7/2/08

Instructoras de vuelo de brujas aprendizas

A mi madre, señora de las Nostalgias

Curiosa la metamorfósis que sufre el útero de la mujer cuando llega al climaterio. Según la Medicina Tradicional China (gracias, Coral, por tu valiosa clase en la terraza de Mirta), al llegar a esa edad, el útero -que como sabeis tiene la forma de una pera invertida- comienza, literalmente, a darse la vuelta. El período que tarda en dar una vuelta de 90 grados, puede durar años. Esto explica los cambios que se producen tanto a nivel biológico como emocional. El útero ha movido el mundo desde siempre, así que es justo que llegado el momento, pues decida “mover”, como decía un amigo mío cuando quería marcharse. Quizá sea el mejor momento de la vida, pero la cultura occidental se ha empeñado en hacer acopio de la productividad, y pareciera que una mujer que deja de “producir” (en sentido reproductivo) se vuelve descartable.

Esta sorprendente rotación del útero explica el por qué de los famosos “sofocos”, los desequilibrios hormonales, la sequedad vaginal, la dispareunia, el vértigo, las jaquecas, las depresiones y los cambios de humor que se dan en la menopausia. En un gag de la película Manuale di’amore, Frances McDormand se queja de estar “premenopaústica”, sólo que en vez de comprenderse, la pobre mujer se auto-compadece. La sociedad no suele ser tan condescendiente. Cuando una mujer sufre un arrebato, incluso se le llega a reprochar con desprecio su condición de hembra menopáustica. Se olvida -o más bien se desconoce- que en las sociedades tribales, las mujeres no eran aceptadas en el consejo chamánico hasta bien superado el climaterio, y que eran ellas, justamente, las que traían los niños al mundo cuando una hembra joven estaba a punto de parir. Se olvida -o más bien se ignora- que una mujer menopáustica es suprasensible, y que habiendo vivido su vida en plenitud, será mucho más sabia que a los treinta.

Pero lo más triste no es la falta de aceptación a nivel social, sino el propio auto-rechazo que padecen algunas mujeres al llegar a esta edad. Siempre he creído que si te niegas a aceptar el proceso natural de crecimiento (podría haber dicho “de deterioro físico”, pero he preferido llamarlo así porque creo que somos algo más que uncuerpo) es que no has vivido bien tu vida, que la has vivido a medias, o que la has vivido sólo por vivir. Estas mujeres suelen implicarse en relaciones enfermizas, y entran en una dinámica de resignación que sólo puede estar jutificada por la manera en que sus propias madres y abuelas vivieron la menopausia: no como un renacimiento, sino como una especie de castración. Otras, en cambio, se vuelven adictas a las cirujías, a las dietas meteóricas, a la competencia con mujeres más jóvenes, a la competencia con los hombres (no hay cosa que me parezca más absurda que una mujer compitiendo contra un hombre per se) y van por la vida depredando todo lo que encuentran a su paso (sea parejas, empresas, e inclusive hijos).

Vamos, que en vez de vivir hacia adelante, viven hacia atrás.

Luego están las otras, las que a mí me gustan. Son las que aceptan el paso del tiempo, y que aceptándolo, lo bendicen. Son las que viven no a tope, sino intensamente, de afuera hacia dentro, y no al revés. Son las que no pudiendo ya enhebrar los delicados embriones del amor, enhebran otros: los universales, los etéricos, los clarividentes, los empíricos, los de la plenitud sexual y del sosiego. Son las que se rigen por el eje del cérvix con la cúspide apuntando hacia plexo. Son las que fluyen con la corriente de la vida en línea directa al chakra craneal. Son las brujas del Tercer Ojo abierto de par en par, las cartógrafas de los mapas que dibujan las estrellas dentro de los vientres femeninos, las Eurídices que vuelven del Infierno solas, pero robustecidas; las magas de la segunda oportunidad, las instructoras de vuelo de las brujas aprendizas, las que exhiben sus arrugas con el desparpajo alegre de una quiceañera con un tanga. Ésas son las que a mí me gustan, y así me gustaría ser a mí cuando llegue a esa edad.

Está probado que si la mujer vive la travesía del útero de forma natural y sin lastres, tiene asegurado un boleto de ida. Que para los de vuelta, ya están los cirujanos caros.


Teresa del siglo de los locos

Vaya con Teresa. La pequeña Teresa, la atormentada Teresa, la Teresa nacida y renacida de la simiente etérea de Jesús. La Teresa envasada al vacío en su traje de novicia salvaje; la herética, obstinada, valiente y alienada Teresa, locamente enamorada de la Santa Sangre que limpiaría su vergüenza.
Parece ser que Teresa había perdido la virginalidad -algo imperdonable en pleno apogeo del cinturón de castidad y encayolamiento del clítoris- y que, para santificar su vergüenza, se enclaustró entre las cien paredes de un convento. Sucedió en Ávila, en 1533.
Cuentan que Teresa se durmió durante cuatro días, que se la declaró muerta y que volvió de entre los muertos, siendo su padre testigo del incidente. Con la carne rota por los heridas que ella misma se infrigía -¿por amor a la divinidad, por el placer morboso que le producía el martirio de la carne vedada, o por el ansia de revivir una y otra vez la martirizante petit-mort que alivia el corsé de la culpa?- Teresa escribiría con sangre los versos más apasionados del Siglo de Oro español. Mientras los hombres de la ¿Santa Madre? Iglesia intentaban borrar con su memoria oscura la luz de la memoria futura, Teresa, la loca Teresa, la catatónica, la cataléptica, la epiléptica, la enamorada de las llagas de Jesús -su invisible y jamás probado consorte- renunciaba a sus vestiduras de raso, se calzaba un sayo de esparto, levantaba un pequeño convento hecho a mano, y montaba una revolución. Ella sola. Contra la Inquisición. Contra su priora. Contra su confesor. Contra los pequeños hombres grises que odian todo lo que no pueden tener. ¿Quiénes la ayudaron? Una beata y un fraile loco, que como ella, también fue santo.
¿Fue Teresa una santa o una loca?¿O era las dos cosas a la vez?¿Fue una suicida encubierta?¿Una poseída?¿Una reprimida?¿Qué intentaba hacer Teresa?¿Amar desaforadamente y hacia dentro, habiendo sublimado el deseo en esa forma de muerte que es el amor casto, que no por casto tiende a envenenar menos que el profano?¿O borrar con su íntimo infierno el mimo de la divinidad?¿O transpasar el umbral entre la locura y el juicio, siendo ella misma por la fuerza de su fe? En el Siglo de Oro, un Siglo de Locos, vivió Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, poeta, polemista, intelectual, ideóloga -e inclusive- mujer de empresa. Loca o no, hizo lo que quiso… porque creyó. ¿Qué importa en qué?
Muéveme en fin tu amor y en tal manera 
que aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
Teresa de Jesús 

Umbral de la lucidez

He aquí una vieja nota que Francisco Umbral (mala leche y excelente escritor por partes iguales) escribió para El mundo (Los placeres y los días) en abril de 1994. Yo supongo que ya os habeis duchado y desayunado ¿verdad?, porque el enérgico y nunca más justo berrinche del amigo peliblanco (que sonará a cachetazo a todos los que tengan más de medio siglo en el corazón) está escrito con puño y sangre y no aguanta bostezos. En caso de que todavía no hayais ido al baño ni desayunado, recomiendo que mejor lo dejeis para otro momento y que paseis al siguiente post. Releyendo estos viejos artículos una acaba comprendiendo por qué le dieron el Cervantes a este hombre: además de escribir bien, piensa, lo cual ya es mucho pedir en un escritor de hoy en día. Y dice: Los viejos no dimiten y los jóvenes se suicidan. Son dos maneras opuestas de entender este mal rollo. Los carrocísimos de la corrupción, en España y otros sitios, aguantan la vergüenza, el insulto político, el mierdeo y la guerra, la humillación, el desprecio, el jarrapellejos del pueblo y la sombra ominosa de la Historia. Se agarran, ya digo, a este mal rollo. Los triunfadores de 25 años dimiten de la vida, de la gloria, de toda esta barrila, porque, llenos de lucidez juvenil, más ese alucinógeno que es la verdad desnuda, aprenden pronto que el éxito no lleva a ninguna parte, que el money suele venir firmado por políticos emputecidos, que el amor no dura tres condones y que el sexo tiene bajada, como la fumata de morfa. La vida, o sea, este mal rollo, sí, está hecha para esos viejos sobredorados que van para viejas, pero no para quien ha hecho todo el trayecto Circo/Matadero (Jorge C. Trulock) antes de los treinta y sabe que después de la gloria, el vino y las rosas, viene esa cosa negra, monótona y dominical que es la felicidad. Los militares se agarran a la patria y los banqueros se agarran a la pasta canalla, pero los insumisos y los rockeros rompen la guitarra del vivir y, entre el suicidio lento o el bajonazo de oro, va en casos, dimiten de esta «fiesta movible» (Hemingway, otro que dimitió, porque fue joven hasta el final). Todo nuestro mundo occidental y crispado nos está dando el espectáculo enfrentado de los viejos políticos, los agiotistas carcaveras, los ancianos estofados de la tribu, que presiden este fin del milenio bajo un palio de seda y crimen, Salinas en Méjico, Nixon reivindicado, bendiciéndonos desde su tumba extensa como un rancho, Octavio Paz en su Nobel, Vargas Llosa desbragado por Ajoblanco, Clinton en su pasado, Felipe González entre la llama y la corrupción, entre el queo y el bonsai, Yeltsin en su zarismo hortera, y en este plan. Frente a ellos, la juventud del éxtasis y la música, de la lucidez y la velocidad, del asco y la literatura (Thomas Bernhard), dimite de la vida, cesa en la fiesta y muere con elegancia, con delicado cansancio, con sencillo ritual de multitudes que viven en los idiomas y el gregoriano salvaje y alegre de la edad. Esto ya está visto, el truco es fácil, la vida no es sino una tregua, el tiempo es oro, pero un oro fugaz que se caza un momento y hay que dejarlo volar. Pisemos todas las trampas, caigamos en todos los cepos de plata, dejemos una rúbrica de talento al final del siglo, que ha sido un mal texto, un feo cantable, y que sigan los jefes, la raza de los gerentes, la tribu de los parkinson, contando monedas de mierda, disfrutando sus medicinas y repartiéndose las guerras del mundo en la eterna canasta que juegan en el atardecer cementerial de sus paraísos fiscales, bajo la sombra gótica de la muerte. Pero ahí están, aquí también, los verdaderos insumisos, los insumisos al soborno del vivir, los objetores a la totalidad de un mundo que ha olvidado el nombre de algunas flores, el color de algunas estrellas, el perfume de algunas muchachas y el lenguaje sencillo, directo, vegetal y sánscrito de la vida real, de un cielo popular y cotidiano. Los viejos mamuts de los tristes trópicos del dinero y la fuerza aguantan en sus tronos de ferralla, ante esa juventud que dimite generosamente de una gloria pagada con dinero falso. Los grandes viejos se quedan solos y aferrados en un oscuro mundo de suicidas.

Por si las moscas

Hoy mientras escribía en el codichoso azulejo apareció, se filtró, se materializó de forma inexplicable (ya que tenía todas las ventanas cerradas, o eso creía), una mosca. Mejor dicho, un moscardón. Aunque ahora que reviso el diccionario me entero de que el moscardón es o puede ser una mosca cuyas larvas se crían en el estómago de algunos mamíferos, especialmente caballos y asnos y por aquí esa fauna es prácticamente inexistente, pues diré que en realidad no entró un moscardón, sino un moscón, que es una mosca algo más grande de la normal y corriente mosca de cualquier hijo de vecino, pero que además zumba, y zumba de un modo tan insoportable que por muy grande que sea tu adicción a las pantallas, pues saltas de la silla y vuelas a coger el Raid mata moscas y mosquitos, que ya sabemos que los mata bien muertos. Y como todo ser humano mayor de cinco años y con una larga experiencia de convivencia con estos seres insignificantes que zurcan la quinta dimensión del aire, yo sabía que cuando volviera de la cocina, el moscón habría desaparecido. Cosa que sucedió.
¿Habeis notado lo increíblemente listas que son las moscas? Cuanto más grandes, más listas son. De hecho, con las moscas suele suceder todo lo que contrario a lo que pasa con los humanos, donde la inteligencia suele ser inversamente proporcional al tamaño. Y luego hay un asunto preocupante: ¿habeis visto que las tías ya no mueren con Raid? Resisten. Así como nosotros hemos descubierto vacunas para combatir, por ejemplo, el virus de la gripe, yo creo que las moscas han descubierto alguna fórmula para resistir el Raid, ya que al primer rociamiento buscan la salida inmediata o sobreviven, que puedo probarlo. Sin embargo lo más previsible es que salgan por donde entraron, y que lo hagan de forma súbita, dejándote con la mala leche del zumbido y la suspicacia de que quizá estén escondidas entre los cables del ordenata y esperen a que te vayas a dormir para recomenzar su ronda nocturna alrededor de tu cabeza, y en la oscuridad. Como los mosquitos.
Yo recuerdo que hace un tiempo se hablaba mucho de este asunto de las moscas. Se decía que con los años resistirían con éxito cualquier intento de exterminio. Ahora que lo pienso, si seguimos así es posible que el presagio de H.G Wells vaya a cumplirse y nuestra especie acabe languideciendo por obra y gracia de seres muy pequeños, siendo suplantada por las moscas, que a juzgar por su cada vez más asombrosa resistencia a la tetrametrina van por buen camino en su lucha por la superviviencia, y tanto, que nuestra especie debería tomarse el asunto algo más en serio y adoptar un comportamiento contemplativo ante el vuelo de la mosca. Porque si hay algo que ellas quieren, es que se las tome en cuenta. Tanto han insistido las pobres, que lo están consiguiendo, y la prueba de ello es que yo ahora mismo esté escribiendo un post sobre moscas y no sobre conejos, por ejemplo, y que me esté preguntando si acaso la mosca, nuestra incisiva e intrascendente compañera de ruta que tanto nos hemos empeñado en ahuyentar desde que el mundo es mundo y andamos sobre él en dos pies (o en dos patas, eso depende), no sea en realidad un insecto díptero y un depredador relativamente inofensivo a los ojos del hombre y resistente al Raid, sino un espía de la quinta, y quién sabe si sexta, dimensión de los seres inferiores (si lo son).
No es ciencia ficción. Es una posibilidad. ¿O acaso nunca os habeis preguntado qué pasará por la mente de esa mosca que mientras tú intentas acabar tu almuerzo insiste en acaparar tu plato? Porque la mosca, como el humano, tiene cerebro. Dispone de un cerebro pequeñito con una reducida cantidad de neuronas, pero comparte con nosotros el mismo patrón genético (por antigüedad ellas nos ganan), y sus neuronas se comportan de manera tan similar a las nuestras que el solo pensarlo resulta escalofriante. Visto de otra manera (o sea, desde el punto de vista de la mosca, que siempre es multifacético) cambiar los papeles podría resultar interesante, fructífero, e incluso pedagógico. Si se piensa en que la mosca es el cuarto depredador más peligroso de la Tierra, después del hombre (que es el segundo), los virus y no me acuerdo el otro, podríamos intentar ser algo más empáticos con la triste y cansina mosca de todos los días y preguntarnos, alguna vez, qué pensará. Qué sentirá la mosca. Cuál será su rutina, además de buscarse la vida en platos ajenos. Si tendrá alguna afición, vivienda propia o de alquiler, qué dirá a otras moscas, y si tendrá conciencia de su propia finitud. ¿Será su costumbre de husmear en hechos y deshechos algo más que un pasatiempo, o acaso sea la coartada perfecta para ocultar sus verdaderas actividades en alguna insólita organización o cofradía secreta dedicada a espiarnos? Uhmmm... ¿No habeis observado que siempre que haya un enjambre de moscas sobre un queso habrá una que se quede quietecita, como moribunda, restregándose las alas posada en la pared? Ésa debería ser la mosca a tener en cuenta. La sospechosa, la incierta. La única con el nervio lo suficientemente templado como para, habiendo esperado hasta el último instante, parece que se esfumara bajo la palmeta.
Visto lo visto, quizá convenga que reconsidere mi comportamiento y sea más paciente con las moscas, aún cuando zumben. A partir de ahora, cuando las vea rondar sobre mí les haré un sitio en el plato, les pondré un incienso para que se sientan a gusto, y cuando me haya ganado su confianza, intentaré incluso rascarles la espalda. No conoces a tus enemigos hasta que se posan en el plato, y si ves que no puedes contra ellos, pues únete, relájate y goza. Además, si mi jefe pudo con las suyas, ¿por qué yo no iba a poder?

Adriana Varela, tanguista: al rescate de la pulsión gregaria



Esto es algo que encontré por ahí y que me gustó: “El tango está pasando por el mismo fenómeno por el que pasó hace añares el jazz. El mundo se apropió del tango, hoy es universal, ya no nos pertenece. Y el fenómeno se dio con más polenta todavía que el del jazz. Además, el tango responde a esta necesidad imperiosa de estar con otro, esto que es tan complejo hoy en día, estar acompañado. El sistema nos vendió espejitos de colores y nos dejó solos con una computadora, por decirlo primariamente. Y el tango es esa tijera que separa el mundo individualista o hedonista del mundo acompañado, el de un chabón cazando a una mina de la cintura, o a un tipo, no importa. Hay algo fuerte que se produce en el rito de la danza. El tango es pulsional, no pasa por lo intelectual, tiene que ver con el eros. Los grandes filósofos hablan del tango como fenómeno erótico. Eso es lo que ven los extranjeros y nosotros no, porque lo tenemos tan cerca.”Lo dijo Adriana Varela. Gran valor.Esto es algo que encontré por ahí y que me gustó:


“El tango está pasando por el mismo fenómeno por el que pasó hace añares el jazz. El mundo se apropió del tango, hoy es universal, ya no nos pertenece. Y el fenómeno se dio con más polenta todavía que el del jazz. Además, el tango responde a esta necesidad imperiosa de estar con otro, esto que es tan complejo hoy en día, estar acompañado. El sistema nos vendió espejitos de colores y nos dejó solos con una computadora, por decirlo primariamente. Y el tango es esa tijera que separa el mundo individualista o hedonista del mundo acompañado, el de un chabón cazando a una mina de la cintura, o a un tipo, no importa. Hay algo fuerte que se produce en el rito de la danza. El tango es pulsional, no pasa por lo intelectual, tiene que ver con el eros. Los grandes filósofos hablan del tango como fenómeno erótico. Eso es lo que ven los extranjeros y nosotros no, porque lo tenemos tan cerca.”Lo dijo Adriana Varela. Gran valor.asando por el mismo fenómeno por el que pasó hace añares el jazz. El mundo se apropió del tango, hoy es universal, ya no nos pertenece. Y el fenómeno se dio con más polenta todavía que el del jazz. Además, el tango responde a esta necesidad imperiosa de estar con otro, esto que es tan complejo hoy en día, estar acompañado. El sistema nos vendió espejitos de colores y nos dejó solos con una computadora, por decirlo primariamente. Y el tango es esa tijera que separa el mundo individualista o hedonista del mundo acompañado, el de un chabón cazando a una mina de la cintura, o a un tipo, no importa. Hay algo fuerte que se produce en el rito de la danza. El tango es pulsional, no pasa por lo intelectual, tiene que ver con el eros. Los grandes filósofos hablan del tango como fenómeno erótico. Eso es lo que ven los extranjeros y nosotros no, porque lo tenemos tan cerca.”


Lo dijo Adriana Varela. Gran valor.

Poliandria: mujeres con + de un marido



Muchas mujeres de una región remota de la India protagonizan una ancestral costumbre en vías de extinción: la poliandria. Los hermanos varones aceptan compartir esposa para no dividir la tierra familiar

Taro tiene 36 años y está casada con los hermanos Musha, de 45 años, y Dalau, de 37. Juntos tienen cuatro hijos. Sentada con las piernas cruzadas en el suelo de su casa y fumando un cigarrillo casero, cosa que las mujeres sólo pueden hacer en su aldea, Laxmi se ríe a carcajadas. Tiene 40 años y tres maridos... Hemos llegado a un lugar conocido como El Interior, una zona extensa y tranquila en el corazón del Himalaya. Ésta es una de las últimas regiones del mundo donde persiste la antigua práctica de la poliandria, el matrimonio de una mujer con varios hombres, casi siempre hermanos.

Kuwanoo es una de las aldeas más grandes de la zona; se encuentra a unos 100 kilómetros de la ciudad india de Dehra Dun, antiguo bastión Raj que presume de selectos colegios públicos y prestigiosas instituciones gubernamentales. El silencio de las montañas es como un bálsamo después de experimentar el ritmo frenético de la ciudad, donde los coches y las motos de miles de indios en vacaciones se abren paso a golpe de claxon por estrechas calles. 

Los habitantes indios de Kuwanoo y de otras aldeas remotas de la zona sobreviven gracias a una agricultura de subsistencia.Miembros en su mayoría de las castas altas brahmin y rajput, y de la casta inferior kolta, forman parte de Jaunsar Bawar, región tribal situada en el extremo noroccidental del Estado indio de Uttar Pradesh. Aquí, en una sola ceremonia una mujer puede contraer matrimonio con todos los hijos de una familia.En esta región del Himalaya los hermanos comparten esposa para mantener unidas las tierras familiares.

La vida es excesivamente patriarcal y durante generaciones las familias que practican la poliandria han convivido en armonía junto con las monógamas. En ambos tipos de matrimonio a la mujer le toca la parte del león en las labores agrícolas, la crianza de los hijos, el cuidado de la casa, y además debe asegurar la satisfacción sexual de sus maridos. Pero incluso mujeres, como Drashni Sharma, de 32 años, que vive feliz con varios compañeros, reconocen que las cosas están cambiando muy rápidamente.

Drashni sonríe, cansada. Su piel cobriza se extiende sobre sus pómulos salientes y ya comienza a arrugarse alrededor de sus ojos claros. «Somos la última generación. Sabemos que este sistema ya no es común en la sociedad».

Ella y sus maridos, Narayan Singh Sharma, de 48 años, y el hermano de éste, Surat Singh Sharma, de 35, viven en una de las altas casas de madera y paredes encaladas que fueron construidas hace cientos de años. Desde lejos parecen chalés alpinos. Aquí el paisaje recuerda los dibujos de los niños, formados por bloques de colores intensos. Las montañas están cubiertas de una deslumbrante vegetación verde, el cielo es de un azul profundo, e incluso las gallinas y las cabras tienen plumas y manchas de colores primarios.

Subimos a la vivienda por una escalera de madera encerada hasta la terraza central, que es también zona de estar. La escalera es muy empinada. Los peldaños, fabricados con troncos partidos por la mitad, parecen diseñados para pies finos y pequeños. Todos, desde los niños de dos años hasta los ancianos de 80, se deslizan con paso de felino. Nosotros, calzados con botas voluminosas, ascendemos con dificultad. La terraza está abierta en dos flancos en esta región no se utiliza el vidrio , y a la derecha y la izquierda hay habitaciones, todas vacías e iluminadas apenas por algunas ranuras en el techo. No hay electricidad ni teléfono, y el único confort moderno es la fuente en el centro de la aldea que trae agua de un arroyo de las montañas.

Los hermanos que practican la poliandria deben casarse con una mujer de otra aldea para evitar el peligro de la endogamia. El padre de Narayan y de Surat visitó a Drashni, que vivía en una aldea a 20 kilómetros, para pedirle que se casara con sus dos hijos. Drashni, que en aquel entonces tenía 14 años, conoció a los hermanos, le resultaron de su agrado y contrajo matrimonio con ambos poco después.

Los siete hijos producto de la relación triangular, seis niñas y un niño, con edades comprendidas entre uno y 13 años, están en el interior de la casa. Narayan mece a Rinki, de un año, en su regazo. Los niños no tienen ni idea de quién es su padre biológico, y aun en el caso de que pudieran hacerse una prueba de ADN no estarían interesados.

«Tengo dos padres y para mí son iguales», dice Kanta, de 13 años.«Nunca he pensado en cuál de ellos me ha hecho». Un hecho también insólito en la familia occidental es la notable diferencia de edad que puede haber entre el mayor y el menor de los hermanos que se casan con una misma mujer. En algunos casos el menor de una familia puede tener un hijo comunal (cuyo padre es su hermano mayor) de su misma edad.

Aunque ninguno de los tres miembros de este matrimonio proviene de una familia poliándrica, los hermanos Sharma decidieron compartir esposa principalmente para conservar los lazos fraternales. Mantener unida la tierra era un factor secundario. «Creemos que el amor fraternal se pierde cuando dos mujeres separan a los hermanos. El amor entre los hermanos es más importante que el amor entre un hombre y una mujer; es más importante que todo», sostiene Narayan.

Drashni asegura que ama a ambos hombres por igual y que está contenta de poder mantener la unidad familiar. «Es bueno para mí, y es bueno para los niños tener a Narayan y a Surat de padres.Cuando Narayan está fuera Surat me hace compañía y los niños tienen otro padre que puede cuidarlos. Somos una familia como otra cualquiera, con la excepción de que hay tres padres en lugar de dos».
En la India las comunidades poliándricas explican esta práctica remontándose a la antigüedad. Dicen que el cuento del Mahabharata, en el que la diosa Draupadi se casa con cinco hermanos Pendava, es el fundamento histórico de sus costumbres. En teoría, la Ley Matrimonial de 1956 y la Ley de Sucesiones, del mismo año, prohibieron la poliandria. El Gobierno concedió a los habitantes de Jaunsar Bawar el estatuto de tribu en 1967. Son ciudadanos indios, pero en muchos casos se les ha permitido practicar la poliandria.

Algunos aspectos de la vida en esta región les podrían parecer maravillosos a los occidentales hastiados de su cultura. Nuestro guía, Kunal Rai, nieto del jefe de aldea Ratan Singh Chauhan, nos dice: «El aire de aquí es 100% oxígeno, no hay coches, ni productos químicos ni residuos de plástico que asfixien la tierra.El estiércol es el principal fertilizante. Aquí todo crece en la tierra y de una u otra forma regresa a la tierra».

Pero la vida diaria en la aldea es dura y monótona. Drashni anhela sacar a su familia de las montañas. «Tenemos que trabajar desde al alba hasta el atardecer sólo para tener suficiente comida.Si alguien sufre una herida hay que andar un largo camino hasta el hospital más cercano. Sueño con que algún día vivamos en una casa grande lejos de aquí, con mucho dinero y tierras. Nuestros hijos asisten a la escuela de la aldea, y puede que no tengan que pasar tantas penalidades».


LA FAMILIA UNIDA 

A pesar de que la vida en la aldea es agotadora, muchas de las mujeres que mantienen relaciones poliándricas como Drashni, no se quejan, pues están seguras de que su vida sexual mantiene a la familia unida. El hermano mayor, el que tiene en este aspecto más privilegios, es también responsable de que los que le siguen en edad reciban su ración de satisfacción sexual.

Aunque una mujer puede tener tantos compañeros sexuales como cuñados, si comete adulterio, en el caso poco probable de que disponga de tiempo, energía y deseos tras pasar 18 horas al día cumpliendo con sus obligaciones en la cocina, el campo y la cama, es expulsada inmediatamente de la comunidad.

Según el profesor Vijay Sishaudhia, que lleva casi 30 años estudiando la poliandria en el Himalaya, la alternancia de compañeros sexuales parece estar bien organizada, al menos en los matrimonios de las castas más altas. «Es costumbre dejar los zapatos a la entrada de la casa. Si el hermano joven ve los zapatos del mayor junto a la puerta sabe que no debe entrar, porque seguramente estará acostado con su esposa. En este caso se va a dormir a otra casa de la aldea». Una de las desventajas de compartir esposa es la alta incidencia de enfermedades de transmisión sexual, explica el profesor Sishaudhia.«A la gente le cuesta reconocerlo, pero se están registrando muchos casos de sífilis y gonorrea en los centros sanitarios de la región. Los hospitales deben mantener grandes existencias de penicilina para tratar estas enfermedades».

Laxmi Singh, de 40 años, no parece padecer dolencia alguna. Es quizá una de las más entusiastas defensoras de la poliandria.Cuando se ríe a carcajadas, con un cigarrillo en la mano, su enorme constitución se estremece. «Tengo tres maridos (Surat Singh Sharma, Bhaaddur Sing Sharma y Paatira Singh Sharma), y me parece estupendo», dice con su risa estruendosa, guiñando un ojo con picardía. «Los quiero a todos por igual y no tengo preferencias por ninguno, pero es una antigua costumbre. Ya se está perdiendo».
Laxmi y sus esposos tienen siete hijos, de entre ocho y 25 años. Cinco de ellos están ya casados, y todos se han decidido por el matrimonio monógamo. «Ya nadie quiere compartir maridos y esposas. No podemos obligar a nuestros hijos a adoptar nuestro estilo de vida, pero la monogamia está causando muchos problemas antes inexistentes. Los hermanos se tienen envidia y por primera vez hay conflictos que dividen a las familias. Me encanta la vida aquí porque hay menos egoísmo del que se ve en los pueblos y las ciudades. Trabajo mucho más que mis esposos, en la casa y en los campos, pero creo que así debe ser. El final de la poliandria supone que la vida se parece cada vez más a la de las ciudades.En otra época todos obedecían al hermano mayor. Ahora...».

El gozo de vivir que expresa Laxmi está ausente en Taro, de 36 años, casada con los hermanos Musha y Dalau, de 45 y 37 años. Aparenta 20 años más de los que tiene, y las arrugas alrededor de los ojos y la boca hablan de muchas penalidades. Los tres pertenecen a la casta baja kolto y viven a las afueras de la aldea. Tienen cuatro hijos, con edades de entre nueve y 18 años, y todos viven en una choza de una habitación atiborrada de camas, utensilios de cocina y ropa deshilachada que cuelga de las paredes. No hay colores. Todo tiene aspecto de sucio.
Musha se apresura a responder todas las preguntas que dirigimos a Taro. «A los hermanos nos resultaba muy costoso casarnos con una mujer cada uno, por tanto decidimos compartir a Taro. Ella está contenta con este arreglo porque comprende las circunstancias», afirma Musha. Taro permanece con la vista baja, de modo que es imposible confirmar si su esposo dice la verdad.

Mientras las familias de las castas altas se aseguran de proteger la intimidad de la esposa y el marido durante la noche, las familias de castas bajas no lo hacen. «La unión entre Dalau y yo es más fuerte que nuestros lazos con Taro», dice Musha con toda tranquilidad.«Nuestra relación es mucho más importante. Todos vivimos y dormimos juntos en la misma habitación. Dalau y yo nos turnamos para dormir con Taro y los niños nos quieren a ambos por igual. Ellos no conocen otra forma de vida».


De vuelta a la aldea, en el sector de la casta alta, la gente está sentada tranquilamente en sus terrazas contemplando las inmensas y calladas montañas y las franjas rojas del atardecer en el cielo. Nuestro chófer hace lo mismo, apoltronado en el coche. No sabe si solicitaremos sus servicios dentro de tres horas o tres días, pero no le importa y tampoco se molesta en preguntarnos. La gente permanece en silencio, pero da la sensación de estar meciéndose al compás invisible de las montañas, en una espera indiferente.

Ratan Singh Chauhan es fundador y secretario general de la zona tribal Lok Kala Mandar Jaunsar Bawar. Su matrimonio es monógamo.Su casa es la más grande de la aldea y, al igual que todas, carece de muebles, a no ser una serie de esteras extendidas en el suelo que sirven de sofá y cama, y de un impresionante juego de cazos y sartenes de hierro. Está sentado, con las piernas cruzadas, en el suelo con su mujer, que lleva el traje tradicional de la región, túnica de colores vivos, falda larga negra y un pañuelo atado con un complejo nudo en la nuca.

Ratan sonríe con tristeza y de repente asoma su único diente, que asienta en el carnoso labio inferior. «Aquí todo está cambiando, la cultura está desapareciendo. Es una vida dura y la gente de ahora quiere algo diferente. La poliandria está desapareciendo.En cierto sentido es bueno, pero en otro no».

La luz se va pronto en estas tierras. Con el rostro apenas visible en la penumbra, bajo la luz difusa de una lámpara de aceite, Ratan se encoge de hombros y reconoce que las aldeas bajo su control viven cambios irreversibles. «Ahora se abren al mundo y prefieren la monogamia. Conforme la gente va recibiendo más educación en la escuela se niega a quedarse y llevar una vida tradicional. Se trasladan a las ciudades y la tierra se divide cada vez más, pues los hermanos han dejado de compartir mujer.El conocimiento y la educación es posible que aceleren la desaparición de nuestras tradiciones. Y nadie sabe qué traerán estos cambios».


DE CANARIAS A LOS POBLADOS ESQUIMALES
Como dicen los habitantes de la aldea de Kueanoo y alrededores, en el Estado de Uttar Pradesh, la poliandria es una costumbre en vías de extinción. Y no sólo en su zona. Según algunos antropólogos, fue una de las formas de asociación matrimonial que rigió la larga época prehistórica del matriarcado, y estaba condenada a desaparecer desde que las mujeres comenzaron a perder autoridad en las tribus humanas. En la actualidad, la posibilidad de que una mujer pueda llegar a tener varios maridos simultáneamente se da en escasos lugares del planeta. A saber: diminutos enclaves del sur de la India, Nigeria, en el sur de Australia y en algunos poblados esquimales. También en algunas zonas de Filipinas. En las mayoría de los casos, los maridos de una mujer no suelen estar emparentados. Históricamente la poliandria existía entre los bretones, los árabes primitivos, los hotentotes africanos, los aborígenes de América, los habitantes primitivos de Canarias, Ceilán y Nueva Zelanda.

Fuente: Diane Taylor

Photo/post: Vandana Shiva

La chica de cartón piedra



Cada vez que se mira al espejo, la chica de cartón-piedra siempre se ve gorda. Ha bajado de los 65 kilos a los 60, de los 60 a los 55, de los 55 a los 50 y de los 50 a los 45. Y a pesar de que cada vez se parece más a los maniquíes que ve en los escaparates, ella se sigue viendo gorda. ¿Quién va a quererla así?¿Quién va a mirarla, si ella misma siente repugnancia cuando se mira al espejo? El ojo del que mira sólo ve en ella una bola de carne informe sin sexo ni edad y ningún atractivo, alguien que desea convertirse en otra cosa. En cualquier cosa, menos en lo que es.


PeRo, ¿QuÉ sE EsCoNdE DeTrÁs dE toDa eStA pArAfErNaLiA? SeR OtRa. O No SeR.

La chica de cartón-piedra quiere ser delgada. Delgadísima. Quiere ser como Keira Knightley. Parecerse a Paris Hilton. Estar hecha de cartón-piedra, de fibra, de plasma o de celuloide. Engrosar el listado de criaturas de Aushwitz que pululan por Internet bajo los titulares de anorexia.com. Odia la carne que hay sobre sus huesos. Odia la carne que le ponen en el plato. Odia comer. Odia alimentarse. Porque alimentarse significa crecer. Así es que la chica de cartón-piedra come por cumplir. Los demás le echan vistazos suspicaces: ¿qué hará cuando pide disculpas y se retira sigilosamente para ir al baño? La comida no le pasa, y ya tiene una herida en la garganta de tanto vomitar. Quiere parecerse al maniquí del escaparate. Quiere ser el maniquí. Parece que no supiera que el maniquí es sólo una figura de cartón-piedra que está hueca por dentro. Que su tiempo de vida útil es breve, tan breve como un vestido, una camiseta o la carrera meteórica de una top-model ingresada en una clínica de lujo con suero en vena.

La chica de cartón-piedra está enferma y ha perdido su capacidad de salivar. Ya no menstrúa, y la sóla idea de tener sexo le produce horror. Sólo quiere desaparecer.

La ChIcA dE CaRtóN-PiEdRa No qUiErE sEr uNa mUjEr. No qUiErE SER.