­vir las grandes narrativas. Ese es el mayor anhelo de Hugo Chávez; el de crear una nueva gran na­rrativa de un continente con una globalización alterna, controlada desde luego desde Venezuela, en contra de la que se lleva a cabo en el resto del mundo. En Europa se sigue vendiendo la imagen de una izquierda latinoamericana unifica­da, pero en realidad no es verda­dera. Se trata de fenómenos casi siempre nacionales y distintos.

Crítico activo, cínico por mo­mentos, a Volpi le tocó lidiar con la caída de las grandes narrativas en la política y también en su campo; el de la literatura. Lejos de la nostalgia que inunda a los editores españoles, no lamenta que la mecha del boom latinoame­ricano se haya extinguido. "Somos la primera generación que nunca creyó en esas grandes narrativas. No hay una generación desencan­tada de los 60, porque en realidad nunca estuvo encantada con algo. La mía ha sido la generación bisa­gra a la que le ha tocado observar el derrumbe de esas narrativas y el paso a una indiferencia o a una profunda desconfianza de las generaciones siguientes hacia lo político, hacia el compromiso, ha­cia la democracia, hacia la vincu­lación de lo intelectual en la vida política", explica este organizador de los festejos del 80 cumpleaños de Carlos Fuentes, quien no ha dudado en señalarlo más de una vez, como su sucesor literario. Dentro de los numerosos cli­chés del ser regional que Volpi revisa hay uno en particular, que "supimos conseguir" y que le arranca una sonrisa franca. "Los argentinos son esa entrañable excepción a casi todo. Es un este­reotipo, por supuesto; pero que se confirma en muchos sentidos", anuncia este activo participante de ferias y congresos literarias ibero­americanos. Para él, la concreción de ese lugar común se revela no solamente en la propia visión que en general la Argentina tiene de sí misma, sino también por una serie de peculiaridades históricas que efectivamente la distancian de otras partes del continente. "Mien­tras Chávez, Evo Morales, Correa o Uribe van socavando la demo­cracia desde adentro, reformando las constituciones ad hominem para mantenerse en el poder; la excepcionalidad argentina hace que aquí ni siquiera eso haya sido necesario. La peculiaridad única en el continente y pues, en reali­dad en el mundo, es cómo un pre­sidente puede hacer que su esposa se convierta en candidata, gane la presidencia, y cómo se abre ahora la posibilidad de que regrese otra vez Kirchner en un tercer perío­do" , interpreta Volpi. Para este extraño caso de autor y director de programación de un canal de te­levisión, ese rasgo de la excepcio­nalidad argentina se inscribe en la tradición de las mujeres políticas fuertes, que marcaron la historia nacional, y que no se ha reprodu­cido en ningún otro lugar. El decálogo de la democracia en América Latina que traza Vol­pi comienza con los liderazgos carismáticos de los caudillos de­mocráticos. "Ejercen liderazgos y prometen que van a ser capaces de transformar al país porque tienen métodos mucho más drásticos, porque verdaderamente cumplen su palabra, son capaces de trans­formar al país incluso modifican­do la legislación con tal de resol­ver los problemas cotidianos de la gente", advierte.

-¿Pero el deterioro institucional es sólo discursivo?
-No. Los políticos llegan al poder de manera legítima, por medio de las urnas, pero en esta paradoja lógica que sólo ocurre en la demo­cracia –el único sistema que pue­de irse desmantelando desde den­tro– van incrementando cada vez más el control que ejercen sobre los distintos poderes que deberían de existir pluralmente en un Esta­do democrático. Los otros poderes, el Congreso y el Poder Judicial son constantemente objeto del ataque de estos liderazgos para minar su credibilidad. Y, en efecto, en casi todos los países, uno tiene la peor impresión posible tanto de los legisladores como de los jueces. Luego, existen pugnas por y con los medios de comunicación, refe­réndums, encuestas y recursos de democracia directa para ir ganan­do mayor legitimidad y sancionar lo que está siendo en el fondo un engaño a la legalidad.
-¿Y por qué no existe un proyec­to intelectual latinoamericano? ¿Es imposible?
-No hay un medio realmente que llegue a todas partes, tal vez el único caso, y siempre por cable, es otra vez la televisión, CNN en español que sí llega a todas par­tes, pero ni siquiera es un medio latinoamericano. Fuera de eso, en realidad son muy pocos los instru­mentos que pueden existir a nivel continental para aumentar el nivel de conocimiento de lo que ocurre en América Latina. Tampoco en Internet, tenemos más bien algu­nos espléndidos sitios nacionales en los que colaboran escritores de otros países, pero el problema está más bien en que ninguno de ellos tiene un peso real continen­tal. Probablemente el que más lo tenga sea el diario El País, que otra vez, no es latinoamericano. No sé si un proyecto común es inviable, simplemente no existe por ahora.
-América latina no existe ¿Para qué debería servir este Bicente­nario latinoamericano?-Debería servir para hacer una conmemoración crítica. No quiero decir que realmente no haya nada que celebrar. En efecto, América latina no había gozado de una eta­pa de paz ni de derechos cívicos tan poderosa como la que vivimos ahora en estos dos siglos. Sin em­bargo, quedan en la agenda pro­blemas por resolver, empezando de manera central por la desigual­dad. No obstante, lo que más me preocupa de los festejos es esta carga típicamente nacionalista. Casi siempre tienen el único obje­tivo, no de unir al país en abstrac­to, sino de unir al país en torno al gobierno de turno. Y eso hace que en las celebraciones de cada acto de prácticamente todos los paí­ses, el centro está en convertirse en, como dice el lema mexicano, "200 años orgullosamente mexi­canos, o argentinos, o chilenos o lo que sea." Y, en medio de una crisis global como en la que vivi­mos, con una enorme cantidad de conflictos sin resolver, solamente sirve como mecanismo de distrac­ción nacionalista. El Bicentenario debería servir para observar las independencias de América La­tina como un fenómeno de toda la región, para tratar de entender verdaderamente su naturaleza y, en segundo lugar, para reflexionar sobre qué problemas podríamos resolver de aquí en adelante.

Volpi Básico Escritor. México, 1968. Junto a sus colegas de la Generación del crack, novelistas mexicanos que comienzan a publicar en los 90, apostó por una literatura que retomará algunas líneas del boom, en especial su interés por construir novelas que lo contarán todo y desbordarán hacia territorios de la política, la historia o las ciencias. En la trilogía que inició con "En busca de Klingsor" (1999) trazó un arco narrativo que cruza la segunda mitad del siglo XX, en especial el vínculo entre las innovaciones científicas y la construcción del poder. Como ensayista, ha abordado temas como la revolución zapatista, la escritura de ficción o la figura de Simón Bolívar. Desde 2007 dirige Canal 22, el canal cultural de la televisión pública mexicana. Además obtuvo el Premio José Donoso por el conjunto de su obra narrativa.
Guido Carelli Lynch © Clarín

4/7/09

¿Sed de eternidad o de olvido?


Pongo este post porque puede aplicarse a otro puñado de perlas negras -y blancas- ya extintas. El texto es de lo mejorcito que he leído sobre canibalismo social, y la intención es sin ánimo de evaluar la calidad o no del artista reseñado: Michael Jackson. R.I.P

El 25 de junio pasado le decía a una amiga que, con su muerte, la vida de Michael Jackson podría a ser el gran tema de la literatura de los próximos años. Hace mucho que es un gran silencio. Una apatía angustiosa y miserable. Fue el héroe que nos deleitó con fruición y que luego nos despertó con una dosis de morfina en un concierto al miedo.
Lo que hoy podemos aplaudir (como se hace en el Bronx) es que haya recuperado la coherencia. Necesitaba un guía que lo salvara de su propia desaparición. Definitivamente, ha pasado a ser el siervo del Pop, el energúmeno de nuestras pesadillas, el don nadie que se desvive por morir su vida o por creer que muere todos los días a cierta hora de la tarde. El que quiso ser neutro. No tuvo ocasión de saber que era un mito. Era el logos de una mercancía que invadía nuestras recámaras para devorar la intimidad. Fue objeto del canibalismo más perverso.
Quizás por meses o años resurjan estos obituarios, las condolencias solidarias, los velones en la acera de enfrente, las imágenes turbias que descubrimos al salir de un supermercado donde nos hemos robado un espacio para comer en La Matica de la dominicanidad. Algunos se dedicarán a explotar tu muerte con la inteligencia de estos días de crisis democrática, para decirnos cuánto te amamos Michael, siempre estarás en nuestros corazones arrepentidos de pecar igual que tú. Podemos bendecirte aunque sea sin agua bendita por haber escrito un final inesperado. Ya no podías ocultar más el asco, la piel herida en un quirófano. Las drogas no pudieron salvarte de este epitafio que precede tu entrada al paraíso. Los negros de tu talla siempre mueren así. Te explotaron como una prostituta de Hunt Point. No eras tú el de la máscara del mono ni el del maquillaje misterioso. Te fuiste transformando en un extraño al reinventar un rostro. Te escondías en un color colonial. Tuviste más agallas que yo: luchaste por dejar de ser tú. Te fuiste como un negro que divirtió el circo.
Saltaste al vacío de este ayer para imaginar que ya por fin encontrarías tu identidad. Nada más terrible que morir sin ella. Los más diestros escribirían tu última biografía desautorizada. Hiciste lo mejor posible por dejar la casa en paz. Cabalgaste en tus caballos una vez más. Te columpiaste, como era de rigor y luego entraste, desnudo, en el zoológico vital. Tu vida fue como un sueño que duró demasiado. Ya ni O J Simpson, Jackie Robinson, ni el gran Mohamed Ali, ni los otros boxeadores negros que abrieron un signo de interrogación. Ni Martin Luther King ni los Panteras Negras ni el movimiento negro indígena de ahora y de ayer, ni Lemba ni Enriquillo, ni siquiera Rosa Park, pueden contener la presencia del llanto que un buen día derramamos por la caída de Jacques Viau un día como hoy de 1965.
Nadie puede perdonar tu imperfección aunque te exonere la grandeza. Tu muerte me ha hecho recordar a los budas de Bamiyan.El saqueo a la infancia no se inició con el asalto a la biblioteca de Irak. Tu muerte es el Tsunami de una hora sin color. Volviendo al tema, creo que nos faltaba algo grande. Necesitábamos con urgencia matar el aburrimiento y no fue suficiente con la cosecha mortuoria de Carradine, Farah Fawcett o Mía Farrow. Los políticos nos hastiaban con sus mentiras y sus necedades. Hacía falta la nada. Un vacío inoportuno y brutal. El hueco diario a donde nos hundimos sin la gracia de Dios, castigados por su masculinidad, desoído por su incertidumbre.
Mientras escribimos, alguien camina o hace el amor y mata desdeñosamente. Destruye con pasión algo de lo que queda. Hace mucho tiempo que Michael invade nuestra rutina para decirnos cómo mover las manos. Qué bueno que nunca tuviste pudor en la cintura cuando saltaste, hasta que el frenesí se apoderó de la breve vida de una orquídea o de los girasoles borrachos de este sol tan esperado. Algo se deshace en el misterio. La cordura más loca también se aprovecha de unos brazos cansados o de una cadera capaz de decirlo todo de una vez por todas. El rey del pop ha muerto. En venganza hicimos el amor sin que la tristeza se aposentara en la tierra. Nos dimos a seguir caminando, destapamos botellas de cicuta para brindar por esta muerte decidida antes de ayer. Hace mucho que eras un museo, una galería sumergida en un barco ebrio, en el destierro de la dicha.
Ahora la memoria ya no es Marilyn mostrando sus nalgas serpentinas, ni los sombríos imitadores de Elvis, ni tú lector que amaste y odiaste a Michael en su absoluta complejidad. Insisto en que el Bronx es un buen lugar para celebrar su muerte y para abrazar su legado. Después de todo, la acera que piso tiene la virtud de ser vituperable. El Bronx podría ser la tierra del santuario o quizás el cementerio negro de esta estrella fugaz, aunque no sepamos nunca cuando ocurrió este deseo, este paso indiferente hacia una eternidad ambigua. Los pretéritos nos traicionan. Fue en el Bronx que aprendimos a caminar por las calles, las cruzamos como toda lacivilización. Ya no le tenemos miedo a los semáforos, aunque hayamos adoptado el asfalto de esta ciudad segregada por todos lados. Nos alcanza una historia negra. Aquí robamos por primera vez o matamos a alguien o fuimos a la cárcel o violamos un niño o conocimos nuestro primer amor. El Bronx podría ser una buena tierra para que el eterno descanso del rey del Pop, la casa maldita donde todo es malo, excepto yo y mis ancestros.Tenemos ganas de inmolarnos de una vez por todas, para imitar a Michael. Pero nadie se atreve a administrar nuestras pastillas ni a donarnos una balsa vacía,dispuesta a sacarnos de aquí cuanto antes, de regreso a las telarañas del progreso.
Si nos garantizan el viaje, estoy seguro que desde Mahattan despegará un avión cargado de alimentos y medicamentos para lanzarlos sobre Grand Concourse. Desde los helicópteros que diariamente iluminan las noches de Saint Nicholas, saltarán paracaidistas abrazando paquetes de comida rápida o con papelitos que caen como cuando yo era niño, desde lo alto de una azotea donde crecen peces de muchos colores, asaltada por gringos. Todos me dicen que el rey del Pop ha muerto pero yo no lo creo. La muerte es el lujo que nos gastamos los de abajo, todos los días. Nos regalan ese paquete profundo y brillante, y esos huesos que hay que incinerar cuanto antes.



Tomás Modesto Galán, escritor dominicano.
Para © mediaIsla.


3/5/09

Achille Benito Olvida: esto es transvanguardia

Señoras y señores, el Arte es definitivamente un invento europeo. Y en segunda instancia, norteamericano. Ya lo aclara Achille Bonito Oliva (ABO) prestigioso crítico de arte, curador de la Bienal de Venecia 1993 (entre otras, seguro que tendrá más), y supuesto creador de la llamada Transvanguardia, un refrito de estilos y tendencias ya existentes en las artes plásticas (otro tentáculo de la posmodernidad), todavía en vigencia. Vamos, de lo que se lleva.Aquí les suelto un extracto de la entrevista que le realizó Jorge Eduardo Eielson hace unos años:

JEE.— Y ahora pasemos a un argumento algo diverso, relacionado con América Latina, continente en el que nací y cuyos problemas, obviamente, me tocan muy de cerca. Mi primera pregunta es ésta: ¿por qué los artistas latinoamericanos casi nunca son invitados, o lo son de manera mínima, a las grandes manifestaciones internacionales, como la última Documenta, por ejemplo?ABO— No creo necesario recordarte que hoy más que nunca la investigación artística se ha concentrado en los grandes centros metropolitanos como Nueva York, París, Londres, Roma, Berlín, etc., y que los países y las ciudades situadas en la periferia del sistema del arte no pueden gozar, aunque sólo fuera por razones geográficas, de la misma atención que las grandes metrópolis. Esta situación es agravada por el subdesarrollo de esos países debido a factores políticos, históricos, económicos y sociales, muchas veces dramáticos, y que obligan a sus artistas, hombres de ciencia, escritores e investigadores de todo tipo, a viajar, permanecer, o por lo menos pasar un período de confrontación y estudio en las grandes ciudades europeas o norteamericanas, para enseguida poder elaborar su propio lenguaje y aporte personal.
JEE.— Esto es muy cierto. Pero, los escritores latinoamericanos, o por lo menos varios de ellos, han conseguido la notoriedad y la difusión en escala planetaria. ¿Por qué no sucede lo mismo con los pintores, si se excluye a Matta?
ABO.— Bueno, aquí hay que hacer una distinción. Antes que nada, Matta es un gran artista y por lo tanto escapa a cualquier delimitación geográfica o cultural. Otro como él no aparecerá fácilmente en ninguna parte, ni siquiera en Europa. Su importancia es tal que aún hoy, creo yo, no nos damos cuenta de la vastedad de su aporte. Baste decir que su influencia ha sido decisiva para la elaboración de la Action painting norteamericana, sin olvidar la que ejerció en el área surrealista y la que incluso sigue ejerciendo en nuestros días, cuando se advierte más claramente el peso de su obra. La exposición de Beaubourg de 1986 ha sido para muchos una verdadera revelación. En cuanto a los escritores latinoamericanos, debo confesarte que no amo mucho la literatura del Boom. (¿?). A la inversa de tantas obras de arte perfectamente reconocidas en su época (los maestros del Renacimiento; Goya, Velásquez, los flamencos, el mismo Picasso), la buena literatura nunca se ha vendido ni se venderá con tanta facilidad. Los best-sellers me parecen siempre bastante dudosos. (¿?). Lo que sucede, tal vez, es que ella ha conquistado un público internacional ávido de novedad literaria y sensibilizado por una retórica tercermundista (¡!) que nada agrega a la verdadera creación literaria. (¿?). Sin negar a dichos escritores de indudable ingenio (¿?), seriedad y compromiso social, otros son los autores latinoamericanos que admiro y frecuento, como por ejemplo Borges, Paz, Pessoa, Lispector, Lezama Lima, que trabajan dentro de una línea que considero más universal, rigurosa e inventiva y que, a la postre, interpretan con mayor madurez artística, y sin trazas de folklore, (¿?) la esencia misma de un continente y una cultura.
JEE.— En cuanto a preferencias literarias, estoy de acuerdo contigo, en líneas generales. Pero es imposible subestimar la importancia de los narradores del Boom, gracias a los cuales toda la literatura latinoamericana ha adquirido una identidad y carta de ciudadanía internacional. Sucede un poco como con la Transvanguardia que tú defiendes: quizás sus autores no son los artistas que personalmente preferimos, pero son ellos los que han abierto las puertas a una forma de expresión, pictórica o literaria, que con el tiempo podrá dar frutos cada vez más maduros. Se podría decir que esos escritores latinoamericanos conforman la única Transvanguardia literaria internacional, puesto que poseen los requisitos por ti señalados: nomadismo cultural, hedonismo verbal, genius loci, unas gotas de folklore y de Kitsch, es cierto, y, sobre todo, éxito, ingrediente este último que es parte constitutiva de estas formas de arte, amplificado por la civilización multimedial en que vivimos.
ABO.— Ciertamente. Pero volviendo a la materia que me concierne más directamente, o sea a las artes plásticas, con excepción de Matta, como tú mismo me lo señalas (que ha vivido siempre entre Europa y los Estados Unidos), no he encontrado entre los artistas latinoamericanos, por mí examinados en tres bienales de París y dos de Venecia (salvo rarísimos casos que, obviamente, prefiero no mencionar aquí) una identidad artística suficiente ni un lenguaje realmente libre de los modelos europeos o norteamericanos. (NOTA: intuyo que este hombre nisiquiera oyó hablar del Pópol Vuh). Pero este fenómeno no es sólo latinoamericano. No te digo nada nuevo si afirmo que los buenos artistas son escasos en todas partes. Tanto más escasos lo serán en lugares en donde la existencia misma es un problema. Dicho esto, tengo que reconocer que, a pesar de algunos viajes por México, Brasil y Argentina, no conozco a fondo la situación artística de ninguno de estos países (¿entonces para qué opina el capullo?) y temo mucho, además, que mis códigos culturales sean diferentes a los de la cultura latinoamericana.
JEE.— La matriz cultural —heredada a través de la lengua española y de modelos artísticos europeos— es la misma de toda Europa occidental. Como dice Octavio Paz: «Somos una porción excéntrica de Occidente». Sólo el hábitat y nuestro patrimonio cultural indígena —sobre todo en México y los países andinos, como el Perú— modifican esta herencia, dándole carácter único. Sin embargo, artistas grandísimos como Picasso, Klee o Miró no tuvieron nunca ningún problema de códigos y supieron no solamente leer y gozar plenamente del arte primitivo y precolombino, sino que estas expresiones constituyeron para ellos las más altas fuentes de inspiración en el proceso de renovación del arte europeo (NOTA: un poco de espíritu no le viene mal), iniciado por ellos mismos. Aun hoy día, el citado Gadamer, aclara que no es de las sociedades avanzadas, como los Estados Unidos (el Japón, es un caso aparte), que surgirán nuevas energías para el arte, sino, precisamente de algunos países marginales, pero de antigua identidad cultural. Es posible que sea así nuevamente.

(Touché, Jorge Eduardo).



En esta foto, un ejemplo de arte postransvanguardista. Se titula Chupándole el culo al curador, y es obra de Ondrej Brody y Kristofer Paetau. La performance podría extenderse también a los críticos de arte, comisarios, galeristas y marchantes. Toda una revelación que se expuso este año en Arco. A la postre, yo he pensado en invitar a ABO para mi próxima exposición, y parodiando a los polacos, desafiarle a bajarse los pantalones e inyectarle una sobredosis (si se pudiera) de ayawaska. Por el culo, claro. No creo que me haga caso, pero la idea de imaginármelo corriendo y chillando por los pasillos me dá un placer orgásmico. A ver si se entera de una buena vez que el arte no es cuestión de "modelos" o fronteras, todo más si éstas hacen referencia al obtuso paradigma neocapitalista que convierte a ciertos artistas en esclavos de un sistema que lo corrompe todo, inclusive a ellos mismos. Sean de donde sean.

18/4/09

Alejandría: una biblioteca en busca de autores.

Si uno la mira desde el mar, la nueva Biblioteca de Alejandría parece un disco que, lanzado por algún gigante, quedó incrustado en la antigua gran ciudad del norte de Egipto.
La institución, inaugurada hace siete años, se inspira en la Gran Biblioteca de Alejandría, fundada en el siglo III a. C. por Ptolomeo I.
"Dicen que los volúmenes que abarca / Dejan atrás la cifra de los astros / O de la arena del desierto", escribió sobre el fabuloso centro cultural de la antigüedad Jorge Luis Borges, en su poema "Alejandría, 641 A.D.".
La nueva Bibliotheca Alexandrina, que es su nombre oficial, también espera reunir millones de libros y convertirse en un centro de producción y diseminación de conocimiento, además de fomentar el diálogo intercultural.
El complejo, diseñado por la empresa noruega Snohetta, incluye varios centros de investigación académica, cuatro galerías de arte para exposiciones temporales, nueve muestras permanentes, un planetario y tres museos.
Pero su colección dista mucho de la que supuestamente tenía el Mouseion, o Templo de las Musas, hasta que comenzó a decaer en los tiempos de Cleopatra.
A Borges le hubiera alegrado saber que sus Obras Completas se encuentran en los estantes de la biblioteca moderna.
También hay algunas novelas de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, aunque no necesariamente las más importantes.Sin embargo, a pesar de que hay unos 5.000 libros en español sobre diferentes materias, muchos otros escritores latinoamericanos están ausentes, en especial la mayoría de los poetas. Los autores de España están mejor representados.Uno de los bibliotecarios, Ayman Saleh, le explicó a BBC Mundo que esto se debe a que la colección depende en gran parte de donaciones.Basta echarles una mirada a los libros en castellano para comprobar que casi todos han sido donados por universidades o editores españoles y muy pocos por instituciones latinoamericanas."Nos gustaría tener más obras de América Latina, pero ahora las prioridades para nuestras adquisiciones son Egipto, la región del Mediterráneo, África y el Medio Oriente", dijo Saleh."Si alguna institución o individuo nos quiere hacer donaciones, puede ver en nuestro catálogo en internet lo que no tenemos y enviárnoslo", añadió.Otra bibliotecaria, Ghada Elabbady, señaló que también les interesa reunir publicaciones periódicas, pero en series completas.
La membresía anual cuesta unos US$10 para adultos y la mitad de ese precio para estudiantes, retirados y discapacitados.En estos momentos, la biblioteca tiene unos 14.500 miembros. Elabbady le dijo a BBC Mundo que la mayoría de los usuarios son estudiantes universitarios. Además, hay una sección infantil y otra para jóvenes, que son las únicas que por ahora hacen préstamos.


A Borges, el gran bibliotecario ciego, también le hubiera gustado saber que la Bibliotheca Alexandrina incluye un departamento, de membresía gratuita, para las personas con problemas de visión.
Otra de las secciones está dedicada a las artes, multimedios y materiales audiovisuales, y acaba de presentar un programa especial sobre las contribuciones de las mujeres en el mundo árabe.
Una bibliotecaria de ese departamento, Sylvia Stavridi, le dijo a la BBC que quisieran recibir donaciones de películas latinoamericanas, idealmente con subtítulos en inglés.
Las notables lagunas de la biblioteca no se limitan a los autores latinoamericanos. ncluso sobre el poeta más destacado de Alejandría, Constantino Cavafis (1863-1933), hay pocos libros en su colección.
Horas antes de visitar la biblioteca, me asombró comprobar que, como descubrió Vargas Llosa, "Cavafis es poco menos que un desconocido en esta ciudad que sus poemas han inmortalizado".
Durante un largo rato traté de encontrar su casa y sólo un anciano ex marinero -que, según me contó, solía viajar de Alejandría a La Habana- supo decirme cómo llegar. En la casa del poeta, que ahora es un museo, yo era el único visitante.
Hace nueve años Vargas Llosa se lamentaba de que "no hay una calle que lleve su nombre ni una estatua que lo recuerde, o, si las hay, no figuran en las guías y nadie sabe dónde encontrarlas".
Cuando salía de la Bibliotheca Alexandrina, me resultó esperanzador ver que, cerca de la sección infantil, hay un nuevo busto de Cavafis, al lado de una placa con el rostro de Pablo Neruda.
Unos niños que me vieron haciéndoles una foto, se acercaron a descubrir quiénes eran y también los retrataron con sus teléfonos celulares.

Manuel Toledo © BBC Mundo

21/3/09

Escritores que renuncian a su voz


"¿Que por qué escribo? Pregúntale a un manzano por qué da manzanas". Así ejemplificaba António Lobo Antunes -hace sólo un año, en entrevista con Javier Pinedo, coordinador del Premio José Donoso con el que fue reconocido en 2007- su relación indisoluble con las letras. Asombran entonces sus recientes declaraciones de que publicará sólo un libro más y luego callará para siempre. "Se acaban las novelas, se acaban las crónicas, se acaba todo y no publico nada más. Mi voz, hablada o escrita, no se volverá a escuchar", dijo a mediados de febrero.Que un escritor abandone su labor literaria y se adentre en un eterno silencio no es algo fuera de lo común. Desde larga data se pueden encontrar casos similares al de Lobo Antunes.
Uno de ellos (y por cierto muy paradigmático) es el del francés Arthur Rimbaud, quien decidió cortar todo nexo con la literatura tras su segunda publicación, cuando tenía sólo diecinueve años. En "Adieu", texto incluido en su célebre obra Una temporada en el infierno (1873), el poeta maldito deja entrever su condición de escritor desterrado: "He intentado inventar nuevas flores, nuevos astros, nuevas carnes, nuevas lenguas. Creí adquirir poderes sobrenaturales. ¡Y ya veis! ¡Debo enterrar mi imaginación y mis recuerdos! Una hermosa gloria de artista y de narrador arrebatada". Desde este momento y hasta su muerte, casi dos décadas después, Rimbaud se dedica a llevar una vida aventurera.
Otro de los que ha optado por el silencio es el estadounidense Jerome David Salinger. El guardián entre el centeno (1951) -su primera novela corta- lo llevó a la cima. Pero después de publicar algunos relatos más, prefirió mantenerse en el anonimato. Dejó de lado las giras, las entrevistas y evitó cualquier tipo de contacto con el mundo que lo rodeaba. Desde entonces no se sabe con certeza si continúa escribiendo. Puede que todavía lo haga, a escondidas, sin que nadie llegue nunca a enterarse. Al menos, hasta su muerte. Pese a que esto constituye hasta el día de hoy un verdadero misterio, lo cierto es que ya lleva casi cincuenta años sin publicar.
También hay ejemplos en el territorio chileno. El caso de María Luisa Bombal es uno de los más representativos: escribió La última niebla (1935) y La amortajada (1938), sus dos obras maestras, y luego fue incapaz de lograr una tercera de esta magnitud. "Siempre me ha costado mucho escribir. Escribir es para mí un trabajo lento, muy lento. Una lentitud, se diría, que hace tiempo comienza a adquirir ritmo de parálisis", comentó en una ocasión la escritora. Finalmente, la parálisis se torna total: pasa sus últimos años en una casa de reposo, sumida en el alcohol y afectada por una enfermedad hepática que le dará término a su vida en 1980.
Cuando a Juan Rulfo le preguntaban por qué ya no escribía, él solía contestar: "Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias". La excusa -una de las más originales hasta ahora inventadas- es recogida por el español Enrique Vila-Matas en su obra Bartleby y compañía (2000). En ésta, el narrador discute el mal de las letras contemporáneas, de la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que "ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre".
Vila-Matas habla en este libro, de principio a fin, sobre aquellos que han dejado de escribir, e indaga en los motivos que tiene cada uno para hacerlo. La misión del autor, en este sentido, es encontrar a los "bartlebys" que residen en este mundo. El término, tomado del personaje del estadounidense Herman Melville, hace referencia a todas aquellas personas que habitan en una profunda negación y que ante cualquier petición responden infaliblemente con un "preferiría no hacerlo".¿Por qué algunos escritores dejan repentinamente este oficio?, ¿qué razones podrían hacerlos perder su vocación?, ¿qué motivo los puede llevar a un silencio total?
Para el crítico Camilo Marks, razones hay tantas como escritores: depresión, locura, alcoholismo, vivir en el borde de la criminalidad, bloqueo creativo, psicopatías, castigos y persecuciones. Y agrega: "En la actualidad, también existen otros tipos de causas, como indiferencia del público, malas críticas reiteradas, hechas con mala fe, pues atacan al autor/a y no a sus textos, hastío, incomprensión y carencia total de estímulos, tener que hacer frente a insultos y vejámenes, políticas editoriales, entre otros".
Una de las respuestas que da Marcelo Lillo -premiado en 2008 por el Círculo de Críticos de Arte- coincide con el último motivo entregado por Camilo Marks. "Porque el escritor se cansó del ambiente, de las entrevistas, de las giras de promoción y de todo lo que implica este oficio", señala el autor de El fumador y otros relatos (2008). En la misma línea se encuentra la declaración que hizo el escritor vasco Bernardo Atxaga y que Vila-Matas recoge en su obra: "Hoy en día para ser escritor hace falta más fuerza física que imaginación". Manifestó estar saturado de los congresos, de las conferencias y de las presentaciones ante la prensa y comentó que el nuevo modelo de escritor que le exigen las editoriales lo tiene agotado. Para él, las consecuencias de este nuevo ritmo no son menores, ya que comienza a desaparecer un tipo de autor que antes podía considerarse como independiente, a la vez que también las ganas de escribir empiezan a menguar. "Después de veinticinco años de carrera, como dicen los cantantes, las ganas de escribir son cada vez más difíciles de encontrar", expresa.
Armando Uribe es más categórico al respecto: "El haber escrito durante toda la vida puede producir un hastío y crearse en el escritor la fobia de seguir escribiendo. Cuando hablo de fobia, lo hago en el sentido clínico de la palabra". Sin embargo, cree que esto último es algo excepcional.
Gonzalo Contreras, autor de títulos como La ciudad anterior (1991) y El gran mal (1998), también cree que las razones pueden ser múltiples, como "la desazón con un medio hostil, que llevó a muchos al suicidio, por pérdida de sentido en un oficio cuyo fin es la búsqueda de sentido o por falta de fuerza ante los agoreros que desde la década del sesenta vienen proclamando la muerte de la palabra escrita y el libro". Según Contreras, también se puede dejar de escribir porque el negocio no es rentable o porque el esfuerzo y el talento del escritor (si es que lo tiene) pocas veces es reconocido. También puede ocurrir que, simplemente, el escritor sienta que no tiene nada nuevo que decir. Éste es para Marcelo Lillo el motivo principal por el que alguien puede decidir abandonar la escritura y es lo que le ocurrió a Antonio Ostornol, actual director de estudio de Literatura de la Universidad Finis Terrae. "Más de alguna vez he sentido que lo que escribo vuelve siempre sobre las mismas claves y ni siquiera logro una forma nueva que pueda aportar aunque sea una mirada. Cuando no he escrito, pienso que ha sido porque no me he podido conectar profundamente con un proyecto. No he sentido que mi escritura pudiera aportar algo de valor", revela el autor de Los años de la serpiente (1991) y El obsesivo mundo de Benjamín (1994). En la década del noventa, fue uno de los integrantes de la nueva narrativa chilena y dedicaba su tiempo exclusivamente a escribir. Hoy, en cambio, las actividades que lo mantienen ocupado son otras, aunque confiesa que de vez en cuando escribe. Pero ya han transcurrido más de diez años desde su última publicación y esto, para él, constituye un proceso "para nada fácil, muchas veces doloroso, en el cual se han mezclado períodos de no escritura y otros de trabajo, pero sin llegar a la edición".
De la misma generación de Ostornol, y con seis libros publicados, Claudio Jaque declaraba en una entrevista en 1991: "Lo que realmente me importa es que escribo. Sentirme escritor es haber logrado lo que quiero, ése es mi camino fundamental. Yo diría que el centro de mi vida es la actividad literaria y el resto (su actividad empresarial) es la manera de dar curso a aquello que me satisface". Sin embargo, poco tiempo después el autor de Puerta de escape (1991) y Para llegar a Baden-Baden (1990) deja atrás su vocación literaria y desaparece de la atención pública. Más de alguien ha intentado seguir sus pasos a través de internet y hay quienes incluso han especulado respuestas. "Siento que Claudio Jaque está en alguna parte, quizás queriendo volver, pero prometiendo olvidarse del pasado", escribió Luis Saavedra en su blog.
Según Lillo, continuar en el oficio o retirarse, es algo que todo escritor se ha planteado alguna vez en su vida. Para él, nadie está exento de esta problemática: "Es algo que va muy unido con el acto de escribir y publicar: mostrarse y luego ocultarse. Todo artista, de los auténticos, se siente tentado a hacerlo". Él lo tiene claro. Confiesa que cuando comenzó a publicar se fijó una meta que piensa respetar: retirarse antes de cansar a sus lectores. "Creo que beneficia la salud y la buena manera de existir. Hay que saber aparecer y también saber desaparecer".
Eugenia Brito, por el contrario, cree que no son los escritores quienes se plantean su final. Según ella, puede que la fuerza interna que mueve la escritura se encuentre totalmente absorbida por otro campo de fuerzas, la mayoría provenientes de "las instituciones conservadoras del sistema y que actúan de manera inconsciente en el ser", aminorando o destruyendo su capacidad creativa. La poeta considera que estas tentaciones surgen "bajo diversos llamados, que pueden operar de manera seductora, por ejemplo, con el poder, el trabajo, la academia y la figuración social. Y el escritor cae en esa trampa, por ilusión, sin saber que pierde. El que era escritor termina sin fuerza creativa, no puede pensar y ésa es la razón por la que deja de escribir".
Antonio Ostornol, a diferencia de los dos autores anteriores, opina que nunca se deja por completo de escribir, aunque sea en el espacio imaginario de sus sueños. Según él, los escritores a veces encuentran el método, la disciplina, la focalización que les permite llevar adelante sus proyectos. Esos son, dice, los escritores profesionales. "Los envidio sanamente, creo que son los escritores de verdad". Sin embargo, a otros no les resulta tan fácil y el camino se les vuelve esquivo, "más pedregoso de lo que son capaces de sobrellevar, y se van desangrando en el intento, hasta llegar al punto de renunciar". Y concluye: "Eso pasa, quizás, con más frecuencia de lo que imaginamos. Hay muchos y notables escritores que no fueron felices porque no encontraron el lugar para su escritura y decidieron abdicar, al menos públicamente. El problema es que sólo nos enteramos cuando eso les ocurre a los más famosos".
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-Macarena Morales Findel © El Mercurio

4/1/09

Complicidad en el crimen

Sobre la matanza de Gaza se dicen muchas cosas, pero como las dice este señor... pocos lo hacen y lo harán. Por eso he sentido la tentación de transcribirlo.

No es el mejor augurio que el futuro presidente de Estados Unidos repita una y otra vez, sin que le tiemble la voz, que mantendrá con Israel la "relación especial" que une los dos países, en particular el apoyo incondicional que la Casa Blanca dispensa a la política represiva (represiva es decir poco) con que los gobernantes (¿y porqué no también los gobernados?) israelíes han venido martirizando por todos los modos y medios al pueblo palestino. Si a Barack Obama no le repugna tomar su té con verdugos y criminales de guerra, buen provecho le haga, pero que no cuente con la aprobación de la gente honesta. Otros presidentes colegas suyos lo hicieron antes sin necesitar otra justificación que la tal "relación especial" con la que se da cobertura a cuantas ignominias fueron tramadas por los dos países contra los derechos nacionales de los palestinos.
A lo largo de la campaña electoral Barack Obama, ya fuera por vivencia personal o por estrategia política, supo dar de sí mismo la imagen de un padre dedicado. Eso me permite sugerirle que le cuente esta noche una historia a sus hijas antes de que se duerman, la historia de un barco que transportaba cuatro toneladas de medicamentos para socorrer a la población de Gaza en la terrible situación sanitaria en que se encuentra, y que ese barco, Dignidade era su nombre, ha sido destruido por un ataque de fuerzas navales israelíes con el pretexto de que no tenía autorización para atracar en sus costas (creía yo, ignorante redomado, que las costas de Gaza eran palestinas…) Y que no se sorprenda si una de las hijas, o las dos a coro, le dicen: "No te canses, papá, ya sabemos qué es una relación especial, se llama complicidad en el crimen".

José Saramago

(Gracias, René Rodríguez Soriano, MediaIsla).

21/12/08

El mejor poema

El mejor poema es el que aún no se ha escrito, el que borbotea en el magma de las posibilidades de la lengua y de la aventura humana; por lo tanto, no tengo obligación de echar incienso a lo ya de sobra canonizado; esto siempre me ha parecido algo cobardón y de mal gusto, incluso pornográfico. Reivindico la fiesta de lo arbitrario; incluso, si es con calidad, el escribir por el solo hecho de joder. Considero, a estas alturas de la información globalizada, que la pretensión de exhaustividad es solo un sofisma enarbolado por los más groseros e ignorantes; que el que no permite entre en su texto siquiera un alfiler, es un autoritario imbécil. Y, sobre todo, que el encanto es la máxima cualidad de la literatura, tal como decía, de las páginas que habían logrado encandilarlo, el viejo muchacho Jorge Luis Borges.

Pedro Granados, poeta peruano.

23/10/08

El amigo Henry

Existe un libro que forma parte de nuestro ser y que está contenido en nuestro ser, y ese libro es el registro de nuestro ser. He dicho nuestro ser y no nuestro devenir. Comenzamos a escribir este libro en el momento de nacer y lo proseguimos después de la muerte. Solamente cuando estamos a punto de renacer lo terminamos y le ponemos la palabra "Fin". En consecuencia, es toda una serie de libros que, desde un nacimiento hasta el siguiente, continúa la historia de la identidad. Todos somos escritores, pero no todos heraldos ni profetas. Lo que sacamos a relucir del registro oculto lo firmamos con nuestro nombre de pila, que jamás es el nombre real. Pero lo único que llega a conocer alguna vez la luz es lo mejor de nosotros, lo más fuerte, lo más valiente, lo mejor dotado. Lo que entorpece nuestro estilo, lo que falsea la narración, son las porciones del registro que ya no podemos descifrar. El arte de escribir no lo perdemos nunca, pero lo que a veces perdemos es el arte de leer. Cuando encontramos un adepto de este arte, recuperamos el don de la visión. Es el don de la interpretación, naturalmente, porque leer siempre es interpretar.

Los libros en mi vida, Capítulo XIII
Henry Miller

26/4/08

El escándalo de Notre Dame

A las once de la mañana del 9 de abril de 1950, cuatro jóvenes -uno de ellos vestido de pies a cabeza de monje dominico- entraron en Notre Dame de París. Era en plena misa de Pascua; en la iglesia habían 10.000 personas procedentes de todo el mundo. “El falso dominico”, como le denominó la prensa -Michael Mourre, de ventidos años- aprovechó una pausa que siguió al rezo del credo y subió al altar. Comenzó a leer un sermón escrito por uno de los conspiradores, Serge Berna, de veinticinco años:

Hoy, día de Pascua del Año Santo
aquí
en la insigne iglesia de Notre Dame de París
acuso
a la Iglesia Católica universal de haber desviado letalmente nuestra fuerza vital
hacia un cielo vacío
acuso
a la Iglesia Católica de estafa
acuso
a la Iglesia Católica de infectar el mundo con su moralidad fúnebre
de ser la llaga que se extiende en el cuerpo descompuesto de Occidente.
En verdad os digo: Dios ha muerto
vomitamos la agonizante insipidez de vuestras plegarias
pues vuestras plegarias han sido el humo pringoso de los campos
de batalla de nuestra Europa.
Sumergíos pues en el trágico y exaltante desierto de un mundo
en el que Dios ha muerto
y labrad esta tierra con vuestras manos desnudas
con vuestras manos ORGULLOSAS
con vuestras manos sin plegarias.
Hoy día de Pascua del Año Santo
aquí en la insigne iglesia de Notre Dame de Francia
proclamamos la muerte de Cristo-dios, para que el hombre
pueda vivir por fin.

El cataclismo que siguió fue más allá de todo cuanto pudieron haber esperado Mourre y sus seguidores, quienes al principio simplemente habían planeado soltar unos cuantos globos rojos. El organista, advertido de que podía tener lugar una irrupción de este tipo, ahogó las palabras de Mourre justo depués de que éste pronunciase las palabras mágicas: “Dios ha muerto”. El resto del discurso jamás llegó a pronunciarse: la guardia suiza de la catedral desenvainó sus sables, acometió contra los conspiradores e intentó matarles. Los camaradas de Mourre subieron al altar para protegerle: a uno de ellos, Jean Rullier, de veinticuatro años, le rajaron la cara de un sablazo. Los blasfemos escaparon y fueron capturados, o mejor dicho rescatados, por la policía, ya que tras perseguirles hasta el Sena, la multitud a punto estuvo de lincharlos. Un cómplice aguardaba con un coche en marcha listo para emprender la huída, pero ante la visión de aquella multitud enardecida, no les esperó.

(…)

De los cuatro illuminati (etimológicamente hablando, ojo; no confundir de ninguna manera con la sociedad secreta homónima, si lo es), solo Mourre fue detenido: el arzobispo le acusó de hacerse pasar por un sacerdote. Enviado a un reconocimiento psiquiátrico, Mourre consiguió que Combat (una publicación de la época) cambiara de línea editorial cuando el alienista escogido por el tribunal, un tal doctor Micoud, resumió la personalidad de Mourre con las expresiones: idealismo frenético; desprecio por la percepción externa; cogito prerreflexivo; ortosexualidad (vergonzosamente admitida); capacidad para ir directo al corazón de una doctrina y para viajar en un instante a través de varias épocas; irritación ante la sugerencia de que el Ser puede haber precedido a la Existencia; ideas fugaces; ataques sorpresa mediante lanzamientos en paracaídas (…) e interminables profusiones de neologismos; y una lógica exageradamente sesgada y paranoica, en la que hay más intolerancia rigurosa que rigor intolerante.

El doctor Micoud había ido demasiado lejos: un segundo escándalo ahogó al primero, y después de permanecer once días bajo custodia, Mourre fue puesto en libertad. Tres meses después escribió Malgré le blaspheme (A pesar de la blasfemia), un libro tan aceptable para la iglesia que el arzobispo, el mismísimo hombre cuya misa Mourre había interrumpido, recomendó que todas las bibliotecas de la iglesia comprasen.

(…)

Tras haber escrito las biografías de Charles Maurras (1868-1952) -el carismático líder de la facción Acción Francesa, monárquica y protofascista, adalid de la libertad religiosa del siglo XIX- Mourre se convirtió en un escritor a sueldo enciclopédico y eclesiástico; murió, respetable y olvidado, en 1977. El incidente de Notre-Dame, observó un corresponsal de Combat en pleno furor, era, a falta de otra cosa, un buen principio para una carrera literaria.

Greil Marcus, Rastros de carmín, 1989

Aplausos (y abucheos).

Estamos en el siglo XXI, y lo que acabais de leer podría mover a risa (o no).

25/3/08

Novus ordo seclorum (I)

Una democracia no puede existir como forma permanente de gobierno. Sólo puede existir hasta que los votantes descubren que pueden decidir sobre los dineros del Tesoro Público. A partir de ese momento, la mayoría siempre votará por el candidato que prometa más beneficios a cargo del Tesoro Público, con el resultado de que una democracia siempre colapsa bajo una irresponsable política fiscal, y siempre es seguida por una dictadura. La edad promedio de las más grandes civilizaciones de la tierra ha sido de doscientos años. Estas naciones han seguido esta secuencia: de la esclavitud a la fe espiritual, de la fe espiritual a una gran valentía, de esta gran valentía a la abundancia, de la abundancia a la complacencia, de la complacencia a la apatía, de la apatía a la dependencia, y de la dependencia de nuevo a la esclavitud.

Alexander Fraser Tyler (1700).

11/3/08

Contra el pensamiento único

Los tiempos que corren nos confrontan con cambios profundos en las estructuras sociales públicas y privadas a través de las cuales los hombres desarrollan sus actividades. En el sector privado, esto lo comprobamos si se compara la manera en que las empresas se organizan en 1996, que en poco, quizás nada, se asemeja a como lo hacían las empresas en 1946, o aún en 1966. En los asuntos públicos, este fenómeno resulta aún más agudo ya que los cambios que afectan al Estado, sus instituciones y sus funciones básicas y la manera en que se administra el poder, han sufrido transmutaciones y trastornos verdaderamente revolucionarios.

Ocurre, sin embargo, que mientras los avances tecnológicos en las comunicaciones, la informática y los procesos productivos se suceden con vertiginosa rapidez, los cambios psicológicos que debieran acompañarlos, al menos entre los segmentos dirigentes, evolucionan más dificultosa y lentamente lo que abre una enorme y peligrosa brecha entre las tecnologías con las que se administra el mundo y la visión política con la que se pretende comprender e interpretar su actual y futuro desarrollo. Es así que aunque el mundo de hoy poco se parece al de hace treinta años, la mayoría de la gente sin embargo sigue interpretándolo según paradigmas correspondientes a décadas - acaso siglos - pasados. En los asuntos políticos, sociales y aún en los económicos, es como si en la era de las computadoras realizáramos nuestros cálculos de la actualidad y previsiones para el futuro utilizando un antiguo ábaco.

A diario aplicamos tecnologías de los albores del siglo XXI para comunicarnos, para trasladarnos y para administrar nuestras vidas y nos sentimos perfectamente cómodos y a gusto con ello. Pero, ni bien intentamos interpretar los fenómenos políticos y sociales de nuestros días, de manera insensible y automática pareciera que nos retrotraemos a las pautas y los mitos políticos de los siglos XVIII y XIX. Aún en la economía, comprobamos algo parecido cuando hablamos del "libremercado", de las "leyes de las finanzas", o cuando utilizamos como punto de referencia las consignas de un liberalismo económico diseñado en el siglo XVIII para beneficio del imperio militar británico de hace más de doscientos años.
Desde entonces, diversos teóricos, escuelas económicas y más de un Premio Nobel de Economía han procurado explicar los más variados aspectos relacionados con los macroprocesos económicos del planeta. Mientras tanto, los mucho mas pragmáticos traders y operadores financieros globales, quienes poca paciencia parecieran tener con las últimas elucubraciones intelectuales de las escuelas económicas, literalmente trituran las economías nacionales y sectoriales con el torniquete de los mercados globalizados que crecen exponencialmente, jamás deteniéndose, y girando alocadamente las 24 horas del día. Desde Tokio a Hong Kong; desde Hong Kong a Tel Aviv; de Tel Aviv a Frankfurt y Londres; de Londres a Nueva York y Chicago; y de Chicago nuevamente a Tokio; sin solución de continuidad; sin principio y sin fin.
Seguimos pensando que el dólar, el Euro, la libra o el yen son monedas sujetas a las voluntades de los gobiernos de Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido o el Japón, cuando, en rigor de verdad, el valor del dólar y de todas las monedas se decide en los directorios de los grandes bancos y empresas de Wall Street o durante la noche al otro lado del planeta, en Tokio.
En política, a su vez, seguimos haciendo de cuenta que el Estado-nación moderno, nacido en los siglos XVIII y XIX, sigue siendo la máxima instancia para el ejercicio del poder. Creemos que solo basta con que un territorio determinado se dibuje en un mapa, con que el conjunto de personas que viven en él izen una bandera, porten un escudo, y nombre autoridades ejecutivas y legislativas para ocupar bancas congresales, sillones judiciales y tronos presidenciales y ministeriales para que, como por arte de magia, tengamos con ello "una nación soberana"; un "Estado", cuya maquinaria pública se encuentre lista para detentar y ejercer el "poder político".
El aceite con el que pretendemos lubricar los engranajes de esta maquinaria antediluviana lo denominamos "democracia" con lo que, abrazados a una fórmula política inventada por intelectuales del siglo XVIII, dogmatizada por los imperialismos del siglo XIX y estandarizada por la tecnocracia supranacional del siglo XX, hacemos de cuenta que con ello resulta suficiente para que "la voluntad de las mayorías rija los destinos de cada nación." Este modelo se ha impuesto como norma obligatoria en todos los Estados del planeta, como la conditio sine qua non que debe cumplirse si se cada pueblo se propone integrar el "concierto de las naciones". Sino, queda declarado fuera de la ley; un "rouge state" – Estado criminal – según una de las frases favoritas de Clinton y su secretaria de Estado, Madeleine Albright.
Pero cuando pasamos de la teoría a la realidad, observamos que las cosas resultan muy diferentes y mucho más difíciles; encontramos que algunos Estados resultan viables mientras que muchos otros, quizás la mayoría, no lo son; que a pesar de todo sigue habiendo guerras sangrientas inter e intranacionales; que sigue profundizándose el empobrecimiento de la vasta mayoría de la humanidad y de las clases medias y bajas, aún dentro de los países industrializados; que el descontrol en los asuntos de la humanidad se generaliza más y más. Y como seguimos insistiendo en respetar la sacrosantidad de los paradigmas de antaño, no acertamos a identificar el origen y las causas de nuestros males actuales.
El "establishment" intelectual contemporáneo parece habernos convencido de que, como por arte de magia - pues de magia parecería tratarse realmente -, con solo expresar los vocablos "democracia", "paz" y "derechos humanos", automáticamente todo se encarrila por si sólo, resolviéndose por simpatía y empatía. Al igual que en los rituales mágicos primitivos, también el hombre moderno pareciera ser cautivo de la antiquísima necesidad psicológica de creer que la palabra tiene, por sí sola y cuando se la expresa colectivamente, una fuerza mágica que le permite convocar y tornar en realidad aquello que evoca. Como una imitación bastarda de antiguos ritos, solo basta con repetir una versión aggiornada de la plegaria mítica colectiva moderna para que ésta se haga realidad.
Como decimos, hoy el mantra de moda no se dirige ni a dioses ni a santos, sino que expresa un conjunto vago de abstracciones: "democracia", "paz", "derechos humanos", o - mejor (¿peor?) aún - la idea de la democracia, la idea de la paz y la idea de los derechos humanos. En las últimas décadas, pareciera que sólo es necesario que nuestros dirigentes políticos repitan ad nauseam la idea de erigir un "gobierno democrático" defensor de la "paz", la "justicia" y los "derechos humanos", para que automática y mágicamente ello se torna realidad. Así es en la Argentina como en España; en Chile como en Canadá; en Brasil como en Alemania. Y desde hace muchas décadas más, también en los Estados Unidos, Gran Bretaña y otras naciones industrializadas.
Lamentablemente, la realidad nos muestra una cara muy distinta. La soberanía, la democracia, la defensa de los derechos humanos, la libertad y la justicia social jamás nacen espontáneamente, ni mucho menos se dictaminan por decreto. Si nos esforzamos en pegar un "salto cuántico" para acceder a un profundo cambio paradigmático, entonces comprenderemos las cosas de manera diferente y no tan solo como nos gustaría que fueran. Si sabemos escuchar y leer entre líneas, descubriremos el elocuente aunque sutil mensaje implícito en los acontecimientos contemporáneos, a pesar de que la mayoría de las personas rara vez logre interpretarlos correctamente. Estos acontecimientos mundiales se nos presentan pre-analizados – "predigeridos", por así decirlo – ante nuestros ojos: en la prensa, en la televisión y radio, en los libros propagadores de la "historia oficial" y de economía contemporánea y, muy especialmente, en el discurso político de estamentos muy precisos y compactos de dirigentes mundiales del máximo nivel y sus discípulos en todo el mundo. Todo ello nos permite entrever que aunque los instrumentos formales utilizados para introducir y ejecutar políticas internas y externas en las diversas naciones son, por lo general, las instituciones públicas del Estado, el origen del diseño y planificación de dichas políticas se ubica en instancias mucho menos evidentes que nosotros relacionamos con el CFR y la red mundial informal que lo complementa.
Porque de eso se trata: de comprender que la ideología de la globalización tiene como objetivo controlar todos los asuntos públicos de la humanidad por una tecnoestructura privada detentadora del poder real. Y, precisamente debido a ello, se autoexcluye de todo proceso democrático ya que no va a permitir que se la sujete a su propio instrumento de control. La ideología del globalismo conforma en última instancia la privatización del poder. Y su praxis política consiste en el control de todos los gobiernos que ocupan todos los Estados, a través de la imposición del régimen de la democracia formal partidocrática que resulta fácilmente controlable a través del dinero. Dinero que paga campañas electorales; dinero que genera corrientes de opinión pública; dinero que crea (y destruye) imágenes públicas; dinero que escribe y re-escribe la "historia oficial" local, regional y mundial a su conveniencia; dinero que financia poderosos medios de difusión que nos presentan la "realidad" que más le conviene para promulgar sus políticas; dinero que nos dice quienes son los "buenos" y quienes los "malos", cuales países son "modernos y confiables" y cuales son los "rouge states"; y que en pocas palabras nos lleva de las narices para dónde quieren, manteniéndonos a todos en la oscuridad y confusión.
Es que las fuerzas del dinero del hipercapitalismo radical y salvaje vigente pueden lograr esto y mucho más. Pueden censurar determinadas ideas, propuestas y enfoques, sea a través de su prohibición lisa y llana – de ahí, por ejemplo, su rechazo de todo "revisionismo histórico" que en muchos países es ilegal –, como a través de la saturación gigantesca de información, datos, chismes, rumores y propuestas descabelladas que logran generar un barullo infernal y generalizado en la televisión, la radio y los medios gráfico, que hace que cualquier idea buena que no disponga de los medios económicos para "gritar fuerte" quede totalmente ignorada y condenada al ostracismo. Se trata, en síntesis, de una verdadera censura económica unida a un sutil terrorismo intelectual que logra que todos – o casi todos – pensemos de manera politically correct.
Esto implica que se desdibujen valores tan caros como el de la libertad, que pasa a ser una mera abstracción, puesto que nos quedamos con la idea de la libertad y no con su realidad. Porque rara vez se distingue entre las distintas clases de "libertad" de la que puede gozar el hombre:
•La libertad del espíritu e intelecto que es, lejos, la más importante y que permite formar criterios y opiniones independientes sin necesidad de alinearse obligatoriamente con los cánones de la "opinión aceptada" y políticamente correcta de la época. Sustentada sobre una Ética firme, esta es la única libertad con valor real.
•La libertad política de las masas que, al menos teóricamente, es ilimitada. A esta libertad mítica acceden todos por igual: ricos y pobres; poderosos y débiles; inteligentes y estúpidos; buenos y perversos. Implica el permiso otorgado por una instancia superior que detenta poder, y que permite que periódicamente las mayorías expresen su opinión sobre algunos temas. Esta es apenas una "libertad" formal y de poca substancia.
•La libertad económica que es aquella que resulta del poder adquisitivo. Claramente, conforma una libertad importante por cuánto no implica el permiso para hacer determinadas cosas sino el poder para hacerlas, lo que la torna en una liberad real. (12)
De más está decir que de los tres tipos de "libertades" indicadas la única que tiene real valor en el sistema demoliberal imperante es la libertad económica. Para los estamentos dirigentes a su vez, la libertad intelectual tiene alto valor puesto que sólo ella permite prever, evaluar, planificar y actuar creativamente para defender y promover sus intereses. La libertad política masificada, finalmente, sólo conforma un mito social que poco le sirve a las masas que supuestamente disfrutan de ella, ya que se transforma en un instrumento de control en manos de aquellas minorías que disfrutan de las otras dos libertades auténticas: la intelectual y la económica.
Los principales acontecimientos que han determinado las características, tendencias y conformación del mundo moderno tienen su origen en amplios y profundos procesos de análisis, evaluación y planificación cuyo ámbito se encuentra fuera de lo que usualmente denominamos como de "dominio público". Se ubican mas allá de las estructuras gubernamentales detentoras del poder formal en los Estado-nación modernos. Pero para comprender esta realidad, resulta necesario aprender a pensar "fuera de la caja"; a pensar de una manera nueva o al menos diferente a la forma que pretende imponernos la ideología de la globalización; a romper con el paradigma de lo politically correct según la usanza estandarizadora norteamericana o del unique pensée, según la visión más aguda de los intelectuales franceses.
Resulta necesario ir contra la corriente, y eso no es para nada fácil en los tiempos que corren.

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EL CEREBRO DEL MUNDO- Adrián Salbuchi- Ediciones del Copista. Córdoba, Argentina- 1999

7/2/08

Umbral de la lucidez

He aquí una vieja nota que Francisco Umbral (mala leche y excelente escritor por partes iguales) escribió para El mundo (Los placeres y los días) en abril de 1994. Yo supongo que ya os habeis duchado y desayunado ¿verdad?, porque el enérgico y nunca más justo berrinche del amigo peliblanco (que sonará a cachetazo a todos los que tengan más de medio siglo en el corazón) está escrito con puño y sangre y no aguanta bostezos. En caso de que todavía no hayais ido al baño ni desayunado, recomiendo que mejor lo dejeis para otro momento y que paseis al siguiente post. Releyendo estos viejos artículos una acaba comprendiendo por qué le dieron el Cervantes a este hombre: además de escribir bien, piensa, lo cual ya es mucho pedir en un escritor de hoy en día. Y dice: Los viejos no dimiten y los jóvenes se suicidan. Son dos maneras opuestas de entender este mal rollo. Los carrocísimos de la corrupción, en España y otros sitios, aguantan la vergüenza, el insulto político, el mierdeo y la guerra, la humillación, el desprecio, el jarrapellejos del pueblo y la sombra ominosa de la Historia. Se agarran, ya digo, a este mal rollo. Los triunfadores de 25 años dimiten de la vida, de la gloria, de toda esta barrila, porque, llenos de lucidez juvenil, más ese alucinógeno que es la verdad desnuda, aprenden pronto que el éxito no lleva a ninguna parte, que el money suele venir firmado por políticos emputecidos, que el amor no dura tres condones y que el sexo tiene bajada, como la fumata de morfa. La vida, o sea, este mal rollo, sí, está hecha para esos viejos sobredorados que van para viejas, pero no para quien ha hecho todo el trayecto Circo/Matadero (Jorge C. Trulock) antes de los treinta y sabe que después de la gloria, el vino y las rosas, viene esa cosa negra, monótona y dominical que es la felicidad. Los militares se agarran a la patria y los banqueros se agarran a la pasta canalla, pero los insumisos y los rockeros rompen la guitarra del vivir y, entre el suicidio lento o el bajonazo de oro, va en casos, dimiten de esta «fiesta movible» (Hemingway, otro que dimitió, porque fue joven hasta el final). Todo nuestro mundo occidental y crispado nos está dando el espectáculo enfrentado de los viejos políticos, los agiotistas carcaveras, los ancianos estofados de la tribu, que presiden este fin del milenio bajo un palio de seda y crimen, Salinas en Méjico, Nixon reivindicado, bendiciéndonos desde su tumba extensa como un rancho, Octavio Paz en su Nobel, Vargas Llosa desbragado por Ajoblanco, Clinton en su pasado, Felipe González entre la llama y la corrupción, entre el queo y el bonsai, Yeltsin en su zarismo hortera, y en este plan. Frente a ellos, la juventud del éxtasis y la música, de la lucidez y la velocidad, del asco y la literatura (Thomas Bernhard), dimite de la vida, cesa en la fiesta y muere con elegancia, con delicado cansancio, con sencillo ritual de multitudes que viven en los idiomas y el gregoriano salvaje y alegre de la edad. Esto ya está visto, el truco es fácil, la vida no es sino una tregua, el tiempo es oro, pero un oro fugaz que se caza un momento y hay que dejarlo volar. Pisemos todas las trampas, caigamos en todos los cepos de plata, dejemos una rúbrica de talento al final del siglo, que ha sido un mal texto, un feo cantable, y que sigan los jefes, la raza de los gerentes, la tribu de los parkinson, contando monedas de mierda, disfrutando sus medicinas y repartiéndose las guerras del mundo en la eterna canasta que juegan en el atardecer cementerial de sus paraísos fiscales, bajo la sombra gótica de la muerte. Pero ahí están, aquí también, los verdaderos insumisos, los insumisos al soborno del vivir, los objetores a la totalidad de un mundo que ha olvidado el nombre de algunas flores, el color de algunas estrellas, el perfume de algunas muchachas y el lenguaje sencillo, directo, vegetal y sánscrito de la vida real, de un cielo popular y cotidiano. Los viejos mamuts de los tristes trópicos del dinero y la fuerza aguantan en sus tronos de ferralla, ante esa juventud que dimite generosamente de una gloria pagada con dinero falso. Los grandes viejos se quedan solos y aferrados en un oscuro mundo de suicidas.