7/2/08

Arthur Rimbaud: Je est un autre




En una carta escrita el 5 de octubre de 1871, León Velade le dice a Emile Blemont:
No sabe lo que se perdió no asistiendo a la cena de los Vilains Bonhommes. Allí se exhibió, bajo los auspicios de Verlaine, su inventor, y los míos, su Juan Bautista de la orilla izquierda. A Rimbaud. Grandes manos, grandes pies, un rostro absolutamente infantil que podría corresponder a un niño de 13 años, profundos ojos azules, carácter más salvaje que tímido: así es el muchacho, cuya imaginación, llena de poderes y corrupciones inauditas, ha fascinado o aterrorizado a nuestros amigos. Venga usted, verá sus versos y juzgará por usted mismo. De no ser por la piedra que gravita sobre nuestra cabeza y que el Destino a menudo nos tiene reservada, es un genio que emerge. Algo más tarde, un informe de la Policía Francesa a cargo del oficial Lombard, reza lo siguiente:


Verlaine se enamoró de Rimbaud y los dos se marcharon a Bélgica para disfrutar de la paz del amor y todo lo demás. Hace algún tiempo, la señora Verlaine fue al encuentro de su marido para intentar llevarlo de regreso. Verlaine le respondió que era demasiado tarde, que no era posible una reconciliación, y que además, ya no se pertenecía a si mismo. “La vida en matrimonio me resulta odiosa -gritó- Nos amamos como tigres”, y diciendo esto enseñó a su mujer su pecho tatuado y herido por las cuchilladas que le había asestado su amigo… Rimbaud. Estos dos seres luchaban y se desgarraban como dos bestias feroces, para luego disfrutar del placer de reconciliarse. La señora Verlaine, desanimada, regresó a París.
A los diez años, Rimbaud escribe en su diario:


¿Y a mí que me importa si Alejandro (por el Magno) fue famoso?¿Qué me importa?... ¿Sabe alguien si los latinos existieron?¿No será una lengua inventada? Y aunque hayan existido: ¡que me dejen ser rentista y se guarden su lengua para ellos!¿Qué daño les he hecho yo para que me sometan a tal suplicio? Pasemos al griego… esa sucia lengua no la habla nadie, ¡nadie en el mundo!... ¡Ay, carambola de carambas! ¡Caray, yo quiero ser rentista! No conviene desgastar los pantalones en los bancos… ¡caramboletas!
En otra, del 28 de febrero de 1886 dirigida a su hermana desde Tadjura, África, Rimbaud -ya no el poeta, sino el explorador, el mercader, el aventurero, el traficante de armas, je est un autre-, confiesa:


 

Confío en que podré refugiarme dentro de unos meses en las montañas de Abisinia, que es la Suiza africana, sin inviernos ni veranos: ¡primavera y verdura perpétuas y la existencia gratuita y libre!

El Poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por si mismo, agota en él todos sus venenos, y se queda con la quintaescencia. Inefable tortura para la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, para la cual se convierte en el gran Enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡el Sabio supremo! Porque llega a lo desconocido. Porque ha cultivado su alma, ya rica, más que ninguno. Llega a lo desconocido y aunque, enloquecido, hubiera perdido la inteligencia por culpa sus visiones ¡las ha visto!¡Que reviente en su salto por cosas inauditas e innominables! Por lo tanto, el poeta es realmente un ladrón de fuego (…) Y cuando se haya quebrado la infinita servidumbre de la mujer, cuando viva para ella y por ella –y cuando el hombre, hasta entonces, abominable, la haya liberado- la mujer también será poeta. ¡La mujer encontrará lo desconocido!

(Segunda carta del vidente, a Paul Demeny, 15 de mayo de 1871)
Una temporada en el Infierno es la obra de un místico en estado salvaje (Paul Claudel).

Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se habrían, en el que vinos de todas clases fluían sin cesar. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. -Y la encontré amarga. -Y la injurié. Me armé contra la justicia. Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh saña: sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro! Conseguí disipar en mi espíritu todo resto de humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el salto sigiloso de la fiesta. Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Llamé a lasa plagas para así poder ahogarme en la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. El aire del crimen me secó. Se la jugué a la locura. Y la primavera me dio la risa horrenda del idiota. Pero, recientemente, cuando ya estaba a punto de estirar la pata, decidí buscar la llave que me abriera las puertas del antiguo festín, en el que, quizás, recobraría el apetito. La caridad es esa llave. -¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!. "Siempre serás una hiena, etc...", exclamaba el demonio que me coronó con tan amables adormideras. "Bien, gánate a pulso la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales." ¡Bueno! Ya he tenido bastante: -Pero , querido Satanás, se lo ruego, ¡no se irrite tanto! A la espera de esas pequeñas bajezas que no acaban de llegar, arranco, para u sted que ama el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas hojas repelentes de mi libreta de condenado. 

El hombre de las suelas de viento se ha esfumado definitivamente. Nada de nada (Carta de Delahaye a Verlaine, julio de 1881). 

Apreciemos sin vértigo la magnitud de mi inocencia. Arthur Rimbaud) 

Sin embargo, él vive en mí. Je est un autre.

Camarón de la Isla: el hombre del cigarro apagado

caos capa osposopo
es el hombre de la mancha, el que se alumbra con la luz del cigarro
el que vio el molino,ahí va… ¿no ves?es el hombre que perdió el camino.
Arde el gigante contra la luz de la aurora, siendo un hombre
nada más que un hombre
en un mundo donde se confunden molinos con gigantes
y cuando canta, hay en el aire algo rotundo
que él trae y que todos quieren pero nadie
o muy pocos, pueden tener
caos capa osposopo
es el hombre que perdió el camino

señoras y señores, sepan ustedes
que la flor de la noche
pa’ quien la merece,

el que cruza con un gemido la lengua rota del viejo
yendo por el sueño hundido hasta los cabellos.
Dicen que la muerte le vistió de encajes y azahares
y que hasta ella le lloró
(bendito seas por no ser santo, que los santos están en el cielo
y en tu panteón de salinas sabe Dios incluso
que a veces, vivir es tan chungo como moler sal con las manos)
caos capa osposopo.
Canta el hombre de la mancha, apretando su quijada
canta la presa de chacal
canta el hombre del cigarro apagado, cierra los puños y canta
canta viendo venir la borrasca o la mañana radiante
y al cantar ya no es niño ni hombre, es sólo cante.
Arde el gigante en la sombra del crepúsculo, siendo hombre
nada más que hombre en un mundo
donde ya nadie piensa que sea hombre, sino gigante(pero no es más que un hombre con el cigarro apagado)

yo tiro un tiro al aire
cayó en la arena
confianza en el hombre prima,
nunca la tengas

y mientras canta, el hombre de la mancha sabe
que la orilla oscura existe, pero nadie quiere pisarla
y que él canta como canta porque la ha estado pisando

viviré,
mientras el alma me suene
y aquí estoy
pa’ morir,
cuando me llegue,

de un trago, hasta el fondo
Camarón.

José Monje Cruz, Camarón de la Isla (1950-1992) In memoriam.



El extraño destino de los libros

Hace unos años, andando por Madrid, me encontré con una vieja edición española de Van Gogh: el suicidado de la sociedad, y para acabar de una vez con el juicio de Dios, de Antonin Artaud, en cuya primera página se lee una dedicatoria (obviamente, escrita a mano) que en su momento llegó a llamarme la atención. La misma, data del 10 de junio de 1996, y dice así:

Para Nadjwa y Daniel, que estos versos malditos os sirvan de recuerdo en vuestra estancia en Nueva York. Un beso muy fuerte (Juan).

Temo que a Juan no le alegraría mucho saber que ese libro dedicado con tanto esmero iba a acabar en una tienda de libros usados, y que las manos que ahora lo leen no son ya las de Nadjwa Nimri sino las de esta humilde servidora de origen plebeyo, que a continuación pasará a aburriros con uno de los más grandes poetas que parió el siglo XX dentro de un manicomio. Ya que él

o vio profe
o vio proto
o vio loto
o thethé

y además, había visto


combatir a las máquinas en cantidad,

pero sólo he visto en el infinito

detrás de todo

a los hombres que las conducían.

Porque Artaud, el poeta de la fecalidad, habla como un alquimista urbano, como un brujo de las cloacas y un cachondo, o sino leed:

Todo lo que huela a mierda

huele a ser.

E hombre bien hubiera podido no cagar,

no abrir el bolsillo anal,

pero eligió cagar

del mismo modo en que debió elegir la vida

en vez de consentir en vivir muerto.


Porque para no hacer caca

hubiera tenido que consentir

en no ser,

pero no pudo decidirse a perder el ser,

o sea a morir vivo.


En el ser hay algo especialmente tentador para el hombre

y ese algo es precisamente

LA CACA

(en este punto, bramidos).

Para existir basta con abandonarse a ser,

pero para vivir

hay que ser alguien,

para ser alguien

hay que tener un HUESO,

no tener miedo de enseñar el hueso

y de paso perder la carne.


El hombre siempre ha preferido la carne

a la tierra de los huesos.

Porque sólo había tierra y madera ósea

y tuvo que ganarse su alimento,

no había más que hierro y fuego

y nada de mierda,

y el hombre temió perder la mierda,

o más bien deseó la mierda,

y para ello sacrificó la sangre.


Para tener mierda,

es decir carne que comer,

allí donde no había más que sangre

y chatarra osamental,

y donde nada se podía salir ganando con ser,

sino que perder la vida era lo único posible.


o reche modo

to edire

di za

tau dari

do padera coco


En ese punto, el hombre se retiró y huyó.


Entonces las bestias se lo comieron.


No fue una violación,

él se prestó al obceno ágape.


Le gustó,

él mismo aprendió

a hacer la bestia

y a comer ratas

con delicadeza.


¿Y de dónde proviene esa abyección inmunda?


¿De que el mundo aún no esté constituido?

¿O de que el hombre sólo tenga una reducida idea del mundo y quiera conservarla eternamente?


Proviene de que un buen día,

el hombre

detuvo


la idea del mundo.


Se le ofrecían dos caminos:

el del exterior infinito,

el del interior ínfimo.


Eligió el interior ínfimo.

allí donde basta con apretar

la rata,

la lengua,

el ano,

o el glande.


Y el mismo dios comprimió el movimiento.


¿Es Dios un ser?

Si lo es, es una mierda.

S no lo es,

no existe.


Ahora bien, no existe

sino como el vacío que avanza con todas sus formas,

cuya representación más perfecta

es la marcha de un incalculable grupo de piojos.


“Está usted loco, señor Artaud, ¿y la misa?”


No me creerán,

y desde aquí veo como el público se encoje de hombros

pero el llamado Cristo no es sino aquel

que en presencia del dios piojo

consintió en vivir si un cuerpo,

mientras que un ejército de hombres

bajado de una cruz

en la que dios creía haberle clavado tiempo atrás,

se rebelaba,

y protegido con armaduras de hierro,

con sangre,

con fuego y osambres,

avanza lanzando invectivas contra lo Invisible

para acabar allí EL JUICIO DE DIOS.


(Se esperan bramidos).



Antonín Artaud: Para acabar con el juicio de Dios (Ed. Fundamentos, Madrid)




Rafael de Riego y la saga del abuelo perdido


Y una tortola cantaba en un almendro,
y en su cante decía ¡viva mi dueño!
Camarón de la Isla


No reniego de mi memoria. Al contrario, soy lo que soy gracias a ella. Y en lo que seré, habrá mucho de lo que he sido y de lo que soy, no importa en qué latitud esté.

Cuando me yergo sobre la tierra, ésta se convierte en un punto sobre el cual me gusta balancearme sobre la punta de un pie. Sobre un átomo en el que palpita el mundo, un mundo enorme, prolífero, donde las cosas y los seres echan sus raíces como cordones umbilicales tirando de una misma placenta. Placenta de barrilete, de río, o de retama, pero placenta al fin.

A veces soy una emoción autista bajando por una Thyssen con destino a Moncloa. O una quema fallera disparando fotos sobre la Pedrera. Otras, soy la memoria de un territorio de alazanes salvajes, de novillos macisos, de sauces centenarios, que me señalan esa gran boca hambrienta de campo donde me crié, bajo un viejo ombú desplomado sobre una ermita.

Pero a veces -sólo a veces- prefiero las distancias y las incertidumbres. Absorbo las sensaciones que me dejan las palabras con hambre de letras y de formas, con apetito de espacio, un espacio que también es mito y paradoja, algo amado desde la inconciencia y reconocido con la clarividencia de la sangre. Sin embargo, el día en que necesite ponerle un nombre a mis puertos, empezaré a preocuparme. A mí me gustan los destinos imprevistos.

Crucé el mundo en un boing, cuando la noche era un agujero sin luz a la altura de África. Luego se encendieron las constelaciones y me pareció imposible que pudieran brillar así, tantas millas allá abajo. ¿Puede ser tan enorme una diadema?

Ay Constela, ay Carmela.

Supe que era España por las luces. Aquellos espigones iluminados -si es que lo eran- docenas de radiales sobre una lengua oscura e inmensa, al alba, sobre el mar, me dejaron un recuerdo imborrable. Dentro de una avión la percepción del mundo queda reducida a una aséptica cápsula de fibra y la humanidad al número de quinientas cabezas inclinadas sobre un libro. Crees que el mar es cielo y el cielo agua; y ya no te extraña que la paloma de Alberti se haya equivocado.

La llegada de don Álvaro Ibargúren al puerto de Buenos Aires, mi abuelo materno, fue muy diferente. Él llegó a la Argentina en un barco de vapor. Todos se preguntaban por qué el abuelo nunca se quitaba la boina, ya que tenía una mata de pelo preciosa con unos rizos plateados casi tan brillantes como las diademas que ví desde el avión. El viejo se pasó la vida inclinado sobre una huerta, ofreciendo su espalda a la casa de estuco que se mantenía milagrosamente en pie, como él, en latitud sur al gran río y al viejo continente. Latitud patente, exacta e ineludible la de aquella casona de tejado a dos aguas, cercada por un seto amorosamente cortado, un seto que era también frontera inadecuada aunque precisa para el mundo de afuera, un mundo al que don Álvaro le volvía la espalda, para inclinarse sobre la tierra germinante, algo que siempre reconoció como suyo con la pasión neolítica de los espíritus sencillos.

Don Álvaro nunca renegó de su memoria histórica. Al contrario, fue lo que fue gracias a ella. Sólo un pacífico agricultor que siempre hablaba de su Álava natal con la familiaridad de quien habla de su primo el del pueblo. Como si el pueblo estuviera a dos horas, y no a cuarenta días de incertidumbre y quién sabe cuántas cosas más que nunca sabremos, en un barco a vapor. En lo que fue, hubo mucho de lo que había sido aquí, de lo que fue después ya al otro lado del mundo, y de lo que sería más tarde a través de mí. Sin importar su latitud.

El abuelo don J.A.Z (siglas de fantasía), indiano, muerto por los falangistas en 1937. Hasta donde yo sé, sus restos reposaban en algún lugar de puerto La Espina, en Asturias. Aunque él nunca llegó a emigrar, sus hijos varones fueron enviados a América por su viuda, doña Amparo, a quien conocí en Boal con casi un centener de años. En Argentina, sus hijos trabajaron en lo que podían, se casaron, tuvieron descendencia (uno de ellos fue mi marido), levantaron una casa, montaron su empresa, y aún viven allí.

Yo conozco La Espina. Es un puerto de montaña hasta arriba de bosques, en cuyas hondonadas podría muy bien esconderse un ejército entero. El único testimonio vivo cuando llegamos a Tuña -una aldea de no más 500 habitantes en el consejo de Tineo- era el por entonces presidente honorario del Ateneo Republicano, y cuya hija, diputada por el PSOE, nos invitó a cenar en su casa, de forma totalmente espontánea y haciendo gala de una hospitalidad que jamás olvidaré, hace ya más de siete años. Él nos contó como, ya acabada la Guerra Civil, J.A.Z fue arrastrado fuera de su casa en vísperas de Semana Santa y fusilado junto con otro grupo de civiles, antes de ser enterrado en puerto La Espina en una fosa común que cubrieron con cal viva. El testimonio lo recoge de un viejo conocido que en el momento del relato había fallecido, y parece ser que a éste “se lo contaron”.

¿Quién se lo contó? En cualquier caso, quien se lo haya contado, tuvo que ver algo. ¿Por qué nadie, o muy pocos, querían hablar de J.A.Z cuando estuvimos en Tuña? La respuesta es el silencio.

Cabe preguntarse por qué J, habiendo nacido en Tineo, decidiera mudarse a más de 100 km para montar una tienda de telas, siendo que tenía una preciosa casa de indianos en Boal. “Quizá la tienda haya sido sólo una coartada”, decía muy atinadamente mi compañero. Y si tomamos en cuenta que estamos hablando del año 36 y por entonces no habían coches de 300 caballos ni autobuses tan veloces como los de hoy en día, la pregunta es razonable. Además, hay un detalle que llama poderosamente la atención, y es el hecho de que en Tuña hubiera nacido Rafael de Riego, mentor de la Primera República e inspirador del llamado “Himno de Riego”. Se sabe que Rafael de Riego fue masón y gran amigo del general José de San Martín, el “libertador de América” (también masón, como lo fueron la mayoría de los fundadores de las naciones americanas, incluído el propio George Washington), y se cree que su aporte fue de vital importancia para la liberación de las Colonias.

Un hecho que resulta curioso, y en extremo paradógico, es que yo haya nacido a sólo doscientos metros de una calle que, mucho antes de que mi padre comprara su terreno y construyera allí la casa que acabamos de vender en Argentina, alguien decidiera bautizarla con el nombre de Rafael de Riego. Por muy absurdo que parezca, al llegar a Tuña honré su estatua.

J.A.Z vivió en Cuba unos años y al regresar a España construyó una preciosa casa de indianos -Villa Portulaguete- en una localidad vecina a Boal llamada Armal, en la costa occidental de Asturias. Yo llegué a pasar una noche entera en esa casa plagada de fantasmas que, como las ratas, hacían crujir las paredes como si fueran de papel. Recuerdo claramente sus muebles de castaño y sus pesados cortinajes de terciopelo verde bordados en hilos de oro, y los techos pintados a mano al estilo art noveau. Cuando estuve allí, y en presencia de los primos de mi marido, se me ocurrió abrir las ventanas del salón -que por su aspecto llevaban cerradas largos años, ya que las únicas partes de la casa que habían sido reformadas, sin ningún estilo, y sólo para ser usadas cuando llegaba la visita de Argentina, eran el baño y la cocina- y arañas grandes como las yemas de un dedo empezaron a circular de una punta a la otra de las cornisas, con el paso vacilante de un durmiente que acaba de ser despertado. Aplastadas por el peso de las ventanas. Desmemoriadas.

El cuarto de las telas no es más que una pequeña habitación del piso alto con una diminuta ventanuca que dá a la sierra de Penouta; sin embargo, estar allí resulta todo cuanto menos que inquietante. Para empezar, es un sitio que parece no haber sido tocado en por lo menos unos cincuenta años. Y no exagero, si se piensa que cuando intentamos levantar una de los bobinas de tela -el mejor príncipe de Gales que he visto jamás, sobre todo por su resistencia al paso del tiempo, y a las ratas- la bovina que estaba debajo quedó marcada por una gruesa capa de polvo y telas de araña. A mi compañero le dio por explorar los cajones de una vieja cómoda, y encontró un manual de costura, papeles mordidos por los roedores, gran cantidad de hilos y medallitas de latón.

De forma sorpresiva, dentro del forro del manual encontramos una carta. No recuerdo exactamente el texto, pero se trata de una carta anónima escrita a mano y en forma de poema de intención claramente difamatoria, dedicado a las dos hermanas de J, que eran maestras. Además -y lo que resulta más escalofriante- encontramos una carta mimeografeada en tinta roja donde alguien parece amenazarle por un préstamo de dinero. Más que una amenaza, la carta era una promesa.

Sea como sea y por lo que sea, el caso es que J.A.Z, indiano, padre de varios hijos, comerciante, anti-clerical, y por supuesto, republicano, ya no está aquí para contarlo. Dudo que a estas alturas quede alguien vivo que pueda hablar por él. Sus restos reposan en alguna parte de puerto La Espina, nutriendo las raíces de algún bosque nuevo. Su nombre, como el de muchos, figura en el larguísimo listado de todos los nombres.


Nunca sabremos lo que hubiera sido de él de haber sobrevivido; sin embargo sabemos que aunque ya no sea, mucho de lo que habría sido sobrevive en aquellos que saben quienes son porque no olvidan su memoria.

Tao



Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.
-Basho

Photo/post: Juan Riera


Africa

África bom bom tam tam
el rítmo la pulsación el beat
dicen que la vida empezó en África
sin embargo, hay quienes creen
que todo lo salvaje debería exterminarse
o barrerse bajo la alfombra.
Allá por el ’42 mi padre
vivía en la flor nueva de Addis Abebay cuando hubo una guerra, a mi padre
alguien le metió una bala por la garganta
una bala que le salió por el homóplato
no hubo anestesia para mi padre
en África, bom bom tam tam
el rítmo la pulsación el beat(cosas de la naturaleza que hay quienes llaman destino)
y en un campo de concentración inglés formó un coro de negros con las mejores voces, decía
que hubiera oído jamás
(no te costará creerlo si escuchas a Odetta).

Si les hacen esclavos lo transforman en blues si les ponen vallas llegan en pateras
como las hormigas, que levantas una casa
y se devoran los cimientos, hasta que cae (¿por qué tú puedes constuir una casa y ellos no?). No hay mucho que escribir sobre África
nada más que el bom bom tam tam
el rítmo la pulsación el beat
lo que estaba antes de la mente
lo que estaba antes de la palabra
lo que estaba antes de Sócrates del cemento y del chip
lo que estaba antes de que hubiera rayas en los mapas
lo que estuvo primero sobre la Tierra sobre la rueda, sobre el rítmo de un dyembe
lo que recuerda un bajo vientre en creciente
el muladhara
eso es África, piensa en Áfricay escucha a tu corazón: beat-beat.



Jeff Buckley: el chico de la tapa

El día en que murió el chico de la tapa, una nube crecía desde el oeste, trayendo algo más que la amenaza de un aguacero. Traía también una densa vorágine surgiendo hacia Memphis a vuelo de pájaro. Era muy temprano y el cielo había amanecido cubierto; sin embargo, las nubes ya empezaban a disiparse y el sol brillaba por el este. Iba a ser un día espléndido, sólo que él nunca lo sabría. Como tampoco sabría que hacia la noche iba a haber tormenta y que la borrasca iba a durar tres días. Porque él iba a estar en otra parte, quién sabe dónde, posiblemente en algún lugar desconocido, y encaramado a la cresta de un ala. O en su marea silenciosa y azul viendo el mundo a través del agua, como un pez.
El chico de la tapa (la que veis a la izquierda) se llamaba Jeff Buckley, y aunque en el párrafo anterior no haya otra intención que novelar en su homenaje, sí que murió en Memphis, y en el agua.

Jeff había nacido el 17 de noviembre de 1966, y murió en mayo de 1997, con apenas 30 años. Las circunstancias de su muerte -como tantas en la historia del rocanrol- aún no están del todo claras. Lo que se sabe, es que un día se fue a nadar con un amigo y no volvió a aparecer antes de pasados los cinco días. Ahogado.
Yo había leído que fue en el Mississipi, aquel río gigantesco zurcado por pintorescas embarcaciones con ruedas (que si no se las cargó el Katrina todavía estarán en New Orleans), pero parece ser que fue en otro mucho más pequeño, llamado Wolf, donde se ahogaría para siempre la que, posiblemente, haya sido la mejor voz de los 90. Su primer disco debut, Grace, grabado en 1994 y producido por Tom Verlaine -el ex-noviete kármico de Patti Smith, en su versión rimbaudiana- es una perla negra de ésas que dejan huella y se te quedan grabadas en la piel como una joya de metal noble. Otro diamante loco que se dejó pelo, sangre y huesos en un 4 pistas.
Dicen los expertos que su voz alcanzaba las cuatro octavas. Yo lo descubrí en el disco Live en Olympia (que abarca parte de su gira en Francia) por recomendación de una amiga que me venía inflando las neuronas desde hacía mucho; y debo reconocer que al principio no me pegó.
Tendría que pasar algún tiempo hasta que me llegara el eureka. No se trata únicamente de su voz, capaz de crear unas atmósferas tan feroces como instrospectivas, de una sensualidad crepuscular; sino también de su versatilidad. Jeff Buckley es la quintaescencia del material invisible que habita en el corazón de las perlas negras.Iba a recomendaros una vista por el Bar de la Mona Fundida, pero veo que el vídeo está chungo, y he notado que el de Grace resulta imposible de copiar. Cosas de los herederos, supongo; o más bien de su señora madre, acusada recientemente de manipular el material artístico de su hijo.
No me sorprende. Cuando no son las viudas, son las madres; y a falta de madres y viudas, seguro que no faltará alguna hija que quiera hacerse millonaria a costa del talento de su padre. Pero yo quiero un vídeo de Jeff Buckley en mi blog, y lo voy a poner. Sorry, mom.
Como le dijeron a Charly Parker en Bird


Y cuando mueras, se hablará de ti… mucho más que ahora.