7/2/08

Laberinto


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Hará un cuarto de siglo - dijo Dunraven - que Abenjacán el Bojarí, caudillo o rey de no sé qué tribu nilótica, murió en la cámara central de esa casa a manos de su primo Zaid. Al cabo de los años, las circunstancias de su muerte siguen oscuras.
Unwin preguntó por qué, dócilmente.
-Por diversas razones -fue la respuesta-. En primer lugar, esa casa es un laberinto. En segundo lugar, la vigilaban un esclavo y un león. En tercer lugar, el asesino estaba muerto cuando el asesinato ocurrió. En quinto lugar…
Unwin, cansado, lo detuvo.
-No multipliques los misterios -le dijo-. Estos deben ser simples. Recuerda la carta robada de Poe, recuerda el cuarto cerrado de Zangwill…
-O los complejos -replicó Dunraven-. Recuerda el universo.

J.L Borges- Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto (El Aleph)


Cuentan que el primer indicio del significado de la palabra “laberinto”, se encontró en Egipto, cerca de El Cairo, en el monumento funerario erigido para el faraón Amenemhat III (para mis lectores argentinos: no se tienen referencias de que Carlos Saúl tenga algún parentesco con el referido faraón, a pesar de su acusada afición a los laberintos y a las patrañas verbales) y significa: “Templo a la entrada del lago”. Consistía en una compleja red de pasadizos que, dicen, confundía tanto a los vivos como a los muertos.Más tarde, los griegos construyeron otro laberinto, que no por ser más pequeño evitaría conventirse en el más famoso del mito occidental: el laberinto de Creta. Las referencias históricas indican que fue construído por Dédalo, presunto inventor de la labrys, un hacha de doble filo que representa, a la vez, el hacha de Zeus, las dos caras de la luna, y los dos cuernos del toro (por el Minotauro).Es sumamente jugoso el seguimiento semántico de la palabra “laberinto”, que hace Nycteris (de quien he tomado parte de esta fuente) donde explica que, al menos en Europa, al laberinto se le llamó Troya, que por deformación fue pasando a través de las diversas lenguas romances hasta llegar al inglés como trowen, que además de laberinto, significa girar, dar vueltas, e inclusive, engañar. Así, de Troya pasamos a Roma, de Roma a Jerusalem -la ciudad santa- y de ésta, al gran laberinto de la catedral de Chartres y a todos los laberintos que fueron cogidos por el cristianismo para escenificar el camino de la purificación espiritual, que es, en todas las religiosas y culturas, ni más ni menos que la búsqueda del si-mismo.

Sin embargo, también están los laberintos que no van hacia dentro, sino que buscan una salida. En inglés, a este tipo de laberinto se le llama maze, que deriva del céltico maes, que a la vez significa prado, y que, como todos sabemos,es un juego conocido para niños y adultos. Todo lo sagrado, a la larga se profaniza.

En Alemania se les llama -además de labyrinth- irreweg, que deriva del verbo irre, que significa errar o engañarse, y curiosamente, se le relaciona con un hombre loco cuyo espíritu está confundido, y que yerra. Vamos, que si quieres alcanzar la lucidez es conveniente que alguna vez te hayas metido en un laberinto. Eso sí, se recomienda salir.

Y aquí, claro, llegamos a la parte psicoanalítica, un asunto que debería obviarse a riesgo de quedar desquiciada, según alguna opinión vertida en mi blog recientemente. Igual creo que no debería decir “piscoanalítica” porque me parece que es, en realidad, junguiana… pero ¡diablos!, esto es algo que debería saber, porque soy argentina. En cualquier caso, sospecho que no hará falta haber hecho un master ni en uno ni en otro (yo no los tengo, y tampoco es que me preocupe) para entender que la existencia del laberinto como búsqueda simbólica del ser interior es muy anterior a don Sigmund, e incluso a Jung. Dudo que los constructores de la catedral de Chartres tuvieran un master en estas cosas. De hecho, la necesidad humana de hallar los peligros de la sombra (que diría Jung) para, habiéndose conocido ya todo lo suficiente como para salir airoso de la prueba (Teseo y el Minotauro), es un hecho antropológico, y es parte de nuestra naturaleza.

Caso curioso, ayer mi maestra de meditación -que enseña a través de la práctica y no de la cháchara- respondiendo a la pregunta de un chico nuevo, hizo una breve referencia a cierto asunto del que, en ese momento, no tuve oportunidad de pedirle que diera detalles. Ella habló de las diferentes “capas” que nos recubren. Después, durante la relajación, mi mente dibujó un laberinto. Y, oh casualidad (más bien, sincronicidad) hoy mismo me propongo buscar en la Red alguna información sobre los laberintos y me encuentro con el siguiente comentario, de Anagarika Govinda (Foundations of Tibetan Mysticism):

Según las doctrinas budistas tibetanas, el centro de la conciencia humana está vacío, más allá de las definiciones limitadoras. El centro está rodeado por cinco capas de densidad creciente que cristalizan alrededor del punto interior de nuestro ser. La más densa de estas capas es el cuerpo físico, construido mediante la nutrición; la siguiente es el cuerpo del sutil o etéreo, alimentado por la respiración; la siguiente es el cuerpo del pensamiento o personalidad, formada por el pensamiento activo; la quinta es el cuerpo de la conciencia dichosa y universal, experimentada únicamente en un estado de iluminación. El desarrollo de la lucidez plena en la vida despierta y en la vida de los sueños es un paso fundamental hacia la comprensión de la interpretación y la relación de estos aspectos del yo.

 
Vivimos inmersos en laberintos constantes. Entrando y saliendo de ellos todo el tiempo, casi sin saberlo. El circuito vital se refleja incluso en los múltiples entresijos del cerebro, que ya de por si parece un laberinto. En una escena de la película Hombre mirando al sudeste, el protagonista -un supuesto extraterrestre obsesionado con el comportamiento humano que trabaja en un manicomio como ayudante de patólogo- coge un cerebro, lo corta en dos con un cuchillo como si cortara un trozo de mantequilla, y empieza a deshacerlo entre sus dedos, bajo un grifo abierto, mientras dice: “Ahí van… Einstein, Bach, el señor nadie, un loco…”. Previamente, y ante el cerebro aún intacto, le había preguntado a su psiquiatra dónde creía él que estaba aquella tarde de campo en que hizo el amor por primera vez con una mujer. ¿En qué parte de ese intrincado laberinto residirán todos los recuerdos de nuestra vida?¿En qué parte habitará el Minotauro?

O quizá la cuestión no sea dónde habita, sino atreverse a buscarlo. No puede haber nada más terrorífico que encontrarse a solas, y frente a frente, con el Minotauro que todos llevamos dentro. En España, la superioridad humana sobre la bestia se ha centrado en la fiesta de los toros. Sin embargo, no se trata de sublimar el miedo a través de una fiesta sanguinaria que ya es rechazada por muchos, sino de ir tras la sombra y enfrentarla. Por eso hay tanta gente que va por el mundo responsabilizando a los demás de todos sus conflictos. El toro siempre está fuera, nunca nos pertenece. La bestia es el otro, nunca yo. Imagínate lo que significaría tener que admitir que la bestia eres tú: representaría un largo, larguísimo trabajo de disección en el cual el objeto a observar serías tú, y no el otro, un circuito aparentemente interminable de bajadas y subidas, y sobre todo de descensos, a ese infierno tan temido de tu centro. El laberinto para llegar no es más que un medio: el fin eres tú.

El hombre ha tratado desde siempre de llegar al centro de las cosas. En Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne nos habla de un pergamino rúnico que para el profesor Lidenbrock, protagonista de la novela, es todo un misterio a descifrar. O sea, un laberinto verbal:

Desciende al cráter del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia, antes de las calendas de Julio, y llegarás, viajero audaz, al centro de la Tierra. Como yo lo hice. (
Y llegarás, viajero audaz, al centro de tu corazón, que es el centro de tu laberinto. Tu rosacruz. Tu flor de Loto. Que es tu infierno tan temido, y a la vez tu paraíso, tu vacío, tu zen. Recuerda que el miedo puede ser peor que el peligro).


¡Bon voyage!

La mujer salvaje


¿Qué es la Mujer Salvaje?, pregunta Clarissa Pinkola Estés en su libro Mujeres que corren con los lobos, ya todo un clásico de la literatura femenina y uno de mis libros de cabecera, que además recomiendo tanto a mujeres como a hombres para comprender la naturaleza femenina en su esencia, desmarcada de prejuicios culturales y etiquetas políticas y sociales. Voy a transcribir lo que ella misma responde:
La mujer salvaje es la fuerza Vida/Muerte/Vida, es la incubadora. Es la intuición, es la visionaria, la que sabe escuchar, es el corazón leal. Anima a los seres humanos a ser multilingues; a hablar con fluidez los idiomas de los sueños, la pasión y la poesía. Habla en susurros desde los sueños nocturnos, deja en el territorio del alma de una mujer un áspero pelaje y unas huellas llenas de barro. Y ello hace que las mujeres ansíen encontrarla, liberarla y amarla.
Es todo un conjunto de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos. Ha estado perdida y medio olvidada durante muchísimo tiempo. Es la fuente, la luz, la noche, la oscuridad, el amanecer. Es el olor del buen barro y la pata trasera de la raposa. Los pájaros que nos cuentan los secretos le pertenecen. Es la voz que dice: “Por aquí, por aquí”.
Es la protesta a voces contra la injusticia. Es la que gira como una inmensa rueda. Es la hacedora de ciclos. Es aquella por cuya búsqueda dejamos nuestro hogar. Es el hogar al que regresamos. Es la lodosa raís de todas las mujeres. Es todas las cosas que nos inducen a seguir adelante cuando pensamos que estamos acabadas. Es la incubadora de las pequeñas ideas sin pulir y de los pactos. Es la mente que nos piensa; nosotros somos los pensamientos que ella piensa.
¿Dónde está?¿Dónde la sientes, dónde la encuentras? Camina por los desiertos, los bosques, los océanos, las ciudades, los barrios y los castillos. Vive entre las reinas y las campesinas, en la habitación de la casa de huéspedes, en la fábrica, en la cárcel, en las montañas de la soledad. Vive en el gueto, en la universidad y en las calles. Nos deja sus huellas para que pongamos los pies en ellas. Deja huellas dondequiera que haya una mujer que es tierra fértil.
¿Dónde vive? En el fondo del pozo, en las fuentes, en el éter anterior al tiempo. Vive en la lágrima y en el océano, en la savia de los árboles. Pertenece al futuro y al principio de los tiempos. Vive en el pasado y nosotras la llamamos. Está en el presente y se sienta a nuestra mesa, está detrás de nosotras cuando hacemos cola y conduce por delante de nosotras en la carretera. Está en el futuro y retrocede en el tiempo para encontrarnos.
Vive en el verdor que asoma a través de la nieve, vive en los crujientes tallos del moribundo maíz de otoño, vive donde vienen los muertos a por un beso y en el lugar al que los vivos envían sus oraciones. Vive en donde se crea el lenguaje. Vive en la poesía, la percusión y el canto. Vive en las negras y en las apoyaturas y también en una cantata, en una sextina y en el blues. Es el momento que precede al estallido de la inspiración. Vive en un lejano lugar que se abre paso hasta nuestro mundo.
La gente podría pedir una demostración o una prueba de su existencia. Pero lo que pide esencialmente es una prueba de la existencia de la psique. Y, puesto que nosotras somos la psique, también somos la prueba. Todas y cada una de nosotras somos la prueba no sólo de la existencia de la Mujer Salvaje sino también de su condición en la comunidad. Nosotras somos la prueba de este inefable numen femenino. Nuestra existencia es paralela a la suya.
Las experiencias que nosotras tenemos de ella, dentro y fuera, son las pruebas. Nuestros miles de millones de encuentros intrapsíquicos con ella a través de nuestros sueños nocturnos y nuestros pensamientos diurnos, a través de nuestros anhelos y nuestras inspiraciones, nos lo demuestran. El hecho de que nos sintamos desoladas en su ausencia y que la echemos de menos y anhelemos su presencia cuando estamos separadas de ella es una manifestación de que ella ha pasado por aquí.
Clarissa Pinkola Estés (Mujeres que corren con los lobos)

Comunicación

La llave la tienes tú.

Última entrega de la zaga biclópea

9 (Todo sea por los amigos)



PRiMeR PrEmIo dE ArT-FuTuRa sHoW 2005, en la categoría cortometraje en vídeo digital. Creador: Shane Acker

Búscate la vida


¿Habeis notado que hay gente que va por la vida dando la sensación de que en vez de sangre, por las venas le corriera, por ejemplo, horchata? No estoy hablando de los típicos canallas, esa gente insensible y maliciosa que se solaza haciéndole la vida imposible a los demás. No. Yo hablo de otra cosa. Hablo de una actitud generalizada de… cómo te diría, ¿desidia?, que me llama poderosamente la atención.
Para empezar, yo huyo del síndrome del horchatismo. Y la verdad es que huyo con todas mis fuerzas, tal como si huyera de una epidemia. O más bien de una pandemia. Que es lo que es.
Me llevó algún tiempo encontrar una palabra que se adecuara al perfil del horchatero, hasta que finalmente la encontré. Y es apatía. Fijaos qué sencillo. A diferencia de la simpatía y la antipatía, la apatía es un estado de ánimo neutro. En lo personal, la neutralidad me resulta incluso más irritante que el extremismo, ya que al menos éste destaca por su apasionamiento; sin embargo, la neutralidad es desapasionada e inerte.
A propósito de esto, las personas afectadas por el síndrome están, si se mira con atención, desexualizadas. Observad las manos de ciertos horchateros: en el caso de los hombres, suelen ser blandas y fofas, con las uñas recortadas al ras, y sus dedos son afilados, casi feminoides. El caso de las mujeres es similar, con la salvedad del temblor casi imperceptible y la tendencia a cogerlo todo con gesto aprehensivo, y esa repugnancia difusa que las personas poco observadoras suelen confundir con delicadeza.
Estudiar a los horchateros (o gente-percha) es semejante al análisis estadístico: haber visto a 1000 es como haber visto a uno solo, y viseversa. Con lo cual, después del primer impacto te acostumbras, y sabes que la única salida que tienes es, en la medida de lo posible, huir de ellos o tratarles con la máxima educación que exige el protocolo de los horchateros, y que es: la desidia. Si en un encuentro ocasional se te ocurriera, por ejemplo, hacer una broma o soltar una ironía (el horchatero odia la ironía, prefiere el cinismo) se quedará de piedra o te mirará como un niño delante de una pieza de museo tipo Diplodocus, siendo tú el lagarto gigante y él, el niño. Y como generalmente el horchatero va acompañado, o si va solo dá la puñetera casualidad que hay todo un surtido monovalente de horchateros a su alrededor, el único recurso de amparo o hábeas corpus que te queda será largarte lo antes posible.
Igual no te preocupes: ya se sabe que en un mundo de fugitivos el que toma la dirección opuesta, parecerá que huye.
Si, en caso contrario, resulta que el horchatero es el amigo de un amigo normal y corriente, y coincides con él en una velada que pretendía ser divertida, trata de pegarte como una lapa al formato de su disco duro. Piensa que es cosa pasajera y que luego no tendrás que volver a verle nunca más.
¿El discurso trascendental del horchatero? Pues el seguro del coche y la hipoteca del chalé, obvio. El trabajo. El gimnasio. Gente que, sin llamar demasiado la atención, tenga un buen tipito. Ropa comprada siempre en tiendas extranjeras (y eso que tú: ¿para qué me lo voy a comprar en un chino de Londres si en el chino de la vuelta hay uno igual y encima me queda más cerca?). El parentesco lejano e incomprobable con algún preclaro ya muerto hace ciento cincuenta años. El parentesco lejano y más que sospechoso con algún indivíduo desconocido, cuyo nombre jura y perjura el horchatero que aparece en el diccionario Novis Nobilium del siglo XVI, página 1267, tomo 12. Todo eso, una y otra vez a rítmo de rap.
Para no extenderme demasiado en el tema (que, como el horchatero, tampoco es que dé para tanto), diré que tengo una hipótesis que podría explicar, a groso modo, el origen, multiplicación y cría del horchatero. En mi opinión, y tal como están las cosas, sospecho que en el futuro la fecundación de esta especie podría darse única y exclusivamente in vitro, aunque de momento la pulsión sexual se mantenga sólo para la reproducción siempre y cuando haya boda, y el resto sea realizado rápida e higiénicamente en algún receptáculo o criatura humana destinados a tal fin.
Sea como sea, creo que el quid de la cuestión se centra en el tema de la necesidad. Esto me recuerda a una vieja conversación que mantuve hace muchos años con una amiga que estudiaba psicología y antropología. Ella me dijo: “En las tribus primitivas, las que mejor desarrollaban su capacidad de instrumentalización eran las más necesitadas y no las otras. Esa capacidad es parte de la naturaleza humana, sin embargo, cuanto más desarrollo haya en la tribu, más riesgo habrá de que se pierda”.
Por lo visto, la necesidad es necesaria. Y resulta perfectamente razonable, si se piensa que además de estar en la base de todas las urgencias, es un excelente estímulo para la creatividad, es el acicate que mueve el instinto gregario, el móvil del deseo y el baremo de todos los grandes cambios. La necesidad está en la base del proceso evolutivo. Acicatea la inteligencia y nos pone frente a frente con nosotros mismos, ya no por tradición, sino como indivíduos solos en la carretera. Pero ojo: no confundir necesidad con carencia, ya que puede haber carencia sin necesidad. Y éste es, justamente, el caso del horchatero. Gente que ha nacido en épocas de prosperidad económica, y que, no obstante, parece andar por la vida como si la tuviese pensada de antemano, es decir, como si el futuro se le hubiera escrito antes de que naciera. El caso del horchatero medio es el de un hombre o una mujer que se ducha todos los días, saca al perro, va a la Universidad, visita a sus padres los domingos, se casa, tiene hijos, se divorcia y vuelve a ducharse todos los días, saca al perro, va a la Universidad, visita a sus padres… Es decir, que podría confundirse con un indivíduo medio de cualquier próspera ciudad occidental, sólo que, a diferencia de éste, el horchatero nunca llega a experimentar una verdadera necesidad, porque nunca llega a reconocer su carencia.
En España hay una frase muy acertada que es: Búscate la vida. O sea, mira por tu necesidad. Siempre me pareció una frase útil, plena de lucidez: a la vida, hay que buscarla. Nacemos al mundo en un cuerpo gimiente que quiere alimentarse y sobrevivir, pero la vida es mucho más que eso. La vida es también incertidumbre y asombro. Y curiosidad, mucha curiosidad. ¿Cómo vivir una vida carente de pasión? Habría que preguntarle al horchatero.









Bíclope y cíclope



-¡Dime qué hago con este chisme, tío, date prisa!

- ...¡¡?¿opdì5s!!!++???djnropdì5skjb!!!!!…

- ¿Quéééééé?¿Q-qué coño di-dices, tíooooooooo????????

- …¿¿???!!!!564gsdabrwik¿¿¿!!!?''''??????!!!! nnnn-no lo sé… mmmmmmmmmmm-mejor pre-pre-pregúntale a Edi…

- ¿Y quién es Edi, tío, quién es Edi??????

- El….. el de la… el de la… ¡el de la lámpara!

- ¿Quién?¿Edison?¿El yanqui ése?¡Pero si está muerto, joer!

- ¿Y q-q-qué quiquieres q-q haga??? ¡Si les dejó el chisme a los humanos y ellos lo hicieron c-crecer hasta Hiroshima…!

Photo/Post: Shane Acker

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Rey en su laberinto



El Rey sabía que no era fácil encontrar la ruta. Que la memoria es como un guiñapo olvidado en el fondo de un revuelto armario con el cual tropiezas el día de la limpieza. Sabía que si se metía en la ruta de los guijarros imaginarios de la memoria, ahí estaban los cuentos, los bares de muros encalados, las mujeres comprando tortilla a los críos y la eterna campana de hierro repicando a cada hora tres campanadas secas. “Estoy paseándome por dentro del cuento”, le confesó al bufón un día. Un cuento donde no era rey ni criado, y donde tenía un ridículo dosel hecho de alambre y pilas de papel de diario, una cascada artificial brotando de un muro cargado de pintadas, y una muchedumbre de mentiras, rutinas e indiferencias que, por cierto, no vienen a cuento.
Se guardó de añadir que le exasperaba echar de menos a la gente que amaba, y de tener que admitirlo. De ser duro, y de estar hasta las narices de explicar las razones por las cuales no creía que tuviera que dar una explicación. De ser amorosamente egoísta, y en ocasiones, de amar con avaricia, de no poder con ello, y de quererlo sólo por la alegría genésica de la piel, de ansiarla con pasión, de no quererla, de querer estar solo, deslumbrado, de restregarse en esa piel como un cachorro en una axila, temeroso, sofocado, soñando con niñas como medusas envueltas en algodón de azúcar; de obstinarse en ser impasible, insentimental, convulsivo: una presa de chacal. La estrella del trapecio. Un criado en el sillón del Rey. Alguien capaz de montar una fiesta fabulosa y estropearlo todo al momento siguiente, de escribir docenas de cartas que nunca serían enviadas, de leerlas y releerlas hasta el hartazgo, de hacerlas papilla, de machacarlas, de hacinarlas, de convertirlas en origamis.

El bufón suspiró. Estaba claro que el Rey era un asunto delicado, y quizá las palabras no tuvieran ningún sentido para él. Quizá su dolor fuera sólo una pantomima, una cacería disfrazada bajo la máscara del abatimiento. Quizá el dolor hubiera desaparecido, y sólo quedara la frágil osamenta de lo que en otro tiempo había sido un dolor verdadero, desintoxicado, y hasta saludable. Asimismo, el Rey llevaba tanto tiempo atascado en la herida que ya no la sentía. Durante años la había convertido en domicilio fijo, en el lugar de residencia adonde iban a buscarle los conocidos, y donde más tarde, le iría a buscar el mundo entero, ése que le saltaba encima como un gato salvaje, que le celebraba con ojos idiotas, con aullidos de alabanza, dispuesto a cotizar sus compulsiones al fabuloso precio de la insensatez, para encontrarle en la impronta de lo que alguna vez había sido una herida verdadera. En la callosidad que dejan los cortes profundos que ya no sangran, ni duelen.
El bufón también solía encontrarle allí, aletargado en una tumbona de lujo, con sus gatos y sus cobayas y sus cortinas de abalorios, inmóvil como un cromo, soltando opiniones en las que no creía y callando otras en las que sí, porque las opiniones -como los discursos y sus significados- habían dejado de importarle hacía mucho, y ya no le producían ninguna emoción. Sus emociones habían sido reemplazadas por necesidades urgentes. Sus urgencias, cubiertas por químicos. Sus amigos, reemplazados por artefactos. Así que últimamente sólo se quedaba muy quieto dejando que la prensa disparara contra él, respondía que sí a todo lo que había que responder que sí y respondía que no a todo lo que había que responder que no. Cuando quieres largarte todo te importa un carajo, y él ya había meditado todas las alternativas posibles descartando todas las que consideraba imposibles. ¿Qué hacer, pues?
Al principio, el bufón guardó silencio. Sabía que, ante el menor comentario, el Rey le hubiera respondido con el brutal escepticismo de quienes navegan en las oscuras bajamares de las almas viejas. No era como los otros, que eran pobres y siempre estaban solos. A él lo amaba medio planeta y tenía a su disposición todos los amaneceres del mundo. Era perfectamente conciente de su deficiencia, se mofaba de su propia fragilidad, y llevaba claro que sus limitaciones le dejaban una cierta grandeza. El resto, formaba parte del pasado, de otra vida. Una vida vivida por otro, y no por él.
Aún así y tras un largo silencio respetuoso, se atrevió a decir:
- Si vuesa Majestad me lo permite, este humilde servidor opina que, muchas veces, el éxito se opone a la fortuna.
La cabeza del bufón se exhibe hoy en día en el Museo de Historia del reino de Magog. La expresión de su rostro es la de un hombre afortunado.