7/2/08

El extraño destino de los libros

Hace unos años, andando por Madrid, me encontré con una vieja edición española de Van Gogh: el suicidado de la sociedad, y para acabar de una vez con el juicio de Dios, de Antonin Artaud, en cuya primera página se lee una dedicatoria (obviamente, escrita a mano) que en su momento llegó a llamarme la atención. La misma, data del 10 de junio de 1996, y dice así:

Para Nadjwa y Daniel, que estos versos malditos os sirvan de recuerdo en vuestra estancia en Nueva York. Un beso muy fuerte (Juan).

Temo que a Juan no le alegraría mucho saber que ese libro dedicado con tanto esmero iba a acabar en una tienda de libros usados, y que las manos que ahora lo leen no son ya las de Nadjwa Nimri sino las de esta humilde servidora de origen plebeyo, que a continuación pasará a aburriros con uno de los más grandes poetas que parió el siglo XX dentro de un manicomio. Ya que él

o vio profe
o vio proto
o vio loto
o thethé

y además, había visto


combatir a las máquinas en cantidad,

pero sólo he visto en el infinito

detrás de todo

a los hombres que las conducían.

Porque Artaud, el poeta de la fecalidad, habla como un alquimista urbano, como un brujo de las cloacas y un cachondo, o sino leed:

Todo lo que huela a mierda

huele a ser.

E hombre bien hubiera podido no cagar,

no abrir el bolsillo anal,

pero eligió cagar

del mismo modo en que debió elegir la vida

en vez de consentir en vivir muerto.


Porque para no hacer caca

hubiera tenido que consentir

en no ser,

pero no pudo decidirse a perder el ser,

o sea a morir vivo.


En el ser hay algo especialmente tentador para el hombre

y ese algo es precisamente

LA CACA

(en este punto, bramidos).

Para existir basta con abandonarse a ser,

pero para vivir

hay que ser alguien,

para ser alguien

hay que tener un HUESO,

no tener miedo de enseñar el hueso

y de paso perder la carne.


El hombre siempre ha preferido la carne

a la tierra de los huesos.

Porque sólo había tierra y madera ósea

y tuvo que ganarse su alimento,

no había más que hierro y fuego

y nada de mierda,

y el hombre temió perder la mierda,

o más bien deseó la mierda,

y para ello sacrificó la sangre.


Para tener mierda,

es decir carne que comer,

allí donde no había más que sangre

y chatarra osamental,

y donde nada se podía salir ganando con ser,

sino que perder la vida era lo único posible.


o reche modo

to edire

di za

tau dari

do padera coco


En ese punto, el hombre se retiró y huyó.


Entonces las bestias se lo comieron.


No fue una violación,

él se prestó al obceno ágape.


Le gustó,

él mismo aprendió

a hacer la bestia

y a comer ratas

con delicadeza.


¿Y de dónde proviene esa abyección inmunda?


¿De que el mundo aún no esté constituido?

¿O de que el hombre sólo tenga una reducida idea del mundo y quiera conservarla eternamente?


Proviene de que un buen día,

el hombre

detuvo


la idea del mundo.


Se le ofrecían dos caminos:

el del exterior infinito,

el del interior ínfimo.


Eligió el interior ínfimo.

allí donde basta con apretar

la rata,

la lengua,

el ano,

o el glande.


Y el mismo dios comprimió el movimiento.


¿Es Dios un ser?

Si lo es, es una mierda.

S no lo es,

no existe.


Ahora bien, no existe

sino como el vacío que avanza con todas sus formas,

cuya representación más perfecta

es la marcha de un incalculable grupo de piojos.


“Está usted loco, señor Artaud, ¿y la misa?”


No me creerán,

y desde aquí veo como el público se encoje de hombros

pero el llamado Cristo no es sino aquel

que en presencia del dios piojo

consintió en vivir si un cuerpo,

mientras que un ejército de hombres

bajado de una cruz

en la que dios creía haberle clavado tiempo atrás,

se rebelaba,

y protegido con armaduras de hierro,

con sangre,

con fuego y osambres,

avanza lanzando invectivas contra lo Invisible

para acabar allí EL JUICIO DE DIOS.


(Se esperan bramidos).



Antonín Artaud: Para acabar con el juicio de Dios (Ed. Fundamentos, Madrid)




Rafael de Riego y la saga del abuelo perdido


Y una tortola cantaba en un almendro,
y en su cante decía ¡viva mi dueño!
Camarón de la Isla


No reniego de mi memoria. Al contrario, soy lo que soy gracias a ella. Y en lo que seré, habrá mucho de lo que he sido y de lo que soy, no importa en qué latitud esté.

Cuando me yergo sobre la tierra, ésta se convierte en un punto sobre el cual me gusta balancearme sobre la punta de un pie. Sobre un átomo en el que palpita el mundo, un mundo enorme, prolífero, donde las cosas y los seres echan sus raíces como cordones umbilicales tirando de una misma placenta. Placenta de barrilete, de río, o de retama, pero placenta al fin.

A veces soy una emoción autista bajando por una Thyssen con destino a Moncloa. O una quema fallera disparando fotos sobre la Pedrera. Otras, soy la memoria de un territorio de alazanes salvajes, de novillos macisos, de sauces centenarios, que me señalan esa gran boca hambrienta de campo donde me crié, bajo un viejo ombú desplomado sobre una ermita.

Pero a veces -sólo a veces- prefiero las distancias y las incertidumbres. Absorbo las sensaciones que me dejan las palabras con hambre de letras y de formas, con apetito de espacio, un espacio que también es mito y paradoja, algo amado desde la inconciencia y reconocido con la clarividencia de la sangre. Sin embargo, el día en que necesite ponerle un nombre a mis puertos, empezaré a preocuparme. A mí me gustan los destinos imprevistos.

Crucé el mundo en un boing, cuando la noche era un agujero sin luz a la altura de África. Luego se encendieron las constelaciones y me pareció imposible que pudieran brillar así, tantas millas allá abajo. ¿Puede ser tan enorme una diadema?

Ay Constela, ay Carmela.

Supe que era España por las luces. Aquellos espigones iluminados -si es que lo eran- docenas de radiales sobre una lengua oscura e inmensa, al alba, sobre el mar, me dejaron un recuerdo imborrable. Dentro de una avión la percepción del mundo queda reducida a una aséptica cápsula de fibra y la humanidad al número de quinientas cabezas inclinadas sobre un libro. Crees que el mar es cielo y el cielo agua; y ya no te extraña que la paloma de Alberti se haya equivocado.

La llegada de don Álvaro Ibargúren al puerto de Buenos Aires, mi abuelo materno, fue muy diferente. Él llegó a la Argentina en un barco de vapor. Todos se preguntaban por qué el abuelo nunca se quitaba la boina, ya que tenía una mata de pelo preciosa con unos rizos plateados casi tan brillantes como las diademas que ví desde el avión. El viejo se pasó la vida inclinado sobre una huerta, ofreciendo su espalda a la casa de estuco que se mantenía milagrosamente en pie, como él, en latitud sur al gran río y al viejo continente. Latitud patente, exacta e ineludible la de aquella casona de tejado a dos aguas, cercada por un seto amorosamente cortado, un seto que era también frontera inadecuada aunque precisa para el mundo de afuera, un mundo al que don Álvaro le volvía la espalda, para inclinarse sobre la tierra germinante, algo que siempre reconoció como suyo con la pasión neolítica de los espíritus sencillos.

Don Álvaro nunca renegó de su memoria histórica. Al contrario, fue lo que fue gracias a ella. Sólo un pacífico agricultor que siempre hablaba de su Álava natal con la familiaridad de quien habla de su primo el del pueblo. Como si el pueblo estuviera a dos horas, y no a cuarenta días de incertidumbre y quién sabe cuántas cosas más que nunca sabremos, en un barco a vapor. En lo que fue, hubo mucho de lo que había sido aquí, de lo que fue después ya al otro lado del mundo, y de lo que sería más tarde a través de mí. Sin importar su latitud.

El abuelo don J.A.Z (siglas de fantasía), indiano, muerto por los falangistas en 1937. Hasta donde yo sé, sus restos reposaban en algún lugar de puerto La Espina, en Asturias. Aunque él nunca llegó a emigrar, sus hijos varones fueron enviados a América por su viuda, doña Amparo, a quien conocí en Boal con casi un centener de años. En Argentina, sus hijos trabajaron en lo que podían, se casaron, tuvieron descendencia (uno de ellos fue mi marido), levantaron una casa, montaron su empresa, y aún viven allí.

Yo conozco La Espina. Es un puerto de montaña hasta arriba de bosques, en cuyas hondonadas podría muy bien esconderse un ejército entero. El único testimonio vivo cuando llegamos a Tuña -una aldea de no más 500 habitantes en el consejo de Tineo- era el por entonces presidente honorario del Ateneo Republicano, y cuya hija, diputada por el PSOE, nos invitó a cenar en su casa, de forma totalmente espontánea y haciendo gala de una hospitalidad que jamás olvidaré, hace ya más de siete años. Él nos contó como, ya acabada la Guerra Civil, J.A.Z fue arrastrado fuera de su casa en vísperas de Semana Santa y fusilado junto con otro grupo de civiles, antes de ser enterrado en puerto La Espina en una fosa común que cubrieron con cal viva. El testimonio lo recoge de un viejo conocido que en el momento del relato había fallecido, y parece ser que a éste “se lo contaron”.

¿Quién se lo contó? En cualquier caso, quien se lo haya contado, tuvo que ver algo. ¿Por qué nadie, o muy pocos, querían hablar de J.A.Z cuando estuvimos en Tuña? La respuesta es el silencio.

Cabe preguntarse por qué J, habiendo nacido en Tineo, decidiera mudarse a más de 100 km para montar una tienda de telas, siendo que tenía una preciosa casa de indianos en Boal. “Quizá la tienda haya sido sólo una coartada”, decía muy atinadamente mi compañero. Y si tomamos en cuenta que estamos hablando del año 36 y por entonces no habían coches de 300 caballos ni autobuses tan veloces como los de hoy en día, la pregunta es razonable. Además, hay un detalle que llama poderosamente la atención, y es el hecho de que en Tuña hubiera nacido Rafael de Riego, mentor de la Primera República e inspirador del llamado “Himno de Riego”. Se sabe que Rafael de Riego fue masón y gran amigo del general José de San Martín, el “libertador de América” (también masón, como lo fueron la mayoría de los fundadores de las naciones americanas, incluído el propio George Washington), y se cree que su aporte fue de vital importancia para la liberación de las Colonias.

Un hecho que resulta curioso, y en extremo paradógico, es que yo haya nacido a sólo doscientos metros de una calle que, mucho antes de que mi padre comprara su terreno y construyera allí la casa que acabamos de vender en Argentina, alguien decidiera bautizarla con el nombre de Rafael de Riego. Por muy absurdo que parezca, al llegar a Tuña honré su estatua.

J.A.Z vivió en Cuba unos años y al regresar a España construyó una preciosa casa de indianos -Villa Portulaguete- en una localidad vecina a Boal llamada Armal, en la costa occidental de Asturias. Yo llegué a pasar una noche entera en esa casa plagada de fantasmas que, como las ratas, hacían crujir las paredes como si fueran de papel. Recuerdo claramente sus muebles de castaño y sus pesados cortinajes de terciopelo verde bordados en hilos de oro, y los techos pintados a mano al estilo art noveau. Cuando estuve allí, y en presencia de los primos de mi marido, se me ocurrió abrir las ventanas del salón -que por su aspecto llevaban cerradas largos años, ya que las únicas partes de la casa que habían sido reformadas, sin ningún estilo, y sólo para ser usadas cuando llegaba la visita de Argentina, eran el baño y la cocina- y arañas grandes como las yemas de un dedo empezaron a circular de una punta a la otra de las cornisas, con el paso vacilante de un durmiente que acaba de ser despertado. Aplastadas por el peso de las ventanas. Desmemoriadas.

El cuarto de las telas no es más que una pequeña habitación del piso alto con una diminuta ventanuca que dá a la sierra de Penouta; sin embargo, estar allí resulta todo cuanto menos que inquietante. Para empezar, es un sitio que parece no haber sido tocado en por lo menos unos cincuenta años. Y no exagero, si se piensa que cuando intentamos levantar una de los bobinas de tela -el mejor príncipe de Gales que he visto jamás, sobre todo por su resistencia al paso del tiempo, y a las ratas- la bovina que estaba debajo quedó marcada por una gruesa capa de polvo y telas de araña. A mi compañero le dio por explorar los cajones de una vieja cómoda, y encontró un manual de costura, papeles mordidos por los roedores, gran cantidad de hilos y medallitas de latón.

De forma sorpresiva, dentro del forro del manual encontramos una carta. No recuerdo exactamente el texto, pero se trata de una carta anónima escrita a mano y en forma de poema de intención claramente difamatoria, dedicado a las dos hermanas de J, que eran maestras. Además -y lo que resulta más escalofriante- encontramos una carta mimeografeada en tinta roja donde alguien parece amenazarle por un préstamo de dinero. Más que una amenaza, la carta era una promesa.

Sea como sea y por lo que sea, el caso es que J.A.Z, indiano, padre de varios hijos, comerciante, anti-clerical, y por supuesto, republicano, ya no está aquí para contarlo. Dudo que a estas alturas quede alguien vivo que pueda hablar por él. Sus restos reposan en alguna parte de puerto La Espina, nutriendo las raíces de algún bosque nuevo. Su nombre, como el de muchos, figura en el larguísimo listado de todos los nombres.


Nunca sabremos lo que hubiera sido de él de haber sobrevivido; sin embargo sabemos que aunque ya no sea, mucho de lo que habría sido sobrevive en aquellos que saben quienes son porque no olvidan su memoria.

Tao



Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.
-Basho

Photo/post: Juan Riera


Africa

África bom bom tam tam
el rítmo la pulsación el beat
dicen que la vida empezó en África
sin embargo, hay quienes creen
que todo lo salvaje debería exterminarse
o barrerse bajo la alfombra.
Allá por el ’42 mi padre
vivía en la flor nueva de Addis Abebay cuando hubo una guerra, a mi padre
alguien le metió una bala por la garganta
una bala que le salió por el homóplato
no hubo anestesia para mi padre
en África, bom bom tam tam
el rítmo la pulsación el beat(cosas de la naturaleza que hay quienes llaman destino)
y en un campo de concentración inglés formó un coro de negros con las mejores voces, decía
que hubiera oído jamás
(no te costará creerlo si escuchas a Odetta).

Si les hacen esclavos lo transforman en blues si les ponen vallas llegan en pateras
como las hormigas, que levantas una casa
y se devoran los cimientos, hasta que cae (¿por qué tú puedes constuir una casa y ellos no?). No hay mucho que escribir sobre África
nada más que el bom bom tam tam
el rítmo la pulsación el beat
lo que estaba antes de la mente
lo que estaba antes de la palabra
lo que estaba antes de Sócrates del cemento y del chip
lo que estaba antes de que hubiera rayas en los mapas
lo que estuvo primero sobre la Tierra sobre la rueda, sobre el rítmo de un dyembe
lo que recuerda un bajo vientre en creciente
el muladhara
eso es África, piensa en Áfricay escucha a tu corazón: beat-beat.



Jeff Buckley: el chico de la tapa

El día en que murió el chico de la tapa, una nube crecía desde el oeste, trayendo algo más que la amenaza de un aguacero. Traía también una densa vorágine surgiendo hacia Memphis a vuelo de pájaro. Era muy temprano y el cielo había amanecido cubierto; sin embargo, las nubes ya empezaban a disiparse y el sol brillaba por el este. Iba a ser un día espléndido, sólo que él nunca lo sabría. Como tampoco sabría que hacia la noche iba a haber tormenta y que la borrasca iba a durar tres días. Porque él iba a estar en otra parte, quién sabe dónde, posiblemente en algún lugar desconocido, y encaramado a la cresta de un ala. O en su marea silenciosa y azul viendo el mundo a través del agua, como un pez.
El chico de la tapa (la que veis a la izquierda) se llamaba Jeff Buckley, y aunque en el párrafo anterior no haya otra intención que novelar en su homenaje, sí que murió en Memphis, y en el agua.

Jeff había nacido el 17 de noviembre de 1966, y murió en mayo de 1997, con apenas 30 años. Las circunstancias de su muerte -como tantas en la historia del rocanrol- aún no están del todo claras. Lo que se sabe, es que un día se fue a nadar con un amigo y no volvió a aparecer antes de pasados los cinco días. Ahogado.
Yo había leído que fue en el Mississipi, aquel río gigantesco zurcado por pintorescas embarcaciones con ruedas (que si no se las cargó el Katrina todavía estarán en New Orleans), pero parece ser que fue en otro mucho más pequeño, llamado Wolf, donde se ahogaría para siempre la que, posiblemente, haya sido la mejor voz de los 90. Su primer disco debut, Grace, grabado en 1994 y producido por Tom Verlaine -el ex-noviete kármico de Patti Smith, en su versión rimbaudiana- es una perla negra de ésas que dejan huella y se te quedan grabadas en la piel como una joya de metal noble. Otro diamante loco que se dejó pelo, sangre y huesos en un 4 pistas.
Dicen los expertos que su voz alcanzaba las cuatro octavas. Yo lo descubrí en el disco Live en Olympia (que abarca parte de su gira en Francia) por recomendación de una amiga que me venía inflando las neuronas desde hacía mucho; y debo reconocer que al principio no me pegó.
Tendría que pasar algún tiempo hasta que me llegara el eureka. No se trata únicamente de su voz, capaz de crear unas atmósferas tan feroces como instrospectivas, de una sensualidad crepuscular; sino también de su versatilidad. Jeff Buckley es la quintaescencia del material invisible que habita en el corazón de las perlas negras.Iba a recomendaros una vista por el Bar de la Mona Fundida, pero veo que el vídeo está chungo, y he notado que el de Grace resulta imposible de copiar. Cosas de los herederos, supongo; o más bien de su señora madre, acusada recientemente de manipular el material artístico de su hijo.
No me sorprende. Cuando no son las viudas, son las madres; y a falta de madres y viudas, seguro que no faltará alguna hija que quiera hacerse millonaria a costa del talento de su padre. Pero yo quiero un vídeo de Jeff Buckley en mi blog, y lo voy a poner. Sorry, mom.
Como le dijeron a Charly Parker en Bird


Y cuando mueras, se hablará de ti… mucho más que ahora.

Arte-terapia

En el tomo XII de la Enciclopedia Jackson de mis trece años, concretamente
en la sección Piscología, se lee: Hay un puente muy estrecho entre el arte y la locura; de ahí que al primero todavía se le siga llamando “la loca de la casa”.

En mi casa, la loca era yo. “La nena pinta”, decía mi madre con orgullo. Todavía hay gente que piensa que la única condición imprescindible para ser un artista es hacer buena fotografía de pincel. Por eso el hiperrealismo tiene y seguirá teniendo tanto éxito. Y es natural, ya que reproduce la realidad tal como la vemos. No nos permite el beneficio de la duda en cuanto a la interpretación (pero sí en cuanto a la realización: “¡Mira qué maravilla!¿cómo lo habrá hecho?¡Si parece una fotografía!”), y nos introduce en la obra como receptores pasivos. En el hiperrealismo, una copa de cristal es una copa de cristal. No puede ser un pelícano o un útero, sino una copa. 2+2 son cuatro. Punto.

Luego está el otro, el arte de 2+2 son 5. ¿Conoceis el chiste? Se encuentran un sano, un loco y un neurótico. El sano dice: “2+2 son 4”; entonces interviene el loco y protesta: “No, no, perdona… pero 2+2 son 5”. Al final le toca al neurótico, que comenta dubitativo: “Bueno… es verdad que 2+2 son 4, pero ¿no habeis pensado que también podrían ser 5?”. Viviendo, como vivimos, en un mundo de locos que parecen normales ¿por qué no iba a existir un arte que lo reflejara?
Consciente de ello, Jean Dubuffet, el engañabobos, el patafísico, el surrealista, el dadaísta yel vinicultor, empezó a interesarse por el arte de los locos cuando todavía se practicaban lobotomías y la expresión artística en los manicomios no era valorada de otra manera que no fuera como diagnóstico. En muchos aspectos, el arte de los locos -y de los niños- no se diferencia demasiado al de los de ciertas escuelas artísticas. Tanto el informalismo como el dadaísmo son ejemplos de ello. O sino piénsese en esa gran muchedumbre de Antonio Saura, en las grandes piedras de Chillida, en las manchas asiáticas de Luis Feito, o en las criaturas monigotescas de Miró.

Quizá la aportación más grande de Dubuffet a la plástica haya sido su defensa de la pulsión primaria. Es como si le hubiera dicho al público: Anda, implícate; usa tu imaginación: sé un niño. Todo lo cual, desde luego, provocó gran impacto en su época. Sin contar con el escándalo. Porque un artista que defiende el arte de los locos, sin estar loco, es que está más loco que los propios locos. O, como diría el autor del artículo de la Wiki, es un engañabobos.
Yo brindo por él.


A Bettel, maestra de Arteterapia y maestra de vocación

Cada vez que digo que soy arteterapeuta la gente se queda un poco cortada. “¿Y qué es eso?”, preguntan. En ciertos ambientes, el asunto suena un tanto aparatoso. Jo… arteterapeuta. ¿Y eso qué?¿se parece a la musicoterapia? Pues sí, pero con el arte. Corrijo: con las artes plásticas. “Ah!”. Y piensan: “Yo de dibujo, cero patatero… y no voy a empezar ahora, a esta edad”. No saben que en Arteterapia, cuanto menos sepas, mejor. El que se presenta en el curso diciendo que sabe dibujar, generalmente viene viciado. Llega con la plantilla predeterminada por el antiguo “maestro” de retrato, o de suni-é, y en vez de soltarse, se esconde. En Arteterapia, el que sabe dibujar es el más limitado.
Resulta irónico que en España se haya esperado tanto tiempo en reconocer el Arteterapia como disciplina de rango universitario, si se piensa que el primer arteterapeuta de la historia quizá haya sido el pintor de la cueva de Altamira. Ahora mismo estoy en eso, ya que me voy a Santander a finales de mes. En agosto del 2001 tuve la oportunidad de visitar la réplica de la cueva con la gente de la UIMP, y quedé maravillada. Nunca sabremos quién o quiénes fueron los autores de esas pinturas, pero si de algo hemos de estar seguros, es de que hace mucho, muchísimo tiempo, arte y sanación eran la misma cosa. Y no sólo arte y sanación, sino arte, religión y sanación.
Arteterapia no es sino otra manera de exorcisar esos diablejos internos que nos pinchan con su tridente y van por ahí haciendo fechorías. Las cosas que salen resultan sorpredentes. “¿Eres psicóloga?”, me preguntan. No, pero tengo quince heridas de guerra; una de ellas hecha por una psicóloga, justamente. Antes de decir “soy maestra”, me lo pienso dos veces, porque más que maestra, soy facilitadora. Quizá la palabra “maestra” me quede demasiado grande aún, y no sólo a mí sino a mucha gente que va por ahí diciendo que lo es. Hace mucho, y estando en plena depresión, llegué a dejarle un mensaje muy poco amable a la psicóloga que me trató durante años y me despidió cuando supo que no podía pagarle. Dos años después, estaba trabajando con drogadictos en un CAD de Madrid. Les daba Arteterapia. Trabajar con ellos fue mi primer paso hacia la recuperación, pero no me saqué ni un duro.
Para mí resulta más que gratificante haber aprendido tanto de las tinieblas. Creo que los mejores maestros se forman en contacto no sólo con el cielo, sino también con las tinieblas. El viaje es peligroso, pero hay que hacerlo, ya que a la larga te fortalece. Es muy placentero hacer Arteterapia en una enorme terraza con vistas al Pirineo para un grupo de turistas que buscan algo nuevo, pero el verdadero trabajo de campo se hace con gente que está en carne viva, como yo les llamo a quienes, por experiencia propia, saben que cielo y tinieblas están más cerca de lo que parecen.
La comunidad gitana es un ejemplo de ello. “Esta gente lleva el arte en la sangre”, decía mi amiga Vicky al verles pintar. Sin embargo, yo no creo que sea eso. El ser humano lleva el arte en la sangre sea de donde sea, la búsqueda de la belleza parece ser algo inherente a nuestra condición. Pero no, lo de los gitanos es diferente. Es como lo de los drogadictos, las mujeres maltratadas, los esquizofrénicos y los niños de las escuelas de alto riesgo en las que trabajé cuando vivía en Argentina: la necesidad tiene cara de hereje, dice un viejo adagio, al que yo le doy mi propia interpretación cuando, sin ánimo de sentenciar, digo que la expresión artística es hija de la necesidad.
Para el hombre, mujer o comunidad que haya pintado los bisontes de Altamira, el arte no era una actividad separada de la necesidad. Aunque no se sepa, a ciencia cierta, qué fue lo que motivó la creación de esas pinturas, se sabe que por entonces el arte no estaba separado de la comunicación con los espíritus y el acceso al poder. Sin embargo, con los cambios graduales de la cultura humana, la especialización fue haciéndose cada vez más extrema. En las sociedades agrícolas, cierta gente hacía arte y cierta gente se concentraba en la curación. Con el paso del tiempo, arte y sanación se fueron separando, y cada disciplina se hizo más específica. Aquel que hacía arte pasó a llamarse entonces” artista”, y “sanador” (chamán o médico brujo) el que hacía curación. Con los años, los sanadores se convirtieron en médicos y los artistas adquirieron un rango más glamouroso, más cercano al mundo del espectáculo y a la comunicación, que a la sanación.
Estaba yo en mi tercer año de Bellas Artes cuando, al examinar uno de mis dibujos, hecho a lápiz y carboncillo, mi profesora de entonces, Bettel, me preguntó astutamente: ¿El mal es chico o el mal es grande? Sorprendida por la pregunta, me volví hacia mi propio dibujo, y enseguida caí. Éste no era ni más ni menos que la proyección de mi propio estado de ánimo, por entonces agobiado por la pérdida de un familiar, y el soporte que había utilizado para expresar ese dolor se quedaba demasiado pequeño. Siendo el dolor tan grande, ¿por qué no expresarlo sobre un soporte del tamaño adecuado?
Ésa fue mi primera lección formal de Arteterpia, pero no fue la primera en el plano de la experiencia. Ya venía experimentando desde los nueve, cuando, siendo una niña asmática, le pedía a mi madre que me trajera mis crayones y mis rotuladores y me ponía a dibujar. No dibujaba sólo porque me gustaba. Dibujaba porque me hacía sentir mejor, y también porque dibujando, me costaba menos respirar.

Entonces: “¿Qué es Arteterapia?”. O, mejor dicho: ¿para qué sirve? Pues para sanar una herida del alma.

Ah! Y por cierto… ya no soy asmática.

Sainkho y la mujer esqueleto

Desde Tuva, allí por Mongolia, nos llega esta performance de Sainkho, gran diosa inuit. Lo que hace con su voz es increíble. Su disco Naked spirit es altamente recomendable para los buscadores de perlas negras.

Cuenta una vieja leyenda inuit:

Había hecho algo que su padre no aprobaba, aunque ya nadie recordaba qué era. Pero su padre la había arrastrado al acantilado y la había arrojado al mar. Allí los peces se comieron su carne y le arrancaron los ojos. Mientras yacía bajo la superfície del mar, su esqueleto daba vueltas y más vueltas en medio de las corrientes.
Un día vino un pescador que no sabía que los pescadores de la zona procuraban no acercarse por allí, pues decían que en la cala había fantasmas.
El anzuelo de pescador se hundió en el agua y quedó prendido nada menos que en los huesos de la caja toráxica de la Mujer Esqueleto. El pescador pensó: “He pescado uno muy gordo!”. Ya estaba calculando mentalmente cuántas personas podrían alimentarse con aquel pez tan grande, cuánto tiempo les duraría y cuánto tiempo podría verse libre de la tarea de cazar. Mientras luchaba denodadamente con el anorme peso que colgaba de su anzuelo, el mar se convirtió en una agitada espuma que hacía balancear y estrmecer su kayak, pues la que estaba debajo trataba también de desengancharse. Pero, cuanto más se esforzaba, más se enredaba en el sedal. A pesar de su resistencia, fue inexorablemente arrastrada hacia arriba, remolcada por los huesos de sus propias costillas.
El cazador, que se había vuelto de espaldas para recoger la red, no vio como su calva cabeza surgía de entre las olas, no vio las minúsculas criaturas de coral brillando en las órbitas de su cráneo ni los crustáceos adheridos a sus viejos dientes de marfil. Cuando el pescador se volvió de nuevo con la red, todo el cuerpo de la mujer había aflorado a la superficie y estaba colgando del extremo del kayak, prendido por uno de sus largos dientes frontales.
“Oh, no!”, gritó el hombre mientras el corazón le caía, poco poco, hasta las rodillas, sus ojos se hundían aterrorizados en la parte posterior de su cabeza y las orejas se le encendían de rojo. “¡Oh, no!”, volvió a gritar, golpeándola con el remo para desengancharla de la proa y remando como un desesperado rumbo a la orilla. Como no se daba cuenta de que la mujer estaba enredada en el sedal, se pegó un susto tremendo al verla de nuevo, pues parecía que ésta se hubiera puesto de puntillas sobre el agua y lo estuviera persiguiendo. Por mucho que zigzagueara el kayak, ella no se apartaba de su espalda.
“¡Ayyyyyyyy!” gritó el hombre con voz quejumbrosa mientras se acercaba a la orilla. Saltó del kayak con la caña de pescar y echó a correr, pero el cadáver de la mujer esqueleto, tan blanco como el coral, lo siguió brincando a su espalda, todavía prendido del sedal. El hombre corrió sobre la roca y ella lo siguió. Corrió sobre la tundra helada, y ella lo siguió. Corrió sobre la carne puesta a secar y la hizo pedazos con sus grandes botas de piel de foca.
La mujer lo seguía por todas partes e incluso había agarrado un poco de pescado helado mientras él la arrastraba en pos de si. Y ahora estaba empezando a comérselo, pues llevaba muchísimo tiempo sin comer nada. Al final, el hombre llegó a su casa de hielo, se indrodujo en el túnel y avanzó a gatas hacia el interior. Sollozando y jadeando, permaneció tendido en la oscuridad mientras el corazón le latía en el pecho como un gigantesco tambor. Por fin estaba a salvo, sí; a salvo gracias a los dioses, gracias al Cuervo, sí, y a la misericordiosa Sedna, estaba… a salvo… por fin.
Pero, cuando encendió su lámpara de aceite de ballena, la vio ahí acurrucada en un rincón sobre el suelo de nieve de su casa, con un talón sobre el hombro, una rodilla en el interior de su caja toráxica, y un pie sobre el codo. Más tarde el hombre no pudo explicar lo que ocurrió, quizá la luz de la lámpara haya suavizado las facciones de la mujer o, a lo mejor, fue porque él era un hombre solitario. El caso es que se sintió invadido por una cierta compasión y lentamente alargó sus mugrientas manos, y hablando con dulzura, empezó a desengancharla del sedal. Finalmente cubrió a la Mujer Esqueleto con unas pieles para que entrara en calor y le puso los huesos en orden, tal como hubieran tenido que estar enun ser humano. Buscó su pedernal en el dobladillo de sus pantalones de cuero y utilizó unos cuantos cabellos suyos para encender un poco más de fuego. De vez en cuando la miraba mientras untaba con aceite la valiosa madera de su caña de pescar y enrollaba el sedal de tripa. Y ella, envuelta en sus pieles, no se atrevía a decir ni una sola palabra, pues temía que aquel cazador la sacara de allí, la arrojara a las rocas de abajo y le rompiera todos los huesos en pedazos.
El hombre sintió que le entraba sueño, se delizó bajo las pieles a dormir y enseguida empezó a soñar. A veces, cuando los seres humanos duermen, se les escapa una lágrima de los ojos. No sabemos qué clase de sueño lo provoca, pero sabemos que tiene que ser un sueño triste o nostálgico. Y eso fue lo que le ocurrió al hombre.
La Mujer Esqueleto vio el brilo de la lágrima bajo el resplandor del fuego y, de repente, le entró mucha sed. Se acercó a rastras al hombre dormido entre crujir de huesos y acercó su boca a la lágrima. La solitaria lágrima fue como un río y ella bebió, bebió y bebió hasta que consiguió saciar su sed de muchos años.
Después, mientras permanecía tendida al lado del hombre, introdujosu mano enbajo las pielesy le sacó el corazón,ése que palpitaba como un tambor. Se incorporó y empezó a golpearlo por ambos lados: “Pom pom… pom pom”.
Mientras lo golpeaba, se puso a cantar: “Carne carne, carne carne”. Y cuánto más cantaba, tanto más se le llenaba el cuerpo de carne. Pidió cantando que le saliera el cabello y unos buenos ojos y una rollizas manos. Pidió cantando la hendidura de la entrepierna, y unos pechos lo bastante largos como para envolver y dar calor y todas las cosas que necesita una mujer. Y, cuando terminó, pidió cantando que desapareciera la ropa del hombre y se deslizó a su lado en la cama, piel contra piel. Devolvió el corazón a su cuerpo y así fue como ambos se despertaron, abrazados el uno en el otro, enredados el uno en el otro después de pasar la noche juntos, pero ahora de otra manera, de una manera buena y perdurable.
La gente que recuerda la razón de su mala suerte, dice que la mujer y el pescador se fueron y, a partir de entonces, las criaturas que ella había conocido durante su vida bajo el agua, se encargaron de proporcionarles siempre el alimento. La gente dice que eso es verdad y que eso es todo lo que se sabe.
Clarissa Pinkola Estés (Mujeres que corren con los lobos).