14/2/13

Volver

El tango

Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor, cantaba Gardel. El error del santo ha sido afirmar que volvía con la frente marchita. El verso acabaría imponiéndose a varias generaciones de argentinos como paradigma de la experiencia migracional. El tango hereda la morriña, el dolor de la partida forzosa, no la aventura. En él, volver viene a ser tan doloroso como marcharse. El tango evoca la experiencia del viaje como herida, no como hazaña. A nadie se le ocurriría negar la legitimidad de esa herida -que hace de Volver un testimonio con emblema-, y aunque en ninguna parte se mencione que esa herida pueda convertirse en aventura de conocimiento, tal posibilidad quedará rubricada en un verso que parece apuntar a la noche oscura del alma: tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenen mi soñar.

Siempre me fascinará el poder que tienen las palabras. No hay presagio alguno en el verso del tango, tan solo la experiencia única e intransferible del protagonista, que es lanzada al pueblo y cuyo imaginario la asimila como predestinación y la convierte en mito.
Matizando la enmienda que se menciona más abajo, la inmigración puede ser un camino de doble rasero para cuyo entendimiento haría falta comprobar su naturaleza ilusoria, recorriendo las distancias entre mundos. Es ahí donde se diluyen los mitos y se descubre la sinergia entre orillas, algo a lo que en Volver, insisto, no se hace mención.
Ahora que estoy de vuelta, no puedo decir que haya salido de España con la frente marchita, porque no sería verdad. Se volvía así en la era del tango, cuando los viajes entre mundos demoraban de 30 a 40 días, casi siempre en tercera clase y agarrados -aquí jugamos con el mito- a un barril o a un baúl con dos mudas, un traje barato y algún chacinado para consumir a bordo. Ahora la comunicación con la otra orilla es instantánea, el viaje demora 12 horas y el baúl se envía por encomienda. No obstante, la visión que se tiene en España de la inmigración sigue siendo la del mito. No me cansaré de repetir que un pueblo que no ha sabido integrar en sí mismo la experiencia migracional no puede integrar a sus propios inmigrantes.

Como me dijo alguien hace tiempo: la historieta que nos contaron los europeos es más grande que una catedral, una mentira infame. ¿Esto quiere decir que nuestros padres y abuelos eran unos mentirosos?¿O sería, más bien, que su percepción se encontraba -como la mía hoy- filtrada por la emoción, y no es que nos mintieran, sino que su discurso no hacía más que reflejarla transfigurada por la distancia? Nunca hubo mentira, lo que hubo fue nostalgia, y esa exótica variante de la esperanza -esperanza paria, que diría un criollo- que sólo puede conocer el inmigrante, y que reside en la certeza forzosa de que pase lo que pase, siempre habrá un puerto al otro lado, un puerto que le devuelva al viajero el sentimiento de pertenencia ausente en tierra extranjera. Sólo habiendo descubierto que el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar, sólo habiéndolo visto todo dentro y fuera de sí, el protagonista de nuestro tango puede volver tranquilo.

El tango es triste, dicen en España. También se dice en Argentina, claro, para qué negar lo evidente. Pero ir más allá del simple formato de fábrica exige la complicidad con el protagonista, la zambullida metafísica que, como toda pieza artística, supera al código que la engendra: ¿cómo explicar la experiencia migracional tan sólo con palabras? A mí no me bastaría una novela para plasmar mis 13 años en Europa. Puedo, a duras penas, intentar alcanzar en dos versos mal escritos el flash de una noche viendo el mar desde la torre Ametller, que besa el Mediterráneo; y aún así, no hay mañana en que me despierte sin preguntarme si todo eso no fue más que un sueño.

Mi experiencia migracional ha sido realmente extraña. Empezó en Madrid, boca arriba, viendo el techo horriblemente amarillo de una habitación de hotel con olor a humedad, y terminó en un piso blanco y lila frente a la Pedriza. Nada del otro mundo, si no fuera porque esa primera noche en el hotel de Atocha todo mi ser confluyó en un punto, cuánticamente hablando, y surgió una evidencia aterradora: me quiero volver pero no puedo. Fue instantáneo: la supremacía del significante se me quedó grabada como un sello. Hoy me pregunto si mi permanencia allí no fue más que una ciega obediencia a ese poder del significante y no otra cosa. De ser así, la estupidez de los mandatos no tiene parangón. Se le acercan, en calidad, los mensajes subliminales que nos inculcan en la escuela -sobre la madrepatria y otras mentiras-, las postales de los viejos que llegan en forma de acordeón desde un lejano Mediterráneo, y la película esperpéntica de una familia supuestamente más rica que la de uno.

El mangrullo

La Madrepatria es un mito creído y absorbido -mamado- por mucha gente segura de que Latinoamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es si no fuera por la Conquista. Y la verdad es que Latinoamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es si no fuera por la llamada Conquista, rapiñaje hoy día admitido tanto por españoles como por criollos, excepto por aquellos a quienes una suerte de culpa a largo plazo les impide admitir abiertamente la deuda histórica que España tiene con nuestro continente. Yo no lo supe hasta que comencé a vivir allí. Será que estando fuera se fortifican las identidades, te amangruyás.

En Argentina un mangrullo es una atalaya, un sitio desde el cual se controla la llegada de extraños. Lo primero que se percibe al bajar del avión en Barajas son dos cosas:

1) la gente habla demasiado alto;

2) la gente vive amangrullada.

Pasado un tiempo en un país donde, entre otras cosas, han tenido una dictadura que duró dos generaciones, el amangrullamiento se vuelve inevitable. Homo habitus. Simpática la gente -algunos- pero amangrullada.

Un detalle que noté a la semana de llegar fue que en España se está “de fiesta” muy a menudo-hay vírgenes y santos a diestra y siniestra, nunca había visto algo igual-, lo que trae en consecuencia que haya gran cantidad de feriados durante el año, y mucha vacación. Pasado el tiempo descubrís que esos feriados son disfrutables únicamente por la clase privilegiada de las transnacionales y los funcionarios; que el resto es carne de cañón. Pasado un tiempo mayor y ya superada la obnubilación de la primera temporada, comprendés que para que haya gente aquí disfrutando de unos privilegios -ropa, comida, salud, transporte y servicios- tiene que haber gente en alguna otra parte pagándolos. La ecuación, con trampa, es sencilla: yo te doy el dulce y vos ni te enterás de dónde viene, ¿a quién le va a importar de dónde venga siendo el dulce tan dulce?

Lo que tiene el dulce es que te apalancás, te apoltronás y te achanchás de tal forma que con el tiempo la conexión natural entre humanos es sustituida por la conexión a cables (o inalámbrica). Se produce entonces la distorsión primero moral y luego perceptual, de ver tus relaciones personales reemplazadas por tarjetas de crédito, promociones, servicios, préstamos, bienes de consumo, tecnología punta, etc. La anomalía se sistematiza. La tergiversación del discurso se convierte en un error ajeno, la apatía pasa a ser una tendencia -trend-, la paranoia se normaliza bajo una leyes de protección de datos, y el egoísmo más garrafal será respaldado por las instituciones sin que nadie se atreva a cuestionarlo, so pena de ser tachado, mediante sofismas bien difíciles de desmantelar, de comunista, conservador o enfermo mental (todo depende de quién esté al gobierno).
Lo que al principio se percibe como difuso pero atractivo, fácil aunque inalcanzable - sin entrar en sutilezas, como ensalada sociológica de ardua definición- pasa a ser asimilado por las buenas con el tiempo. Lo dicho, que a nadie le amarga un dulce. Y te amangruyás. 

Cada cual en su parcelita privada: bienvenido a la república independiente de tu casa, el slogan de IKEA -la gran multinacional de muebles fabricados con mano de obra infantil en países de Oriente- acabará rubricando la venta de la morada a cambio del ensueño. Lo que parecía ser una realidad exclusiva de España y del resto de los llamados “países desarrollados”, no era más que un campo de pruebas. Cuando los europeos descubran que han sido ellos mismos quienes pusieron a sus gobernantes en el podio, será ya demasiado tarde y la Unión -que nunca lo fue, porque no puede haber unión de ninguna naturaleza cuando se come y se vive a costa del esfuerzo de otros- se habrá venido abajo. En España, especialmente, donde la ideología está meridianamente polarizada en izquierdas y derechas -el plural sugiere el automatismo de la generalidad-, los períodos electorales consisten en ir boyando de un extremo aparente al otro, según quién la haya cagado mejor durante su gestión( básicamente igual que en Argentina, su segunda hija mayor después de México). A la hora de votar, el pueblo se limitará a castigar más que a elegir. Otro tentáculo de la ortodoxia genética que se respira en tierra de Borbones, sea entre los llamados “ateos”, sea entre los más fervientes católicos de mantilla y chaqueta negra.
He aquí el epítome del amangruyamiento ideológico que redefine desde la institución “democrática” a los dos clanes primigenios, y al enfrentamiento entre familias que diera origen a una guerra fratricida conocida universalmente como civil.


 Simpapeles

Como ya he dicho antes, el español medio no tiene integrada su comprensión del migrante. Ella está limitada por la experiencia de varias generaciones migradas por causa de la guerra, el hambre y las revoluciones. Luego hay un detalle que se le escapa tanto al español medio como a sus instituciones -cada pueblo tiene las instituciones que se merece, o que se puede permitir-, y es el tema de la formación. A muchos les resulta incómodo recordar que el grado de formación del migrante español, en tiempos de la guerra, era de medio a bajo, cuando no rayano con el analfabetismo. Espinoso asunto que no suele mencionarse a la hora de hacer un análisis sociológico serio de la sinergia inmigracional entre países, y que no obstante resulta imprescindible a la hora de asimilar capital humano de calidad, y no mera mano de obra barata para ser explotada durante el período de bonanza como fuerza de trabajo.

Lamentablemente, la mirada del migrante pobre y sin cualificación ha sido recogida por las instituciones como una realidad aplicable al migrante de hoy, cuyo grado de formación suele hallarse al mismo nivel o por encima de la media nacional. Son datos estadísticos, no me los he inventado yo. Hasta hace poco el caso era diferente para los migrantes con formación en sanidad: el boom de la migración de médicos autóctonos acabó absorbiendo gran cantidad de personal extranjero, que en muchos casos ha conseguido hacerse un hueco en la sanidad pública y hoy goza de un puesto de trabajo fijo y -digan lo que digan- bien pagado, en un país donde el sueldo medio es de 600€, digan lo que digan también. El resto, salvo honrosas excepciones, lo tiene bastante más difícil, sobre todo últimamente, que no le homologan el título ni a los dentistas. Si hasta hace diez o quince años ya resultaba difícil obtener algún tipo de reconocimiento profesional, hoy mismo el caso resulta poco menos que de ciencia ficción.

Pero esto que describo es un mal menor, si se compara con la -según el caso- escasa o distorsionada difusión de la problemática migrante de los llamados ilegales, divulgada por la prensa española con ese tono proteccionista y siempre subestimatorio de los simpapeles que llegan a las costas de Canarias en sus pateras, y que son recogidos por Cruz Roja para luego ser abandonados a su suerte [bueno, en realidad esto era antes, hoy mismo los inmigrantes se han vuelto literalmente invisibles, ya no se habla del colectivo ni para repartir palos]. Esos pobres simpapeles son los que yo veía plantados en la interminable hilera del top manta por Paseu de Gracia, en Puerta del Sol, o en cualquier paseo turístico, con los ojos perdidos en la lontananza, todos idénticos en su anomía y su tristeza, tirando de un cordoncillo amarrado a las cuatro puntas de una sábana que les sirve de escaparate, así durante horas hasta que lleguen la policía y tirando del cordón para recogerlo todo haya que salir corriendo con la bolsa en volandas.

Aunque no se viva en carne propia, el escrutinio cuidadoso del sapiens africano mueve a una no menos esmerada reflexión sobre un cierto efecto dominó, porque si bien ellos son el último eslabón en la cadena alimentaria del blanco-caníbal, llegás a preguntarte en qué momento podría tocarte a vos, o a tu familia, un destino similar al de ellos. No hay nada que lo impida, cuando ves que las leyes inmigratorias cambian cada seis meses y nadie te lo informa, o acabás enterándote de incógnito y mal, en situaciones de enfermedad, mudanza o renovación, por funcionarios que apenas las conocen. Esto es grave. El juego es muy sucio, y merece ser denunciado, porque se juega con el estrés y la salud mental de las personas. Estoy convencida de que en estos momentos no hay en España, ni en ningún país europeo, papel o documento que pueda salvar al migrante de un destino ignominioso, de la anomía o el desamparo institucional.

Parece ser que un detalle a tomar a cuenta a la hora de definir una nación verdaderamente desarrollada es la manera en que interactúan los puntos del tejido social e institucional (siendo este último un reflejo del primero). No sé cómo será en otros países, pero en España el tejido está diseñado para que los puntos sueltos de ese tipo no se noten. Ahora que lo pienso podría hablar inclusive de un tejido paralelo, como una trama fantasma, ideal para disimular las arrugas y flaccideces de un sistema que en lo moral hace aguas por los cuatro costados. Tanto es así, que si no fuera por los autóctonos realmente conscientes y preocupados por este tipo de situaciones, gente comprometida a través de las ONG y formaciones similares, ciertos intelectuales y mucha asociación y fundación privada trabajando a pulmón para que las cosas relatadas más arriba no sucedan, o acaso, para aliviar sus consecuencias, España y el llamado primer mundo dejarían de merecer el derecho a ser consideradas comunidades humanas.

Siento ser tan específica, pero es lo que he visto y también es lo que -en parte- he vivido.
Por esto, entre otras cosas, dejó de interesarme Europa. Me interesó en su momento, cuando creía que quizá allí se impartiera mejor la justicia y que la llamada democracia podía ser algo más que un membrete. Pero viendo que hasta hace poco muchos votantes no acababan de meterse en la cabeza su responsabilidad en el constructo -tan empeñados estaban en echarle la culpa al gobierno, como si éste fuera de facto y ellos no hubieran tenido nada que ver en su elección-, y viendo tanta gente encaprichada en mantener sus parcelas intactas aunque afuera se les desangrara el vecino, lo siento pero decidí pasar. Mismo perro, distinto collar, la farsa está a años luz de la nuestra: es mucho más sutil, muy bien estructurada y mejor controlada, y por tanto rematadamente más perversa.

Además, ¿por qué iba a quedarme en un país donde otros decidían por mí las leyes que regirían mi destino? Hablo como ex inmigrante. Por suerte, ex.

14/1/13

La víctima feliz


Post escrito en 2007, desde Madrid, y nunca publicado hasta hoy.

Recuerdo bien mi cuarto o quinto paseo como víctima feliz por una gran superfície (un mall a la europea) si es que lo era. Puede que fuese el H&M de Madonna o el Zara, no estoy segura. Estaba eligiendo un jersey -una monada de ésas completamente inútiles que dan la impresión de abrigar, pero que sólo adornan- cuando me entró la náusea. Náusea con vahído, y la sacudida de la desrealización. Nunca había experimentado algo así, y me asusté.

Pero hablemos de la víctima feliz. Contradictoria definición, ¿verdad?, una víctima feliz...

Al hablar con la gente llama la atención que se haga tanto hincapié en la posesión de una hipoteca. Hasta hace un tiempo -no más tres años- tener una hipoteca era señal de prosperidad a largo plazo. Señal de solvencia, de un trabajo estable, de fiabilidad, y por supuesto, de obtención de créditos. La hipoteca era un bien -vaya paradoja- del que uno podía jactarse con un tono entre afectado y quejica en la cena con los amigos. También con orgullo: Mi hijo está muy bien colocado, ahora se ha sacado una hipoteca no sé dónde; a lo que podía sumarse la coletilla de rigor, justificatoria de desidias o escaceses: Lo siento... ¡yo tengo una hipoteca!

Y todo el mundo comprendía.

Con el tiempo, el tono entre afectado y quejica se ha ido modificando. Hoy nos hemos quedado en quejicas, cuando no en apesadumbrados poseedores de una ilusión que podría ser nuestra dentro de 30 años. Nótese la cursiva: he dicho que podría ser, no que será. Sin embargo, hasta hace unos días ya era nuestra. ¿Qué ha pasado?

Pues que cayó el ladrillo. Y con la caída del ladrillo llegaron las caras largas, los síndromes por ansiedades varias, las súbitas depresiones, el paro, las peleas domésticas con cachetazo y arrojamiento por ventana desde mano autóctona o foránea; el cambio de escuela de los niños, la unificación de los créditos, las colas en el INEM, los codazos en el metro, las traiciones en el curro -¿quieres conservar tu empleo?: dí que ha sido él-; y por supuesto los embargos, con el atolondramiento de la víctima y su consiguiente embrutecimiento moral, cuando no con el suicidio y otras lacras razonables. Los medios se envalentonaron y dieron luz verde a la difusión de La Crisis, mientras, paralelamente en Internet, se daba luz verde a la teoría de la conspiranoia, redoblando con su sombra retorcida el poder de los medios oficiales.

Paralelamente, se pusieron de moda ciertas leyendas urbanas circulantes por Internet. Empezó a hablarse de los anunnakis (chitauris, en su versión zulú). De los Illuminati, los grises, los hombres-lagartija, los elohím... Ellos eran los culpables del 11-S, del 11-M, del FMI, del niño amenazado por un buitre en África, de Bin Laden, del Nuevo Orden Mundial, de la basurita que le entró en el ojo al nigeriano que trabaja para el cacique de mi pueblo, de IKEA, de las sectas, del paro, de los chinos, del Club Bilderberg, y por supuesto: de la caída del ladrillo. Aquí hay una mano negra, señores. Como decíamos en mi barrio: Aquí hay una mano peluda. La culpa siempre es de otro.

He de añadir, con una mezcla de socorronería y decepción, que a mí no me convence la teoría chitauri. Que tampoco me convence el Club Bilbergerg como causa y razón de todos los males de la humanidad y la caída del ladrillo. Creo, en cambio -por tradición místico-pampeana- en la teoría de la mano peluda, es decir: en el homo sapiens como único causante de todas estos desastres movido por la usura como única razón.

Resulta difícil saber cómo empezó todo. En caso de que se trate de otro ciclo similar a los anteriores, por mucha historiografía que se haga seguirá siendo difícil de probar, ya que el régimen -o como queramos llamarle a esto- se ha asegurado bien de borrar las huellas digitales de la memoria. No hablaremos del miedo a la muerte y del enorme poder del amor frente al miedo, que eso ya lo sabemos y además se escriben tropecientos libros a diario sobre el tema (libros que luego se publican en tapa dura haciendo que se forren tanto editoriales como escribidores, repetidores y presuntos investigadores). Ni de hacer la vida más sostenible plantando espárragos no transgénicos en un balcón de metro y medio por dos, a diez del suelo y a otros diez del smog...

ni de tantas cosas.

No. Hablaremos sobre la victima feliz. Sobre el criador de hipotecas. Sobre el hombre y la mujer de la calle embarcados en la gran desventura de tener que pagar su hipoteca cada mes, para muchos algo tanto más difícil que conseguir la Medalla Fields sin volverse locos, como Grigori Perelman.

La víctima feliz -el hipotecado- ha descubierto que ya no se puede ser feliz con una hipoteca. Ha descubierto que él, creyéndose poseedor, ha sido en realidad el poseído. El hijo que estaba bien colocado está ahora en paro, ha vuelto a casa -la residencia familiar, igualmente hipotecada-, y ya no tiene mucho caso anteponer la hipoteca como causa y razón de todas las cosas a fin de justificar desidias y escaceses. La víctima feliz ha descubierto que su hipoteca no le da garantía de fiabilidad y solvencia. Gracias a La Crisis, el euribor y los tipos de interés de tal y cual, ha descubierto su verdadera realidad. Una realidad que le cae sobre la nuca como un tropel de ladrillos. Esa realidad que rompe con las medianeras e invita a entrar, a compartir, y si fuera necesario, a invadir. A abrir y abrir-se a la otredad, porque no habiendo ya medianeras, difícil es que haya propiedad, y si no hay propiedad, se disuelve la sagrada religión del espacio individual. Si al principio la propiedad garantizaba la individualidad, es evidente que su pérdida garantizará la necesidad -si no ponemos en buenos- de compartir.

Como veis, La Crisis es lo mejor que nos ha podido pasar.

Es negro sobre blanco: necesitamos rubricar a través de los hechos todas las teorías escritas. Hemos de revisarlas a todas. Hemos de analizar si las alternativas que se proponen no son más que una variante florida a las que ya hay. Hemos llegado a un punto crítico, el punto en que estallan las revoluciones y se catapultan los cambios sociales. La sensación advertida por muchos, es la de estar al borde del peñasco y arrinconados contra el abismo. Hay quienes ven la otra orilla y hay quienes sólo ven el abismo. Punto 1: la otra orilla no es una religión, ni un Dios, ni un salvador, sean de la naturaleza que sean. Punto 2: el abismo es una prueba tanto para el que teme caer como para el que podría evitar su caída.

La primera reacción ante el desastre que puede suponer un embargo, no será la de echar mano a la saludable creatividad que tanto se ventila en libros e informes cuando ocurren estas cosas. Será el pánico. Y la rabia. Aquí la desesperación campa a sus anchas, y no hay discurso que valga. Cualquier intento de consuelo le provocará al afectado el deseo criminal de meter la cabeza del iluminado en una licuadora. Que le digan lo siento, hará que quiera renunciar al abecedario. Cualquier alusión a la idea de gran oportunidad que hay detrás de toda crisis -incluída la del karma merecido- le sonará a impostura. Y en semejante momento, lo es.

El discurso facilista de la neo-espiritualidad de cotillón se pasa por alto el único factor útil en estos casos. Así pues, ni religión, ni Dios, ni salvador, y nada más allá de lo que la víctima pueda hacer por si misma o dejar que otros hagan por ella.

Sólo empatía.

Algo así como: No voy a decirte que lo siento porque no tengo idea de cómo será estar en tus talones. No voy a darte fórmulas porque te sonará prepotente, y además podrías pensar que lo hago para superar mi propio pánico, lo cual es verdad. Sin embargo, has de saber que estoy aquí y que cuentas conmigo.

He aquí a la víctima feliz: burlada por el gobierno, burlada por los bancos, burlada por el casino internacional de la bolsa de valores, en definitiva: burlada. Y lo que es peor: burlada por su propia ingenuidad; básicamente, por haberse creído que toda esta prosperidad duraría eternamente.

Cuando el problema ha logrado trepanar la coraza del statu-quo, poco importa ya el color de las macetas o discutir la conveniencia de tal o cual seguro para el coche, sino sólo pensar quién será el amigo o familiar que le dejerá un trastero donde meter, si no a él y a su familia, por lo menos su historia. Con el pánico y la rabia surgirá también el claro distingo entre la necesidad y la ilusión. Y la intransferible certeza de haber cedido a una turbia farsa donde se suponía que los hilos estaban muy bien atados, y el futuro se aseguraba a veinte o treinta años, con los bancos por respaldo. El delirio de la desconexión voluntaria rubricado por el slogan de una transnacional de juguetes para adultos, le hará quemar su puta pantalla de 50 pulgadas: Bienvenido a la república independiente de tu casa.

En alguna parte de si misma, es posible que la víctima feliz experiemente una extravagante forma de libertad que no comprenda y que por su magnitud le asfixie. Necesitará mucho tiempo para comprender cuál es la naturaleza de esa libertad, y por qué en ocasiones se siente incomprensiblemente lúcida, o aplastada bajo una densa niebla. Necesitará meses, quizá años, para comprender -y aceptar- que nunca ha sido una víctima feliz sino el ejecutor de su propio constructo.

Hace poco más de un año tuve que dejar un trabajo por razones de salud. No me lo sugirió el médico, sino un amigo. Para mí, en ese momento, dejar ese trabajo significaba poco menos que saltar al abismo. El miedo a quedarme en la ruina era tal que lo sentía en todo el cuerpo: palpitaciones al despertar, sudoración, temblores, náuseas... toda una batería de síntomas que el médico decidió pasar por alto (1). Pero lo dejé. Cómo hemos logrado sobrevivir, prácticamente sin trabajo -y ojo, sin cobrar el famoso paro- durante todo este tiempo y sin haber perdido ni la dignidad ni el entusiasmo creativo, sigue siendo un misterio y una especie de milagro de los que no hablaré hoy, y que prefiero dejar librado a la imaginación de santos y ateos. Entre otras cosas, me llegó un dinero que no esperaba y me libré rápidamente de gastos innecesarios, supongo que eso ayudó bastante. También me libré, entre otras cosas, de dos cuentas bancarias que no usaba y descubrí que se puede vivir perfectamente sin una cuenta. El secreto también lo dejo librado a vuestra imaginación: si tanto hemos evolucionado sobre este planeta como para colonizarlo a pleno y desarrollar una tecnología prolongativa que ya empieza a limitarnos, no nos faltará imaginación como para vivir sin una cuenta bancaria. Si quereis os dejo una foto de mi casa para que podais apreciar que no vivo como una mujer de Atapuerca, sino que gozo de un modesto confort, justo el necesario como para decir que estoy a la altura del más dolido de mis vecinos hipotecados.

Yo creo en el cash de toda la vida. En la moneda metálica, la que me gano a diario. Y en el trueque. No creo en el crédito: una vez lo hice y por un retraso en el pago de una cuota, Caja Madrid me obligó a pagar la totalidad de una Visa, para la cual tuve que trabajar horas extras durante tres meses sin abogado que me defendiera. Conozco gente en similares condiciones, y no estoy dispuesta a repetir. Ahora ya me he cansado de este pueblo y de esta casa y pienso cambiar de aires (y quizá de país). Cuando conseguí la que tengo no tenía ni aval ni nómina, y el asunto se resolvió en diez minutos por mediación de un amigo; no veo razón para que eso no se vuelva a repetir. No tengo coche ni sé conducir. No pienso pagar miles de euros para sacarme el carnet: no estoy dispuesta a contribuir en ese negocio, que es al fin de cuentas el negocio del petróleo. Tampoco pienso volver a trabajar para gente explotadora y sinvergüenza que paga calderilla a cambio de horas de vida.

No. Se acabó. No quiero volver a ser nunca más una víctima feliz.

Escucho objeciones:

pero si no tienes coche no podrás...

pero si no tienes una nómina no podrás...

pero si no puedes pedir un crédito no podrás...

Y no, fíjate. Estoy limitada. He aprendido a convivir con mis limitaciones, que en ciertos aspectos me hacen un poco más libre. Acepto mi statu-quo dolorosamente consciente, a veces, de que me gustaría estar menos limitada, y que si no he podido ir más allá ha sido en parte mi responsabilidad, y en parte la de un sistema empeñado en adiestrar no a cualquier precio, sino al más bajo y en lo posible, gratis.

Visto lo visto, el proceso de transformación de un humano saludable en una víctima feliz es de acción rápida. Si pensamos en la alimentación, tenemos la mitad del trabajo hecho en menos de diez años (MONSANTO). Cuando yo llegué aquí ya estaba en marcha; en Argentina recién empezaba. Cuestión de tiempo. Faltaba aún la infraestructura del consumo. Aunque tampoco haría falta: mientras unos eran adiestrados en la saciedad, otros lo fueron en la escacez. El adiestramiento actúa sobre las fisuras del ser, generando frustración. Sabemos que sin frustración no hay consumo, y que sin consumo no hay ilusión. Era preciso cultivar la ilusión de un (primer) mundo feliz.

Cuando fue el hundimiento de Argentina en 2001 hubo quienes me preguntaban cómo mi gobierno permitía semejante cosa. Se me ha quedado grabado como un despropósito. Mientras unos compraban a plazos porciones de la tierra prometida, otros se mataban en ella por un trozo de pan. Pero la historia de los pueblos es cíclica, así que prefiero no pronunciarme en cuanto a lo que podría ser el futuro aquí, porque antes de que caiga, seguro que ya me habré tomado el avión (2).


(1) Si bien el sistema de salud español es todavía gratis tanto para nacionales como extranjeros, también es verdad que los médicos se muestran más que reticentes a la hora de dar al inmigrante una baja por enfermedad. Yo soy inmigrante, y desafío a cualquier español en idénticas condiciones de enfermedad a comprobar que en su caso, le darían la baja. El sistema está tan bien montado, su perversidad es tan refinada, que no me dí cuenta de ello hasta pasados unos años. No hay, que yo sepa, organizaciones ni grupos que denuncien esta realidad. Evidentemente, no conviene.

(2) Y en efecto, me lo tomé el 28 de noviembre de 2011. Hoy puedo decir que vivo en Argentina, y que Argentina vive.

El puerto

El puerto de Mar del Plata tiene el encanto de lo decadente. Naranja y apático, al puerto se baja por la perla de una lágrima. Es pequeño, una lengua exigua de mar, un charco ceboso sin horizonte a la vista, mi capitán.

Me fumo un cigarro sentada en el muelle, viendo cómo un viejo lobo le comenta a su amigo el alza de los precios… viste, boludo, sentado en la proa sobre el gran nudo de amarre. Y pasa un pato, quizá una gaviota empetrolada. El animal aterriza en el charol verde oscuro del agua y algo debe pillar, porque come. Mi objetivo es dejar que transcurra. Darme un paseo por ahí.

Toda mi infancia, hasta en mis sueños, estuvo marcada por ese puerto. Tengo el vago recuerdo de una niña cayendo al agua en una cesta de pesca… ¿sería yo? Mi madre no recuerda el supuesto, yo sí. Siempre don Conrado, reza el nombre de pila de una honorable barcaza naranja chillón. Lo anónimo se hace mítico, Hemingway estaría encantado. Siempre don… quien sea, hay un código entre los pescadores, un respeto fundacional. Mi respeto se hace punta de agua que baja por la perla y que no es la perla del Atlántico, no; sino una suerte de emoción inintencionada. La perla del Atlántico comienza al otro lado del puerto, pasando la Base Naval, con la mar ya limpia y tan parecida a la Costa Azul que da escalofríos.
Pero aquí no, aquí es el puerto.

Hubo un tiempo en que pensé que nunca saldría de ese puerto. Hubo otro en que pensé que nunca regresaría. Hubo puertos por doquier, sin embargo los puertos de mis sueños siempre son herrumbrosos, y tienen la estremecedora aspereza de una tripa que exuda, una vía de transformación y creación. Lo contrario, el aferrarse desaforadamente a los deshechos -sean de la naturaleza que sean- me ahuyenta como los cementerios. El puerto no suelta lo que contiene, siempre me he preguntado qué habrá bajo la chapa viscosa de ese lecho. ¿Podría, como Cristo, caminar sobre el agua sin hundirme? Es el origen de su misterio y, quizá, de su melancolía. También de su zen. Es la sensación casi epidérmica de la Argentina inamovible, de lo falsamente irreparable, de la fermentación en estado vivo, de la gangrena endémica que aún prospera, al parecer… a pesar de los cantos de sirena.

He vsto otros puertos… unos cuantos, pero el puerto de Mar del Plata es mi puerto primordial. Mi líquido jardín primitivo -siempre arrasado- es la metáfora de la incertidumbre que representa para mí esta tierra, y su asfixiante desolación.

Años fuera del puerto. De mi modesto puerto. Del puerto herrumbroso que soñé antes de salirme. Y de crecer. Del puerto bello, breve y sucio en su lontananza extraña, cercada por espaldas de barcos que crujen. Oscuras quillas que se hunden en la charca envenenada y beatífica donde comen patos o gaviotas. Hay que mirarlas. Hay que pasarse por ahí alguna vez y ver cómo se hacen a la mar todos, barcos, hombres, gaviotas y sirenas. Vale la pena.


3/1/13

La araña frágil

La interactividad es un concepto nuevo que no existía antes de la era Internet. El hiperespacio es multidimensional.
De esta coyuntura surgen términos como blogonovela o ciberpoesía, y empiezan a salir a la calle libros en papel de escritores que antes estaban en Internet.
A la vez, se retorna al incunable: gente creando libros-objeto que se venden en galerías de arte: que es lo que son los libros-objeto, piezas verdaderamente artesanales, códices del siglo XXI. Lectores entusiastas comentando una blogonovela, y no sólo eso: re-haciéndola en su propia exégesis.
Al abolirse la línea vertical que sitúa al Autor por encima del anónimo lector -no olvidemos que el escritor antes de autor ha tenido que ser lector, o cuanto menos, oidor-; ambos tienen la posibilidad de interactuar. A la pieza literaria en cuestión se le podrá añadir, además, un vídeo, un background o un repertorio de links. Al abolirse la verticalidad de las jerarquías, lo que cambia es el vínculo. La interactividad ofrece al lector la posibilidad de convertirse en participante activo de un objeto artístico, interactividad que en la dimensión del papel se le haría imposible. Lectores entrando diréctamente en la bitácora de un autor sin la criba previamente recortada, aderezada y cosmética de la crítica literaria al uso. Autores al desnudo, sin el apalancamiento o el respaldo de críticos y, por supuesto, editores. O sí. Autores conocidos y nuevos autores conviviendo en el espacio infinito, siempre caótico y por tanto siempre dinámico, creativo y re-creativo, de la red.
La red: autores escribiendo gratis por el mero placer de escribir ¡qué ingenuidad!, placer que tarde o temprano acabará convirtiéndose en necesidad. Una tarea solitaria, y no obstante compartible y comentable. Uno tiende a repetir lo que resulta placentero, y no puede haber literatura, o arte en general, sin que haya en alguna medida necesidad, ya que todo proyecto, sea individual o colectivo, se sustenta en ella. Pareciera que la condición del arte fuera la escacez, y no la saciedad. La escacez -en todo su espectro, me niego a que esta palabra se asocie únicamente a la idea de mercado- promueve la creatividad en todos los ámbitos de la existencia, y en lo que respecta al arte, es su total y absoluta gratuidad en el momento de la creación, lo que lo hace genuino. Siempre lo fue y siempre lo será, y la red resulta ser un importante caldo de cultivo. Ahora el autor puede beber de otras fuentes en simultaneidad, y tanto, que empieza a resultar inconcebible un autor sin conexión a Internet.
Sé que es discutible. Pero es una realidad que gente de la segunda y tercera década asume como en otro tiempo se asumía ir a una biblioteca o comprarse 14 libros juntos. Es una realidad que la red ha transformado nuestra capacidad de acceder a la información y que nuestro vínculo con el lenguaje empieza a cambiar.
¿Tendrán que cambiar los autores, y con ellos los géneros, y tendrán que actualizarse los editores? No es ni bueno ni malo: es lo que es.
¿Qué sería de nosotros hoy día si Bourroughs hubiera tenido a mano una PC a la hora de crear su cut-up? De ser así, ¿creen que a alguien se le ocurriría discutir que la literatura escrita en red es de peor calidad que la publicada en un libro?
¿Por qué, porque no pasa por la criba de unos críticos y sí, en cambio, por la de miles de lectores ávidos de una literatura de carne y hueso que puedan elegir ellos mismos?
¿Quién decide qué puede leerse y qué no? Y sobre todo, ¿con qué criterio, y de qué o quiénes depende ese criterio?
Si el problema es pecuniario, no pasa nada. Basta con cerrar la revista, el blog o la web y cobrar por su acceso. Hay escritores que lo hacen. Me parece perfectamente legítimo. Yo no pagaría por entrar en una página, pero hay quienes lo hacen, y está bien. Los lectores que le sigan -y serán sólo los lectores- pagarán por su acceso igual que cualquier hijo de vecino que quiera comprarse un libro. Leer en mi e-book, y en la cama, es un placer: pesa algo más que un libro, tiene luz propia y ni siquiera necesito volver las páginas. No me importaría almacenar toda una biblioteca en mi e-book. El libro es un objeto atractivo pero no es más que un medio, y aunque hace unos veinte años me hubiera resultado inconcebible leer un texto en una pantalla iluminada, esto pasó hace veinte años, y hoy no le encuentro la diferencia. Para mí los únicos libros irremplazables son los incunables y los códices. Ah, y los libros objeto.
Sin embargo, hay un problema a tener en cuenta, y es que Internet, dada su naturaleza virtual, es de por sí frágil. Si a ello le sumamos su juventud en conjunción con nuestra veterana estupidez como especie en materia de auto-depredación, o acaso -y esto no es ningún delirio- la eventualidad de un viento solar de gran magnitud que no pueda preveerse, no se descarta la posibilidad de que en algún momento vaya a colapsar. Y como muchas creaciones-proyecciones del sapiens, sus ventajas puedan convertirse en su propio cepo: esa naturaleza descentralizada y caótica de araña dionisíaca la hace frágil por su infinitud. No hay manera de controlar a la araña, y por muchas restricciones que se le pongan, hackers y crackers seguirán campando a sus anchas como avispas en su insondable tejido digital.
Hemos sido capaces de crear la más grande biblioteca de Alejandría jamás imaginada, y no porque contenga todo el saber erudito -que ése está de verdad, pero en las bibliotecas físicas- sino porque contiene toda la información, que no es lo mismo que el conocimiento. Si el saber erudito contiene las neuronas, Internet contiene los neurotransmisores. La red no sólo nos proporciona el espacio y el vínculo, sino que modifica la cognición. La expande. De ahí que un mismo objeto pueda ser observado de aquí a la China desde miles de millones de puntos de vista, lo cual hará posible que sea intervenido y por tanto modificado, reformulado, recontextualizado, reinterpretado y recreado, sometiendo al ámbito comunitario la figura hasta hace poco “exclusiva” del Autor. Hoy, el autor es múltiple, se hace inclusivo, y la obra se ha vuelto monumental: un cadáver exquisito elevado a Pi. Internet es lo más similar a una conciencia global unificada en constante expansión. La araña original ha muerto, ha crecido o quién sabe por dónde andará. Ha perdido el control de sus vástagos, que se reproducen a velocidad espasmódica, muriendo al instante en beneficio de su propia mutación.
De alguna manera, también Internet es un incunable.

27/8/12

Mar del Plata (II)



Era necesario entonces organizar una villa cuya inutilidad económica y dificultades de acceso la convirtieran en algo exclusivo.

Carlos Bozzi, Mar del Plata: ¿cien años de una ciudad sin futuro?



Una reminiscencia amable: el albor de una tarde de domingo, siendo ya Año Nuevo. En la mesa de la cocina todavia hay restos del festín. Mientras los hombres se acuestan a una siesta, mamá, la abuela y las tías comienzan a lavar los platos. Se hace todo muy sigilosamente, en un silencio casi reflexivo, como resignado, de final de fiesta. En el patio, la burbuja envolvente del sol invita a echarse una caminata por el barrio.

Cuatro de la tarde, hora de siesta. Mamá me toma de la mano, su piel huele a colonia y a pan de jabón. Mi abuela va despacio, tocándose el broche toledano que lleva en la solapa de la blusa, lado izquierdo. A mi derecha va un niño canijo sacando mandibula con un gesto perruno. En el trayecto ha improvisado un bastón con una rama de acacia, y pretende hacerse el hombre viejo. Vamos saltando las veredas, rehusando la calle todavía de tierra, con pistas de neumáticos en forma de zig-zag entre montañas de humus y charcos de agua de lluvia. Nos siguen los perros, y otros niños. Otras madres y otras abuelas y otros perros. El barrio empieza en la asfaltada y se acaba en el pinar.

Yo quiero ir al pinar. Me gusta el galpón donde venden fruta y verdura, no sé por qué. Es de chapa, con las paredes tapizadas de carteles arrancados y vueltos a pegar. Será que me gusta porque mamá me lleva de la mano y su piel huele a colonia y a pan de jabón y porque va cantando (mamá fue cantante, ella canta muy bien): Pasarán más de mil años, muchos más; yo no sé si tenga amor la eternidad… o porque en el fondo del galpón está el pinar. Mi primo va delante de todos, con su rama de acacia para hacerse el viejo. Es un niño raro.

La tarde del primer día del año de hace milenios ha vuelto involuntariamente, se me ha puesto delante de los pies como una culebra en técnicolor. Esto fue ayer, cuando andaba buscando barrios para hacer fotos y fotos para hacer barrios. Y ahí caí. Ahí me dí cuenta de que el cielo está muy alto en Mar del Plata, y esto es porque el sol alumbra de otra manera. En Madrid el sol alumbra tanto, que se cree que es fácil dar un salto hasta el cielo. En Mar del Plata no hay salto que valga, aquí el cielo nunca se alcanzará.

Exploramos la dermis, la pulpa urbana de lo que pudo ser Mar del Plata y nunca será. Mejor dicho la suburbana, que es donde se construyen las identidades y sus paradojas. Los barrios con sus chalecitos de medio pelo, las calles de tierra hoy ya asfaltadas, los galpones de fruta y verdura que hoy son losa, escuela o plazoleta. La Mar del Plata profunda que no sale en las postales, y ni siquiera en televisión. La Mar del Plata de mi reminiscencia amable, y la otra, no tan amable, de la barriada marginal. Esa Mar del Plata de los perros y los carromatos con un bidón de plástico para la venta, que como una Habana sin presentar, se esconde a los ojos del turista para que no vean que allí nunca se acabará la calle Florida, porque no puede acabarse algo que nunca se ha visto y no puede creerse en algo que nunca fue verdad.

El reloj de la Biblioteca de la ciudad, Leopoldo Marechal, sigue siendo el mismo que era hace veinticinco años. Un reloj que busqué de forma instintiva cuando ya iba siendo hora de irme y que encontré justamente encima de la pared, en el mismo lugar donde estaba hace veinticinco años. Las empleadas de la biblioteca siguen siendo las mismas, sólo que han enjevecido -como yo, como todo- y probablemente seguirán trabajando allí hasta que se jubilen. Los libros que dejé en sus estantes hace dos décadas siguen estando allí, en el mismo estante de hace veinte años, sólo que más viejos. Suerte que los archiveros han sido sustituidos por computadoras, que han agregado fluorescentes en las mesas de lectura, enchufes para las notebooks y que haya cuadros de artistas marplatenses en las paredes de la sala. El ambiente sigue siendo tan agradable y apacible como siempre.

Tengo la sensación de haberme materializado de repente dentro de un sueño que soñé en otro país en el siglo XXI, y que se ha vuelto real en 1986. Salvo por algún detalle, nada ha cambiado. Me siento casi como en casa, igual que me sentía hace veinticinco años. Como una estrella secundaria de Star Treck en el acelerador de partículas, o la chica que daba la bitácora de vuelo al capitán Kirk, dando de bruces en el banco de cemento donde me sentaba a fumar un cigarro, ojeando un apunte de Todorov. Y resulta que hoy, estando sentada allí mismo en similares circunstancias, he pensado que a lo mejor fue al revés, que quizá lo que haya sido un sueño sea ese otro país, el sueño de un país en el siglo XXI, algo que todavía no ha sucedido en Mar del Plata.

No resulta fácil atravesar la epidermis y ponerla en carne viva. Hacerlo puede resultar, como menos, incómodo. Puede que inclusive en algún punto vaya a sonar cruel. Para curarme en salud, recomiendo leer Mar del Plata: cien años de una ciudad sin futuro, interesante ensayo escrito por Carlos Bozzi en 1975, primer premio en el Concurso Municipal del Centenario, e inédito hasta 2005 por causa de la dictadura. En el prólogo se advierte que su publicación, llevada a cabo por la Subsecretaría de Cultura a cargo de Marcelo Marán, es un acto de reparación. Pero, ¿es sólo un acto de reparación? Cabe preguntarse si después de treinta años la ciudad haya cambiado tanto como para que Cien años… pueda pasar a la historia como registro de una realidad ya superada. O no.

Hubo antecedentes. Volviendo a 1986, quizá antes o después, en cualquier caso antes de la era internet, yo solía visitar mucho la Leopoldo Marechal, y recuerdo haber leído un libro que me fascinó: Mar del Plata, el ocio represivo, de Juan José Sebrelli. Si se escribió antes o después de la dictadura lo ignoro; lo que recuerdo es su certera disección de la Mar del Plata que está bien lejos de ser “la niña bonita de todos”, como la llama irónicamente Bozzi. Yo me crié en esa Mar del Plata. Yo nací y crecí en esa Mar del Plata. Como toda mi generación, yo respiré el aire opresivo de esa Mar del Plata sin encajes, y la vi declinar mientras crecía hacia los bordes, como la hierba brava o las melenas de los ochentones, sin control, y por puro descuido. También por necesidad.

La Feliz nace como espacio especulativo para el ocio de la oligarquía terrateniente de mediados del siglo XIX, y como punto estratégico de un ferrocarril inglés cuyo único objetivo será llevarse la materia prima a casa. La banca de Londres usará como gestores a los mismos de siempre, “altos dignatarios” y “próceres” cuyos nombres hoy adornan las calles de nuestra ciudad, extranjeros e hijos de extranjeros transplantados en el Sud por causa de la colonización. Cuando Bozzi define el destino parasitario de la ciudad, uno se pregunta quién parasitará a quién. Recordemos que en la simbiosis parasitaria se necesita también un huésped, y que su acción conjunta acaba, con el tiempo, por confundir los roles. ¿No es ésta la eterna historia de América del Sud?

Aunque la costumbre sea vivir del porteño, el autóctono no es porteño y tampoco es del interior. Es marplatense, lo cual lleva implícito el añadido de ¡Ay, qué suerte!, que mueve a todo foráneo hipnotizado por el mito de Mar del Plata como ciudad ideal, meca de la diversión y la bijou de plástico, oro falso que exhiben las vidrieras. En los años que llevo lejos de la ciudad, y a vista de pájaro, los cambios más llamativos son: que una vez al año hay un Festival Internacional de Cine, y que los pequeños propietarios que le vieron la veta a los alquileres de temporada, renuncian a ofrecer sus viviendas por los 24 meses que rije la normativa. Si hasta hace unos años Mar del Plata ya vivía de la especulación inmobiliaria, hoy no sólo la explota, sino que reduce, casi hasta la exclusión, toda posibilidad de residir en ella de otra manera que no sea pagando un dineral por una vivienda sin mantenimiento, en la casa de un familiar, o en un barrio de la periferia, donde los servicios básicos, como agua corriente, gas natural, cloacas y la seguriddad civil (hay muchos robos) escasean.

Primera salvedad: Argentina, el país del hágalo usted mismo 1. Ante la ausencia de oferta habitacional, las nuevas -y no tan nuevas- generaciones buscan alternatvas. Desafiando una idiosincrasia donde el hábito se impone al progreso, muchos se decantan por la bioconstrucción. Ya que Mar del Plata se ha extendido tanto, incordiando a una burguesía que no se hace cargo de su propia responsabilidad al respecto (¿pretendían que la ciudad se acabara en el Chauvín? Si no quieren villas de emergencia, señores, dejen de especular) resulta todo un puntazo la iniciativa de una arquitectura alterna. Así es, vuelven las casas de adobe. Las casas de botellas, las cabañas, los iglús. Aunque moleste a ciertos sectores, hay muchas cosas que deberían molestar más y siguen sucediendo porque en realidad convienen. A saber: si se salta la normativa vigente a la hora de cobrar el doble de precio por temporada a una familia que ha alquilado una vivienda por 24 meses, y todos lo encuentran normal, no veo qué puede tener de anormal construir una vivienda de adobe al lado de un chalet. Hablamos de un país inmenso en el que, al menos fuera de las zonas urbanas, no prima aún una legislación en materia de arquitectura uniforme. En Mar del Plata ya hay quienes saben aprovechar esta saludable ventaja. En Europa nos envidian.

Resulta paradógico que la villa germinal nacida como vía de escape a la oligarquía mitrista y rivadaviana, también de Alvear, sea hoy un hervidero de barrios periféricos, más llenos que nunca de ese “olor a inmigrante de la metrópoli (que) se volvía insoportable para ellos” (JJ Sebrelli, sic). Haciendo un ejercicio de comprensión, llevo meses preguntándome si existirá conciencia de que toda exclusión genera una fractura social cuyas consecuencias recaen no sólo en los excluídos, sino también en los excluyentes. Si a esto le añadimos que Mar del Plata es la ciudad con mayor índice de desocupación del país, el asunto se convierte en una bola de nieve. De ahí que Carlos Bozzi señale la necesidad de una política turística inteligente. ¿Qué tiene, pues, de feliz La Feliz?

Que yo recuerde, allá por los 70, y hacia el sur, Mar del Plata empezaba en avenida J.B Justo. Puedo decir que aunque haya nacido dentro de su jurisdicción, en realidad me crié afuera, en otra ciudad, aquella hasta donde no llega el EMTUR. Sé bien lo que es vivir en un barrio periférico hasta el que no llegan los servicios ni el transporte. Sé lo que es ser hija de un inmigrante. También sé lo que ser inmigrante. Con los años y los gobiernos, el barrio El Martillo se parceló, adquiriendo su propia idiosincrasia en microbarrios que se agenciaron nombre propio: El Progreso, San Martín, Martillo Chico, etc. Yo crecí en El Progreso, un barrio de inmigrantes tanto europeos como del interior. Éste empezó a crecer cuando se edificó la sociedad de fomento, de la cual mi padre fue secretario de gestiones. Con ella llegaron el asfalto, los transportes y se repoblaron los terrenos fiscales. Hoy día el barrio goza de todos los servicios, zona de comercio y tres líneas de autobus, y lleva ya varias décadas inserto en el marco real de la ciudad. Por supuesto, el pinar que tanto me gustaba ya no existe, y donde estaba el galpón de chapa ahora hay un chalet.

Con el correr de los años Mar del Plata siguió creciendo, urbanísticamente hablando, hacia límites insospechados. El adjetivo no es gratuito, si pensamos en un microcentro que no pasa de unas cuántas manzanas destinadas al consumo, y de una zona céntrica más bien residencial que está buena para dar un paseo, y poco más. Ésta es la Mar del Plata que podía preveerse; la otra, la de la periferia, la de los barrios desmelenados y grises, de los mono-blocks en cadena o las casuchas sin revoque y los terrenos baldíos, la de la pampa brava… ésa no resulta segura, enciende paranoias (a veces justificadas, a veces no) y siempre que se pueda, se hace lo posible por evitarla. E ignorarla.

Habrá quienes recuerden, como yo, aquel viejo slogan de uno de los dos canales públicos (que por lo visto siguen siendo dos): Desde Mar del Plata, capital turística del mundo, transmite canal 10, con un espacio musical de campanas y un parche publicitario que mostraba una vista nocturna de la costa, con su inefable sirenita. Desde mis cinco años hasta hoy, Mar del Plata lleva más de cuarenta pretendiendo ser la capital turística del mundo. Con la llegada del Dákar, las carreras de bicicletas por la famosa bici-senda con vistas al mar y el Festival Internacional de Cine, puede suponerse que si bien Mar del Plata está todavía lejos de ser capital de algo, al menos empieza a sonar su nombre más allá del Atlántico Sur. No creo en los cambios hasta que se admitan las limitaciones que puedan precipitarlo, y no es sino desde el reconocimiento de la verdad que puede construirse algo.

Así pues, se quiera o no se quiera, se sueñe o no con ello, y a pesar de su imponente osamenta calcada de las costas europeas, su ruido a todas horas y su ilusoria fiebre de consumo (consumo es cuando la oferta se disfruta, pero aquí consumir puede llegar a doler) Mar del Plata no es una ciudad cosmopolita. No fue diseñada para ello, y dudo si sabría cómo llevarlo. Peor aún: dudo que el turista extranjero -extranjero de verdad, no el porteño, el salteño o el cordobés- estuviera dispuesto a pagar por un café en un paseo peatonal asfixiante lo mismo que, por ejemplo, en Ibiza, teniendo la oportunidad de visitar costas mucho más limpias, de mejor clima y con servicios de mejor calidad que los nuestros. Basta con visitar cualquier hotelucho de la Terminal -con tres estrellas por membrete- para comprobarlo. Se habla de 30.000 plazas hoteleras, pero ¿cuántas de ellas están preparadas para recibir turismo internacional? Esa política turística inteligente debería empezar por la sencilla ecuación de que no es subiendo los precios como se compite, sino al revés. En este aspecto, Mar del Plata es el epítome de la filosfía argentina del pan para hoy, hambre para mañana.

Segunda salvedad: Argentina, el país del hágalo usted mismo 2. Ante semejante panorama, al autóctono harto y más que harto del mito de la ciudad balnearia con ínfulas de bataclana, proyecta y monta, o simplemente proyecta, su propio centro cultural. Para encontrarlos hay que arañar en la dermis, ir a conciertos, al teatro, exhibir la tendencia criolla al transnocheo en el café literario, en el pub o en el quincho de un amigo, preguntar, escarbar. Me contaban hoy de un centro cultural alternativo cerca del basurero municipal, en un lugar idílico muy al sur de la ciudad. Allí un señor donó sus tierras para la construcción de un centro cultural alternativo en el que no se descarta la construcción de viviendas bio. También al sur, en un barrio barrio bien cerca de El Progreso, hace poco se fundó el Museo Patafísico. La Estación Permacultural funciona en plena ciudad desde hace un tiempo. Allí se dan clases de bioconstrucción, se ofrecen talleres y se dan conferencias de permacultura. El etcétera está todavia por explorarse. Esa Mar del Plata sumergida y emergente que no sale en los diarios surge de la iniciativa barrial y a menudo desinteresada de personas conscientes de que Mar del Plata ni se acaba la calle Florida, ni se termina Biarritz.

El heterónimo La Feliz ha funcionado durante décadas como factor condicionante. Hablamos de una represión feliz, que es la peor y más eficaz de las represiones. Ahora que lo pienso, quizá no sea casual que esté leyendo Un Mundo feliz (cuyo título en inglés es Salvaje nuevo mundo, aunque la traducción latina haya preferido la versión somática de ese extremo mundo narrado por Huxley). Ya en los 70, Mar del Plata llegó a inspirar canciones emblema del pacaterismo pseudo-hippie, como Las olas y el viento (y el frío del mar, sucundún sucundún) de Donald, slogans publicitarios que vinculaban una caja de alfajores con los romances de verano, y comedias misóginas como La carpa del amor. Mientras Palito Ortega venía preparando el terreno ideológico con su himno a la felicidad, y eufóricas, algunas adolescentes daban saltos en sus sandalias de corcho cuando alguien ponía un disco del tucumano, yo no comprendía por qué todo se me antojaba tan aburrido, tan decadente y tan gris.

Y ahora, por fin, he de confesar algo. Si bien desde el principio pensé en lanzar sobre Mar del Plata una de ésas críticas despiadadas que tanto me gustan, veo que no lo he conseguido. Podría ir a más, pero llevo horas escribiendo y ya está bien. Para que conste que la quiero por lo menos un poco, diré que la primera vez que vi su silueta después de trece años, en todo su esplendor desde la ruta 11 y bajo un sol de noviembre, me eché a llorar. En el autoestéreo de un coche que no es mío sonaba una song pacata pero preciosa, de los 80 (ya saben que el sueño de otro país fue en el siglo XXI) y me asaltaron unos sentimientos contradictorios que, como todo lo que tiene que ver con la historia personal de cualquiera, no pueden explicarse, y aunque se pudieran, no se me ocurriría hacerlo por aquí. Porque Mar del Plata, además de lo ya dicho, es ante todo eso: la ciudad donde nací, y un sino temporal aunque eterno de ese siglo XXI de un país donde el futuro, como diría Janis Joplin, nunca llega a suceder del todo.

De vez en cuando, una vez al año y en Navidad, un niño que vive en el centro agarra una rama de acacia y se pone a saltar las veredas de algún barrio nuevo.

Para Claudio Orozco, In memoriam

8/4/12

Séptimo cielo (o delirio subterráneo)


… y Dios creó el séptimo cielo, diciendo: “dejad que entren todos”. E hizo que fuese vigilado por la puta y el avión.

Patti Smith



El apóstol Armstrong miraba la Tierra desde su puerto lunar y soltó un versículo memorable: “¡Vaya! ¡Tan grande que parece desde adentro y desde aquí no es más que una canica!”.

En La guerra del fuego, de Jean-Jaqces Annaud, unos neandertales son atacados por una tribu hostil. Mientras huyen, el chamán pierde el fuego y la pequeña comunidad se ve obligada a enviar un comando de hombres jóvenes en busca de ese bien precioso que han heredado, y que no saben cómo producir. Durante su periplo en una tierra que desconocen, nuestros héroes están a punto de palmarla en varias ocasiones. Pasan hambre, miedo y soledad, se enfrentan a bestias salvajes, son capturados por enemigos, consiguen escapar y uno de ellos -el más apto- tiene tiempo incluso para enamorarse. Aunque en la película el fuego llega con el amor -en una analogía maravillosa será su amante sapiens quien le enseñe a hacer tanto una cosa como la otra-, no es éste el detalle que interesa, sino el carácter de viaje iniciático que tiene la búsqueda, y su consecuencia en la construcción de una nueva identidad. Tuvieron que salir de la caverna, sufrir un poco, enfrentarse a lo desconocido, y mezclarse con individuos diferentes a ellos para descubrir que el fuego no era una entidad increable, sino que podía fabricarse. ¿Qué hubiera sido de ellos si en vez de buscar nuevas fronteras hubiesen preferido quedarse en la caverna?

Me fui lejos, muy, muy lejos. Mucho más lejos de lo que todos puedan suponer. Mucho más lejos de lo que yo misma podía suponer. Y sólo ahora que estoy de vuelta comprendo lo lejos que está el sur. Para mí éste no es ningún viaje final, la Argentina no es un destino definitivo. Y siempre lo será, esté donde esté. La Argentina será siempre mi canica predilecta, pero me la tomo como lo que es: una canica, una más entre tantas. O sea, la única. Yo no dispongo. Si tuviera que tomarme un avión mañana mismo, me iría persuadida de que no es el mejor país del mundo, sino solamente otro. Y el único. Esto, además de mi puerto, mi cuarto, mi bulo y mi demencia. El chip de la idealización facilona se me quemó el día en que aterricé en Ezeiza. No es mi idea atrincherarme en una casita hasta que me llegue la muerte, porque habiéndome ido tan pero tan lejos -casi como Armstrong- intuyo que no estoy en condiciones ni de atajarme ni de suponer. Esto me da paz.

¿Por qué te volviste?

Decime qué te gustaría oír, y yo te lo cuento. Quizá te gustará oír que fue porque en algún momento me agarré una mamúa y supe que tenía que volverme para levantar el país con vos. O porque me cansé de “tener que trabajar en cualquier cosa” (de lavacopas, por supuesto) echando a perder aquí una carrera promisoria como martillera o profesora de manualidades. O porque me harté de llevar cosido en la manga el estigma de sudaca. O porque me di cuenta, al fin, de que nunca se puede estar mejor que en el país de uno, y que después de los palos que creíste entender que me daban ya tengo claro que la Argentina es, nos guste o no, el mejor país del mundo, lejos (de todo, de eso no te quepa duda). También te gustaría oír que la Argentina es generosa, solidaria, y que está creciendo como un enano en la cima de un árbol de calabazas. Y ya que viene al caso, que España se hunde, se hunde irremediablemente, y que está muriente, así como estaba la Argentina cuando ese diez por ciento hizo las valijas y se fue con lo puesto, igual que lo hicieron nuestros abuelos. Así como estaba de moribunda y hasta arriba de basura con sus perros muertos en las cunetas, con todo su material vendido al extranjero, con su corralito metafísico calcado a las medianeras.

Pero siempre lo negarás.

Creo que fue el apóstol Collins quien vio las naves, o fue otro -no me acuerdo el nombre- el que después de verlas, se volvió reverendo. Como diría Maslow, tuvo una “experiencia cumbre”. La cosa le pintó por el lado de Dios. Más o menos como el neandertal de Annaud mientras veía a su chica hacer el fuego. Quién sabe si en ese mismo instante no debió haber perdido de vista la caverna pelada, y haya sido así como surgieron los bisontes. Todo es posible. Me gusta imaginar lo que debió pasarle por la cabeza al neandertal en ese momento, el segundo en que se mezcló realmente con ella y el fuego y se produjo el salto evolutivo, el inside. Quizá tras el asombro y la euforia del descubrimiento, ya amparado en la primera chispa tecnológica y con el correr del tiempo, al neandertal le haya caído alguna ficha. Lo supongo porque es lo que me pasó a mí cuando la vi desde lejos y pensé:

¡Pero bueno, tan grande que parece desde adentro y desde aquí no es más que una canica!

Podría hablar de las brújulas que se oxidaron, o se perdieron. De los relojes descartables que cuando se rompen, se tiran. De una guerra pintada sobre un lienzo interminable para la Gran Exposición de París. De gente educada en la creencia del pecado original robando libros por diversión, en la Gran Vía. Del pegaso que encontramos en un contenedor de basura, a las cuatro de la mañana, en el barrio de las Letras. De la diosa Atenea en la plaza de los búhos, estación Malasaña. De lo fácil que resulta comprar casi cualquier cosa hasta que te entren náuseas, sin que sepas por qué. Del jazz cantado por rumanos en La Mona Fundida, y los grasientos chiringuitos al final de la noche en las Vistillas. Del Va pensiero entrando en Alta Italia por Niza, la dolce vitta. De una plaza donde se puede almorzar con las palomas y una ciudad que a las diez de la noche queda bajo el agua. Al vaporetto se llega por los pasadizos que sólo conocen los hombres con sombrero. Las marionetas y las personas se miran con perplejidad a través de una vidriera en general sucia, y en el sitio donde hubo un baño, ahora hay una galería de arte. Podría hablar de las acequias que llevan a Roma, del ascensor fantasmal que se quemó en el incendio de Lisboa, de la elegancia fría, casi austríaca, del Piamonte. De San Père d’Artá y la mezquita sepulcral de Idris II. Del Montseny, los velos de las musulmanas en París y la luna llena, rota por una nube, en Vilanova I la Geltrú tomando Martini a veinte metros del mar. De los carozos de las aceitunas, que siempre van al suelo. De las tetas secándose al sol y de Andalucía mojándose a la sombra. Que nadie duerma, dijo Federico. Mientras escribo esto, cuatro gitanos se hacen unas pelas dando la espalda al séptimo cielo, sentados en una cornisa, y no se caen. Podría hablar de la noche más perfecta junto a una fogata, era agosto y comimos patatas asadas y vimos como todas las estrellas caían. De un digeridoo animando la fiesta alrededor del fuego, en Tarragona. Podría hablar del muro que derribaron en Berlín, o de la casa okupada por mujeres que llenaron de graffitis las paredes para dejar claro que hay vida, y niños, después de una guerra. De la constelación de Escorpio vista desde el Guadalquivir. De Orión en el Obredoiro. Del telar de Aranxa, en Taramundi. De lo triste que es el puerto de Génova, y de lo mucho que dura la ropa comprada en Milán. De los grilletes que todavía perduran en los muros del Escorial, y del alcázar de Segovia, donde todo el mundo sabe la cantidad de peldaños que lleva a la torre, pero nadie quiere asomarse a las mazmorras. Podría hablar de las cigüeñas que anidan en los campanarios y decir que allí la luz del cuarto de baño siempre está afuera, que birome se dice boli, que una caña es una cerveza y que no hace falta dar las gracias para to…

y aunque te lo dijera, y aunque te dijera esto y mucho, muchísimo más, no te habría dicho nada.

No te habría dicho nada. Podría pasarme noches enteras escribiendo enumeraciones de todo lo que vi. Podría contar docenas de anécdotas, describir colores, paisajes, encorsetar la Europa cutánea en una faja rioplatense de papel de diario y ballenitas de metal. Pero no te la puedo vestir así, porque no le haría justicia. 

Ella viene de España. Y de inmediato surge el automatismo, la mente hace click y se abre la ventana del concepto España. El concepto España con su consiguiente distorsión. España con su sino más bien choto. España sin Europa. España desembarcada en el Río de la Plata. España del pan negro. España del exilio. Surge la imaginería almodovariana del sofá de cuerina, las paredes empapeladas, el chamuyo escandaloso, la grasa en las mesadas... Lo dicho, podría seguir bocetando hasta que se me gasten los dedos. Pero nunca lograría aproximarme, ni tan siquiera lo más mínimo, a la España que conocí. Que nunca será la misma que la del primo “que se forró” poniendo una heladería en el Barrio Gótico, ni la misma que la del ecuatoriano ambicioso que trabajó día y noche para comprarse un piso en el extrarradio. Ni la misma que la del magrebí en el paro que hoy duerme a la vuelta del teatro La Latina. El punto más interesante del conocimiento no reside únicamente en las cosas que has visto, sino en las que nunca llegarás a ver. Es lo que diferencia al habitante verdadero del turista con pretensiones de habitante.

Ella viene de España, es sólo un decir.

Lo primero que se advierte es el aire. No digo algo obvio: el aire es diferente. Realmente distinto. Es otro hemisferio, otra manera de organizar el mundo, otra forma de dosificarla dentro de los espacios construidos. El aire tiene otro ritmo, otra textura, otro brío. Otro olor. La luz es distinta. Y resulta que esa sinergia entre aire y persona genera una energía diferente. Mi primera impresión al bajar del avión fue de aturdimiento. Comprendí que remontar la sacudida inicial iba a ser un desafío, pero me propuse vencerla. Fue como domar un caballo salvaje. Cuando lo conseguí, supe que ya estaba lista para volver.

Me fui lejos, muy, muy lejos. Mucho más lejos de lo que todos puedan suponer, mucho más lejos de lo que yo misma podía suponer. Porque me fui dentro de mí. Y eso, sea por la razón que sea, es algo que nunca me pasó aquí. Yo fui a buscar el fuego, y lo encontré. Esto lo notarán quienes sepan de qué hablo; los que esperen una exhibición de pirotecnia… podrían quedar decepcionados.

¿Y por qué no te quedaste?

Porque el sur se acaba en el mar, que es donde empieza todo. Porque en el sur se calientan tres pavas y se vuelca el agua en un fuentón de aluminio. Se abre un pan de jabón y se baña a la niña, a ver el ombligo. Porque cuando nacés en el sur es como si vivieras colgando de un ombligo, y esto tiene su bonanza: aunque haga frío, el sur es marginal, sobra espacio para habitarlo. Villa La Angostura, fin de milenio. El meteorito cayó justo en el patio de casa el día siguiente a la noche de Reyes: era el verano del 74, y esa mañana nos prohibieron mirar al cielo porque había un eclipse. Una tromba de agua se desplomó sobre la tierra, todavía recuerdo la montaña de granizo contra la puerta. Arañas grandes como trompos cometa. Con envergadura corporal de yoyós. Arroyo Las Brusquitas, ¿existen los see monkies? Y esa iglesia en forma de iglú construida sobre un manantial. Luca arrastraba su voz aginebrada; creo que voy a cortar los hilos que me tienen atado al cielo, decía, ginebraicamente; voy a dejar que se rompa el dique, no me preguntes por qué. Calle 27, una antes de Peralta Ramos, la presencia evocadora de un recuerdo del futuro: la muralla de piedra que impresiona a las niñas. La logia secreta del Martillo Chico. Banderas de la dignidad, muy usadas ya, en Plaza de Mayo. Para vivir aquí hay que saber abrir una brecha en la pared con el filo de una billetera. Un banquete en el taller de RAB hasta las seis, rodaba Greenaway. Y Charly me mostró todo el mar de primavera. Una noche sonó Wolfie, y los cielos y la tierra crearon a Dios. Esa puntita blanca que ves ahí, es el volcán Lanín. Verlo desde una cima no podía hacerme más insignificante. Buenos Aires, un pacto doméstico con la ciudad. En el séptimo cielo los jaguares despiertan con los maridos que se van al monte. Un amanecer en ruta a la altura de Tres Arroyos. Luego, la luz. Los girasoles en flor contra el mar y un mar contra el alba y el alba encendiendo la tierra. Hubiera sido una buena foto, pero él dormía. La imagen indeleble de un campo de hinojos al sol. Tardes viendo los teros en Sierra de los Padres. Una nube de marihuana en la Biblioteca Juventud Moderna, año 86: la voz de Hebe hablaba alto y claro, sueño cumplido. Toma terrestre de La Vía Láctea desde la Pampa, a dos días de Carnaval. Y rezo. La murga le da pan al pobre, y el que no salta es militar. El 24 de marzo siempre llueve finito. En la cima del Uritorco todo es tan blando que dan ganas de saltar. Una feliz caladura de agua hasta la médula de camino al cerro, ¿y dónde están los OVNIS? Las araucarias. Rodar por los médanos. El archimanoseado sentido de la vida. Ufff… Dios. Cruzar la ciudad a pie hasta la costa, y de la costa a cabo Corrientes, y de cabo Corrientes a Ganímedes. Tortas negras de manteca después de la lluvia, mirá lo rojo que se puso el cielo. Al don al don al don Pirulero cada cual cada cual atiende su juego. Me sentaba en la escollera a imaginar qué había al otro lado, y nada se parecía a lo imaginé. Una calle de tierra, una huerta, un nogal plagado de gorriones una tarde de octubre. Paseábamos por Recoleta, era de noche y era Plaza Francia, cera perfumada en candelabros de forja. Burbujas de colores con aceites de incienso en la feria. El Abasto, los conventillos, el hombre que se quedó congelado en una vereda de la calle Santa Fe. Dónde van, aquí están los barberos de San Juan. Sólo podían optar y ellos prefirieron creer que elegían. Árboles frutales, gallineros. La liturgia de la carne tierna con un viento a favor. Piden pan no les dan, piden queso les dan hueso. Este país puede ser un hueso. Mil huesos. Un millón de huesos. No puede construirse un país si nosotros nunca somos los otros.

Podría pasarme noches enteras escribiendo enumeraciones de todo lo que sos. Podría contar docenas de anécdotas, describir colores, paisajes, encorsetarte en un traje de chulapa con un mantón de Manila. Pero no te puedo vestir así, ni asá, porque te vista como te vista igual no te haría justicia…

Argentina!
Argentina!
Argentina!

(además, la noche más perfecta todavía no llegó).

Argentina... ¡bienvenida a mí!


12/3/12

Mar del Plata (I)


Tomé la costa de este Río de la Plata en la mano, unas veces a la vista de la costa, y otras metiendome cinco o seis leguas tierra adentro. Fui a dar a la costa del mar del norte, de sesenta leguas del puerto de Buenos Aires. (Juan de Garay, 1540)


Trato de imaginarme cómo debía ser la pradera antes de que se pusiera el primer ladrillo. Cuentan que la playa estaba llena de lobos marinos, y que los indios usaban el cuero para hacer alforjas y venderlas en Buenos Aires. Cuentan que el viento era fuerte, y que ya desde el primer momento se supo que la costa iba a dar bonanza.
Llegaron los jesuitas con su plan de ajuste ideológico. Aunque intentaron reducir a los indios, asegura el padre Cardiel que estos resultaron ser inconvertibles. Las tribus de pampas y serranos venían criando ganado nómade desde tiempos inmemoriales, antes de que llegaran los invasores. Cuando no se pudo reducir o esclavizar, hubo que negociar. Las reducciones jesuíticas fueron saqueadas, quemadas y finalmente expulsadas hacia 1751 por el llamado cacique Bravo.
La naturaleza es sabia, levantó un fortín para detener la embestida del océano. Una pradera altamente codiciable en forma de lomada, un jardín salvaje para desbrozar por los nativos. Nomás verla debieron imaginársela como yo me la imagino ahora: cabezas de ganado hasta el horizonte, miles de cabezas, leguas de cultivo. Las tierras del rey. La costa galana mencionada por Garay hacia 1519 se convertiría en territorio satélite del Virreinato, esas tierras misteriosas al sur del rio Salado, muy al sur del puerto de Santa María del Buen Ayre.
El Virreinato se acabó oficialmente en 1816. Antes de eso, los pioneros del Imperio en las Américas recibían de su majestad unos tributos llamados mercedes -básicamente, latifundios-, que al producirse la independencia pasaron a manos del estado, el cual decretó una llamada Ley de Enfiteusis. El entonces presidente Bernardino Rivadavia ofreció esas mercedes como garantía del empréstito negociado en Londres por la Barney Brothers, con la intención de atraer a los agricultores. La Sociedad Rural Argentina solicitó 367.000 hectáreas entre Balcarce y Quequén. Se las concedieron.
No hará falta aclarar que a estas alturas de la historia lo único que pudo reducirse fueron los lobos marinos.
Surgen las estancias y las chacras. Son tiempos de gaucho buscador del jornal y mano de obra a destajo, un siglo que se adivina a si mismo por la identidad de un capitalismo en ciernes. De lo grande a lo pequeño y de lo pequeño a lo grande, la pradera bañada por el océano comienza a fructificar. Juan Manuel de Rosas, el gran dictador de las pampas, ha ganado para siempre la hegemonía económica, cultural y política de la provincia de Buenos Aires sobre toda la República. Se hace necesario civilizar, domar, extirpar la sombra brava del indio, la mata genética que, aún dando la idea, igual no podía durar. Julio Argentino Roca hará el resto con su campaña de león del desierto sudamericano, limpiando de malones el país nuevo, de sur a norte y de norte a sur, donde se criarán generaciones de proscriptos por el amor desolador entre nativas y criollos a la intempérie.
La República es un caos, pero no es un caos. En realidad, la República está en auge, y la pradera bañada por el océano, promete. Se venden las estancias de los opositores al régimen, los Libres del Sud, que son compradas por inversores más sagaces como -para que se entienda- fondos buitre. Un tal Coelho de Meyrelles le ve la veta y decide, con el apoyo de Brasil y Portugal, invertir para la creación de un saladero en la costa satélite de los pioneros rioplatenses. Y así comienza la historia de Mar del Plata.


El saladero se funda hacia 1856. A la altura de Punta Iglesia, junto al mar, se instala la planta manufacturera. Se me ocurre una imagen insólita, un sueño turbador muy a la manera del pintor Bacon: vacas pasando en hilera, cabeza abajo, listas para ser desnucadas, degolladas y cuereadas. No puede ser un paisaje más contradictorio: mientras se oyen los mugidos, al otro lado del muro rompen las olas. La carne se deja en salmuera durante cuarenta o cincuenta días y luego se la embarca sin envasar con destino a Cuba y Brasil como alimento para esclavos. Con Europa no hay la misma suerte: en Inglaterra llega a publicarse un edicto de prohibición por causa de sus deficientes condiciones bromatológicas.
Pero no importa, porque el saladero proporciona trabajo a parias y criollos. En sus primeros tiempos la población de la ciudad germinal será una sumatoria de hombres solos procedentes de otros puntos de la República. Nace el poblado y el primer almacén de ramos generales, la pulpería, y quién sabe si no el primer prostíbulo. Cuentan que en pleno verano Meyrelles tenía la costumbre de vaciar su caja de habanos paseando por la costa en plena noche. Quizá el producto de sus meditaciones marítimas haya dado el filón para la ciudad balnearia que surgiría después. O fueran otras sus cavilaciones, tal vez la proyección de un puerto futuro, un hotel de lujo, o a lo mejor nada, y su recogimiento no pasara del mero impulso sentimental por ver la luna metiéndose en el mar. Nunca lo sabremos.
Lo que sí sabemos es que Patricio Peralta Ramos, importante latifundista porteño, no era nada sentimental y sí un visionario. Estando Meyrelles ya viejo y endeudado, le compra el saladero y pide al entonces intendente de la pequeña ciudad que se le permita llamarla Mar del Plata.
No podía haber sido más oportuno: con la llegada del ferrocarril en 1886, y siendo la villa balnearia más prometedora al sur del río Salado, era de esperarse que atrajera el interés turístico del rancio abolengo rioplatense. Pedro Luro, otro emprendedor, se hará cargo del saladero, la grasería, el molino y un nuevo muelle. En 1887 se funda el hotel Bristol, primer intento de abducción habitacional para la crème de la crème que no posee aún su residencia en el enclave original de la pradera. Y por supuesto una capilla, “para los allegados”. Los planos se piensan en Europa y se diseñan en la ya pujante república. Mucho más tarde, hacia 1928 y bajo la presidencia de Alvear, el país ostentará un aumento en la renta nacional de casi cien millones de pesos oro, todo un record para la época. Los ricachones pasan largas temporadas en el fortín donde la naturaleza atasca la embestida del océano, a distancia razonable de la planta manufacturera. A sus mesas de manteles traídos de Inglaterra la carne de res llega ya cocinada y aderezada, se evita en lo posible la sugestión de la sangre que produciría la visión del matadero. De la mañana a la tarde se visita el balneario: no se juntan mujeres y hombres en la playa, ni se permite mostrar partes del cuerpo. En sus mangrullos de lujo se juega al bridge, se habla de literatura, del can-can, del Pigalle, de los castillos del Loire y de la bolsa. Seis meses en la villa y otros seis junto al Río de la Plata. Así hasta el 29.
Quién te ha visto y quién te ve, con la caída de la Bolsa de Nueva York algún magnate se presentará en quiebra y muchas mansiones se entregarán en subasta. El hotel Bristol empieza a perder clientela, y finalmente sale a remate. Durante décadas irá pasando de mano en mano, hasta que decidan demolerlo y construir, contraviniendo las leyes de construcción, el actual Bristol Center, un edificio de treinta plantas, puntero de una larga serie de rascacielos. Corre el año 64 y Mar del Plata -La Feliz- es ya toda una señora ciudad. Hace mucho que los viejos hoteles de la bèlle epóque han sido adquiridos por gremios y sindicatos, tiene su paseo marítimo definitivo, un turismo accesible a todas las clases, un Casino Central, y es la capital marítima más importante de la república, con cuarenta kilómetros de costa y un puñado de torres de asbesto y metacrilato ahogando las casonas solariegas de su primer esplendor.
Final de la reseña biográfica.


Desde la pradera primigenia hasta La Feliz babilónica, resplandeciente y kitch de principios del siglo XXI, han pasado ya ciento cincuenta años. Las fotos ilustran parte de la fortaleza felicíaca, un segmento saludable, suntuoso, de su epidermis urbana. Del tentáculo suburbano ya se hablará en otra oportunidad; ahora cabe explorar su cutis, lo que se ve a simple vista, siendo, como es y será, una ciudad para el ocio, con una acotada oferta cultural y un microcentro contraído que no puede expandirse más porque no hay por dónde expandirlo. Porque es inútil, por muchas vueltas que se le dén, Mar del Plata, la bonita, ostenta tanto las cualidades como las limitaciones de una ciudad balnearia. En lo personal me llama la atención su ya endémico conflicto entre el conservadurismo provinciano y la necesidad de echar raíces en el aire. La especulación urbanística ha ido comiéndose poco a poco su arquitectura original para ceder espacio a moles de treinta pisos, muy rectangulares y muy grises, donde cada verano sus propietarios arrendan su cubículo a los turistas y se van bien lejos - aunque sea a una jaima- regresando a fines de marzo con todo el dinero en mano.
Todavía se conserva alguna casa solariega de ésas que animan mis fantasías cuando voy inspirada por el efluvio de los tilos. Se yerguen con elegancia, no sin austeridad, entre los chalets de piedra y jardín que constituyen la verdadera arquitectura urbana de la Mar del Plata donde me crié. Son casas que fueron construídas en los años 20, con una tendencia a buscar los espacios aéreos, la galería semi-cubierta, el soportal de madera enjaretada con vistas a los atardeceres de mateada en sillas de mimbre. Luego están las otras, las de piedra, altas moles cuadrangulares de enhiestas ventanucas con persiana amarilla y, por supuesto, ancho zaguán con primorosa lámpara. Se conservan también algunos ejemplares de estilo colonial -todas lo son, en realidad-, esa dialéctica arquitectónica tan americana entre la textura del adobe con el formato del caserón castellano. O los palacetes estilo normando, con sus torrecitas de pizarra todavia hoy tapizadas de hiedra o siemprevivas. Recuerdo el último castillito de mi infancia, allá por los 70, en la loma alta de Santa Cecilia. Era como un diminuto alcázar de Segovia. No lo he vuelto a ver.
Tengo que hacer un esfuerzo mental para integrar la torre de Villa Devoto con el edificio que está a sus espaldas. Ese edificio me molesta. No me permite apreciarla. No me permite amarla del todo. Ojalá fuera algo tan banal como el simple motivo estético. Ojalá fuera únicamente estético, y ojalá detrás de lo estético no hubiera nada más. Pero lo hay.


Durante la temporada muchos residentes prefieren irse de Mar del plata, volar bien lejos, a los barrios o a rincones más tranquilos del país; huir de su cultura kistch, pirarse de sus esquinas asfixiantes que huelen a gasoil y a Sapolán mezclado con sudor. Aunque bajando desde la Base Naval el paseo marítimo sea realmente espectacular, comparada con el Mediterráneo nuestra costa puede resultar decepcionante. La temperatura del agua no llega a ser tan fría como el Cantábrico, pero hay que tener mucho valor para meterse a principios de verano. Hay quienes atribuyen el color del océano a la suciedad, pero esto es cierto sólo en plena urbe: no hace mucho un biólogo marino me explicaba que el color parduzco se debe a la plataforma marítima, que es muy inestable, con arenas gruesas que no permiten el asentamiento. Asimismo, y por su condición de pradera, la plataforma continental contiene partículas de humus que llegan hasta el mar. No porque sí ya en el siglo XVI, Magallanes bautizaba a lo que es hoy Punta Mogotes como Cabo de Arenas Gordas.
Desconozco en qué época despunta el bataclanismo veraniego y la cultura de la vedette, aunque es de suponer que tendrá su relación con la costumbre vernácula de importar todo lo que venga de Francia, y la ausencia -tanto o más decepcionante que el color del mar- de protestas anti-sexistas. Mezcla de cabaret, teatro de varieté, grotesco italiano, picaresca prostibularia y music-hall, la revista porteña llega a La Feliz todos los años con los estrellones sexagenarios de siempre y sus cortesanas cubiertas de lentejuelas, cada cual más idéntica a la otra por obra y gracia del mismo cirujano, e idéntica marca y formato de la prótesis. Pero la revista tiene, como se diría en España, su puntillo, es única, y como toda insitución y toda perfecta imitación, permanece inalterable. Tanto que se ha vuelto marca de fábrica, y no pueda concebirse un verano sin revista. La Feliz no sería lo mismo sin sus vedettes, sus cola-less y sus precios en pugna con cualquier chiringuito de Niza.
Tampoco puede concebirse una Mar del Plata sin Casino. Éste se construyó hacia el año 38. Aunque no se trate únicamente de un Casino -son dos bloques edilicios que suman, además, un hotel, un teatro con sala de exposiciones y cine, una galería de arte, un piso de deportes y múltiples dependencias de la Provincia- no hay humano nacional o foráneo que al llegar a Mar del Plata no quiera conocer el Casino, su norte medular. Viene a ser nuestra Notre Dame, nuestra catedral di San Marco, nuestro Corcovado, nuestro bastión simbólico y tótem particular. Aunque debería ser un buen punto de referencia para quedar con alguien, no lo es. Más bien pareciera un holograma que un edificio real, algo que funciona como una muralla forzada, construída a propósito, una fortaleza de piedra sacando pecho al océano cuya única utilidad -más allá de lo obvio- podría ser, Dios no lo quiera, hacer frente a un tsunami de proporciones tailandesas.
Y no es tanto el diseño -yan a más no poder, dando la imprensión de infranqueable- como su abandono, lo que impresiona de los dos grandes bloques que constituyen la puerta de acceso a nuestra pequeña gran Babilonia. Si bien su arquitectura puede resultar atractiva, no deja de sorprender que lleve décadas sin mantenimiento… y que aún así se mantenga (está bien hecho, qué duda cabe). Lo contruyeron, evidentemente, para que durara ad aeternum, de tal forma que el color ocre de los ventanales sigue siendo el mismo que se utilizó para su inauguración, y hoy los funcionarios de ordenanza echan suertes apostando a ver hasta cuándo aguantarán sin caerse. Por lo que he visto su estado sigue siendo óptimo, y esto a pesar de que no ha cambiado nada en absoluto desde que me fui. Y eso que me fui y volví tres veces, pero el Casino sigue igual. Seguirá igual por los siglos de los siglos. Estoy segura de que no va a caerse nunca, de que nos salvará del tsunami, de que la ciudad y sus habitantes -unos setecientos mil, más o menos- podrían desaparecer, pero no el casino. El casino, nuestro casino, nos da garantía de existencia.
Hubo, en otro tiempo, una rambla de madera que se quemó. Su leyenda: Alfonsina Storni, la poest-isa suicida, se paseaba a su vera con un pañuelito de seda flotando en el adiós. Si fue verdad o no nunca lo sabremos, así son las leyendas. Antes de que se contruyera la definitiva, hubo cinco ramblas. Ya se sabía entonces que Mar del Plata sería la reina el Atlántico, se preveía su destino de principal centro turístico, ya sostenía su corona de granito. No sé, exactamente, cuándo se le puso el heterónimo -La Feliz-, aunque es más que probable que fuera hacia los años cuarenta, quizá antes, cuando las chicas llegaban del interior para casoriarse con un casinero, un constructor o un inmigrante italiano que trabajara en altura. Había que saber bailar el tango, la milonga, el swing. Ponerse de novia con un morocho canyengue parecido a Clark Gable y pasear por la rambla bien agarraditos. Eran los tiempos del club social, las polleras de organza, la murga callejera y el sueño del chalecito propio con piedra a la vista, que copió el estilo pintoresquista de las casas solariegas. Buenos tiempos. Tiempos de bonanza.
Quién sabe cuánto hará que los lobos marinos fueron confinados a una reserva junto a la escollera Sud, pero su recuerdo permanece inalterable en las dos moles de piedra esculpidas por Fioravanti, con algún graffiti por pelaje. Pandillas de pibes en gorrita hacen skype día y noche sin saber que a pocos metros de allí, hace muchos, muchos años, las vacas morían bien gordas.

Mar del Plata es marzo es bruma celeste y… ¡ al fin!, sosiego. (RAB, 1983)