7/2/08

Arte-terapia

En el tomo XII de la Enciclopedia Jackson de mis trece años, concretamente
en la sección Piscología, se lee: Hay un puente muy estrecho entre el arte y la locura; de ahí que al primero todavía se le siga llamando “la loca de la casa”.

En mi casa, la loca era yo. “La nena pinta”, decía mi madre con orgullo. Todavía hay gente que piensa que la única condición imprescindible para ser un artista es hacer buena fotografía de pincel. Por eso el hiperrealismo tiene y seguirá teniendo tanto éxito. Y es natural, ya que reproduce la realidad tal como la vemos. No nos permite el beneficio de la duda en cuanto a la interpretación (pero sí en cuanto a la realización: “¡Mira qué maravilla!¿cómo lo habrá hecho?¡Si parece una fotografía!”), y nos introduce en la obra como receptores pasivos. En el hiperrealismo, una copa de cristal es una copa de cristal. No puede ser un pelícano o un útero, sino una copa. 2+2 son cuatro. Punto.

Luego está el otro, el arte de 2+2 son 5. ¿Conoceis el chiste? Se encuentran un sano, un loco y un neurótico. El sano dice: “2+2 son 4”; entonces interviene el loco y protesta: “No, no, perdona… pero 2+2 son 5”. Al final le toca al neurótico, que comenta dubitativo: “Bueno… es verdad que 2+2 son 4, pero ¿no habeis pensado que también podrían ser 5?”. Viviendo, como vivimos, en un mundo de locos que parecen normales ¿por qué no iba a existir un arte que lo reflejara?
Consciente de ello, Jean Dubuffet, el engañabobos, el patafísico, el surrealista, el dadaísta yel vinicultor, empezó a interesarse por el arte de los locos cuando todavía se practicaban lobotomías y la expresión artística en los manicomios no era valorada de otra manera que no fuera como diagnóstico. En muchos aspectos, el arte de los locos -y de los niños- no se diferencia demasiado al de los de ciertas escuelas artísticas. Tanto el informalismo como el dadaísmo son ejemplos de ello. O sino piénsese en esa gran muchedumbre de Antonio Saura, en las grandes piedras de Chillida, en las manchas asiáticas de Luis Feito, o en las criaturas monigotescas de Miró.

Quizá la aportación más grande de Dubuffet a la plástica haya sido su defensa de la pulsión primaria. Es como si le hubiera dicho al público: Anda, implícate; usa tu imaginación: sé un niño. Todo lo cual, desde luego, provocó gran impacto en su época. Sin contar con el escándalo. Porque un artista que defiende el arte de los locos, sin estar loco, es que está más loco que los propios locos. O, como diría el autor del artículo de la Wiki, es un engañabobos.
Yo brindo por él.


A Bettel, maestra de Arteterapia y maestra de vocación

Cada vez que digo que soy arteterapeuta la gente se queda un poco cortada. “¿Y qué es eso?”, preguntan. En ciertos ambientes, el asunto suena un tanto aparatoso. Jo… arteterapeuta. ¿Y eso qué?¿se parece a la musicoterapia? Pues sí, pero con el arte. Corrijo: con las artes plásticas. “Ah!”. Y piensan: “Yo de dibujo, cero patatero… y no voy a empezar ahora, a esta edad”. No saben que en Arteterapia, cuanto menos sepas, mejor. El que se presenta en el curso diciendo que sabe dibujar, generalmente viene viciado. Llega con la plantilla predeterminada por el antiguo “maestro” de retrato, o de suni-é, y en vez de soltarse, se esconde. En Arteterapia, el que sabe dibujar es el más limitado.
Resulta irónico que en España se haya esperado tanto tiempo en reconocer el Arteterapia como disciplina de rango universitario, si se piensa que el primer arteterapeuta de la historia quizá haya sido el pintor de la cueva de Altamira. Ahora mismo estoy en eso, ya que me voy a Santander a finales de mes. En agosto del 2001 tuve la oportunidad de visitar la réplica de la cueva con la gente de la UIMP, y quedé maravillada. Nunca sabremos quién o quiénes fueron los autores de esas pinturas, pero si de algo hemos de estar seguros, es de que hace mucho, muchísimo tiempo, arte y sanación eran la misma cosa. Y no sólo arte y sanación, sino arte, religión y sanación.
Arteterapia no es sino otra manera de exorcisar esos diablejos internos que nos pinchan con su tridente y van por ahí haciendo fechorías. Las cosas que salen resultan sorpredentes. “¿Eres psicóloga?”, me preguntan. No, pero tengo quince heridas de guerra; una de ellas hecha por una psicóloga, justamente. Antes de decir “soy maestra”, me lo pienso dos veces, porque más que maestra, soy facilitadora. Quizá la palabra “maestra” me quede demasiado grande aún, y no sólo a mí sino a mucha gente que va por ahí diciendo que lo es. Hace mucho, y estando en plena depresión, llegué a dejarle un mensaje muy poco amable a la psicóloga que me trató durante años y me despidió cuando supo que no podía pagarle. Dos años después, estaba trabajando con drogadictos en un CAD de Madrid. Les daba Arteterapia. Trabajar con ellos fue mi primer paso hacia la recuperación, pero no me saqué ni un duro.
Para mí resulta más que gratificante haber aprendido tanto de las tinieblas. Creo que los mejores maestros se forman en contacto no sólo con el cielo, sino también con las tinieblas. El viaje es peligroso, pero hay que hacerlo, ya que a la larga te fortalece. Es muy placentero hacer Arteterapia en una enorme terraza con vistas al Pirineo para un grupo de turistas que buscan algo nuevo, pero el verdadero trabajo de campo se hace con gente que está en carne viva, como yo les llamo a quienes, por experiencia propia, saben que cielo y tinieblas están más cerca de lo que parecen.
La comunidad gitana es un ejemplo de ello. “Esta gente lleva el arte en la sangre”, decía mi amiga Vicky al verles pintar. Sin embargo, yo no creo que sea eso. El ser humano lleva el arte en la sangre sea de donde sea, la búsqueda de la belleza parece ser algo inherente a nuestra condición. Pero no, lo de los gitanos es diferente. Es como lo de los drogadictos, las mujeres maltratadas, los esquizofrénicos y los niños de las escuelas de alto riesgo en las que trabajé cuando vivía en Argentina: la necesidad tiene cara de hereje, dice un viejo adagio, al que yo le doy mi propia interpretación cuando, sin ánimo de sentenciar, digo que la expresión artística es hija de la necesidad.
Para el hombre, mujer o comunidad que haya pintado los bisontes de Altamira, el arte no era una actividad separada de la necesidad. Aunque no se sepa, a ciencia cierta, qué fue lo que motivó la creación de esas pinturas, se sabe que por entonces el arte no estaba separado de la comunicación con los espíritus y el acceso al poder. Sin embargo, con los cambios graduales de la cultura humana, la especialización fue haciéndose cada vez más extrema. En las sociedades agrícolas, cierta gente hacía arte y cierta gente se concentraba en la curación. Con el paso del tiempo, arte y sanación se fueron separando, y cada disciplina se hizo más específica. Aquel que hacía arte pasó a llamarse entonces” artista”, y “sanador” (chamán o médico brujo) el que hacía curación. Con los años, los sanadores se convirtieron en médicos y los artistas adquirieron un rango más glamouroso, más cercano al mundo del espectáculo y a la comunicación, que a la sanación.
Estaba yo en mi tercer año de Bellas Artes cuando, al examinar uno de mis dibujos, hecho a lápiz y carboncillo, mi profesora de entonces, Bettel, me preguntó astutamente: ¿El mal es chico o el mal es grande? Sorprendida por la pregunta, me volví hacia mi propio dibujo, y enseguida caí. Éste no era ni más ni menos que la proyección de mi propio estado de ánimo, por entonces agobiado por la pérdida de un familiar, y el soporte que había utilizado para expresar ese dolor se quedaba demasiado pequeño. Siendo el dolor tan grande, ¿por qué no expresarlo sobre un soporte del tamaño adecuado?
Ésa fue mi primera lección formal de Arteterpia, pero no fue la primera en el plano de la experiencia. Ya venía experimentando desde los nueve, cuando, siendo una niña asmática, le pedía a mi madre que me trajera mis crayones y mis rotuladores y me ponía a dibujar. No dibujaba sólo porque me gustaba. Dibujaba porque me hacía sentir mejor, y también porque dibujando, me costaba menos respirar.

Entonces: “¿Qué es Arteterapia?”. O, mejor dicho: ¿para qué sirve? Pues para sanar una herida del alma.

Ah! Y por cierto… ya no soy asmática.

Sainkho y la mujer esqueleto

Desde Tuva, allí por Mongolia, nos llega esta performance de Sainkho, gran diosa inuit. Lo que hace con su voz es increíble. Su disco Naked spirit es altamente recomendable para los buscadores de perlas negras.

Cuenta una vieja leyenda inuit:

Había hecho algo que su padre no aprobaba, aunque ya nadie recordaba qué era. Pero su padre la había arrastrado al acantilado y la había arrojado al mar. Allí los peces se comieron su carne y le arrancaron los ojos. Mientras yacía bajo la superfície del mar, su esqueleto daba vueltas y más vueltas en medio de las corrientes.
Un día vino un pescador que no sabía que los pescadores de la zona procuraban no acercarse por allí, pues decían que en la cala había fantasmas.
El anzuelo de pescador se hundió en el agua y quedó prendido nada menos que en los huesos de la caja toráxica de la Mujer Esqueleto. El pescador pensó: “He pescado uno muy gordo!”. Ya estaba calculando mentalmente cuántas personas podrían alimentarse con aquel pez tan grande, cuánto tiempo les duraría y cuánto tiempo podría verse libre de la tarea de cazar. Mientras luchaba denodadamente con el anorme peso que colgaba de su anzuelo, el mar se convirtió en una agitada espuma que hacía balancear y estrmecer su kayak, pues la que estaba debajo trataba también de desengancharse. Pero, cuanto más se esforzaba, más se enredaba en el sedal. A pesar de su resistencia, fue inexorablemente arrastrada hacia arriba, remolcada por los huesos de sus propias costillas.
El cazador, que se había vuelto de espaldas para recoger la red, no vio como su calva cabeza surgía de entre las olas, no vio las minúsculas criaturas de coral brillando en las órbitas de su cráneo ni los crustáceos adheridos a sus viejos dientes de marfil. Cuando el pescador se volvió de nuevo con la red, todo el cuerpo de la mujer había aflorado a la superficie y estaba colgando del extremo del kayak, prendido por uno de sus largos dientes frontales.
“Oh, no!”, gritó el hombre mientras el corazón le caía, poco poco, hasta las rodillas, sus ojos se hundían aterrorizados en la parte posterior de su cabeza y las orejas se le encendían de rojo. “¡Oh, no!”, volvió a gritar, golpeándola con el remo para desengancharla de la proa y remando como un desesperado rumbo a la orilla. Como no se daba cuenta de que la mujer estaba enredada en el sedal, se pegó un susto tremendo al verla de nuevo, pues parecía que ésta se hubiera puesto de puntillas sobre el agua y lo estuviera persiguiendo. Por mucho que zigzagueara el kayak, ella no se apartaba de su espalda.
“¡Ayyyyyyyy!” gritó el hombre con voz quejumbrosa mientras se acercaba a la orilla. Saltó del kayak con la caña de pescar y echó a correr, pero el cadáver de la mujer esqueleto, tan blanco como el coral, lo siguió brincando a su espalda, todavía prendido del sedal. El hombre corrió sobre la roca y ella lo siguió. Corrió sobre la tundra helada, y ella lo siguió. Corrió sobre la carne puesta a secar y la hizo pedazos con sus grandes botas de piel de foca.
La mujer lo seguía por todas partes e incluso había agarrado un poco de pescado helado mientras él la arrastraba en pos de si. Y ahora estaba empezando a comérselo, pues llevaba muchísimo tiempo sin comer nada. Al final, el hombre llegó a su casa de hielo, se indrodujo en el túnel y avanzó a gatas hacia el interior. Sollozando y jadeando, permaneció tendido en la oscuridad mientras el corazón le latía en el pecho como un gigantesco tambor. Por fin estaba a salvo, sí; a salvo gracias a los dioses, gracias al Cuervo, sí, y a la misericordiosa Sedna, estaba… a salvo… por fin.
Pero, cuando encendió su lámpara de aceite de ballena, la vio ahí acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre el hombro, una rodilla en el interior de su caja toráxica, y un pie sobre el codo. Más tarde el hombre no pudo explicar lo que ocurrió, quizá la luz de la lámpara haya suavizado las facciones de la mujer o, a lo mejor, fue porque él era un hombre solitario. El caso es que se sintió invadido por una cierta compasión y lentamente alargó sus mugrientas manos, y hablando con dulzura, empezó a desengancharla del sedal. Finalmente cubrió a la Mujer Esqueleto con unas pieles para que entrara en calor y le puso los huesos en orden, tal como hubieran tenido que estar enun ser humano. Buscó su pedernal en el dobladillo de sus pantalones de cuero y utilizó unos cuantos cabellos suyos para encender un poco más de fuego. De vez en cuando la miraba mientras untaba con aceite la valiosa madera de su caña de pescar y enrollaba el sedal de tripa. Y ella, envuelta en sus pieles, no se atrevía a decir ni una sola palabra, pues temía que aquel cazador la sacara de allí, la arrojara a las rocas de abajo y le rompiera todos los huesos en pedazos.
El hombre sintió que le entraba sueño, se delizó bajo las pieles a dormir y enseguida empezó a soñar. A veces, cuando los seres humanos duermen, se les escapa una lágrima de los ojos. No sabemos qué clase de sueño lo provoca, pero sabemos que tiene que ser un sueño triste o nostálgico. Y eso fue lo que le ocurrió al hombre.
La Mujer Esqueleto vio el brilo de la lágrima bajo el resplandor del fuego y, de repente, le entró mucha sed. Se acercó a rastras al hombre dormido entre crujir de huesos y acercó su boca a la lágrima. La solitaria lágrima fue como un río y ella bebió, bebió y bebió hasta que consiguió saciar su sed de muchos años.
Después, mientras permanecía tendida al lado del hombre, introdujosu mano enbajo las pielesy le sacó el corazón,ése que palpitaba como un tambor. Se incorporó y empezó a golpearlo por ambos lados: “Pom pom… pom pom”.
Mientras lo golpeaba, se puso a cantar: “Carne carne, carne carne”. Y cuánto más cantaba, tanto más se le llenaba el cuerpo de carne. Pidió cantando que le saliera el cabello y unos buenos ojos y una rollizas manos. Pidió cantando la hendidura de la entrepierna, y unos pechos lo bastante largos como para envolver y dar calor y todas las cosas que necesita una mujer. Y, cuando terminó, pidió cantando que desapareciera la ropa del hombre y se deslizó a su lado en la cama, piel contra piel. Devolvió el corazón a su cuerpo y así fue como ambos se despertaron, abrazados el uno en el otro, enredados el uno en el otro después de pasar la noche juntos, pero ahora de otra manera, de una manera buena y perdurable.
La gente que recuerda la razón de su mala suerte, dice que la mujer y el pescador se fueron y, a partir de entonces, las criaturas que ella había conocido durante su vida bajo el agua, se encargaron de proporcionarles siempre el alimento. La gente dice que eso es verdad y que eso es todo lo que se sabe.
Clarissa Pinkola Estés (Mujeres que corren con los lobos).

Laberinto


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Hará un cuarto de siglo - dijo Dunraven - que Abenjacán el Bojarí, caudillo o rey de no sé qué tribu nilótica, murió en la cámara central de esa casa a manos de su primo Zaid. Al cabo de los años, las circunstancias de su muerte siguen oscuras.
Unwin preguntó por qué, dócilmente.
-Por diversas razones -fue la respuesta-. En primer lugar, esa casa es un laberinto. En segundo lugar, la vigilaban un esclavo y un león. En tercer lugar, el asesino estaba muerto cuando el asesinato ocurrió. En quinto lugar…
Unwin, cansado, lo detuvo.
-No multipliques los misterios -le dijo-. Estos deben ser simples. Recuerda la carta robada de Poe, recuerda el cuarto cerrado de Zangwill…
-O los complejos -replicó Dunraven-. Recuerda el universo.

J.L Borges- Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto (El Aleph)


Cuentan que el primer indicio del significado de la palabra “laberinto”, se encontró en Egipto, cerca de El Cairo, en el monumento funerario erigido para el faraón Amenemhat III (para mis lectores argentinos: no se tienen referencias de que Carlos Saúl tenga algún parentesco con el referido faraón, a pesar de su acusada afición a los laberintos y a las patrañas verbales) y significa: “Templo a la entrada del lago”. Consistía en una compleja red de pasadizos que, dicen, confundía tanto a los vivos como a los muertos.Más tarde, los griegos construyeron otro laberinto, que no por ser más pequeño evitaría conventirse en el más famoso del mito occidental: el laberinto de Creta. Las referencias históricas indican que fue construído por Dédalo, presunto inventor de la labrys, un hacha de doble filo que representa, a la vez, el hacha de Zeus, las dos caras de la luna, y los dos cuernos del toro (por el Minotauro).Es sumamente jugoso el seguimiento semántico de la palabra “laberinto”, que hace Nycteris (de quien he tomado parte de esta fuente) donde explica que, al menos en Europa, al laberinto se le llamó Troya, que por deformación fue pasando a través de las diversas lenguas romances hasta llegar al inglés como trowen, que además de laberinto, significa girar, dar vueltas, e inclusive, engañar. Así, de Troya pasamos a Roma, de Roma a Jerusalem -la ciudad santa- y de ésta, al gran laberinto de la catedral de Chartres y a todos los laberintos que fueron cogidos por el cristianismo para escenificar el camino de la purificación espiritual, que es, en todas las religiosas y culturas, ni más ni menos que la búsqueda del si-mismo.

Sin embargo, también están los laberintos que no van hacia dentro, sino que buscan una salida. En inglés, a este tipo de laberinto se le llama maze, que deriva del céltico maes, que a la vez significa prado, y que, como todos sabemos,es un juego conocido para niños y adultos. Todo lo sagrado, a la larga se profaniza.

En Alemania se les llama -además de labyrinth- irreweg, que deriva del verbo irre, que significa errar o engañarse, y curiosamente, se le relaciona con un hombre loco cuyo espíritu está confundido, y que yerra. Vamos, que si quieres alcanzar la lucidez es conveniente que alguna vez te hayas metido en un laberinto. Eso sí, se recomienda salir.

Y aquí, claro, llegamos a la parte psicoanalítica, un asunto que debería obviarse a riesgo de quedar desquiciada, según alguna opinión vertida en mi blog recientemente. Igual creo que no debería decir “piscoanalítica” porque me parece que es, en realidad, junguiana… pero ¡diablos!, esto es algo que debería saber, porque soy argentina. En cualquier caso, sospecho que no hará falta haber hecho un master ni en uno ni en otro (yo no los tengo, y tampoco es que me preocupe) para entender que la existencia del laberinto como búsqueda simbólica del ser interior es muy anterior a don Sigmund, e incluso a Jung. Dudo que los constructores de la catedral de Chartres tuvieran un master en estas cosas. De hecho, la necesidad humana de hallar los peligros de la sombra (que diría Jung) para, habiéndose conocido ya todo lo suficiente como para salir airoso de la prueba (Teseo y el Minotauro), es un hecho antropológico, y es parte de nuestra naturaleza.

Caso curioso, ayer mi maestra de meditación -que enseña a través de la práctica y no de la cháchara- respondiendo a la pregunta de un chico nuevo, hizo una breve referencia a cierto asunto del que, en ese momento, no tuve oportunidad de pedirle que diera detalles. Ella habló de las diferentes “capas” que nos recubren. Después, durante la relajación, mi mente dibujó un laberinto. Y, oh casualidad (más bien, sincronicidad) hoy mismo me propongo buscar en la Red alguna información sobre los laberintos y me encuentro con el siguiente comentario, de Anagarika Govinda (Foundations of Tibetan Mysticism):

Según las doctrinas budistas tibetanas, el centro de la conciencia humana está vacío, más allá de las definiciones limitadoras. El centro está rodeado por cinco capas de densidad creciente que cristalizan alrededor del punto interior de nuestro ser. La más densa de estas capas es el cuerpo físico, construido mediante la nutrición; la siguiente es el cuerpo del sutil o etéreo, alimentado por la respiración; la siguiente es el cuerpo del pensamiento o personalidad, formada por el pensamiento activo; la quinta es el cuerpo de la conciencia dichosa y universal, experimentada únicamente en un estado de iluminación. El desarrollo de la lucidez plena en la vida despierta y en la vida de los sueños es un paso fundamental hacia la comprensión de la interpretación y la relación de estos aspectos del yo.

 
Vivimos inmersos en laberintos constantes. Entrando y saliendo de ellos todo el tiempo, casi sin saberlo. El circuito vital se refleja incluso en los múltiples entresijos del cerebro, que ya de por si parece un laberinto. En una escena de la película Hombre mirando al sudeste, el protagonista -un supuesto extraterrestre obsesionado con el comportamiento humano que trabaja en un manicomio como ayudante de patólogo- coge un cerebro, lo corta en dos con un cuchillo como si cortara un trozo de mantequilla, y empieza a deshacerlo entre sus dedos, bajo un grifo abierto, mientras dice: “Ahí van… Einstein, Bach, el señor nadie, un loco…”. Previamente, y ante el cerebro aún intacto, le había preguntado a su psiquiatra dónde creía él que estaba aquella tarde de campo en que hizo el amor por primera vez con una mujer. ¿En qué parte de ese intrincado laberinto residirán todos los recuerdos de nuestra vida?¿En qué parte habitará el Minotauro?

O quizá la cuestión no sea dónde habita, sino atreverse a buscarlo. No puede haber nada más terrorífico que encontrarse a solas, y frente a frente, con el Minotauro que todos llevamos dentro. En España, la superioridad humana sobre la bestia se ha centrado en la fiesta de los toros. Sin embargo, no se trata de sublimar el miedo a través de una fiesta sanguinaria que ya es rechazada por muchos, sino de ir tras la sombra y enfrentarla. Por eso hay tanta gente que va por el mundo responsabilizando a los demás de todos sus conflictos. El toro siempre está fuera, nunca nos pertenece. La bestia es el otro, nunca yo. Imagínate lo que significaría tener que admitir que la bestia eres tú: representaría un largo, larguísimo trabajo de disección en el cual el objeto a observar serías tú, y no el otro, un circuito aparentemente interminable de bajadas y subidas, y sobre todo de descensos, a ese infierno tan temido de tu centro. El laberinto para llegar no es más que un medio: el fin eres tú.

El hombre ha tratado desde siempre de llegar al centro de las cosas. En Viaje al centro de la Tierra, Julio Verne nos habla de un pergamino rúnico que para el profesor Lidenbrock, protagonista de la novela, es todo un misterio a descifrar. O sea, un laberinto verbal:

Desciende al cráter del Yocul de Sneffels que la sombra del Scartaris acaricia, antes de las calendas de Julio, y llegarás, viajero audaz, al centro de la Tierra. Como yo lo hice. (
Y llegarás, viajero audaz, al centro de tu corazón, que es el centro de tu laberinto. Tu rosacruz. Tu flor de Loto. Que es tu infierno tan temido, y a la vez tu paraíso, tu vacío, tu zen. Recuerda que el miedo puede ser peor que el peligro).


¡Bon voyage!

La mujer salvaje


¿Qué es la Mujer Salvaje?, pregunta Clarissa Pinkola Estés en su libro Mujeres que corren con los lobos, ya todo un clásico de la literatura femenina y uno de mis libros de cabecera, que además recomiendo tanto a mujeres como a hombres para comprender la naturaleza femenina en su esencia, desmarcada de prejuicios culturales y etiquetas políticas y sociales. Voy a transcribir lo que ella misma responde:
La mujer salvaje es la fuerza Vida/Muerte/Vida, es la incubadora. Es la intuición, es la visionaria, la que sabe escuchar, es el corazón leal. Anima a los seres humanos a ser multilingues; a hablar con fluidez los idiomas de los sueños, la pasión y la poesía. Habla en susurros desde los sueños nocturnos, deja en el territorio del alma de una mujer un áspero pelaje y unas huellas llenas de barro. Y ello hace que las mujeres ansíen encontrarla, liberarla y amarla.
Es todo un conjunto de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos. Ha estado perdida y medio olvidada durante muchísimo tiempo. Es la fuente, la luz, la noche, la oscuridad, el amanecer. Es el olor del buen barro y la pata trasera de la raposa. Los pájaros que nos cuentan los secretos le pertenecen. Es la voz que dice: “Por aquí, por aquí”.
Es la protesta a voces contra la injusticia. Es la que gira como una inmensa rueda. Es la hacedora de ciclos. Es aquella por cuya búsqueda dejamos nuestro hogar. Es el hogar al que regresamos. Es la lodosa raís de todas las mujeres. Es todas las cosas que nos inducen a seguir adelante cuando pensamos que estamos acabadas. Es la incubadora de las pequeñas ideas sin pulir y de los pactos. Es la mente que nos piensa; nosotros somos los pensamientos que ella piensa.
¿Dónde está?¿Dónde la sientes, dónde la encuentras? Camina por los desiertos, los bosques, los océanos, las ciudades, los barrios y los castillos. Vive entre las reinas y las campesinas, en la habitación de la casa de huéspedes, en la fábrica, en la cárcel, en las montañas de la soledad. Vive en el gueto, en la universidad y en las calles. Nos deja sus huellas para que pongamos los pies en ellas. Deja huellas dondequiera que haya una mujer que es tierra fértil.
¿Dónde vive? En el fondo del pozo, en las fuentes, en el éter anterior al tiempo. Vive en la lágrima y en el océano, en la savia de los árboles. Pertenece al futuro y al principio de los tiempos. Vive en el pasado y nosotras la llamamos. Está en el presente y se sienta a nuestra mesa, está detrás de nosotras cuando hacemos cola y conduce por delante de nosotras en la carretera. Está en el futuro y retrocede en el tiempo para encontrarnos.
Vive en el verdor que asoma a través de la nieve, vive en los crujientes tallos del moribundo maíz de otoño, vive donde vienen los muertos a por un beso y en el lugar al que los vivos envían sus oraciones. Vive en donde se crea el lenguaje. Vive en la poesía, la percusión y el canto. Vive en las negras y en las apoyaturas y también en una cantata, en una sextina y en el blues. Es el momento que precede al estallido de la inspiración. Vive en un lejano lugar que se abre paso hasta nuestro mundo.
La gente podría pedir una demostración o una prueba de su existencia. Pero lo que pide esencialmente es una prueba de la existencia de la psique. Y, puesto que nosotras somos la psique, también somos la prueba. Todas y cada una de nosotras somos la prueba no sólo de la existencia de la Mujer Salvaje sino también de su condición en la comunidad. Nosotras somos la prueba de este inefable numen femenino. Nuestra existencia es paralela a la suya.
Las experiencias que nosotras tenemos de ella, dentro y fuera, son las pruebas. Nuestros miles de millones de encuentros intrapsíquicos con ella a través de nuestros sueños nocturnos y nuestros pensamientos diurnos, a través de nuestros anhelos y nuestras inspiraciones, nos lo demuestran. El hecho de que nos sintamos desoladas en su ausencia y que la echemos de menos y anhelemos su presencia cuando estamos separadas de ella es una manifestación de que ella ha pasado por aquí.
Clarissa Pinkola Estés (Mujeres que corren con los lobos)

Comunicación

La llave la tienes tú.

Última entrega de la zaga biclópea

9 (Todo sea por los amigos)



PRiMeR PrEmIo dE ArT-FuTuRa sHoW 2005, en la categoría cortometraje en vídeo digital. Creador: Shane Acker

Búscate la vida


¿Habeis notado que hay gente que va por la vida dando la sensación de que en vez de sangre, por las venas le corriera, por ejemplo, horchata? No estoy hablando de los típicos canallas, esa gente insensible y maliciosa que se solaza haciéndole la vida imposible a los demás. No. Yo hablo de otra cosa. Hablo de una actitud generalizada de… cómo te diría, ¿desidia?, que me llama poderosamente la atención.
Para empezar, yo huyo del síndrome del horchatismo. Y la verdad es que huyo con todas mis fuerzas, tal como si huyera de una epidemia. O más bien de una pandemia. Que es lo que es.
Me llevó algún tiempo encontrar una palabra que se adecuara al perfil del horchatero, hasta que finalmente la encontré. Y es apatía. Fijaos qué sencillo. A diferencia de la simpatía y la antipatía, la apatía es un estado de ánimo neutro. En lo personal, la neutralidad me resulta incluso más irritante que el extremismo, ya que al menos éste destaca por su apasionamiento; sin embargo, la neutralidad es desapasionada e inerte.
A propósito de esto, las personas afectadas por el síndrome están, si se mira con atención, desexualizadas. Observad las manos de ciertos horchateros: en el caso de los hombres, suelen ser blandas y fofas, con las uñas recortadas al ras, y sus dedos son afilados, casi feminoides. El caso de las mujeres es similar, con la salvedad del temblor casi imperceptible y la tendencia a cogerlo todo con gesto aprehensivo, y esa repugnancia difusa que las personas poco observadoras suelen confundir con delicadeza.
Estudiar a los horchateros (o gente-percha) es semejante al análisis estadístico: haber visto a 1000 es como haber visto a uno solo, y viseversa. Con lo cual, después del primer impacto te acostumbras, y sabes que la única salida que tienes es, en la medida de lo posible, huir de ellos o tratarles con la máxima educación que exige el protocolo de los horchateros, y que es: la desidia. Si en un encuentro ocasional se te ocurriera, por ejemplo, hacer una broma o soltar una ironía (el horchatero odia la ironía, prefiere el cinismo) se quedará de piedra o te mirará como un niño delante de una pieza de museo tipo Diplodocus, siendo tú el lagarto gigante y él, el niño. Y como generalmente el horchatero va acompañado, o si va solo dá la puñetera casualidad que hay todo un surtido monovalente de horchateros a su alrededor, el único recurso de amparo o hábeas corpus que te queda será largarte lo antes posible.
Igual no te preocupes: ya se sabe que en un mundo de fugitivos el que toma la dirección opuesta, parecerá que huye.
Si, en caso contrario, resulta que el horchatero es el amigo de un amigo normal y corriente, y coincides con él en una velada que pretendía ser divertida, trata de pegarte como una lapa al formato de su disco duro. Piensa que es cosa pasajera y que luego no tendrás que volver a verle nunca más.
¿El discurso trascendental del horchatero? Pues el seguro del coche y la hipoteca del chalé, obvio. El trabajo. El gimnasio. Gente que, sin llamar demasiado la atención, tenga un buen tipito. Ropa comprada siempre en tiendas extranjeras (y eso que tú: ¿para qué me lo voy a comprar en un chino de Londres si en el chino de la vuelta hay uno igual y encima me queda más cerca?). El parentesco lejano e incomprobable con algún preclaro ya muerto hace ciento cincuenta años. El parentesco lejano y más que sospechoso con algún indivíduo desconocido, cuyo nombre jura y perjura el horchatero que aparece en el diccionario Novis Nobilium del siglo XVI, página 1267, tomo 12. Todo eso, una y otra vez a rítmo de rap.
Para no extenderme demasiado en el tema (que, como el horchatero, tampoco es que dé para tanto), diré que tengo una hipótesis que podría explicar, a groso modo, el origen, multiplicación y cría del horchatero. En mi opinión, y tal como están las cosas, sospecho que en el futuro la fecundación de esta especie podría darse única y exclusivamente in vitro, aunque de momento la pulsión sexual se mantenga sólo para la reproducción siempre y cuando haya boda, y el resto sea realizado rápida e higiénicamente en algún receptáculo o criatura humana destinados a tal fin.
Sea como sea, creo que el quid de la cuestión se centra en el tema de la necesidad. Esto me recuerda a una vieja conversación que mantuve hace muchos años con una amiga que estudiaba psicología y antropología. Ella me dijo: “En las tribus primitivas, las que mejor desarrollaban su capacidad de instrumentalización eran las más necesitadas y no las otras. Esa capacidad es parte de la naturaleza humana, sin embargo, cuanto más desarrollo haya en la tribu, más riesgo habrá de que se pierda”.
Por lo visto, la necesidad es necesaria. Y resulta perfectamente razonable, si se piensa que además de estar en la base de todas las urgencias, es un excelente estímulo para la creatividad, es el acicate que mueve el instinto gregario, el móvil del deseo y el baremo de todos los grandes cambios. La necesidad está en la base del proceso evolutivo. Acicatea la inteligencia y nos pone frente a frente con nosotros mismos, ya no por tradición, sino como indivíduos solos en la carretera. Pero ojo: no confundir necesidad con carencia, ya que puede haber carencia sin necesidad. Y éste es, justamente, el caso del horchatero. Gente que ha nacido en épocas de prosperidad económica, y que, no obstante, parece andar por la vida como si la tuviese pensada de antemano, es decir, como si el futuro se le hubiera escrito antes de que naciera. El caso del horchatero medio es el de un hombre o una mujer que se ducha todos los días, saca al perro, va a la Universidad, visita a sus padres los domingos, se casa, tiene hijos, se divorcia y vuelve a ducharse todos los días, saca al perro, va a la Universidad, visita a sus padres… Es decir, que podría confundirse con un indivíduo medio de cualquier próspera ciudad occidental, sólo que, a diferencia de éste, el horchatero nunca llega a experimentar una verdadera necesidad, porque nunca llega a reconocer su carencia.
En España hay una frase muy acertada que es: Búscate la vida. O sea, mira por tu necesidad. Siempre me pareció una frase útil, plena de lucidez: a la vida, hay que buscarla. Nacemos al mundo en un cuerpo gimiente que quiere alimentarse y sobrevivir, pero la vida es mucho más que eso. La vida es también incertidumbre y asombro. Y curiosidad, mucha curiosidad. ¿Cómo vivir una vida carente de pasión? Habría que preguntarle al horchatero.