15/6/09

Única reseña del naufragio



Ya por entonces, Haroldo Conti había colgado un letrero frente a su escritorio: “Éste es mi lugar de combate, y de aquí no me voy”. Pero sus secuestradores no supieron lo que decía ese letrero, porque estaba escrito en latín.
-Gabriel García Márquez


Era un atardecer de febrero con cuarenta grados sin una sola brisa. Mi madre y yo acabábamos de llegar de la playa, corridas por uno de esos aguaceros fugaces que acaban pasando justo cuando ya has llegado a casa. Aún podía sentir el hormigueo caliente del salitre sobre mi piel, e intentaba empezar un cuento en un cuaderno nuevo. Desde el fondo del patio se alzaba un cielo crepuscular rojo intenso, una tímida puesta de sol taponada de cúmulo nimbos, creo que sin arco iris. Mi padre leía el periódico; mi madre cebaba mate. De pronto él se llevó los anteojos hasta la punta de la nariz, y en un tono entre arrebatado e incrédulo, dijo:
-¡Qué la tiró...! Carter dice que en Argentina hay campos de concentración.
Y ese mismo día se acabó mi inocencia. Como se acabó la de muchos.
Pertenezco a esa generación intermedia que era demasiado joven como para poder luchar, y que acabó cayéndose del catre muy tarde. Cuando Videla accedió al poder yo tenía once años, y lo único bueno fue que ese día no hubo que ir al colegio: era el 24 de marzo de 1976; afuera llovía a cántaros. La primera semana del golpe todas las casas fueron requisadas. Una mañana cerraron la calle con dos camiones verdes, enormes, y hubo que quedarse en silencio y temblando, hasta que se marcharan. En mi estúpida ingenuidad infantil todo eso tenía un no sé qué de aventura extrema, así que no tuve miedo. Vivir bajo una dictadura se convirtió en parte de nuestra cotidianidad.
Nos criamos con el aliento susurrante de unas voces que te decían: “Vos si escuchás algo raro, no te metás”. En casa no había adolescentes o jóvenes en edad “sospechosa”, así que no había nada que temer. El resto de la familia, con jóvenes y adolescentes incluidos -yo era la menor, de ser la mayor quizá no estaría escribiendo estas líneas- apoyaba sumisamente el golpe. Difícil es que haya ideología (conciencia, en un sentido mucho más sutil) cuando hay comodidad o ignorancia. Esto es crucial, porque el pueblo siempre elige, aunque crea que no lo hace, y hay detrás de ello y para sí mismo una deuda moral que va mucho más lejos de cualquier ideología.
Cuando miro para atrás y recuerdo aquellos días -siempre grises, siempre lluviosos, siempre en el blanco y negro de una caja boba donde los hombres también eran grises, calvos y fríos-, me asalta una amargura a ratos sorda, a ratos devastadora.
Pienso en aquella infancia anestesiada, en aquellas tardes familiares donde se hablaba, también en susurros, del doctor Colomer, que como buen cordobés en algo andaría, y qué lástima con lo buen médico que era. Parecía ser cosa normal que familias enteras desaparecieran de un día para otro, que “se los llevaran”, que se les abdujera, y el resto en silencio. Luego no se hablaba más y se pasaba a otra cosa. Pienso en esa infancia ciega, sorda y muda delante de un noticiero sacando la imagen medio difusa de un “subversivo” tirado al lado del coche, muerto en plena calle, y en mi padre cambiando de canal porque era hora de cenar y los chicos no ven esas cosas mientras comen. Parte de la rutina doméstica de una nación en guerra contra sí misma, de un consentimiento colectivo fruto no sé bien si de la ignorancia, del miedo, de la desidia, o de todo junto a la vez.
Sigo teniendo presente el recuerdo de aquella tarde en el patio hace tantos años, después de la lluvia, después de la playa, con el masaje aún tibio de los chapuzones en el mar, siendo aún una estudiante de secundaria, protegida entre los algodones perfumados que mi madre aderezaba para mí, con su silencio impostado y su no querer saber; porque: ¿quién querría ser una madre de Plaza de Mayo?¿Quién querría ser un padre dando tumbos de despacho en despacho preguntando por el paradero de un hijo, una nuera, un nieto, sin obtener otra respuesta que el desprecio, una falsa promesa o una mentira congelada en el tiempo durante siete años?¿Quién querría ser un hijo huérfano de padre y madre exigiendo justicia después de treinta años?¿Quién?
Pero también, ¿quién querría vivir en un país donde un simple comentario podía llevarte en el mejor de los casos a la cárcel, y en el peor al fondo de un río?¿Quién querría vivir en un país donde, con los años, y ya adiestrado el cotarro, ciertas muertes ejemplificadoras se convertían en cicatrices para una posterior alienación?¿Quién querría vivir en un país donde echar una mano en las villas, exigir un simple boleto estudiantil, levantar la voz ante cualquier injusticia social podía significar el secuestro o la muerte? ¿Quién querría vivir en un país donde además de cerrarse facultades, se saboteaban sindicatos, se quemaban libros, se prohibía cantar una canción, se entraba en la facultad a punta de pistola, se prohibía en general, vivir, pensar, actuar, escribir, cantar, más allá del sobrevivir manso, amarillento e inconsciente, casi límbico, de la ignorancia?
¿Quién? Yo no.
Haroldo Conti decía que además de escribir, “y no muy bien que digamos”, no sabía hacer otra cosa. Se atajaba de su propia auto complacencia, quizá de los críticos, aunque basta con leerlo para presentir que conocía bien esa sinergia entre el placer y la desesperación que mueve a ciertos artistas en épocas de mordaza. De lo que nunca se atajó fue de su propia conciencia. Pienso en su leyenda en latín clavada en el escritorio, en su prosa espontánea salida de las tripas, en su valor, en mi generación, en la cobardía amorosa de mis padres, en aquellos años que todavía duelen. Y pensé que le debía un post. Más bien, pensé que me lo debía. Que toda mi generación se lo debe.
Está claro que hoy no puedo con ciertos perdones. 

Rinconcito se dividía en blancos y amarillos. Los blancos gobernaban en Rinconcito y en el resto de la República. Habían gobernado siempre y no se les ocurría que pudieran hacer otra cosa. Los amarillos, en cambio, hacía medio siglo que estaban esperando hacerlo en lugar de los blancos. No eran partidos ni principios. Simplemente, uno gobernaba y el otro no gobernaba.
Romita era amarillo, es decir, un agrio y un resentido, y también un pobre.
Los blancos hacían una sola cosa: gobernar. Los amarillos, en cambio, desplegaban una actividad increíble, alternando los infinitos matices que van desde la crítica constructiva a la conspiración descabellada.
Los blancos habían dado al país gobernantes. Buenos y malos gobernantes. Los amarillos le habían dado tribunos, mártires, conspiradores, maestros, arquetipos y una buena cantidad de muertos de hambre. En 1931 se dividieron. En 1935 se subdividieron. En 1943, cuando ya no se reconocían, volvieron a unirse en un frente único. Fue una alianza conmovedora. “Amarillos, sobre todo”.
Aquel fervor alcanzó a Rinconcito. Se iba a librar la gran batalla. Lema de los amarillos: ¡Pueblo! Lema de los blancos: ¡Pueblo!
Los amarillos habían organizado un gran acto para el último día de la campaña. Los blancos, en cambio, hicieron lo de siempre: un kilo de asado, un litro de vino y diez pesos.
Había un palco, y un enorme letrero amarillo, y un camión con altoparlantes. Y mucha esperanza.
Entonces llegaron unos desconocidos de Piedrabuena, doce leguas antes de Rinconcito.
Romita estaba sobre el palco, casi a la misma altura del pescante del breque, y decía todas esas cosas que entusiasman tanto a los pobres. Cuando las ensayó en la cocina, delante de Juana, no le habían salido tan bien. Pero ahora, delante de esos rostros, no parecía el mismo.
Estaba en lo mejor, cuando el palco salió disparado, como si efectivamente se tratara de un breque. Fue algo cómico, dentro de todo. Aquellos desconocidos de Piedrabuena habían asegurado un cable a una pata del palco. Pusieron en marcha un camión, al otro extremo del cable, y se llevaron a Romita con palco y todo.
Sí, fue más bien algo cómico.
Romita comprendió entonces una cosa. Estaban los de arriba y estaban los de abajo. Él era de abajo. No porque fuera amarillo. Fuera lo que fuere, blanco o amarillo, estaba condenado a ser de abajo. Eso sucedía en Rinconcito, sucedía en la República y posiblemente, aunque él no alcanzaba a ver tan lejos, sucedía en el resto del mundo.
La campaña le costó la tienda. Juanita había dicho:
- No te metas en la política.
Se metió y perdió.
Juanita no comprendía que, de todas maneras, estaba condenado a perder.
Fue una buena ocasión, de parte de Juana, para recordar aquel carnaval del ’36.


La causa” (fragmento). Haroldo Conti. 

10/6/09

(Ruido) o el miedo al amor

En susurros, se habla de "la ley de atracción", el secreto que convirtió a Goethe en el primer fáustico de la historia narrable, de la inenarrable seguro que habrá mejores ejemplos que él. La gente se apunta a la ley porque quiere tener cosas. Cosas cosas cosas. Si no tienes coche eres dependiente, dicen; necesitas la propiedad para sentir que estás vivo, que eres válido, que eres digno de respeto. Ésta parcela es mía. Mía mía mía. Esta camioneta, esta hamaca, este jardín con sus hormigas, y sus ranas, y su hiedra son míos. Hasta el grillo que canta por la noche es mío, porque está en mi terraza. Una mujer con dos niñitos rubios en un monovolúmen, impecable, ni un gramo de grasa: soy una mantenida, dice riendo. Mientras espero que pasen a recogerme (no tengo coche, soy una donna dependiente), miro las hormigas en su hormiguero -un hormiguero sin hipoteca, están en un predio de propiedad municipal-, y las admiro. Han construído su guarida entre los gajos de una rama de almendro que ha brotado de la tierra. Hay dos nidos: uno les sirve para recoger el alimento, al otro lo usan de granero. Van y vienen de forma aparentemente caótica, inclusive se montan unas a otras, y siguen. No hay espacio para todas en el diminuto sendero de tierra enmohecida que conforma su jardín. Y ahí estoy yo, como una niña, viendo a las hormigas. Hay un punto de penilla y a la vez de compasión debajo de una gafas que me sonríen desde el asiento del conductor, sin quitar las manos del volante: perdona la tardanza. ¿Y a mí qué más me dá?, me lo he pasado pipa viendo a las hormigas (pero no se lo digo). Pueden ir a cualquier parte, lo que no pueden hacer es ir a donde les lleve el viento. Algunos nisiquiera pueden oir el silencio que sofoca el rumor del agua en el río. Todo les parece un problema. Qué escuela elegir para mandar a los niños (donde no haya moros, mejor los salesianos). A qué restaurante ir el fin de semana, con lo que están los precios por la crisis. Cómo hacer para la mudanza, ahora que no tengo el coche. Una amiga se quejaba de eso hace años. La lluvia arreciaba en pleno centro, diez y media de la mañana, gran atasco en Príncipe de Vergara: su dilema era cómo iba a arreglárselas para hacer la mudanza ella sola. Llevó su drama hasta el filo de la ventanilla con los ojos arrasados en lágrimas: ¿quién me manda a mí comprarme un piso tan grande si tengo la espalda rota? (¿quien me habría mandado a mí subir a ese coche justo esa mañana?). Te echo una mano, le digo; pero se resisite: no, no. ¿Entonces de qué te quejas? Siempre buscando problemas donde sólo pueden haber oportunidades (y eso tampoco se lo digo). La vida en el paraíso es cómoda, predecible, impoluta, y casi siempre huele a kiwi. No quiero que nadie invada mi espacio. Vas circulando por tu paraíso de cuatro dimensiones de tu cinta espacio-temporal convenientemente montada en un coche esférico, bien vestida, bien refrigerada y más que mejor alimentada (nada de trangénicos). La espontaneidad, más que un lujo, es una utopía. Ni hablar de la libertad. Ciertas caras dán ganas de cruzar a la otra acera: parecen esculpidas en piedra, la sexualidad es litigante, resulta imposible mantener una charla relajada sin perder la tensión. Su sombra resulta tan oscura como la de su madre, su abuela, su bisabuela, su tatarabuela y una larga tradición de mujeres medio agazapadas en el túnel de una pupila en apariencia fría, aunque muerta de miedo. La ropa siempre impecable, formal. No tienes hombre, no lo necesitas. O mejor dicho, sí: lo necesitas. Para alguna noche seguro que lo necesitas. Y resulta que el romance siempre se acaba a la mañana siguiente cuando empiezas a llamarle y ves que el tío no coge el teléfono. Pasa una semana, dos, tres, y el tío sigue sin cogerlo. No comprendes por qué ese silencio, por qué esa desidia premeditada, si él sabía bien que para ti no era una aventura. Es que nos tienen miedo. Naturalmente, una mujer que lo tiene todo tan claro y lo quiere todo tan rápido -el futuro- es para meter miedo. Sólo hay dos tipos de mujeres peligrosas: las egoístas, y las que no están conscientes de su poder. ¿Quieres amor? Vale. ¿Cómo lo quiere usted?¿A medida?¿Hecho a mano?¿Artesanal?¿O lo prefiere, más bien, de diseño ergonómico? Se lo entregamos en puerta. ¿Pero hay que pagar porte? Ah, entonces no. El dolor siempre está en otro lugar, pero nunca es mío. El dolor no. El objetivo siempre está en el futuro, la única putada es tener que llegar primero. El presente es una proyección abstracta de una carretera completamente gris, con líneas blancas recién pintadas, en dirección a un futuro que nunca será como lo imaginas. Es la causa de todas las decepciones. Es la única y gran tragedia y lo ignoras, porque alguien te pensó el futuro antes de que pudieras imaginarlo, pero a ti no te importó. Sí, el futuro es la única gran tragedia, porque nunca sucederá. Y tú tan cómoda y tan sola. Y tan segura. Y tan poblada de grillos en esa terraza que es sólo tuya.

27/5/09

Ciencia del espíritu


Existe una ciencia del espíritu que olvidamos cuando nos separamos de la Tierra. Los chamanes la conocen desde que existe la especie; ellos recogieron nuestra memoria genética mucho antes de que alguien le pusiera un nombre. Nuestra ciencia occidental, ¿cuántos años lleva sobre el planeta? Acabaremos llegando a las mismas conclusiones que ellos, con la diferencia de que sus nombres nunca saldrán en la Wikipedia.
Cuando eres parte de todo, no importan los nombres. Ni hablar de los premios.

12/5/09

Sin ningún esfuerzo

Hoy es un día triste en Madrid. Y sí, porque Antonio se nos fue de viaje... y es para siempre.
Pero no me gustan los obituarios, no creo en la muerte, así que esta luna de mayo es para él.

Buen viaje, Antonio.

9/5/09

Tienes mi bendición

Hay un diablo amable que me pilla alguna noche de ésas... Qué pena me va a dar deshacerme de él. Porque le voy a extrañar.

Hoy no es noche bruja.

Photo/posT: Ouka Lele

3/5/09

Achille Benito Olvida: esto es transvanguardia

Señoras y señores, el Arte es definitivamente un invento europeo. Y en segunda instancia, norteamericano. Ya lo aclara Achille Bonito Oliva (ABO) prestigioso crítico de arte, curador de la Bienal de Venecia 1993 (entre otras, seguro que tendrá más), y supuesto creador de la llamada Transvanguardia, un refrito de estilos y tendencias ya existentes en las artes plásticas (otro tentáculo de la posmodernidad), todavía en vigencia. Vamos, de lo que se lleva.Aquí les suelto un extracto de la entrevista que le realizó Jorge Eduardo Eielson hace unos años:

JEE.— Y ahora pasemos a un argumento algo diverso, relacionado con América Latina, continente en el que nací y cuyos problemas, obviamente, me tocan muy de cerca. Mi primera pregunta es ésta: ¿por qué los artistas latinoamericanos casi nunca son invitados, o lo son de manera mínima, a las grandes manifestaciones internacionales, como la última Documenta, por ejemplo?ABO— No creo necesario recordarte que hoy más que nunca la investigación artística se ha concentrado en los grandes centros metropolitanos como Nueva York, París, Londres, Roma, Berlín, etc., y que los países y las ciudades situadas en la periferia del sistema del arte no pueden gozar, aunque sólo fuera por razones geográficas, de la misma atención que las grandes metrópolis. Esta situación es agravada por el subdesarrollo de esos países debido a factores políticos, históricos, económicos y sociales, muchas veces dramáticos, y que obligan a sus artistas, hombres de ciencia, escritores e investigadores de todo tipo, a viajar, permanecer, o por lo menos pasar un período de confrontación y estudio en las grandes ciudades europeas o norteamericanas, para enseguida poder elaborar su propio lenguaje y aporte personal.
JEE.— Esto es muy cierto. Pero, los escritores latinoamericanos, o por lo menos varios de ellos, han conseguido la notoriedad y la difusión en escala planetaria. ¿Por qué no sucede lo mismo con los pintores, si se excluye a Matta?
ABO.— Bueno, aquí hay que hacer una distinción. Antes que nada, Matta es un gran artista y por lo tanto escapa a cualquier delimitación geográfica o cultural. Otro como él no aparecerá fácilmente en ninguna parte, ni siquiera en Europa. Su importancia es tal que aún hoy, creo yo, no nos damos cuenta de la vastedad de su aporte. Baste decir que su influencia ha sido decisiva para la elaboración de la Action painting norteamericana, sin olvidar la que ejerció en el área surrealista y la que incluso sigue ejerciendo en nuestros días, cuando se advierte más claramente el peso de su obra. La exposición de Beaubourg de 1986 ha sido para muchos una verdadera revelación. En cuanto a los escritores latinoamericanos, debo confesarte que no amo mucho la literatura del Boom. (¿?). A la inversa de tantas obras de arte perfectamente reconocidas en su época (los maestros del Renacimiento; Goya, Velásquez, los flamencos, el mismo Picasso), la buena literatura nunca se ha vendido ni se venderá con tanta facilidad. Los best-sellers me parecen siempre bastante dudosos. (¿?). Lo que sucede, tal vez, es que ella ha conquistado un público internacional ávido de novedad literaria y sensibilizado por una retórica tercermundista (¡!) que nada agrega a la verdadera creación literaria. (¿?). Sin negar a dichos escritores de indudable ingenio (¿?), seriedad y compromiso social, otros son los autores latinoamericanos que admiro y frecuento, como por ejemplo Borges, Paz, Pessoa, Lispector, Lezama Lima, que trabajan dentro de una línea que considero más universal, rigurosa e inventiva y que, a la postre, interpretan con mayor madurez artística, y sin trazas de folklore, (¿?) la esencia misma de un continente y una cultura.
JEE.— En cuanto a preferencias literarias, estoy de acuerdo contigo, en líneas generales. Pero es imposible subestimar la importancia de los narradores del Boom, gracias a los cuales toda la literatura latinoamericana ha adquirido una identidad y carta de ciudadanía internacional. Sucede un poco como con la Transvanguardia que tú defiendes: quizás sus autores no son los artistas que personalmente preferimos, pero son ellos los que han abierto las puertas a una forma de expresión, pictórica o literaria, que con el tiempo podrá dar frutos cada vez más maduros. Se podría decir que esos escritores latinoamericanos conforman la única Transvanguardia literaria internacional, puesto que poseen los requisitos por ti señalados: nomadismo cultural, hedonismo verbal, genius loci, unas gotas de folklore y de Kitsch, es cierto, y, sobre todo, éxito, ingrediente este último que es parte constitutiva de estas formas de arte, amplificado por la civilización multimedial en que vivimos.
ABO.— Ciertamente. Pero volviendo a la materia que me concierne más directamente, o sea a las artes plásticas, con excepción de Matta, como tú mismo me lo señalas (que ha vivido siempre entre Europa y los Estados Unidos), no he encontrado entre los artistas latinoamericanos, por mí examinados en tres bienales de París y dos de Venecia (salvo rarísimos casos que, obviamente, prefiero no mencionar aquí) una identidad artística suficiente ni un lenguaje realmente libre de los modelos europeos o norteamericanos. (NOTA: intuyo que este hombre nisiquiera oyó hablar del Pópol Vuh). Pero este fenómeno no es sólo latinoamericano. No te digo nada nuevo si afirmo que los buenos artistas son escasos en todas partes. Tanto más escasos lo serán en lugares en donde la existencia misma es un problema. Dicho esto, tengo que reconocer que, a pesar de algunos viajes por México, Brasil y Argentina, no conozco a fondo la situación artística de ninguno de estos países (¿entonces para qué opina el capullo?) y temo mucho, además, que mis códigos culturales sean diferentes a los de la cultura latinoamericana.
JEE.— La matriz cultural —heredada a través de la lengua española y de modelos artísticos europeos— es la misma de toda Europa occidental. Como dice Octavio Paz: «Somos una porción excéntrica de Occidente». Sólo el hábitat y nuestro patrimonio cultural indígena —sobre todo en México y los países andinos, como el Perú— modifican esta herencia, dándole carácter único. Sin embargo, artistas grandísimos como Picasso, Klee o Miró no tuvieron nunca ningún problema de códigos y supieron no solamente leer y gozar plenamente del arte primitivo y precolombino, sino que estas expresiones constituyeron para ellos las más altas fuentes de inspiración en el proceso de renovación del arte europeo (NOTA: un poco de espíritu no le viene mal), iniciado por ellos mismos. Aun hoy día, el citado Gadamer, aclara que no es de las sociedades avanzadas, como los Estados Unidos (el Japón, es un caso aparte), que surgirán nuevas energías para el arte, sino, precisamente de algunos países marginales, pero de antigua identidad cultural. Es posible que sea así nuevamente.

(Touché, Jorge Eduardo).



En esta foto, un ejemplo de arte postransvanguardista. Se titula Chupándole el culo al curador, y es obra de Ondrej Brody y Kristofer Paetau. La performance podría extenderse también a los críticos de arte, comisarios, galeristas y marchantes. Toda una revelación que se expuso este año en Arco. A la postre, yo he pensado en invitar a ABO para mi próxima exposición, y parodiando a los polacos, desafiarle a bajarse los pantalones e inyectarle una sobredosis (si se pudiera) de ayawaska. Por el culo, claro. No creo que me haga caso, pero la idea de imaginármelo corriendo y chillando por los pasillos me dá un placer orgásmico. A ver si se entera de una buena vez que el arte no es cuestión de "modelos" o fronteras, todo más si éstas hacen referencia al obtuso paradigma neocapitalista que convierte a ciertos artistas en esclavos de un sistema que lo corrompe todo, inclusive a ellos mismos. Sean de donde sean.

27/4/09

Dieciseis caballos de fuerza

He aquí a Engene David Edwards, un chico de la américa profunda -Denver, Colorado- tocando el acordeón en 16 horsepower, y con electricidad. Hoy día serán banda de culto, supongo. Observad el crispamiento del susodicho, y no os perdais sus pies.
Pero sobre todo, no os perdais su música.