Mostrando entradas con la etiqueta GRANDES ESCRITORES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta GRANDES ESCRITORES. Mostrar todas las entradas

28/5/08

Juan de la Cruz: monte de perfección

Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees,
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.
Cuando reparas en algo dexas de arrojarte al todo.
Para venir del todo al todo,
has de dejarte del todo en todo.
Y cuando lo vengas del todo a tener,
has de tenerlo sin nada querer.
Cuando ya no lo quería,
téngolo todo sin querer.
Cuanto más tenerlo quise,
con tanto menos me hallo.
Cuanto más buscarlo quise,
con tanto menos me hallo.
Cuando menos lo quería,
téngolo todo sin querer.
Ya por aquí no hay camino,
porque para el justo no hay ley;
él para sí se es la ley.

San Juan de la Cruz



7/2/08

Arthur Rimbaud: Je est un autre




En una carta escrita el 5 de octubre de 1871, León Velade le dice a Emile Blemont:
No sabe lo que se perdió no asistiendo a la cena de los Vilains Bonhommes. Allí se exhibió, bajo los auspicios de Verlaine, su inventor, y los míos, su Juan Bautista de la orilla izquierda. A Rimbaud. Grandes manos, grandes pies, un rostro absolutamente infantil que podría corresponder a un niño de 13 años, profundos ojos azules, carácter más salvaje que tímido: así es el muchacho, cuya imaginación, llena de poderes y corrupciones inauditas, ha fascinado o aterrorizado a nuestros amigos. Venga usted, verá sus versos y juzgará por usted mismo. De no ser por la piedra que gravita sobre nuestra cabeza y que el Destino a menudo nos tiene reservada, es un genio que emerge. Algo más tarde, un informe de la Policía Francesa a cargo del oficial Lombard, reza lo siguiente:


Verlaine se enamoró de Rimbaud y los dos se marcharon a Bélgica para disfrutar de la paz del amor y todo lo demás. Hace algún tiempo, la señora Verlaine fue al encuentro de su marido para intentar llevarlo de regreso. Verlaine le respondió que era demasiado tarde, que no era posible una reconciliación, y que además, ya no se pertenecía a si mismo. “La vida en matrimonio me resulta odiosa -gritó- Nos amamos como tigres”, y diciendo esto enseñó a su mujer su pecho tatuado y herido por las cuchilladas que le había asestado su amigo… Rimbaud. Estos dos seres luchaban y se desgarraban como dos bestias feroces, para luego disfrutar del placer de reconciliarse. La señora Verlaine, desanimada, regresó a París.
A los diez años, Rimbaud escribe en su diario:


¿Y a mí que me importa si Alejandro (por el Magno) fue famoso?¿Qué me importa?... ¿Sabe alguien si los latinos existieron?¿No será una lengua inventada? Y aunque hayan existido: ¡que me dejen ser rentista y se guarden su lengua para ellos!¿Qué daño les he hecho yo para que me sometan a tal suplicio? Pasemos al griego… esa sucia lengua no la habla nadie, ¡nadie en el mundo!... ¡Ay, carambola de carambas! ¡Caray, yo quiero ser rentista! No conviene desgastar los pantalones en los bancos… ¡caramboletas!
En otra, del 28 de febrero de 1886 dirigida a su hermana desde Tadjura, África, Rimbaud -ya no el poeta, sino el explorador, el mercader, el aventurero, el traficante de armas, je est un autre-, confiesa:


 

Confío en que podré refugiarme dentro de unos meses en las montañas de Abisinia, que es la Suiza africana, sin inviernos ni veranos: ¡primavera y verdura perpétuas y la existencia gratuita y libre!

El Poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por si mismo, agota en él todos sus venenos, y se queda con la quintaescencia. Inefable tortura para la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, para la cual se convierte en el gran Enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡el Sabio supremo! Porque llega a lo desconocido. Porque ha cultivado su alma, ya rica, más que ninguno. Llega a lo desconocido y aunque, enloquecido, hubiera perdido la inteligencia por culpa sus visiones ¡las ha visto!¡Que reviente en su salto por cosas inauditas e innominables! Por lo tanto, el poeta es realmente un ladrón de fuego (…) Y cuando se haya quebrado la infinita servidumbre de la mujer, cuando viva para ella y por ella –y cuando el hombre, hasta entonces, abominable, la haya liberado- la mujer también será poeta. ¡La mujer encontrará lo desconocido!

(Segunda carta del vidente, a Paul Demeny, 15 de mayo de 1871)
Una temporada en el Infierno es la obra de un místico en estado salvaje (Paul Claudel).

Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se habrían, en el que vinos de todas clases fluían sin cesar. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. -Y la encontré amarga. -Y la injurié. Me armé contra la justicia. Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh saña: sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro! Conseguí disipar en mi espíritu todo resto de humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el salto sigiloso de la fiesta. Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Llamé a lasa plagas para así poder ahogarme en la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. El aire del crimen me secó. Se la jugué a la locura. Y la primavera me dio la risa horrenda del idiota. Pero, recientemente, cuando ya estaba a punto de estirar la pata, decidí buscar la llave que me abriera las puertas del antiguo festín, en el que, quizás, recobraría el apetito. La caridad es esa llave. -¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!. "Siempre serás una hiena, etc...", exclamaba el demonio que me coronó con tan amables adormideras. "Bien, gánate a pulso la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales." ¡Bueno! Ya he tenido bastante: -Pero , querido Satanás, se lo ruego, ¡no se irrite tanto! A la espera de esas pequeñas bajezas que no acaban de llegar, arranco, para u sted que ama el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas hojas repelentes de mi libreta de condenado. 

El hombre de las suelas de viento se ha esfumado definitivamente. Nada de nada (Carta de Delahaye a Verlaine, julio de 1881). 

Apreciemos sin vértigo la magnitud de mi inocencia. Arthur Rimbaud) 

Sin embargo, él vive en mí. Je est un autre.

Sea I


Pero el mar no golpea como un corazón,
ni el vidrio o cabellera de una lejana piedra
hace más que asumir todo el brillo del sol sin devolverlo.
Ni los peces innumerables que pueblan otros cielos
son más que las lentísimas aguas de una pupila remota.


-Vicente Aleixandre, Ven, ven tú (fragmento)

Photo/post: Peces, Roxana A. Basso (Sea II, Pájaros) .

Sea II



Al ver a las rosadas jarras concebir al sol,
mi sed concibe un universo más ardiente:
y brindo por los pájaros que en los árboles en ascuas
inscriben su sagrada y lúcida ebriedad.

-Richard Wilbur, Cosas de este mundo


Photo/post: Pájaros, Hipatia de Alejandría

Roberto Arlt: a terrible sinceridad



Creo que hay una forma de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo, que si no concede la felicidad, le proporciona al individuo que la practica una especie de poder mágico de dominio sobre sus semejantes. Es la sinceridad.
Ser sincero con todos, y más todavía consigo mismo, aunque se perjudique. Aunque se rompa el alma contra el obstáculo. Aunque se quede solo, aislado y sangrando. Esto no es una fórmula para vivir feliz; creo que no, pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencian nos marean y engañan de contínuo.
No mire lo que hacen los demás. Que no le importe un pepino lo que opine el prójimo. Sea usted, usted mismo sobre todas las cosas, sobre el bien y sobre el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todos y contra todos. No importa que la pena lo haga dar de cabeza contra una pared. Interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente:
-¿Soy sincero conmigo mismo?
Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tiresé con confianza. Siendo sincero no se va a matar. Esté segurísimo de eso. No se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra exitencia, impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharán sus ropas y… usted se salvará.
Y usted dirá: “¿Y si los otros no comprenden que soy sincero?”. ¡Qué le importa a usted los otros! La tierra y la vida tienen tantos caminos con alturas distintas, que nadie puede ver a más distancia de la que ven sus ojos. Aunque suba a una montaña, no verá un centímetro más lejos de lo que permita su vista. Pero, escúcheme bien: el día en que quienes lo rodean se dén cuenta de que usted va por un camino no trillado, pero que marcha guiado por la sinceridad, ese día lo mirarán con asombro, luego con curiosidad, Y el día en que usted, con la fuerza de su sinceridad, les demuestre cuántos poderes tiene entre sus manos, ese día serán sus esclavos espirituales, créame.
Me dirá usted: “¿Y si me equivoco?”. No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesto la vida, que es esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán. O no lo perdonarán. Interesa poco. Usted siga su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario. Y créame: llegará el momento en que usted se sentirá tan fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguietes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa tabla que tiene en el reverso, y de una patada la va a tirar lejos de usted. ¿Qué le importan los nombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los nombres?
La sinceridad tiene un doble fondo curioso. No modifica la naturaleza intrínseca del que la practica, y sí le concede una especie de doble vista, sensibilidad curiosa, que le permite concebir la mentira, y no sólo la mentira, sino los sentimientos del que está a su lado.
Hay una frase de Goethe respecto a este estado, que vale un Perú, y dice:
“Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás de él”.
Es lo que le decía antes. La sinceridad provoca en quienla practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. Estas fuerzas sólo se muestran cuando tiene que producirse eso de: “Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás”; y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastrarán, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted las realiza. ¿Qué se quedará sanfrando? ¡Y claro! Todo cuesta en esta tierra. La vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.
Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante combinaciones más extraordinarias, más inesperadas.
Vea, amigo: hágase una base de sinceridad, y sobre esa cuerda floja o tensa, cruce el abismo de la vida, con su verdad en la mano. No hay nadie, absolutamente nadie, que pueda hacerlo caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras, se acercarán mañana a usted para sonreirle tímidamente. Créalo, amigo: un hombre sincero es tan fuerte que sólo él puede reírse y apiadarse de todo.

Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942). Aguafuertes porteñasPhoto/post: La vida según San Telmo, Alberto Klix