22/10/11

Pez soluble sin Breton


Al igual que la jirafa y el platirrino, las criaturas que habitan estas remotas regiones de la mente son muy improbables. Sin embargo existen, son hechos observables y como tales, no pueden ser ignorados por nadie que trate de comprender honradamente el mundo en el que vive.

Aldous Huxley, Heaven and Hell

Photo/post: RAB

15/10/11

Indignados. Madrid, 15 de Octubre de 2011

Nada que nos identificara por ser algo más que gente; gente insatisfecha, con bronca, con ansia, que no salió a la calle para exigirle algo a la clase dirigente, sino a celebrar el habernos dado cuenta de que ésta no podía darnos nada. 

La exasperación es la negación de la esperanza.
Stéphane Hessel, ¡Indignaos!










Y la fiesta recién empieza...



Puerta del Sol, Madrid, glorioso 15 de octubre de 2011.

The beat of the generation: de la ruta 66 al 15 M


Asaltad el Estudio de Realidad. Y reconquistad el Universo.
-William Burroughs, Nova express (1964)

Llego a la zona 0 sobre las doce y media del mediodía, con el sol a tope cayendo en picado sobre las carpas. Me asalta la sensación, imprecisa, de asistir a la creación súbita de una patria inacabada y escrita, además, en discurso directo libre sobre papel blanco: me los tomo como pétalos de cerezo capturados para que el transeúnte olvide -si acaso- la insistencia del gobierno por definir la acampada como un poblado chabolista. O sea como una villa miseria en plena puerta del Sol, Madrid-España, primer mundo -que le dicen- con gente yendo y viniendo bajo el horno. Nunca el nombre de esta plaza ha tenido más sentido que ahora: cuidado, señores, que aquí viene el sol, y como sucede que en España nunca hubo un auténtico movimiento hippie (si mal no recuerdo entonces había un dictadura), se me ocurre una idea fabulosa: ¿será que el movimiento me estaba esperando a mí? Je je, claro seguro, ¡a ti, RAB!, me susurra la vocesilla interior, burlona: ¿no será, más bien, que la que ha tenido que esperar para poder verlo aquí eres tú? Sonrío para dentro y me doy de narices con una biblioteca. Entra la rata, a husmear. De buenas a primeras no hay nada que me llame particularmente la atención, excepto un librito que parece estar fuera de lugar (en otro caso no lo hubiera visto), una edición vieja de libros de bolsillo: Nova Express, de un tal William Burroughs. Vaya. Me tumbo en un sillón cubierto con jarapa y allá vamos:

Escuchad mis últimas palabras en todas partes dice. Escuchad mis últimas palabras en todos los mundos. Escuchad todos vosotros consejos de administración sindicatos y gobiernos de la tierra. Y vosotras potencias protegidas por sucios acuerdos consumados en algún retrete para coger lo que no es vuestro. Para vender el suelo bajo pies no natos para siempre.

Saco papel y lápiz y lo copio tal cual, que es así como llega hasta vosotros: Que no nos vean. No les digais lo que estamos haciendo. Delante de mí, dos tíos arriesgan una partida de ajedrez bajo una nube de carteles de colores y carillones de papel. Silencio absorto, se diría que meditan en la abadía de Theleme mientras un hombre-abeja vestido a rayas, y en bombachos, pasa refrescando con un rociador. Aquí las obreras no cobran: han renunciado a su antigua condición de esclavas, y en un mundo donde -legalmente, entiéndase como legal todo lo presunto- se ha abolido la esclavitud, ellas trabajan ad honorem, y por convicción, que es la mejor manera de trabajar: sin que medie el dinero, y si media, que no se sienta. Estos hippies de la puerta del Sol, estos niñatos inadaptados, estos perroflautas pelilargos y rastacortos tocadores de djembes y portadores de flores lo saben: trabajar por dinero -poco, muy poco- ya no es viable. Al pasear entre sus carpas te preguntas por qué los medios oficiales se empeñarán en llamarles los indignados (y encima entre comillas: no sólo se cuestiona su indignación sino que además se les subestima) cuando lo que se respira por aquí no sea tanto eso, sino más bien alegría y relax. También te preguntas si los verdaderos indignados no serán, quizá, quienes ahora estarán espiando tras los pesados cortinajes del Ayuntamiento: la envidia de la vieja guardia engordada a base de pienso y envilecida por el anquilosamiento del funcionariato vitalicio se huele a la distancia, pero lo único que se les envidia por aquí es al aire acondicionado.

Abajo, en el zoo chabolista donde disfruto de un botellín de agua gratis mientras ojeo el libro, se prueba que el entusiasmo asambleario y un círculo de meditación pueden convivir sin roces, y que las fuentes urbanas sirven también para regar una huerta espontánea. El aire huele a tomillo y a curry: ni señal de retirada, esto va para largo. Esto es el principio, el día del juicio ya ha sido, ya hemos dado el salto. Estos hippies son peligrosos: hablan tres idiomas, saben de biocontrucción, consumen comida orgánica, son ciberactivistas, rechazan los transgénicos, están tecnologizados, son jóvenes, delgados y bellos; y lo que es más amenazador: no van drogados, están lúcidos. Han leído, sin duda, el sueño paranoico -más bien la pesadilla- de Burroughs, su advertencia escrita cuarenta y cinco años antes de la acampada; un panegírico extravagante, terrorífico, divertidísimo:

Están envenenando y monopolizando los alucinógenos -aprende a hacértelo sin la puñetera química.

Estos hippies han declarado la acampada zona libre de botellón. Estos hippies se resisten a comer animales muertos, y hay quienes inclusive no comen ni siquiera vegetales: viven, literalmente, del aire. Son respiracionistas. Un pétalo de cerezo: Primero nos ignoraron, luego se rieron de nosotros, después nos atacaron entonces vencimos (Gandhi). ¿Una flor? Gracias. Lo cual mueve a risa. A sonrisa desdeñosa. Es una risa con los dientes largos, la risa del conejo, la risa draculina del parásito que se aferra, tozudo, a un huésped que se despereza. Otro pétalo: Nadie ha dicho que esto fuera fácil: poquito a poco y mientras tanto, resistir. La flor en la mano resulta inquietante: ofrece la resistencia de la otra mejilla, esa resistencia de la que habló el hombre de Nazareth. La flor en la mano puede, a la larga, más que un tanque. No hace falta ser muy sabio para deducir que si aún estamos aquí no será por Hiroshima, sino por alguna otra cosa.

Ahora bien, llevo semanas tratando de escribir un artículo sobre la Generación Beat y no sé ni cómo empezar. Lo tengo todo tan masticado que ni falta hace, creo, que lo escriba:

Hablar es mentir. Vivir es colaborar,

esto también es de nova- pero conviene que lo haga, porque en La Cigarra hay un número pendiente y los chicos esperan que cuelgue mi artículo para subirlo (igual no hay prisa: nadie nos paga). Tengo uno inconcluso sobre los hipsters, y no me apetece terminarlo. Esa gente escribía con chaleco antibalas: el aire era tan pesado que tenían que drogarse para seguir respirando. Así era la vida después de Hiroshima. No digo que visitando la acampada viera el comienzo -no iba para eso, ni mucho menos- lo que sí he visto ha sido el final. Dejo, pues, el análisis más objetivo para el excelente artículo de Juan Carlos Aguirre y me aplico a la alternativa más impresionista, se diría que pintoresca -romántica, si se quiere- con el final de la ruta 66 en el punto 0 de la capital de España, y una sentencia nova que podría ser un pétalo del 15 de mayo:

Nada es Verdad. Todo está permitido.

Ya quisieran los beats, en su momento, hacer confluir Hiroshima con Dylan, el love and peace and freedom hippie con el No future del punk y la macrobiótica de Osawa, todo en el mismo número. Pero ellos estaban al principio de la carretera, y el 15 M representa el final de un recorrido vital.

Temo que al movimiento 15 de mayo se le hubiera tomado más en serio de haber salido a la calle con palos y piedras a amenazar o a matar, algo digno del siglo XX - muy en boga inclusive hoy mismo en países menos democráticos (si aquí la palabra suena a farsa no quiero imaginar lo que será por otros lares). Sin embargo van con flautas, y para colmo tienen el coraje -y la ingenuidad- de ir con flores a la policía. Lo suyo, más que indignación, es una fuerza a todo color saliendo a chorros por los poros de un cuerpo social que estalla. Algo que se admite a medias, y con una cierta desidia desde un sillón de despacho -oh casualidad, y ya pasado el 22 M: fuentes oficiales señalan que la escritora tal y cual ha dicho que esto Fulano de Tal, ministro de, se postula como el movimiento 15 M debería ir ya tomando posiciones concretas... ¡Sois el futuro!, se dice (ni se os ocurra, ya habeis oído a García Calvo) ¡Subid al Parlamento!, se les tienta: ¡bautizaos! El pétalo gandhiano: ¿habría dejado en sus manos Gran Bretaña la independencia de India de no ser porque ya-no-les-convenía-conservarla? Cuando se yace en el desconcierto, procede creer que el sonido de una flauta de pan podría salvar el mundo. Procede, entre los dos frentes abiertos de una guerra, agazaparse en la trinchera y hala, a tocar. Rechazar el bando para evitar la caída en algo ya muy visto.

Como es natural, desde el oficialismo bicéfalo el sonido de la flauta empieza a chirriar: vale vale, que ha estado bien el pataleo, muchachos, pero ya va siendo hora de concretar. Llevan razón: si bien es verdad que la efervescencia del movimiento ha sido capaz de poner los pelos de punta a tres cuartas partes del país, convengamos que empieza a necesitar propuestas concretas. Sus críticos alimentan el sueño de ganar la pulseada por nock-out técnico. Ni siquiera se contemplan los escasos diez días que tiene el movimiento, y el fenómeno que ha significado dentro y fuera de España. La manera en que ha cambiado el mundo desde que empezaron. La, como le llaman, spanish revolution, se relojea desde ventanas acristaladas con una mezcla de sarcasmo, desprecio y -por qué no- esa cierta condescendencia que se tiene con los chavales en la edad del pavo. El sentimiento de culpa es un mal ajeno, una emoción desconocida para los altos funcionarios de los poderes públicos, incluídos los medios de comunicación: aunque tuvieron décadas para realizar acciones concretas, nadie se les rió cuando quedó claro que el país se les hundía. Pero ahora le exigen propuestas concretas al movimiento. Seguí tocando, chabón seguí tocando que tocás bien, sos el duende de mi son.

Me echo un paseíto por la biblioteca. Llevo un rato tomando apuntes y me gustaría quedarme con el libro, pero no aceptan dinero. Caramba, es una edición del 80 -Bruguera, eso ya no existe. Pienso en robarlo. Pienso en sobornar a la bibliotecaria para que me permita adoptarlo. Pero lo dejo en el mismo sitio donde creo haberlo encontrado y me marcho sin mirar atrás. Muero por saber cómo habrá hecho la peña para llevar hasta ahí mismo los sofás, las mesas, las estanterías, e igual tengo la prudencia de no formular la pregunta en voz alta. Cómo habrán montado la estructura para los toldos, los generadores, el sistema de sonido, la conexión a internet y por supuesto los víveres: el agua, la comida lo tienen todo perfectamente organizado: los veganos por acá, los vegetarianos por allá. No se bebe alcohol. Comisiones para esto y aquello: alimentación, sanidad, talleres Desde luego hay un punto de información, y creo haber visto inclusive una enfermería. Hay protector solar por todas partes. Aunque por fuera parezca un poblado chabolista, su pretensión de precariedad es sólo aparente. Dentro se percibe el organigrama, el método: la acampada es un organismo sólido, y tanto, que algún observador ha llegado a compararla con un puesto de campaña en tiempo de guerra: la estrategia, dicen, es perfecta: Estamos preparados para todo tipo de sabotajes, reza un cartel. No lo dudamos. Justamente por eso cuesta creer que se trate de un movimiento espontáneo. Que no lo sea no lo hace menos meritorio sino más bien al revés, avergonzando a quienes abogan por la extinción del perroflautismo hi-fi y de la generación ni-ni del absentismo tajante. Ni estudian ni trabajan, dicen. En efecto: son ninis. Ni izquierdas ni derechas. Ni creyentes ni ateos. Ni románticos ni racionalistas -el que diga que sí, o no conoce el movimiento o desconoce los términos. Para los ideólogos de la vieja guardia, los ninis -ni PSOE ni PP- devienen difusos, porque para ellos todo lo que no se atenga a su percepción es difuso. Esto ya se venía definiendo en nova:

Realidad es simplemente un modelo establecido más o menos constante. El modelo establecido que aceptamos como realidad ha sido impuesto por el poder que controla este planeta, un poder orientado primariamente al control total.

El texto no es de los conspiranoicos: fue escrito en 1964. Y todavía hay gente que se sorprende de la acampada.

Como os decía, tengo un artículo pendiente desde hace un tiempo. Va sobre la contracultura, sobre las rectas centenarias del mundo anglosajón torciéndose y explotando para conocer la oblicua, allá por los 50. Allen Ginsberg, James Dean, el bebop, y ese padre al que nunca encontramos, el Dean Moriarty de Kerouac. Luego no lo he podido seguir: demasiado largo, demasiado sagrado. Mi generación no llegó a saborear esa carne venerable. De la contracultura sólo llegamos a vislumbrar sus estertores finales, vimos el escenario desmontado: nunca llegamos a ver la actuación. Heredamos los retales, las sobras. Nací justo mientras Burroughs escribía Nova, a caballo entre la baquelita y el plástico. Mi solidaridad con la contracultura la expresé delante de unos Beatles todavía rígidos en una tele de 20 pulgadas, en caja de madera, dándole a una batería de juguete. Ya hubiera querido yo estar en el mogollón. Ser la protagonista de esa secundariez constructora de mundos ilimitados. Que mi presencia se volviera necesaria, rematadora, concluyente: pero no, me tocó una X con la singladura de los yuppies en la cara A y la cultura loser en la cara B. Se esperaba que fuéramos todos oficinistas, bancarios, economistas. Estaba escrito en los astros, en el tránsito de plutón por virgo. Como no te gustara la cosa tocaba la vereda de sombra del outsider. Pero no la del outsider contracultural, nutrido de orgullosa secundariez -esa vía de escape a la ortodoxia binaria, la doble naturaleza de los sistemas que garantiza tanto su caída como su renacimiento- sino la del marginal avergonzado, de refilón, llevando su disidencia en secreto. Para muestra, echad el ojo al pasado -está aquí a la vuelta, hablo de los 80 y 90- y recordad esa sensación de recta final. Luego ese hastío, esa inercia. Gente comiendo basura con cara de robot, ¿os acordais? Con el big-mac te llevabas un juguetito. Hay quienes aseguran haber sido secuestrados como Rip Van Winkle. Década y media, o más, con la vida secuestrada, tiempo vivido por los bancos mientras creían estar de vacaciones en Mallorca. Piensa en el futuro (así mueres más rápido). Todo el mundo currando para cobrar su jubilación y retirarse a los 65 (¿retirarse de qué?¿y por qué). Para tener la casa pagada al banco, a los 65 (y ahora resulta que ni 65 ni leches). Para empezar a vivir a los 65. Si es que no hay remedio, mi generación lleva una X tatuada en la frente. Es una generación gris. El 15 de mayo nos anima a flamear orgullosos nuestra cara B, ostentando nuestra disidencia outsider como un tatuaje apache. La contracultura ha vuelto, larga vida a la ruta 66.

Calle de la Cruz, hora de la siesta. Pido una caña y un pincho de tortilla. Las camareras están de buen humor y me ponen un aperitivo generoso, hoy todo el mundo está de buen humor. Por la razón que sea, el aire huele a barbacoa y buenrrollismo del genuino, el que surje cuando se desatascan las emociones y se rompe la tensión. Camino por la vereda de la concordia, ésa que tanto repatea a los políticos y hace que la gente se mire a los ojos sonriendo, vaya. Cuidado, que no me refiero a los políticos que están en el gobierno, sino al comportamiento político en sí, a todo individuo cuya conducta resbaladiza pueda gestionar zancadillas. Esa gente es como el espacio que hay entre las células: parece que no existieran, sin embargo son los que hacen funcionar el engranaje. Todo sistema no es más que un ardid, y si hemos de pensar en él como en una maquinaria, ellos serán sus tuercas, bulones, pernos y tornillos. Su apoyo al movimiento es comedido, parte de la estrategia. El apoyo del transeúnte, en cambio, es espontáneo. Surje de algún lugar más abajo del logos. El transeúnte, en realidad, sugiere una visión pura y una asimilación entusiasta del fenómeno. Él no tiene nada más que perder. Protegido por su secundariez, no tiene que rendir cuentas a nadie, así que no le es necesario echar mano del ardid. De ahí su libertad, y de ahí, posiblemente, el éxito de la manifestación: seres anónimos construyendo una entidad colectiva hartos ya del truco del háztelo en solitario. Yo soy tú. Nos hemos cansado de ser nosotros sin los otros.

Siendo así, emerge la sombra colectiva y es natural que aparezca algún yonqui, indigente o quinqui de características no muy bien definidas durmiendo la mona en un sofá, bajo el sol. Aunque en realidad los que dén el coñazo sean los carteristas de camisa inmaculada y barriga cervecera, la prensa se ha cebado en la militancia indigente a fin de emprenderla contra la acampada. Yo no he visto nada perturbador, y a menos que se tome por perturbador un viejo punkie un poco loco o un poco fumado disparando agua con más buena intención que entusiasmo, yo invito a la prensa española a que se dé una vuelta por villa La Cava y ya hablamos. Como el punkie habrá alguno que otro más, supongo, pero éste no es un movimiento restrictivo. En él se acoje todo lo que hasta ahora ha sido rechazado, de ahí que resulte tan refrescante la presencia de africanos en las asambleas. Lo que sí merece mención es el interés -más bien la impaciencia- de los jóvenes -y no tan jóvenes- autóctonos por oirles hablar, participar, opinar y hacer propuestas. De esto no se habla en los medios, empeñados en presentar al África subida a una patera, masificada, topmantarizada, analfabeta y sin voz. Esto no se difunde: no es conveniente que se sepa que los africanos piensan. Sin embargo, lo realmente peligroso es que haya autóctonos interesados en saber lo que piensan.

El movimiento carece de conductores y se resiste a los liderazgos, con lo que resulta imperfecta y por tanto espontáneamente plural. La razón dialéctica les tacha de nihilistas, y los supuestos adalides del ideario revolucionario precámbrico les miran con una mezcla de escepticismo, rabia y desprecio. En algunos sectores la desaprobación está a la vista, pero no se admite. Normal: los r-evolucionarios amenazan la intachable dialéctica proletaria, ésa que justificaba los grandes idearios de otro tiempo y los situaba en la cúspide misma del logos, un logos vendido hoy mismo al administrador de turno a cambio de un puestecito funcionarial que a la larga acabará pagando su segunda vivienda en las afueras. Pero la ruta 66 se termina en Sol, señores, y aquí la gente se ha pasado a otro carril. Estamos al final de todas rutas y al principio de una nueva. A cavar.

Sobre las seis de la tarde, y todavía con el sol en alto, me persono en la chabola geodésica de amor y espiritualidad. La peña detractora no entiende muy bien qué pito tocará esta gente en un movimiento de tintes reivindicativos. Como sabemos, el amor banalizado es cursilería de viejas y la espiritualidad una variante new age del imaginario religioso. Caso España: del imaginario católico al uso. Visto desde fuera de la minirepública que es la acampada, amor y espiritualidad suena un poco a chiste. Dentro, es parte de su logística de base. Llevamos tanto tiempo sustrayendo el amor de nuestras vidas que no admitimos estar dispuestos a hacer de él un ghetto, lo cual no es que tenga mucho que ver con el amor- que nos hemos vuelto incapaces de distinguirlo de un culebrón. Le hemos banalizado. Hemos adulterado su naturaleza en pro de nuestros propios intereses, y tanto que hasta le hemos puesto precio, como a un plato de comida o a un coche. Nuestra relación con el amor -y la espiritualidad- es contradictoria y confusa. Puede hablarse de amor en términos austeros, lo que no cuela mucho es que haya además alegría: amor +alegría huele a frívolo. Venga, que no es serio; si lo fuera me marcharía. Estoy hasta las narices de la gravedad colectiva. De las miradas espías, los silencios asfixiantes, las respuestas frugales del personal, la momificación general del ambiente.

Me asomo: ¿se puede? Me reciben con grandes sonrisas -gente con muy buena dentición-, sudando, ligeros, meditantes, pasa, pasa... Busco un poco de agua y un sitio donde tumbarme. Han cambiado al hombre-abeja por una especie de shaddu juvenil de gran pañuelo en la cabeza que va por las carpas refrescando al personal con su rociador. Pregunto por Roy Littlesun. Aquí todo tiene que ver con el sol, la gente parece feliz de vivir a un costado del sistema solar. Roy es un indio hopi que ha prometido ofrecer una ceremonia allí mismo, más tarde. Viendo lo que hay, pienso que no ha podido elegir lugar más propicio: esa carpa es una auténtica cabaña de sudar. Me responde una muchacha que va con su chico: sí, lo de Roy es aquí. Ah, pues qué bien; y añado un comentario sobre lo bueno que estaría un sistema de riego autómatico, de esos que hay en los jardines. Me pillan el acento al instante: mira por dónde que ellos se van a la Patagonia en setiembre. Él es trabajador social y duerme en la plaza desde hace tres días, está en paro; ella es monitora de tiempo libre y no puede quedarse porque tiene curro, de momento. Sonríen como encantados al oirme hablar, no sé muy bien por qué. Comienzan las asociaciones libres: esto debe recordarme mogollón a la movida del corralito, ¿no? Les miro, no menos embelesada: ahhhh, cándidos palominos, cuánta pureza. La sóla idea de pensar en una parejita dando la cacerolada en Plaza de Mayo allá por 2001 mientras planean un viaje de placer a -por ejemplo- Barbados en plena era corralito, es no tener ni idea de lo que fue aquello. Pero su voluntad de identificación es sincera y me despierta una mezcla de simpatía y piedad. Hago un cálculo fácil: ¿qué tendrán?¿Veintidos, veintitres años? Por entonces estarían empezando el Insti y conocen el asunto de oídas. No, en el Corralito no hubo shaddus, ni pétalos de cerezo, ni flores, ni asambleas en el Corralito hubo palos y a la bolsa - violencia violencia violencia- y un país que se quedó en la ruina. Yo lo vi de lejos: ni se te ocurra volver, me decían, esto es un caos. El mundo da sus vueltas, gente, el mundo pega sus batacazos...

Nos invitan a realizar una actividad fuera de la carpa, así que nos ponemos todos en corro a un costado de la plaza mientras alguien quema palo santo, copal y alguna que otra hierba deliciosa en un mortero. Roy es un viejecillo jovial extremadamente delgado que se hace traducir del inglés por un voluntario. Lleva años trabajando en la difusión de la cocina macrobiótica. Nos explica que el plan del creador es hacer de esta tierra un portal de paz. Y el portal requiere dos lados, uno es la ley universal y el otro está por crear a través del potencial humano. La comida es lo más importante en nuestras vidas porque transfroma nuestra sangre. De ahí que al Inquisidor le haya interesado desde siempre manipular la comida que comemos, porque manipulando nuestra comida manipula también nuestra sangre y nos convierte en ovejas dispuestas a seguir consumiendo. Que no es lo mismo que comer. Hace muchos siglos, lo primero que hizo el Inquisidor fue acabar con las mujeres, porque ellas conocían los secretos de la cocina, que es el gran laboratorio de la vida. Siendo España una colonia de Roma -el Inquisidor es sólo una metáfora- pasará a llamarse Iberia por obra de Roma. Mucho tiempo después España -llevando en si misma la sangre de Roma- invadiría Europa, convirtiéndola en Roma. Luego España cruzó el océano y convirtió en Roma a las Américas. Roma serás si te comes a Roma. Toda la historia del mundo tiene que ver con esta alquimia trágica inscripta de manera soterrada en nuestra memoria celular: nuestro linaje es uno y el mismo, no es cuestión de nobleza. Y por efecto de esa misma alquimia, es justo que ahora la r-evolución vuelva a gestarse donde empezó, pero de manera inversa, como una forma, si se quiere, de exorcismo: España da la vuelta al sentido de la palabra ROMA y la convierte en AMOR.

Aplausos, palmaditas, bravos. Durante la breve conferencia se ha ido sumando gente, transeúntes entusiasmados con la palabra del viejo, contactos hechos al azar, compañeros de otras comisiones. Roy nos invita a masticar nuestra lección de historia natural dando saltitos alrededor de un eje variable: el que él ha trazado en torno a un punto que irá cambiando cuando los ejes se crucen. Es una danza hopi. Para bailarla hay que confiar en quien marcha por delante. El rítmo se acelera con el sonido del tambor. La gente pasa y nos mira como si estuviéramos locos (lo estamos, no os preocupeis). El ritual se cierra alrededor de un grano de maiz blanco sagrado, sobre el que Roy sopla, reza y aplasta con su palma. Se nos invita a una danza concéntrica de aproximación al grano aplastado, al que azuzamos colectivamente unas veinte veces, con gran júbilo. Al terminar estamos todos sudados y felices.

Se comprueba que el poblado chabolista no carece de plataforma espiritual, brazo logístico de toda revolución, sea de la naturaleza que sea. El asunto tiene también su costado jocoso, como Belén, la punky vitalicia que recorre la plaza por las noches vendiendo calcetines, tabaco y chupachups de marihuana en un carrito, mientras advierte a voz en cuello: ¡Cuidado con la cartera que viene el Papaaaaaaa! La aversión al representante máximo de la Iglesia -y de cualquier representante de cualquier iglesia- no inhibe, como decía, que el movimiento esté animado por la fe. Porque la spanish revolution es un movimiento de fe. En un país donde pareciera que la palabra fe estuviera reñida con toda coyuntura ajena a la religión, merece señalar que el movimiento cuenta con ella, y me atrevería a decir que sin un sustrato metafísico despojado de intereses seculares al uso es poco probable que el 15 de mayo fuera lo que es: una revolución que amenaza con disolver los binomios. Resulta difícil de explicar, porque quizá estemos al principio de un discurso que todavía no ha sido escrito.

Sin embargo, pensar que ha empezado a escribirse el 15 de mayo de 2011, y de forma espontánea, es ingenuo. Como decía alguien por ahí: esto ya se sabía mucho antes del 15 de mayo. Ya venía circulando por la red desde hacía meses, sino años. Se gestó, efectivamente, en las redes sociales, pero también en los blogs y a través de la libre difusión de powerpoints, manifiestos y comunicados de toda índole. Se trata de una fuerza social que ha ido creciendo en la sombra, protegida y amparada por la gratuidad de una red cuyo vigoroso entramado ya es capaz de hacer frente a los medios oficiales, y los sobrepasa. Hubo quienes lo vimos venir y se nos rieron. No dudo que para muchos habrá sido una tarea casi heroica: basta con ver a la peña plantando cara a la policía en Barcelona para saber que esto se ha venido masticando por años. No se decide de un día para el otro que la guerra habrá de hacerse en paz: antes se necesitarán unas cuantas guerras perdidas y muchos abuelos muertos.

Al menos en España, y en lo que va de un siglo, ésta es la primera generación que no crece atenazada por el miedo o el resentimienhto. Esta generación no ataca porque no está a la defensiva. Y eso, al parecer, la hace más peligrosa que si llevara palos, piedras o tanques. El beat de esta generación no golpea con furia sino con inteligencia y piedad. De no ser así se golpearía a si misma, y ya ha tenido suficientes modelos de mártires como para repetir la recomendación del abuelísimo Burroughs:

Me gustaría hacer una advertencia. Todo el mundo se acobarda cuando se enfrenta a los hornos nova. Hay grados de mentira colaboracionismo y cobardía. Es decir grados de intoxicación. Es precisamente un asunto de regulación. El enemigo no es hombre no es mujer. El enemigo sólo existe donde no hay vida y se dedica a empujar vida a condiciones extremedamente insostenibles.

Ellos ya lo saben. Lo llevan en su memoria celular. Para cada generación una ruta 66, y Acampadasol es el final de una ruta que empieza.

Acampadasol, 25 de mayo de 2011.
Nota publicada en la Cigarra Magazine hacia junio de 2011.

3/9/11

Ingravidez



Ahora que soy yo misma y no la que esperaban, ellos me resultan extraños. Gente que juzgaba mi modo de ver la vida, mi distancia, mis experiencias con la percepción, mi soledad buscada, todas mis acciones temerarias, mis ex abruptos, y por supuesto, mis terrores… ellos siguen en el mismo sitio donde les dejé hace ya un millón de años. Incólumes, ocupan el sitio que les estaba reservado desde antes de nacer.

Yo, en cambio, he tirado por la borda mi sitial de honor en la casa del padre. Y no sólo eso: la he demolido. He tirado la llave por la alcantarilla. Mientras cuento con los dedos el número de mis propias decisiones, espero habérmelo perdonado cuando haya llegado hasta diez. Mi único rasgo de coraje consiste en haber alzado la mano para empezar a contar. Saber que la mano estaba ahí y que tenía diez dedos y diez decisiones y que todas, fuesen lo que fuesen, iban a ser mías.

Hacerlo fue como saltar al vacío. Y sí, he sido yo: por suerte he sido yo. El resto no sé si merece ser contado. Hubiera sido más fácil, la verdad, seguir en el mismo sitio donde vivía hace un millón de años. Hubiera sido más fácil vivir otro millón en la casa del padre viendo cómo envejecen mis sobrinos. Currando en lo mismo hasta que se me mueran los mandatos y me vaya creyendo que eso que me contaron era una vida y no un truño.

Si no sientes piedad hacia quien no ha aprendido aún cómo desatarse, es que nunca has tenido que hacerlo tú mismo. Pero si ya te has soltado, llámame. Verás que cuando toque la parte de la ingravidez se nos olvida el alfabeto, y seguro que ni siquiera recordaremos cuánto dolía el aire contra las rodillas mientras saltábamos.

2/9/11

Antropos


Perfecto en su simetría y de proporciones clásicas, esbelto, hermoso -y por supuesto, blanco-, el hombre de Vitruvio davinciano (1492) es al homo cibernéticus lo que era el homo antessesor al sapiens. Representa la imagen mental más antigua y aceptable que el hombre moderno tiene de si mismo. Es el boceto final que rubrica de forma rotunda la superioridad de occidente frente a la inferioridad... del resto.
El hombre de Vitruvio se yergue como una sequoia sobre el oscurantismo del medioevo y lo sepulta para siempre -o eso es lo que nos contaron. Antropos renace de entre las garras de Dios. La pose vitruviana, su registro, o lo que sea, legitima la gran ilusión occidental: no es que el sapiens esté hecho a imagen y semejanza del Universo, es que el Universo está hecho a imagen y semejanza del sapiens. Podemos manipular la naturaleza a nuestro antojo. He aquí la gran impostura del Renacimiento.
La manipulación nos traerá el Progreso y con él la aniquilación del dolor y la ilusoria superación de la muerte. Sin embargo, Antropos se libera del trauma vital de forma deficiente enjaulando otros modelos artísticos por generaciones. No se pregunta qué será de ellos, directamente los confina: mejor pensar que nunca han estado allí. Para justificar su avidez, se crea una organización y un sistema con unas leyes incuestionables que refuercen su cosmovisión.
Siglos después, y ya agotado en su excelencia tecnológica y artesanal, llega la apatía. Un tiempo de lisura. Más tarde una cierta desaceleración. Quizá un hartazgo, variante del síndrome de Diógenes a escala occidental. Antropos descubre que la saciedad puede ser tan esclavizante como la escacez. Que el tiempo se desinfla, y que tal vez esté caminando por sus bordes. Unos bordes a los que cada día resulta más difícil aferrarse.
A falta de aristas, Antropos se aferrará a la historia. Se irá de vacaciones a Italia y entrará con pierna izquierda en la Galería Uffizi. Habiendo sido educado en la tradición clásica, Antropos no puede permitirse borrar de un plumazo toda una insfraestructura conceptual basada en la supuesta superioridad del arte renacentista, con lo que pasada la primera media hora de andanza por el museo se sentirá abordado por sentimientos contradictorios.
Por una parte le entrará el desencanto, ya que los cuadros colgados de las paredes no consiguen que pase al siguiente embargado por la emoción o la náusea que tan bien describe Stendhal. Por la otra podría surgir, incómoda pero segura, la vergüenza -¿cómo es posible que no te guste Cellini?¿pero tú estás loco?¿qué clase de ignorante eres?, etc-. En el fondo, y a modo de poza, yacerán el más soporífero aburrimiento de la hora de la siesta, una cierta rigidez de mandíbula, los pies hinchados y el dolor de cuello resultante de forzar las cervicales para ver los frescos que decoran los techos. En esos momentos Antropos echa de menos no ser un invertebrado.
A estas alturas empieza a sospechar que ningún museo fiorentino merece un pasaje de avión: ¿para qué, teniendo cerca tanta belleza natural, viviente y suelta? Podrá resultar una reflexión odiosa, pero negarla le conducirá al autoengaño. Mientras recorre los interminables pasillos del palacio, Antropos se pregunta si a la hora de hacer una revisión histórica no ha de tomarse en cuenta la posibilidad de que el arte renacentista no sea el máximo exponente de lo insuperable, sino sólo la máxima manifestación de una cultura hegemónica. Y he aquí la segunda gran impostura: la dudosa superioridad de un Antropos sin una genuina autonomía de Dios. Pleitos interminables entre artistas, curas y miembros de la alta burguesía -pagando, no olvidemos, su diezmo a la Iglesia a la que tanto decían haber superado- donde el mecenazgo papal representa la cúspide del poder capitalista mientras, más abajo, la alta burguesía juega a las canicas a los pies de papá-papa. Un circuito que continúa hasta hoy; lo único que ha cambiado es el mecenas: antes era el papa, hoy es el mercado.
Puede que a Antropos le entre la sensación de haber sido engañado. La voz de su conciencia, insidiosa, disidente: toda la historia del arte puede ser una grandísima patraña. Lo que hasta hace poco más de cincuenta años le resultaba incuestionable, hoy él mismo lo pone saludablemente en cuestión. La superioridad indiscutible del arte renacentista es para él un todo discutible. La antigua confusión entre imposición de un modelo hegemónico y la calidad, se deshace en el horizonte de formas artísticas que saltan del museo a la calle.
El museo ha muerto, larga vida a las tapias. A Antropos ya no le emociona el cuadro colgado de las pestañas como una mariposa con sus cuatro alfileres en las puntas. Desde hace un tiempo viene necesitando acción. Action. Esto le hace rechazar el confinamiento de la obra de arte a la morada aséptica de museos y galerías. Vitrubio ha renunciado a la perfección del círculo y ahora baila desnudo en una lámpara de lava. Hay quienes aseguran, inclusive, la naturaleza rotundamente glam de Leonardo. Como sea, la obra de arte es todo cuanto conservamos como testimonio vivo de un pasado que nunca hemos de ver; sin embargo hoy, cuando la física cuántica lleva a debate la dimensión unidireccional del tiempo, ¿importa crear un arte que sea para perdurar?
Antropos quiere ver el arte ingresando en los salones heterodoxos de la diversidad. Pero no lo ve ingresando a través de un mecenas, sino del propio artista. Hay quien apuesta por la peligrosa y siempre discutible ética de sustituir el heterónimo por la acción artística en sí, la eternidad por una finitud capaz de gestar mundos dinamizadores en constante evolución, y el rechazo de cuajo de la figura del mecenas. Pocos lo entienden, menos se lo creen y el hombre de a pie lo celebra -a veces. La acción artística se mezcla con el mobiliario urbano, lo interviene, recupera su espacio vital entre la gente. Gracias a ello, el artista ya no necesita ser un marginal. Surge una nueva terminología: se habla de empoderamiento y auto-gestión. Surjen las redes sociales. Para Antropos, la ética autogestionaria del artista antivitrubiano está caliente, y urge.
Antropos quiere soñar con un nuevo hombre de Vitrubio, en cuyo círculo abierto entren los nombres que todavía no han sido escritos. Y mientras recorre los interminables pasillos del palacio Uffizi, piensa en la gran paradoja de la filosofía del arte ha sido que cuatro chavales armados con sus aerosoles y sin más nada que perder, pusieran en entredicho la tan anunciada muerte de la esperanza.

Photo-post: la gran broma ciber-cosmica

10/8/11

Sí al cierre de fronteras

Bruselas lleva más de un año intentando convencer  a España para que no empadrone a sus "ilegales".
Verán: en mi opinión estaría muy bien que España cerrara las fronteras. Pero que lo haga YA. No tiene sentido dejar entrar a la gente para luego abandonarlo a su suerte en  territorio desconocido... eso es muy hipócrita, muy cínico, claramente inmoral y un delito por el que muy poca gente se pronuncia.
El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos reza:
1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado.
2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.
Cabría preguntarse si una ley en constante cambio está por encima de una ley de carácter universal, y sobre todo, si una ley puede estar por encima de la moral. Mientras existan empleados públicos que consientan esta ley y que consideren delincuentes a quienes no tengan un papel que los defina como humanos "legales", mientras esos funcionarios se constituyan en cómplices de esas leyes inestables que hacen con las personas lo mismo que se hace con los pollos, muchos acabarán encerrados en un CIE y otros retornando a sus países para que les maten, les ignoren o mueran de hambre. Y no es sólo indignante, es inmoral. Ya va siendo hora de que nos acostumbremos a la palabreja: inmoral, sí, por conveniencia y por miedo.
Así pues, me pronuncio a favor del cierre de fronteras. Eso demostraría grandeza, como la demostraría un presidente que pidiera perdón por sus errores. Eso demostraría honestidad. Si España no puede recibir más gente, vale: no la dejemos entrar para luego abandonarla a la suerte de no tener derecho a sanidad, educación y vivienda. Pero no, pasa lo de siempre: no aceptamos a los "ilegales" pero tampoco tenemos el valor de reconocer, a voz en cuello, sí, a viva voz, que habría que cerrar fronteras, porque admitirlo queda mal. Y eso es lo que duele: ese miedo a opinar, esa lengua cortada y murmurada a hurtadillas siempre y cuando el interfecto no esté presente.
Siento ser tan dura. Quisiera desdecirme, pero no puedo, porque me afecta en la entraña y es lo que vivo: mucha hipocresía. La izquierda se demuestra andando. O dejando de andar. Lo que no puede hacerse es callar ante una realidad tan dura, y sobre todo, hacerlo con esa dejación acomodaticia que hace mirar las moscas.