7/2/08

Bíclope pensador



Photo/port: Shane Acker-Art Futura 2006
http://www.artfutura.com/


Sea I


Pero el mar no golpea como un corazón,
ni el vidrio o cabellera de una lejana piedra
hace más que asumir todo el brillo del sol sin devolverlo.
Ni los peces innumerables que pueblan otros cielos
son más que las lentísimas aguas de una pupila remota.


-Vicente Aleixandre, Ven, ven tú (fragmento)

Photo/post: Peces, Roxana A. Basso (Sea II, Pájaros) .

Sea II



Al ver a las rosadas jarras concebir al sol,
mi sed concibe un universo más ardiente:
y brindo por los pájaros que en los árboles en ascuas
inscriben su sagrada y lúcida ebriedad.

-Richard Wilbur, Cosas de este mundo


Photo/post: Pájaros, Hipatia de Alejandría

Roberto Arlt: a terrible sinceridad



Creo que hay una forma de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo, que si no concede la felicidad, le proporciona al individuo que la practica una especie de poder mágico de dominio sobre sus semejantes. Es la sinceridad.
Ser sincero con todos, y más todavía consigo mismo, aunque se perjudique. Aunque se rompa el alma contra el obstáculo. Aunque se quede solo, aislado y sangrando. Esto no es una fórmula para vivir feliz; creo que no, pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencian nos marean y engañan de contínuo.
No mire lo que hacen los demás. Que no le importe un pepino lo que opine el prójimo. Sea usted, usted mismo sobre todas las cosas, sobre el bien y sobre el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todos y contra todos. No importa que la pena lo haga dar de cabeza contra una pared. Interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente:
-¿Soy sincero conmigo mismo?
Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tiresé con confianza. Siendo sincero no se va a matar. Esté segurísimo de eso. No se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra exitencia, impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharán sus ropas y… usted se salvará.
Y usted dirá: “¿Y si los otros no comprenden que soy sincero?”. ¡Qué le importa a usted los otros! La tierra y la vida tienen tantos caminos con alturas distintas, que nadie puede ver a más distancia de la que ven sus ojos. Aunque suba a una montaña, no verá un centímetro más lejos de lo que permita su vista. Pero, escúcheme bien: el día en que quienes lo rodean se dén cuenta de que usted va por un camino no trillado, pero que marcha guiado por la sinceridad, ese día lo mirarán con asombro, luego con curiosidad, Y el día en que usted, con la fuerza de su sinceridad, les demuestre cuántos poderes tiene entre sus manos, ese día serán sus esclavos espirituales, créame.
Me dirá usted: “¿Y si me equivoco?”. No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesto la vida, que es esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán. O no lo perdonarán. Interesa poco. Usted siga su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario. Y créame: llegará el momento en que usted se sentirá tan fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguietes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa tabla que tiene en el reverso, y de una patada la va a tirar lejos de usted. ¿Qué le importan los nombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los nombres?
La sinceridad tiene un doble fondo curioso. No modifica la naturaleza intrínseca del que la practica, y sí le concede una especie de doble vista, sensibilidad curiosa, que le permite concebir la mentira, y no sólo la mentira, sino los sentimientos del que está a su lado.
Hay una frase de Goethe respecto a este estado, que vale un Perú, y dice:
“Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás de él”.
Es lo que le decía antes. La sinceridad provoca en quienla practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. Estas fuerzas sólo se muestran cuando tiene que producirse eso de: “Tú que me has metido en este dédalo, tú me sacarás”; y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastrarán, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted las realiza. ¿Qué se quedará sanfrando? ¡Y claro! Todo cuesta en esta tierra. La vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.
Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante combinaciones más extraordinarias, más inesperadas.
Vea, amigo: hágase una base de sinceridad, y sobre esa cuerda floja o tensa, cruce el abismo de la vida, con su verdad en la mano. No hay nadie, absolutamente nadie, que pueda hacerlo caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras, se acercarán mañana a usted para sonreirle tímidamente. Créalo, amigo: un hombre sincero es tan fuerte que sólo él puede reírse y apiadarse de todo.

Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942). Aguafuertes porteñasPhoto/post: La vida según San Telmo, Alberto Klix

Hedwig and the angry inch


EE.UU: 2001
Dir: John Cameron Mitchell
Música: Stephen Trask
Cuando La tierra todavía era llana, y las nubes eran de fuego, y las montañas llegaban al cielo… la gente vagaba por la Tierra como grandes toneles rodantes. Ellos tenían dos juegos de brazos, ellos tenían dos juegos de piernas, tenían dos caras que asoman de una cabeza gigante. Así podían mirar todo alrededor. También hablaban mientras leían, y no sabían nada del amor. 
Esto era antes del origen del amor.
Había entonces tres sexos, uno que se parecía a dos hombres espalda contra espalda: los llamaron los niños del Sol. Similares en su forma y unión, eran los niños de la Tierra: ellos se parecían a dos muchachas enrorolladas en una sola. Y los niños de la Luna parecían un tenedor empujado dentro de una cuchara. Ellos eran parte Luna, parte Sol, parte hija, parte hijo.
Ahh… el origen del amor.
Los dioses crecieron bastante asustados de nuestra fuerza y desafío, y Thor dijo: “Voy a matarlos a todos con mi martillo, como maté a los gigantes”. Pero Zeus dijo: “No, mejor déjame usar mi relámpago como las tijeras que usé para cortar las piernas de las ballenas. Yo dispararé justo en el medio, y les cortaré a la mitad”. Las nubes de las tormentas se unieron en lo alto en grandes bolas de fuego, y entonces del cielo disparó las saetas como hojas brillantes de un cuchillo que rasgaron a través de la carne de los niños del Sol, la Luna y la Tierra. Algún dios de la India cosió el agujero de la herida y lo puso en nuestras barrigas, para recordarnos el precio que tuvimos que pagar. Y Osiris y los dioses del Nilo, reuniron una gran tormenta para crear un huracán, para esparcirnos lejos, en un diluvio de viento y lluvia, un mar de grandes olas, para barrernos lejos. Si nosotros no nos comportáramos, volverían a reducirnos, y nos quedaríamos brincando en un solo pie, mirando a través de un ojo.
La última vez que te vi acababan de partirnos en dos. Tú me mirabas, yo te miraba. Tenías un aire tan familiar. Yo no podía reconocerte porque había sangre en tu cara, y yo tenía sangre en mis ojos. Pero podría jurar, por tu expresión, que tu dolor era similar al mío.
Ése es el dolor que corta en linea recta a través del corazón. Nosotros lo llamamos Amor.
Envolvimos nuestros brazos a través de nosotros, intentando volver a estar juntos. Estábamos haciendo el amor. Hacía frío, una tarde oscura hace mucho tiempo, cuando por la mano poderosa de Jupiter, era la trsite historia de cómo nos volvimos solitarias criaturas de dos patas.
La historia del origen del amor. Ése es el origen del amor.
"The Origin of Love"- Hedwig and the angry inch.
Photo/post: Emily Hubley (animaciones).










Instructoras de vuelo de brujas aprendizas

A mi madre, señora de las Nostalgias

Curiosa la metamorfósis que sufre el útero de la mujer cuando llega al climaterio. Según la Medicina Tradicional China (gracias, Coral, por tu valiosa clase en la terraza de Mirta), al llegar a esa edad, el útero -que como sabeis tiene la forma de una pera invertida- comienza, literalmente, a darse la vuelta. El período que tarda en dar una vuelta de 90 grados, puede durar años. Esto explica los cambios que se producen tanto a nivel biológico como emocional. El útero ha movido el mundo desde siempre, así que es justo que llegado el momento, pues decida “mover”, como decía un amigo mío cuando quería marcharse. Quizá sea el mejor momento de la vida, pero la cultura occidental se ha empeñado en hacer acopio de la productividad, y pareciera que una mujer que deja de “producir” (en sentido reproductivo) se vuelve descartable.

Esta sorprendente rotación del útero explica el por qué de los famosos “sofocos”, los desequilibrios hormonales, la sequedad vaginal, la dispareunia, el vértigo, las jaquecas, las depresiones y los cambios de humor que se dan en la menopausia. En un gag de la película Manuale di’amore, Frances McDormand se queja de estar “premenopaústica”, sólo que en vez de comprenderse, la pobre mujer se auto-compadece. La sociedad no suele ser tan condescendiente. Cuando una mujer sufre un arrebato, incluso se le llega a reprochar con desprecio su condición de hembra menopáustica. Se olvida -o más bien se desconoce- que en las sociedades tribales, las mujeres no eran aceptadas en el consejo chamánico hasta bien superado el climaterio, y que eran ellas, justamente, las que traían los niños al mundo cuando una hembra joven estaba a punto de parir. Se olvida -o más bien se ignora- que una mujer menopáustica es suprasensible, y que habiendo vivido su vida en plenitud, será mucho más sabia que a los treinta.

Pero lo más triste no es la falta de aceptación a nivel social, sino el propio auto-rechazo que padecen algunas mujeres al llegar a esta edad. Siempre he creído que si te niegas a aceptar el proceso natural de crecimiento (podría haber dicho “de deterioro físico”, pero he preferido llamarlo así porque creo que somos algo más que uncuerpo) es que no has vivido bien tu vida, que la has vivido a medias, o que la has vivido sólo por vivir. Estas mujeres suelen implicarse en relaciones enfermizas, y entran en una dinámica de resignación que sólo puede estar jutificada por la manera en que sus propias madres y abuelas vivieron la menopausia: no como un renacimiento, sino como una especie de castración. Otras, en cambio, se vuelven adictas a las cirujías, a las dietas meteóricas, a la competencia con mujeres más jóvenes, a la competencia con los hombres (no hay cosa que me parezca más absurda que una mujer compitiendo contra un hombre per se) y van por la vida depredando todo lo que encuentran a su paso (sea parejas, empresas, e inclusive hijos).

Vamos, que en vez de vivir hacia adelante, viven hacia atrás.

Luego están las otras, las que a mí me gustan. Son las que aceptan el paso del tiempo, y que aceptándolo, lo bendicen. Son las que viven no a tope, sino intensamente, de afuera hacia dentro, y no al revés. Son las que no pudiendo ya enhebrar los delicados embriones del amor, enhebran otros: los universales, los etéricos, los clarividentes, los empíricos, los de la plenitud sexual y del sosiego. Son las que se rigen por el eje del cérvix con la cúspide apuntando hacia plexo. Son las que fluyen con la corriente de la vida en línea directa al chakra craneal. Son las brujas del Tercer Ojo abierto de par en par, las cartógrafas de los mapas que dibujan las estrellas dentro de los vientres femeninos, las Eurídices que vuelven del Infierno solas, pero robustecidas; las magas de la segunda oportunidad, las instructoras de vuelo de las brujas aprendizas, las que exhiben sus arrugas con el desparpajo alegre de una quiceañera con un tanga. Ésas son las que a mí me gustan, y así me gustaría ser a mí cuando llegue a esa edad.

Está probado que si la mujer vive la travesía del útero de forma natural y sin lastres, tiene asegurado un boleto de ida. Que para los de vuelta, ya están los cirujanos caros.


Teresa del siglo de los locos

Vaya con Teresa. La pequeña Teresa, la atormentada Teresa, la Teresa nacida y renacida de la simiente etérea de Jesús. La Teresa envasada al vacío en su traje de novicia salvaje; la herética, obstinada, valiente y alienada Teresa, locamente enamorada de la Santa Sangre que limpiaría su vergüenza.
Parece ser que Teresa había perdido la virginalidad -algo imperdonable en pleno apogeo del cinturón de castidad y encayolamiento del clítoris- y que, para santificar su vergüenza, se enclaustró entre las cien paredes de un convento. Sucedió en Ávila, en 1533.
Cuentan que Teresa se durmió durante cuatro días, que se la declaró muerta y que volvió de entre los muertos, siendo su padre testigo del incidente. Con la carne rota por los heridas que ella misma se infrigía -¿por amor a la divinidad, por el placer morboso que le producía el martirio de la carne vedada, o por el ansia de revivir una y otra vez la martirizante petit-mort que alivia el corsé de la culpa?- Teresa escribiría con sangre los versos más apasionados del Siglo de Oro español. Mientras los hombres de la ¿Santa Madre? Iglesia intentaban borrar con su memoria oscura la luz de la memoria futura, Teresa, la loca Teresa, la catatónica, la cataléptica, la epiléptica, la enamorada de las llagas de Jesús -su invisible y jamás probado consorte- renunciaba a sus vestiduras de raso, se calzaba un sayo de esparto, levantaba un pequeño convento hecho a mano, y montaba una revolución. Ella sola. Contra la Inquisición. Contra su priora. Contra su confesor. Contra los pequeños hombres grises que odian todo lo que no pueden tener. ¿Quiénes la ayudaron? Una beata y un fraile loco, que como ella, también fue santo.
¿Fue Teresa una santa o una loca?¿O era las dos cosas a la vez?¿Fue una suicida encubierta?¿Una poseída?¿Una reprimida?¿Qué intentaba hacer Teresa?¿Amar desaforadamente y hacia dentro, habiendo sublimado el deseo en esa forma de muerte que es el amor casto, que no por casto tiende a envenenar menos que el profano?¿O borrar con su íntimo infierno el mimo de la divinidad?¿O transpasar el umbral entre la locura y el juicio, siendo ella misma por la fuerza de su fe? En el Siglo de Oro, un Siglo de Locos, vivió Teresa de Jesús, doctora de la Iglesia, poeta, polemista, intelectual, ideóloga -e inclusive- mujer de empresa. Loca o no, hizo lo que quiso… porque creyó. ¿Qué importa en qué?
Muéveme en fin tu amor y en tal manera 
que aunque no hubiera cielo yo te amara
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
Teresa de Jesús