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26/9/08

Elogio del bufón

Siempre me ha fascinado la figura del bufón, esa criatura grotesca, divertida y capciosa, presente en la historia del mundo desde tiempos inmemoriales.

El bufón, eterno compañero del rey, mascota y entretenedor oficial de un soberano siempre obligado a guardar las formas, y también su consejero y confidente, no puede ser la figura mejor olvidada de la humanidad. Quizá sea porque al lado oscuro conviene ocultarlo. Razón por la cual, la existencia del bufón se vuelve imprescindible. De hecho ¿qué sería del rey sin su bufón? El bufón es la encarnación misma de las vergüenzas ajenas, incluídas las del propio rey.

Similar a la metáfora del váter (al que eufemísticamente, y no sin motivo, se le llama también “el trono”), el bufón es la metáfora de todo lo que no debe mostrarse, de lo vergonzante, prohibido, y extravagante. Es el mamarracho del alma. Su doble inconfesable. La criatura antediluviana que todos llevamos dentro, que todavía camina en cuatro patas y que le chilla a la Tierra y a Dios. Es el eterno patán desvergonzado que sabe -sabe- que el váter es el único espacio de la vida en el que puedes malograrte sin culpa, y en el que nadie metería sus narices donde no debe, la poltrona favorita de quien que se asoma a la entrepierna del diablo para dibujarle mariposas en el ombligo.

Divertido y auto-consentido, al bufón le gusta vaciarse, y en su modesta experiencia del placer, se repite a si mismo que él es la única persona sobre este planeta sacándole la lengua a la muerte. Y mientras él se la saca, ríe el rey. Ríe con la boca ancha y los dientes largos, pero ríe. Y además de reir, llora. Llora a solas y en silencio, o en presencia del bufón, pero llora. Si no llorara -es decir, si las gracias del bufón no le hicieran sentir, de vez en cuando, como el hombre amenzado por los monstruos del capricho goyesco- jamás le eligiría como su confidente. Porque entre los veteranos de la corte, entre los ministros y los aristócratas, entre súdbitos y profanos, no hay mejor acólito y más leal camarada que el bufón. Éste es el que prueba todos los brebajes antes de que se lo dén a beber al soberano. Es el que soporta los guantazos (antecedente directo del cachetón que recibe el payaso y que le hace caer redondo al suelo, haciendo reir al auditorio). Es el que se ríe de si mismo y el que se burla delicada y en ocasiones cáusticamente de la condición de los presentes sin que nadie se ofenda. Su sitio es una suerte de escenario secreto para el destierro elegido de un rey sin corte. Que es lo que es, en realidad, el bufón.

Sabio en su triste destino de esfinge que vuelve de los sietes infiernos de la deformidad, el bufón es el vertedero de las criaturas regias. Y de las no regias, o cuasi-regias, que rigen los destinos propios y ajenos. El bufón resulta ser todo lo que uno quiere ocultar. Es el otro. La otra mitad. El enemigo. Y como para guardar las formas al enemigo hay que mantenerse a distancia y confinarle al archivo de la ¿mala? conciencia, o convertirle en un marginal, o en un loco -y para que no pese tanto- en un payaso, el rey permite que el bufón se tome sus licencias. Porque el territorio del bufón es siempre territorio neutral, como lo es el territorio del inconsciente, que es a la vez el territorio más profundamente humano que existe.

Leo Bassi, el bufón moderno, el payaso apocalíptico, el blasfemo de la neo-ilustración contemporánea, el trasnochado discípulo de Rabelais vetado por la Iglesia católica (un rey sin sentido del humor), reinvindica al bufón desde un discurso bizarro donde éste adquiere autonomía y lo libera de dependencias míticas y servidumbres humillantes.
Dicen que por la boca muere el pez; sin embargo, el bufón no puede morir. Como lo más abyecto y lo más luminoso del espíritu humano, su esencia es inmortal.

Photo/post: Leo Bassi, en plena acción.

9/7/08

Giacometti

Boyaba entre la fantasía y la euforia. No era que le gustara hacerlo: era que no podía evitarlo. Lo usaba como único pasaporte a su tierra de adentro; porque en la otra, en la de afuera (le gustaba hacerles creer a todos que era como ellos y poner cara de circunstancia cuando alguien le hablaba del precio del pan o de la carne) no era más que un tío raro modelando criaturas de barro delgadas como cerillas. Muy de tarde en tarde, cuando nadie le veía, salía a pillar constelaciones en los botes de basura, y así, tal como las encontraba, las recogía en una bolsa y se las llevaba a casa.
Surrealista. Existencialista. ¿Qué era todo eso?¿Era él algo de eso? Él sólo llevaba un disfraz.
Con sus dedos, calculaba cada porción de miedo. Es sabido que el hombre puede protegerse contra el peligro, pero ¿puede protegerse contra el miedo?¿Cómo expresar lo que hay bajo el pellejo del miedo? Mostrar la pulpa, verla primero dentro de sus ojos. Imaginarla en los poros oxidados de los cascos que se pudrían al sol en los muelles, o en los sauces mordiendo los durmientes, o en los dolorosos esqueletos de cemento armado donde vive la gente, justo en el sitio en el que la ciudad es sueño, barro, y olvido. El hombre siempre se esconde bajo el barro.
Luego volvía a casa, a vomitar el sueño. A convertirlo en criaturas que eran como estalactitas. Con sus manos llenas de galaxias y de posibles especies etéreas, aún por crear. Pura luz ahuyentando vívamente su propia sombra. Ojos abiertos de par en par a cubiles temblando sobre pilotes: así somos, así somos de frágiles… ¿has visto lo que somos? Todo lo suave, lo blando y lo puro; eso que la especie eligió dejar a resguardo… eres tú el que lo vé, eres tú el que lo sabe. Eres tú el testigo.
-¿Dónde estabas, Giacometti? - le preguntaba su amigo Beckett.
- Por ahí - respondía él -; esperando a Godot.
(Post actualizado- noviembre de 2007)

Vídeo-animación: Eternal gaze, de Sam Chen.
Part I


Part II

31/5/08

Homo

Indios del Amazonas de una de las últimas tribus aisladas del mundo han sido fotografiados desde el aire, en unas imágenes llamativas en las que se les veía con el cuerpo pintado de rojo y blandiendo arcos y flechas.



Al parecer es una tribu de 500 indivíduos que huyen de sus propias tierras debido a la explotación forestal. Naturalmente, no conocen la frontera, así que están pasando de Brasil a Perú de forma ilegal. Añade la nota que se niegan a tener contacto con el hombre blanco. Ante el hallazgo, las autoridades brasileñas han dado parte a Google, que como es habitual, ha resuelto lanzar la información al mundo manifestando que el hallazgo supone una prueba excepcional de que estos grupos existen. El diario El País se suma a la información añadiendo que éste sería su primer contacto con el ser humano.
Importantes antropólogos y etnólogos de todo el mundo (excepto de la Amazonia, que es propiedad de entidades cuyo nombre y origen se desconoce, y que tienen libre tránsito por todo el planeta) ya se disputan las piezas (vivas). Si bien algunas fuentes informativas se muestran reacias a hablar del tema, las no oficiales informan que en las siguientes semanas se podría intentar dar caza a un indivíduo de esta especie a fin de estudiarlo y comprobar si corresponde a la cadena del austrolopitecus, al homo primatus amazonicus, o acaso a un simple primate.
El doctor Aurelio Espinoza, destacado antropólogo bahiano, ha dado una tímida opinión al respecto, y afirma que quizá se trate de una variable de los jíbaros y reducidores de cabezas del norte del río Marañón, en la fontera con el Perú, que tratan de emigrar por cuestiones ecológicas. También afirma, con mayor entusiasmo, que en caso de ser así podría descartarse la hipótesis de que estos indivíduos posean una cultura no mucho más evolucionada que la de los primates superiores, sino un grado de desarrollo muy superior, incluso similar al del homo sapiens. Lo sorprendente de sus declaraciones es que en ese caso este indivíduo podría educarse (dentro de sus limitaciones) y adaptarse perfectamente a la civilización.
La pregunta de los disidentes del doctor Espinoza es qué pasaría con estos indivíduos de ser integrados, efectivamente, a la civilización. Para empezar, habría que otorgarles un nombre, un apellido, una identidad y una residencia, a fin de que puedan incorporarse de forma óptima al mercado laboral - por sencillo que sea, dadas sus circunstancias- y subsistir por si mismos en un medio que al principio podría resultarles hostil dado su acostumbramiento a la vida salvaje. Ante el hallazgo, la gran incógnita es a dónde pertencen. En principio, el gobierno del Perú se muestra evasivo, y de momento no se plantea la expulsión, ya que no se ha podido constatar que se trate de una especie declarada de homo sapiens. El de Brasil se muestra abiertamente confuso: como no han sido censados, no se les puede considerar cuidadanos del país.
Por último, si lograra demostrarse que esta especie pertenece al homo sápiens, las autoridades de ambos países podrían ponerse manos a la obra para conseguir que sean integrados dentro de los estatutos que acogen a cualquier ser humano, y se les otorgaría educación básica, vivienda (a compartir con otros indivíduos de su misma tribu, a fin de asegurar que su integración al nuevo ecosistema se produzca paulatinamente y sin fisuras) y trabajo dignos (de su especie). En el Amazonas, y con las nuevas leyes vigentes, habría trabajo inclusive para ellos. Sólo falta que el doctor Espinoza confirme sus presunciones.
Los graciosos -que nunca están de más- dicen que sencillamente deberían dejarles en paz y celebran que no hayan sido descubiertos en algún lugar de Europa, porque la Comisión Europea no se andaría con vueltas.


(Esta primicia acaba de salir en el Yahoo bajo un parche de publicidad de un KIA Picanto -para gustos, colores- por 8.300 euros, un chollo. A la derecha te ofrecen un príncipe azul).

LA NOTA

7/2/08

Nosotros nunca somos los otros

Hace unos años estaba cenando con unos amigos en Madrid, y a alguien se le ocurrió hacer el típico comentario de lo mal que va el país por culpa de la emigración. Su argumento, si mal no recuerdo, fue más o menos el siguiente:

¿Habeis visto cómo han cambiado las cosas desde que está esta gente? Es que ya no se puede vivir. Hacen ruido, ensucian los parques, traen mogollón de familia… Yo no sé qué vamos a hacer si siguen llegando, porque además no se adaptan ni quieren adaptarse. Y esto, sin hablar de la delincuencia y las mafias. Yo creo que éste (refiriéndose a ZP) va a tener que ponerle un poco de orden al asunto, porque sino estamos todos apañados.

Perfil de la comentarista: mujer mayor de 45 años, española, sin graduado escolar (cosa que le dá muchísima vergüenza admitir), trabaja por horas. Casada desde hace 25 con un señor que hace tiempo fue su marido y con quien comparte una casa porque, de separarse, no tendría donde ir a vivir ni forma de buscarse el sustento. Todo lo que tiene lo compró su marido, pero ella hace y deshace con su dinero lo que le viene en gana. Vive en un piso normal y corriente del extrarradio de Madrid en cuyo edificio no hay emigrantes, y en sus ratos de ocio se dedica a hacer cursillos de “desarrollo personal”.

Éste, más o menos, viene a ser el perfil del españ@l medio que critica la emigración, con argumentos ya más que trasnochados que hasta hace unos años no pasaban del típico vienen aquí a robarnos el trabajo, y que ahora, gracias a los medios, se han convertido en caldo amargo de todos los días.

Siempre que alguien me suelta:

Yo acepto a todo el mundo; me dá igual de donde vengan… mientras vengan a trabajar (a servir) y no a robar…

ya me entra la desconfianza. Es como si a través del argumento, se atajaran. Ésa, justamente, es la gente políticamente correcta que vive de la muletilla y que llegado el momento de buscar un chivo expiatorio, se la toma con el emigrante. O sea, con el extraño. Con la criatura foránea que por llegar sin referencias, merece ser tratada con suspicacia. ¿Cuánta responsibilidad tiene la sociedad receptora de que haya delincuencia? Mucha. (Ya me parece oir los bramidos, como diría Artaud).

Para que el asunto no pase a mayores, yo invito a toda esa gente a un sencillo ejercicio de piensa y olvida, ya que por su excesiva susceptibilidad podría dejarle algún daño colateral, prometiendo, eso sí, que tras el experimento no sufrirán ninguna pérdida de patrimonio y que mantendrán su respetabilidad. Pido que sólo por un momento, se pongan en el lugar del emigrante y piensen lo siguiente:

Estoy solo, sin dinero, sin amigos, sin familia, sin vivienda. Mi casa está al otro lado del mar y no puedo, por más que quiera, volver. Soy negro, marrón, gris, pardo y no tengo papeles. Los demás me miran como si no fuera una persona, sino un extraño. Y es verdad que soy un extraño, ya que no tengo raíces ni referencias. Así que tendré que ser fuerte; muy fuerte. Tendré que sobrevivir como sea y a cualquier precio.

Me dá en la espina que buena parte de esta gente no aguantaría ni diez minutos encima de una patera, y no porque sea “más civilizada” que un emigrante senegalés, sino porque es muy fácil hablar cuando no se ha estado en el pellejo y cuando se sabe que al menos por el momento, no se ha de estar.

Sin embargo, el mundo dá muchas vueltas. Cabe preguntarse entonces qué pasará cuando se acaben los recursos y el neo-capitalismo ya no pueda contra el instinto de superviviencia. El neo-capitalismo es una construcción artificial; el instinto de superviviencia es lo que nos mantiene erguidos sobre el planeta. La emigración, pues, no es una desgracia sino una prueba fehaciente de que el instinto es más fuerte que cualquier construcción artificial. Así pues, el que se oponga a la emigración, se opondrá también a la vida, y si se opone a la vida en este planeta, le desafío a montar una colonia en la Luna o en Marte.

Es necesario tener una visión global de asunto, ser responsables, y no barrer la basura bajo la alfombra. La marginalidad genera delincuencia. Y no es una justificación; es sociología pura. De tanto verte como un extraño, acabas siendo un extraño realmente. Quizá ése sea el origen de los Latin Kings, Panteras Negras, y todo este tipo de bandas a éste y al otro del Atlántico. Estos grupos buscan la unión, el guetto: necesitan oponerse ya no a través de la individualización, sino de una entidad colectiva, que es una manera de mantener la superviviencia en una sociedad que les margina y les excluye. Unos contra otros, así es como hemos llegado hasta aquí.

Será necesario releer el Señor de las moscas.

Luego: ¿por qué se identifica la condición de emigrante con la de trabajador no-cualificado? Se comprenderá que ningún profesional español bien cualificado usará el argumento de aquella señora jamás, ya que dudo mucho que vaya a tener competencia emigrante. Aquí a los emigrantes se les pone un tope. Como se les puso a los emigrantes españoles que llegaron a Latinoamérica tras la posguerra. Sin embargo, las circunstancias sociales eran muy diferentes, porque el emigrante de entonces iba con una formación de pobre a paupérrima: ya lo atestigua la famosa frase m’hijo el dotor, acuñada por los emigrantes italianos que llegaban a nuestras costas con la ilusión de brindar a sus hijos la formación que ellos no habían recibido. Hoy es distinto, porque la educación se ha diversificado, los recursos son muchos y los medios de comunicación están al alcance de cualquiera. Imposible, entonces, aplicar un modelo antiguo sobre un colectivo con características diferentes.

Volviendo al comentario del principio, recuerdo que a mí me dio por saltar en defensa de los emigrantes. A la sazón se produjo un silencio peculiar, casi audible, como el que se percibe en las iglesias, en los accidentes de tráfico o en los tribunales, cuando el juez está a punto de dictar sentencia. Un silencio expectante. Éste se veía reforzado por mi presencia, ya que era la única extranjera invitada a la cena (después comprendí que debí habérmelo tomado como un privilegio de casta) y como suele ser bastante normal a este lado del charco, la gente calla, adopta una actitud pasota, o como diría Theo, se confunde con la tapicería. O todo a la vez. Entonces el amigo de un amigo, uno que había estado observándome durante la cena con mucho interés, va y me suelta:

No, no… perdona. Pero tú no eres sudamericana… ¡tú eres ARGENTINA! No es lo mismo… ¡Tú eres como nosotros!

El hombre (un señor ya mayor) creyó que con su intervención me hacía un favor. El flaco favor de recordarme que yo, por ser argentina, blanca e hija de un europeo, soy de una clase (¿?) superior. El flaco favor de recordarme que mi país (¿?) le echó una mano a España con los barcos que venían a traer el trigo y la carne en épocas de bloqueo, ayuda dada a un dictador por el entonces también dictador Juan Domingo Perón. (NOTA: una referencia histórica curiosa es que mientras aquí se comía el pan blanco hecho con el trigo de Argentina, allí se comía pan negro, que le llamaban entonces, algo que la generación de mis padres vivió malamente, ya que en los 50 se desconocía que el pan de centeno pudiera ser más sano que el de trigo; pero en fin). Ah, y que además los argentinos venimos con una formación superior a la de la media inmigrante (lo cual a la mayoría nos exime de ser calificados como sudacas), que en el 99% de los casos somos descendientes de europeos (como los canadienses, los norte-americanos y los australianos, sólo que a ellos se les trata con mayor beneplácito porque son blanquitos, tienen dinero, y los convenios entre países hacen que sus carreras sean reconocidas por el Ministerio en el módico plazo de 6 meses), y por lo tanto estamos acriollados.

Cosa que no sucede con los ecuatorianos y bolivianos, que han conservado sus raíces indígenas, con pleno derecho, por circunstancias históricas que pasaré a narrar en otro momento, y que dejo en manos de algún lector de los países hermanos que quiera opinar al respecto. En lo referente al tema de los Latin Kings no voy a entrar al trapo, ya que no puede identificarse todo un colectivo con un gropúsculo de marginales, y sí, en cambio, habría que analizar qué es lo que lleva a utilizar a este grupúsculo como chivo expiatorio, lo cual en vez de neutralizarles, les fortalece. La respuesta es sencilla: se les utiliza para justificar la xenofobia, y punto. Antes, fueron los Latin Kings, ayer fue el racista del metro, y mañana vaya a usted a saber quién será. Siempre habrá alguien en quien proyectar esa parte nuestra de la que tanto nos avergonzamos.

A groso modo, diré que cuando hay miedo, egoísmo y desidia, es parte de la naturaleza humana rechazar lo diferente y creerse de una condición o casta “superior”, con un representante de casta superior a la cabeza. Y la casta la dá una Familia, un Uniforme o una Iglesia, que son las que condicionan la Ideología. Aquí cabe preguntarse si es la derecha una ideología o debería hablarse, más bien, de costumbres heredadas. Porque es difícil que la derecha admita la legitimidad de otra ideología que no sea la suya; y en mi opinión, una ideología que no admite su opuesto es una incongruencia. Si no queremos que el concepto de ideología desaparezca completamente, es necesario que no sólo haya una, sino más. Ahora, si todo lo que se persigue es la implantación de una ideología única, bastará con atenerse a las costumbres. Costumbres aceptadas porque han sido heredadas, y todo lo que ha sido heredado es incuestionable.

¿Por qué se cuestiona entonces la legalidad o ilegalidad de los emigrantes íberoamericanos, muchos de los cuales descienden por línea materna y paterna de emigrantes íberos o europeos?¿Acaso el desprecio hacia ellos no representa, de alguna manera, la negación de un pasado bastante reciente, una supina falta de reflexión y una xenofobia encubierta disfrazada de “buenas costumbres”, además de un desprecio hacia si mismos?

Objeción: “No, perdona, mi familia NO emigró” (los que emigraron eran rojos, mi familia NO; los que emigraron eran pobres, mi familia NO; los que emigraron eran unos cobardes, mi familia NO; y así un largo etcétera).

Hay demasiadas cosas de las que no se habla y demasiada historia que ha quedado sepultada. Solo aparentemente sepultada, porque basta con darse una vuelta por algún foro o salir a tomar una copa para comprobar que lo siniestro sigue estando vigente. Me recuerda a un libro de León Blum que leí hace ya muchos años, “Educación para la muerte”. El libro narra como, en épocas del Tercer Reich, los niños eran educados en la ideología nazi desde el parvulario (los pimpf), en cuyo entrenamiento la primera regla a seguir era aprender el saludo de brazo alzado (Heil, Hitler). Se imponía, entre otras cosas, que las muchachas de instituto fueran entrenadas para tener relaciones sexuales desde temprana edad, con la única finalidad de preñarse y traer al mundo más soldados de raza aria, y una sarta de barbaridades que si se conocieran, podría comprenderse mejor el fenómeno de los cabezas rapadas (que al fin y al cabo no es tanto un fenómeno como la pura consecuencia de un totalitarismo con raíces muy bien plantadas).

Objeción: “Perdona, pero en España NO hay racismo”. Estupendo. ¿Conoceis algún país donde no haya racismo? Yo no. La objeción continúa con la siguiente frase envenenada: “Así que vete a Francia, donde seguramente te tratarán mejor”.

Hay quien se sirve de los tópicos para tirar piedras sobre su propio tejado, y encima ni se entera. Un claro ejemplo de que el problema no es que en España haya racismo, sino que LO HAY, pero no se admite. Y todo lo que no se admite, es que se consiente. Con semejante argumento, es fácil concluir que la incapacidad de razonamiento que tiene cierta gente a la hora de argumentar raya con la estupidez. Sin ánimo de subestimar a los perros, sería como tirarle una pelota a uno y que salga corriendo en sentido contrario para demostrar su increíble capacidad de reflejo. Por eso hay tanto inmigrante que calla; no porque sea tonto o porque deba guardar silencio ante el señor, sino porque deduce (hay que deducir, de vez en cuando) que no tiene mucho caso entrar en estos berengenales sobre los que a mí tanto me gusta machacar, que ofenden a las mentes bien-pensantes y hace que se rasguen las vestiduras los new-guays pos-modernos de la nueva guardia progre. El emigrante pragmático que ha venido aquí para girar algo de dinero a su tierra y llevar allí una vida algo más digna, callará. Pero habrá quien golpee, y golpee fuerte y por la espalda. Habrá quien golpee como no pudieron hacerlo padres, abuelos y bisabuelos.

Y seguirá golpeando. Como golpearía yo. Como golpearías tú. Como golpearía cualquier hijo de vecino si no pudiera tener su tina bien caliente y su cena de Navidad. La especie humana es la especie humana, sea aquí o en las estepas de África; cuando la dignidad se ve pisoteada, reacciona con violencia. No nos engañemos. Esto no se soluciona mandando a 60 africanos en un autobus de vuelta a Senegal. No se resuelve poniendo vallas. Esa gente no va a desaparecer como por arte de magia: está ahí, existe.

Quienes logren pasar desafiando al stablishment, se mezclarán entre nosotros tal como lo hacen ahora, y la “pureza” (¿?) cederá su lugar al mestizaje. Algo que ya está sucediendo. Algo que seguirá sucediendo, si las autoridades de los países desarrollados hace más por evitar la inmigración ilegal (nosotros estamos de puta madre; no vengais a molestar) que por sanear la pobreza de los países abastecedores (definidos con el eufemismo de “países en vías de desarrollo”). Y éste es sólo el comienzo. Verdad que el continente africano está en vías de extinción por el lento genocidio que se viene purgando desde el siglo XIX, pero la gente sigue llegando y habrá que ocuparse de los 900 millones que quedan allí, o mirar a otra parte y hacer como el avestruz. O continuar impunemente con el proyecto de emplearles como mano de obra barata, y en negro (que total son negros). Y cuando se porten mal, se les meterá en un autobus y al que intente escaparse se le pondrá una camisa de fuerza “para que no se autolesione”. Y todo para que una noche de ésas que nunca faltan, a una señora políticamente correcta, con un cinturón a juego con un par de zapatos comprado en los chinos diga:

¿Habeis visto cómo han cambiado las cosas desde que está esta gente?

Y claro que han cambiado, señora mía. Y seguirán cambiando. Ya se acabaron los tiempos en que era bueno emigrar. Ya no es como en los ’70 y ’80, que la gente emigraba animada por el ideal romántico del progreso. Hoy en día, la gente emigra por necesidad, que no decir por desesperación. Se acabaron, también, los tiempos en que podía importarse el gas y el petróleo de los “países en vías de desarrollo” sin que el asunto trajera consecuencias nefastas a la economía de dichos países, y a la larga, emigración. Un ejemplo de ello es Repsol YPF, cuyas siglas significan Yacimientos Petrolíferos Fiscales, que fue un negociado hecho por el entonces presidente Ménem con la empresa REPSOL, bajo el gobierno de Aznar, en cuya cláusula se establece que España no sólo podrá hacer usufructo de nuestro petróleo (la sangre de la tierra, como dijo un cacique Mapuche) durante el lapso establecido por el contrato, sino que podrá hacerlo ad aeternum. Hoy mismo, y bajo el gobierno de Cristina Kirchner, REPSOL quiere deshacerse de YPF. ¿Quién dá más? En el medio, están las personas. Así ad aeternum.

Yo, como argentina, pido perdón en mi nombre y en el de todo mi pueblo, por los desmanes de ciertos dirigentes que no nos representan y que llegado el momento de realizar convenios entre países nos dejan en el desamparo y la exclusión. Pido perdón como ciudadana del mundo, por el prejuicio y la xenofobia vertida tanto por los medios, como por un colectivo que desconoce de dónde viene el gas que le calienta en invierno, la carne, el pescado, el agua, y otros cien recursos para la subsistencia, avergonzando a los españoles genuinamente progresistas que no le pierden rastro a su memoria y que hacen de este país una tierra rica por su mestizaje y por lo tanto digna de ser vivida. A ellos, y no a los otros, está dedicado este post.

Hedwig and the angry inch


EE.UU: 2001
Dir: John Cameron Mitchell
Música: Stephen Trask
Cuando La tierra todavía era llana, y las nubes eran de fuego, y las montañas llegaban al cielo… la gente vagaba por la Tierra como grandes toneles rodantes. Ellos tenían dos juegos de brazos, ellos tenían dos juegos de piernas, tenían dos caras que asoman de una cabeza gigante. Así podían mirar todo alrededor. También hablaban mientras leían, y no sabían nada del amor. 
Esto era antes del origen del amor.
Había entonces tres sexos, uno que se parecía a dos hombres espalda contra espalda: los llamaron los niños del Sol. Similares en su forma y unión, eran los niños de la Tierra: ellos se parecían a dos muchachas enrorolladas en una sola. Y los niños de la Luna parecían un tenedor empujado dentro de una cuchara. Ellos eran parte Luna, parte Sol, parte hija, parte hijo.
Ahh… el origen del amor.
Los dioses crecieron bastante asustados de nuestra fuerza y desafío, y Thor dijo: “Voy a matarlos a todos con mi martillo, como maté a los gigantes”. Pero Zeus dijo: “No, mejor déjame usar mi relámpago como las tijeras que usé para cortar las piernas de las ballenas. Yo dispararé justo en el medio, y les cortaré a la mitad”. Las nubes de las tormentas se unieron en lo alto en grandes bolas de fuego, y entonces del cielo disparó las saetas como hojas brillantes de un cuchillo que rasgaron a través de la carne de los niños del Sol, la Luna y la Tierra. Algún dios de la India cosió el agujero de la herida y lo puso en nuestras barrigas, para recordarnos el precio que tuvimos que pagar. Y Osiris y los dioses del Nilo, reuniron una gran tormenta para crear un huracán, para esparcirnos lejos, en un diluvio de viento y lluvia, un mar de grandes olas, para barrernos lejos. Si nosotros no nos comportáramos, volverían a reducirnos, y nos quedaríamos brincando en un solo pie, mirando a través de un ojo.
La última vez que te vi acababan de partirnos en dos. Tú me mirabas, yo te miraba. Tenías un aire tan familiar. Yo no podía reconocerte porque había sangre en tu cara, y yo tenía sangre en mis ojos. Pero podría jurar, por tu expresión, que tu dolor era similar al mío.
Ése es el dolor que corta en linea recta a través del corazón. Nosotros lo llamamos Amor.
Envolvimos nuestros brazos a través de nosotros, intentando volver a estar juntos. Estábamos haciendo el amor. Hacía frío, una tarde oscura hace mucho tiempo, cuando por la mano poderosa de Jupiter, era la trsite historia de cómo nos volvimos solitarias criaturas de dos patas.
La historia del origen del amor. Ése es el origen del amor.
"The Origin of Love"- Hedwig and the angry inch.
Photo/post: Emily Hubley (animaciones).










Instructoras de vuelo de brujas aprendizas

A mi madre, señora de las Nostalgias

Curiosa la metamorfósis que sufre el útero de la mujer cuando llega al climaterio. Según la Medicina Tradicional China (gracias, Coral, por tu valiosa clase en la terraza de Mirta), al llegar a esa edad, el útero -que como sabeis tiene la forma de una pera invertida- comienza, literalmente, a darse la vuelta. El período que tarda en dar una vuelta de 90 grados, puede durar años. Esto explica los cambios que se producen tanto a nivel biológico como emocional. El útero ha movido el mundo desde siempre, así que es justo que llegado el momento, pues decida “mover”, como decía un amigo mío cuando quería marcharse. Quizá sea el mejor momento de la vida, pero la cultura occidental se ha empeñado en hacer acopio de la productividad, y pareciera que una mujer que deja de “producir” (en sentido reproductivo) se vuelve descartable.

Esta sorprendente rotación del útero explica el por qué de los famosos “sofocos”, los desequilibrios hormonales, la sequedad vaginal, la dispareunia, el vértigo, las jaquecas, las depresiones y los cambios de humor que se dan en la menopausia. En un gag de la película Manuale di’amore, Frances McDormand se queja de estar “premenopaústica”, sólo que en vez de comprenderse, la pobre mujer se auto-compadece. La sociedad no suele ser tan condescendiente. Cuando una mujer sufre un arrebato, incluso se le llega a reprochar con desprecio su condición de hembra menopáustica. Se olvida -o más bien se desconoce- que en las sociedades tribales, las mujeres no eran aceptadas en el consejo chamánico hasta bien superado el climaterio, y que eran ellas, justamente, las que traían los niños al mundo cuando una hembra joven estaba a punto de parir. Se olvida -o más bien se ignora- que una mujer menopáustica es suprasensible, y que habiendo vivido su vida en plenitud, será mucho más sabia que a los treinta.

Pero lo más triste no es la falta de aceptación a nivel social, sino el propio auto-rechazo que padecen algunas mujeres al llegar a esta edad. Siempre he creído que si te niegas a aceptar el proceso natural de crecimiento (podría haber dicho “de deterioro físico”, pero he preferido llamarlo así porque creo que somos algo más que uncuerpo) es que no has vivido bien tu vida, que la has vivido a medias, o que la has vivido sólo por vivir. Estas mujeres suelen implicarse en relaciones enfermizas, y entran en una dinámica de resignación que sólo puede estar jutificada por la manera en que sus propias madres y abuelas vivieron la menopausia: no como un renacimiento, sino como una especie de castración. Otras, en cambio, se vuelven adictas a las cirujías, a las dietas meteóricas, a la competencia con mujeres más jóvenes, a la competencia con los hombres (no hay cosa que me parezca más absurda que una mujer compitiendo contra un hombre per se) y van por la vida depredando todo lo que encuentran a su paso (sea parejas, empresas, e inclusive hijos).

Vamos, que en vez de vivir hacia adelante, viven hacia atrás.

Luego están las otras, las que a mí me gustan. Son las que aceptan el paso del tiempo, y que aceptándolo, lo bendicen. Son las que viven no a tope, sino intensamente, de afuera hacia dentro, y no al revés. Son las que no pudiendo ya enhebrar los delicados embriones del amor, enhebran otros: los universales, los etéricos, los clarividentes, los empíricos, los de la plenitud sexual y del sosiego. Son las que se rigen por el eje del cérvix con la cúspide apuntando hacia plexo. Son las que fluyen con la corriente de la vida en línea directa al chakra craneal. Son las brujas del Tercer Ojo abierto de par en par, las cartógrafas de los mapas que dibujan las estrellas dentro de los vientres femeninos, las Eurídices que vuelven del Infierno solas, pero robustecidas; las magas de la segunda oportunidad, las instructoras de vuelo de las brujas aprendizas, las que exhiben sus arrugas con el desparpajo alegre de una quiceañera con un tanga. Ésas son las que a mí me gustan, y así me gustaría ser a mí cuando llegue a esa edad.

Está probado que si la mujer vive la travesía del útero de forma natural y sin lastres, tiene asegurado un boleto de ida. Que para los de vuelta, ya están los cirujanos caros.


6/2/08

El arte de vender buzones abiertos y cerrados



"El hombre del año" no será una buena película, pero tiene un par de comentarios de lo más jugosos. El primero lo pronuncia Jeff Goldblum, que en la ficción es el presidente de la Delacroy, una empresa encargada de realizar el conteo de los votos en las elecciones presidenciales mediante un sistema innovador que al final acaba fallando: La percepción de la legitimidad es más importante que la propia legitimidad en sí, le dice en tono de amenaza a Laura Linney, la trabajadora que descubre el fallo. La otra frase la suelta Christopher Walken, el manager de ese gran comediante (Robin Williams) que por un error de sistema es elevado a presidente: La única diferencia entre la verdad y la ficción es que la ficción tiene que ser creíble. 
Los dos hablan más o menos de lo mismo, y resulta irónico, si pensamos que el primero es un empresario sin escrúpulos, y el segundo un hombre del espectáculo. Al cínico razonamiento del primero se le añade la frase no menos cínica del segundo, que es en realidad del célebre y genial cínico Mark Twain. Ya lo dijo Groucho: El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido. 
Mucha agua ha corrido bajo el puente desde que Groucho y Mark Twain soltaran sus sentencias; sin embargo en la actualidad éstas siguen en vigor, porque a Vicente -que va a donde va la gente- la ética de la esquizofrenia moral le viene como anillo al dedo, sobre todo si lo sobornan a base de paraísos artificiales. Siempre y cuando pueda comprarlos, claro. Algo que seguramente podrá hacer, ya que Vicente compra todo lo que le entra por los ojos (coches, casas, sistemas antirobo y políticos corruptos), y como sabe que su único oficio va a ser siempre el no-oficio de trabajar doce horas diarias para tapar con ello sus necesidades existenciales (que son muchas, pero desconocidas) y cubrirlas de cosas, Vicente es sobornable. Ha sido adiestrado desde pequeño en el arte de comprar buzones abiertos y cerrados. Los politicos se le filtran a través de la televisión -el arma de adiestramiento más eficiente jamás inventada- como los anuncios de coches y las promociones de ONO. 
No es que la gente sea estúpida: es que es perezosa. Mejor lo tienen, a la larga, los que no pueden comprar la ficción. Todavía están a medio camino entre este mundo de caramelos que parecen de verdad y los huesos de las jirafas que son devoradas por los buitres. Por lo menos ellos pueden currárselo en compañía; no como aquí, que la gente ha perdido la capacidad de instrumentarse (o sea: de construir un aeroplano con hojalata) y no necesita compañía humana, sino botones y teclados. ¿Para qué quiero tocar tu piel si puedo verla por Internet? 
Vamos, que al final resulta que no sabes qué es peor: si tener recursos para comprar la ficción y que a cambio te vendan un buzón, o carecer de estos y vivir colgado de un sueño. 
La situación intermedia es la lucidez. El estado intermedio, justamente. Darte la chance de que el sistema no devore tu identidad. Difícil, si estás saciado (de patatas fritas, que facilitan el trabajo a las enzimas de la estupidez). Se trata de poner en duda el adiestramiento. De poner a funcionar el sublime gen del libre albedrío, sin confundir éste con la última marca de coche. De poner el stop y hacer un insight para recordar quién eras antes de entrar en el parque de atracciones: ¿eras tú o la noria? No, eres el que va en el carro.

Entonces, la próxima vez que quieran venderte un buzón –y puedas comprarlo- recuerda que por muy creíble que pueda resultar la ficción, a menudo ésta acaba siendo un buzón cerrado, y para colmo, vacío.