Chico ama a chico que se masturba en posición yogui. Sexóloga lo hace con su marido sobre un piano pero nunca ha tenido un orgasmo. Dominatrix domina-hombres porque no quiere hacerlo. Travesti cantante de music-hall está de vuelta de todos los paraísos e infiernos posibles. Reunión de chicas extrañas en una sala del Shortbus, club liberal donde la gente se ama/coge en todas las formas imaginables e inimaginables. Chico y chica hacen el amor en medio de una orgía y dan clases de orgasmo a mujeres solitarias. Un viejo ex alcalde de la ciudad inteligente y cachondo como pocos dice: “Nueva York es el único sitio donde las personas van para ser perdonadas”, y se deja abrazar por un hermoso chico gay. En Shortbus, nadie lo hace a espaldas de nadie.
6/2/08
Shortbus
Chico ama a chico que se masturba en posición yogui. Sexóloga lo hace con su marido sobre un piano pero nunca ha tenido un orgasmo. Dominatrix domina-hombres porque no quiere hacerlo. Travesti cantante de music-hall está de vuelta de todos los paraísos e infiernos posibles. Reunión de chicas extrañas en una sala del Shortbus, club liberal donde la gente se ama/coge en todas las formas imaginables e inimaginables. Chico y chica hacen el amor en medio de una orgía y dan clases de orgasmo a mujeres solitarias. Un viejo ex alcalde de la ciudad inteligente y cachondo como pocos dice: “Nueva York es el único sitio donde las personas van para ser perdonadas”, y se deja abrazar por un hermoso chico gay. En Shortbus, nadie lo hace a espaldas de nadie.
La vida de los otros, de Florian Henckel-Donnersmarck
Tres personajes: HGW 20/7 es un funcionario de la STASI (organización de policía secreta de Alemania Oriental) que ha sido entrenado para interrogar y controlar a los posibles enemigos del régimen. Su entrega al partido y su eficiencia como verdugo son totales. Para conseguir que los sospechosos confiesen, no se vale del método de tortura más doloroso pero sí del que quizá sea el más efectivo: los interroga durante horas sin tocarles un pelo hasta que, vencidos por el miedo y rendidos de cansancio, sus víctimas ceden. Con el transcurrir de la historia, vamos viendo que HGW no tiene vida propia, ya que su existencia consiste en vigilar las vidas de los demás, tanto cara a cara como ejerciendo el espionaje a través de un sistema de escuchas. HGW es un hombre frío, triste, solitario y obediente, cuyo único aliciente en la estéril vida que lleva es su trabajo, y se nos presenta como el más exacto y ominoso paradigma del individuo convertido en artefacto al servicio del totalitarismo. Georg Dreyman, un talentoso escritor de ideas socialistas (no podía ser de otra manera en la autoproclamada República Democrática Alemana, vaya paradoja) pero desencantado con la política que el régimen ejerce sobre los artistas que resultan sospechosos de tener ideas muy “occidentales”, ve como sus amigos son censurados y retirados de la vida pública sin que haya para ellos ninguna esperanza, y las únicas alternativas parecen ser la resignación, la huída a Occidente, o el suicidio. Como suele sucede en los totalitarismos donde en última instancia lo importante no es la idea sino la necesidad de perpetuarla, a pesar de sus sinceras convicciones él también se convertirá en objeto de espionaje. Christa-Marie Sieland, su pareja, una actriz de talento (en mi opinión, quizá el personaje más atormentado de la historia) pero insegura y acomodaticia, es chantajeada constantemente por un pez gordo del Ministerio de Seguridad, adoptando, no obstante, una actitud de ojos que no ven corazón que no siente. Incapaz de renunciar a lo conseguido Christa tendrá que elegir entre el amor y la traición de sus espectativas. La vida de estos tres personajes confluyen de manera curiosa cuando HGW recibe la misión de espiar al escritor y se convierte en una especie de parásito de esas vidas que él quisiera vivir, y lo que al principio era una misión de espionaje (a la que se apunta con vocación de sabueso), pronto acabará enfrentándolo a su propia humanidad. Con una evolución narrativa acompasada y un desarrollo que en ningún momento resulta predecible, unos acabados de imagen que exploran todas las tonalidades de grises (como el gris personaje de HGW y una metáfora de la gris Alemania de entonces), unas actuaciones formidables (especialmente la de Ulrich Mühe en el papel de HGW, todo un crack) y un guión impecablemente escrito, Henckel-Donnersmarck, un jovencísimo discípulo de R.Attemborough, ha llegado tan lejos como para conseguir el Oscar. Sin embargo este detalle es lo de menos, si tomamos en cuenta que La vida de los otros hace una reflexión profunda, inteligente y sin pretenciones, de la impermeabilidad de la bondad humana ante infraestructuras artificiales de poder que, tarde o temprano y por obra y gracia de su propio exceso, acaban cayendo. Imperdible.
Yo quiero
Quiero un hombre que no sea de cartón; vamos, que no vaya por la vida con la rigidez de quien tuviera la médula rellena de papel encolado. Quiero sus huesos expuestos a mi escáner sexual. Quiero un hombre que se le vea venir; y que llegue con sus pies, porque no quiero un BMW sino un hombre. Tengo un mic que resiste tormentas y huracanes, pero: quiero un hombre al que no le importe formatearme (¿técnico informático? noooo… es sólo una metáfora) ya que conservo mis drivers cuidadosamente guardados y no se pueden bajar por Internet.
Quiero un hombre que no le tema a su sombra. Y que no se asuste con la mía. Quiero un hombre… cómo te diría, a quien le gusten las mujeres con carne sobre los huesos y las carcajadas estridentes. Le quiero con la voz rota y biorrítmos de búho.
Es ImPrEsCiNdIbLe qUe AnTeS Se hAyA DeJaDo dEsLUmBrAr.
Quiero un hombre que me engendre, y que se deje engendrar. Que le encante cocinar y comer en la cama los domingos por la mañana, y los lunes, y todos los días que apetezca. Quiero un hombre que no necesite usar reloj. Que no me hable de la casa que tiene en el pueblo o me cuente que dejó a fulanita porque tenía un culo grande como una nave espacial.
O SeA, QUiErO uN HomBrE QuE SiEnTa. Con el corazón donde hay que tenerlo porque lo otro ya se sabe donde está.
Quiero un hombre que no se mire el ombligo y que se quede tan a gusto en el mío como si fuera una piscina, ya que es bello e interior. Quiero un hombre que me deje suelta. Alguien que no se baje de la cruz por mí, porque no quiero un adorable perrillo, hasky siberiano, salchicha, caniche, perro de collar: eso sería muy fácil para él y muy aburrido para mí.
Sin embargo, quiero que me preste su abrigo cuando llueve para ponerle una buena cena cerca de la estufa. Lo que no quiero es la piedra de su zapato en mi zapato, ni quiero que borre con el codo todo lo que escriba con su mano. Quiero un hombre que sea tanto mi dolorosa como mi gozosa encarnación. Que se beba hasta la última gota que llena el envase. Que sea capaz de saborear su sabor, y por experiencia, encontrarlo único. Quiero un hombre que tenga cicatrices, aunque no me importaría que llevara el pelo enmarañado como un niño. Quiero un hombre que necesite lo que yo necesito, que es lo mismo que necesitan todas las especies que hay sobre la Tierra, y que por ser lo más deseado resulta ser también lo más temido.
QuIeRo uN HoMbRe Que Me dEJe SiN PaLaBrAs.
Photo/post: www.fotonatura.org
Venecia homo-shocking
Mi padre nació a unos veinte kilómetros de allí, y como parte de su familia se quedó en Italia, me acuerdo perfectamente de las postales en acordeón que llegaban a Argentina y de un viejo boli azul que tenía una góndola diminuta dentro de una burbuja de aceite que decía Ricordo di Venezia. Igual que las ilustraciones que veía en los cuentos made in Spain que me compraba mi madre, lo que yo sabía de Europa se parecía más a un cómic que a la vida real. Yo pensaba que las aldeas eran cosa de cuento, hasta que las vi por primera vez y me costó más de media hora ponerle un nombre a ese recuerdo archivado en lo más profundo de mi memoria cincoañil: aldea. Con Venecia me pasó lo mismo, pero sin aldeas.
Fue bajo esa llovizna peleona como fui a dar con Fabrizio, que inauguraba una colectiva de p
intura en su mini-galería de veinticinco metros cuadrados cuyo único atractivo consistía en estar ubicada (oh) en Venecia. Yo iba con un paraguas enorme. En el centro de la galería había una mesa pequeña, de plástico y llena de bocadillos. Fabrizio me hizo una seña: ¡Avanti!, para que entrara. Sus ojos celestes de párpados pesados me convencieron. O quizá haya sido su sombrero (no sé por qué me dan morbo los tíos con sombrero) de fieltro, auténtico, tipo piamontés, y su cara de canalla de ala ancha. No iba a perderme algo como eso.
Adentro, gran jaleo. Música, risas, y gente descorchardo botellas de champán. Mientras buscaba un agujero donde dejar el paraguas, me quitaba el abrigo y aceptaba un trago de champán en un vasito de plástico, Fabrizio me fichó visual y otorrinolaringológicamente: ¿de dónde era?¿a qué me dedicaba?¿dónde vivía?¿qué hacía en Italia?¿dónde me hospedaba? Con grandes aspavientos, aprovechó para contarme quién era él y me mostró fotos con gente que yo ni conozco y que si conociera preferiría no recordar. Según dijo, era diseñador de ropa. La galería era suya. Los amigos eran suyos. Los cuadros eran de sus amigos, pero como estaban en su galería también eran suyos. Todo era suyo. ¿Los artistas? Tres: un gordito de traje azul (el típico italiano ligón, sudado ya en pleno diciembre), un chica de piel resinosa con un corte de pelo a lo Susan Vega, y una anciana medio sorda que pintaba caballos. Olor a pluma quemada. ¡Guarda, le piume! Sin darme cuenta había dejado el abrigo encima de una lámpara de mesa y se me estaba quemando la capucha. Era un plumas negro largo hasta los pies, impecable, recién comprado. El calor de la lámpara había logrado atravesar la tela impermeable y ya se estaba haciendo con las plumas. En cinco minutos la galería se llenó de humo y hubo que abrir puertas y ventanas. Venecia olía a pescado, a gasoil, a plumas chamuscadas. Sin embargo, todo aquel que se asomara al escaparate era invitado a entrar. Hubo un momento en que en la sala no cabía ni un alfiler.
¿Cosa fai dopo la esposizione, cara?
Era la pregunta que yo había estado esperando. Nada, ¿qué iba a hacer?¡Dormir! Se echó a reir y batió palmas: ¡Andiamo! La gente fue cogiendo sus abrigos y paraguas y salimos todos a la calle. A mangiare a casa de Fabrizio. A la festa.
Marchamos en fila india por una callejuela sombría atiborrada de esas pequeñas tiendas donde venden unas enigmáticas máscaras bipolares llenas de filetes de colores, que por la noche parecen observar al turista con una expresión inmutable en la que coagula una sonrisa satírica. Fabrizio iba a la punta con el clon de Susan Vega, la vieja pinta-caballos, y un par de maricones esnobistas que lograron colarse cuando salíamos. Yo iba más atrás, charlando con el gordito ligón, que me contó de sus viajes por l’América. ¿Argentina?¿Chile?¿Brasil? Sonrió con pudor: no, Nueva York, Boston, Chicago... Ah, yo pensé que l’América era todo, la de arriba y la de abajo...
Pero no quise entrar en discusiones y dado que le gustaba tanto el surrealismo le hablé de Xul Solar. Le dije que había inventado una lengua que reflejaba todas las lenguas de la Tierra. Que había sido pintor, inventor, políglota, músico, astrólogo y ajedrecista, todo a la vez. Que estando en Europa había conocido a Alistair Crowley y que había sido gran amigo de Borges. Su padre era de Letonia. Su madre, porteña. Había estado en Venecia. Había visto las mismas puertas a ras del agua. Todo un personaje, Xul Solar.
El piso de Fabrizio era pequeño, sencillo y muy limpio. Sin embargo, no había luz. Eran las nueve de la noche y no había luz en Venecia... ¡increíble! La gente se lo tomó con buen humor: ¿para qué preocuparse, si había sopa de col, risotto al azafrán y un microondas para calentarlo todo y comérselo a la luz de las velas? Alguien reanudó el ritual de descorchar botellas. Ya a la segunda copa el espacio se me volvió esférico. Lo de siempre: perdón... ¿il bagno? Si en la galería no cabía un alfiler, en el piso de Fabrizio no sólo no cabían, sino que se lo montaban en vertical. Me hicieron una seña en dirección al baño, con tan mala suerte que fui a meterme en la cocina, donde una pareja se lo montaba en oblícuo sobre la encimera. Ya se sabe, la biblia junto al calefón. Cuando me vieron aparecer por el vano deshicieron el abrazo. Je... ¡hip!, curioso. Scusi. Sonrisitas canallas. Adelante nomás, sigan... yo iba al baño per fare pipí, pero es que suelo ser tan jodídamente sensata que equivoco las puertas e invado las cocinas. Scusi, scusi... Me incliné en irónica reverencia. ¿Quién coño me había mandado a mí meterme en esa fiesta?
Me rescató una chica, Wally. Pronúnciese Valí. Estudiante de bellas artes ella, con el pelo cortado a brochazos, simpatiquísima: ¡Eh, il vino italiano e bravo!, dijo riendo.
Wally me esperó junto al baño y luego me llevó entre la gente, me presentó a unos españoles, me pasó un plato de pastel. Mientras me explicaba en un italiano rapidísimo los ingredientres que llevaba, uno de los españoles me soltó algo sobre una bomba en marcha. ¿Había visto alguna vez una bomba en marcha? Es una rueda por la que circula una correa, ¿vale?, pues sucede que cuando se corta la correa la rueda sigue girando sin enterarse de lo que ha pasado… La porta di Roma, dijo Wally, con la boca llena de pastel. El de la bomba hundió las narices en la sombra y reapareció al instante con la misma obsesión por las correas. La gente hacía cola discretamente para asomarse a la sombra, pero yo no me apunté. Fabrizio tampoco se apuntó. Él todavía iba por la sopa de col. Me copié en la mano su teléfono. Dijo que quería ver mis cuadros y que lamentaba no poder hablar conmigo más detenidamente; mañana, quizá. Me hizo un gesto con la cuchara: ¿más sopa? No. A través de las ventanas abiertas empezaron a colarse los efluvios de una tormenta urbana, de ésas que hasta en Venecia huelen a basura aún sin recoger. Io me vado presto, dije. Y no sé si me entendieron, pero ya empezaba a aburrirme y yo cuando me aburro no sólo me pongo de mala leche sino que me voy presto aunque sea en esloveno.
Me despedí de Fabrizio hasta el día siguiente y una vez fuera, o sea ya en la calle, me entró el desvarío. La histeria criolla. Sabía cómo llegar hasta el vaporetto, pero con la ciudad inundada no podría hacerlo a menos que llevara unas botas de goma muy altas. Fuera de la piazza donde vivía Fabrizio, no había manera de encontrar tierra firme sin que el ojo se perdiera en la lontananza. Todas las callejuelas estaban inundadas. Decidí volver. Fabrizio vivía en un segundo y tenían la música tan alta que no me escuchaban. Para colmo, habían cerrado las ventanas. Empecé a lanzar piedras hasta que conseguí llamar la atención de alguien que estaba junto a la ventana. Era Wally. Cuando pasan estas cosas te das cuenta del extraordinario poder que tienen los gestos. ¡Il acqua!, chillé; ¡il acqua!¡la strada! Hubo un alboroto y Fabrizio que aparece por la ventana con su plato de sopa y sus ojos celestes llenos de destellos. Risas: ¡Aspetta! Dos minutos después estaba en el portal hundiéndose el sombrero hasta las cejas, con las solapas del abrigo levantadas a lo Humphrey Bogart. Me ofreció su brazo: ¡Andiamo!
Nunca sabré de qué manera conseguimos llegar a tierra firme, si es que algunas vez pisamos agua. Pero Fabrizio se conocía todos los atajos, y no hubo problemas para salir de la inundación. Yo iba regurgitando plegarias de vino y buen agüero. Dándome ánimos para saber qué decir, qué hacer y cómo hacerlo cuando, llegado el momento, me diera por detenerme sobre un puente decrépito para hundirle un beso apasionado y llevármelo directo al hotel. No soy buena ligando, pero cuando un hombre me gusta me lanzo aunque me tiemblen las piernas. Y Fabrizio no tenía pinta de ser un temblón. Mi táctica consistía en rozarme en él todo lo que pudiera. En echarle miradas furtivas. En hacer complot telepático con el silencio, mientras le pasaba la manita por el abrigo. Finalmente, cuando lo tuve todo lo más cerca que pude, le cogí por el cuello e intenté besarlo. Pero él se echó para atrás con un gesto entre compasivo y horrorizado. Sus ojos parecían mariposas. Entonces va y en un tono que era para hacer reir a un eunuco, balbucea:
- Scusa, cara, peró... ¡sono gay!
Si en las postales que me enviaban cuando era pequeña yo hubiera sabido que Venecia se inunda por las noches y que los tíos guapos se vuelven maricones sobre un puente decrépito, me hubiera sacado un billete a Praga.
(Basado en un hecho real)
Vox populi / Cultura popular
En un artículo de la revista El guardián, el crítico de arte Adrian Searle se preguntaba qué debemos esperar de la cultura norteamericana. Reproduzco parte del artículo que fue publicado el año pasado por El Cultural del diario El Mundo. La negrita es su texto y el resto es mío:
Debería haberme recordado a mí mismo la escasa respuesta a la situación del arte británico últimamente. Sin embargo, igual que hice cuando visité la Bienal del Whitney en Nueva York esta primavera, acudí a todas estas exposiciones con la esperanza de encontrar no sólo un poco de controversia y malestar cultural, sino un arte que reaccionara ante la presente situación, ante la usurpación que se está cometiendo con nuestras libertades personales, el clima de desconfianza y terror, los dobles raseros morales que se están aplicando, y la erosión del contrato social, que se está convirtiendo en algo mucho más mezquino. Quizá pedía demasiado.
(Simple, amigo. Tanto el arte norteamericano como el europeo están en decadencia. Los europeos llevan más de 2000 años haciendo arte, ya lo han explorado todo y es lógico que se les agote. Los norteamericanos lo estaban haciendo bien, pero a mediados de los ’70 la cosa empezó a ir en declive, hubo mucha experimentación y se volvió todo tan extremo que se perdieron los límites entre lo que era arte y lo que es exceso. Con lo del 11-S les han tocado su talón de Aquiles, así que esta gente no puede hacer más que quejarse sin aportar soluciones creativas. Cuando uno se acostumbra al bienestar los duelos pueden durar mucho tiempo. Ya lo ha dicho usted mismo: “esto se está convirtiendo en algo mucho más mezquino”. No le va a pedir peras al olmo, hombre).
Una de las pocas obras memorables de aquella Bienal del Whitney, y de la muestra Uncertain States of America, era una proyección extrañamente conmovedora de Paul Chan, proyectada con un ángulo inclinado sobre el suelo de la galería, en la que algo inquietante sucedía en el rincón escorado de una ciudad. Los objetos eran absorbidos por el cielo, en silenciosa cámara lenta. Los pájaros cruzaban velozmente la pantalla, se posaban en los cables y defecaban sobre teléfonos móviles, ordenadores portátiles, bicicletas y coches. Pero, al tiempo que las cosas eran absorbidas hacia el cielo, también caía gente, como ocurrió en las Torres Gemelas el 11-S. La obra de Chan era una imagen de los últimos días, y en particular del “éxtasis” infantil de la cristiandad fundamentalista de EE UU. First Light, de Chan, es un silencioso día del Juicio Final que tiene lugar a nuestros pies. Por todo ello, resultaba curiosamente conmovedor e inesperadamente digno.
(Y no le cuento lo digno que resulta usted por llegar a semejante conclusión).
Pero lo que más me impresionó fue la idea de futilidad y apatía en buena parte del arte estadounidense actual que se exponía: arte estúpido quizá para tiempos estúpidos. Y mientras que en el arte estadounidense ha reinado a menudo un sentimiento de triunfalismo más bien poco atractivo, ahora se tiene la sensación de que se está acabando la cuerda, de entropía y agotamiento. A lo mejor esto también es intencionado, y lo que tenemos es un arte que reconoce su propia impotencia cultural. La naturaleza repetitiva de las parodias fecales de Paul McCarthy, las óperas cada vez más impenetrables de Matthew Barney y la petulancia de la obra de Bill Viola subrayan esa caída en desuso. En los artistas de más edad, este tipo de fracaso, aunque desgraciado, es comprensible; en los más jóvenes resulta deprimente.
(No crea que es cuestión de yanquis solamente. Si es que le merece la pena perder el tiempo, dése una vuelta por ARCO MADRID una vez al año y ya verá de lo que estoy hablando. Como el arte es una proyección de la sociedad y no es ninguna novedad que vivamos en una sociedad francamente estúpida, pues es de suponer que el arte también lo será. Es tan sencillo como que dos más dos son cuatro. Ya lo ha dicho usted: lo triste es que haya gente joven haciendo un arte tan desapasionado y falto de crítica, y que lo haga convencida de que un arte basado únicamente en las tecnologías punta es todo lo que se necesita para ganarse un huequecito en una bienal. Me recuerda un poco a esa nueva generación de informáticos que saben mucho de programas, chips, accesorios y todo tipo de artilugios, 0 -1, lenguaje digital, negro o blanco, sin matices, y que a la hora de pensar y escribir dos renglones juntos el único contenido sean chips, programas, accesorios y todo tipo de artilugios. Son los machacas del arte, criados en el escrúpulo de una sociedad que los mimó tanto como para nunca jamás tener que levantar el culo del sillón giratorio. Para desear el cambio hay que sentirse insatisfecho, pero esta gente no tiene la menor idea de lo que es eso. Sólo está ligeramente molesta. Y aterrorizada. Nada más.).
Que Londres sea ahora el centro me recuerda terriblemente a la vieja y especial relación angloestadounidense en la que se habla el mismo lenguaje con distintos acentos. Si creemos que gran parte del arte estadounidense actual (a diferencia de su literatura) no viaja bien, podría decirse lo mismo, con algunas excepciones, del arte británico de hoy en día. Quizá deberíamos dejar de pensar en si esto es estadounidense y aquello británico, o en dónde se encuentra el centro. A mí me preocupa más salir de este delta, que ahora se ha extendido por todas partes como uno de los paisajes prosaicos e interminables de J.G.Ballard.
(Perdone, míster, pero aquí se equivoca. No es por todas partes: es en Europa y Norteamérica, porque en el resto del mundo la cosa es bien distinta. Afortundamente, la mezquindad de la que usted habla, junto con la ignorancia y la soberbia de las sociedades falsamente desarrolladas, no llega hasta las comunas africanas ni se enquista entre los amarillos y los pardos de Latinoamérica y Asia, donde la escasez de medios hace que se vean forzados a instrumentarse –o, lo que es lo mismo, a poner en práctica su imaginación-para fabricarse los recursos que de otra manera le serían inalcanzables. Así fue como el hombre descubrió el fuego, y así fue como llegamos hasta aquí).
Entonces me pregunté si uno de los motivos por los que se ha creado tan poco arte de cierto valor (podemos o no contar el dibujo de Richard Serra de un encapuchado víctima de las humillaciones de Abu Grahib, con las palabras “Stop Bush” garabateadas junto a él) sobre la crisis actual, es que los artistas creen que estarían predicando a los conversos.
(¿Conversos en qué?)
Esta inocente ilusión surgió a raíz de una postal que recibí, durante Frieze, en la que venía impresa una cita del artista británico Jeremy Deller, que comentaba: "No creo que el mundo del arte lo formen necesariamente ‘los conversos’. Al fin y al cabo, es un lugar fantástico para conocer a traficantes de armas jubilados.
(Y a neocapitalistas, y a maestres de sectas masónicas ejerciendo el mecenazgo, y a críticos de arte (que a falta de artistas se vuelven meta-artistas), con lo cual siempre que haya un crítico de arte habrá una interpretación, y aunque la gente no entienda un pito de qué hablan unos y otros, entre ambos han creado lo que llaman vanguardia. Para el ciudadano de a pie, esto no es más que una etiqueta que aceptan porque lo ha dicho alguien que tiene nombre y que entiende más que ellos. Pero a mí, como a usted, no me hace ninguna gracia que el arte actual no sea más que una etiqueta. Porque ¿dónde está la vanguardia si no hay contenido y todo lo que hay son traficantes de armas jubilados?)
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Dice Camille Paglia que el gran arte nutre la imaginación y da sentido a la vida, y que a diferencia de la cultura popular, es suficiente para sostenernos a lo largo de la vida.
Yo cReO qUe sÍ
Este es un tiempo propicio pa' la modestia/ como el sol da luz al día, fuerza y claridad se manifiestan/no importa latitud, altitud, época del año cambia moneda/ganan los mismos, ver cada día otro engaño/Piel roja, tinta negra, papel blanco/traigo el pasado al presente, hago historia y la deshago/intuiciones, adivinaciones, bolas de cristales/vida efímera, conviviendo con todos los males./Ruidosa calle esta es mi jergamil lenguas se hablan, mil bocas escupen fuego/mil loros ke pinchan bandas sonoras por las ventanas/no hay calés, no hay dirhams, no hay parque/no hay pesos, no hay pasta, no hay nada/Tú ya no sigas echando cuentas/peseta, real, durillo y más leyendas/no solo importa tu nevera y pagar letras/no hay tiempo, ni respiro/ni descanso, relajo o treguasigue! sigue! menos derechos y más tuercas/El confort no reconforta/y a cuchillo con el euro pasa cuentas/Como una balada amarga/invadiendo las tabernas/El confort no reconforta/y a costa de que sudores llenan cuentas/Tantos siglos tropezando/siempre con la misma piedra/Así está esto oscuro... Parpadea la poca luz de la farola de aquel muro... Frena!...Hace tiempo que esta escrito:/La comodidad debilita al más fuerte de los vivos/Si...¿quien es?Sorpresa! Un sonido/un soniquete que te somete/se te mete en la mente, latente/ambiente envolvente, desde la calle para la gente.Vente,Vente! Aqui quien no siente miente/evidentemente–puede que nunca te hubieras dado cuenta–que a cámara lenta siempre se ve/Imagínate! Incorpórate!/Aceptalo! Es hora de!/Caminar y poner la mirada de frente/hacia un camino diferente, gente/El confort no reconforta/y a cuchillo con el euro pasa cuentas/Como una balada amarga/invadiendo las tabernas/El confort no reconforta/y a costa de que sudores llenan cuentas/Tantos siglos tropezando/siempre con la misma piedra/Derechos humanos mueren dia a dia calladamente/Personas sin papeles no ven salida a su vida legalmente/Inmigrantes encerrados en las iglesias en huelga de hambre"¿Dios no existe o por impago le han cortao el cable/megamacromultinacionales/multipoderosas/multideprimentes/ multicapitales/multipatriarcales
/multicoloniales/multimilitares/multiexplotadoras/multidictadoras/
multimiserables/multipoliciales/armadas hasta los dientes/Cultura barata cubierta en platamata y ata almas sensatas/sombras inmediatas llenan miradas de pasta, basta!/Hasta cuando cultura nefasta/que aplasta en el metro y en tu casa?Amansa la conciencia, manipula y cansa la esperanza/¿Hasta cuándo fronteras con muertos de los dos lados?/¡Esto impone! ¡Descompone!/Valen más las balas blancas que las vidas negras dentro del mercado/¡Esto no es justo!/Revuelta y cambio impulso/Sistema desengancho, descompongo y desajusto/Naces, andas, ves, mueres/usa conciencia, implicate/ cuando uno va uno viene/se repite la misma insensatez.
porque EsTo Es CuLtUrA pOpUlAr y TaMbIeN eS aRtE
(VOX POPULI)
Ojos que te ven (y te junan)
España es un país real. Argentina, en cambio, es una noria fantástica (Antonio Birabent).
A los argentinos NOS ENCANTA el rock. Y tanto, que cuando va una banda internacional los matamos a botellazos o le arrancamos a mamá el tohallero de losa que tiene en el baño y se lo tiramos por la cabeza al cantante como muestra de atención. Allá las bandas no se llevan souvenirs, se llevan tohalleros, palos y pedazos de piedra del Aconcagua.
Yo me acuerdo una vez que tocaron los Redondos en Mar del Plata y la destrucción fue masiva: arrasaron todo desde el estadio donde tocaron hasta el centro de la ciudad; se destruyeron escaparates, portales, coches... la policía no daba abasto. Por suerte yo estaba en España, pero me lo contó una amiga por carta.
Hasta donde yo recuerdo, junto con el fútbol, el rocanrol era la gran pasión nacional. Y cuando hablo de pasión, estoy hablando de pasión en el sentido más amplio e hipotalámico de la palabra, que no es cosa del neocórtex sino del otro, del cerebro límbico, básico y reptil que sólo ponemos en funcionamiento cuando nos entra el hambre, nos defendemos de una amenaza, o follamos. Por extensión, en Argentina lo usamos también cuando juega Boca o toca alguna banda de culto (aquí también lo hacen, pero no se les va tanto la olla).
Hubo una época en que asisitir a un concierto de una banda internacional era una oportunidad única en la vida, con lo cual además de gastarte hasta el último duro en la entrada había que darles caña. Pero caña de verdad. Toda una celebración. Y no es que a ese tipo de conciertos asista, precisamente, el sector más refinado de la sociedad. Hay de todo, claro, pero es evidente que cuando tocan, por ejemplo, Los Piojos o La Renga, hay movida.
Si mal no recuerdo, esta pandilla de insurrectos surgió como respuesta sediciosa a la tan polémica administración Ménem, conviviendo de manera promíscua pero más que relajada -y relajante- con el movimiento cumbiero nacional, gran valor (me hago gárgaras).
Fue a principios de los ’90, creo, cuando gente como Spinetta, Charly, Gieco, Nebbia, etc, eran ya grandes íconos (que acá es icono sin acento en la í, nunca entendí por qué, como tampoco entiendo por qué los baños tienen el interruptor de la luz afuera y al video se le llama vídeo) y la música que hacían ya no vibraba con el sentir de las nuevas generaciones.
Es un hecho que la música popular sea la forma artística más consumida por la gente joven y yo soy una de las que piensan que cada pueblo tiene la música que se merece. Porque la música es un termómetro social. Si los pibes chillan y se quejan encima y debajo del plateau, mala fariña. Si no se quejan, peor. En los ‘90, los estilos musicales autóctonos se vieron apoyados por la tendencia claramente populista del gobierno de Ménem, con lo cual la cumbia y el candombe acapararon el panorama musical, desplazando al rocanrol. Luego se produjo el mestizaje y ahora tenemos lo que tenemos, sin ánimo de despreciar a nuestros queridos piojos, pulgas, vinchucas, cuises rengos, ratas de albañal, y demás criaturas contaminantes.
Volviendo a Ojos de brujo, descendientes directos de Mano Negra, Kiko Veneno, e inclusive del propio Camarón (padre y maestro del bienamado flamenquito) y otros tantos etcéteras, siento por que hayan tenido que soportar un recibimiento tan negativo en Argentina, donde no hay tradición flamenca y las fusiones son de otro tipo. Me toca tratar el espinoso tema de la escasa aceptación que se tiene ahora mismo de todo lo español que entra por el Río de la Plata. Doy fe de que es así, porque estuve por allí hace un tiempo y me consta que la gente ya no les mira con la misma simpatía con que les miraba antes, algo perfectamente comprensible si se piensa en las vueltas que da la vida y en los cambios políticos que se han ido sucediendo desde hace cincuenta años a ambos lados del Atlántico. De hecho, buena parte de la oleada inmigratoria que llegó en el 2002 ya está de nuevo en Argentina. Por algo será.
El fenómeno migratorio es tan viejo como el mundo. A principios del siglo pasado, nada más en España llegó a emigrar el 10% de la población. Ya en Buenos Aires, y cuando la enorme afluencia superó la infraestructura prevista por el gobierno argentino para tal fin (hospitales y hogares de acogida, como pasa hoy mismo en Canarias) la gente se instalaba en viejos palacetes abandonados por la epidemia de fiebre amarilla que asoló el país a mediados del XIX, o en casas de múltiples habitaciones donde en cada una vivía una familia. Es lo que se dio en llamar “conventillo” (nuestros modernos skuats o viviendas okupas). Por supuesto, el inmigrante era absorbido como mano de obra barata, y al cabo de unos años y muchos esfuerzos acababa ahorrando todo lo suficiente como para comprarse “el terrenito” y construir de mano propia una vivienda modesta pero digna. Los inmigrantes se mezclaron con la población autóctona, algunos abandonaron para siempre a sus familias de origen y formaron una nueva en Argentina, otros se la trajeron de Europa, otros abrieron sus propias empresas, otros se volvieron, y otros fracasaron.
El caso de la mujer inmigrante era un tema especialmente delicado. Ya lo cuenta Cadícamo en uno de sus tangos:
Sin embargo, a pesar de las duras condiciones de vida la gran mayoría se quedó. Y se quedó para siempre.
Nuestra generación creció con la morriña del desarraigo, la ilusión del progreso tatuado en los genes como una estampilla, y una habilidad natural para montar rompecabezas. Por eso, cuando en el 2002 tanta gente decidió cruzar el Atlántico en sentido contrario al que marcaron padres y abuelos, y se encontró conque pasados los tres meses del visado tendrían que vérselas con aquello de no tener papel y todas sus consecuencias, decidieron volverse.Pienso que si muchos de nuestros antepasados hubieran podido hacer lo mismo, quizá ahora la Argentina no estaría tan rota.
Aquí se habla mucho de la movida alternativa, de si eres indie o mainstream, rural o urbanita, de Letras o de Ciencias, de izquierdas o de derechas... A mí, que vengo de un país donde la alternativa suele ser sinónimo de única posibilidad, esas etiquetas me dan un poco de risa. Lo que aquí es moda o mito, allá suele ser cosa de toda la vida. El argentino es indie por necesidad, un campeón del hágalo usted mismo y si no le sale aguantesé porque igual no se lo va a poder comprar.
El argentino sabe por naturaleza que es un hecho antropológico que el confort anula la espontaneidad. Y sabe, también, que en un país donde todos o casi todos los gobiernos son corruptos, ser anarquista no es cuestión de albedrío sino marca de honestidad.
Allí los vagabundos alcanzan el rango de crotos sólo si se lo merecen, y hasta los que van al trabajo en bicicleta pueden darse el lujo de llevar en su mochila un libro de Schopenhauer. Aquí la gente recicla por conciencia: en Argentina, en cambio, reciclamos todos porque no hay más remedio.
Allá al collage se le llama cambalache y seguro que tu abuelo tiene uno en el fondo del galpón. Comunas hippies ya las había en Argentina mucho antes de que la Joplin se mudara al Haight Ashbury, y el grunge no es una moda finisecular americana que se extendió por el mundo, sino un invento argentino de la época en que Perón le compró el ferrocarril a los ingleses y los ferroviarios tenían un solo pantalón.
En términos musicales, yo diría que la Argentina es un país garage. Es el único lugar del mundo donde encontrarás sobre un chasis herrumbroso un cartel escrito con brea que diga: Se vende pero sin ruedas, y otro en un escaparate, que rece: LIQUIDACIÓN POR SAQUEO. De haber nacido allí, Salvador Dalí hubiera muerto con las uñas el doble de largas.
A Ojos de brujo no debería extrañarles que en Buenos Aires les hayan echado a botellazos. Tras el colapso económico del 2002, con el corralito y la brutal caída de la clase media, la frustración se decantó por la rabia y los pobres que ya eran pobres se volvieron más pobres aún, y más violentos. Ya he dicho que para muchos la emigración resultó ser un fiasco, y que al llegar aquí descubrieron que la madre-patria más que madre es una madrasta, con lo cual la noticia se esparció como reguero de pólvora. Desde entonces, buena parte del pueblo argentino vive lo extranjero como una amenaza. El peso del pirateo recae siempre sobre la última generación, que es la más vulnerable.
Hace mucho tiempo el mundo oyó a los Sex Pistols gritar una verdad tan dura como un tohallero de losa:
cuando no hay futuro ¿cómo puede haber pecado?
Seguro que Ojos de Brujo tendría una respuesta para eso. Porque ellos también se quejan. Lástima que en el Quilmes no se hayan dado cuenta.
Photos/post: una de Johnny Rotten.


