11/5/08

Mo-mo

Mi madre nos ponía la merienda en una fiambrera dentro de la mochila. Ella se preocupaba por mí, que comía poco y andaba mucho, que era una cría nerviosa, un culo de mal asiento. Me llenaba la fiambrera con un enorme bocata de queso hecho con pan de higos secos y pipas de calabaza, para evitar las lombrices; pero igual no había manera de que yo me lo comiera todo. Un día le dije: “Madre, pónme algo ligero”, porque ya empezaba a hacer calor y a mí la comida siempre me ha caído pesada cuando hace calor. Mo-mo estaba ahí conmigo, llenando su mochila sin prestar atención. Cuando llegó la hora de la merienda, me tumbé en un banco con mis colegas y saqué la fiambrera. Al notar que se movía, di un grito y la fiambrera voló por los aires.
¿Qué demonios había allí dentro?
Mis colegas y yo formamos corro alrededor. Nadie se atrevía a abrirlo. “Bocata no”, dijo una chavala, “porque esas cosas no suelen saltar en las fiambreras”. Insecto ponzoñoso o mascota, tampoco, pensé, porque yo tenía un radar con esas cosas y me habría dado cuenta enseguida. Si de algo estaba segura era de dos cosas. Una: que mi madre no había tenido nada que ver con lo que fuera que hubiese dentro de la fiambrera. Y otra, que la curiosidad podía ser más fuerte que el miedo. Así que la abrí como pude con la punta del zapato.
Lo que encontramos en el fondo de la fiambrera fue un pajarillo atontado hecho una bola de plumas. Sorpresa general y alivio instantáneo, que degeneró en risas y en decepción al ver que el pájaro se desperezaba, echaba a volar, y se perdía en el cielo, lejos de nuestra vista. Nos quedamos felices y atónitas.
Entonces tropecé con Mo-mo, que estaba ahí, a metros de mí. Al instante supe que había sido él.
“¿No querías algo ligero?”, me dijo.



Vídeo/post: Lila dice, de Ziad Doueiri.

29/4/08

Un año de vida

Hoy el K-osmonauta del azulejo cumple su primer año de vida en la red, así que... psss, merece celebrarse. Me he divertido mucho en este espacio, la verdad, he conocido e intercambiado ideas y opiniones con gente muy interesante, otra no tanto; unos van, otros vienen... pues eso: que la red es como la vida, y estoy satisfecha de que sea así. Como la Piaf, no nos arrepentimos de nada, porque ¡ea!... ha valido la pena, y desde luego, el kosmonauta y yo seguiremos al pie del cañón.

Feliz Cumpleaños, guapo...

26/4/08

El escándalo de Notre Dame

A las once de la mañana del 9 de abril de 1950, cuatro jóvenes -uno de ellos vestido de pies a cabeza de monje dominico- entraron en Notre Dame de París. Era en plena misa de Pascua; en la iglesia habían 10.000 personas procedentes de todo el mundo. “El falso dominico”, como le denominó la prensa -Michael Mourre, de ventidos años- aprovechó una pausa que siguió al rezo del credo y subió al altar. Comenzó a leer un sermón escrito por uno de los conspiradores, Serge Berna, de veinticinco años:

Hoy, día de Pascua del Año Santo
aquí
en la insigne iglesia de Notre Dame de París
acuso
a la Iglesia Católica universal de haber desviado letalmente nuestra fuerza vital
hacia un cielo vacío
acuso
a la Iglesia Católica de estafa
acuso
a la Iglesia Católica de infectar el mundo con su moralidad fúnebre
de ser la llaga que se extiende en el cuerpo descompuesto de Occidente.
En verdad os digo: Dios ha muerto
vomitamos la agonizante insipidez de vuestras plegarias
pues vuestras plegarias han sido el humo pringoso de los campos
de batalla de nuestra Europa.
Sumergíos pues en el trágico y exaltante desierto de un mundo
en el que Dios ha muerto
y labrad esta tierra con vuestras manos desnudas
con vuestras manos ORGULLOSAS
con vuestras manos sin plegarias.
Hoy día de Pascua del Año Santo
aquí en la insigne iglesia de Notre Dame de Francia
proclamamos la muerte de Cristo-dios, para que el hombre
pueda vivir por fin.

El cataclismo que siguió fue más allá de todo cuanto pudieron haber esperado Mourre y sus seguidores, quienes al principio simplemente habían planeado soltar unos cuantos globos rojos. El organista, advertido de que podía tener lugar una irrupción de este tipo, ahogó las palabras de Mourre justo depués de que éste pronunciase las palabras mágicas: “Dios ha muerto”. El resto del discurso jamás llegó a pronunciarse: la guardia suiza de la catedral desenvainó sus sables, acometió contra los conspiradores e intentó matarles. Los camaradas de Mourre subieron al altar para protegerle: a uno de ellos, Jean Rullier, de veinticuatro años, le rajaron la cara de un sablazo. Los blasfemos escaparon y fueron capturados, o mejor dicho rescatados, por la policía, ya que tras perseguirles hasta el Sena, la multitud a punto estuvo de lincharlos. Un cómplice aguardaba con un coche en marcha listo para emprender la huída, pero ante la visión de aquella multitud enardecida, no les esperó.

(…)

De los cuatro illuminati (etimológicamente hablando, ojo; no confundir de ninguna manera con la sociedad secreta homónima, si lo es), solo Mourre fue detenido: el arzobispo le acusó de hacerse pasar por un sacerdote. Enviado a un reconocimiento psiquiátrico, Mourre consiguió que Combat (una publicación de la época) cambiara de línea editorial cuando el alienista escogido por el tribunal, un tal doctor Micoud, resumió la personalidad de Mourre con las expresiones: idealismo frenético; desprecio por la percepción externa; cogito prerreflexivo; ortosexualidad (vergonzosamente admitida); capacidad para ir directo al corazón de una doctrina y para viajar en un instante a través de varias épocas; irritación ante la sugerencia de que el Ser puede haber precedido a la Existencia; ideas fugaces; ataques sorpresa mediante lanzamientos en paracaídas (…) e interminables profusiones de neologismos; y una lógica exageradamente sesgada y paranoica, en la que hay más intolerancia rigurosa que rigor intolerante.

El doctor Micoud había ido demasiado lejos: un segundo escándalo ahogó al primero, y después de permanecer once días bajo custodia, Mourre fue puesto en libertad. Tres meses después escribió Malgré le blaspheme (A pesar de la blasfemia), un libro tan aceptable para la iglesia que el arzobispo, el mismísimo hombre cuya misa Mourre había interrumpido, recomendó que todas las bibliotecas de la iglesia comprasen.

(…)

Tras haber escrito las biografías de Charles Maurras (1868-1952) -el carismático líder de la facción Acción Francesa, monárquica y protofascista, adalid de la libertad religiosa del siglo XIX- Mourre se convirtió en un escritor a sueldo enciclopédico y eclesiástico; murió, respetable y olvidado, en 1977. El incidente de Notre-Dame, observó un corresponsal de Combat en pleno furor, era, a falta de otra cosa, un buen principio para una carrera literaria.

Greil Marcus, Rastros de carmín, 1989

Aplausos (y abucheos).

Estamos en el siglo XXI, y lo que acabais de leer podría mover a risa (o no).

7/4/08

María Zambrano: ditirambo

Brota el delirio al parecer sin límites, no sólo del corazón humano, sino de la vida toda y se parece todavía con mayor presencia en el despertar de la tierra en primavera, y paradigmáticamente en plantas como la yedra, hermana de la llama, sucesivas madres que Dionysos necesitó para su nacimiento siempre incompleto, inacabable. Y así nos muestra este dios un padecer en el nacimiento mismo, un nacer padeciendo. La madre, Sémele, no dio de si para acabar de darlo a la luz nacido enteramente. Dios de incompleto nacimiento, del padecer y de la alegría, anuncia el delirio inacabable, la vida que muere para volver de nuevo. Es el dios que nace, y el dios que vuelve. Embriaga y no solo por el jugo de la vid, su símbolo sobre todos, sino ante todo por si mismo. La comunicación es su don. Y antes de que ese don se establezca hay que ser poseído por él, esencia que se transfunde en un mínimo de sustancia y aún sin ella, por la danza, por la mímica, de la que nace el teatro; por la presentación que no es invención, ni pretende suplicar a verdad alguna; por la representación de lo que es y que sólo así se dá a conocer, no en conceptos, sino en presencia y figura, en máscara que es historia. Signo del ser que se da en historia. La pasión de la vida que irremediablemente se vierte y se sobrepasa en historia. Y que se embebe sólo en la muerte. El dios que se derrama, que se vierte siempre, aún cuando en los ditirambos se dé en palabras. Las palabras de estos sus himnos siguen teniendo grito, llanto, y risa al se expresión incontenible. Expresión que se derrama generosa y avasalladoramente.

María Zambrano (Claros del bosque)





El secreto de la felicidad está en la libertad; y el secreto de la libertad, en el coraje (Tucídides).
Vídeo/post: Baba O'Riley, The Who.

31/3/08

Hitler mordió la cápsula


Hitler mordió una cápsula de cianuro. Quizá ésa haya sido la única decisión sensata que tomó en su vida. Habrá sido un loco o un devoto -e inclusive, un ingénuo- pero me atrevo a decir que, en parte, la suya fue una guerra romántica. Sanguinaria, pero romántica al fin. Entre otras razones, el Führer fracasó porque su modelo de dominio basado en el viejo sueño de resurgimiento de la orden teutónica resultaba inviable en un mundo, y una época, donde ya empezaba a empollar el capital, un ente abstracto para el cual la jerarquía racial nunca ha sido tan importante como la jerarquía de clase. Había una guerra detrás- algo menos romántica -que no era la de él.

Tal es así, que a pesar de la sangre, los hornos crematorios, los cincuenta millones de muertos, los experimentos genéticos, el genocidio, el abandono de Berlín, y toda la literatura, mesiánica y no mesiánica, que le define sin lugar a dudas como el peor criminal de todos los tiempos, Hitler cometió el terrible error de actuar como un creyente. Porque Hitler creyó. En él mismo, claro, pero creyó. Era un idealista, no un demócrata.

Si hemos de compararla con la de Hitler, la estrategia de los aliados lleva en vigencia más de cincuenta años. ¿Cómo puede explicarse, sino, que Hiroshima haya sucedido en agosto de 1945 y Alemania haya anunciado su rendición a principios de mayo del mismo año? Alemania resultó ser un excelente teatro de operaciones, la jaula de las marmotas, una noria de diseño: mientras Hitler deliraba, Roosvelt, Stalin, Churchill y De Gaulle le hacían una ofensiva terminal con miras a un futuro por fin libre. Libre de... pues de eso, de Hitler. Y finalmente, cuándo a éste se le quitara de la cabeza el martillo de Thor y mordiera su cápsula, muriendo, como buen romántico, por mano propia (o diente propio), y nada más que por si mismo; ellos podrían implantar su novum ordo seclorum amparados en la fábula de la democracia restaurada. Como era de esperar, Hollywood recibió el encargo de distribuir la propaganda. Ya lo había dicho Goebbels en su día: Una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

La famosa foto de la conferencia de Yalta -un espléndido retrato en blanco y negro de los tres potentados; yo supongo que también iría en la Viking -sigue siendo un clissé de nuestro tiempo, y hasta donde yo sé, continúa saliendo en los manuales de historia. Siempre me pareció una foto profundamente abrumadora: nos recuerda con alivio que al final siempre ganan los buenos, que la razón se impone sobre la fuerza, y la justicia sobre el crímen. Ante una amenaza tan horrenda como el nazismo, cualquiera que nos librara de él, fuese quien fuese, podía convertirse en un salvador. El instinto de superviviencia, como la desesperación y el hambre, no son detallistas.

Fijaos en la indumentaria de los tres caballeros que aparecen en el retrato: Roosvelt, al centro, elegantísimo él en su traje de chaqueta y corbata, con las piernas cruzadas, dá la talla de un hombre de clase. Sostiene algo en la mano; supongo que será un cigarro con boquilla, o un puro, aunque por el color me dá en la espina que es más bien un cigarro. Los otros dos -Stalin y Churchill, embutidos ambos en sus trajes militares- uno a la derecha (de la foto), el otro, obviamente, a la izquierda (de la foto) tienen más pinta de ser unos sabuesos satisfechos que unos mandatarios. Churchill se aplasta en su silla con cara de gusto, muy relajado, como si acabara de comerse un gigantesco chuletón de Ávila y todavía le sabiera el jugo en la boca. Sostiene algo en la mano, también; y parece ser un libro (no olvidemos que fue premio Nóbel de Literatura). Stalin se pavonea. No es de extrañar que Lennin no se fiara de él.

Mirad una versión (algo más profana) de la misma Conferencia:

Siendo, como soy, hija de un ex-combatiente de la segunda guerra mundial, cuando era niña no podía menos que sentir gratitud hacia estos tres señores que posan ahora en mi blog. Si bien mi opinión sobre ellos ha virado algunos grados, sigue fascinándome el poder referencial de la imagen. Como os fascinará a vosotros. No es ninguna novedad que puede más lo que quieren mostrarnos que lo que en realidad se vé; si es que lo que se vé no se confunde con lo que quieren mostrarnos (ya, ya, esta idea es un tópico; haced de cuenta que no la habeis leído). Lo que quiero decir es que ningún verdadero redentor sale en las fotos. Aunque quizá por entonces todavía salieran, y estos tres caballeros hayan sido, en su momento, auténticos.
He aquí, pues la Sábana Santa de la Conferencia de Yalta: una instantánea que no volverá a cogerse jamás, y no porque sus protagonistas ya críen malvas, sino porque este tipo de gente ya no sale en fotos. Hoy en día, todo lo que podemos ver, o acaso intuir, es una multifacética red de símbolos montados sobre un artefacto comunicacional cuya sofisticación resulta tan compleja como inalcanzable: ya no son tres, pueden ser cientos. Sólo que nunca les veremos. Lo que vemos no es lo que es, sino lo que quieren mostrarnos.

Y tanto, que conviene que se escriban libros sobre ellos. Conviene, inclusive, que corran rumores sobre amenazas de muerte a periodistas e investigadores y que sólo sean rumores, ya que el hecho de que sigan vivos es la prueba fehaciente de que las teorías conspiratorias son sólo eso, teorías. Más leña al fuego de la paranoia colectiva. El Novus ordo seclorum no es más que un triangulillo misterioso impreso en el reverso de un billete de dólar. Como el gorro frigio, y las dos runas que llevaban los SS en el cuello de sus chaquetas militares. La conspiración no existe. Y si existe, qué importa, mientras me llegue para pagar la hipoteca. El grupo Bilberberg controla el mundo: ¿quién estará detrás del grupo Bilberberg? Thor tenía un rottweiler llamado Hitler, pero se le escapó y le hizo creer a -casi- todo el mundo que era el Anticristo.

¿Hay vida fuera? Sí, pero que no sea un demócrata, por favor. Cuando las ideas se convierten en palabras es buena cosa, pero cuando éstas acaban devorando el concepto, la palabra se convierte en sólo imagen acústica, que de tanto oirse y no practicarse acaba vaciándose de contenido y ya nadie, o muy pocos, se la creen.

¿Hay vida fuera? Sí; y gente que se mueve en la luz que toda sombra deja. Con fotos o sin, las sociedades secretas ya no existen.