9/5/09

Tienes mi bendición

Hay un diablo amable que me pilla alguna noche de ésas... Qué pena me va a dar deshacerme de él. Porque le voy a extrañar.

Hoy no es noche bruja.

Photo/posT: Ouka Lele

3/5/09

Achille Benito Olvida: esto es transvanguardia

Señoras y señores, el Arte es definitivamente un invento europeo. Y en segunda instancia, norteamericano. Ya lo aclara Achille Bonito Oliva (ABO) prestigioso crítico de arte, curador de la Bienal de Venecia 1993 (entre otras, seguro que tendrá más), y supuesto creador de la llamada Transvanguardia, un refrito de estilos y tendencias ya existentes en las artes plásticas (otro tentáculo de la posmodernidad), todavía en vigencia. Vamos, de lo que se lleva.Aquí les suelto un extracto de la entrevista que le realizó Jorge Eduardo Eielson hace unos años:

JEE.— Y ahora pasemos a un argumento algo diverso, relacionado con América Latina, continente en el que nací y cuyos problemas, obviamente, me tocan muy de cerca. Mi primera pregunta es ésta: ¿por qué los artistas latinoamericanos casi nunca son invitados, o lo son de manera mínima, a las grandes manifestaciones internacionales, como la última Documenta, por ejemplo?ABO— No creo necesario recordarte que hoy más que nunca la investigación artística se ha concentrado en los grandes centros metropolitanos como Nueva York, París, Londres, Roma, Berlín, etc., y que los países y las ciudades situadas en la periferia del sistema del arte no pueden gozar, aunque sólo fuera por razones geográficas, de la misma atención que las grandes metrópolis. Esta situación es agravada por el subdesarrollo de esos países debido a factores políticos, históricos, económicos y sociales, muchas veces dramáticos, y que obligan a sus artistas, hombres de ciencia, escritores e investigadores de todo tipo, a viajar, permanecer, o por lo menos pasar un período de confrontación y estudio en las grandes ciudades europeas o norteamericanas, para enseguida poder elaborar su propio lenguaje y aporte personal.
JEE.— Esto es muy cierto. Pero, los escritores latinoamericanos, o por lo menos varios de ellos, han conseguido la notoriedad y la difusión en escala planetaria. ¿Por qué no sucede lo mismo con los pintores, si se excluye a Matta?
ABO.— Bueno, aquí hay que hacer una distinción. Antes que nada, Matta es un gran artista y por lo tanto escapa a cualquier delimitación geográfica o cultural. Otro como él no aparecerá fácilmente en ninguna parte, ni siquiera en Europa. Su importancia es tal que aún hoy, creo yo, no nos damos cuenta de la vastedad de su aporte. Baste decir que su influencia ha sido decisiva para la elaboración de la Action painting norteamericana, sin olvidar la que ejerció en el área surrealista y la que incluso sigue ejerciendo en nuestros días, cuando se advierte más claramente el peso de su obra. La exposición de Beaubourg de 1986 ha sido para muchos una verdadera revelación. En cuanto a los escritores latinoamericanos, debo confesarte que no amo mucho la literatura del Boom. (¿?). A la inversa de tantas obras de arte perfectamente reconocidas en su época (los maestros del Renacimiento; Goya, Velásquez, los flamencos, el mismo Picasso), la buena literatura nunca se ha vendido ni se venderá con tanta facilidad. Los best-sellers me parecen siempre bastante dudosos. (¿?). Lo que sucede, tal vez, es que ella ha conquistado un público internacional ávido de novedad literaria y sensibilizado por una retórica tercermundista (¡!) que nada agrega a la verdadera creación literaria. (¿?). Sin negar a dichos escritores de indudable ingenio (¿?), seriedad y compromiso social, otros son los autores latinoamericanos que admiro y frecuento, como por ejemplo Borges, Paz, Pessoa, Lispector, Lezama Lima, que trabajan dentro de una línea que considero más universal, rigurosa e inventiva y que, a la postre, interpretan con mayor madurez artística, y sin trazas de folklore, (¿?) la esencia misma de un continente y una cultura.
JEE.— En cuanto a preferencias literarias, estoy de acuerdo contigo, en líneas generales. Pero es imposible subestimar la importancia de los narradores del Boom, gracias a los cuales toda la literatura latinoamericana ha adquirido una identidad y carta de ciudadanía internacional. Sucede un poco como con la Transvanguardia que tú defiendes: quizás sus autores no son los artistas que personalmente preferimos, pero son ellos los que han abierto las puertas a una forma de expresión, pictórica o literaria, que con el tiempo podrá dar frutos cada vez más maduros. Se podría decir que esos escritores latinoamericanos conforman la única Transvanguardia literaria internacional, puesto que poseen los requisitos por ti señalados: nomadismo cultural, hedonismo verbal, genius loci, unas gotas de folklore y de Kitsch, es cierto, y, sobre todo, éxito, ingrediente este último que es parte constitutiva de estas formas de arte, amplificado por la civilización multimedial en que vivimos.
ABO.— Ciertamente. Pero volviendo a la materia que me concierne más directamente, o sea a las artes plásticas, con excepción de Matta, como tú mismo me lo señalas (que ha vivido siempre entre Europa y los Estados Unidos), no he encontrado entre los artistas latinoamericanos, por mí examinados en tres bienales de París y dos de Venecia (salvo rarísimos casos que, obviamente, prefiero no mencionar aquí) una identidad artística suficiente ni un lenguaje realmente libre de los modelos europeos o norteamericanos. (NOTA: intuyo que este hombre nisiquiera oyó hablar del Pópol Vuh). Pero este fenómeno no es sólo latinoamericano. No te digo nada nuevo si afirmo que los buenos artistas son escasos en todas partes. Tanto más escasos lo serán en lugares en donde la existencia misma es un problema. Dicho esto, tengo que reconocer que, a pesar de algunos viajes por México, Brasil y Argentina, no conozco a fondo la situación artística de ninguno de estos países (¿entonces para qué opina el capullo?) y temo mucho, además, que mis códigos culturales sean diferentes a los de la cultura latinoamericana.
JEE.— La matriz cultural —heredada a través de la lengua española y de modelos artísticos europeos— es la misma de toda Europa occidental. Como dice Octavio Paz: «Somos una porción excéntrica de Occidente». Sólo el hábitat y nuestro patrimonio cultural indígena —sobre todo en México y los países andinos, como el Perú— modifican esta herencia, dándole carácter único. Sin embargo, artistas grandísimos como Picasso, Klee o Miró no tuvieron nunca ningún problema de códigos y supieron no solamente leer y gozar plenamente del arte primitivo y precolombino, sino que estas expresiones constituyeron para ellos las más altas fuentes de inspiración en el proceso de renovación del arte europeo (NOTA: un poco de espíritu no le viene mal), iniciado por ellos mismos. Aun hoy día, el citado Gadamer, aclara que no es de las sociedades avanzadas, como los Estados Unidos (el Japón, es un caso aparte), que surgirán nuevas energías para el arte, sino, precisamente de algunos países marginales, pero de antigua identidad cultural. Es posible que sea así nuevamente.

(Touché, Jorge Eduardo).



En esta foto, un ejemplo de arte postransvanguardista. Se titula Chupándole el culo al curador, y es obra de Ondrej Brody y Kristofer Paetau. La performance podría extenderse también a los críticos de arte, comisarios, galeristas y marchantes. Toda una revelación que se expuso este año en Arco. A la postre, yo he pensado en invitar a ABO para mi próxima exposición, y parodiando a los polacos, desafiarle a bajarse los pantalones e inyectarle una sobredosis (si se pudiera) de ayawaska. Por el culo, claro. No creo que me haga caso, pero la idea de imaginármelo corriendo y chillando por los pasillos me dá un placer orgásmico. A ver si se entera de una buena vez que el arte no es cuestión de "modelos" o fronteras, todo más si éstas hacen referencia al obtuso paradigma neocapitalista que convierte a ciertos artistas en esclavos de un sistema que lo corrompe todo, inclusive a ellos mismos. Sean de donde sean.

27/4/09

Dieciseis caballos de fuerza

He aquí a Engene David Edwards, un chico de la américa profunda -Denver, Colorado- tocando el acordeón en 16 horsepower, y con electricidad. Hoy día serán banda de culto, supongo. Observad el crispamiento del susodicho, y no os perdais sus pies.
Pero sobre todo, no os perdais su música.

18/4/09

Alejandría: una biblioteca en busca de autores.

Si uno la mira desde el mar, la nueva Biblioteca de Alejandría parece un disco que, lanzado por algún gigante, quedó incrustado en la antigua gran ciudad del norte de Egipto.
La institución, inaugurada hace siete años, se inspira en la Gran Biblioteca de Alejandría, fundada en el siglo III a. C. por Ptolomeo I.
"Dicen que los volúmenes que abarca / Dejan atrás la cifra de los astros / O de la arena del desierto", escribió sobre el fabuloso centro cultural de la antigüedad Jorge Luis Borges, en su poema "Alejandría, 641 A.D.".
La nueva Bibliotheca Alexandrina, que es su nombre oficial, también espera reunir millones de libros y convertirse en un centro de producción y diseminación de conocimiento, además de fomentar el diálogo intercultural.
El complejo, diseñado por la empresa noruega Snohetta, incluye varios centros de investigación académica, cuatro galerías de arte para exposiciones temporales, nueve muestras permanentes, un planetario y tres museos.
Pero su colección dista mucho de la que supuestamente tenía el Mouseion, o Templo de las Musas, hasta que comenzó a decaer en los tiempos de Cleopatra.
A Borges le hubiera alegrado saber que sus Obras Completas se encuentran en los estantes de la biblioteca moderna.
También hay algunas novelas de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, aunque no necesariamente las más importantes.Sin embargo, a pesar de que hay unos 5.000 libros en español sobre diferentes materias, muchos otros escritores latinoamericanos están ausentes, en especial la mayoría de los poetas. Los autores de España están mejor representados.Uno de los bibliotecarios, Ayman Saleh, le explicó a BBC Mundo que esto se debe a que la colección depende en gran parte de donaciones.Basta echarles una mirada a los libros en castellano para comprobar que casi todos han sido donados por universidades o editores españoles y muy pocos por instituciones latinoamericanas."Nos gustaría tener más obras de América Latina, pero ahora las prioridades para nuestras adquisiciones son Egipto, la región del Mediterráneo, África y el Medio Oriente", dijo Saleh."Si alguna institución o individuo nos quiere hacer donaciones, puede ver en nuestro catálogo en internet lo que no tenemos y enviárnoslo", añadió.Otra bibliotecaria, Ghada Elabbady, señaló que también les interesa reunir publicaciones periódicas, pero en series completas.
La membresía anual cuesta unos US$10 para adultos y la mitad de ese precio para estudiantes, retirados y discapacitados.En estos momentos, la biblioteca tiene unos 14.500 miembros. Elabbady le dijo a BBC Mundo que la mayoría de los usuarios son estudiantes universitarios. Además, hay una sección infantil y otra para jóvenes, que son las únicas que por ahora hacen préstamos.


A Borges, el gran bibliotecario ciego, también le hubiera gustado saber que la Bibliotheca Alexandrina incluye un departamento, de membresía gratuita, para las personas con problemas de visión.
Otra de las secciones está dedicada a las artes, multimedios y materiales audiovisuales, y acaba de presentar un programa especial sobre las contribuciones de las mujeres en el mundo árabe.
Una bibliotecaria de ese departamento, Sylvia Stavridi, le dijo a la BBC que quisieran recibir donaciones de películas latinoamericanas, idealmente con subtítulos en inglés.
Las notables lagunas de la biblioteca no se limitan a los autores latinoamericanos. ncluso sobre el poeta más destacado de Alejandría, Constantino Cavafis (1863-1933), hay pocos libros en su colección.
Horas antes de visitar la biblioteca, me asombró comprobar que, como descubrió Vargas Llosa, "Cavafis es poco menos que un desconocido en esta ciudad que sus poemas han inmortalizado".
Durante un largo rato traté de encontrar su casa y sólo un anciano ex marinero -que, según me contó, solía viajar de Alejandría a La Habana- supo decirme cómo llegar. En la casa del poeta, que ahora es un museo, yo era el único visitante.
Hace nueve años Vargas Llosa se lamentaba de que "no hay una calle que lleve su nombre ni una estatua que lo recuerde, o, si las hay, no figuran en las guías y nadie sabe dónde encontrarlas".
Cuando salía de la Bibliotheca Alexandrina, me resultó esperanzador ver que, cerca de la sección infantil, hay un nuevo busto de Cavafis, al lado de una placa con el rostro de Pablo Neruda.
Unos niños que me vieron haciéndoles una foto, se acercaron a descubrir quiénes eran y también los retrataron con sus teléfonos celulares.

Manuel Toledo © BBC Mundo

31/3/09

La imaginación del extranjero

La que estais viendo es una foto del Colegio de las Escuelas Pías de San Fernando, construído hacia fines del XVIII -su iglesia, concretamente-, en pleno centro del madrileñísimo barrio de Lavapiés.

Parece mentira que todavía no le haya dedicado ningún post a este lugar. De todos los edificios emblemáticos que he visto en Madrid -y qué digo, en España- es el único donde he llegado a sentir de verdad el peso del dolor de sus muertos. Un dolor abrumador, asfixiante. Si le echais un vistazo, vereis que la cúpula no existe. Se supone que existía antes de 1936, plena Guerra Civil, que fue cuando la quemaron.
Llegué a él por primera vez en el verano de 1999. Hoy día está restaurado y lo han convertido en una moderna biblioteca; por entonces todavía estaba en ruinas. Me estremeció el reloj que se vé en la fachada, detenido para siempre en lo que en ese momento me pareció que eran las diez y veinte de la mañana. Así durante cincuenta y seis años.
Lo primero que hice aquella tarde fue situarme en el centro del ábside y mirar hacia arriba. Lo que vi fue un gran ojo de cielo abierto de par en par en el fondo de una enorme órbita de piedra. Delante de mí, la pila bautismal, como un enorme copón también de piedra y ya vacío para siempre, invitaba a mantener las manos bien lejos. A mí, que soy una curiosa de mil demonios y me gusta tocar todo lo que veo, me hizo echar para atrás. Ni hablar de los nichos abiertos en las paredes. ¿Qué habría habido allí?¿Santos diminutos?¿Alguna mesina para guardar los adminículos de la eucaristía?¿Entradas a catacumbas secretas? La imaginación del extranjero -cuando uno todavía lo es, realmente- puede ser prodigiosa.
Hoy recuerdo aquella enorme mole de ladrillo visto y piedra quemada, y al hacerlo, no puedo sino evocar lo que me dijo un amigo hace mucho tiempo, cuando le comentaba lo que sentí al pisar aquel suelo que retumbaba como una cáscara hueca:
- Es el peso de la vieja Europa, hija; eso es lo que es...

La foto es cortesía de J.L De Diego.

30/3/09

Primera del singular

Yo que crecí sobre el aire
que rechacé unas raíces que nunca eran mías
(hubo en ello una intención de cándido martirio)
que crecí entre mareas, que vivía en un mundo
de raíces de un pequeño limonero
de una montaña de arena en un galpón en ruinas
de un patio de granito
de una huerta preñada de tomates y tortugas
de un hormiguero en orfandad boca a un cielo de tormenta
de las babas del diablo
temblando entre pilotes donde hacían nido los abejorros
y por supuesto, de la flor del panadero
el 5 de enero a la hora de la siesta
(demasiado esfuerzo en rechazar esas raíces
que nunca eran mías)

yo que quise la libertad y no tuve el valor
pero tuve la mañana
(la que duele, y la que no),
yo que decía
que quise el río el mar la laguna y la acequia
ahora digo: sé quien soy,
los predicados no los proclamo: no sé predicar.

Felix Grande: Por entre el rudo bosque de los siglos

Sentí ese amor, por entre el rudo bosque de los siglos, una mañana en México. Me demoraba en ese lujurioso archivo antropológico, ese collar de tiempos y culturas que es el Museo Nacional de Antropología. Me han dicho obstinados viajeros que es el museo más sobrecogedor del mundo. Algo me ocurrió en él y fue en el año 1968, en el mes de febrero. Yo deambulaba por las salas; miraba piedras, máscaras, aperos, estatuillas, dioses, cacharros, vestidos, armas rudimentarias, minuciosas obras de arte, altanerías aztecas, sobresaltos mayas y reconstrucciones tribales. Los tiempos, las culturas, giraban como remolinos otorgándome el vértigo lujoso de estar vivo entre tanta muerte inmortal. Y de pronto, en una de las salas, desde algún ingenio mecánico invisible, oculto en algún rincón, escuché la voz de una mujer. Alguien, alguna india, había grabado un canto en un idioma que yo desconozco -y que sin embargo, comprendo-. Aquella voz rozada, inculta, una voz de mujer anciana, cantaba unas palabras enigmáticas con una tenaz monotonía. Y de pronto gritó. Antes que yo, mi carne oyó ese grito. Antes que lo oyeran mis tímpanos, lo oyeron mis antepasados. Oí ese grito desde lo más insomne de mi linaje, desde el tiempo olvidado en que aún no existía mi primer apellido. No lo escuché como un hombre que dispone de sus cinco sentidos, sino como un raro animal perteneciente a una dubitativa especie; a la especie de aquella anciana, que quizá era tolteca -mientras que yo era mezcla de godo, romano, musulmán y judío-; y, sin embargo, la entendí. Lo que no puedo hacer es traduciros lo que en el grito me dijeron aquella anciana, una cultura ya remota, una música de otro continente, una resurrección. Por lo demás no fue un grito desaforado, no fue un grito tumultoso; nisiquiera puedo decir que sonara demasiado más que un susurro. Quizá fuera un susurro. Alguien ha puesto nombre a eso: ayeo. Aquello fue un ayeo. Una especie de grito de rodillas. Duró tres o cuatro segundos. Después, la grabación cesó. Volvió el silencio. Sentí, entre desvariado y violentamente despierto, la necesidad de encontrar a una anciana tolteca y besarle las manos. Quiero decir que durante un instante estuve loco: no tuve actualidad, carecí de futuro, se borraron mis calendarios. Sólo tuve memoria. Y una especie de amor desesperado entre los siglos acabados, y una especie de pánico -que me fortaleció-. También esto duró muy poco. De inmediato, mi carne regresó a ser mi cuerpo, todo mi ser regresó a mi conciencia, mi conciencia a una mañana de febrero en la ciudad de México.

(...)

Escuché varios cantos cuyo lejano origen había que rastraerlo en la cultura de La Dacia. Uno de ellos lo susurraba un viejo. No logro recordar si la voz de ese viejo llegaba acompañada por algún instrumento de música. Nisiquiera recuerdo la línea melódica, ni el lento ritmo en que habitaba; sólo recuerdo que era un lento rítmo. También recuerdo un grito. Un grito ajado y melancólico, trabajado por una voz muy castigada por los años; muy convalidada también. Le pedí al profesor que me pasara varias veces aquella cinta. Era un canto -me dijo- mortuorio. Venía del nordeste rumano, de una zona que tiene frontera con Rusia y con Hungría. Era, sin duda, un canto primitivo. Rescatado del olvido. Arrebatado a la memoria adormecida que dejan el futuro las castas acabadas. Varias veces escuché aquel grito melancólico y casi silencioso. Si no tuviese hambre de precisión podría decir que era un lamento. Pero no era un lamento. Puesto que estaba dentro de un canto mortuorio, sin duda formaba parte de un lamento. Pero el instante de esa melancolía súbita y vasta ya no era solamente el instante de la lamentación. Era también una pregunta. Una pregunta en forma de rozadura gutural. El canto, entero, lamentaba a la muerte. El lento, digno, humilde grito (el lento y digno ayeo) parecía lamentarse por un muerto: ¿por el primer muerto de la creación? Supe enseguida que en la voz del anciano campesino rumano que había sabido rescatar unas modulaciones procedentes de una cultura centroeuropea y extinta, yo estaba oyendo simultáneamente un alarido misterioso de la raza tolteca. Al origen de ambas canciones lo separaban unos cuantos siglos, muchos países, un dilatado océano. Le dije al profesor: Ese grito -tal vez otro, pero ese grito- yo lo he escuchado ya. En la ciudad de México: venía de la época prehispánica. Le dije al profesor: Quizá musicalmente ambos gritos no se parecen en nada, pero en mi corazón, o mejor, en el subsuelo de mi ser, dicen la misma cosa. ¿Qué le dicen? -me preguntó-. No lo sé, probablemente quieren decirlo todo. (…) No me responda, en el fondo, la respuesta ya la sabemos todos. El pánico y el júbilo no han cambiado desde el origen de la especie humana. Y por eso el lenguaje está siempre naciendo. Y por eso también, el tiempo, que nos condena a muerte, a la vez nos rescata del olvido.

-Félix Grande, Memoria del flamenco.