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7/2/08

¿Quién se engaña con Jessica Rabbit?

Quién no se ha puesto pensar alguna vez en la forma que tienen las nubes? Parece que nuestra mente tuviera una habilidad natural para hacer encajar las formas abstractas en esquemas concretos reconocibles por la experiencia. Conciente de ello, hubo alguien por ahí al que le dio por inventarse un test proyectivo basado en manchas completamente abstractas, que luego procedía a mostrar a sus pacientes a fin de que estos le indicaran qué era lo que veían en ellas; hechos relacionados con su vida cotidiana, fantasías, recuerdos… bueno, ya conoceis el test de Roscharch. A la gente que le gusta la pintura abstracta, cuando le preguntas qué es lo que le atrae especialmente de la abstracción suele responder: “No sé, es que me hace pensar en (lo que sea)”; o: “Me gusta porque puede ser cualquier cosa, lo que yo quiera”. Los más refinados suelen decir incluso: “Me gusta porque no me condiciona”
¿Os habeis puesto a pensar alguna vez en la forma que tienen los continentes? Pregunta ociosa: ¿tendrá nuestra proyección subjetiva sobre una forma supuestamente aleatoria, alguna relación con la naturaleza de esa forma? Es la pregunta que me hice cuando decidí escribir este post, y como soy una tía muy imaginativa, estuve dándole vueltas al asunto y me pareció que encajaba. Es como un juego de niños: ¿qué veis en la forma del continente americano? Pues yo veo a Jessica Rabbit, la mujer de Roger Rabbit. O bien a Rita Hayworth antes de que Glenn Ford le pegara aquella memorable hostia que, según cuentan, fue de verdad: ancha espalda, cintura estrecha y un pubis de ametralladora avanzando sobre el tronco, y en oblícuo. La típica pose de la vampiresa desaprensiva y sinuosa. A este juego los cognitivos le llaman pareidolia.
La gente del campo sabe que por la forma de una nube puede saberse si va a llover finito o no. Ni hablar de los meteorólogos. Así que, más allá de las peregrinas asociaciones que pueda hacerse entre la forma de un continente y la mujer de Roger Rabbit, parece ser que la posición sí que cuenta. En parte, quizá se trate de una pareidolia cultural, y en parte es un hecho geopolítico que no es lo mismo estar al norte… que al sur, al este que al oeste, colgar de un estrecho, vivir entre dos grandes bloques continentales, estar justo al medio -como la guinda del pastel- o crecer en un iglú.
Hace algunos años, un especialista definió a la Argentina como un país isla. Para mí encaja. En Argentina todo parece distante. Hasta el cielo parece más alto. Y tomando en cuenta los escasos presupuestos destinados a mejorar el transporte, recorrer el país “desde Ushuaia a la Quiaca”, suele ser una aventura similar a la de Ulises. Nuestras relaciones con los países vecinos, digan lo que digan embajadores y diplomáticos, no es buena, y para agravar la situación, Buenos Aires, con su política unitaria aparentemente federal, ya es en sí una isla dentro de una isla: en ella viven y se desagran las dos terceras partes de la escasa población del país, haciendo que gran parte de los recursos estén destinados a la mayoría que vive en dicha provincia, mientras el resto de la chacra se pudre en el olvido. Pareidólicamente hablando, Ushuaia -la ciudad más austral del mundo- viene a ser algo así como el afilado tacón de Jessica Rabbit.
U.S.A, entre Canadá al norte y México al sur, si bien no es la cabeza de la dama, se presenta al centro-sur, en la zona plexo, y se hace llamar a si misma United States of América. ( NOTA: ¿Habeis visto las vueltas que he dado para llegar hasta aquí? Lo habeis pillado ¿verdad? Ya os vais dado cuenta de a dónde quería llegar yo con mis prolegómenos cognitivos. Otro panfleto anti-gringo. Un tanto pintoresco, eso sí, pero panfleto al fin).
Sin embargo no es así. Ni se me ocurriría hablar sobre la tan discutida dicotomía Sudamérica-Norteamérica: ¿por qué ellos se hacen llamar americanos, si americanos somos todos, los del norte y los de sur? E hilando más fino: ¿no sería más correcto llamarles USAamericanos en vez de norte-americanos, ya que en América del Norte hay además otros dos países (tres, si no nos olvidamos de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca)? Y, más espinoso aún: ¿Por qué estos imperialistas de mierda llaman a su país Estados Unidos de América como si ellos fueran los únicos americanos del continente? He notado que en muchos blogs, y por supuesto en la calle, la gente empieza a usar el término USAamericano. Ya se está volviendo una moda progre. En lo personal, para mí son y serán siempre los yanquis, y esto ya se lo sabe hasta mi amiga Vicky, que es estadounidense y la persona más inteligente que conozco. Vicky se ríe a carcajadas de los clissés, y pasa de ellos con una generosidad tan humana que hablar con ella, además de ser un placer, hace que te olvides de las geografías. Es demasiado real como para perderse en un clissé. Hace tiempo la presenté a un amigo vasco que a su vez la presentó a sus amigos diciendo: “Bueno, ella es americana… pero mola”. En esa ocasión Vicky no fue tan generosa y a los diez minutos se largó de la fiesta, conmigo a la zaga.
Desde luego, utilizar a Vicky para argumentar que el pueblo estadounidense no es tan malo como parece, sería tan gratuito como afirmar a rajatabla que todo estadounidense es ignorante, estúpido e insensible como Bush, porque no sólo tiene cara de Rata, sino que se comporta como tal. Pero la quiero, quiero a su familia, les conozco… y creedme que también sufren de acné, padecen hemorroides, leen, putean en los atascos, cagan, lloran, sienten… y es más: hasta ellos quieren ser funcionarios. Y aunque parezca extraño, ellos también son víctimas de la xenofobia (una xenofobia al revés, pero xenofobia al fin). Me lo dijo ella misma, que vivió en seis países diferentes y no es uno de los Panteras Negras, ya que dado su color blanco, blanquísimo, no la aceptarían en sus filas. La mona, aunque se vista de seda, mona se queda, y a estas alturas y en vistas de cómo gestionamos los recursos que hay en el planeta, dudo mucho que alguien vaya a tragarse el hueso de que somos una especie mucho más evolucionada que el chimpacé, sea donde sea que hayamos nacido y sea lo que sea que signifique una nube.
Lo que no entiendo es por qué los progresistas del mundo se cogen unos pedos brutales con resaca incluída discutiendo sobre el origen del nombre. América es eso: un solo continente. Un solo cuerpo. Es decir, una sola cuenta bancaria: la de United States of América. Por debajo de su estrecha cintura -el eje dionisíaco centroamericano- se extiende América del Sur: largas piernas, ancho vientre, caderas generosas. Tanto como para albergar los más robustos embriones petrolíferos del continente. El año pasado se firmó el acuerdo para la explotación de Pascua Lama, un importante yacimiento de cobre, oro y plata, que se encuentra justo debajo de un glaciar, entre Chile y Argentina. Los ecologistas protestaron, pero las piernas de América acabaron firmando el acuerdo. ¿Alguien pone en duda que América esté en manos de América?
En el yoga, el plexo solar es reconocido como tercer chakra o manipura. Si le tienes equilibrado hay gran poder personal; si está desequilibrado, surjen la codicia y la agresividad. El poder de América está en el plexo; el resto, responde a sus necesidades personales. Esto no me lo he inventado yo, es un conocimiento que responde a varios miles de años de antigüedad. Los chinos creen (cuidado con los chinos, por cierto) que los órganos del cuerpo no funcionan de forma independiente, sino que unos influyen sobre otros. Cuando concentramos toda la energía sobre una parte, surjen las enfermedades.
El cáncer, por ejemplo: 4 de julio de 1776. ¿Os suena? ¡Hombre!¿Cómo no os va a sonar? Recordad Nacido el 4 de julio, aquella mala película interpretada por el siempre riente Tom Cruise, y todas las teleseries que nos vienen restregando desde que se inventó el cine (y la televisión, como diría Alistair Crowley, el más eficiente instrumento de adoctrinamiento inventado jamás). La única manera que tiene el cuerpo de quejarse es la enfermedad, y cuando un órgano se queja, puede volverse un déspota. Por eso me da risa cuando en Europa se critica a los líderes populistas (otra denominación que se ha puesto de moda) de Latinoamérica, y parecen olvidar que donde hay hambre no puede haber democracia. Mientras Juan Carlos de Borbón pretendía hacer callar a Chávez, George Bush, el Rata, aplaudía en el despacho oval.
Antes de acabar con esta entrada, quisiera aclarar que no estoy en contra del pueblo estadounidense. Estoy en contra del pueblo humano -llamado así por extensión, incluído el estadounidense- incapaz de asumir una posición ideológica propia, basada en experiencias propias, cerrada al discenso y al puñetazo verbal con fundamento. Estoy hasta los ovarios de escuchar estupideces sobre los americanos surgidas de mentes bienpensantes y progres que gestionan el futuro del mundo mientras se comen una hamburguesa en un Mc Donald. Hasta el plexo de oir como los americanos nos venden su cultura mientras nos compramos un Mp4. Hasta las orejas de escuchar que Europa sigue manteniendo su autonomía ideológica, mientras Sarkozy y Gordon Brown se dan la mano y piensan en construir una sutil línea Maginot que retenga a los pobres fuera de sus fronteras, como lo ha hecho George Bush con su Ley del Muro en la frontera con Méjico. Hasta el útero de ver como todo el mundo sucumbe a los cristales de colores del Corte Inglés y al roscón de Reyes (¿el pavo del Día de Acción de Gracias?) cuando llegan las Navidades con las excusa de que son sólo cuatro días. Hasta las piernas de escuchar que los americanos no saben dónde queda, por ejemplo, Grecia… y son incapaces de distinguir una iglesia de una catedral, cuando en realidad no tienen por qué hacerlo, ya que en América nunca hubo Edad Media y nunca hubo maestros canteros. Hasta los pulmones de oir cómo los aztecas hacían sacrifícios humanos mientras los adelantados europeos le daban garrote vil a los rebeldes.
¿El mundo ha cambiado desde que es mundo? No. Todos los imperialismos son transferibles y Jéssica aprendió muy bien la lección. Entonces, no nos engañemos. ¿Quién tiene la culpa, pues, el perro o el que le dá de comer? Se lo preguntamos a Danny De Vitto.

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Hipatia, la bruja



El nombre de Hipatia lo escuché por primera vez en boca de una vieja amiga argentina. Me habló de ella con admiración, casi como si hablara de una madre remota, pero me parecio que, aún hoy, en ciertas sociedades su historia sigue estando vigente.
Hablar de Hipatia es hablar de la Biblioteca de Alejandría; de hecho se dice que ella fue la última científica que trabajó en la famosa biblioteca, cuya desaparición sigue estando teñida de confusión, ya que a ciencia cierta no se sabé quién la destruyó, si es que realmente la destruyó un incendio, o si acaso el supuesto incendio pudo ser la coartada perfecta para el mayor saqueamiento intelectual del mundo antiguo. Algo así como “nada, ahora incendiamos el puerto, creamos la confusión y mientras la chusma mira el fuego nos robamos un medio millón de papiros”. En ese caso, el incendio tuvo que ser todo lo bastante importante como para que esta gente (¿los moros?¿los cristianos?¿quiénes?) tuviera tiempo de robarse todo y esconder bajo tierra, entre otras cosas, el centenar de obras de Sófocles que faltan, habida cuenta de que hoy en día sólo conocemos unas siete de ellas y el resto ya es historia, y estará bajo tierra o en la caja fuerte de algún habitante de Ganímedes.
Según Carl Sagan, la pérdida es incalculable. Para poner un ejemplo diré que mientras los cristianos se empecinaban en creer que la tierra era plana, ya antes de Copérnico un estudioso de la biblioteca llamado Aristarco de Samos, sostenía que la Tierra gira alrededor del Sol. Su destrucción pudo costarnos más de mil años de historia.
Suene a cuento chino o no, se sabe que Alejandría (fundada, naturalmente, por Alejandro, que además de haber sido militar y conquistador tuvo a bien ser lo bastante magnánimo con las artes y las ciencias como para ser bautizado con justicia el magno) fue la cuna del renacimiento antiguo, si se me permite la comparación. Un sitio donde, según lo atestiguan las crónicas, convivían en perfecta armonía egipcios, griegos y africanos, se mostraba respeto por todos los credos, y se estimulaba el estudio de las ciencias y las artes. Una verdadera utopía hedonista y un milagro urbanístico que en su tiempo debe haber sido algo así como un híbrido entre Nueva York, Babilonia, y el Museo Smithsoniano. Sin embargo Alejandría era una sociedad de clases no excenta de esclavos, y está claro que el pueblo –la plebe, o sea la mano de obra barata constructora de carreteras- no tenía (parafraseando a Sagan) tarjeta de consulta para visitar la famosa biblioteca, con lo cual la educación y el conocimiento estaba reservado a una clase selecta.Hipatia, que era la hija de Teón de Alejandría, famoso matemático y antrónomo, pertenecía a la clase selecta y fue educada en un ambiente refinado y culto. Cosa rara, a juzgar por la escasa importancia que se le daba a la mujer en aquella época, y más extraño aún si se piensa que su primer maestro fue el propio Teón, que la instruyó en historia de las religiones, oratoria, matemáticas, álgebra, filosofía neoplatónica y cuántas verduras intelectales se cocían por entonces. Además se cuidó de que la muchacha creciera muy bien alimentada, con lo cual se convirtió en una mujer de gran belleza con una legión de admiradores a sus pies. Pero Hipatia nunca llegó a casarse y su vida estuvo consagrada por entero a la ciencia. De hecho fue una gran maestra. Entre otras cosas escribió varios tratados, enseñó Matemáticas, Filosofía, Álgebra y Astronomía, y contruyó algunos aparatos científicos. Poco se conserva sobre ella, pero se sabe que estuvo en contacto con eminantes personajes que llegaban de otras latitudes a dejarse instruir, y si tomamos en cuenta que por entonces el vehículo más veloz era el caballo (sin olvidar al pintoresco camello) pues ya me direis si valía la pena o no tomar clases con esta mujer.
No olvidemos que estamos hablando de una época de grandes desajustes políticos y guerras a trochi mochi, una edad del mundo en que, tras el largo período de paz y prosperidad que supuso la floreciente Alejandría, griegos, moros, cistianos y judíos ya empezaban a inquietarse. Se sabe que hay tres cosas importantes que mueven al homo sapiens, a saber: alimentarse, practicar un ritual, y hacer la guerra. Todo lo demás en el mejor de los casos está destinado al entretenimiento, y en el peor pues se lo archiva en un cajón bien cerrado de la historia o se lo borra del mapa. Por entonces, los más interesados en borrar del mapa el conocimiento heredado de los griegos y la peligrosa tendencia a practicar religiones politeístas, eran los cristianos. Y siempre que hay cristianismo, hay inquisición.
Es en esta parte de la historia cuando aparece nuestro benemérito obispo Cyrilo, romano él, igual que Orestes, que además de ser gobernador de Alejandría... era amigo, discípulo –y posiblemente- amante de Hipatia. Menudo problema para Cyrilo, que intentaba limpiar todo aquello de judíos y herejes, haciendo méritos a fin de opositar a la categoría de santo de la Iglesia, mediante el apoyo de un grupo de fanáticos y de la clase baja ya harta de la exclusión. En opinión de Cyrilo, no era justo que el gobernador escuchara más los consejos de esa mujer – una hija de Eva, pagana ella, y seguro que con una manzana envenenada bajo la manga, como todas las brujas- que los suyos propios. Había, pues, que deshacerse ella.
Aunque no haya pruebas fehacientes que le incriminen de manera directa en el asesinato de Hipatia, tampoco hay pruebas de que la Biblioteca de Alejandría haya sido quemada deliberadamente, y si tú preguntas a alguien quién cree que lo hizo, pues te dirá que la quemaron los árabes, pero tampoco hay pruebas de que hayan sido ellos. Lo que se sabe es que cierta noche una turba de cristianos fanáticos del obispo Cyrilo arrancó a Hipatia de su carruaje, la llevaron a un monte y allí la violaron, la atormentaron, la despellejaron con conchas afiladas, la desmembraron y esparcieron sus restos por toda la ciudad. Su cuerpo, como los delicados papiros escritos a mano de la biblioteca desaparecida, se desintegró lentamente hasta convertirse en cenizas y se mezcló con la sangre oscura de la tierra y de las batallas, el mundo ingresó en la Edad Oscura, desapareció la civilización clásica, y el nombre de Hipatia se enterró en el olvido durante más de quince siglos.
¿Qué haría Hipatia si viviera en nuestros días?
¿Sería astronauta?
¿Editora? ¿Premio Nóbel?
¿Se habría casado y tendría hijos?
¿O sería lesbiana?
¿Sería analista de sistemas?
¿O Bill Gate?¿O un hacker?
¿Dónde viviría?¿En el Primer Mundo o en el Tercero?
¿Aceptaría ser la consejera de Gorge Bush, de Z.P, de Tony Blair o de Abu Mazen?
¿Sería atea o creyente?
¿Fundaría otra biblioteca?
¿Escribiría un blog?
¿Qué pensaría de la tecnología digital, las pantallas de plasma, las centrales nucleares, los satélites y las zondas espaciales?
Nunca lo sabremos. Pero si la teoría de la reencarnación es posible, creo que sería un gran alivio para ella saber que por muchas bibliotecas que se quemen, siempre habrá otras, ya que desde entonces hemos evolucionado todo lo suficiente como para reservarnos alguna copia de la historia del mundo en los múltiples vericuetos de la Red. Y si en una de ésas que nunca faltan y siempre sobran, la Biblioteca Nacional llegara a quemarse y todos los bomberos de Madrid sufrieran una epidemia de sueño debido a una invasión repentina de moscas tsé-tsé, es posible que se perdieran el manuscrito de Cervantes y los 8.349 tomos de la Obra Completa de Menéndez y Pelayo, pero aún así no será lo mismo, porque a dios gracias existe la imprenta y hay billones de editoriales circulando por todo el planeta, con lo cual la mayor parte de la información no se perdería. Y al menos en Occidente, Hipatia sería respetada como una mujer de ciencia. Desafortunadamente, en la época en que vivió su enorme conocimiento resultó ser tan peligroso como una catapulta. Tuvieron que pasar muchos siglos antes de que esa bala diera en el blanco.

Poliandria: mujeres con + de un marido



Muchas mujeres de una región remota de la India protagonizan una ancestral costumbre en vías de extinción: la poliandria. Los hermanos varones aceptan compartir esposa para no dividir la tierra familiar

Taro tiene 36 años y está casada con los hermanos Musha, de 45 años, y Dalau, de 37. Juntos tienen cuatro hijos. Sentada con las piernas cruzadas en el suelo de su casa y fumando un cigarrillo casero, cosa que las mujeres sólo pueden hacer en su aldea, Laxmi se ríe a carcajadas. Tiene 40 años y tres maridos... Hemos llegado a un lugar conocido como El Interior, una zona extensa y tranquila en el corazón del Himalaya. Ésta es una de las últimas regiones del mundo donde persiste la antigua práctica de la poliandria, el matrimonio de una mujer con varios hombres, casi siempre hermanos.

Kuwanoo es una de las aldeas más grandes de la zona; se encuentra a unos 100 kilómetros de la ciudad india de Dehra Dun, antiguo bastión Raj que presume de selectos colegios públicos y prestigiosas instituciones gubernamentales. El silencio de las montañas es como un bálsamo después de experimentar el ritmo frenético de la ciudad, donde los coches y las motos de miles de indios en vacaciones se abren paso a golpe de claxon por estrechas calles. 

Los habitantes indios de Kuwanoo y de otras aldeas remotas de la zona sobreviven gracias a una agricultura de subsistencia.Miembros en su mayoría de las castas altas brahmin y rajput, y de la casta inferior kolta, forman parte de Jaunsar Bawar, región tribal situada en el extremo noroccidental del Estado indio de Uttar Pradesh. Aquí, en una sola ceremonia una mujer puede contraer matrimonio con todos los hijos de una familia.En esta región del Himalaya los hermanos comparten esposa para mantener unidas las tierras familiares.

La vida es excesivamente patriarcal y durante generaciones las familias que practican la poliandria han convivido en armonía junto con las monógamas. En ambos tipos de matrimonio a la mujer le toca la parte del león en las labores agrícolas, la crianza de los hijos, el cuidado de la casa, y además debe asegurar la satisfacción sexual de sus maridos. Pero incluso mujeres, como Drashni Sharma, de 32 años, que vive feliz con varios compañeros, reconocen que las cosas están cambiando muy rápidamente.

Drashni sonríe, cansada. Su piel cobriza se extiende sobre sus pómulos salientes y ya comienza a arrugarse alrededor de sus ojos claros. «Somos la última generación. Sabemos que este sistema ya no es común en la sociedad».

Ella y sus maridos, Narayan Singh Sharma, de 48 años, y el hermano de éste, Surat Singh Sharma, de 35, viven en una de las altas casas de madera y paredes encaladas que fueron construidas hace cientos de años. Desde lejos parecen chalés alpinos. Aquí el paisaje recuerda los dibujos de los niños, formados por bloques de colores intensos. Las montañas están cubiertas de una deslumbrante vegetación verde, el cielo es de un azul profundo, e incluso las gallinas y las cabras tienen plumas y manchas de colores primarios.

Subimos a la vivienda por una escalera de madera encerada hasta la terraza central, que es también zona de estar. La escalera es muy empinada. Los peldaños, fabricados con troncos partidos por la mitad, parecen diseñados para pies finos y pequeños. Todos, desde los niños de dos años hasta los ancianos de 80, se deslizan con paso de felino. Nosotros, calzados con botas voluminosas, ascendemos con dificultad. La terraza está abierta en dos flancos en esta región no se utiliza el vidrio , y a la derecha y la izquierda hay habitaciones, todas vacías e iluminadas apenas por algunas ranuras en el techo. No hay electricidad ni teléfono, y el único confort moderno es la fuente en el centro de la aldea que trae agua de un arroyo de las montañas.

Los hermanos que practican la poliandria deben casarse con una mujer de otra aldea para evitar el peligro de la endogamia. El padre de Narayan y de Surat visitó a Drashni, que vivía en una aldea a 20 kilómetros, para pedirle que se casara con sus dos hijos. Drashni, que en aquel entonces tenía 14 años, conoció a los hermanos, le resultaron de su agrado y contrajo matrimonio con ambos poco después.

Los siete hijos producto de la relación triangular, seis niñas y un niño, con edades comprendidas entre uno y 13 años, están en el interior de la casa. Narayan mece a Rinki, de un año, en su regazo. Los niños no tienen ni idea de quién es su padre biológico, y aun en el caso de que pudieran hacerse una prueba de ADN no estarían interesados.

«Tengo dos padres y para mí son iguales», dice Kanta, de 13 años.«Nunca he pensado en cuál de ellos me ha hecho». Un hecho también insólito en la familia occidental es la notable diferencia de edad que puede haber entre el mayor y el menor de los hermanos que se casan con una misma mujer. En algunos casos el menor de una familia puede tener un hijo comunal (cuyo padre es su hermano mayor) de su misma edad.

Aunque ninguno de los tres miembros de este matrimonio proviene de una familia poliándrica, los hermanos Sharma decidieron compartir esposa principalmente para conservar los lazos fraternales. Mantener unida la tierra era un factor secundario. «Creemos que el amor fraternal se pierde cuando dos mujeres separan a los hermanos. El amor entre los hermanos es más importante que el amor entre un hombre y una mujer; es más importante que todo», sostiene Narayan.

Drashni asegura que ama a ambos hombres por igual y que está contenta de poder mantener la unidad familiar. «Es bueno para mí, y es bueno para los niños tener a Narayan y a Surat de padres.Cuando Narayan está fuera Surat me hace compañía y los niños tienen otro padre que puede cuidarlos. Somos una familia como otra cualquiera, con la excepción de que hay tres padres en lugar de dos».
En la India las comunidades poliándricas explican esta práctica remontándose a la antigüedad. Dicen que el cuento del Mahabharata, en el que la diosa Draupadi se casa con cinco hermanos Pendava, es el fundamento histórico de sus costumbres. En teoría, la Ley Matrimonial de 1956 y la Ley de Sucesiones, del mismo año, prohibieron la poliandria. El Gobierno concedió a los habitantes de Jaunsar Bawar el estatuto de tribu en 1967. Son ciudadanos indios, pero en muchos casos se les ha permitido practicar la poliandria.

Algunos aspectos de la vida en esta región les podrían parecer maravillosos a los occidentales hastiados de su cultura. Nuestro guía, Kunal Rai, nieto del jefe de aldea Ratan Singh Chauhan, nos dice: «El aire de aquí es 100% oxígeno, no hay coches, ni productos químicos ni residuos de plástico que asfixien la tierra.El estiércol es el principal fertilizante. Aquí todo crece en la tierra y de una u otra forma regresa a la tierra».

Pero la vida diaria en la aldea es dura y monótona. Drashni anhela sacar a su familia de las montañas. «Tenemos que trabajar desde al alba hasta el atardecer sólo para tener suficiente comida.Si alguien sufre una herida hay que andar un largo camino hasta el hospital más cercano. Sueño con que algún día vivamos en una casa grande lejos de aquí, con mucho dinero y tierras. Nuestros hijos asisten a la escuela de la aldea, y puede que no tengan que pasar tantas penalidades».


LA FAMILIA UNIDA 

A pesar de que la vida en la aldea es agotadora, muchas de las mujeres que mantienen relaciones poliándricas como Drashni, no se quejan, pues están seguras de que su vida sexual mantiene a la familia unida. El hermano mayor, el que tiene en este aspecto más privilegios, es también responsable de que los que le siguen en edad reciban su ración de satisfacción sexual.

Aunque una mujer puede tener tantos compañeros sexuales como cuñados, si comete adulterio, en el caso poco probable de que disponga de tiempo, energía y deseos tras pasar 18 horas al día cumpliendo con sus obligaciones en la cocina, el campo y la cama, es expulsada inmediatamente de la comunidad.

Según el profesor Vijay Sishaudhia, que lleva casi 30 años estudiando la poliandria en el Himalaya, la alternancia de compañeros sexuales parece estar bien organizada, al menos en los matrimonios de las castas más altas. «Es costumbre dejar los zapatos a la entrada de la casa. Si el hermano joven ve los zapatos del mayor junto a la puerta sabe que no debe entrar, porque seguramente estará acostado con su esposa. En este caso se va a dormir a otra casa de la aldea». Una de las desventajas de compartir esposa es la alta incidencia de enfermedades de transmisión sexual, explica el profesor Sishaudhia.«A la gente le cuesta reconocerlo, pero se están registrando muchos casos de sífilis y gonorrea en los centros sanitarios de la región. Los hospitales deben mantener grandes existencias de penicilina para tratar estas enfermedades».

Laxmi Singh, de 40 años, no parece padecer dolencia alguna. Es quizá una de las más entusiastas defensoras de la poliandria.Cuando se ríe a carcajadas, con un cigarrillo en la mano, su enorme constitución se estremece. «Tengo tres maridos (Surat Singh Sharma, Bhaaddur Sing Sharma y Paatira Singh Sharma), y me parece estupendo», dice con su risa estruendosa, guiñando un ojo con picardía. «Los quiero a todos por igual y no tengo preferencias por ninguno, pero es una antigua costumbre. Ya se está perdiendo».
Laxmi y sus esposos tienen siete hijos, de entre ocho y 25 años. Cinco de ellos están ya casados, y todos se han decidido por el matrimonio monógamo. «Ya nadie quiere compartir maridos y esposas. No podemos obligar a nuestros hijos a adoptar nuestro estilo de vida, pero la monogamia está causando muchos problemas antes inexistentes. Los hermanos se tienen envidia y por primera vez hay conflictos que dividen a las familias. Me encanta la vida aquí porque hay menos egoísmo del que se ve en los pueblos y las ciudades. Trabajo mucho más que mis esposos, en la casa y en los campos, pero creo que así debe ser. El final de la poliandria supone que la vida se parece cada vez más a la de las ciudades.En otra época todos obedecían al hermano mayor. Ahora...».

El gozo de vivir que expresa Laxmi está ausente en Taro, de 36 años, casada con los hermanos Musha y Dalau, de 45 y 37 años. Aparenta 20 años más de los que tiene, y las arrugas alrededor de los ojos y la boca hablan de muchas penalidades. Los tres pertenecen a la casta baja kolto y viven a las afueras de la aldea. Tienen cuatro hijos, con edades de entre nueve y 18 años, y todos viven en una choza de una habitación atiborrada de camas, utensilios de cocina y ropa deshilachada que cuelga de las paredes. No hay colores. Todo tiene aspecto de sucio.
Musha se apresura a responder todas las preguntas que dirigimos a Taro. «A los hermanos nos resultaba muy costoso casarnos con una mujer cada uno, por tanto decidimos compartir a Taro. Ella está contenta con este arreglo porque comprende las circunstancias», afirma Musha. Taro permanece con la vista baja, de modo que es imposible confirmar si su esposo dice la verdad.

Mientras las familias de las castas altas se aseguran de proteger la intimidad de la esposa y el marido durante la noche, las familias de castas bajas no lo hacen. «La unión entre Dalau y yo es más fuerte que nuestros lazos con Taro», dice Musha con toda tranquilidad.«Nuestra relación es mucho más importante. Todos vivimos y dormimos juntos en la misma habitación. Dalau y yo nos turnamos para dormir con Taro y los niños nos quieren a ambos por igual. Ellos no conocen otra forma de vida».


De vuelta a la aldea, en el sector de la casta alta, la gente está sentada tranquilamente en sus terrazas contemplando las inmensas y calladas montañas y las franjas rojas del atardecer en el cielo. Nuestro chófer hace lo mismo, apoltronado en el coche. No sabe si solicitaremos sus servicios dentro de tres horas o tres días, pero no le importa y tampoco se molesta en preguntarnos. La gente permanece en silencio, pero da la sensación de estar meciéndose al compás invisible de las montañas, en una espera indiferente.

Ratan Singh Chauhan es fundador y secretario general de la zona tribal Lok Kala Mandar Jaunsar Bawar. Su matrimonio es monógamo.Su casa es la más grande de la aldea y, al igual que todas, carece de muebles, a no ser una serie de esteras extendidas en el suelo que sirven de sofá y cama, y de un impresionante juego de cazos y sartenes de hierro. Está sentado, con las piernas cruzadas, en el suelo con su mujer, que lleva el traje tradicional de la región, túnica de colores vivos, falda larga negra y un pañuelo atado con un complejo nudo en la nuca.

Ratan sonríe con tristeza y de repente asoma su único diente, que asienta en el carnoso labio inferior. «Aquí todo está cambiando, la cultura está desapareciendo. Es una vida dura y la gente de ahora quiere algo diferente. La poliandria está desapareciendo.En cierto sentido es bueno, pero en otro no».

La luz se va pronto en estas tierras. Con el rostro apenas visible en la penumbra, bajo la luz difusa de una lámpara de aceite, Ratan se encoge de hombros y reconoce que las aldeas bajo su control viven cambios irreversibles. «Ahora se abren al mundo y prefieren la monogamia. Conforme la gente va recibiendo más educación en la escuela se niega a quedarse y llevar una vida tradicional. Se trasladan a las ciudades y la tierra se divide cada vez más, pues los hermanos han dejado de compartir mujer.El conocimiento y la educación es posible que aceleren la desaparición de nuestras tradiciones. Y nadie sabe qué traerán estos cambios».


DE CANARIAS A LOS POBLADOS ESQUIMALES
Como dicen los habitantes de la aldea de Kueanoo y alrededores, en el Estado de Uttar Pradesh, la poliandria es una costumbre en vías de extinción. Y no sólo en su zona. Según algunos antropólogos, fue una de las formas de asociación matrimonial que rigió la larga época prehistórica del matriarcado, y estaba condenada a desaparecer desde que las mujeres comenzaron a perder autoridad en las tribus humanas. En la actualidad, la posibilidad de que una mujer pueda llegar a tener varios maridos simultáneamente se da en escasos lugares del planeta. A saber: diminutos enclaves del sur de la India, Nigeria, en el sur de Australia y en algunos poblados esquimales. También en algunas zonas de Filipinas. En las mayoría de los casos, los maridos de una mujer no suelen estar emparentados. Históricamente la poliandria existía entre los bretones, los árabes primitivos, los hotentotes africanos, los aborígenes de América, los habitantes primitivos de Canarias, Ceilán y Nueva Zelanda.

Fuente: Diane Taylor

Photo/post: Vandana Shiva

La chica de cartón piedra



Cada vez que se mira al espejo, la chica de cartón-piedra siempre se ve gorda. Ha bajado de los 65 kilos a los 60, de los 60 a los 55, de los 55 a los 50 y de los 50 a los 45. Y a pesar de que cada vez se parece más a los maniquíes que ve en los escaparates, ella se sigue viendo gorda. ¿Quién va a quererla así?¿Quién va a mirarla, si ella misma siente repugnancia cuando se mira al espejo? El ojo del que mira sólo ve en ella una bola de carne informe sin sexo ni edad y ningún atractivo, alguien que desea convertirse en otra cosa. En cualquier cosa, menos en lo que es.


PeRo, ¿QuÉ sE EsCoNdE DeTrÁs dE toDa eStA pArAfErNaLiA? SeR OtRa. O No SeR.

La chica de cartón-piedra quiere ser delgada. Delgadísima. Quiere ser como Keira Knightley. Parecerse a Paris Hilton. Estar hecha de cartón-piedra, de fibra, de plasma o de celuloide. Engrosar el listado de criaturas de Aushwitz que pululan por Internet bajo los titulares de anorexia.com. Odia la carne que hay sobre sus huesos. Odia la carne que le ponen en el plato. Odia comer. Odia alimentarse. Porque alimentarse significa crecer. Así es que la chica de cartón-piedra come por cumplir. Los demás le echan vistazos suspicaces: ¿qué hará cuando pide disculpas y se retira sigilosamente para ir al baño? La comida no le pasa, y ya tiene una herida en la garganta de tanto vomitar. Quiere parecerse al maniquí del escaparate. Quiere ser el maniquí. Parece que no supiera que el maniquí es sólo una figura de cartón-piedra que está hueca por dentro. Que su tiempo de vida útil es breve, tan breve como un vestido, una camiseta o la carrera meteórica de una top-model ingresada en una clínica de lujo con suero en vena.

La chica de cartón-piedra está enferma y ha perdido su capacidad de salivar. Ya no menstrúa, y la sóla idea de tener sexo le produce horror. Sólo quiere desaparecer.

La ChIcA dE CaRtóN-PiEdRa No qUiErE sEr uNa mUjEr. No qUiErE SER.