7/2/08

Europa I

De Europa me gusta el olor el color las auroras la lisura Granada las calas la Piazza della Signoría los gabanes sus carreteras las distancias los bajo-cielos las aceleraciones los rítmos la noche los dístoles y los diástoles los otoños las tiendas las vacas de ojos mansos la multitud las aldeas los cencerros la tortilla de patatas con pimientos los Apeninos la dama de Elche las palomas de San Marco las catedrales vacías los símbolos grabados en las piedras los restaurantes italianos el musgo la comunicación el Obredoiro la húmeda tristeza de Sintra los ferrocarriles el aire azul la lluvia los zapatos punteagudos el olor a ropa limpia la calma la locura del mediodía la memoria futura los ancianos de ojos azules los punkis las mejillas coloradas de los niños la nieve las ventanas de PVC el Anacoreta los balcones de Sevilla las callejuelas de Lavapiés el cine el cante las arias los curasanes la costa Azul los bomberos comprar libros las rotondas las oportunidades ir de bar en bar Cortina d’Anpezzo la casa donde nació mi padre la tecnología la sencillez Asturias los castros el ravioli genovés las camionetas la tranquilidad el Guernica el Louvre las teteras los Reyes Magos Stonehenge las máquinas de tabaco el ascensor antiguo de Lisboa la multiplicidad los viajes el vino la comunicación la comodidad los parques de atracciones las ferias los ascensores los puentes románicos los meandros la costa de Niza llegando a la Alta Italia los air-bags las jaras las bibliotecas comprar discos las rebajas los garitos viajar con Vicky en camioneta el Gedächtniskiche de Berlín el pragmatismo los juguetes los abrigos las ONGs las llaves antiguas las leyendas los gondoleros la alquimia el mes de octubre caminar bajo el sol por la calle de Alcalá...pero lo que más me gusta de Europa es el mestizaje.

Los malos pensamientos (I): católicos

Los curas siempre me dieron repelúz. Y tiene mucho sentido, si se piensa que parte de la escuela primaria la hice en un colegio de monjas. Hermanas de la Caridad, devotas de San Vicente de Paul. A la hermana del Salvador, mi maestra de cuatro grado, nunca se le conoció una sonrisa. Tenía unos ojos de un azul metálico que metía miedo incluso al personal masculino de mantenimiento. Su epíteto favorito para nosotras era zánganas.
 
Naturalmente, fui bautizada e hice mi primera comunión a los 9 años. Para entonces mi madre ya había reñido con la Superiora y tuvo el buen tino de inscribirme en un colegio estatal. Sin embargo no pude librarme ni del catequismo ni del cura del barrio. 

Igual al catecismo fui poco: cada vez que tenía clase me daba un ataque de asma. Nunca supe qué era peor, si el asma o el catecismo.


A la hora de tomar la primera comunión -la Sagrada Hostia- lo más difícil para la peña era tener que confesarse por primera vez. El asunto del pecado nos tenía a maltraer, ya que nadie entendía muy bién qué era. Así que a la hora de confesarte, seguías un guión.

Dentro del guión, los había confesables e inconfesables. Las niñas normales y corrientes como yo no superaban el número de tres o cuatro, y los pecados se reducían a:

-he contestado a mis padres (y el cura levantaba ligeramente una ceja),-he dicho palabrotas (y el arco de la ceja empezaba a temblarle);-he reñido con mi hermano/hermana (y el cura soltaba un profundo suspiro muy similar al estertor gástrico que surje tras un atracón de asado con cuero después de la misa del domingo);-he mentido a la maestra en clase (y ya ni suspiro ni estertor, sino un doble levantamiento de cejas y la boca a punto de explotarle).

Discretamente, una se hacía a un lado para evitar que los efluvios del eructo le estropearan la inspiración, mientras el cura -no menos discretamente- se llevaba la mano a la boca y sin excusarse, te soltaba el típico tres Ave Marías y un Padrenuestro, ventilando el aire apestado de olor a chorizo mediante una pudorosa señal de la Cruz.

Nadie se atrevía, por ejemplo, a confesar que se había masturbado pensando en el primo adolescente de la vecina de al lado, que estaba buenísimo y no te prestaba la menor atención, porque en nuestra viva imaginación infantil, creíamos que el cura se hubiera enarbolado como una anaconda, esgrimiendo una larga penitencia de 37 Ave Marías y 43 Padrenuestros, junto con 12 Credos y, desde luego, el Yo Pecador. 


Según el relato de Lala, mi ex-suegra, una gallega super marchosa de las Rías Baixas, en su pueblo de Pontevedra era obligación que mientras rezaras el Yo pecador te dieras de hostias en el pecho como si fuera la última vez. Si la memoria no me falla, el Yo pecador reza (nunca mejor dicho) más o menos lo siguiente:
Yo pecador, me confieso ante Dios Nuestro Señor,que he pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión…(y aquí es cuando llega la parte de las hostias)Por mi culpa…por mi culpa…por mi grandísima… culpa, etc etc.

El cura del asado con cuero tenía la costumbre de darse una vueltecita por la clase de catequesis y recomendar alguna lectura de lo más instructiva. Su autor favorito era Hugo Wast, Premio Nacional de Literatura, y un católico fundamentalista de cuidado. Sin ánimo de desmerecer la obra de Wast, al cura le encantaba usar los cuentos del escritor para meternos el miedo al infierno. Que siempre era un INFIERNO con mayúsculas. Años después leí a Hugo Wast y descubrí que en todos o casi todos sus relatos, el diablo es ridiculizado de tal manera que hasta incluso resulta una figura pintoresca, muy similar a la del pícaro, pero al padre Bustinza -que así se llamaba el santo varón- le excitaba presentárnoslo como un híbrido entre el payador misterioso que retó a Santos Vega y el diablillo mediático de los calefactores Eskabe. Dada su condición, tenía que adaptarlo a su peculiar pedagogía de folletín apostólico y, sea por su fijación con el asado a la criolla, sea por su retorcido sentido del humor, nos decía que ya en el Infierno, el DIABLO (también con mayúsculas) mandaba a sus diablejos a que te ataran a una parrilla para asarte a fuego lento. El grado de cocción dependía del tamaño de tus pecados.
 
Agobiada por una tendencia innata al mafaldismo, a mí me daba por hacer unas preguntas de lo más sabrosas:

¿Por qué dicen que Jesús es el Hijo de Dios? Entonces nosotros ¿qué somos?

¿Por qué dicen que Dios creó al Hombre a su imagen y semejanza si todo el mundo dice que Dios no tiene forma alguna?


Y tras haber leído algo sobre la Teoría de la Evolución:

Si Adán y Eva fueron el primer hombre y la primera mujer, entonces debían de ser cavernícolas ¿no?¿Qué eran, pues?¿Neanderthales o Cro-Magnones?

La respuesta de la catequista fue de fábula:


Es que Adán y Eva no vivían en la Tierra… ellos estaban en el Jardín del Edén.

La pregunta correlativa hubiera sido ¿Y dónde estaba el Jardín del Edén?, pero no me atreví. A mis nueve años, sabía que la pobre mujer no hubiera sabido qué decir; y como sentía vergüenza ajena, no quise ponerla en un aprieto.

Sin embargo, yo creo que buena parte de culpa de mi adversión a la Iglesia, y en general, a los curas, se la debo al Yo pecador. Perdonad que insista en ello, pero es que el mensaje subliminal que encierra la oración me sigue dando grima: 

que he pecado en pensamiento, palabra, obra y omisión…

¿Habeis oído? Palabra, obra y omisión vaya y pase, pero… ¡en pensamiento!¿Qué clase de DIOS era ése que, no habiéndose inventado aún la cámara oculta (estoy hablando de los ‘70) tenía ya un detector de pensamientos pecaminosos? 
Cuando haces el mal y crees que nadie te está mirando, es Dios el que te mira, nos decían las monjas con expresión sibilina. El Dios de mi infancia no te daba respiro. Siempre estaba mirando. Anidaba dentro de una, pero no como un Jesús Niño, sino más bien como una lombriz solitaria que se alimentaba de tus pensamientos. Recuerdo perfectamente el día en que, agobiada por uno recurrente y de lo más pecaminoso, se me ocurrió contárselo a la hermana Luján, que era mi única protectora y confidente. Luján, una monja entrerriana austera, pero cariñosa, me escuchó atentamente mientras yo, temblando pero sin llorar (nunca he llorado en clase, y no porque fuera valiente sino por ser extremadamente vergonzosa; aún lo soy, sin embargo, ya no me dá grima llorar en presencia de nadie) le decía sin rodeos: 

Hermana, el otro día pensé que Jesús es un pollerudo. 
Como sabeis, en Argentina una pollera es una falda; así que decir que un hombre es un pollerudo, es poco menos que decir que es un calzonazos. No sé por qué se me habrá ocurrido una idea como ésa -nunca lo sabré-, lo cierto es que Luján me miró intensamente, como si yo fuera una de ésos fenómenos naturales de tres ojos y en forma de furgoneta que salen en la National Geographic una vez al año y que tanto desconciertan a los especialistas; y se echó a reir con la alegre disnea del perro Patán. Así reía ella, porque estaba bien gorda y le colgaba la papada. Una papada bien morena y bien velluda.

Tras librarme de semejante peso, doy fe de que nunca más he vuelto a tener un pensamiento pecaminoso. O en su defecto, nunca he vuelto a creer que un pensamiento pueda ser pecaminoso, que es cosa bien distinta. No sólo me he librado a temprana edad de la idea del pecado, sino que he llegado a cometer casi todos de forma indiscriminada, y tanto, que si aún creyera en la idea de un Dios-lombriz-solitaria, estaría muerta y enterrada por teniasis. Conozco gente que sin estar muerta y enterrada cree que Dios es un parásito longitudinal que anida en el cerebro y controla sus pensamientos. Y a otros que, aún sin creer en Dios, se comportan como si ellos mismos fueran la lombriz solitaria, pero este es un tema que dejaré para otro post.

Llegada la adolescencia, todos mis primos se confirmaban. Así que había que confirmarse. La confirmación es un sacramento donde admites comprometerte como soldado de Cristo. O eso me dijeron. Pero a mí la sola idea de tener que convertirme en soldado de algo, fuese lo que fuese, me daba casi más grima que los efluvios choricíacos del capitán -perdón- padre Bustinza; con lo cual todos los intentos de soborno por parte de mis padres acabaron por fracasar. 
Por entonces yo tenía diecisiete años y andaba de aquí para allá con una edición de bolsillo de Así habló Zaratustra, salía con un chaval barriobajero pero intelectual cuyo padre, sindicalista, militaba en el PC y estaba reuniendo una curiosa biblioteca barrial con ediciones antiguas de Malatesta, Blum, Thoreau, Trotsky, Hegel, Palacios y los anarquistas de la primera emigración europea en Buenos Aires (un asunto que también se merece otro post). Fue a través de él que llegué a Rebelión en la granja (una edición de tapas duras del año 36, preciosa por lo hecha polvo). Como buena insumisa, escuchaba a los Sex Pistols, no porque me gustaran, sino porque no le gustaban a mi madre, y si no llevaba cresta, era porque tengo el pelo muy rizado y en caso de intentar alguna maniobra al respecto mi cabeza hubiera parecido una col.

En una de mis intentonas por agradar a mis padres me dio por concertar una cita con el nuevo cura de la parroquia, que era joven y miope. Lo de miope me venía como anillo al dedo porque, dada su dificultad visual, seguro que mis pintas no iban a impresionarle. Lo de joven era porque seguro que había oído hablar de Nietzche (en esa época yo creía que era la única tía que había oído hablar de Nietzche). Y desde luego, no me equivoqué. El cura no sólo había oído hablar de Nietzche, sino que además lo había leído, y ya estaba hasta las cejas de recibir en su despacho a chavales que le soltaban el dudoso argumento de la duda existencial sin tener mucha idea de la existencia, y sí, en cambio, grandes dudas con respecto a la utilidad de la confirmación. El consejo del cura fue el siguiente: 

Si no estás convencida, es mejor que no te confirmes. 

Un tío pragmático, sin duda. Y muy sensato. Pero yo quería darle el gusto a mis padres, así que me inscribí en los cursos. La instructora era una correntina que se sabía los textos bíblicos de memoria y nos invitaba a hacer reflexiones póstumas. El auditorio estaba lleno de gordas adolescentes tapadas de acné, todas ellas devotas de la Vírgen de Luján, San Pantaleón, los exploradores de Don Bosco, la difunta Correa, Ceferino Namuncurá y Cacho Castaña. La reflexión póstuma consistía, más o menos, en lo siguiente: 

Lo que quiere decir Cristo en el capítulo tanto versículo tal es que nuestra única tarea en la Tierra es practicar su Palabra sirviendo al prójimo y amándonos los unos a los otros como Dios nos amó a través de Cristo pero no sólo de palabra sino también en los Hechos cuidándonos de No Juzgar ni Criticar al Prójimo y sobre todo y lo que es más importante practicar el Perdón cuando alguien nos ofende colaborar en la Parroquia donde todos somos Hermanos ir a Misa ayudar a los necesitados practicar la Caridad y alejarnos del Pecado para el día de la mañana y tras la muerte y tal como lo prometió Dios podamos vivir la Resurrección tal como Cristo su Único Hijo y Verdadero Salvador. 

Nada concreto, naturalmente. Como los cursos se impartían los domingos por la tarde y yo iba con algo de resaca, la clase de confirmación funcionaba como un opiáceo, mitad mantra mitad cotilleo de marujas aprendizas en una jaula llena de guacamayos.  

Así que lo dejé. Y lo dejé para siempre. 

Hoy mismo, me pregunto qué es lo que le encuentra cierta gente a este pajareo de iluminados y feligreses que van a misa todos los domingos, y que una vez dentro, se sientan, se ponen de pie, se persignan, escuchan la Palabra, se arrodillan, repiten siempre las mismas oraciones, escuchan el sermón del cura mientras piensan en llegar a casa a tiempo para el almuerzo, y se invitan a un banquete de antropofagia metafórica bajo la promesa de que quizá, algún día, puedan disfrutar de la presencia de Dios en el Paraíso. Me pregunto qué es lo que necesitan demostrar, a quién y para qué. Habrá, también, quienes crean en ello a pie juntillas y sin asomo de malicia. Sin embargo, a mí me dá grima la gente que cree en algo a pie juntillas y sin asomo de la malicia. Yo prefiero atenerme al saludable ejercicio para la duda.

Quizá la respuesta la tenga la dentista argentina de mi pueblo, a quien conozco de clases de tai-chi y sé que nisiquiera cree en el Dios cristiano, pero aún así va a misa. Una vez le pregunté por qué lo hace y ella me dijo:

Simple. Yo trabajo con gente mayor y la gente mayor va a misa. Ir a misa me dá fiabilidad.
¡Claro!¿Cómo no me había dado cuenta?¡Ir a misa le asegura la clientela!

El cura diría lo mismo. Y Dios ¿qué dirá?

Photo/post: Frances Bacon, El papa Inocencio X, sobre un estudio posterior a Velázquez (1953)


Nosotros nunca somos los otros

Hace unos años estaba cenando con unos amigos en Madrid, y a alguien se le ocurrió hacer el típico comentario de lo mal que va el país por culpa de la emigración. Su argumento, si mal no recuerdo, fue más o menos el siguiente:

¿Habeis visto cómo han cambiado las cosas desde que está esta gente? Es que ya no se puede vivir. Hacen ruido, ensucian los parques, traen mogollón de familia… Yo no sé qué vamos a hacer si siguen llegando, porque además no se adaptan ni quieren adaptarse. Y esto, sin hablar de la delincuencia y las mafias. Yo creo que éste (refiriéndose a ZP) va a tener que ponerle un poco de orden al asunto, porque sino estamos todos apañados.

Perfil de la comentarista: mujer mayor de 45 años, española, sin graduado escolar (cosa que le dá muchísima vergüenza admitir), trabaja por horas. Casada desde hace 25 con un señor que hace tiempo fue su marido y con quien comparte una casa porque, de separarse, no tendría donde ir a vivir ni forma de buscarse el sustento. Todo lo que tiene lo compró su marido, pero ella hace y deshace con su dinero lo que le viene en gana. Vive en un piso normal y corriente del extrarradio de Madrid en cuyo edificio no hay emigrantes, y en sus ratos de ocio se dedica a hacer cursillos de “desarrollo personal”.

Éste, más o menos, viene a ser el perfil del españ@l medio que critica la emigración, con argumentos ya más que trasnochados que hasta hace unos años no pasaban del típico vienen aquí a robarnos el trabajo, y que ahora, gracias a los medios, se han convertido en caldo amargo de todos los días.

Siempre que alguien me suelta:

Yo acepto a todo el mundo; me dá igual de donde vengan… mientras vengan a trabajar (a servir) y no a robar…

ya me entra la desconfianza. Es como si a través del argumento, se atajaran. Ésa, justamente, es la gente políticamente correcta que vive de la muletilla y que llegado el momento de buscar un chivo expiatorio, se la toma con el emigrante. O sea, con el extraño. Con la criatura foránea que por llegar sin referencias, merece ser tratada con suspicacia. ¿Cuánta responsibilidad tiene la sociedad receptora de que haya delincuencia? Mucha. (Ya me parece oir los bramidos, como diría Artaud).

Para que el asunto no pase a mayores, yo invito a toda esa gente a un sencillo ejercicio de piensa y olvida, ya que por su excesiva susceptibilidad podría dejarle algún daño colateral, prometiendo, eso sí, que tras el experimento no sufrirán ninguna pérdida de patrimonio y que mantendrán su respetabilidad. Pido que sólo por un momento, se pongan en el lugar del emigrante y piensen lo siguiente:

Estoy solo, sin dinero, sin amigos, sin familia, sin vivienda. Mi casa está al otro lado del mar y no puedo, por más que quiera, volver. Soy negro, marrón, gris, pardo y no tengo papeles. Los demás me miran como si no fuera una persona, sino un extraño. Y es verdad que soy un extraño, ya que no tengo raíces ni referencias. Así que tendré que ser fuerte; muy fuerte. Tendré que sobrevivir como sea y a cualquier precio.

Me dá en la espina que buena parte de esta gente no aguantaría ni diez minutos encima de una patera, y no porque sea “más civilizada” que un emigrante senegalés, sino porque es muy fácil hablar cuando no se ha estado en el pellejo y cuando se sabe que al menos por el momento, no se ha de estar.

Sin embargo, el mundo dá muchas vueltas. Cabe preguntarse entonces qué pasará cuando se acaben los recursos y el neo-capitalismo ya no pueda contra el instinto de superviviencia. El neo-capitalismo es una construcción artificial; el instinto de superviviencia es lo que nos mantiene erguidos sobre el planeta. La emigración, pues, no es una desgracia sino una prueba fehaciente de que el instinto es más fuerte que cualquier construcción artificial. Así pues, el que se oponga a la emigración, se opondrá también a la vida, y si se opone a la vida en este planeta, le desafío a montar una colonia en la Luna o en Marte.

Es necesario tener una visión global de asunto, ser responsables, y no barrer la basura bajo la alfombra. La marginalidad genera delincuencia. Y no es una justificación; es sociología pura. De tanto verte como un extraño, acabas siendo un extraño realmente. Quizá ése sea el origen de los Latin Kings, Panteras Negras, y todo este tipo de bandas a éste y al otro del Atlántico. Estos grupos buscan la unión, el guetto: necesitan oponerse ya no a través de la individualización, sino de una entidad colectiva, que es una manera de mantener la superviviencia en una sociedad que les margina y les excluye. Unos contra otros, así es como hemos llegado hasta aquí.

Será necesario releer el Señor de las moscas.

Luego: ¿por qué se identifica la condición de emigrante con la de trabajador no-cualificado? Se comprenderá que ningún profesional español bien cualificado usará el argumento de aquella señora jamás, ya que dudo mucho que vaya a tener competencia emigrante. Aquí a los emigrantes se les pone un tope. Como se les puso a los emigrantes españoles que llegaron a Latinoamérica tras la posguerra. Sin embargo, las circunstancias sociales eran muy diferentes, porque el emigrante de entonces iba con una formación de pobre a paupérrima: ya lo atestigua la famosa frase m’hijo el dotor, acuñada por los emigrantes italianos que llegaban a nuestras costas con la ilusión de brindar a sus hijos la formación que ellos no habían recibido. Hoy es distinto, porque la educación se ha diversificado, los recursos son muchos y los medios de comunicación están al alcance de cualquiera. Imposible, entonces, aplicar un modelo antiguo sobre un colectivo con características diferentes.

Volviendo al comentario del principio, recuerdo que a mí me dio por saltar en defensa de los emigrantes. A la sazón se produjo un silencio peculiar, casi audible, como el que se percibe en las iglesias, en los accidentes de tráfico o en los tribunales, cuando el juez está a punto de dictar sentencia. Un silencio expectante. Éste se veía reforzado por mi presencia, ya que era la única extranjera invitada a la cena (después comprendí que debí habérmelo tomado como un privilegio de casta) y como suele ser bastante normal a este lado del charco, la gente calla, adopta una actitud pasota, o como diría Theo, se confunde con la tapicería. O todo a la vez. Entonces el amigo de un amigo, uno que había estado observándome durante la cena con mucho interés, va y me suelta:

No, no… perdona. Pero tú no eres sudamericana… ¡tú eres ARGENTINA! No es lo mismo… ¡Tú eres como nosotros!

El hombre (un señor ya mayor) creyó que con su intervención me hacía un favor. El flaco favor de recordarme que yo, por ser argentina, blanca e hija de un europeo, soy de una clase (¿?) superior. El flaco favor de recordarme que mi país (¿?) le echó una mano a España con los barcos que venían a traer el trigo y la carne en épocas de bloqueo, ayuda dada a un dictador por el entonces también dictador Juan Domingo Perón. (NOTA: una referencia histórica curiosa es que mientras aquí se comía el pan blanco hecho con el trigo de Argentina, allí se comía pan negro, que le llamaban entonces, algo que la generación de mis padres vivió malamente, ya que en los 50 se desconocía que el pan de centeno pudiera ser más sano que el de trigo; pero en fin). Ah, y que además los argentinos venimos con una formación superior a la de la media inmigrante (lo cual a la mayoría nos exime de ser calificados como sudacas), que en el 99% de los casos somos descendientes de europeos (como los canadienses, los norte-americanos y los australianos, sólo que a ellos se les trata con mayor beneplácito porque son blanquitos, tienen dinero, y los convenios entre países hacen que sus carreras sean reconocidas por el Ministerio en el módico plazo de 6 meses), y por lo tanto estamos acriollados.

Cosa que no sucede con los ecuatorianos y bolivianos, que han conservado sus raíces indígenas, con pleno derecho, por circunstancias históricas que pasaré a narrar en otro momento, y que dejo en manos de algún lector de los países hermanos que quiera opinar al respecto. En lo referente al tema de los Latin Kings no voy a entrar al trapo, ya que no puede identificarse todo un colectivo con un gropúsculo de marginales, y sí, en cambio, habría que analizar qué es lo que lleva a utilizar a este grupúsculo como chivo expiatorio, lo cual en vez de neutralizarles, les fortalece. La respuesta es sencilla: se les utiliza para justificar la xenofobia, y punto. Antes, fueron los Latin Kings, ayer fue el racista del metro, y mañana vaya a usted a saber quién será. Siempre habrá alguien en quien proyectar esa parte nuestra de la que tanto nos avergonzamos.

A groso modo, diré que cuando hay miedo, egoísmo y desidia, es parte de la naturaleza humana rechazar lo diferente y creerse de una condición o casta “superior”, con un representante de casta superior a la cabeza. Y la casta la dá una Familia, un Uniforme o una Iglesia, que son las que condicionan la Ideología. Aquí cabe preguntarse si es la derecha una ideología o debería hablarse, más bien, de costumbres heredadas. Porque es difícil que la derecha admita la legitimidad de otra ideología que no sea la suya; y en mi opinión, una ideología que no admite su opuesto es una incongruencia. Si no queremos que el concepto de ideología desaparezca completamente, es necesario que no sólo haya una, sino más. Ahora, si todo lo que se persigue es la implantación de una ideología única, bastará con atenerse a las costumbres. Costumbres aceptadas porque han sido heredadas, y todo lo que ha sido heredado es incuestionable.

¿Por qué se cuestiona entonces la legalidad o ilegalidad de los emigrantes íberoamericanos, muchos de los cuales descienden por línea materna y paterna de emigrantes íberos o europeos?¿Acaso el desprecio hacia ellos no representa, de alguna manera, la negación de un pasado bastante reciente, una supina falta de reflexión y una xenofobia encubierta disfrazada de “buenas costumbres”, además de un desprecio hacia si mismos?

Objeción: “No, perdona, mi familia NO emigró” (los que emigraron eran rojos, mi familia NO; los que emigraron eran pobres, mi familia NO; los que emigraron eran unos cobardes, mi familia NO; y así un largo etcétera).

Hay demasiadas cosas de las que no se habla y demasiada historia que ha quedado sepultada. Solo aparentemente sepultada, porque basta con darse una vuelta por algún foro o salir a tomar una copa para comprobar que lo siniestro sigue estando vigente. Me recuerda a un libro de León Blum que leí hace ya muchos años, “Educación para la muerte”. El libro narra como, en épocas del Tercer Reich, los niños eran educados en la ideología nazi desde el parvulario (los pimpf), en cuyo entrenamiento la primera regla a seguir era aprender el saludo de brazo alzado (Heil, Hitler). Se imponía, entre otras cosas, que las muchachas de instituto fueran entrenadas para tener relaciones sexuales desde temprana edad, con la única finalidad de preñarse y traer al mundo más soldados de raza aria, y una sarta de barbaridades que si se conocieran, podría comprenderse mejor el fenómeno de los cabezas rapadas (que al fin y al cabo no es tanto un fenómeno como la pura consecuencia de un totalitarismo con raíces muy bien plantadas).

Objeción: “Perdona, pero en España NO hay racismo”. Estupendo. ¿Conoceis algún país donde no haya racismo? Yo no. La objeción continúa con la siguiente frase envenenada: “Así que vete a Francia, donde seguramente te tratarán mejor”.

Hay quien se sirve de los tópicos para tirar piedras sobre su propio tejado, y encima ni se entera. Un claro ejemplo de que el problema no es que en España haya racismo, sino que LO HAY, pero no se admite. Y todo lo que no se admite, es que se consiente. Con semejante argumento, es fácil concluir que la incapacidad de razonamiento que tiene cierta gente a la hora de argumentar raya con la estupidez. Sin ánimo de subestimar a los perros, sería como tirarle una pelota a uno y que salga corriendo en sentido contrario para demostrar su increíble capacidad de reflejo. Por eso hay tanto inmigrante que calla; no porque sea tonto o porque deba guardar silencio ante el señor, sino porque deduce (hay que deducir, de vez en cuando) que no tiene mucho caso entrar en estos berengenales sobre los que a mí tanto me gusta machacar, que ofenden a las mentes bien-pensantes y hace que se rasguen las vestiduras los new-guays pos-modernos de la nueva guardia progre. El emigrante pragmático que ha venido aquí para girar algo de dinero a su tierra y llevar allí una vida algo más digna, callará. Pero habrá quien golpee, y golpee fuerte y por la espalda. Habrá quien golpee como no pudieron hacerlo padres, abuelos y bisabuelos.

Y seguirá golpeando. Como golpearía yo. Como golpearías tú. Como golpearía cualquier hijo de vecino si no pudiera tener su tina bien caliente y su cena de Navidad. La especie humana es la especie humana, sea aquí o en las estepas de África; cuando la dignidad se ve pisoteada, reacciona con violencia. No nos engañemos. Esto no se soluciona mandando a 60 africanos en un autobus de vuelta a Senegal. No se resuelve poniendo vallas. Esa gente no va a desaparecer como por arte de magia: está ahí, existe.

Quienes logren pasar desafiando al stablishment, se mezclarán entre nosotros tal como lo hacen ahora, y la “pureza” (¿?) cederá su lugar al mestizaje. Algo que ya está sucediendo. Algo que seguirá sucediendo, si las autoridades de los países desarrollados hace más por evitar la inmigración ilegal (nosotros estamos de puta madre; no vengais a molestar) que por sanear la pobreza de los países abastecedores (definidos con el eufemismo de “países en vías de desarrollo”). Y éste es sólo el comienzo. Verdad que el continente africano está en vías de extinción por el lento genocidio que se viene purgando desde el siglo XIX, pero la gente sigue llegando y habrá que ocuparse de los 900 millones que quedan allí, o mirar a otra parte y hacer como el avestruz. O continuar impunemente con el proyecto de emplearles como mano de obra barata, y en negro (que total son negros). Y cuando se porten mal, se les meterá en un autobus y al que intente escaparse se le pondrá una camisa de fuerza “para que no se autolesione”. Y todo para que una noche de ésas que nunca faltan, a una señora políticamente correcta, con un cinturón a juego con un par de zapatos comprado en los chinos diga:

¿Habeis visto cómo han cambiado las cosas desde que está esta gente?

Y claro que han cambiado, señora mía. Y seguirán cambiando. Ya se acabaron los tiempos en que era bueno emigrar. Ya no es como en los ’70 y ’80, que la gente emigraba animada por el ideal romántico del progreso. Hoy en día, la gente emigra por necesidad, que no decir por desesperación. Se acabaron, también, los tiempos en que podía importarse el gas y el petróleo de los “países en vías de desarrollo” sin que el asunto trajera consecuencias nefastas a la economía de dichos países, y a la larga, emigración. Un ejemplo de ello es Repsol YPF, cuyas siglas significan Yacimientos Petrolíferos Fiscales, que fue un negociado hecho por el entonces presidente Ménem con la empresa REPSOL, bajo el gobierno de Aznar, en cuya cláusula se establece que España no sólo podrá hacer usufructo de nuestro petróleo (la sangre de la tierra, como dijo un cacique Mapuche) durante el lapso establecido por el contrato, sino que podrá hacerlo ad aeternum. Hoy mismo, y bajo el gobierno de Cristina Kirchner, REPSOL quiere deshacerse de YPF. ¿Quién dá más? En el medio, están las personas. Así ad aeternum.

Yo, como argentina, pido perdón en mi nombre y en el de todo mi pueblo, por los desmanes de ciertos dirigentes que no nos representan y que llegado el momento de realizar convenios entre países nos dejan en el desamparo y la exclusión. Pido perdón como ciudadana del mundo, por el prejuicio y la xenofobia vertida tanto por los medios, como por un colectivo que desconoce de dónde viene el gas que le calienta en invierno, la carne, el pescado, el agua, y otros cien recursos para la subsistencia, avergonzando a los españoles genuinamente progresistas que no le pierden rastro a su memoria y que hacen de este país una tierra rica por su mestizaje y por lo tanto digna de ser vivida. A ellos, y no a los otros, está dedicado este post.

El misterio femenino

No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y nisiquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que estremece las estrellas
.
(C. Pavese)



Photo/post: The piano (Jane Campion)
Música: Michael Nyman

El misterio masculino

Sobre una azuzena tiemblan
dos gotas, límpidas y redondas,
se derraman y unidas caen
hacia abajo, al fondo del cáliz.
(Hebbel)




Vídeo/post: Todas las mañanas del mundo (Alain Corneau)
Música: Sainte Colombe (interpretado por Jordi Savall).


Camille Claudel, irremediablemente.

Camille Claudel. La mujer arrebatada. La medusa. La enamorada. La amante de los ojos vacíos con la impronta aún tibia de unos dedos tan feroces como trémulos, rozando la carne rota del yeso. Los restos de Sakountala (1886-1905), su obra más famosa, fueron exhumados hace poco de los almacenes del Museè Châteauroux. Como todo lo de ella, en su época la obra causó escándalo. Hoy, Vertumne et Pomone se reconcilian en el nirvana ante el silencio admirado de hombres, mujeres y cotillas.

Como le habrá pasado a mucha gente, conocí a Camille Claudel por influencia del cine. Cuando se estrenó la película interpretada por Isabelle Adjani, yo estudiaba Bellas Artes y mis maestros decían que había sido “la amante de Rodín”. Otro logro del patriarcado. Si ya resulta difícil hablar de ella por la penosa vida que llevó, más difícil resulta aún hablar de un arte demasiado grande como ser definido con palabras. Para hacerlo tendría yo que ser tan buena en ello como buena era Camille con el volúmen, pero no lo soy; así que me limitaré a decir que su profundidad no puede decirse.
 


Tenía una frente soberbia, con unos ojos magníficos, de ese azul intenso difícil de encontrar en otro lugar que no sean las novelas, esa boca grande, más orgullosa que sensual. Un aire impresionante, de coraje, de franqueza, de superioridad, de alegría. Alguien que ha recibido mucho (Paul Claudel).

Camille Claudel, una mujer desatada en tiempos de mordaza. El orgasmo flamígero eternizado en el bronce. Ella suplicó bien alto con el tambor de un vientre inmenso de fuego (o de espiga, quizá un poco ladeada por la tempestad) pero él debió tener miedo de su ser tan enorme y se marchó arropado por el ala de un leviatán. Entonces ella se encerró para siempre, y de su asfixiante soledad brotaron fieras, minotauros, medusas, cabelleras, cancerberos, olas antropomórficas, nióbides, delirios y resplandores. 


Y créame amiga mía, abandone ese carácter de mujer que ha ahuyentado buenas voluntades. Muestre sus obras admirables, hay una justicia, créalo. Uno es castigado y recompensado. Un genio como usted es raro (…)

No descuide a nadie, ni a un operario ni a un criado, ya que todos esos detalles se convierten en instrumentos de tortura para alguien ya fatigado, y que la ha emprendido contra el angel terrible que guarda el miserable mundo contra los genios como usted
(Augusto Rodín).



Cuando salí de la exposición eran casi las nueve de la noche y decidí dar una vuelta por la Castellana. Tomarme una caña en cualquier bar. Brindar por Camille (aunque me dá en la espina que ella más bien se hubiera pedido un bourbon). Recordar las órbitas vacías, y tan llenas, de sus hombres y mujeres de carne bajo el bronce. Asimilar aquello que ella daba vueltas a su antojo; aquello de lo que ella se nutrió, masticó en silencio, restauró sigilosamente, y transformó en unas criaturas capaces de cortar el espacio en dos mitades: el que era antes de que la arcilla llegara a sus manos, y el que sería después. Me di cuenta entonces, que a pesar de los ciento cincuenta años que ha tenido que esperar para ser reconocida, y a pesar de sus treinta a la sombra en un hospital en el que fue recluída por su propia madre, Camille ha triunfado. Viéndola, una sabe que no lo ha hecho por el mito que rodea su figura, sino por su grandeza, que para un artista es la única forma de triunfar. Aunque sea dos siglos después.

Me acuesto completamente desnuda para creerme que usted está aquí, pero cuando me despierto no es igual.Un abrazo.( Sobre todo, no me engañe).
Camille Claudel

La calle sigue llena de exitistas.Sin embargo, a mí me gusta estar con gente despierta. ¡Salud!

Camille Claudel, noviembre de 2008. Sala de Exposiciones FUNDACIÓN MAPFRE. Madrid.

Photos/post: Camille Claudel (retrato); Sakountala; La edad madura y Las cotillas (colección del Museo Rodin).

Esclavismo laboral: nihil obstat

Éste es el fenotipo del indivíduo medio hundido hasta las narices en la dinámica laboral auto-destructiva del dígito descartable:

- Una empresa X le pone trabajar 8 horas diarias por un sueldo de hambre y un contrato basura, que el emplead@ acepta por necesidad.

- A los 15 días, el empresario le propone al emplead@ trabajar fines de semana incluídos a cuenta de “una sustancial” propina, que se acabará quedando en calderilla. Sabiendo que con lo que le pagan no llegará a fin de mes y queriendo, además, hacer buena letra, el emplead@ acepta.

- Al llegar su primera nómina, el emplead@ ve que ésta no ha aumentado mucho más que el sueldo estipulado por las 8 horas, y mientras jura que en cuanto encuentre algo se largará de alli, en realidad continúa; porque en el fondo sabe que en otra empresa le pagarán lo mismo o peor, y además ha firmado un contrato donde pone que el personal no cuenta con representación sindical. Primera caída: algo que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.

- Mientras el emplead@ se empeña en hacer su trabajo de la mejor manera posible, sacrificando fines de semana y horas a su familia y a su propia vida, el empresario ya ha contratado unos indivíduos que, curiosamente, se pasean por la empresa sin tener mucho que hacer. Mientras se toman un café y conversan con los colegas de otro departamento, el nuevo emplead@ trabaja. Y mientras trabaja, los tomadores de café eternos de la eterna burocracia neo-capitalista de los cojones, relojean (en lengua rioplatense, relojear significa cotillear), llevando su informe al jefe al terminar la jornada.

- A los cinco meses de contrato (si es que lo hay) llega la segunda caída del empleado. Es cuando empiezan a presionarle con mensajes sutiles del tipo: “Si quieres quedarte en la empresa…”; en plan sumamente educado, en el cual por supuesto queda claro que hasta el momento no se duda de su competencia, razón por la cual las 10 ó 12 horas que se tira en la empresa podrían muy bien ascender a una o dos horas más (sin contar con las otras 2 horitas que se le van en el desplazamiento, incluídos los atascos, los temporales, las huelgas en el Metro, el jefe que le chilla si llega tarde, la parej@ que le chilla porque siempre está currando, los niños que chillan porque chillan, el IPC, el EURIBOR y toda la mar en coche).

- Llegan las vacaciones. Por supuesto, el nuevo emplead@ acepta trabajar durante el mes de julio. Y en agosto. Y en setiembre. Inclusive acepta trabajar en Navidades o en Reyes, aunque los niños pregunten donde está papá/mamá. Lo acepta de buen grado y aliviado, ya que ha conseguido granjearse la sonrisa agriada del jefe, e intuye que detrás de eso habrá una renovación de contrato. Explotado, humillado y ofendido, el emplead@ sabe que esta vez no fallará. Que esta vez le harán fij@. Que el trabajo es boñiga; pero peor es nada.

- Llega la segunda renovación de contrato y el emplad@ lo celebra con su pareja y sus hijos. Sin embargo, la familia lo nota ausente. ¿Qué le pasará?
Por primera vez en mucho tiempo, su familia recuerda que el emplead@, además de ser un emplead@, es un ser humano.

- A los ocho o nueves meses de trabajar en la empresa, el emplead@ empieza a agobiarse. Se siente raro, está nervioso y de mal humor. Va por la vida como si llevara a la espalda un saco de piedras. Le cuesta mantener la erección (tanto del pene como de su columna vertebral); y si es mujer, se le adelantan o retrasan las menstruaciones, se le agria el carácter, se enfada con los niños por cualquier cosa, tiene taquicardia, pierde el deseo sexual… y un largo etcétera que responde a la patología del stress.
Es la tercera caída. Sin embargo, tras la primera baja laboral (en la cual el emplead@ le suplica a su médico que no figure en acta la razón de su deserción), el pobre indivídu@ decide que de ahora en más nadie notará lo que le pasa, nisiquiera su familia, ya que está resuelto a hacer sea lo que sea para conseguir quedarse fij@.

- A partir de aquí la vida del emplead@ será un verdadero infierno encubierto, porque además de doblarle el trabajo e insinuarle que su rendimiento ha empezado a bajar, llegado el momento de conseguir su tan ansiado contrato fijo le pedirán que haga un trabajo de contraespionaje a favor del empresario y en contra de algún nuevo emplead@ que, como él en su momento, se estará buscando la vida como puede a fin de quedarse.

- Ya quebrantada tanto su auto-estima, como su salud física y emocional, el emplead@ se ve obligado a hacer un triple trabajo: el de trabajar, el de traicionar, y el continuar con vida dentro de la empresa.
Cuarta caída: algo que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.

- Llegado a este punto, el emplead@ se encuentra en una encrucijada de orden moral. Sabe -o intuye- que si quiere quedarse, sólo le quedan dos caminos: la depresión o la asimilación. La depresión podría costarle el despido; la asimilación, en cambio, le costará algo más. Ahora comprende que el precio del contrato fijo no eran ya las 12 horas, ni las 14, ni las 16, sino la pérdida de su integridad.

- Si el emplead@ es una persona íntegra, y por lo tanto consciente, es más que probable que al ver tanta caca caiga en una depresión de la que tardará un mínimo de seis meses en recuperarse, para luego o durante el proceso, ser despedido sin remedio (es prácticamente imposible que alguien como el fenotipo que describo pueda demostrar ante un juez que padecía depresión y que fue despedido por esa causa). Ésta, podría abrirle dos caminos decisivos, a saber:

a) el flash o deslumbramiento que describió Platón en el famoso mito de la Caverna, ya que en ocasiones la depresión suele desembocar en la lucidez (o al revés).
b) O la muerte. Y cuando hablo de muerte no me estoy refiriendo al suicidio, que es un caso extremo y a todas luces respetable cuando se manifiesta también como experiencia cumbre (Maslow); sino a la muerte de las espectativas.
O sea, a la resignación, que es peor que la muerte física.

El depresivo tiene alternativa: se hunde en el vacío, y llegado el caso hasta puede llegar a cogerse de él, verle de frente, y ver que el monstruo no es tan grande ni tan horripilante como él creía. El resignado supino, en cambio, es una criatura susceptible de ser asimilada desde su primera caída, y lo es por eso que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.

Un problema muy frecuente entre los depresivos es que, por causa y razón de su enfermedad (en este caso generada ni más ni menos que por un ambiente hostil sobre un indivíduo quizá demasiado sensible, es decir, quizá demasiado humano) es incapaz de disimular su horror y no sabe callar:

El corto número de los que tienen un ingenio perspicaz no declara lo que percibe (Nicolás Maquiavelo, Il Príncipe).

Y añade sabiamente (tanto como para que su axioma haya sido utilizado por la mayoría de los gobernantes desde que él se inventó a su príncipe):

Cuando se trata, pues, de juzgar el interior de los hombres, y principalmente el de los príncipes, como no se puede recurrir a los tribunales, es preciso atenerse a los resultados: así lo que importa es allanar todas las dificultades para mantener su autoridad; y los medios, sean los que fueren, parecerán siempre honrosos y no faltará quien los alabe. Este mundo se compone de vulgo, el cual se lleva de la apariencia, y sólo atiende al éxito.

La tercera opción, a mi entender, es la que propone Maquiavelo en la primera frase. Parece ser que si queremos mantenernos al margen del sistema, es prudente callar (algo que como ya habrán notado a mí no se me da muy bien). En cualquier caso, si estamos fuera (es decir, si realmente asumimos la responsabilidad de estar fuera sin soliviantar nuestro deseo egoico de convertirnos en cínicos o en santones ) el único riesgo que correremos será el de ser nosotros mismos. Algo que dá más miedo antes que después. Habrá que admitir, entonces, que todas las demonizaciones son producto del miedo, que es a la vez producto de la desidia. De una desidia que es producto de un egoísmo supino que a la larga acabará por cargarse nuestro maravilloso paraíso artificial tapado de luces de Navidad, en el cual no sólo viven los otros, sino también nosotros. O sea, todos.

Una de las armas más poderosas descubiertas por el sistema como forma de dominación, aborregamiento y lento genocidio del ciudadano de a pie en el mundo occidental, es la depresión. En este post he querido enfocar la enfermedad (que puede ser tanto o más destructiva que el cáncer) desde una de sus causas, que es la explotación laboral. Es necesario e imprescindible que se la tome en serio, como algo más que una enfermedad mental demonizable, sino como una enfermedad del alma. La depresión tiene su origen en la frustración. Es haber forzado la máquina en exceso, a ojos vistas tanto de un sistema como de una sociedad que le dá la espalda, ya no al hombre o a la mujer afectados, sino al ser humano, y le deja impotente y desamparado ante el único y verdadero monstruo que nos contempla con mirada cínica, a plena conciencia de su ezquizofrenia moral: el Sistema. El genocida. Y sus cómplices de sonrisita malsana.

De la asimilación al poder (Nihil obstat).