14/8/09

El billete de lotería

Hace un momento leía una nota sobre Hubert Selby Jr. -algo así como “el beat olvidado”-, y me dio por pensar que últimamente, escribir un libro, publicarlo y que se lea, parece ser algo así como comprar un billete de lotería y sacar el premio gordo o tirarlo a la papelera después de haber oído los números.
Es cosa bien sabida que el hecho de que un libro se venda o no -y consecuentemente, que ese escritor llegue o no a ser reconocido, o reconocido muchos años después (y con deficiencias), como le pasó al pobre Hubert- no depende, vaya novedad, de la calidad de la obra, sino del marketing. Basta con leer Plataforma, de Michel Houellebecq, para llegar a la conclusión de que en este mundo hay más gente con suerte que gente con talento.
Recuerdo haber llegado a ese libro con una cierta espectativa: me habían hablado muy bien del autor, y me bastaron unas cuántas páginas para empezar a entender por qué logró fichar: retrata a la perfección el sueño del yupi anómico y solitario enzarzado con una joven imposible, a lo que añade un par de reflexiones interesantes sobre la decadencia del mundo occidental, y un final de best-seller o telefilme barato que echa por la borda en tonos rositas toda la amargura y el cinismo, más o menos bien sostenidos, con el que pretende lucirse el francés.
¿Será que para que un autor verdaderamente “bizarro” llegue a reconocerse en este mundo, y a gran escala, tiene que pasar, como menos, medio siglo? No digo que en todos los casos, pero es algo que suele suceder. La única explicación que se me ocurre ahora mismo es que el porcentaje de lectores en busca de buena literatura sigue siendo menor al que busca el enterteiment.
Y aquí surje la pregunta de siempre: ¿es condición natural la búsqueda del enterteiment, o nos la imponen?¿Quién fue primero?¿El huevo o la gallina?
No es una pregunta ociosa, si se piensa en que también es condición natural que no nos guste que alguien nos sacuda una verdad incómoda. Razón por la cual, muchas veces, para que cierto autor llegue a ser reconocido por su calidad, tenga que pasar ese medio siglo del que hablaba más arriba, y siempre o casi siempre, pasado ese tiempo, se le endilgue la etiqueta de visionario, o adjetivo similar. Es la teoría del póstumo, del Van Gogh de la literatura. Como escribiera Haroldo Conti: tenía talento. Es decir, estaba condenado a la desesperación.
Cuando pienso en ellos, me sigue pareciendo una paradoja que hoy día en universidades, tertulias literarias, revistas especializadas, programas culturales, webs y blogs de corte literario o pseudoliterario (como éste, quizá) se siga hablando de ellos con tanta admiración. Que está justificada, naturalmente. A veces se trata de una admiración surgida de la nostalgia por los tiempos no vividos, con la crueldad de Artaud dulcificada por el hachís y el aullido de la generación beat agitando nuestras neuronas. Esas vidas bien jodidas, que hoy suenan a mito de reviente y autodestrucción, se compran y se consumen como parte de un vouyerismo que para muchos no es sino el disfraz de un vacío vital que jamás será reconocido (no puede reconocerse algo que no se conoce).
Pienso, entonces, en el billete de lotería. En el puente, en el barco y en el rincón de metro. En qué estarían pensando esos “malditos” que, como dijera Hubert Selby, me sabía el alfabeto, así que decidí que me convertiría en escritor, durante ese lapsus meditativo que significa escribir, con la saludable dosis de desesperación que se requiere para ello. Quizá ellos no fueran gente astuta, como Houellebecq, sino simplemente escritores. Nisiquiera “unos vividores”, como hay quien los pinta, sino sólo hombres y mujeres con sus circunstancias, en gran mayoría sin crédito para sentar cátedra. Gente sin currículum.
Curioso que los de hoy sean en su mayoría catedráticos, profesionales de la salud, conferencistas, viajeros (nunca cuentan cómo se financian los viajes, eso para mí sigue siendo un misterio), empresarios, publicistas… Nunca un fabricante de alfombras, nunca un pastor (Miguel Hernández lo era, gran oficio), nunca una dependienta, nunca un telefonista, nunca… una vendedora de lotería (creo que hay una cantaora: La niña de los cupones, es lo que tiene el flamenco), nunca un parado, una parada. Nunca un mecánico de coches, y pocas veces un carpintero. Ni hablar de una bailarina exótica, o una puta -recuerdo ahora el magnífico personaje interpretado por Sandra Oh en aquella tan imperfecta como entrañable película de Michael Radford, Blue Iguana-; o de un taxista.
Y no, porque como aquellos viejos malditos hoy tan rentables, tan reseñables (y en ocasiones, tan sobrevalorados) parece que esa gente formara parte de la fauna personajil, o es lo que se prefiere creer a la hora de enhebrar, entre otras cosas, un currículum autoral.
Mientras tanto, el bicho humano quiere que le entretengan. En lo posible, sin ahondar demasiado en sus lacras y deficiencias, y si se hace, que se haga desde un contexto que ya sea historia. Por eso, y recordando un poco a Hubert Selby Jr., a los beat, y a toda esa caterva de yonquis escritores -o escritores yonquis y borrachos- ya muertos y bien muertos, que cuando no les daba por vivir bajo un puente lo hacían en un barco, o mismamente en la calle, me vino a la memoria Alex Trocchi, aquel Bourroghs escocés nacido dos años antes que mi madre y muerto allá por los ‘80. Otro goghie de culto.
Acerca de su particular billete de lotería, Alex escribió:

Esto, pues, es el comienzo, un intento de organizar un mar de experiencias ambiguas, un dique provisional, un gambito.
Al terminarlo, no debería preocuparme estimar lo que he conseguido. ¿En términos de arte y literatura? Son conceptos sobre los que a veces leo, pero que no tienen ninguna relación íntima con lo que hago, enseño, oculto. Llega el final y sigo sentado aquí, escribiendo, con la sensación de que no he empezado a decir lo que pretendía, en apariencia todavía cuerdo, y con un sentido de mi libertad y mi responsabilidad más o menos tan desarraigado como antes de empezar, y con la intención de, en cuanto haya terminado este párrafo, irme a la habitación de al lado a colocarme. Después llamaré por teléfono a los que amablemente han expresado su deseo de publicar este documento para decirles que ya está listo, o lo más listo que podrá estar nunca, y me sorprende sentir que me quito un peso de encima, igual que aquella vez le ocurrió a Moria al sentir que le quitaban un peso de encima un día de Año Nuevo, y vuelvo a ser consciente de que nada termina nunca y, ciertamente, esto tampoco.
(Alex Trocchi, El libro de Caín, Anagrama).



Nunca termina Alex. Sólo quienes intentan evitar una verdad incómoda creen en el final. Y mientras lo hacen, esperan a que alguien les entretenga.

11/8/09

Un capricho

Después decía Hydn que los ingleses eran duros de oído...
Hablando de PF y Waters (alias "el frío"... jeje), os dejo una versión duelista a varias guitarras de uno de mis temas favoritos. El que pediría que pusieran, por ejemplo, en mi funeral o algo así.
Viendo el estilo de unos y otros se entiende por qué Waters se llevaba mal con Gilmour. En su momento, dos egos en contienda: Waters, el perfeccionista vs. Gilmour, el austero.
Para esta ocasión (y por los viejos tiempos): Roger Waters, con sus amigos.
Él, siempre tan humilde...




(¿Cómo puede ser que esta canción todavía no estuviera en el Kosmonauta?).

8/8/09

Toda una ofrenda

Townes Van Zandt desafinaba bien, con una poesía muy bien afinada. Un José Larralde texano, gente que esté donde esté parece lucir siempre en carne viva, y al verle, al escucharle, una llega a sentirse un poco "vouyer" de esa intimidad que, más que dar un espectáculo -que no lo es, bendito sea, nunca lo será- es toda una ofrenda.

Solía despertarme y correr con la luna,

vivía como un vagabundo y un hombre joven,

cubría a mis amantes con flores y heridas,

mi risa le daba miedo al diablo,

el sol venía y me derrrotaba.

Pero cada día cruel tiene su noche,

yo les daba la bienvenida a las estrellas

con vino y guitarras,

lleno de fuego y olvido.

(Cortesía de Manco).

4/7/09

¿Sed de eternidad o de olvido?


Pongo este post porque puede aplicarse a otro puñado de perlas negras -y blancas- ya extintas. El texto es de lo mejorcito que he leído sobre canibalismo social, y la intención es sin ánimo de evaluar la calidad o no del artista reseñado: Michael Jackson. R.I.P

El 25 de junio pasado le decía a una amiga que, con su muerte, la vida de Michael Jackson podría a ser el gran tema de la literatura de los próximos años. Hace mucho que es un gran silencio. Una apatía angustiosa y miserable. Fue el héroe que nos deleitó con fruición y que luego nos despertó con una dosis de morfina en un concierto al miedo.
Lo que hoy podemos aplaudir (como se hace en el Bronx) es que haya recuperado la coherencia. Necesitaba un guía que lo salvara de su propia desaparición. Definitivamente, ha pasado a ser el siervo del Pop, el energúmeno de nuestras pesadillas, el don nadie que se desvive por morir su vida o por creer que muere todos los días a cierta hora de la tarde. El que quiso ser neutro. No tuvo ocasión de saber que era un mito. Era el logos de una mercancía que invadía nuestras recámaras para devorar la intimidad. Fue objeto del canibalismo más perverso.
Quizás por meses o años resurjan estos obituarios, las condolencias solidarias, los velones en la acera de enfrente, las imágenes turbias que descubrimos al salir de un supermercado donde nos hemos robado un espacio para comer en La Matica de la dominicanidad. Algunos se dedicarán a explotar tu muerte con la inteligencia de estos días de crisis democrática, para decirnos cuánto te amamos Michael, siempre estarás en nuestros corazones arrepentidos de pecar igual que tú. Podemos bendecirte aunque sea sin agua bendita por haber escrito un final inesperado. Ya no podías ocultar más el asco, la piel herida en un quirófano. Las drogas no pudieron salvarte de este epitafio que precede tu entrada al paraíso. Los negros de tu talla siempre mueren así. Te explotaron como una prostituta de Hunt Point. No eras tú el de la máscara del mono ni el del maquillaje misterioso. Te fuiste transformando en un extraño al reinventar un rostro. Te escondías en un color colonial. Tuviste más agallas que yo: luchaste por dejar de ser tú. Te fuiste como un negro que divirtió el circo.
Saltaste al vacío de este ayer para imaginar que ya por fin encontrarías tu identidad. Nada más terrible que morir sin ella. Los más diestros escribirían tu última biografía desautorizada. Hiciste lo mejor posible por dejar la casa en paz. Cabalgaste en tus caballos una vez más. Te columpiaste, como era de rigor y luego entraste, desnudo, en el zoológico vital. Tu vida fue como un sueño que duró demasiado. Ya ni O J Simpson, Jackie Robinson, ni el gran Mohamed Ali, ni los otros boxeadores negros que abrieron un signo de interrogación. Ni Martin Luther King ni los Panteras Negras ni el movimiento negro indígena de ahora y de ayer, ni Lemba ni Enriquillo, ni siquiera Rosa Park, pueden contener la presencia del llanto que un buen día derramamos por la caída de Jacques Viau un día como hoy de 1965.
Nadie puede perdonar tu imperfección aunque te exonere la grandeza. Tu muerte me ha hecho recordar a los budas de Bamiyan.El saqueo a la infancia no se inició con el asalto a la biblioteca de Irak. Tu muerte es el Tsunami de una hora sin color. Volviendo al tema, creo que nos faltaba algo grande. Necesitábamos con urgencia matar el aburrimiento y no fue suficiente con la cosecha mortuoria de Carradine, Farah Fawcett o Mía Farrow. Los políticos nos hastiaban con sus mentiras y sus necedades. Hacía falta la nada. Un vacío inoportuno y brutal. El hueco diario a donde nos hundimos sin la gracia de Dios, castigados por su masculinidad, desoído por su incertidumbre.
Mientras escribimos, alguien camina o hace el amor y mata desdeñosamente. Destruye con pasión algo de lo que queda. Hace mucho tiempo que Michael invade nuestra rutina para decirnos cómo mover las manos. Qué bueno que nunca tuviste pudor en la cintura cuando saltaste, hasta que el frenesí se apoderó de la breve vida de una orquídea o de los girasoles borrachos de este sol tan esperado. Algo se deshace en el misterio. La cordura más loca también se aprovecha de unos brazos cansados o de una cadera capaz de decirlo todo de una vez por todas. El rey del pop ha muerto. En venganza hicimos el amor sin que la tristeza se aposentara en la tierra. Nos dimos a seguir caminando, destapamos botellas de cicuta para brindar por esta muerte decidida antes de ayer. Hace mucho que eras un museo, una galería sumergida en un barco ebrio, en el destierro de la dicha.
Ahora la memoria ya no es Marilyn mostrando sus nalgas serpentinas, ni los sombríos imitadores de Elvis, ni tú lector que amaste y odiaste a Michael en su absoluta complejidad. Insisto en que el Bronx es un buen lugar para celebrar su muerte y para abrazar su legado. Después de todo, la acera que piso tiene la virtud de ser vituperable. El Bronx podría ser la tierra del santuario o quizás el cementerio negro de esta estrella fugaz, aunque no sepamos nunca cuando ocurrió este deseo, este paso indiferente hacia una eternidad ambigua. Los pretéritos nos traicionan. Fue en el Bronx que aprendimos a caminar por las calles, las cruzamos como toda lacivilización. Ya no le tenemos miedo a los semáforos, aunque hayamos adoptado el asfalto de esta ciudad segregada por todos lados. Nos alcanza una historia negra. Aquí robamos por primera vez o matamos a alguien o fuimos a la cárcel o violamos un niño o conocimos nuestro primer amor. El Bronx podría ser una buena tierra para que el eterno descanso del rey del Pop, la casa maldita donde todo es malo, excepto yo y mis ancestros.Tenemos ganas de inmolarnos de una vez por todas, para imitar a Michael. Pero nadie se atreve a administrar nuestras pastillas ni a donarnos una balsa vacía,dispuesta a sacarnos de aquí cuanto antes, de regreso a las telarañas del progreso.
Si nos garantizan el viaje, estoy seguro que desde Mahattan despegará un avión cargado de alimentos y medicamentos para lanzarlos sobre Grand Concourse. Desde los helicópteros que diariamente iluminan las noches de Saint Nicholas, saltarán paracaidistas abrazando paquetes de comida rápida o con papelitos que caen como cuando yo era niño, desde lo alto de una azotea donde crecen peces de muchos colores, asaltada por gringos. Todos me dicen que el rey del Pop ha muerto pero yo no lo creo. La muerte es el lujo que nos gastamos los de abajo, todos los días. Nos regalan ese paquete profundo y brillante, y esos huesos que hay que incinerar cuanto antes.



Tomás Modesto Galán, escritor dominicano.
Para © mediaIsla.


30/6/09

19/6/09

A este perro le falta una pata

Y aquí viene el perro. El que más bien ni fú ni fá, el que mucho no cuela, el cojo. Menudo mutante este perro.
Recuerdo a Linda Perry, de 4 non blondies, allá por el '93. Le echo un vistazo a sus botas, sus calcetines a rayas, su gran sombrero de aviadora (comprado, probablemente, con muy pocos ahorros en una tienda de segunda mano), su “falda” de florecitas (¿o serán unos calzoncillos?) y su largo chaquetón de militante finisecular. Ni siquiera es mi canción favorita, pero me gusta. La considero emblemática. ¿What’s up?, pregunta Linda; ¿y ahora, qué?¿qué es lo que se viene?
4 non blondies -una sencilla banda pop con un solo hit de éxito- dán la impresión de ser frágiles, saben que su formato va a morir pronto. Ése es el único pecado que se le puede atribuir a la generación del ‘90: la de saber que iban a morir pronto. Que su adolescencia iba a durar muy poco y que, como dijera Patti Smith veinte años antes, algunos servían como cruzados y otros como moscas aplastadas contra una valla, viviendo, además, una existencia espartana. De ahí la desidia, de ahí el cinismo, de ahí el escepticismo.
Quince años después, hay quienes obervamos aturdidos, y no sin pena, la nostalgia a ratos justificatoria, a ratos altiva, a ratos reivindicadora, de los caídos en la guerra. Sangre que en su momento coaguló, ha echado raíces, y se ha vuelto cáncer de los ojos. Nos tocó el what’s up, y aunque nunca hayamos cogido el fusil, también es verdad que parte de ese peso recayó sobre nosotros. Y aunque aún haya quienes se rasguen las vestiduras por viejas nostalgias de otro siglo, yo veo cada vez más claro que, al menos por mi barrio, el estado general de miedo a perder lo poco que hemos logrado hace que la gente sea cada vez más infeliz, y que el mundo se tuerza cada vez más a la derecha. Quince, o veinte años después, los chicos hacen el insight.
En la primera edad de la vida, cuando la sangre bulle con alegre ferocidad y las neuronas hormiguean con la clarividencia de los corazones presuntamente rebeldes, no imaginas que algún día tendrás que negociarlos para conservarte. Pero cuando ya no hay nada más que negociar, el resultado es un producto híbrido entre la ideología y el mercadeo. Un estertor final que nunca llega a cuajar, porque no es más que la otra cara de la misma moneda.
Hace tiempo intentamos socavar las bases con nuestras canciones, nos las quisimos comer de un solo bocado, un espacio ilusorio para la evasión. Otros, más prácticos, se apuntaron a la derecha de la historia. Son los mismos que hoy nos pasan la factura y nunca están saciados. Ya no se trata de defender la ideología, se trata de mantener su impronta, porque bien sabemos quién ganó. Al menos para mí, desde ahí la lucha se me hace estéril. Rebelarse contra algo no es una manera propicia de romper la base, sino de negarla (que no es lo mismo que vencerla). No implica una transformación profunda del concepto, sino sólo un modo de defenderse contra él. No es un proceso real hacia una verdadera evolución, sino la lucha de un ego contra otro. Y al decir esto me doy en plena mejilla.
¿Dónde está, pues, la verdadera revolución?
A este perro le faltará una pata -me hago la tonta, lo admito, y además esa pata ya no la necesito-, pero esta noche tengo ganas de volverme colibrí o árbol impávido, y no perro. Le debo un post a esa aviadora que es, un poco, un reflejo de lo que fui. De lo que hemos sido muchos, antes de caernos del guindo. Eso me trajo hasta aquí, con o sin muletas.

15/6/09

Única reseña del naufragio



Ya por entonces, Haroldo Conti había colgado un letrero frente a su escritorio: “Éste es mi lugar de combate, y de aquí no me voy”. Pero sus secuestradores no supieron lo que decía ese letrero, porque estaba escrito en latín.
-Gabriel García Márquez


Era un atardecer de febrero con cuarenta grados sin una sola brisa. Mi madre y yo acabábamos de llegar de la playa, corridas por uno de esos aguaceros fugaces que acaban pasando justo cuando ya has llegado a casa. Aún podía sentir el hormigueo caliente del salitre sobre mi piel, e intentaba empezar un cuento en un cuaderno nuevo. Desde el fondo del patio se alzaba un cielo crepuscular rojo intenso, una tímida puesta de sol taponada de cúmulo nimbos, creo que sin arco iris. Mi padre leía el periódico; mi madre cebaba mate. De pronto él se llevó los anteojos hasta la punta de la nariz, y en un tono entre arrebatado e incrédulo, dijo:
-¡Qué la tiró...! Carter dice que en Argentina hay campos de concentración.
Y ese mismo día se acabó mi inocencia. Como se acabó la de muchos.
Pertenezco a esa generación intermedia que era demasiado joven como para poder luchar, y que acabó cayéndose del catre muy tarde. Cuando Videla accedió al poder yo tenía once años, y lo único bueno fue que ese día no hubo que ir al colegio: era el 24 de marzo de 1976; afuera llovía a cántaros. La primera semana del golpe todas las casas fueron requisadas. Una mañana cerraron la calle con dos camiones verdes, enormes, y hubo que quedarse en silencio y temblando, hasta que se marcharan. En mi estúpida ingenuidad infantil todo eso tenía un no sé qué de aventura extrema, así que no tuve miedo. Vivir bajo una dictadura se convirtió en parte de nuestra cotidianidad.
Nos criamos con el aliento susurrante de unas voces que te decían: “Vos si escuchás algo raro, no te metás”. En casa no había adolescentes o jóvenes en edad “sospechosa”, así que no había nada que temer. El resto de la familia, con jóvenes y adolescentes incluidos -yo era la menor, de ser la mayor quizá no estaría escribiendo estas líneas- apoyaba sumisamente el golpe. Difícil es que haya ideología (conciencia, en un sentido mucho más sutil) cuando hay comodidad o ignorancia. Esto es crucial, porque el pueblo siempre elige, aunque crea que no lo hace, y hay detrás de ello y para sí mismo una deuda moral que va mucho más lejos de cualquier ideología.
Cuando miro para atrás y recuerdo aquellos días -siempre grises, siempre lluviosos, siempre en el blanco y negro de una caja boba donde los hombres también eran grises, calvos y fríos-, me asalta una amargura a ratos sorda, a ratos devastadora.
Pienso en aquella infancia anestesiada, en aquellas tardes familiares donde se hablaba, también en susurros, del doctor Colomer, que como buen cordobés en algo andaría, y qué lástima con lo buen médico que era. Parecía ser cosa normal que familias enteras desaparecieran de un día para otro, que “se los llevaran”, que se les abdujera, y el resto en silencio. Luego no se hablaba más y se pasaba a otra cosa. Pienso en esa infancia ciega, sorda y muda delante de un noticiero sacando la imagen medio difusa de un “subversivo” tirado al lado del coche, muerto en plena calle, y en mi padre cambiando de canal porque era hora de cenar y los chicos no ven esas cosas mientras comen. Parte de la rutina doméstica de una nación en guerra contra sí misma, de un consentimiento colectivo fruto no sé bien si de la ignorancia, del miedo, de la desidia, o de todo junto a la vez.
Sigo teniendo presente el recuerdo de aquella tarde en el patio hace tantos años, después de la lluvia, después de la playa, con el masaje aún tibio de los chapuzones en el mar, siendo aún una estudiante de secundaria, protegida entre los algodones perfumados que mi madre aderezaba para mí, con su silencio impostado y su no querer saber; porque: ¿quién querría ser una madre de Plaza de Mayo?¿Quién querría ser un padre dando tumbos de despacho en despacho preguntando por el paradero de un hijo, una nuera, un nieto, sin obtener otra respuesta que el desprecio, una falsa promesa o una mentira congelada en el tiempo durante siete años?¿Quién querría ser un hijo huérfano de padre y madre exigiendo justicia después de treinta años?¿Quién?
Pero también, ¿quién querría vivir en un país donde un simple comentario podía llevarte en el mejor de los casos a la cárcel, y en el peor al fondo de un río?¿Quién querría vivir en un país donde, con los años, y ya adiestrado el cotarro, ciertas muertes ejemplificadoras se convertían en cicatrices para una posterior alienación?¿Quién querría vivir en un país donde echar una mano en las villas, exigir un simple boleto estudiantil, levantar la voz ante cualquier injusticia social podía significar el secuestro o la muerte? ¿Quién querría vivir en un país donde además de cerrarse facultades, se saboteaban sindicatos, se quemaban libros, se prohibía cantar una canción, se entraba en la facultad a punta de pistola, se prohibía en general, vivir, pensar, actuar, escribir, cantar, más allá del sobrevivir manso, amarillento e inconsciente, casi límbico, de la ignorancia?
¿Quién? Yo no.
Haroldo Conti decía que además de escribir, “y no muy bien que digamos”, no sabía hacer otra cosa. Se atajaba de su propia auto complacencia, quizá de los críticos, aunque basta con leerlo para presentir que conocía bien esa sinergia entre el placer y la desesperación que mueve a ciertos artistas en épocas de mordaza. De lo que nunca se atajó fue de su propia conciencia. Pienso en su leyenda en latín clavada en el escritorio, en su prosa espontánea salida de las tripas, en su valor, en mi generación, en la cobardía amorosa de mis padres, en aquellos años que todavía duelen. Y pensé que le debía un post. Más bien, pensé que me lo debía. Que toda mi generación se lo debe.
Está claro que hoy no puedo con ciertos perdones. 

Rinconcito se dividía en blancos y amarillos. Los blancos gobernaban en Rinconcito y en el resto de la República. Habían gobernado siempre y no se les ocurría que pudieran hacer otra cosa. Los amarillos, en cambio, hacía medio siglo que estaban esperando hacerlo en lugar de los blancos. No eran partidos ni principios. Simplemente, uno gobernaba y el otro no gobernaba.
Romita era amarillo, es decir, un agrio y un resentido, y también un pobre.
Los blancos hacían una sola cosa: gobernar. Los amarillos, en cambio, desplegaban una actividad increíble, alternando los infinitos matices que van desde la crítica constructiva a la conspiración descabellada.
Los blancos habían dado al país gobernantes. Buenos y malos gobernantes. Los amarillos le habían dado tribunos, mártires, conspiradores, maestros, arquetipos y una buena cantidad de muertos de hambre. En 1931 se dividieron. En 1935 se subdividieron. En 1943, cuando ya no se reconocían, volvieron a unirse en un frente único. Fue una alianza conmovedora. “Amarillos, sobre todo”.
Aquel fervor alcanzó a Rinconcito. Se iba a librar la gran batalla. Lema de los amarillos: ¡Pueblo! Lema de los blancos: ¡Pueblo!
Los amarillos habían organizado un gran acto para el último día de la campaña. Los blancos, en cambio, hicieron lo de siempre: un kilo de asado, un litro de vino y diez pesos.
Había un palco, y un enorme letrero amarillo, y un camión con altoparlantes. Y mucha esperanza.
Entonces llegaron unos desconocidos de Piedrabuena, doce leguas antes de Rinconcito.
Romita estaba sobre el palco, casi a la misma altura del pescante del breque, y decía todas esas cosas que entusiasman tanto a los pobres. Cuando las ensayó en la cocina, delante de Juana, no le habían salido tan bien. Pero ahora, delante de esos rostros, no parecía el mismo.
Estaba en lo mejor, cuando el palco salió disparado, como si efectivamente se tratara de un breque. Fue algo cómico, dentro de todo. Aquellos desconocidos de Piedrabuena habían asegurado un cable a una pata del palco. Pusieron en marcha un camión, al otro extremo del cable, y se llevaron a Romita con palco y todo.
Sí, fue más bien algo cómico.
Romita comprendió entonces una cosa. Estaban los de arriba y estaban los de abajo. Él era de abajo. No porque fuera amarillo. Fuera lo que fuere, blanco o amarillo, estaba condenado a ser de abajo. Eso sucedía en Rinconcito, sucedía en la República y posiblemente, aunque él no alcanzaba a ver tan lejos, sucedía en el resto del mundo.
La campaña le costó la tienda. Juanita había dicho:
- No te metas en la política.
Se metió y perdió.
Juanita no comprendía que, de todas maneras, estaba condenado a perder.
Fue una buena ocasión, de parte de Juana, para recordar aquel carnaval del ’36.


La causa” (fragmento). Haroldo Conti.