3/6/26

Argentum

Maleva esplendorosa

tronabas

sentada sobre pilas de papel de diario

y barrilete para la corona más linda, reina

tierna, que es como te somos

como vos te merecés que te seamos

altiva

en equilibrio sobre el filo del mundo

laxa, enorme

todo tu cuerpo estaba lleno de espigas

hasta que despertamos

bien temprano y con frío,

llorabas, ya sin tronar

mientras ellos repartían:

acá el agua, allá la tierra y la piel

te amamos, dijeron

papel de plata empapado

nunca te vas a terminar

relajate, dijeron

no te pesen las rodillas.


Pero no hemos sabido escribirte un sueño

a la altura de tu espina

y te habitamos mal

como un tropel de hormigas

peleando por la tierra prometida.

Si hasta tu nombre es un poema

y tu peso un metal noble.

Brilla.


Roxana Basso Alvari

17/2/23

El abrazo de la serpiente


 Al fin he visto El abrazo de la serpiente, una cinta en blanco y negro dirigida por Ciro Guerra en coproducción con Venezuela, Colombia y Argentina. La película -ambientada en la Amazonía colombiana- narra las aventuras de los investigadores Theodor Koch-Grünberg y Richard Evans Schultes, persiguiéndose el uno al otro a través del tiempo, mediante un único nexo coordinante: el chamán Karamakate, último de su linaje, y paradigma doliente de las etnias extintas a causa de la colonización.

El visionado de la película me hizo pensar en algo que escribí hace poco sobre la patria como concepto importado del continente colonizador. En ella se llega a mostrar la esclavización del nativo durante la llamada “Fiebre del caucho”, donde empresas europeas  encontraron en la Amazonía una verdadera mina de oro para la producción de cubiertas, en los primeros años de la industria automotriz.  Es llamativo que en la película se hable de “los colombianos”, no como nativos y dueños de “la patria”, sino como invasores cuya única diferencia con el blanco corporativista, nacido y criado en Europa, estaría en el criollaje. Pero así son mencionados en la película, con suspicacia. Para el chamán criado en la selva de la patria colombiana, el criollo no es más que un traidor. 

El fenómeno de la colonización trajo aparejada la aparición de dos nuevos linajes: el del criollo puro, hijo de trasterrados; y el del mestizo, mezcla -como bien lo señala la palabra- de español e indio, o en su defecto y debido a la cercanía con Brasil, de negra y blanco. E inclusive de negra y/o india y blanco. No hubiera tenido nada de malo, y sí absolutamente mucho de bueno, la mezcla de unos y otros, de no ser por el prejuicio racista del artefacto colonial, que llegó para sacarles provecho a los bienes de la naturaleza. Sus hijos y descendientes acabarían fundando las naciones que hoy llamamos con nombres de fantasía (Colombia, Chile, Argentina, Brasil… etc) y que muy lejos están de conservar la historia y tradiciones de las tribus originarias del continente, que resultaron ser en parte un estorbo, en parte fuerza de trabajo y en parte morralla, como se le dice en España a un conjunto de cosas sin demasiado valor. Se entiende, entonces, que Karamakate hable de “los colombianos” como si no fueran de su tierra. Porque en realidad algunos lo eran sólo en parte, y otros ni siquiera habían nacido allí. Cabe la discusión de qué sería identidad y toda la mar en coche, pero lo dejaremos para otra ocasión, e igual creo que llegaríamos a conclusiones estériles. Y dolientes, casi tanto como el dolor de Karamakate por haber perdido su linaje, que es lo que nos pasa a muchos de nosotros, aunque no lo tengamos tan presente como él.

Hay una escena particularmente dura en la película, y es la del hombre mutilado, que evoca los escándalos del Putumayo, y trae el recuerdo siniestro del empresario peruano Julio César Arana del Águila, que esclavizó, torturó y asesinó a miles de aborígenes obligados a extraer el caucho a fuerza de extorsiones, amparándose en el silencio de un estado quizá aún muy joven, o tal vez ya demasiado corrupto. Ojalá pudiera decir que hoy día los estados americanos ponen coto a la explotación del Amazonas… pero todos sabemos bien que no es así. Ya no hace falta mutilar a sus indios y descendientes, porque vienen siendo confinados a la exclusión desde hace siglos, y peor lo tienen quienes más cerca están de lo que llamamos “civilización”, cuando han quedado atrapados en una vorágine de miseria, resentimiento y desculturización que llega incluso hasta nuestra ciudades. 

Lo primero que se le roba a un pueblo, para quebrarlo, son sus tradiciones. Y sus tradiciones están íntimamente ligadas a su contexto. Y en este caso, su contexto es la selva. Karamakate jamás llegará a perder sus tradiciones, por eso él es el hombre que mueve los mundos, el que no olvida a sus ancestros, el que conoce al chullachaqui, el que facilita el camino para que el viajero pueda hallar el abrazo de la serpiente. Él es la esperanza hecha carne en la vida de lo que queda del Amazonas. Mientras él exista, la herencia de la serpiente está a salvo y el indio esclavizado puede aspirar aunque sea a un rayo de luz que ilumine lo que era antes de que le quitaran su tradición, a una bocanada de aire, de río y de mito que le recuerde quién es, quiénes eran su padre y su madre, sus abuelos, su tierra, su medicina, su conocimiento. Es esencial para  Karamakate que los niños adoctrinados por los misioneros católicos entiendan esto, lo cual se ve en cierta escena de la película. Karamakate podrá ser el último de su linaje, pero no va a marcharse sin dejar su huella en todos aquellos que lleguen a él.

Hermosa, poética y evocadora película; también austera en su forma de tratar la búsqueda del enteógeno. Lo cual me gustó, ya que es usado como hilo conductor para una historia más profunda y compleja: la tragedia inmensa del hombre americano que ha perdido sus raíces, navegando a flor del agua sobre un territorio arrasado que no alcanza a recordar. Karamakate es su guardián.    

3/1/21

Negros de mierda


Me pregunto cuándo fue que empezó, aunque supongo que lo digo sólo como para romper el hielo. Para comenzar a escribir lo que no desearía tener que escribir, aunque lo lleve masticando desde hace tiempo, y en silencio, sin la esperanza de que lo que yo llegue a decir pueda cambiar alguna cosa. Porque sabemos que no va a pasar. Sabemos que ya era así cuando llegamos, y que a nadie se le ocurre pensar nunca que vaya a ser diferente. Porque no hay registros de que alguna vez haya sido distinto. Un tropel de palabras que se repiten, de conceptos desaguados -o más bien desangrados- que al hablarse dibujan círculos viciosos, vueltas del perro bajando directas al abismo. Un abismo cuyo fondo ignoramos porque de tan hondo nadie lo puede concebir. Pero sabemos que está, que baja, que ése ha sido y será siempre nuestro sino, el destino que habitamos sin imaginar un viraje, o acaso un cambio de dirección…

Entonces, ¿para qué vas a pensar?

Ya hemos olvidado cuándo fue que dejó de importarnos embarrarle la vereda al vecino, cuándo empezamos a ponerle cerrojos a las puertas de nuestras tiendas por miedo a los balazos. La cosa es que ya a nadie le importa y hemos dejado de hacernos preguntas, lo cual viene a ser lo mismo que haberles dado las llaves en la mano a los que planificaron romperle las piernas al país. Porque siempre que alguien deja de hacerse preguntas, renuncia al derecho inalienable de la duda. Y decide dejar de reflexionar. Buen trabajo nos hicieron dándonos un palazo por cada vez que intentábamos levantar cabeza. Es como la ola que te revuelca contra las piedras de la playa y te raspa, te lastima o te rompe algún hueso. Te levantás tambaleando, y cuando parece que vas a salir ya te cayó otra encima. Así nos trataba el mar. Así nos iba quebrando el arrecife. Pero el instinto es fuerte, y uno siempre se vuelve a levantar. No hay humano que tenga tanta agalla como para respirar bajo el agua, y además siempre se quiere vivir. Aprendimos a levantarnos del revoltijo con los huesos rotos porque al otro lado de la orilla están los seres que amamos, nuestra casa, nuestra historia, algún sueño sencillo en forma de bañito para el quincho o de canchita para los pibes. Y qué importa todo lo demás. Qué importa entonces por qué y dónde y cómo y desde cuándo y hasta dónde y hasta cuándo, si esto siempre fue así…

Entonces, ¿para qué vas a pensar?

Lo primero que se le hace a un pueblo es aislarlo. Se le aísla a fin de que no perciba. Aislándolo se reduce su capacidad de obtener información. Al reducirse su capacidad de obtener información, se reduce también su percepción. Ésta quizá haya sido la única piedad que nos tuvieron, la de quitar todo estímulo capaz de generar percepciones interesantes, deseos. Y con ello, la anulación de la conciencia, el pensamiento crítico y la capacidad de tomar decisiones por estimulación. Lo que no se desea nunca llega a sufrirse, de forma que las nuevas generaciones crecen sin percibir la existencia de algo más allá de la cerca. De un cerco alrededor del patio. De una frontera que no supere los 150 metros del terreno. De una correa, una cadena que llegue justo justo a la cerca donde se termina el país. Porque siempre fue así. Se nos permitió la cerca y la correa, haciéndonos creer que eso era la libertad. Y la gente se lo creyó. Esto no es de ahora, la gente se lo viene creyendo desde siempre. Pero la gran tragedia, hoy mismo, es que la muerte del sueño grande nunca va a ser llorada porque la tierra nunca fue nuestra. Sin embargo van subiendo y cayendo gobiernos, las palabras cambian de sentido, la historia se reescribe cada quince años, las banderas se rediseñan, pero la tierra sigue siendo de otro. Y en nuestra desesperada ilusión de creerla propia, nos aferramos a la parcela individual y le ponemos a nuestra pequeña patria bonsái el nombre de nuestros hijos y el apellido de un abuelo peronista. Viejos de veinticinco años se perpetúan a través de un hijo varón bajo la lente fundamentalista de una vida burguesa, aferrada a la tradición de los domingos al sol con la familia, esa zona de confort que es también zona trágica, porque con su silencio rubrica dominaciones y engaños.

Del cerco para afuera es tierra de nadie, "zona liberada", una orilla que nadie quiere pisar. Salvo que les convenga por razones materiales o espirituales, sea para ganarse el paraíso, sea para seguir abriendo cuentas en paraísos fiscales. Unos por piadosos, otros por hijoputas, otros por lo que sea, la tierra embarrada del otro lado del cerco es nuestra viva imagen vuelta del revés. Nuestra sombra. Y de alguna manera que deberíamos plantearnos muy seriamente, ella conforma el rostro completo, aunque desfigurado, de una verdad que nos avergüenza. La verdad de los hijoparias que no hemos querido abrazar, porque su piel huele a indio devenido en "negrito de mierda". Y ellos, como sabemos, no son patria. Y cuando lo son, es para usarlos como escudo litigante o esgrimirlos como esclavos libertos del padre-estado que los compra. Así que mejor no mirar, aunque "el malón" nos avance y haya que construir cercos cada vez más altos. Mejor no mirar, aunque la marea negra amenace con sofocarnos, y el aire y las cercas y los zócalos y los árboles y todo lo que hay sobre la faz de la tierra, se cubran con las cenizas de los que ardieron y siguen ardiendo en lo profundo de nuestro doliente -avergonzado- genoma mestizo. 

2/1/21

Razzia


No, no dan ganas de vivir en un mundo donde hacer una fiesta está prohibido y los mismos que por sangre tienen derecho a reunirse, aprueban la razzia.

No, no dan ganas de seguir viviendo.

No dan ganas de vivir en un mundo donde el brindis de unos vale y el de otros es clandestino.

Donde se naturaliza un nuevo concepto que seguramente irá al diccionario: "fiesta clandestina". Intercambio de pieles, fluidos, carne, miradas, sonrisas, calor, vida, dos millones de años para aprender qué hacíamos con el amor mientras el otro se rompía una pierna y se quedaba en la estacada.

No dan ganas de seguir viviendo en el mundo donde la vida se ha vuelto clandestina. Donde las ovejas sangrantes quedan clavadas en el alambre de espino y sonríen cuando alguien les hace una selfie.

No dan ganas de seguir viviendo en un mundo donde los mismos que aprueban la razzia, aprovechan para condenar el aborto y el feminismo, a "esas feminazis" que lo son porque ya tienen el coraje de decir NO. A los miedosos que no contabilizan la muerte como parte del periplo.

No dan ganas, no. Porque no te quiero, no me interesás, porque sos aburrido y la hiel te rezuma por la lengua en forma de polilla que se pudre cuando se te llena la boca de morralla pacata haciendo apología por la vida. Por la tuya.

No dan ganas de seguir viviendo en un mundo donde los pibes parecen viejos y los viejos desempolvan dictaduras bajo la máscara de gas protectora del miedo, conciencias señaladas por su propia falange.

No dan ganas de seguir viviendo cuando se eligen los platos y las presencias, y se declara clandestina la fiesta de la vida de los que eligen vivir distinto.

No dan ganas de vivir, pero de dormir sí y para siempre con un fuego artificial en la cara B de una pastilla para pegarle portazo a esta normalización de la muerte.

No, no dan ganas de vivir porque la vida se ha vuelto clandestina y hay gente sensible y buena, pero asustada, que lo aprueba, después de haber sido domesticada. No dan ganas, cuando ya se sabía, cuando el confinamiento empezó antes, y hoy no hacemos más que volverlo ley.

No dan ganas, no. Dan ganas de escaparse a la cuarta luna de Júpiter viajando por levante en parapente de alucinación. Donde se vuelve urgente una psicosis alegre para huir de esta dictadura de los cuerpos que no-deben-tocarse. No dan ganas, cuando vos aprobás porque estás en el alambre de espino, migrando de la vida a causa de una probabilidad que todavía no ha ocurrido. Cuidándote, y viviendo mutilado por vivir.

No dan ganas, no; no dan ganas.

Cuántas cartas de dar puerta se habrán escrito anoche, además de las fiestas clandestinas desarmadas por los grupos de asalto de la Nueva Gestapo.

Mi carta tiene nombre y apellido, DNI y ruega por mi subjetividad desatendida, con la punta de mi última esperanza puesta en órbita con destino a esta mente que espera, con desesperación, perderse para siempre hacia dentro, último bastión de mi libertad, ésa que los muertos que se entierran a sí mismos en vida en el nombre de la salud y la decencia no podrán tocar jamás, porque hasta ahí no llegan. Porque no nos hemos dejado clavar en el alambre de espino, y las sonrisas se reservan para el aliento fino de los mediodías, frente a frente, y ante una mesa de tocar.

Ni aunque te mate

 

El sueño de los machos es inversamente proporcional a la naturaleza, donde el óvulo siempre es uno y los espermatozoides, multitud... Sin embargo, algunas mujeres son capaces de dejarse el pellejo con tal de cumplirles el sueño de la conejita a pedido.

-Susu Madrigal

Siempre te creiste la niña bonita. Ya de piba te gustaba que te miraran y andabas loca por los pibes más grandes, a los que provocabas dejándote crecer el pelo hasta la cola para echárselo en la cara cuando te vieran pasar. Ahí va la morocha, con su minifalda mítica. Trece años que parecían como quince. A los doce te encerraste en el baño frente al espejo que rompió tu papá cuando supo que tu mamá iba a dejarlo, y te probaste la ropa que ella nunca se llevó. Ajustaste todas sus polleras a la curva de tu cintura y las hiciste coser por la modista, que te cobró un ojo de la cara porque tenían que parecerse a los modelos de marca que venden en el centro. La plata se la robaste a tu papá y con gusto, que se joda por haberle pegado... Después te las pusiste para ir al colegio y empezaste a practicar el paso. Te matabas haciendo la gimnasia que sirve para sacar la cola, y como no tenías plata para las mancuernas, agarraste los libros de mate y comenzaste a entrenar en casa, viendo la tele boca abajo. El primer sueño crecía en proporción a tu cifosis.

 Con el segundo meditaste que ibas a necesitar un dineral, entonces te pusiste a trabajar en el verano para comprarte unas lolas. No te importó que te explotaran por ser menor, vos tenías el sueño fijo de las lolas. Estabas dispuesta a trabajar todos los veranos con tal de conseguir tus tetas nuevas, ésas que cuando te ponés una musculosa quedan ligeramente juntitas -pero no del todo, las que se juntan mucho es porque caen, y si caen no son perfectas-; y dan acceso a otro tipo de vida, son un pasaporte al futuro. Unas tetas como ésas vienen con un pan bajo el brazo y un pelotudo con un auto importado. Pero los pelotudos duran poco, así que mejor pensar en la independencia que pueden dar unas tetas como ésas, que abren puertas, pagan birras, entran en barrios privados, compran viajes, sobornan patovicas… ganan castings. Las tetas le dieron un sentido a tu vida cuando no había nada más en que pensar. Eran más lindas que el espejo roto que tu papá nunca va a cambiar e iban a comprarte un baño como esos que se ven en Gran Hermano, y que nadie tiene en la vida real. Bueno, nadie que no tenga unas lolas nuevas, como vos.

 La niña bonita. Un fideo, decían en casa, riendo, y vos te enderezabas y te ponías brava: cuando sea grande voy a ser vedette. Hiciste de cuenta que nunca hubo nariz de morrón, mentón demasiado largo y ojos demasiado chicos. Te compraste una buena pinza y suavizaste la curva violenta de tus cejas, hasta dejarlas como un hilito. Estabas tan convencida de que eras linda, linda desde siempre, linda para siempre, linda desde que te miraste por primera vez al espejo y te sonreíste y te adoraste y miraste a tu papá como diciéndole: ¿viste que linda que soy?, y él se quedó ahí parado con cara de mayordomo, adorándote y aborreciéndote al mismo tiempo… que acabaste convirtiendo tu extraña belleza en un arma de seducción. Había que ver los aires que te dabas delante de los pibes, y también con las pibas, porque te querías tan ferozmente que a nadie se le hubiera ocurrido la idea de que fueras fea… ¡si sabías contonearte desde que ibas al jardín!

 Tu primera víctima fue una nena a la que le quitarle la hamaca de un empujón, y la segunda un párvulo incauto al que engatusaste para que te hamaque. Después de eso en tu casa se dieron cuenta de que la nena siempre hace lo que quiere, entonces te dejaban hacer, divertidos y abrumados. Acorralabas a tu papá para que te comprara cualquier cosa, en caso contrario te ponías a chillar dando patadas contra la guantera. Porque la nena es divina, no se le puede decir que no… la nena sabe muy lo que quiere. La nena es linda, qué linda que es la nena. En la escuela pasaba lo mismo, pero en segundo grado se te complicó -la maestra era una monja- y optaste por andar todo el día pisándole los talones con cara de cordera degollada, caminando en puntas de pie y las manitas delante del pecho, como un conejo. La monja acabó cediendo a tus extorsiones, agobiada, quizá, por la inconfesable repugnancia que le provocaste desde el principo por tu tendencia innata a la alcahuetería y la seducción. Viendo que funcionaba, seguiste.

 Cuando te vino la menarca te pasaste al segundo piso, con "las grandes". Fue automático. Querías que te contaran los secretos, que te llevaran a comprarte bombachas de mujer, que te filtraran de contrabando en los boliches después de la previa. Les copiaste los gestos y el habla, y te aprendiste todo tan rápido que no dudaron en aceptarte entre ellas como un animalito amaestrado que las divertía y admiraba. Como una muñequita fea que promete ser linda si la arreglan, un juguete vanidoso. En cuestión de semanas tu aspecto se transformó. Te soltaste el pelo (que sólo recogías en la entrada del colegio, la media cola descuidada que exuda el aroma frutal del champú), te pusiste una mechas rojizas en la base de la nuca, te pintaste las pestañas y te tiraste semanas ensayando la mirada del bombón asesino frente al espejo del placard. Después te sacaste a la calle con el pelo nuevo y la nueva mirada y viendo que funcionaba con los pibes, y también con los viejos, te subiste al carro de las lolas nuevas. Ochenta es poco, te dijeron las chicas, y un fideo sin tetas como que no garpa… ¡hacéte unas! Así que te largaste. Dejaste de comer carne, si total… ¡para qué!, y tallarines porque engordan, y el chicle porque arruina los dientes y es de pendejos. Si una sueña con ser famosa tiene que cuidarse la dentadura. Por instinto sabías que tener buenos dientes y ser un fideo te iba a rendir. O quizá no haya sido por instinto, no… sino porque lo venías viendo en la tele desde que se fue tu mamá: me pongo un poco atrás, otro poco arriba y yastá, pensabas la noche en que él le pegó, haciendo pedazos el espejo del baño.

 Y te agarraste a ese pensamiento con toda tu alma.

 A los quince años te subiste al coche de uno de veintiseis que te llevó a brillar por Puerto Madero a cambio de tu virginidad. Igual lo hubieras hecho por nada: la idea era ahorrar tiempo, algo que no sabiendo por qué, vos ya sabías. También es probable que lo supieras desde antes de saber, y sólo después de haber averiguado que una piba fea puede ser linda a toda costa. Era lo único que siempre te importó: el sueño grandioso de abandonar la casa de Lugano y tener tu baño fashion, tu depto, tu cochecito paquete y tu lugar de vedette en la vidriera de los súper-héroes berreta de la televisión. Años sentada en un pupitre mordiendo la punta de una birome o tonteando con el último de la fila, lograste recibirte sin haber abierto un libro, porque siempre que te ponían una ecuación en la pizarra te dedicabas a calcular cuánto te faltaba para llegar a pagarte las lolas. Fue cuestión de suerte que te perdonaran las amonestaciones, los machetes y las bodas de mentira con el peor de la clase. Ahí tuvo que intervenir papá, que con tal de evitar tu expulsión pudo haber pagado o suplicado, vaya a saber… Magalí es buena piba, no lo tenga en cuenta; lo cual no evitó que al llegar a tu casa te arrinconara contra el aparador de la cocina, y en presencia de tus tres hermanos, te diera la biaba. Venía bien saber que no sólo te habías recibido, sino que ya era hora de encontrar a alguien que te hiciera el aguante.

 El último pucho para comprarte las lolas te lo pagó tu mamá, que siempre se sintió culpable por haberte dejado a vos y a tus hermanos al cuidado de ese animal de Luis. Disfrutalas, te dijo toda emocionada cuando salías de la clínica, e iba a añadir: cuidalas, pero debe haberle parecido un poco idiota y al final se calló. Te quedaste un tiempo con ella hasta que hubo problemas con el novio y hubo que mover.

 Los siguientes dos años fueron raros. Trabajaste de go-gó, lo intentaste como modelo -sin éxito-, te hiciste el bótox en los labios, te anotaste en Gran Hermano -sin éxito también-, sobornaste a un tipo casado para que te pagara la cirugía de nariz y dormiste en el depto de la novia del barman. Te agrandaste las lolas, dormiste con el barman, te subiste a un comercial como extra, te bajaste en Parque Centenario, y mientras vendías relojes truchos en una Mitsubishi prestada, sorprendiste a tu mejor amiga teniendo sexo con un amigo del novio. Por si le quedaba alguna duda de que no fueras a contárselo, te instalaste cómodamente en su casa de Belgrano R sin pagar alquiler. Para agilizar, te colaste en un backstage antes de que la banda se metiera en el camarín, y lograste salir en una foto abrazada a un rockero borracho con el que no pasó nada. Trabajaste en una peluquería concheta donde te echaron al toque cuando se supo que no sabías ni agarrar el secador. Después probaste como cajera en un shopping, pero de ahí te fuiste sola, porque pretendías un puesto de encargada. Querías ser modelo, vedette, estrella, diva, potentada. Entonces engatusaste al hijo de un cómico famoso que te consiguió un puesto administrativo en el canal. La noche porteña es vertiginosa y vos estabas en pleno procedimiento. Morocha, respingada… mal, pechugona y a punto, con veinte años ibas en camino de no ser reconocida ni por tu propia madre, de tanto que ibas cambiando. No hubo puerta que no supieras empujar ni hombre que no pudieras embaucar, la cuestión era llegar al pináculo. Habías ensayado la pose cientos de veces hasta sacarte una cifosis que nunca te hizo doler. Lo que tienen las lolas es que armonizan la deformación.

 Esperabas el momento justo para dar el salto... pacientemente desesperada, hacia la fama. Se te veía ir por la calle crispada, actuando el papel. Entre lo que ganabas y lo que conseguías sacarle al hijo del cómico, que viajaba seguido a Miami y te regaló unos taconazos de treinta dólares que una yanqui no se pondría ni aunque la drogaran con cloroformo, te armaste el ajuar acorde a la caricatura vernácula del minón infernal. Hasta que por fin te llegó. Por fin te llegó la hora… tu hora, la entrada triunfal en el templo de la iniciación.

 Esa noche el conductor presentaba a un famoso streaper de la noche porteña y en el canal buscaban chicas… chicas lindas, jóvenes, chicas que supieran llevar un tanga. Los productores convocaron a un casting y siguieron buscando dentro del canal, a ver quién se prende. Y vos saltaste como un resorte: ¡YO!, pero mirá que no pagan… y vos: ¡YO! Se te rieron con desprecio, pero igual te presentaste en el vestuario con las otras, que esperaron durante horas delante de una puerta cerrada, atropellándose a codazos en un silencio hostil, dándose tarascones de caniche.

 Te cambiaste la ropa en el baño de la adminstración, porque los camarines estaban todos ocupados; nunca sabrías dónde lo harían las demás: las chicas de repuesto no tienen camarín, la ajenidad de un cuerpo bonito exactamente igual a otro carece de espacio reservado. Igual no te importó, porque ibas a salir en la tele… ¡el sueño de tu vida!, ibas a ser vista por millones. El pelado baboso: bueno, bombones, dijo que había que bailar con el streaper en la piscina, calentarlo, entretener a la gente, así es la televisión; ojo con las cámaras: a ver quién consigue que le dén el primer plano. Re-onda, el pelado. Los cámaras son auténticos caracoles comedores de cebo. Cuando salieron al aire fue más o menos igual que estar delante del vestuario pegando tarascones, sólo que mucho peor, porque había que derribar con elegancia, pisotear sin que se note, aniquilar a la competencia sin vergüenza pero con gracia. Tu único objetivo fue llegar al streaper y alcanzar la tierra prometida del plano central. Utilizaste tu experiencia de go-gó para bailarle de espaldas a la cámara, pero se te interpusieron dos chiruzas -gatos de mierda- y tuviste que usar la artillería pesada. Metiste una gamba por delante, luego otra y después las lolas, con lo cual quedaron fuera de combate. Al fin y al cabo no hacías más que repetir el empujón de la chica en el jardín. Llamó la atención que después de eso recorrieras la cancha como un crack. La atención de un cámara, por lo menos. Y la de tu papá, que esa noche se había puesto a ver el clásico y mientras hacía zapping esperando que acabara el entretiempo, dio con el programa de las minas en pelotas y al verte se le cayó la mandíbula y le pegó un puñetazo a la mesa, derramando el vaso de Toro Viejo.

 Pero vos estabas totalmente en otra, nunca llegarías a enterarte. El streaper ni siquiera te calentaba, en realidad te calentabas con vos misma. Es decir, con vos misma chupando cámara por primera vez. O sea con vos misma haciendo una felación de mentira delante de una cámara. Si total… ¿cuál es?

 Pensabas que al día siguiente todo el país iba a hablar de vos, y en efecto, se habló. ¿Quién era la morocha con cara de turca que se robó la cámara por quince minutos en el programa de las minas en pelotas? Alguien que te echó el ojo dijo que tu cara trasponía el velo de la televisión. Te definió como una fea excepcionalmente hermosa, el proyecto embrionario de una vedette en estado natural. Aunque tu acción chabacana no fuera nada del otro mundo -ya estaban habituados- decidieron tomarte de mascota transitoria por causa del raiting. Tu primer batacazo. Iban a dejarte aparecer como elemento decorativo en la primera fila de la tribuna el viernes por la noche, después de la Copa Libertadores. Cuando te lo comunicaron comenzaste a temblar de un modo preocupante y en la oficina te dieron franco el resto del día. Mientras viajabas en el 72, lo primero que pensaste fue que los zapatos de Miami ya no iban a servirte, ¡a la mierda con esos tamangos!, y te sentiste miserable por viajar colgada en un bondi… ¡con semejante futuro por delante!

 Horas después entrabas en lo de Ricky Sarcani haciéndote la superada, toqueteándolo todo con aires de estrella hastiada de la fama. Algo que atrajo la atención de las vendedoras, que te relojearon de arriba abajo para ver si merecías ser atendida o fingir que no te habían visto. Optaron por lo segundo. Entonces te pusiste unos zuecos altos como zancos y empezaste a dar vueltas por el local recogiendo audiencia masculina, al otro lado de la vidriera, en la calle. Hubieras roto el local a zuecazos con tal de que te atendieran, esas caretonas. Te cayó a la orden la encargada, una rubia veterana de edad indefinida, cautelosa, educadísima. De un solo vistazo le sacó la ficha a tu ropa y de ahí a tu origen proletario. Obviamente, te tomó por una tilinga. Bien formada, eso así. Una de esas atorrantitas que se gastan el sueldo un un par de zapatos con tal de conseguir la primera fila en la tribuna, llevando una remera de pedrería barata y el shorcito, hasta que la agarra una vestuarista y le pone un Ibáñez que nunca sabrá llevar. Porque acá, la que nace medio pelo, muere medio pelo. Te lo dijo todo con una mirada antártica mientras te sonreía como una nodriza: esto es Argentina, chiquita…

 Basureada y sospechada, atendida con desprecio, bardeada y revisada tu tarjeta como si vinieras del Congo, vos te compraste tus Sarcani y saliste de ahí pisando fuerte y pegando con la puerta en el dintel. Fue tu entrada triunfal en el bárbaro mundo de los cuerpos ornamentales. Lo cual te insufló la energía de una transfusión, y fue también tu verdadero primer paso lejos de Lugano. Lejos del barrio patoteril de las carnicerías malolientes, los frentes sin revocar, las calles abolladas, el requiebro grosero del vecino grasún y las ojotas con tapones que estropean la planta del pie. ¡Con qué placer diste el salto! Ya eras otra. Ya eras ella, la que vino al mundo para brillar, es decir: vos. Y aunque el subidón no haya sido instantáneo, sino angustioso y por momentos denigrante, un campeonato absurdo entre la carne y el metacrilato de relleno, entre la anorexia en ciernes, las fiestorras en el canal oficiando de cortejo decorativo a las gansadas de un productor novato, y las curdas en boliches caretones que te dejaban al límite de la extenuación; vos aguantaste. A veces te despertabas temblando y agitada, como en estado de alerta -¿volvías del sueño o de una riña de gallos?-, pero seguías aguantando. Cuando te avisaron que podías reemplazar a una bailarina en el show, creíste tocar el cielo con las lolas. Salías atrás y a la izquierda, tapada por la de adelante, una yegua que le hacía ojitos al conductor… ¡yegua envidiosa!; pero tuviste la perseverancia de una estrella y poco a poco fuiste abriendo nuevos frentes. Un bolo por aquí, otro por allá… te prendías en todo lo que te ofrecían, y en lo que no, también. Tu cara empezaba a sonar. Unos te veían un aire a Susana Romero, otros a cierta vedetonga que trabajó con la Casán y después desapareció… y otros simplemente a nadie. Por lo que fuera, lograbas imponerte haciendo lo que hubiera que hacer, aunque no quisieras ni hacerlo. La cuestión era trasponer la línea del coro, el infranqueable muro de la comparsa. Llegar al mic, llegar sea como sea.

 Al notar tu empeño te propusieron trabajar como secretaria en el show, y dijiste que sí. Pero eso también era poco y el cielo te empezó a quedar chico, vos no habías nacido para pasarte la vida llevando botellitas de agua mineral a los invitados… ¡a ver! Entonces el dedo de Dios se elevó para señalarte entre el montón, y fue el dedo del rufián que se lleva casi todas las tapas y es tema de conversación en la sobremesa del domingo. Uno de los tipos más abominables del circo, claramente una máscara, aunque brillante a la hora de fichar, que te persiguió detrás de camara para invitarte a la fiesta que daba en su quinta de San Isidro. Había visto a la celebrity dentro de la secretaria y te encaró en un pasillo: producite bien que te mando un auto después de las doce. Exactamente igual que en el cuento. Cenicienta en el bosque de Caperucita. No te importó que fuera un depravado -el lobo-, esa gente es too much, está beyond it all. Manejaste la situación con la conveniente dejadez de una femme-fatale, pero cuando te dio la espalda casi que te meás. Y vos tan ilusionada, pensando que él estaría esperándote sentado en una reposera de lujo… ¡qué idiota!, te pusiste tu mejor lencería y te hiciste toda la película, pero al llegar a la quinta el tipo ni apareció. El asunto quedaba reducido a la típica fiestorra atestada de idiotas hablando de sus perros, con los cuatro babosos y los tres maricones de siempre saltando a la pileta. Un chalezaso lleno de habitaciones, lujoso, revuelto, abrumador. Te agarraron infraganti en la sala del segundo piso, fantaseando delante de una corona de plumas monumental. Casualmente, el que te tocó era dueño de un teatro, un viejo rejuvenecido por el bótox. Esas plumas las había usado Ámbar La Fox en el Maipo en el 73: Ponetelá. Pesaba como un yunque, pero cuando él te la puso, resististe. Te enderezaste. Caminaste con ella dentro del paraíso. Pisá fuerte y salí a matar, mi amor… ¡COMETE EL MUNDO!

 Entremedias te vincularon con el rufián y otros tres más. Era hora de aprender a desmentir, todo un arte. La prensa carroñera es así. Aunque fueras carne fresca, querían ver si eras capaz de sobrevivir. Pensá, mamita, pensá. La fauna especializada salió a ofrecerte consejo en la atmósfera vaporosa de algún camarín: si querías ser una vedette, inútil contraer el rol de conejita play-boy. Mejor asumir el supuesto escándalo y después que saliera otro a desmentirlo; acá todo vale, es un juego, nadie va a enojarse de verdad. En el circo todos mienten para que en casa se entretengan sabiendo que les mienten, así que vos: fumá. Pero no lo manejaste bien y el rufían se enojó. Le entró la vena misógina de su parte homo que ha nacido sin tetas, y a la postre, la del macho irremediablemente argentino, calificándote como una tilinga de cuarta y rata de albañal (expresión que había aprendido de su madre asturiana), mersa sin clase, sin talento y, por supuesto, trepadora. Lo de siempre. Se inventó que te habías colado en su casa el día de la fiesta para robarle la corona de Ámbar La Fox, lo cual fue desmentido categóricamente por el dueño del teatro. Sin comerla ni beberla, saltó a escena un zángano inseminador de tres famosas vedetongas -que llevaba años en la vidriera sólo por su función inseminatoria-, diciendo que él estaba en la fiesta y te había visto subiendo al coche ¿de tu novio? con la corona. Como el zángano era un chanta que atraía tanto a la audiencia femenina (por buen mozo) como a la masculina (por las minas que tuvo), la prensa le creyó a él. O mejor dicho, hizo como que le creía por órdenes recibidas desde un hotel de lujo en Maldivas.

 La causa de la corona mitológica dio la vuelta al mundo, según algún exagerado de los que nunca faltan, y medio país se mataba de la risa, no teniendo así que llorar por causas verdaderamente trágicas. Durante meses se hicieron chistes sobre la corona descomunal que se robó la morocha, y en las carnicerías de Lugano se hablaba de la hija de don Luis. Los más viejos evocaron la belleza incomparable de Ámbar La Fox asisitidos por sus gordas esposas, que recordaron haber sido igualitas a ella cuando tenían veinticinco años. Al otro lado del mundo corriente se disparó tu nombre a los cuatro vientos: Magalí Farnos, la chica de la corona. Entonces te armaste de un manager. Edgardo te habló de índices, raitings, contratos futuros... Plata. Prensa, fotos, tapas de revista. Es decir: plata. Estaba recontra entusiasmado con vos. Sugirió que tomaras clases de comedia musical. Clases de actuación, canto, baile… Rápido, rápido. En un santiamén, de Magalí pasaste a ser Maga, aunque los hombres importantes que se ponían en contacto con él para consultar tu tarifa preguntaban por la Maga, Magalita o Maguita. Al principio rehusaste, pero viendo que eran gente interesante, limpia, rica, al final terminaste agarrando. Necesitabas plata para costearte las clases, la ropa y el depto que alquilaste en Palermo. La suerte quiso que te echara el ojo una vieja gloria de la revista, todavía en el ruedo, y enemiga acérrima del rufián. De ella llegarías a decir: me enseñó todo lo que sé.

 Un bolazo, porque ya lo sabías desde antes de nacer.

 Te jugaron, y ganó la gloria. Ella te adoptó y te vistió. Te enseñó a hablar y a mentir mejor de lo que siempre habías mentido; a encarar el mundo como una reina, una perra o una laburanta del show. Instrucciones de lo más jugosas que te bebiste con ahínco. Tenías que dejar a entrever, también, tu parte de pendeja vulnerable -soy muy familiera, en mi casa somos re-unidos-, ese toquecito pacato que hace las delicias de grandes y chicos. Moverlo todo en beneficio de una carrera meteórica donde la única emoción permitida fuera la alegría banal de los cuerpos. Sobrevivir a un tipo de exposición que llega a ser tan divertida como aborrecible, dejando que el sentimiento de humillación sea ignorado, y por puro instinto de conservación, más bien extirpado. Porque la que se siente humillada, no sobrevive: la chica del año se ríe de su propio escarnio. Superada la prueba, ibas adquiriendo experiencia en el arte de provocar escándalos de cosecha propia, y siempre que fuera necesario, te colabas en los ajenos, formulando opiniones cuyo único fundamento era conseguir otros cinco minutos de cámara. Hasta que un día conseguiste tu primer cartel.

 Mardel te cayó encima como un tsunami de proporciones tailandesas. Era tu primera temporada, la victoria absoluta sobre el anonimato. En el cortejo de las ocho infartantes, cuatro a la derecha y cuatro a la izquierda, vos salías cuarta a la derecha de la vieja gloria. Ya se vio desde el principio que el público iba a quererte, porque al entrar te aplaudían a rabiar. Lo cual encendió tu fuego. Durante las cenas que tu mentora daba en su chalet, solía hablar de las chicas que habían quedado fuera de juego. Las recordaba por el color del pelo o por las lolas, jamás por su nombre. La rubia, la tana, la negra… la que se enamoró y dejó para siempre el ambiente. Ninguna merecía el beneficio de un recuerdo que no fuera impersonal. Para mantenerse había que trabajar mucho y no hacer preguntas incómodas. Saber ser comedida o zarpada según correspondiera. Estar siempre atenta, como vos, que siendo tan buena alumna te diste a fondo y a veces no tenías tiempo ni para comer. Salías del hotel con un tomatito o un yogurcito, y si antes te despertabas en estado de alerta, ahora no sólo dormías tres o cuatro horas, sino que a veces era tal tu cansancio que no lograbas dormir. Sin embargo fue una temporada magnífica que te dejó al límite de una felicidad que nunca habías conocido. Y en cierta forma, turbadora: era como si te ahogaras lentamente dentro de un ascensor, mientras el resto de tu cuerpo saltaba de euforia. Así que seguiste. Después de la cena, terminabas la noche cantando con el elenco o haciendo un streap para ellos en la sala vip del restorán. Borrachita. Colgadita. El famoso subidón. Te encantaba hacerte perseguir por algún incalificable movilero de la prensa caza-chismes, y cuando lograba darte alcance te le enganchabas declarándole tu adoración: qué rica, Magalí; saludando efusivamente a los que estaban en el estudio, sea para hincarte el diente, sea para arriesgar a tu favor: grossa, Magalí Farnos, ojo que promete…

 El día en que te dio el dolor de pecho te estabas viendo en la plana del concesionario mientras tu manager te explicaba las características del coche. Chiquito, importado y rojo, un chiche. Después caíste en un agujero negrísimo en el que no viste más nada. Muy a lo lejos creías oir los gritos de Edgardo pidiendo una ambulancia, una ambulancia… ¿o era tu papá pidiendo auxilio por teléfono cuando se le fue la mano con mamá? No estabas segura. El dolor en el pecho seguía creciendo, pesaba como una losa que te impedía respirar. Movieron tu cuerpo y el silencio fue absoluto, la zambullida en un sueño liviano y profundo del que despertabas de a ratos, con la losa invisible aplastándote las costillas. Respirá, Maga, respirá. Lágrimas, rimmel, vapor de agua… todo se mezcló bajo la máscara de oxígeno con un regusto repugnante a cosmético y saliva fermentada. No puede ser, esta noche tengo función. Ya llegamos, Maga… ¡aguantá, Maga! No puedo… no puedo faltar, tengo función. Esa noche la tuviste que pasar en un hospital rodeada de tubos y agujas y un monitor que te medía la frecuencia cardíaca. Más anestesiada que dolorida y más asustada que anestesiada, preguntaste y te sonrieron. Luego volviste a preguntar, pero estabas tan cansada que volviste a caer en el sueño negrísimo de las primeras horas. Amaneciste en una habitación enchufada al monitor, viendo la silueta grandulona de tu manager que caminaba de punta a punta, hablando por el Blackberry: Parece que es congénito, no creo que pueda trabajar, por ahora.

 Fue como si te hubieran arrebatado la vida de un manotazo. La losa no te hubiera dolido más. ¿Cómo que congénito? Imposible… ¡si eras un toro! ¿Cómo te ibas a enfermar justo ahora? ¡Hay que ser muy tarada para enfermarse en plena temporada! ¡Hay que tener una suerte de mierda para enfermarse en pleno cartel! No podías darte ese lujo, tenías una agenda llena, dos tapas, un comercial, los ensayos… ¡las clases!, ah… y la cita con el cirujano para hacerte la cola. Plata pagada de antemano y varios proyectos en Capital. Antes que quedarte tirada en esa cama al lado de una ventana y enganchada a unos cables, hubieras preferido romperte. Romperme, prefiero romperme en pedazos antes que largar... ¡prefiero romperme! ¿Por qué tenía que pasarte justo a vos, con toda la belleza, toda la juventud, toda la gracia y la procacidad, el amor y el desdén, el entusiasmo y el cansancio, la voracidad y la inapetencia y todo lo que se necesita para comerse el mundo? ¡El mundo! O sea, la Argentina. Vos, divina y brillante. Dios no hace esas cosas, el diablo sí: traéme una virgencita de Luján para que le rece. Tenías que estar lista el viernes por la noche para la despedida de la revista, sino te iba a reemplazar la atorranta ésa de Celeste y la prensa, ya sabemos. Después ibas a tomarte quince días en la quinta de un amigo, dejar de fumar, de chupar… ibas a dejar la merca, todo. Se lo prometiste a Edgardo.

 Maga… ahora estás fuera de peligro, pero lo tuyo es delicado y te vas a tener que cuidar.

 Él te habló dulcemente, cosa rara. Inútil fue que te dijera que estabas demasiado cansada como para seguir trabajando, vos ni siquiera lo escuchaste, seguías empecinada en levantarte para ir a la función, llamáme a Gloria, decías, pánico de que te sacaran el papel… ¡y todo por culpa de una lipotimia!, archivando inmediatamente la idea de algo grave en un anaquel de tu memoria que no volviera a abrirse. Él se quedó ahí parado con cara de mayordomo, adorándote y aborreciéndote al mismo tiempo, que era lo que hacían todos, igual que tu papá. Todos, excepto vos, que te adoraste desde que te miraste por primera vez al espejo y te sonreíste y dejó de importarte para siempre lo demás. Nada que no fuera aplastar como una losa todo lo que se te pusiera por delante y te impidiera llegar justo donde estabas, aunque eso que lo impedía fueras vos misma. Llegar hasta el fondo de esa vida, la tuya. A esa vida que no se te ocurriría dejar ni aunque te mate.

 Roxana Basso Alvari



3/12/18

Un cuento alienígena 👽

  Mientras volvían de la Tierra, un alien le contaba a otro:
- Vos sabés que los terrícolas tienen una cosa que se llama religión, en la cual el Creador es un chabón que les habla a través de un libro, pilotea una nave muy parecida a las nuestras, le gusta la carne de animal, manda matar legiones enteras de pueblos y les da la orden de diezmar. ¿Sabés lo que es diezmar?
 - Sí, matar gente, algo que hacíamos en la era arcaica - le contesta el otro alien, con cierto prurito.
- No, no... -aclara el primero -. Diezmar es otra cosa. Es entregar el 10% de tus ganancias a los humanos necesitados, en caso de que seas un humano pudiente. La realidad es que en vez de entregar el 10%, los tipos diezman simbólicamente, regalando lo que les sobra a los pobres, que en realidad nunca a llega a representar el 10% de lo que ganan, sino el... 0,0000001% de sus ganancias. O así.
  El alien que conducía estaba perplejo.
- ¿Y de qué les sirve eso? ¿Para qué lo hacen? ¿No les convendría vivir en comunidad como hacemos nosotros?
  El otro negó categóricamente:
- ¡No! ¡Si vivieran en comunidad no podrían demostrarle a su Dios lo buenos que son! El precio de la entrada al Paraíso de ellos es la cantidad de ofrendas que hagan mientras estén encarnados.
  El otro seguía sin entender:
- ¿El Paraíso? ¿Qué es el Paraíso?
- Lo contrario al Infierno, a donde van los que no diezman ni dan ofrendas. Algunos creen que se quemarán  en un pozo de fuego con monstruos pinchándoles el culo para siempre.
  Los dos aliens se echaron a reír largamente. Se estuvieron riendo así hasta que alcanzaron a atisbar las primeras luces de su planeta, en otra dimensión, al otro lado de un agujero negro, en un universo paralelo.
- ¿Y no se sentirán muy solos los humanos, viviendo así? - le preguntó a su acompañante el alien que conducía, mientras estacionaban la nave en el Centro de Operaciones Alienígenas de Exploración Espacial.
- Sí - repuso el otro -. Pero no les importa.

16/11/18

Malatesta

Los individualistas suponen o hablan como si supusieran que los comunistas (anárquicos) desean imponer el comunismo, lo que naturalmente los excluiría en absoluto del anarquismo. Los comunistas suponen o hablan como si supusieran que los individualistas (anárquicos) rechazan toda idea de asociación, desean la lucha entre los hombres, el dominio del más fuerte – ha habido quien en nombre del individualismo sostuvo estas ideas y otras peores aún, pero a tales individualistas no se les puede llamar anarquistas –, y esto los excluiría no sólo del anarquismo sino también de la humanidad.

Érico Malatesta. Pensiero e Volontà, 19/7 de 1924

Frances

Frances, el zarpado biopic de 1982 basado en la vida de la acriz Frances Farmer, fue dirigido por Graeme Clifford e intepretado por Jessica Lange, Kim Stanley y Sam Shepard como actores principales. Podés verla gratis online acá.

15/11/18

Valor del dolor

Intentamos cambiar la realidad sólo cuando hay incomodidad. Por eso es tan importante habitar el dolor, para no perder la sensibilidad. Quizá ésa sea la única y verdadera función del dolor.


Foto: Gina Pain

13/11/18

RESISTENCIA

A mayor opresión, mayor resistencia.
Los argentinos somos conocidos en el mundo por nuestro ingenio [para hacer... lo que sea] Hemos aprendido a nadar entre los ramajes de la opresión. En la corriente pantanosa de un río que al enredarse en los tobillos, fortalece las ganas de patalear. Esas ganas de patalear que se resisten a opresiones inimaginables para algunas sociedades más opulentas. A esto alguién le llamó capacidad de instrumentalización. Con dos piedras y una rama te armás un puente. Con dos mangos filmás una película, con jugo de ladrillo se armás una pintura de 2 metros cuadrados.
Esto es resistencia.
Resiliencia.
Jode. Duele. Pero se continúa. La opresión engendra semillas inesperadas que la erosionan. Quizá por eso aún estemos vivos.

10/11/18

El viejo Dave



"Culpa. La culpa es cáncer. Te limitará, te torturará, te destruirá como músico. Es un muro. Es un hoyo negro. Es un ladrón. Te privará de ser tú. ¿Recuerdas cuando aprendiste tu primera canción o riff, o tu primera letra? ¿Recuerdas la simpleza de únicamente tocar música? Todavía eres, y siempre serás esa persona en tu núcleo. El músico. Y el músico está primero.
Malditos gustos culpables. ¿Qué tal simplemente el placer? Puedo decir sinceramente, en voz alta, que Gangnam Style es una de mis canciones favoritas en la década pasada. ¡Lo es! ¿Es mejor o peor que el último álbum de Atoms for Peace? Mmmm, si tan sólo tuviéramos un panel de celebridades para determinar eso por nosotros. ¿Qué haría J-Lo? ¡Pitchfork ven! ‪ ¡Pitchfork ven! ¡Pitchfork, te necesitamos para determinar el valor de una canción! ¿A quién carajo le interesa? ¡A mí me encanta! ¿Quién es adecuado para decir lo que es una buena voz y lo que no es una buena voz? ¿The Voice? Imagínense a Bob Dylan ahí parado cantando Blowing in the Wind frente a Christina Aguilera: Mmm… yo creo que suenas un poco nasal. ¡El que sigue!…
‪Es tu voz. Ámala. Respétala. Nútrela. Rétala. Estírala y grita hasta que no haya más. Porque todos están benditos con eso al menos, y quién sabe cuánto durará".

Dave Grohl

5/11/18

El acto creativo


"Consideremos dos factores importantes, los dos polos de toda creación de orden artístico: el artista por un lado, y por el otro el espectador que, con el tiempo, se convertirá en la posteridad.

Según todas las apariencias, el artista actúa como un ente mediumístico, que, del laberinto más allá del tiempo y del espacio, busca su camino de salida a la claridad.

Si damos los atributos de un médium al artista, debemos, entonces, negarle la facultad de ser plenamente consciente, en el plano estético, de qué es lo que está haciendo o por qué lo hace. Todas sus decisiones en la ejecución artística de la obra se basan en el dominio de la pura intuición, y no pueden ser traducidas en un auto-análisis, habladas o escritas, o incluso, pensadas.

T. S. Eliot, en su ensayo sobre Tradición y talento individual, escribe: «Mientras más perfecto el artista, más completamente separados en él estarán el hombre que sufre y la mente que crea; más perfectamente digerirá y traducirá las pasiones que son sus materiales».

Millones de artistas crean; sólo unos pocos miles son discutidos o aceptados por el espectador, y todavía muchos menos son consagrados en la posteridad.

En el último análisis, el artista puede gritar de todos los tejados que él es un genio; tendrá que esperar el veredicto del espectador para que sus declaraciones tomen un valor social y para que, finalmente, la posteridad le incluya entre los principales de la Historia del Arte.
Sé que este enunciado no contará con la aprobación de muchos artistas que rehúsan este rol mediumístico y que insisten en la validez de su plena conciencia en el acto creativo —sin embargo la historia del arte consistentemente ha decidido sobre las virtudes de una obra de arte a través de consideraciones completamente divorciadas de las racionalizadas explicaciones del artista.

Si el artista, como ser humano, pleno de las mejores intenciones hacia sí mismo y hacia el mundo completo, no juega ningún rol en la apreciación de su propia obra, ¿cómo puede uno describir el fenómeno que impulsa al espectador a reaccionar críticamente sobre la obra de arte? En otras palabras, ¿cómo se produce esta reacción?
Este fenómeno es comparable a una transferencia, del artista al espectador, en la forma de una ósmosis estética que tiene lugar por medio de la materia inerte: pigmento, piano o mármol.

Pero, antes de ir más lejos, quisiera clarificar nuestro entendimiento de la palabra «arte» —para estar seguros, sin intentar una definición.

Lo que tengo en mente es que el arte puede ser malo, bueno o indiferente, pero, cualquiera sea el adjetivo que se use, debemos llamarlo arte, y el mal arte es aún arte, del mismo modo que una mala emoción sigue siendo una emoción.

Por ello, cuando me refiera a «coeficiente de arte», deberá entenderse que me refiero no sólo al gran arte, sino que estoy tratando de describir el mecanismo subjetivo que produce arte en un estado bruto —à l’état brut— malo, bueno o indiferente.

En el acto creativo, el artista va de la intención a la realización, a través de una cadena de reacciones totalmente subjetivas. Su lucha hacia la realización es una serie de esfuerzos, penurias, satisfacciones, renuncias, decisiones, que tampoco son, y no deben serlo, completamente auto-conscientes, por lo menos, en el plano estético.

El resultado de esta lucha es una diferencia entre la intención y su realización, una diferencia de la que el artista no se da cuenta.

Consecuentemente, en la cadena de reacciones que acompañan el acto creativo, un eslabón está faltante. Esta separación que representa la inhabilidad del artista para expresar totalmente su intención; esta diferencia entre lo que se ha intentado realizar y lo efectivamente realizado, es el «coeficiente de arte» personal contenido en la obra.
En otras palabras, el «coeficiente de arte» personal es como una relación aritmética entre lo inexpresado pero intentado, y lo expresado no intencionalmente.

Para evitar un malentendido, debemos recordar que este «coeficiente de arte» es una expresión personal de arte «à l’état brut», que sigue estando en estado bruto, y que debe ser «refinado», como el azúcar pura de la melaza, por el espectador; el valor de este coeficiente no altera su veredicto. El acto creativo toma otro aspecto cuando el espectador experimenta el fenómeno de transmutación; por el cambio de materia inerte a obra de arte, es una transubstanciación la que ha tomado lugar, y el rol del espectador será determinar el peso de la obra en la escala estética.

En suma, el acto creativo no es desempañado por el artista solamente; el espectador lleva la obra al contacto con el mundo exterior por medio del desciframiento y la interpretación de sus cualidades internas y así agrega su contribución al acto creativo. Esto se hace aún más obvio cuando la posteridad da su veredicto final y algunas veces rehabilita a artistas olvidados."

Sesión dedicada al acto creativo, convención de la American Federation of Arts, Houston, Tejas, abril de 1957.
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Marcel Duchamp

25/8/18

LA LOCA


  El concepto de LOCURA es uno de los más bastardeados de la historia. Cuando se le atribuye a la mujer, peor todavía. ¿Por qué? Es simple: porque somos el principal sujeto de opresión del sistema patriarcal. Somos las reproductoras, las incubadoras de la humanidad. Por lo tanto, no se nos permiten disidencias.

Estas disidencias, que nos hacen habitar el mundo de una manera diferente, y por ende percibirlo de un modo distinto, definen lo que algunxs empezamos a llamar DIVERSIDAD PSÍQUICA. Ya lo habrán escuchado muchas veces: cuando hablamos de enfermedad/ trastorno: ¿qué es lo que tomamos como referencia para definirlo? ¿La normalidad? ¿Y qué sería la normalidad? ¿Cómo se define? ¿Qué marco de referencia se utiliza para hacerlo? Y sobre todo: ¿QUIÉNES la definen?

No soy una especialista en salud mental, sólo soy una LOCA más que hace, deshace y se hace muchas preguntas. Una LOCA que demasiado a menudo se ríe de su propia locura. Y que otras, tantas, la padece y la llora. Entonces, cuando la lloro y la padezco, he llegado a preguntarme: ¿qué es lo que me hace llorar mi locura, en vez de bendecirla o simplemente aceptarla sin que ello me suponga la sensación de que ser distinta es algo MALO? ¿Por qué la singularidad de la daltónica es aceptada con cierta empatía, por qué la de la disléxica, y por qué no la de la LOCA? Al fin y al cabo, tanto el daltonismo como la dislexia son también alteraciones de la percepción. Sin embargo, no tienen causa psíquica. Por lo tanto, nadie teme que una daltónica vaya a saltarte al cuello con un cuchillo como lo haría la LOCA de Atracción Fatal

Esto demuestra que el cine, la televisión y la prensa han colaborado activamente en la creación de una imagen completamente distorsionada de nuestras disidencias.
La palabra LOCURA siempre estuvo asociada con todo lo malo, lo oculto, lo oscuro, lo prohibido, lo incontrolable y lo incomprensible. Desde la mente controlamos el cuerpo, y como se supone que la LOCA es alguien que no mantiene el control -las formas-, puede que sus reacciones se vuelvan impredecibles. Se produce una ruptura que como sociedad nos enfrenta a nuestros miedos más ancestrales: el de perder el control del cuerpo y morir. El de no ser amadas. El de ser excluidas de la comunidad. Todo eso la LOCA nos lo refleja como un espejo impecablemente limpio. Mejor callarla. Mejor tranquilizarla. Mejor medicalizarla.

La medicalización merece un apartado especial debido a los efectos colaterales que produce sobre la libido. Siendo la mujer incubadora de los futuros humanos que ingresarán a la rueda de producción, parece conveniente que las LOCAS no se reproduzcan. No debe ser casual que la medicación psiquiátrica inhiba el deseo sexual -tanto en hombres como en mujeres- y que no obstante las quejas de los hombres al respecto sean mejor recibidas, y se busquen mejores alternativas para ellos. Algo que no ocurre tanto en el caso de las mujeres. Si te quejás, te dirán que tenés que elegir entre tu "salud mental" y el placer. Todo tiene su precio. ¡Como si el placer sexual no formara parte de la salud mental de cualquiera!

Con respecto al feminismo, llevo unos meses hablando sobre la manera en que éste enfoca el tema de la salud mental. La verdad, encuentro muy poco material. Sin embargo, lo peor no es esto, sino la escasa empatía que he notado entre algunas feministas. Al feminismo, la palabra LOCURA le da casi tanto miedo como el patriarcado, y un poquito menos del miedo que el propio patriarcado nos tiene a las LOCAS. Es sorprendente. O quizá no lo sea, si tomamos en cuenta la mala fama que tienen los trastornos mentales, y el tono peyorativo con que el sistema machista nos tilda de LOCAS por cualquier cosa, desde que empezamos a combatir.

Por lo tanto, la delicada frontera entre la LOCURA según el patriarcado y la DIVERSIDAD PSÍQUICA real debería revisarse. Y por favor: que se haga urgentemente. Porque lo necesitamos. Hay mujeres pasándoselo muy mal, invisibilizadas por sus propias compañeras de lucha. Hay mujeres viviendo en la calle por razones psíquicas. Hay mujeres padeciendo realidades de las que se avergüenzan por miedo a ser tildadas de eso, de LOCAS. Y ser LOCA en el sistema patriarcal opresivo, además de invisible, es equivalente a ser marginal, out-sider, bocazas, chapita, disidente, singular, hipersensible, en definitiva: alguien muy poco digna de confianza. Alguien que es mejor discapacitar para que no trabaje, y por ende no cuestione de forma inadecuada el sistema esclavista impuesto por el capitalismo. Alguien que mejor medicamos para que se tranquilice y en lo posible no se reproduzca. Alguien que por no responder a lo normativo, podamos mantener en el tercer o cuarto cinturón del conurbano vital, bajo el padrinazgo de los talleres protegidos y los centros especiales para locxs.

Hace mucho tiempo, a lo que hoy llamamos LOCURA se le buscó una causa sobrenatural. Decir LOCA era sinónimo de estar endemoniada. Y aunque tuvieron que transcurrir los siglos para que el dolor psíquico estuviera separado de la religión, todavía proliferan las sectas donde se le atribuye una causa mágica (vayan a cualquier iglesia evangelista y ya me contarán).

Todas sabemos lo que hacía la Inquisición con las brujas. Ser bruja y ser LOCA era más o menos lo mismo. Básicamente, las brujas desafiaron la autoridad del clero al ocuparse de proporcionar medicina y cuidados al pueblo llano. Eran las curanderas. Las parteras. Pero también eran las aborteras. Mujeres de pueblo que sabían mucho de plantas medicinales, y que por muy poco dinero curaban los males que la gente pobre no podía pagarle a un médico. Quizá las brujas hayan sido las primeras feministas de la historia, porque se atrevieron a saltar por encima del sistema de castas medieval y el poder hegemónico de la iglesia católica. Las brujas fueron la resistencia de la hegemonía médica del medioevo.

En la Europa mediterránea se sabe que las famosas escobas de bruja eran una suerte de consolador que las mujeres de pueblo usaban para proporcionarse placer, untándolas con un ungüento especial a base de estramonio (una planta que no existe en América; existen otras). Dicha sustancia afrodisíaca las hacía orgasmar. El vuelo de la bruja es pues, nada más y nada menos, que la expresión simbólica del goce femenino devenido en algo prohibido.

Pasados los siglos llegaron los alienistas. Alienista proviene de alienare, que significa perder la razón. Tener la razón, en esos tiempos y también en los nuestros, es vivir conforme al sentido común. Gracias al "sentido común", una llega a adquirir la capacidad de adaptarse al sistema, adhiriendo sin conciencia crítica a la automatización normativa que nos imponen. A títulos, rótulos, jerarquías, especialismos y escalafones. A veces pasa que sí se posee conciencia crítica, pero resulta mucho más cómodo y oportuno adherir al sistema hegemónico por una cuestión de ambición personal. Es decir, por una cuestión de poder. O sea: si no puedes contra el enemigo, únete a él. Y después veremos cómo lo combatimos desde adentro. Una ingenuidad que puede ser confundida incluso con idealismo. Pero así funciona el mundo. Y así les va a las LOCAS. El resultado de ese idealismo es que muy pocas veces hay presupuesto para integrarlas creativamente.
Luego llegaron los psiquiatras.

Hay una reticencia importante dentro de la institución psiquiátrica a escuchar la opinión de las LOCAS. A considerar cualquier postura crítica que no sea funcional a las normativas impuestas para el tratamiento. Una psicóloga me decía hace un tiempo, que si bien todos lxs pacientes son distintxs, a todos se lxs medica de la misma manera según el diagnóstico establecido por la biblia de la psiquiatría, que son el DSM IV y el CIE 10. Sólo hay 3 ó 4 medicamentos básicos para los trastornos mentales de millones de personas con singularidades específicas. Ni hablemos de los que ya NO se consiguen en la salud pública, porque si las discapacidades físicas -que están visibilizadas- son un tema secundario, imaginen las discapacidades que NO se pueden ver, como las psíquicas. Recordemos que el discapacitado no produce. Mantenerlos supone un gasto público considerable que el estado capitalista está cada vez menos dispuesto a asumir.
Sin embargo, el manicomio sigue existiendo en Argentina como depósito de cuerpos singulares, algunos inclasificables o simplemente en estado de vulnerabilidad socio económica. Es la versión moderna del antiguo cotolengo. 

Muchas LOCAS se quejan de estar abandonadas no sólo por la institución psiquiátrica como ente burocrático, sino también por sus propios médicos. No se les permite acceder a un trabajo en blanco que las dignifique. No se las toma en cuenta seriamente a la hora de proponer alternativas a los talleres que les ofrecen. No llegan a comprenderse sus propuestas, y se pretende que adhieran a dispositivos que no son adecuados para su capacidad. Lo cual no viene a ser muy terapéutico que digamos. Sin embargo, a veces la situación económica es tan desesperante que la LOCA llega a adherir a un taller protegido que está muy por debajo de sus expectativas sólo por necesidad. Esto, siempre y cuando su terapeuta, a último momento, decida por ella que mejor no.

Qué paradoja, ¿verdad? Y es que el mundo de las LOCAS es así de paradojal. Es así de doliente y silencioso.

Señoras profesionales de la salud mental, no es nada contra ustedes: pero cuando una LOCA les proponga un proyecto, escúchenla. Ante su silencio y su hacerse las tontas, en el mejor de los casos, la LOCA iniciará una práctica de resistencia que podría dejarlas sin trabajo. En el peor, la LOCA podría llegar a sustraerse del mundo. En ambos casos, ustedes habrán fracasado.

Quien tenga oídos, que oiga.

A las feministas: hay muchas maneras de morir, además de las políticamente correctas del pañuelo verde, el aborto y los femicidios. También existe el suicidio, y la lenta muerte que significa ser segregada por diversidad psíquica. Lamento ser tan dura, pero a veces no hay otra manera de decirlo. No ignoramos, desde aquí, que hay muchas compañeras trabajando en la integración de las LOCAS. Lo único que necesitamos es que se hagan ver, y que cuando hablamos de LOCURA, tengan la suficiente sagacidad como para darse cuenta de que no estamos hablando del doctor Freud ni de los métodos arcaicos para tratar la histeria, sino del sufrimiento psíquico verdadero cuyo origen es patriarcal. Estamos hablando de que hay miles de compañeras LOCAS viviendo al borde de la indigencia, y en los márgenes. Estamos hablando de las compañeras que ya no ovulan y que encima, son discapacitadas legales por causa psíquica. Estamos hablando de los cuerpos que ya no son incubables. De los cuerpos que perciben la realidad de otra manera. De los cuerpos y los psiquismos que de vez en cuando se rompen y necesitan la fuerza de la marea para levantarse. De eso estamos hablando.

Por último, a vos que me estás leyendo, que tenés una depre, un trastorno de ansiedad o ataques de pánico. Es necesario aclarar bien el uso político del concepto LOCA dentro de este post. Acá se usa con el sarcasmo que se merece, y ni más ni menos que para erosionar y combatir la violencia simbólica que el patriarcado le ha otorgado a la palabra. Ya que estamos tan LOCAS, por lo menos usemos nuestra locura para resistir.

23/8/18

La queja


La foto de arriba es de Tracey Emin (1963), segunda artista inglesa más famosa después de Damien Hirst, y representante de la Young British Artists. En 1999 ganó el premio Turner por su instalación My bed, que se expuso en la Tate de Londres. Tracey se apunta al llamado Arte confesional, ya que toda su obra es autorreferencial, y ella misma reconoce tener una adicción a su propio ego. La obra My bed consiste en la exposición en crudo de su propia cama deshecha, con las sábanas sucias y manchadas de humores de todo tipo, mientras en el suelo y sobre una alfombra azul se ven todo tipo de objetos y detritos, que incluyen paquetes de cigarros, colillas, botellas, juguetes, bombachas sucias, cajas de medicamentos, e incluso preservativos y tampones usados.

El mercado del arte, que sabe bien cómo jugar sus cartas, halló una buena oportunidad de negocio para esta ya harto conocida combinación de morbo y excentricidad, y compró la obra por 100.000 libras (aunque fue pasando de comprador en comprador y hoy día cuesta más de 2 millones de euros). Emin, que se confiesa alcohólica y una transgresora por naturaleza, se hace funcional al sistema que la acoge proclamando una libertad en la que me cuesta mucho creer.

La imagen congelada de una cama llena de detritos puesta en medio de una galería blanca, impoluta, me hace pensar en Tracey Emin como en una piquetera de su propio dolor. Un dolor encapsulado que nunca llega a ser reconocido del todo por ella misma -porque siempre estarán el alcohol y la droga para mantenerlo a raya-; y sobornado por la ilusión de residir en el pináculo del éxito.

El caso de Emin es uno de los tantos que siempre me han fascinado: el de la sordidez expuesta como "obra de arte", y que en vez de ser calmada y atendida, es aplaudida. Gente que muestra lo peor de sí misma, lo más triste de su intimidad y sus miserias, y el mercado del arte lo recoge como un ejemplo de avant garde. La misma obra, en la habitación de su casa, no sería más que la cama de una mujer con un problema. O varios. En la Tate de Londres es una obra de arte.

No quisiera sonar reaccionaria por esto, sólo pretendía extrapolarlo con otra situación. Y tiene que ver con la foto de abajo. Se trata de un montón de basura quemada, o quemándose junto a un contenedor, en las inmediaciones de la Municipalidad de General Pueyrredón, el 18 de diciembre e 2017 durante la manifestación contra la represión en Congreso. Créanme que nunca me había puesto a pensar en esto hasta que recordé a Tracy Emin y su basura particular en la Tate.


Si en el caso de Emin la cama deshecha y llena de basura podría ser la expresión simbólica de una desorganización desde la cual exterioriza su subjetividad, la basura volcada del contenedor también estaría funcionando como expresión simbólica -sin ninguna intención artística esta vez- pero no de una subjetividad, sino de toda una comunidad. El resultado de dicha expresión, llamada piquete, es de un vigor arrollador, y tiene una potencia comunicativa aplastante. Quienes no se implican en el dolor que la promueve no llegan a comprenderla. Así como Tracey Emin parece decir: "Estoy jodida y quiero que todo el mundo lo vea"; el piquete de la foto parece estar denunciando que lo que hay dentro del envase (un contenedor de la Municipalidad) es basura, y por lo tanto hay que quemarlo. O dicho de una manera más explícita: si la institución está llena de basura, no es que haya que quemar (simbólicamente) la institución, sino a quienes la representan. El piquete no será una instalación -ni tampoco lo pretende-, sin embargo, posee un mensaje político obvio que perdería todo sentido colocado, por ejemplo, en una sala del Museo MAR. Así que está donde tiene que estar, y es donde adquiere sentido: en el espacio público, para expresión de una queja colectiva.

El piquete callejero, la mancha olorosa de caucho quemado y basura en descomposición, no es funcional al sistema y se ha vuelto un distintivo de protesta anticapitalista. Tiene mucho sentido en sí mismo, porque representa las necesidades de una comunidad que sufre.

Y ahora se me ocurre una idea todavía más bizarra, si se me permite: estoy segura de que si algún artista, avalado/a por algún crítico extranjero, o acaso por funcionarios de cultura oficialistas, tuviera la ocurrencia de quemar un montón de basura en una sala del Museo Nacional de Bellas Artes, la muestra se presentaría sin dificultad (dentro de una cápsula de vidrio, por supuesto, no vaya a ser que moleste el olor) y sin gendarmes. Tendrían que fundamentarla, desde luego. Pero si Tracey pudo, ¿por qué no iba a poder nuestro hipotético artista? ¿Qué daño podría hacer un montón de basura dentro de una sala que luego limpiarán unos paraguayos tercerizados? En última instancia, la diferencia entre el piquete callejero y el piquete teatralizado dentro de un museo, es la misma diferencia que existe entre una mariposa volando libremente, y una mariposa muerta pinchada con alfileres a un tergopol de lujo. Más o menos como Tracey Emin.