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10/6/09

(Ruido) o el miedo al amor

En susurros, se habla de "la ley de atracción", el secreto que convirtió a Goethe en el primer fáustico de la historia narrable, de la inenarrable seguro que habrá mejores ejemplos que él. La gente se apunta a la ley porque quiere tener cosas. Cosas cosas cosas. Si no tienes coche eres dependiente, dicen; necesitas la propiedad para sentir que estás vivo, que eres válido, que eres digno de respeto. Ésta parcela es mía. Mía mía mía. Esta camioneta, esta hamaca, este jardín con sus hormigas, y sus ranas, y su hiedra son míos. Hasta el grillo que canta por la noche es mío, porque está en mi terraza. Una mujer con dos niñitos rubios en un monovolúmen, impecable, ni un gramo de grasa: soy una mantenida, dice riendo. Mientras espero que pasen a recogerme (no tengo coche, soy una donna dependiente), miro las hormigas en su hormiguero -un hormiguero sin hipoteca, están en un predio de propiedad municipal-, y las admiro. Han construído su guarida entre los gajos de una rama de almendro que ha brotado de la tierra. Hay dos nidos: uno les sirve para recoger el alimento, al otro lo usan de granero. Van y vienen de forma aparentemente caótica, inclusive se montan unas a otras, y siguen. No hay espacio para todas en el diminuto sendero de tierra enmohecida que conforma su jardín. Y ahí estoy yo, como una niña, viendo a las hormigas. Hay un punto de penilla y a la vez de compasión debajo de una gafas que me sonríen desde el asiento del conductor, sin quitar las manos del volante: perdona la tardanza. ¿Y a mí qué más me dá?, me lo he pasado pipa viendo a las hormigas (pero no se lo digo). Pueden ir a cualquier parte, lo que no pueden hacer es ir a donde les lleve el viento. Algunos nisiquiera pueden oir el silencio que sofoca el rumor del agua en el río. Todo les parece un problema. Qué escuela elegir para mandar a los niños (donde no haya moros, mejor los salesianos). A qué restaurante ir el fin de semana, con lo que están los precios por la crisis. Cómo hacer para la mudanza, ahora que no tengo el coche. Una amiga se quejaba de eso hace años. La lluvia arreciaba en pleno centro, diez y media de la mañana, gran atasco en Príncipe de Vergara: su dilema era cómo iba a arreglárselas para hacer la mudanza ella sola. Llevó su drama hasta el filo de la ventanilla con los ojos arrasados en lágrimas: ¿quién me manda a mí comprarme un piso tan grande si tengo la espalda rota? (¿quien me habría mandado a mí subir a ese coche justo esa mañana?). Te echo una mano, le digo; pero se resisite: no, no. ¿Entonces de qué te quejas? Siempre buscando problemas donde sólo pueden haber oportunidades (y eso tampoco se lo digo). La vida en el paraíso es cómoda, predecible, impoluta, y casi siempre huele a kiwi. No quiero que nadie invada mi espacio. Vas circulando por tu paraíso de cuatro dimensiones de tu cinta espacio-temporal convenientemente montada en un coche esférico, bien vestida, bien refrigerada y más que mejor alimentada (nada de trangénicos). La espontaneidad, más que un lujo, es una utopía. Ni hablar de la libertad. Ciertas caras dán ganas de cruzar a la otra acera: parecen esculpidas en piedra, la sexualidad es litigante, resulta imposible mantener una charla relajada sin perder la tensión. Su sombra resulta tan oscura como la de su madre, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela y una larga tradición de mujeres medio agazapadas en el túnel de una pupila en apariencia fría, aunque muerta de miedo. La ropa siempre impecable, formal. No tienes hombre, no lo necesitas. O mejor dicho, sí: lo necesitas. Para alguna noche seguro que lo necesitas. Y resulta que el romance siempre se acaba a la mañana siguiente cuando empiezas a llamarle y ves que el tío no coge el teléfono. Pasa una semana, dos, tres, y el tío sigue sin cogerlo. No comprendes por qué ese silencio, por qué esa desidia premeditada, si él sabía bien que para ti no era una aventura. Es que nos tienen miedo. Naturalmente, una mujer que lo tiene todo tan claro y lo quiere todo tan rápido -el futuro- es para meter miedo. Sólo hay dos tipos de mujeres peligrosas: las egoístas, y las que no están conscientes de su poder. ¿Quieres amor? Vale. ¿Cómo lo quiere usted?¿A medida?¿Hecho a mano?¿Artesanal?¿O lo prefiere, más bien, de diseño ergonómico? Se lo entregamos en puerta. ¿Pero hay que pagar porte? Ah, entonces no. El dolor siempre está en otro lugar, pero nunca es mío. El dolor no. El objetivo siempre está en el futuro, la única putada es tener que llegar primero. El presente es una proyección abstracta de una carretera completamente gris, con líneas blancas recién pintadas, en dirección a un futuro que nunca será como lo imaginas. Es la causa de todas las decepciones. Es la única y gran tragedia y lo ignoras, porque alguien te pensó el futuro antes de que pudieras imaginarlo, pero a ti no te importó. Sí, el futuro es la única gran tragedia, porque nunca sucederá. Y tú tan cómoda y tan sola. Y tan segura. Y tan poblada de grillos en esa terraza que es sólo tuya.

7/7/08

Astarté

Cuenta la leyenda de Gilgamesh, que en las llanuras aún sin cultivar pusieron a un hombre salvaje y peludo, Enkidu. Así como los animales, él también merodeaba y comía con ellos. Tras ser colocado por un cazador en un pozo de agua donde los animales acostumbraban a beber, se lo comunicaron a Gilgamesh, quien planeaba capturarlo. Envió a una sacerdotisa consagrada a la Diosa Astarté, al pozo donde solía ir el cazador. Cuando la sacerdotisa llegó al lugar, ahí estaba Enkidu. El cazador ordenó a la mujer que se quitara la ropa "estirada y descubriendo sus frutos maduros". Ella abrió sus ropas, exponiendo sus encantos, complaciente a sus abrazos que durante seis días y seis noches gratificaron su deseo, hasta que venció su lado salvaje. Después de eso, Enkidu fue llevado por esa mujer a las puertas de la ciudad, el centro de la civilización humana.

-Enciclopedia de ética y religión, de James Hastings. Vol. 6


27/6/08

Lilith


Cuenta la leyenda que Eva fue creada de la costilla de Adán y que, desobedeciendo la orden de Yavé, arrancó la manzana prohibida, la mordió, y se la ofreció a su pareja, que también mordió, con lo cual los dos fueron privados para siempre de sus eternas vacaciones en el Paraíso.
La leyenda cristiana en su versión catequista se atreve a afirmar, inclusive, que Adán y Eva iban cubiertos de hojas de parra y que, una vez mordida la manzana, perdieron toda su inocencia y ya nunca más volvieron a vivir como hermano y hermana, sino como hombre y mujer. A Eva se la sentenció a parir sus hijos con dolor, a cocinar para toda su progenie y a hacer la colada por el resto de sus días -un destino que recayó sobre todas sus hijas hasta mediados del siglo XX- y Adán tuvo que buscarse las habichuelas con el sudor de tu frente a fin de dar de comer a la prole y construir un refugio de cal y canto para toda su familia.
Poco se habló de Lilith, no obstante, y es injusto porque fue la primera mujer de Adán y también la única que se atrevió a darle puerta cuando ya estaba harta de él. De haberle tocado a ella el asunto de la manzana, pienso que le hubiera plantado cara a Yavé como se lo había hecho a Adán, un gandul ya de veinte años pero con muy poca experiencia en cuestiones amatorias. Cuenta el Talmud que Lilith llegó a decirle: “¿Por qué he de acostarme debajo de ti, si yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual?”. Me dá en la espina que Yavé nunca le hubiera puesto una prueba tan sencilla como la de la serpiente. Lilith no era de las que se dejan tentar. Ella era la tentación misma.
Exiliada por la historia a la penúltima escala del panteón de los demonios más temibles, Lilith fue convertida por la tradición en devoradora de niños, ninfómana irredenta, reina de los súcubos, señora de las tinieblas, amante de Lucifer, juerguista bíblica, golfa con pelaje de chacal, lechuza vampírica, ninfa orgiástica, medusa come-hombres y yo qué sé cuantos pintorescos epítetos ideados por los seguidores de Yavé, ese dios eminentemente masculino de los hebreos.
Sin embargo, Lilith pasará a convertirse en un personaje peligroso a partir del momento en que decida pronunciar el verdadero nombre de Dios -algo que estaba prohibido- y ante su negativa de quedarse en el Paraíso con un compañero que no sabía tanto de mujeres como de hembras (dicen que había probado las hembras de todos los animales antes de llegar a la conclusión de que él era el único animal del Paraíso que no tenía una pareja adecuada) a Yavé no le quedará otro remedio que dejarla ir y crearle a su único hijo sapiens una hembra algo más sumisa hecha de su propia costilla a la que llamaría Eva, la maruja bíblica. A pesar de sus lastres, Eva resultó ser una esposa políticamente correcta que nunca se atrevió a pronunciar el verdadero nombre de Dios. Con ella, tanto Adán como Yavé estaban a salvo.
Habiendo sido la primera mujer de la historia, Lilith es también su primera diosa, su magna dea, y es probable que su leyenda haya dado origen a gran parte de las leyendas que surgieron después: desde Astarté a la Afrodita griega, y de ésta a las vírgenes negras de la era medieval. Así pues, todo lo misterioso relativo a la mujer tiene que ver con Lilith y no con Eva, que fue blanqueada desde el principio haciendo uso de un doble juego en el que es utilizada como cebo: Sí, eres mujer, y como tal eres cotilla (por haber escuchado a la serpiente, que por supuesto era hembra) ambiciosa (ya no por conocer el nombre de Dios sino por querer ser como Él) e ignorante del pecado original. Todo lo cual es como decir poco menos que estúpida.
Pero, ¿qué fue de Lilith después de que se marchara voluntariamente del Paraíso? Hay pocas referencias que relaten sus correrías, ya que los textos bíblicos se limitan a disparar contra ella a la vez que la recluyen intencionalmente en el olvido, convirtiéndola, sin querer, en la primera reina underground de la historia. Las malas lenguas sostenían que no había sido creada del polvo, sino de los excrementos de Adán, y a juzgar por lo que éste tuvo que tragar por su promesa de obediencia ciega a Yavé, no resulta extraño que Lilith, nacida de sus excrementos, encarnara el lado salvaje del alma, es decir, todo lo que por pertenecer a los dominios de lo irracional resulta vergonzoso y prohibido, todo lo que el hombre es incapaz de aceptar de si mismo y a la vez todo lo que es capaz de desear.
Como Lilith, también Eva fue una proscrita (junto con Adán), pero su caso es distinto. Para empezar, Eva cometió el error de dejarse embaucar por la serpiente y creer que al comerse la manzana-señuelo podría engañar al mismísimo Yavé adquiriendo sus poderes. Pura ingenuidad. No sólo fue descubierta y castigada, sino que perdió el derecho a la vida eterna y se la condenó a morir. Lilith, en cambio, decidió marcharse ella misma del Paraíso y se salvó de la condena, eligiendo morar en la oscuridad. Tan temible como para meterle miedo al mismísimo Yavé (que había creado al hombre a su imagen y semejanza, y como todo hombre era susceptible a la belleza de su propia criatura), Lilith nunca fue sometida a la prueba de la serpiente. Habiéndose atrevido a pronunciar el nombre de Dios, ella no necesitaba su poder. Eva sí. Eva codiciaba la sabiduría divina, por lo cual representa el poder intelectual transformador del mundo. Lilith, en cambio, es el poder del instinto que se transforma a si mismo.
Como su nombre lo indica (Lil:viento, aire, espíritu, que al pasar del mesopotámico al hebreo la raiz se convirtió en "noche"), Lilith es la nocturna, la oscura, la subliminal. Dicen que se bañaba dos veces por semana en agua de magnolia para manener la conciencia ilesa y que mantuvo el alma célibe por toda la eternidad. “Si amas a alguien no quieras tener que avergonzarte de lo que nunca harías”, le dijo a Lucifer desde lo alto de sus párpados; “las reglas son de este mundo; los agujeros son de Dios”. Así que una noche se unió a su sombra, y blandiendo su sexo con la destreza de quien conoce de sobra el truco de dar en la diana al primer asalto, eyaculó dentro de él la medida exacta de su hombría y lo hizo de ella para siempre. A Él. A Lucifer, el ángel que fue exiliado por conocer el nombre de Dios.
(Post actualizado- abril de 2007)
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Photo/post:La encantadora de serpientes, de Henri Rousseau.

7/2/08

Sainkho y la mujer esqueleto

Desde Tuva, allí por Mongolia, nos llega esta performance de Sainkho, gran diosa inuit. Lo que hace con su voz es increíble. Su disco Naked spirit es altamente recomendable para los buscadores de perlas negras.

Cuenta una vieja leyenda inuit:

Había hecho algo que su padre no aprobaba, aunque ya nadie recordaba qué era. Pero su padre la había arrastrado al acantilado y la había arrojado al mar. Allí los peces se comieron su carne y le arrancaron los ojos. Mientras yacía bajo la superfície del mar, su esqueleto daba vueltas y más vueltas en medio de las corrientes.
Un día vino un pescador que no sabía que los pescadores de la zona procuraban no acercarse por allí, pues decían que en la cala había fantasmas.
El anzuelo de pescador se hundió en el agua y quedó prendido nada menos que en los huesos de la caja toráxica de la Mujer Esqueleto. El pescador pensó: “He pescado uno muy gordo!”. Ya estaba calculando mentalmente cuántas personas podrían alimentarse con aquel pez tan grande, cuánto tiempo les duraría y cuánto tiempo podría verse libre de la tarea de cazar. Mientras luchaba denodadamente con el anorme peso que colgaba de su anzuelo, el mar se convirtió en una agitada espuma que hacía balancear y estrmecer su kayak, pues la que estaba debajo trataba también de desengancharse. Pero, cuanto más se esforzaba, más se enredaba en el sedal. A pesar de su resistencia, fue inexorablemente arrastrada hacia arriba, remolcada por los huesos de sus propias costillas.
El cazador, que se había vuelto de espaldas para recoger la red, no vio como su calva cabeza surgía de entre las olas, no vio las minúsculas criaturas de coral brillando en las órbitas de su cráneo ni los crustáceos adheridos a sus viejos dientes de marfil. Cuando el pescador se volvió de nuevo con la red, todo el cuerpo de la mujer había aflorado a la superficie y estaba colgando del extremo del kayak, prendido por uno de sus largos dientes frontales.
“Oh, no!”, gritó el hombre mientras el corazón le caía, poco poco, hasta las rodillas, sus ojos se hundían aterrorizados en la parte posterior de su cabeza y las orejas se le encendían de rojo. “¡Oh, no!”, volvió a gritar, golpeándola con el remo para desengancharla de la proa y remando como un desesperado rumbo a la orilla. Como no se daba cuenta de que la mujer estaba enredada en el sedal, se pegó un susto tremendo al verla de nuevo, pues parecía que ésta se hubiera puesto de puntillas sobre el agua y lo estuviera persiguiendo. Por mucho que zigzagueara el kayak, ella no se apartaba de su espalda.
“¡Ayyyyyyyy!” gritó el hombre con voz quejumbrosa mientras se acercaba a la orilla. Saltó del kayak con la caña de pescar y echó a correr, pero el cadáver de la mujer esqueleto, tan blanco como el coral, lo siguió brincando a su espalda, todavía prendido del sedal. El hombre corrió sobre la roca y ella lo siguió. Corrió sobre la tundra helada, y ella lo siguió. Corrió sobre la carne puesta a secar y la hizo pedazos con sus grandes botas de piel de foca.
La mujer lo seguía por todas partes e incluso había agarrado un poco de pescado helado mientras él la arrastraba en pos de si. Y ahora estaba empezando a comérselo, pues llevaba muchísimo tiempo sin comer nada. Al final, el hombre llegó a su casa de hielo, se indrodujo en el túnel y avanzó a gatas hacia el interior. Sollozando y jadeando, permaneció tendido en la oscuridad mientras el corazón le latía en el pecho como un gigantesco tambor. Por fin estaba a salvo, sí; a salvo gracias a los dioses, gracias al Cuervo, sí, y a la misericordiosa Sedna, estaba… a salvo… por fin.
Pero, cuando encendió su lámpara de aceite de ballena, la vio ahí acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre el hombro, una rodilla en el interior de su caja toráxica, y un pie sobre el codo. Más tarde el hombre no pudo explicar lo que ocurrió, quizá la luz de la lámpara haya suavizado las facciones de la mujer o, a lo mejor, fue porque él era un hombre solitario. El caso es que se sintió invadido por una cierta compasión y lentamente alargó sus mugrientas manos, y hablando con dulzura, empezó a desengancharla del sedal. Finalmente cubrió a la Mujer Esqueleto con unas pieles para que entrara en calor y le puso los huesos en orden, tal como hubieran tenido que estar enun ser humano. Buscó su pedernal en el dobladillo de sus pantalones de cuero y utilizó unos cuantos cabellos suyos para encender un poco más de fuego. De vez en cuando la miraba mientras untaba con aceite la valiosa madera de su caña de pescar y enrollaba el sedal de tripa. Y ella, envuelta en sus pieles, no se atrevía a decir ni una sola palabra, pues temía que aquel cazador la sacara de allí, la arrojara a las rocas de abajo y le rompiera todos los huesos en pedazos.
El hombre sintió que le entraba sueño, se delizó bajo las pieles a dormir y enseguida empezó a soñar. A veces, cuando los seres humanos duermen, se les escapa una lágrima de los ojos. No sabemos qué clase de sueño lo provoca, pero sabemos que tiene que ser un sueño triste o nostálgico. Y eso fue lo que le ocurrió al hombre.
La Mujer Esqueleto vio el brilo de la lágrima bajo el resplandor del fuego y, de repente, le entró mucha sed. Se acercó a rastras al hombre dormido entre crujir de huesos y acercó su boca a la lágrima. La solitaria lágrima fue como un río y ella bebió, bebió y bebió hasta que consiguió saciar su sed de muchos años.
Después, mientras permanecía tendida al lado del hombre, introdujosu mano enbajo las pielesy le sacó el corazón,ése que palpitaba como un tambor. Se incorporó y empezó a golpearlo por ambos lados: “Pom pom… pom pom”.
Mientras lo golpeaba, se puso a cantar: “Carne carne, carne carne”. Y cuánto más cantaba, tanto más se le llenaba el cuerpo de carne. Pidió cantando que le saliera el cabello y unos buenos ojos y una rollizas manos. Pidió cantando la hendidura de la entrepierna, y unos pechos lo bastante largos como para envolver y dar calor y todas las cosas que necesita una mujer. Y, cuando terminó, pidió cantando que desapareciera la ropa del hombre y se deslizó a su lado en la cama, piel contra piel. Devolvió el corazón a su cuerpo y así fue como ambos se despertaron, abrazados el uno en el otro, enredados el uno en el otro después de pasar la noche juntos, pero ahora de otra manera, de una manera buena y perdurable.
La gente que recuerda la razón de su mala suerte, dice que la mujer y el pescador se fueron y, a partir de entonces, las criaturas que ella había conocido durante su vida bajo el agua, se encargaron de proporcionarles siempre el alimento. La gente dice que eso es verdad y que eso es todo lo que se sabe.
Clarissa Pinkola Estés (Mujeres que corren con los lobos).

La mujer salvaje


¿Qué es la Mujer Salvaje?, pregunta Clarissa Pinkola Estés en su libro Mujeres que corren con los lobos, ya todo un clásico de la literatura femenina y uno de mis libros de cabecera, que además recomiendo tanto a mujeres como a hombres para comprender la naturaleza femenina en su esencia, desmarcada de prejuicios culturales y etiquetas políticas y sociales. Voy a transcribir lo que ella misma responde:
La mujer salvaje es la fuerza Vida/Muerte/Vida, es la incubadora. Es la intuición, es la visionaria, la que sabe escuchar, es el corazón leal. Anima a los seres humanos a ser multilingues; a hablar con fluidez los idiomas de los sueños, la pasión y la poesía. Habla en susurros desde los sueños nocturnos, deja en el territorio del alma de una mujer un áspero pelaje y unas huellas llenas de barro. Y ello hace que las mujeres ansíen encontrarla, liberarla y amarla.
Es todo un conjunto de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos. Ha estado perdida y medio olvidada durante muchísimo tiempo. Es la fuente, la luz, la noche, la oscuridad, el amanecer. Es el olor del buen barro y la pata trasera de la raposa. Los pájaros que nos cuentan los secretos le pertenecen. Es la voz que dice: “Por aquí, por aquí”.
Es la protesta a voces contra la injusticia. Es la que gira como una inmensa rueda. Es la hacedora de ciclos. Es aquella por cuya búsqueda dejamos nuestro hogar. Es el hogar al que regresamos. Es la lodosa raís de todas las mujeres. Es todas las cosas que nos inducen a seguir adelante cuando pensamos que estamos acabadas. Es la incubadora de las pequeñas ideas sin pulir y de los pactos. Es la mente que nos piensa; nosotros somos los pensamientos que ella piensa.
¿Dónde está?¿Dónde la sientes, dónde la encuentras? Camina por los desiertos, los bosques, los océanos, las ciudades, los barrios y los castillos. Vive entre las reinas y las campesinas, en la habitación de la casa de huéspedes, en la fábrica, en la cárcel, en las montañas de la soledad. Vive en el gueto, en la universidad y en las calles. Nos deja sus huellas para que pongamos los pies en ellas. Deja huellas dondequiera que haya una mujer que es tierra fértil.
¿Dónde vive? En el fondo del pozo, en las fuentes, en el éter anterior al tiempo. Vive en la lágrima y en el océano, en la savia de los árboles. Pertenece al futuro y al principio de los tiempos. Vive en el pasado y nosotras la llamamos. Está en el presente y se sienta a nuestra mesa, está detrás de nosotras cuando hacemos cola y conduce por delante de nosotras en la carretera. Está en el futuro y retrocede en el tiempo para encontrarnos.
Vive en el verdor que asoma a través de la nieve, vive en los crujientes tallos del moribundo maíz de otoño, vive donde vienen los muertos a por un beso y en el lugar al que los vivos envían sus oraciones. Vive en donde se crea el lenguaje. Vive en la poesía, la percusión y el canto. Vive en las negras y en las apoyaturas y también en una cantata, en una sextina y en el blues. Es el momento que precede al estallido de la inspiración. Vive en un lejano lugar que se abre paso hasta nuestro mundo.
La gente podría pedir una demostración o una prueba de su existencia. Pero lo que pide esencialmente es una prueba de la existencia de la psique. Y, puesto que nosotras somos la psique, también somos la prueba. Todas y cada una de nosotras somos la prueba no sólo de la existencia de la Mujer Salvaje sino también de su condición en la comunidad. Nosotras somos la prueba de este inefable numen femenino. Nuestra existencia es paralela a la suya.
Las experiencias que nosotras tenemos de ella, dentro y fuera, son las pruebas. Nuestros miles de millones de encuentros intrapsíquicos con ella a través de nuestros sueños nocturnos y nuestros pensamientos diurnos, a través de nuestros anhelos y nuestras inspiraciones, nos lo demuestran. El hecho de que nos sintamos desoladas en su ausencia y que la echemos de menos y anhelemos su presencia cuando estamos separadas de ella es una manifestación de que ella ha pasado por aquí.
Clarissa Pinkola Estés (Mujeres que corren con los lobos)