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8/12/09

New-Age


Hay una vieja frase del Fritz Pearls que seguro la conocereis:

Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en este mundo para llenar tus espectativas, y tú no estás en este mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo, y si por casualidad nos encontramos, es hermoso. Sino, no hay remedio.

Se puso de moda allá por los ’80 y todo el mundo andaba con la frase en la boca. La usaban, sobre todo, los ex novios, los mentirosos y los psicólogos. En especial estos últimos, la usaban de muletilla para consolar a los abandonados. Con los años, y con el advenimiento de las terapias alternativas y las filosofías anexadas de Oriente, la frase se convirtió en paradigma, y hoy la repite hasta el guacamayo de mi vecina, educado por ella misma en la copla española: Ay, María de la Ó, tan desgraciadita que eres teniéndolo tó. Me imagino que si puede pronunciarla el guacamayo podrá también hacerlo mi vecina. De ahí a que la entienda, ya es otro cantar.

Sin ánimo de despreciar a Fritz Pearls o a mi vecina la del guacamayo, diré que me molesta profundamente el usufructo que se hace hoy día de ciertas frases y adagios que en boca de perezosos, chantajistas emocionales, falsos maestros y suspuestos gurúes, acaban convirtirtiéndose en el discurso perfecto para justificar la manipulación, el abandono y la irresponsabilidad emocional. Como decía una vieja conocida que vive dentro de un caparazón tan duro que no lo volaría ni una bazooka: “La gente es así, cielo; tienes que coger lo que hay”.
Y hablando de palabras, una amiga mía tiene una frase que me encanta. Ella dice: Las verdades que surjen de las palabras, suelen ser verdades a medias. Lo cual no hace más que confirmar su condición de viajeras. Que es lo que son las palabras, viajeras eternas en perpétua mudanza de un contexto a otro, siempre en permanente transformación, siempre mutando por voluntad de la lengua que las baraja, la mente que las interpreta y eldestinatario que las descifra. Es el fenómeno de la intertextualidad, que cada vez se enriquece más, si se piensa en el avance de los medios y la creciente integración de los mundos.
Creo haber posteado ya sobre el tema de los aspirantes a ascendidos y otras verduras (crudas y cocidas), y temo que seguiré haciéndolo mientras continúe en vigencia la moda del turismo espiritual. Ejemplo: Vacaciones inteligentes en la Alpujarra granadina. El paquete incluye: PNL, Constelaciones familiares, reiki, terapia sacro-craneal y terapia con piedras.Seis días=1000 euros. Si seguimos así, ya habrá alguien que postee por mí dentro de 20.000 años. De momento lo hago yo. Y no porque esté en contra de todas esas terapias, sino al revés. Practico meditación arka-dhyana, reiki y tarot terapéutico desde hace bastante ya, pero en cuestión de verduras, ciertamente prefiero las dietas controladas, no sea que la cosa acabe en intoxicación.
Hace tiempo conocí a varios intoxicados de pseudo-orientalismo. Uno de ellos se basaba en la teoría de la no-dependencia para no implicarse en ninguna relación de pareja, y sí, en cambio, enpracticar el Tantra con diferentes maestros -todos carísimos- con quienes finalmente acabó muy mal, cuando se descubrió que el hombre ponía anuncios para encontrar mujeres dispuestas al juego, y que además le pagaban a él. Un feo desprestigio tanto para el Tantra como para el orientalismo de verdad.
Otra -instructora ella de cierta terapia japonesa-, aconsejaba hacer meditación dos horas diarias y llevar una vida relajada y sin atascos. Esta señora es dueña de un taller de costura en el que sólo contrata empleadas rumanas que trabajan nueve horas al día, incluído el sábado jornada completa, por 600 euros al mes. La señora vive en un décimo piso que tiene una terraza gigantesca con vistas a la Sierra, donde la gente hace tai-chi y se toma una infusiones hindúes después de la práctica. Mientras tanto viaja por la India, trae chucherías a precio de costo que luego re vende en España, y se apunta a la Fundación Francisco Ferrer. Pero lo paradójico de esta mujer que se lo pasa predicando contra la tiranía de la mente, el ego y la importancia de no juzgar, es que se ha tomado su rol de instructora tan al pie de la letra que el sólo hecho de opinar en su presencia dá escalofríos. Nunca sabes lo que va a soltarte, y al final siempre acaba diciendo: “Por eso siempre digo que no es bueno juzgar. La mente es tramposa; cuidaos de la mente”.
Cierta discípula suya, una psicóloga ya harta de sus labores de funcionaria, lleva ya muchos años metida en el tema de las terapias alternativas y en la lucha-contra-el-ego (no sé por qué esta gente se empeñará tanto en luchar contra, cuando en realidad los orientales pugnan por evitarlo). Hace un par de años esta mujer se compró un piso precioso en Madrid. Recuerdo que, mientras íbamos en su coche -ella al borde del ataque de nervios- empezó a quejarse de no tener quién le ayudara a hacer la mudanza. Yo no tuve la mejor idea que minimizar la situación enfocando el asunto desde mi punto de vista -el de una latinoamericana que llega de un país donde el drama no es hacer la mudanza sino comprarse el piso- y pretendiendo alentarla, le dije que no se preocupara, que lo importante era celebrar el piso que acababa de comprarse, que pensara en lo bueno y que todo lo demás era una tontería.
Craso error. Fue como si le hubiera dicho que ella había tenido algo que ver con el atentado del 11-M. Se puso como una energúmena. Literalmente, me mandó a la mierda. Empezó a soltar todo tipo de justificaciones sin pie ni cabeza, donde expuso su total falta de responsabilidad en el destino de los emigrantes sin papeles, la prostitución infantil, los negros de África, la desocupación, la derecha reaccionaria, su soledad, su divorcio, los atascos, los semáforos estropeados, el alcalde del Madrid, la miseria del Tercer Mundo, y por supuesto, los niños que mueren de hambre: Yo no tengo la culpa de que hayan niños que mueren de hambre, chilló. La noche anterior habíamos estado hablando sobre estas cosas, y algo en mi actitud debió dispararle el chip de la discordia. O de la culpa. Una culpa egoísta que no es sino otra manifestación del ombliguismo de aquellos a quienes se les llena la boca hablando del ego.
Después de mi más que modesta experiencia con la instructora de tai-chi, su discípula favorita, y otras criaturas de similar envergadura, decidí estudiar por mi cuenta. Me propuse aprender a interpretar el Tarot, y por ósmosis fui a dar con Tina, mi instructora de meditación arka-dhyana, que con muy pocas palabras y el silencio atronador de los corazones sencillos, me enseña las palabras mágicas:
En el viejo estanque salta una rana.Plaf.

Y entonces, sí:
Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en este mundo para llenar tus espectativas, y tú no estás en este mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo, y si por casualidad nos encontramos, es hermoso. Sino, no hay remedio.





Photo/post: Tina y Srinivas Arka en preparación (India). Tina es la dama de cabellera canosa que sale a la izquierda, y Arka está a su derecha. El haiku es de Basho.
http://www.srinivasarka.org/

7/2/08

Arte-terapia

En el tomo XII de la Enciclopedia Jackson de mis trece años, concretamente
en la sección Piscología, se lee: Hay un puente muy estrecho entre el arte y la locura; de ahí que al primero todavía se le siga llamando “la loca de la casa”.

En mi casa, la loca era yo. “La nena pinta”, decía mi madre con orgullo. Todavía hay gente que piensa que la única condición imprescindible para ser un artista es hacer buena fotografía de pincel. Por eso el hiperrealismo tiene y seguirá teniendo tanto éxito. Y es natural, ya que reproduce la realidad tal como la vemos. No nos permite el beneficio de la duda en cuanto a la interpretación (pero sí en cuanto a la realización: “¡Mira qué maravilla!¿cómo lo habrá hecho?¡Si parece una fotografía!”), y nos introduce en la obra como receptores pasivos. En el hiperrealismo, una copa de cristal es una copa de cristal. No puede ser un pelícano o un útero, sino una copa. 2+2 son cuatro. Punto.

Luego está el otro, el arte de 2+2 son 5. ¿Conoceis el chiste? Se encuentran un sano, un loco y un neurótico. El sano dice: “2+2 son 4”; entonces interviene el loco y protesta: “No, no, perdona… pero 2+2 son 5”. Al final le toca al neurótico, que comenta dubitativo: “Bueno… es verdad que 2+2 son 4, pero ¿no habeis pensado que también podrían ser 5?”. Viviendo, como vivimos, en un mundo de locos que parecen normales ¿por qué no iba a existir un arte que lo reflejara?
Consciente de ello, Jean Dubuffet, el engañabobos, el patafísico, el surrealista, el dadaísta yel vinicultor, empezó a interesarse por el arte de los locos cuando todavía se practicaban lobotomías y la expresión artística en los manicomios no era valorada de otra manera que no fuera como diagnóstico. En muchos aspectos, el arte de los locos -y de los niños- no se diferencia demasiado al de los de ciertas escuelas artísticas. Tanto el informalismo como el dadaísmo son ejemplos de ello. O sino piénsese en esa gran muchedumbre de Antonio Saura, en las grandes piedras de Chillida, en las manchas asiáticas de Luis Feito, o en las criaturas monigotescas de Miró.

Quizá la aportación más grande de Dubuffet a la plástica haya sido su defensa de la pulsión primaria. Es como si le hubiera dicho al público: Anda, implícate; usa tu imaginación: sé un niño. Todo lo cual, desde luego, provocó gran impacto en su época. Sin contar con el escándalo. Porque un artista que defiende el arte de los locos, sin estar loco, es que está más loco que los propios locos. O, como diría el autor del artículo de la Wiki, es un engañabobos.
Yo brindo por él.


A Bettel, maestra de Arteterapia y maestra de vocación

Cada vez que digo que soy arteterapeuta la gente se queda un poco cortada. “¿Y qué es eso?”, preguntan. En ciertos ambientes, el asunto suena un tanto aparatoso. Jo… arteterapeuta. ¿Y eso qué?¿se parece a la musicoterapia? Pues sí, pero con el arte. Corrijo: con las artes plásticas. “Ah!”. Y piensan: “Yo de dibujo, cero patatero… y no voy a empezar ahora, a esta edad”. No saben que en Arteterapia, cuanto menos sepas, mejor. El que se presenta en el curso diciendo que sabe dibujar, generalmente viene viciado. Llega con la plantilla predeterminada por el antiguo “maestro” de retrato, o de suni-é, y en vez de soltarse, se esconde. En Arteterapia, el que sabe dibujar es el más limitado.
Resulta irónico que en España se haya esperado tanto tiempo en reconocer el Arteterapia como disciplina de rango universitario, si se piensa que el primer arteterapeuta de la historia quizá haya sido el pintor de la cueva de Altamira. Ahora mismo estoy en eso, ya que me voy a Santander a finales de mes. En agosto del 2001 tuve la oportunidad de visitar la réplica de la cueva con la gente de la UIMP, y quedé maravillada. Nunca sabremos quién o quiénes fueron los autores de esas pinturas, pero si de algo hemos de estar seguros, es de que hace mucho, muchísimo tiempo, arte y sanación eran la misma cosa. Y no sólo arte y sanación, sino arte, religión y sanación.
Arteterapia no es sino otra manera de exorcisar esos diablejos internos que nos pinchan con su tridente y van por ahí haciendo fechorías. Las cosas que salen resultan sorpredentes. “¿Eres psicóloga?”, me preguntan. No, pero tengo quince heridas de guerra; una de ellas hecha por una psicóloga, justamente. Antes de decir “soy maestra”, me lo pienso dos veces, porque más que maestra, soy facilitadora. Quizá la palabra “maestra” me quede demasiado grande aún, y no sólo a mí sino a mucha gente que va por ahí diciendo que lo es. Hace mucho, y estando en plena depresión, llegué a dejarle un mensaje muy poco amable a la psicóloga que me trató durante años y me despidió cuando supo que no podía pagarle. Dos años después, estaba trabajando con drogadictos en un CAD de Madrid. Les daba Arteterapia. Trabajar con ellos fue mi primer paso hacia la recuperación, pero no me saqué ni un duro.
Para mí resulta más que gratificante haber aprendido tanto de las tinieblas. Creo que los mejores maestros se forman en contacto no sólo con el cielo, sino también con las tinieblas. El viaje es peligroso, pero hay que hacerlo, ya que a la larga te fortalece. Es muy placentero hacer Arteterapia en una enorme terraza con vistas al Pirineo para un grupo de turistas que buscan algo nuevo, pero el verdadero trabajo de campo se hace con gente que está en carne viva, como yo les llamo a quienes, por experiencia propia, saben que cielo y tinieblas están más cerca de lo que parecen.
La comunidad gitana es un ejemplo de ello. “Esta gente lleva el arte en la sangre”, decía mi amiga Vicky al verles pintar. Sin embargo, yo no creo que sea eso. El ser humano lleva el arte en la sangre sea de donde sea, la búsqueda de la belleza parece ser algo inherente a nuestra condición. Pero no, lo de los gitanos es diferente. Es como lo de los drogadictos, las mujeres maltratadas, los esquizofrénicos y los niños de las escuelas de alto riesgo en las que trabajé cuando vivía en Argentina: la necesidad tiene cara de hereje, dice un viejo adagio, al que yo le doy mi propia interpretación cuando, sin ánimo de sentenciar, digo que la expresión artística es hija de la necesidad.
Para el hombre, mujer o comunidad que haya pintado los bisontes de Altamira, el arte no era una actividad separada de la necesidad. Aunque no se sepa, a ciencia cierta, qué fue lo que motivó la creación de esas pinturas, se sabe que por entonces el arte no estaba separado de la comunicación con los espíritus y el acceso al poder. Sin embargo, con los cambios graduales de la cultura humana, la especialización fue haciéndose cada vez más extrema. En las sociedades agrícolas, cierta gente hacía arte y cierta gente se concentraba en la curación. Con el paso del tiempo, arte y sanación se fueron separando, y cada disciplina se hizo más específica. Aquel que hacía arte pasó a llamarse entonces” artista”, y “sanador” (chamán o médico brujo) el que hacía curación. Con los años, los sanadores se convirtieron en médicos y los artistas adquirieron un rango más glamouroso, más cercano al mundo del espectáculo y a la comunicación, que a la sanación.
Estaba yo en mi tercer año de Bellas Artes cuando, al examinar uno de mis dibujos, hecho a lápiz y carboncillo, mi profesora de entonces, Bettel, me preguntó astutamente: ¿El mal es chico o el mal es grande? Sorprendida por la pregunta, me volví hacia mi propio dibujo, y enseguida caí. Éste no era ni más ni menos que la proyección de mi propio estado de ánimo, por entonces agobiado por la pérdida de un familiar, y el soporte que había utilizado para expresar ese dolor se quedaba demasiado pequeño. Siendo el dolor tan grande, ¿por qué no expresarlo sobre un soporte del tamaño adecuado?
Ésa fue mi primera lección formal de Arteterpia, pero no fue la primera en el plano de la experiencia. Ya venía experimentando desde los nueve, cuando, siendo una niña asmática, le pedía a mi madre que me trajera mis crayones y mis rotuladores y me ponía a dibujar. No dibujaba sólo porque me gustaba. Dibujaba porque me hacía sentir mejor, y también porque dibujando, me costaba menos respirar.

Entonces: “¿Qué es Arteterapia?”. O, mejor dicho: ¿para qué sirve? Pues para sanar una herida del alma.

Ah! Y por cierto… ya no soy asmática.