3/9/11

Ingravidez



Ahora que soy yo misma y no la que esperaban, ellos me resultan extraños. Gente que juzgaba mi modo de ver la vida, mi distancia, mis experiencias con la percepción, mi soledad buscada, todas mis acciones temerarias, mis ex abruptos, y por supuesto, mis terrores… ellos siguen en el mismo sitio donde les dejé hace ya un millón de años. Incólumes, ocupan el sitio que les estaba reservado desde antes de nacer.

Yo, en cambio, he tirado por la borda mi sitial de honor en la casa del padre. Y no sólo eso: la he demolido. He tirado la llave por la alcantarilla. Mientras cuento con los dedos el número de mis propias decisiones, espero habérmelo perdonado cuando haya llegado hasta diez. Mi único rasgo de coraje consiste en haber alzado la mano para empezar a contar. Saber que la mano estaba ahí y que tenía diez dedos y diez decisiones y que todas, fuesen lo que fuesen, iban a ser mías.

Hacerlo fue como saltar al vacío. Y sí, he sido yo: por suerte he sido yo. El resto no sé si merece ser contado. Hubiera sido más fácil, la verdad, seguir en el mismo sitio donde vivía hace un millón de años. Hubiera sido más fácil vivir otro millón en la casa del padre viendo cómo envejecen mis sobrinos. Currando en lo mismo hasta que se me mueran los mandatos y me vaya creyendo que eso que me contaron era una vida y no un truño.

Si no sientes piedad hacia quien no ha aprendido aún cómo desatarse, es que nunca has tenido que hacerlo tú mismo. Pero si ya te has soltado, llámame. Verás que cuando toque la parte de la ingravidez se nos olvida el alfabeto, y seguro que ni siquiera recordaremos cuánto dolía el aire contra las rodillas mientras saltábamos.

2/9/11

Antropos


Perfecto en su simetría y de proporciones clásicas, esbelto, hermoso -y por supuesto, blanco-, el hombre de Vitruvio davinciano (1492) es al homo cibernéticus lo que era el homo antessesor al sapiens. Representa la imagen mental más antigua y aceptable que el hombre moderno tiene de si mismo. Es el boceto final que rubrica de forma rotunda la superioridad de occidente frente a la inferioridad... del resto.
El hombre de Vitruvio se yergue como una sequoia sobre el oscurantismo del medioevo y lo sepulta para siempre -o eso es lo que nos contaron. Antropos renace de entre las garras de Dios. La pose vitruviana, su registro, o lo que sea, legitima la gran ilusión occidental: no es que el sapiens esté hecho a imagen y semejanza del Universo, es que el Universo está hecho a imagen y semejanza del sapiens. Podemos manipular la naturaleza a nuestro antojo. He aquí la gran impostura del Renacimiento.
La manipulación nos traerá el Progreso y con él la aniquilación del dolor y la ilusoria superación de la muerte. Sin embargo, Antropos se libera del trauma vital de forma deficiente enjaulando otros modelos artísticos por generaciones. No se pregunta qué será de ellos, directamente los confina: mejor pensar que nunca han estado allí. Para justificar su avidez, se crea una organización y un sistema con unas leyes incuestionables que refuercen su cosmovisión.
Siglos después, y ya agotado en su excelencia tecnológica y artesanal, llega la apatía. Un tiempo de lisura. Más tarde una cierta desaceleración. Quizá un hartazgo, variante del síndrome de Diógenes a escala occidental. Antropos descubre que la saciedad puede ser tan esclavizante como la escacez. Que el tiempo se desinfla, y que tal vez esté caminando por sus bordes. Unos bordes a los que cada día resulta más difícil aferrarse.
A falta de aristas, Antropos se aferrará a la historia. Se irá de vacaciones a Italia y entrará con pierna izquierda en la Galería Uffizi. Habiendo sido educado en la tradición clásica, Antropos no puede permitirse borrar de un plumazo toda una insfraestructura conceptual basada en la supuesta superioridad del arte renacentista, con lo que pasada la primera media hora de andanza por el museo se sentirá abordado por sentimientos contradictorios.
Por una parte le entrará el desencanto, ya que los cuadros colgados de las paredes no consiguen que pase al siguiente embargado por la emoción o la náusea que tan bien describe Stendhal. Por la otra podría surgir, incómoda pero segura, la vergüenza -¿cómo es posible que no te guste Cellini?¿pero tú estás loco?¿qué clase de ignorante eres?, etc-. En el fondo, y a modo de poza, yacerán el más soporífero aburrimiento de la hora de la siesta, una cierta rigidez de mandíbula, los pies hinchados y el dolor de cuello resultante de forzar las cervicales para ver los frescos que decoran los techos. En esos momentos Antropos echa de menos no ser un invertebrado.
A estas alturas empieza a sospechar que ningún museo fiorentino merece un pasaje de avión: ¿para qué, teniendo cerca tanta belleza natural, viviente y suelta? Podrá resultar una reflexión odiosa, pero negarla le conducirá al autoengaño. Mientras recorre los interminables pasillos del palacio, Antropos se pregunta si a la hora de hacer una revisión histórica no ha de tomarse en cuenta la posibilidad de que el arte renacentista no sea el máximo exponente de lo insuperable, sino sólo la máxima manifestación de una cultura hegemónica. Y he aquí la segunda gran impostura: la dudosa superioridad de un Antropos sin una genuina autonomía de Dios. Pleitos interminables entre artistas, curas y miembros de la alta burguesía -pagando, no olvidemos, su diezmo a la Iglesia a la que tanto decían haber superado- donde el mecenazgo papal representa la cúspide del poder capitalista mientras, más abajo, la alta burguesía juega a las canicas a los pies de papá-papa. Un circuito que continúa hasta hoy; lo único que ha cambiado es el mecenas: antes era el papa, hoy es el mercado.
Puede que a Antropos le entre la sensación de haber sido engañado. La voz de su conciencia, insidiosa, disidente: toda la historia del arte puede ser una grandísima patraña. Lo que hasta hace poco más de cincuenta años le resultaba incuestionable, hoy él mismo lo pone saludablemente en cuestión. La superioridad indiscutible del arte renacentista es para él un todo discutible. La antigua confusión entre imposición de un modelo hegemónico y la calidad, se deshace en el horizonte de formas artísticas que saltan del museo a la calle.
El museo ha muerto, larga vida a las tapias. A Antropos ya no le emociona el cuadro colgado de las pestañas como una mariposa con sus cuatro alfileres en las puntas. Desde hace un tiempo viene necesitando acción. Action. Esto le hace rechazar el confinamiento de la obra de arte a la morada aséptica de museos y galerías. Vitrubio ha renunciado a la perfección del círculo y ahora baila desnudo en una lámpara de lava. Hay quienes aseguran, inclusive, la naturaleza rotundamente glam de Leonardo. Como sea, la obra de arte es todo cuanto conservamos como testimonio vivo de un pasado que nunca hemos de ver; sin embargo hoy, cuando la física cuántica lleva a debate la dimensión unidireccional del tiempo, ¿importa crear un arte que sea para perdurar?
Antropos quiere ver el arte ingresando en los salones heterodoxos de la diversidad. Pero no lo ve ingresando a través de un mecenas, sino del propio artista. Hay quien apuesta por la peligrosa y siempre discutible ética de sustituir el heterónimo por la acción artística en sí, la eternidad por una finitud capaz de gestar mundos dinamizadores en constante evolución, y el rechazo de cuajo de la figura del mecenas. Pocos lo entienden, menos se lo creen y el hombre de a pie lo celebra -a veces. La acción artística se mezcla con el mobiliario urbano, lo interviene, recupera su espacio vital entre la gente. Gracias a ello, el artista ya no necesita ser un marginal. Surge una nueva terminología: se habla de empoderamiento y auto-gestión. Surjen las redes sociales. Para Antropos, la ética autogestionaria del artista antivitrubiano está caliente, y urge.
Antropos quiere soñar con un nuevo hombre de Vitrubio, en cuyo círculo abierto entren los nombres que todavía no han sido escritos. Y mientras recorre los interminables pasillos del palacio Uffizi, piensa en la gran paradoja de la filosofía del arte ha sido que cuatro chavales armados con sus aerosoles y sin más nada que perder, pusieran en entredicho la tan anunciada muerte de la esperanza.

Photo-post: la gran broma ciber-cosmica

10/8/11

Sí al cierre de fronteras

Bruselas lleva más de un año intentando convencer  a España para que no empadrone a sus "ilegales".
Verán: en mi opinión estaría muy bien que España cerrara las fronteras. Pero que lo haga YA. No tiene sentido dejar entrar a la gente para luego abandonarlo a su suerte en  territorio desconocido... eso es muy hipócrita, muy cínico, claramente inmoral y un delito por el que muy poca gente se pronuncia.
El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos reza:
1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.
Cabría preguntarse si una ley en constante cambio está por encima de una ley de carácter universal, y sobre todo, si una ley puede estar por encima de la moral. Mientras existan empleados públicos que consientan esta ley y que consideren delincuentes a quienes no tengan un papel que los defina como humanos "legales", mientras esos funcionarios se constituyan en cómplices de esas leyes inestables que hacen con las personas lo mismo que se hace con los pollos, muchos acabarán encerrados en un CIE y otros retornando a sus países para que les maten, les ignoren o mueran de hambre. Y no es sólo indignante, es inmoral. Ya va siendo hora de que nos acostumbremos a la palabreja: inmoral, sí, por conveniencia y por miedo.
Así pues, me pronuncio a favor del cierre de fronteras. Eso demostraría grandeza, como la demostraría un presidente que pidiera perdón por sus errores. Eso demostraría honestidad. Si España no puede recibir más gente, vale: no la dejemos entrar para luego abandonarla a la suerte de no tener derecho a sanidad, educación y vivienda. Pero no, pasa lo de siempre: no aceptamos a los "ilegales" pero tampoco tenemos el valor de reconocer, a voz en cuello, sí, a viva voz, que habría que cerrar fronteras, porque admitirlo queda mal. Y eso es lo que duele: ese miedo a opinar, esa lengua cortada y murmurada a hurtadillas siempre y cuando el interfecto no esté presente.
Siento ser tan dura. Quisiera desdecirme, pero no puedo, porque me afecta en la entraña y es lo que vivo: mucha hipocresía. La izquierda se demuestra andando. O dejando de andar. Lo que no puede hacerse es callar ante una realidad tan dura, y sobre todo, hacerlo con esa dejación acomodaticia que hace mirar las moscas.

8/8/11



Giulia Tamayo, investigadora de Amnistía Internacional en numerosos países, le envía este mensaje a un amigo. Decido difundirlo.

Te pido que circules estas líneas que responden a mi deber ético elemental de dar testimonio sobre los abusos cometidos por las fuerzas de seguridad hoy 4 de agosto frente al Ministerio del Interior en Madrid. Lo hago desde mi condición de defensora de los derechos humanos cuyo ejercicio he buscado honrar en diferentes lugares del planeta. Lo ocurrido esta noche es un escándalo. Se ha tratado de un operativo de castigo contra manifestantes pacíficos e indefensos en el marco de una movilización ciudadana que viene recorriendo las calles de Madrid tras la ocupación policial de la Puerta del Sol con el impedimento de la libre circulación de las personas. Cabe anotar que desde la ocupación policial de la Puerta del Sol se venían requiriendo documentos de identidad selectivamente a jóvenes que respondieran al perfil que las fuerzas de seguridad se han hecho de "los indignados". Ello lo pude constatar presencialmente. Tras observar dicha práctica policial (deformación que tengo de investigadora de abusos de derechos humanos), pedí a los policías en uno de los casos que pude observar directamente que me respondieran por qué a dicho joven y no a otras personas les requerían documentos, a lo que respondieron con malas formas, exigiéndome finalmente a mí identificarme, además de advertirme de que mi pregunta era un delito. Uno de los policías ensayó como explicación que a algunos ya los tenían en la mira por haber participado en las marchas. Con toda la prudencia debida expresé que el ejercicio de un derecho constitucional no es un delito. Con la mayor paciencia del mundo procuré informarles que lo que pretendía era que no cometieran las Fuerzas de Seguridad un delito. Mi rol era de colaborar con el respeto al Estado de Derecho. Al parecer un mando recuperó la cordura y aunque nos obligó a todos a marcharnos, frenó la agresividad de sus subordinados.
El día de hoy al medio día, estuve nuevamente en la Puerta del Sol y pude conversar con algunos policías. Observé su enorme desconocimiento de los derechos constitucionales y me ofrecí a aclararles algunos puntos. Alegaban que la constitución española debía sujetarse a no sé qué leyes (con rimbombancia decían que eran orgánicas) además de otras disposiciones de la administración. Respondí en el lenguaje mas pedagógico posible que era al revés. Anoté que no estaban obligados a acatar órdenes ilegales. Aunque sus rostros expresaban desconcierto ante mis palabras, ensayaron las respuestas mas insólitas como que el movimiento de los indignados era de izquierda radical. Desde luego, desconozco como función de la policía calificar y perseguir las ideas, sin embargo al parecer algunos policías no lo ven claro.
Esta noche pude constatar qué tan lejos pueden llegar algunos policías cuando reciben órdenes de cargar contra manifestantes pacíficos. En la marcha que se detuvo ante el Ministerio del Interior habían además de jóvenes, un número apreciable de personas mayores y personas con niños. Acompaño dichas marchas no solo por convicciones personales respecto de su legitimidad, sino por carácter pacífico, en donde además puedo encontrar a muchos de mis alumnos universitarios a los que enseño las normas y mecanismos de los derechos humanos y de los que he aprendido enormemente. He tenido el privilegio de acompañar a esta generación de excepción que ha cristalizado un movimiento como el 15M. Nada mas ilusionante para mí que acompañar a jóvenes que se movilizan con medios legítimos para hacer los derechos humanos realidad. Nada me hacía presagiar que la policía cargaría haciendo uso de la fuerza en forma totalmente desproporcionada. Pese a que los manifestantes coreaban como forma de protección y autocontención colectiva "No a la Violencia" con las manos alzadas al cielo, al parecer la suerte ya estaba echada por parte de las Fuerzas de Seguridad.
Al encontrarme en primera línea frente al despliegue policial procuré hacerles razonar con serenidad de que no emplearan la violencia. Les hice saber que habían niños pequeños y personas mayores, incluidas personas discapacitadas. Fue inútil, las palabras no funcionaban. Me dejaron parada hablando ante sus furgonetas mientras aporreaban de manera indiscriminada a todos los manifestantes. Portaban armas para disparar proyectiles de goma. A los que corrían los perseguían hasta alcanzarlos para darles palizas en el suelo. Impedían que los sanitarios atendieran a los heridos. Las cargas se sucedieron para crear terror. Un grupo residual que permanecimos próximos a la estación de Metro de Colón, vimos y sufrimos con impotencia una última carga con nuevas personas aporreadas y heridas. Si el descomunal despliegue de policías ya revestía manifiesta desproporción, la violencia ejercida contra los manifestantes solo puede ser calificada como una operación de castigo contra personas indefensas por el solo hecho de manifestarse.
Quisiera creer que esto no está sucediendo en España pero me ha tocado ser testigo presencial y no puedo permanecer callada. Confío en que la sociedad española exija las responsabilidades que correspondan. Quien no quiera enterarse de estos hechos, los pretenda negar o encubrir falseando lo sucedido debe tener presente que en su opción está su penitencia. El abuso contra los derechos humanos de una sola persona es una amenaza contra todos. Las campanas doblan y no parece ser que lo hacen por la próxima visita.

Giulia Tamayo

25/7/11

Amy Winehouse: la niña sacrificial




Un periodista le dice a otro:
-¿Hay muerto?
-Sí, una.
- ¿Muy muerta?
- Muy muerta.
-¿Cómo de muerta?
-Sobredosis accidental.
-Ah, entonces me interesa.

20/7/11

Feministas radicales

Esto ocurrió en Madrid

Hace un par de días me invitaron a una mesa redonda donde se debatía el asunto de los derechos de la mujer árabe. Para mí fue toda una decepción. No me cabe lugar a dudas de que estamos en tiempos revueltos. Justamente por eso deberíamos evitar las demagogias y los dobles y hasta triples discursos a la hora de utilizar ciertos colectivos para ventilar los egos.
Me estoy refiriendo en concreto al famoso tema del “velo”, que tanto preocupa a las feministas radicales. He podido comprobar, y de cerca, hasta qué punto estas mujeres sienten como una afrenta el hecho de que las jóvenes musulmanas vayan con un velo a la escuela, todo más cuanto se insiste en que si ellas viajaran a un país árabe les parecería una afrenta ser obligadas a ponérselo. La demagogia está a la vista, sin embargo, son incapaces de verla. Tanto es así, que a la hora de analizar el asunto como parte de unas costumbres que llevan cientos de años, y cuyo cambio requeriría de un proceso paulatino basado en la educación y la tolerancia, salen con unos argumentos que a mí en lo personal me dejan aturdida.
Parece que en la demagogias tuviera el gérmen tanto de las filias como de las fobias, y no sé hasta qué punto tendrán tanto unas como otras su origen en una forma no tan sutil de fanatismo. La obsesión de las feministas a la hora de querer quitarle el velo a las musulmanas me resulta ofensivo y brutal. Tanto como el machismo que tanto se denuncia, el feminismo radical me hace pensar que quizá, más que montar mesas redondas, deberían dejarse, sin miedo, amar por un hombre. Quizá el origen del feminismo radical esté en el sencillo detalle de no haber sido amadas a tiempo, de no dejarse amar, o de no haber amado todavía. Es un pálpito, algo que se huele en el aire cuando hablas con ellas, y desde allí se comprende su ardiente sentimiento de injusticia.
Sin embargo, intento ser objetiva y me pregunto varias cosas: ¿qué hay de malo en que una mujer lleve un hiyab? Luego, ¿por qué se mete en el mismo saco el tema del velo, la ablación y el burka? Y al llegar aquí surje la pregunta de fondo: ¿hasta qué punto no se está usando a la mujer musulmana como arma arrojadiza contra el patriarcado de otro tiempo en tierra no precisamente musulmana? Algo que la psicología define como formación reactiva, un mecanismo de defensa que se observa también en los pueblos que han sido inmigrantes -España es un buen ejemplo- y que no habiendo integrado la dolorosa experiencia al haber de su capital humano personal y colectivo, lo rechaza y devuelve al exterior en forma de xenofobia. En términos callejeros: se trataría de resentimiento puro y duro. Por eso, quizá, moleste tanto que se hable de ello, y por eso se montan mesas redondas donde hijas y nietas de mujeres obligadas a llevar un velo dentro y fuera de la iglesia se ponen a la defensiva si alguien intenta comprender, desde un punto de vista objetivo, la diferencia existente entre un burka, un hiyab y la ablación.
Es curioso que cuando se hace referencia a la in-cultura de los pueblos musulmanes en materia de derechos femeninos, se haga referencia también a la indudable superioridad moral de Occidente a la hora de abolir -legalmente- la esclavitud. Y aquí es donde, a mi entender, entra la propaganda y las estrategias políticas con subvenciones dadas a movimientos de tendencia oficialista, preocupados tanto más por las estadísticas que por la tolerancia hacia culturas diferentes. Desde el protectorado funcionarial se crean discursos inamovibles que ponen en tela de juicio toda opinión contraria (es decir, diferente) y se institucionalizan unas supuestas libertades que habitan únicamente en el discurso, nunca o casi nunca en los hechos. Vale, que seguramente en Irán -por ejemplo- no iba a ejercer mi derecho a decir esto que digo aquí y que podría repetir en una mesa redonda, pero ¿eso le da derecho a un parlamento, o lo que sea, a decidir sobre las costumbres de otros pueblos?¿Qué clase de tolerancia es ésa, cuando se va por el mundo ondeando la bandera de la “igualdad”, los “derechos humanos” y las “libertades personales”, si tanto nos ofende la diferencia cuando ésta proviene de culturas que no responden a los intereses de un partido? Eso es demagogia.
Alquien me dijo: Yo soy ácrata y apóstata, no tengo ninguna religión. Es el discurso típico que vengo observando desde hace años: parece ser que no se pudiera ser de izquierdas sin ser ácrata y atea. Viene todo incluído en el paquete: se trata de un bloque monolítico, y como tal, indivisible e indiscutible. Cuando le dije: Yo tampoco tengo ninguna, justamente por eso las respeto a todas, se me quedó viendo como si le estuviera tomando el pelo. Semejante razonamiento no tiene lógica para ella, aunque para mí sí: no voy a hablar del Corán porque no lo he leído. Respeto la Biblia, porque la he leído a medias y no voy a discutir sobre algo que conozco a medias. Pocas cosas hay que me produzcan más vergüenza que suponer que sé lo que no sé sobre un pueblo o cultura, y pocas cosas hay que me hagan sentir más honrada de estar viva que conocer pueblos y culturas diferentes al mío. Por eso no me ofende que una muchacha musulmana lleve un velo, ni que mi vecina lleve una cruz católica colgada del cuello. Y es que verdaderamente deseo y necesito que haya diferencia, porque es gracias a ello como consigo crecer.
Si aprendiéramos a convivir con la diferencia quizá no se hablaría tan gratuitamente de igualdad sino de uniformidad, coyuntura impuesta desde unos poderes patriarcales que, de forma curiosa, ciertos grupos feministas utilizan a su favor siempre y cuando les convenga. Matizando: la tendencia a la uniformización de las costumbres en el mundo llamado “occidental” es algo que se aplica también sobre la población infantil inmigrante. Lo sé porque participo en un proyecto de la UCM sobre redes interculturales donde ya se ha observado como en las escuelas ni siquiera se les enseña de dónde provienen, geográficamente hablando. ¿Alguien se ha preguntado cómo influirá en esos niños la negación de sus orígenes a nivel de identidad? Pues ya va siendo hora de que se haga.
Por eso, a la hora de debatir, se hace tan importante no hacerlo desde el prejuicio y sí desde la tolerancia basada en un verdadero interés y un re-conocimiento sin vergüenzas de aquello que por no ser conocido, está aún por conocerse. Sólo asi, creo yo, venceremos tantas barreras, que más allá del ignominioso burka de las afganas, hacen que las anteojeras y las rejillas se lleven en partes del cuerpo, y del ser, que no están a la vista.
Y ahora, más que seguro, alguna saldrá diciendo que estoy a favor de la ablación.