26/11/11

La niña perdía/ الأندلس

Subo este viejo post antes del gran salto, un poco en señal de despedida ulisíaca.



El sol de Andalucía es criminal. Bang bang. Africano. No me extraña nada que en otro tiempo los hijos de Alláh se instalaran por estas costas tapados hasta los ojos. Yo había andado por aquí hace años, por las calas de Granada. Graná. Pero no recuerdo que el mar fuera tan salvaje ni tan azul como en el Cabo de Gata. Que además me recibió cabrón. Dolor intramuscular, lacerante, de medusa. Un dolor rojo.
Salgo del agua y veo que en la orilla unas jubiladas se dedican a a capturar medusas con un palo. Las batean como si fueran pelotas de golf; luego las entierran en la arena con la misma satisfacción con que sepultan a sus maridos bajo la sombrilla: Tú quédate ahí y no chílle. Y los maridos se quedan quietos. Calladitos.
 Esto pasaba en Genoveses, una playa salvaje en la que los nudistas conviven perfectamente con los mirones y las jubiladas bateadoras de medusas ofician de vigías para los bañistas.
Cómo iba yo a suponer que habiendo caído en Almería sobre las tres y media de la tarde bajo el sol más criminal que he soportado nunca -uno que cae a plomo y a 90º con el peso de un yunque-, iba a terminar varada en una playa de domingueros.
Llamo urgente a mi único contacto en Almería. Lo primero que me dice es: Pónte factor 50. Tarde. Para entonces ya me ha picado una medusa y tengo la piel al rojo vivo. Mi travesía desde San José a las nueve y media de la mañana hasta las tantas para llegar a Genoveses a rítmo tranquilo, sacando fotos del molino y del bosque de pitas y parando cada tanto para echar un traguito de agua, hizo que me abrasara sin notarlo embadurnada en factor 25.
Paso las noches en el único albergue que hay en San José. El sitio es acogedor, aunque esté atestado de neojipis, peregrinos teutones altos como columnas y un millón de niñas íberas con el pelo cortado a tijeretazos y trenza única dispuestas a asaltar al camarero italiano (que se presta encantado). Mucho treintañero en babuchas con su papel de liar y su bolsita de tabaco sobre la mesa. Usando como escudo un periódico, algún que otro horchatero, calvo y gafapastas, no se atreve ni a mirar. En semejante ambiente a nadie se le ocurriría ligar. Para ligar hay que ir un poco “puesto”: la pose es la de la indiferencia vestida con aires de Oriente, entre rastafoso, licenciado Vidriera y perroflauta. Abundan los jipijos consumidores de caipirinhas en círculo ab-so-lu-ta-men-te cerrado (algo cada vez más habitual en Europa, donde lo que se lleva es la summa alimentación ecológica: nos volvemos cada vez más vegetarianos, mejor alimentados, mejor educados y más respetuosos del “espacio personal” del compañero, llegando al extremo de hacer desaparecer tanto el espacio como al compañero); la chavala de alto tacón (ahora se lleva el de cuña, que pesa más en la mochila, pero sarna con gusto…) y esa especie indefinible de turista solitaria del puerto de Santa María del Buen Ayre tratando de hacerse mariposa de la noche mientras va filmando, a golpe de retina, los detalles del circo.
Otra es fingir que eres pobre. Ahora se lleva mucho fingir que eres pobre -o en su defecto, hijo de empresario-. Algunos van de okupas, otros de alberguistas, pero no son pobres. Habiendo dos generaciones de por medio intentando con éxito borrar las huellas del hambre sofocada en la cal de las paredes, estos jipis andaluces de ojos color champán van de pueblo en pueblo contentos de ser pobres hasta que ya no quede calderilla y haya que refugiarse en el chalé de papá. O pedirle un aval para hacer… lo que sea. La pobreza verdadera no la conocen; no la conocerán jamás. Lo que queda es alguna siguiriya, alguna toná, para recordar esos tiempos que tanto a ellos como a nosotros nos saben nada más que a cromo.
Sin embargo, basta con subir en el autocar que va de Almería a San José de Níjar para ver que todavía podría escribirse una toná o una minera viendo a negros y magrebíes sudando ese destino de todos los días a las cinco de la tarde, bajo el plástico de los invernaderos, donde se cuecen a fuego lento tanto fruta como cosecheros. Lo que antes fuera una fragua, es hoy en día un invernadero, y para colmo sin luna.
Una pareja de andaluces, muy curtidos ya por el sol de la puna almeriense, para el autocar y se asoma al conductor para preguntarle un destino. El conductor les dice que sí y ellos suben. Son mayores ya; la mujer inclusive lleva bastón, y por lo que he podido observar viven en zona de chabolas. Muy humildes los dos, despiertan una ternura desapegada, casi improbable. El sur es duro, me dice Ruth, muy seria. Ella es mi único contacto en el desierto. Es de Jaén, pero lleva años viviendo en Almería.
El Cabo de Gata es un horno sin sombra precipitándose sobre el mar desde el tobogán natural que forman las doradas ondulaciones de los morros de esparto que parten el cielo en dos. Con ese clima una piensa que hasta el mar podría evaporarse. El paisaje es impresionante - y el pueblo una preciosidad-, pero a mí ni se me ocurriría vivir ahí. Ésta es tierra de esparto y de legañas, dice Ruth con toda sinceridad. Me explica que en tiempos de pobreza todo lo que había por allí era el trenzado de esparto, que hacía llorar los ojos hasta sacarles lagañas. Años después, ese desierto empezaría a prosperar gracias a la agricultura intensiva de los invernaderos, que es lo que tienen hoy, además del turismo.
Nos pasamos todo el día recorriendo rutas, hasta llegar a un rincón del Cabo cuyo nombre no recuerdo, aunque bien cercano a Las negras, que es como una gran lengua de arena que se interna unos doscientos metros en el mar y te hace sentir pequeñita como una almeja, flotando sobre una balsa imaginaria cuya proa apunta a las montañas, en cuyo seno se hunden las puestas de sol más moradas de la península. Es allí donde esnifo un largo chorro de táita tabaco y me quedo tranquila hasta la noche, que es cuando el italiano pone -por pura casualidad- la Fantasía Interrumpida de Chopìn. No deja de resultar asombroso que en un albergue perdido en un pueblo de Almería, y a mogollón de kilómetros de Madrid, alguien acabe poniendo sobre la medianoche la canción que escuchas siempre en casa, y a medianoche.
El desayuno empieza a las nueve y media de la mañana con Louis Amstrong y su mundo maravilloso de siempre, sin embargo a eso de las once les dá por poner algo más raro: ¿es John Cage?, le pregunto al camarero de corte de pelo irregular, bonito el niño, empeñado en disimular su origen teutón. Con los ojos abiertos como platos, me dice que sí. Hace un tiempo me hubiera gustado, pero ahora lo encuentro snob. A John Cage, quiero decir. Vuelvo a la recepción y, toda sonrisas, anuncio a la conserje que me voy a Cádiz. Acaba de ocurrírseme. Todavía no sé cómo, pero sé que me iré. No me apetece seguir en ese desierto espartano por más tiempo, y la única alternativa que me queda es contratar la primera salida que haya hacia Cádiz a riesgo de lo que sea, así que abro dos frentes: uno es el albergue de mochileros que está en el barrio de Santa María de Cádiz -el de las bombas-; y el otro es un hostal en el puerto de Santa María. Son ocho horas de viaje entre Almería y Cádiz -vía bus- y sólo tengo ganas de dormir. El aire acondicionado a tope me deja frita envuelta en un poncho.
Para variar, llego a las tres y media de la tarde, y me cuesta mogollón encontrar el único albergue que está en el casco viejo, justo debajo de unos andamios, aunque finalmente lo encuentro y golpeo con todas mis fuerzas la aldaba que dá al supuesto patio andaluz de una casa supuestamente habitable. Al tercer golpe sale un teutón jovencísimo, frágil, con barbijo amarillo como de duende, colgado o pasado de siesta: Tengo una reserva, le digo; y me hace pasar. Me muestra una habitación a la que lamentablemente no he podido tomar una foto por falta de medios técnicos, ya que mi cámara suele fallar en los mejores momentos, aunque en caso de contar con ellos estoy segura de que ganaría algún reconocimiento en un salón de fotografía.
Os sitúo en la isla del Diablo, patria provisoria de Papillón. El cuarto que me asignan dispone de cinco literas, una de ellas -la mía- funcionando como cama única. Todo lo que veo sobre la estructura de hierro es un colchón a rayas que en su momento debieron ser blancas y azules, hoy por hoy bajo una película de grasitud de color indefinible; y una almohada que debió conocer su primer lavado allá por los ’50, aunque en su condición de venerable andrajo histórico despierta una mezcla de repugnancia, respeto y perplejidad dignas de mención. Encima de lo que se espera que vaya a ser mi litera, está la única ventana del cuarto, que tiene una verja por donde se descuelga, con toda naturalidad, un enorme manojo de geranios rojos. El muro se acaba a pocos centímetros de la ventana, dejando parte de la habitación al raso y unida al techo por unos pilotes de madera que parecen haber sido puestos allí a toda prisa, a causa de algún desastre natural en épocas fenicias.
El asunto de la pared con los geranios me pone en guardia: seguro que por ahí bajan arañas. Y las del ladrillo, que son las peores. Me quedo atónita viendo las manchas de grasitud en el gotelé, el vestigio amarillento de chorros misteriosos de otro tiempo: Es por el agua de riego, explica el duende, advirtiendo mi impresión. Ah. El agua de riego. Claro, los geranios.
Echo un vistazo a los alrededores: hay gente tumbada en sillones y en camas paraguayas tomándose un aperitivo o durmiendo la siesta en el desvencijado patio andaluz de la entrada. En otra parte de la casa suena, ahogada por una rumba, la queja gatuna de Liam Gallagher berreando Stop, crying your heart out. Le planto una sonrisa dolorosamente forzada al cara de duende: Gracias, pero no es lo que busco.
Hay quienes dicen que los auténticos cimientos de Gares yacen bajo los empedrados del puerto de Santa María. De ser así, diría que ahora mismo ha sido nuevamente conquistada. Y no por los árabes, sino por la globalización. Así que cojo el catamarán y cruzo la bahía en dirección al puerto de Santa María, donde sigue abierto mi segundo frente: el hostal. La fachada de los edificios que dán al puerto presentan el típico aspecto herrumbroso de todas las edificaciones castigadas por el aire marino que pinta graffittis en una lengua sin fonemas sobre las tapias. Es lo primero que uno ve desde el muelle, y viniendo como vengo de una ciudad con puerto, la sensación de estar ante una espalda curtida por la corrosión me llega como una bocanada asfixiante. Entro en el típico bar de paisanos con silla en la vereda (y aquí me acuerdo de Arlt, fijo): ¿La calle Francisco de Veneroni? De lo más amable, un paisano de pitillo ladeado, coleta, gorra con visera y camisa hawaiana me lleva hasta la puerta misma del hostal. El hostal del Antonio, al que conoce desde que le salieron los diertes. Mi cuarto tiene un pequeño balcón que dá al castillo de San Marcos, uno que fundó Alfonso X el sabio, el de las cantigas, allá por los tiempos en que los cristianos conquistaron a los moros: Allí, me dice el de la coleta apuntando con un dedo de uña sucia hacia el castillo; es de donde salían pa’ las Américas de las que vienes tú.
Tanto es así, que a las nueve de la noche de un sábado no se consigue una sola tienda abierta ni para comprar una mísera botella de refresco, sino únicamente bares y restaurantes, marisquerías, pubs y caravanas de descapotables bacalaeros y lereireré lereirereros yendo de arriba para abajo y de abajo para arriba, ante la mirada atónita del fantasma de Menesteo, el supuesto caudillo ateniense que fundara el puerto tras la guerra de Troya. Ya quisiera él tener esos carruajes atronadores, relucientes.
Para salir del hormiguero hay que coger la carretera que va directo a la playa, de ser posible andando, con un cuarto menguante que sigue una ruta casi tan ancha como una luna acuñada por el mago de Oz, y que se hunde hasta las tantas en un chiringuito junto al mar.

Yo creí que el querer era cosa de juguete, y ahora veo que se pasan las fatigas de la muerte, canta la Fernanda.

Con los pies en la arena, y a orillas de las crestas, comprendo que el flamenco es una parte de mí a la que me asomo tímida, aunque apasionadamente. Temo que mi intención no sea sólo asomarme, sino entrar de lleno.
Sin embargo, la sensación de ajenidad crece. Un incómodo sentimiento de no pertenencia, de abandono absoluto -cosa de años, negligencia de otros- se me instala certero como las fachadas herrumbrosas que marcan puerto, y me pueden igual que el jondo. Siempre viviendo al límite. Al ras. A ras de tierra, entre el aire y el agua, una situación que me excita, a la vez que me destroza. Del desierto almeriense al voluptuoso jardín que es la bahía de Cádiz, he visto como la tierra mutaba desde el blanco amarillento de las dunas de piedra y esparto que hieren las retinas a fuerza de luz, pasando por el verdeamarillo y verde puro luminoso granaíno, hasta llegar al rojo intenso de la tierra sevillana. Rojo y verde, Sevilla. Luego fue llegar a Cádiz y tropezar con el pálpito de estar entre dos aguas.


En el Puerto de Santa María, lo que queda de la vieja cruzada judeo cristiana y mora es hoy una feria para la distracción del turista. Los negros ofrecen por unos cuantos euros sus esculturas de madera barata patinada, asegurando a pie juntillas que son de ébano -yo tengo una, me la compré en el Rastro de Madrid cuando todavía era turista. Lo que hacen es que uno con papeles saca el permiso y luego pone a trabajar a otro, me explica una mujer a hurtadillas, y con lástima. Sin embargo no les va nada mal y son muy buenos regateando.
En otra parte de la feria un viejo vende juguetes de latón y de bote reciclable. Me atrae una carabela. Es una joya diminuta hecha con latitas de Pépsi y Buddwaisser. Me gusta la ironía, así que me la compro. Todos los puertos son sitios de paso, y yo vuelvo a estar de paso. Tantas veces he soñado con estar varada en la mitad de una infinita escollera entre un continente y otro, que ya no sé si se trata de un sueño borgiano o es real. Cuesta explicar esa sensación, que está más allá de las palabras. Es la certeza de no ser; la no pertenencia sofocada ante la ausencia de testigos.
Por la noche el aire huele a jazmines y a pescaíto frito. Me hago sitio en una marisquería y pido media ración de boquerones fritos y otra de gambas. Aceitunas negras, al dente. Y una cerveza. Saco la carabela y la pongo sobre la mesa. La observo con atención. Cómo habrá hecho esta gente para cruzar el Atlántico en una cáscara de pino de 36 metros de eslora. Una embarcación no mucho mayor que el catamarán que va del puerto a Cádiz, y que habiendo corrientes fuertes se bambolea bravo, divirtiendo al pasaje. No habrá sido divertido cruzar el Atlántico en una cáscara de ésas.
La Santa María no era una carabela, y en ella iba el famoso navegante de tan dudoso origen que convenció a una reina pirata de que sus mapas eran de fiar. Tierra al otro lado, majestad. Oro, especias y la posibilidad de liquidar esa vieja deuda con la banca holandesa. El viaje se hizo en un tiempo record para la época: poco más de dos meses, lo cual demuestra claramente que el capitán se jugó los mapas en alguna ronda de preclaros. A esa gente no le faltaba agallas: algo más de treinta hombres en un bote que hoy día se hubiera quedado en puerto, que ni el Titanic, con cuatro chimeneas y casi 300 metros de eslora lo consiguió en su momento, y ellos sí. Le llamaron conquista, que es también cosa de la historia oficial. Tendrían que pasar quinientos años para que alguien se atreviera a lllamarle rapiñaje. Hoy soy la síntesis entre la conquista y el rapiñaje: la niña perdía. Y voy por el borde del agua buscando una sombra amable entre el océano y el mar, sin entender muy bien la dureza de esta tierra amarilla llena de iglesias y vírgenes negras, bajo este sol criminal del mediodía, bang bang.
Andalucía te ha pegao, me dice Miguel, ya de vuelta en Madrid. Le cuento que cuando llegué a estas costas sólo podía oler sus desperdicios. Que ahora soy capaz de oler la vitalidad de la tierra, y el romero, y la hierbabuena. Que ahora huelo la eclosión vegetal de medianoche, pero no sé muy bien qué hacer con ello.
Camino de San Fernando veo un sembradío y al lado un aguazal de aguas rojas. San Fernando, Bahía Sur, patria de José Monge Cruz, Camarón de la Isla. Sus ojos me atraviesan, a los diez años ya tenía esas pestañas rizadas. Ajos, pimientos, y una bruja con su escoba de esparto oficiando de vigía detrás de la barra.

Ay luna, que brilla en los mares, en los mares oscuros. Ay luna, tú no estás cansá de girar al mismo mundo. Ay luna, quédate conmigo y aun no te vayas, porque dicen que a veces se tarda el alba, se tarda el alba.

En un bar de Jerez, y siendo las dos de la tarde, un tío le canta a una luna embustera como si fueran las dos de la mañana ,mientras una morena vestida a rayas, como de enfermera, y que va con una chavalita de larga melena oscura - muy tímida, su hija pequeña, seguro- palmean a dúo. Qué más dá, siendo las dos. Tinto de verano en el Bar los Tres Reyes; pero yo no he venido a tomarme una coca-cola, que para eso me voy a Orlando. Un currante que vende gafas canta en el tren de regreso a Cádiz. Tengo la sensación de que si no hubiera nadie palmeando no seguiría, pero las chicas palmean -al principio tímidamente, un poco de cachondeo-, y el tío sigue. El cante está en el deje, en el aire que parece que se congela caliente bajo el sol. Está en el blanco y azul de las casas. A ellos, una jam session podría sonarles a canto de niños. El flamenco es así: nace y muere donde toque.

Pero venid a Gares por la ruta del viento
y en la encendida calma de un visillo quedaros
y que el amor del cielo os depare el levante.

-Josela Maturana



9/11/11

Los 8 locos y el lanzallamas

Celebración de giro solar con despedida por el puente intercontinental de Wiricuta.

Ellos son Gloria, Roxana, Teresa R, Dori, JoséManuel, Asun, Teresa G, Raulo y el lanzallamas (faltan Gregoire, Antonio y Charo).






Oeste Celeste, Madrid, 8 de noviembre de 2011/ Fotos tomadas con el blackberry de Teresa G.

(La pregunta del millón: quién es el octavo loco, y quién el lanzallamas).

29/10/11

Tierra de la gente nueva


La Otra olia a cesped y a sol alto.
El sol de la Otra tenía la peculiaridad de las moscas
y el de Aquí el de sólo parecer
que puede tocarse.

Había cruzado el mar para saber
cómo vive la gente nueva
para ver cómo todos los hipocampos se ahogan en la tierra
para poder dormir tranquila, algún día
en casa de la gente vieja.

Hay quienes creen que un poema no debe jamás ser aclarado. No obstante, valga en este caso  una aclaración: la gente nueva es la que reside en el denominado Viejo Mundo, mientras que la gente vieja -paradógicamente- es la que reside en el denominado Nuevo. El poema es, pues, un llamado a la reflexión acerca de cómo las hegemonías de los mundos subvierten la percepción, llamando nuevo a lo aborigen y viejo a lo impuesto. Habiendo vivido en ambos mundos, los vínculos se acrecientan, siendo un camino de doble rasero para cuyo entendimiento haría falta, a veces, comprobar su naturaleza ilusoria recorriendo esas distancias.

Photo/post: RAB

26/10/11

Conciencia / Ayahuasca

Actualizado dic. de 2013

La ayahuasca -en quéchua, soga de las almas- es un psicoactivo que corrientes más actuales definen como enteógeno. El término deriva del griego, en el que éntheos significa "dios dentro de"; y génos: origen, nacimiento. Por lo tanto, enteógeno significaría devenir divino por dentro. Quienes lo llaman así se basaron en las escuelas de misterios de la Grecia antigua -lo misterios de Eleusis-, donde los iniciados se reunían para tomar un brebaje que les conectaba con su parte sagrada, lo cual ha sido siempre una costumbre común a todos los pueblos, y quizá la más antigua forma de buscar a Dios. 
En el caso de la ayahuasca, se trata de un preparado vegetal que al ser ingerido provoca un estado modificado de conciencia. Intuyo que la distinción entre el significado de enteógeno y alucinógeno supondría entrar en una discusión de tipo filosófico y moral que dejaremos para otra ocasión.
Químicamente, la ayahuasca es un brebaje combinado que lleva una IMAO, inhibidor de la monoaminoxidasa, una encima presente en el estómago; y DMT -dimetiltriptamina- una hormona natural presente también en el cerebro, que es la responsable de las imágenes que se forman cuando soñamos. Esto explicaría los efectos de un soñar en plena consciencia que produce la ayahuasca. La IMAO inhibe las funciones de una enzima que está en el estómago, permitiendo que ésta no elimine el DMT. Si sólo tomáramos DMT, el estómago lo expulsaría y su efecto alucinógeno quedaría neutralizado. Pero no sucede así, lo cual la convierte en un brebaje bastante sofisticado, que no podría jamás haber sido descubierto por casualidad. Algo sorprendente, si se piensa que lleva siendo usada  desde hace unos 5000 años por tribus que, viviendo aisladas y en total desconocimiento las unas de las otras, sabían cómo realizar el preparado de las dos plantas juntas y en proporciones específicas, sin haber tomado contacto jamás entre sí.
En agosto de 2008 tomé por primera vez ayahuasca, y continué haciéndolo durante dos años. Aunque mis esperiencias con esta planta fueron tan extraordinarias como desconcertantes, considero que el resultado final ha venido a ser fructífero. El texto que viene a continuación es una reflexión personal al respecto. Aunque fue escrito allá por 2009 y se subió a mi antiguo blog Posada Poiesis, lo vuelvo a subir a éste para que sirva de ilustración a los vídeos de Alonso del Río, sanador peruano y autor de Tawantisuyo 5.0, libro que tuve la oportunidad de leer y disfrutar hace algunos años.
Aquí va:

"Sucede que desde hace un tiempo –dos años, quizá más- vengo asistiendo a un auto-renacimiento bastante curioso, diría que inquietante, que por obra de la contingencia y con el auxilio de una saludable desesperación, me han llevado a experiencias vitales que podrían describirse como radicales.
Durante mi itinerario de viaje –un largo viaje lleno de sombras e iluminaciones prácticamente sin testigos-, he dejado que muchos me definieran desde su propia perspectiva vital, que me amaran o me incomprendieran, que me incordiaran o me ensalzaran, e inclusive, a veces, que intentaran banalizar mis experiencias por puro desconocimiento. Más o menos como nos pasa a todos.
Sin embargo, como estoy flamante en lo que a búsqueda y captura del ego se refiere, el asunto de la banalización de la experiencia visionaria me supera. Me refiero a su banalización social. Creo que empieza a ser hora no sólo de difundir la utilidad de los enteógenos como poderosa medicina holística, sino de intentar su integración en el marco de lo que percibo como una contracultura floreciente. Contracultura, sí. Una contracultura en la que incluyo a todas las prácticas y tendencias que, como los enteógenos, pretenden hallar nuevas vías y nuevos catalizadores para el desarrollo de la conciencia.
Habría, antes, que aclarar qué es lo que entiendo por conciencia, porque lo que entendía hasta hace un tiempo y durante toda esa debacle de marchas y contramarchas se parecía bien poco a lo que entiendo hoy. Hablar de conciencia en términos partidistas me resulta tan gratuito como inútil; funcionará en un contexto político, pero no es ése al que me quiero referir. Sin embargo, parece normal que a veces, cuando hablamos de conciencia, haya quienes se apunten al discurso ideológico y/o religioso como si fuera el único posible. Pues no. Quisiera dejar claro, además, que mi postura no es temporal, ni forma parte de un proceso, ni se debe al efecto de unos plantas mágicas, hongos psicoactivos o tripis religiosos de dudoso origen y más que dudoso destino, sino de una postura definitiva y una elección de vida que empezó mucho antes de las plantas. De no ser así, estoy convencida de que nunca hubieran llegado hasta mí, o hubieran pasado sin pena ni gloria como otra experiencia más. Las plantas no te dan nada que ya no tengas.
Ciertamente, tomar plantas maestras es una cosa bien rara. Me lo han dicho a bocajarro, y siempre he admitido que tienen razón. Al fin y al cabo, tomar ayahuasca no es como tomarse una coca-cola. Y no porque la coca-cola sea menos una droga que la ayahuasca, sino porque los enteógenos requieren de un contexto ritualizado. Si bien es verdad que, de alguna manera, todos los son, admitamos que en el caso del enteógeno los fines están claramente acotados, y se plantea –o al menos, yo me la planteo- una ética de la conciencia. Básicamente, y para empezar, se trataría de admitir la perogrullada de que todos somos artífices de nuestro propio destino. Hasta aquí todo bien. ¿Quién lo pone en duda? Nadie es más responsable de su vida que el propio indivíduo, eso justificaría a pleno la renuncia a implicarnos en asuntos que pertenecen al ámbito privado, reforzando la ética del individualismo. Sencillo, ¿verdad? Sin embargo, el axioma es tendencioso y, como todo lo que pertenece al dominio del lenguaje, manipulable a nuestro antojo. Si todos somos artífices de nuestro propio destino, y componemos una sociedad de miles de millones, puede concluirse que todos-estamos-conectados.
No obstante, vivimos en reductos separados unos de otros desde lo que habitualmente llamamos conciencia, esa parcela de espacio donde la otredad se distingue claramente de la individualidad, donde creemos que está bien clara la frontera entre sobriedad y ebriedad, y donde esa misma conciencia, creadora de un sistema igualmente consciente y supuestamente protector, funcionará como dique regulador frente a la amenaza de lo irracional.
Pero, ¿qué pasaría si ese dique se rompiera? Y lo que es todavía más amenazador: ¿qué pasaría si, pudiendo acceder al terreno de lo que llamamos irracional –lo inconsciente- consiguiéramos romper con ciertas estructuras basadas en creencias, descubriendo al cabo del viaje, y ya sobrios, que pueden ser tanto o más ficticias que las propias visiones?¿Que pasaría si durante esas visiones nuestra mente se ampliara, se vaciara, inflándose hasta alcanzar las dimensiones de una catedral, siendo capaz de observarse a si misma, no ya en la instancia de la simple alucinación psiquedélica, sino con actitud crítica e integradora de todo lo que hay en y fuera de ella? Dice el maestro zen Seung Sahn:

Cuando estás pensando, tu mente, mi mente, y las mentes de todas las personas son distintas. Si cortas todo pensamiento, tu mente, mi mente y las mentes de todas las personas son lo mismo. La mente que corta todo pensamiento es la verdadera mente vacía.

Siempre que alguien me pregunta sobre la ayahuasca con expresión grave, intento leer en el fondo de sus ojos y me pregunto si esa persona será de las que temen perder el control. Porque si lo es, tarde o temprano la ayahuasca hará que lo pierda, inevitablemente. El miedo a perder el control es el monstruo, perder el control en si nunca resulta ser lo que imaginas. Y eso es, entre otras cosas, lo que para mí tiene de fascinante el viaje psiquedélico. Que nunca resulta ser lo que uno espera, no puede predecirse, no tienes control sobre él. No hay un solo lugar sobre la tierra que sea más fascinante que lo que hay dentro de la mente. Verla por dentro, comprender cómo funciona, rendirnos humilde y voluntariamente al reto que supone descorrer el velo que nos separa del inconsciente, puede parecerse, metafóricamente hablando, al acto de saltar al vacío. Pero, ¿qué persona en su sano juicio querría arriesgarse a saltar al vacío? Lo diré más claramente: ¿quién, creyendo a pie juntillas en la realidad científicamente probada, querría someterse a la posibilidad de experimentar otras realidades capaces de quitarle poder a eso que parece estar fuera de toda discusión?
Más allá de nuestra particular postura frente a la visiones, lo que está fuera de discusión es que el viaje psiquedélico suele traer como corolario una pérdida de tensión ante la realidad consensuada, una reducción de la angustia. Cualquier práctica capaz de modificar la conciencia deja esa sensación de alivio, donde el afuera conocido pierde poder frente a la certeza de que, siendo la realidad un constructo mental, el retorno a la sobriedad nos devuelve lúcidos –que no es lo mismo que estar sobrios- y con una nueva percepción frente ese mismo constructo. Habiendo testimoniado las múltiples caras del poliedro, las creencias se cuestionan o se derrumban, y nuestra imagen del mundo, su paradigma, se amplía. Se somete, como menos, a escrutinio, esa cosmovisión del mundo al que hemos dado poder más allá de toda posible responsabilidad –el afuera siempre es culpa del otro, ¿se dieron cuenta?- y el foco cambia de ángulo, volviéndose justamente hacia el único generador tanto de la grandeza como de la gran tragedia humana: nosotros.
De ahí la paradoja, y de ahí que haya tanta gente empeñada en demonizar o banalizar a las substancias visionarias. Y las prácticas para el desarrollo de la conciencia, que no se trata de una marca a la moda, sino de algo bien serio. Se trataría, más bien, de una contra-cultura al margen de las guerras intestinas dentro de ese constructo ya harto conocido, de una postura verdaderamente radical que rompe, en voluntad consciente, con el discurso deliberadamente consensuado de víctimas y victimarios. Se trataría, en última instancia, de una contra-cultura que se yergue sobre las ruinas y los humores ya rancios de una guerra que nunca ha existido más allá de nosotros mismos.



Interview to Alonso del Rio from Mariana Tschudi on Vimeo.

22/10/11

Pez soluble sin Breton


Al igual que la jirafa y el platirrino, las criaturas que habitan estas remotas regiones de la mente son muy improbables. Sin embargo existen, son hechos observables y como tales, no pueden ser ignorados por nadie que trate de comprender honradamente el mundo en el que vive.

Aldous Huxley, Heaven and Hell

Photo/post: RAB

15/10/11

Indignados. Madrid, 15 de Octubre de 2011

Nada que nos identificara por ser algo más que gente; gente insatisfecha, con bronca, con ansia, que no salió a la calle para exigirle algo a la clase dirigente, sino a celebrar el habernos dado cuenta de que ésta no podía darnos nada. 

La exasperación es la negación de la esperanza.
Stéphane Hessel, ¡Indignaos!










Y la fiesta recién empieza...



Puerta del Sol, Madrid, glorioso 15 de octubre de 2011.