11/3/13

Ni aunque te mate


Siempre te creiste la niña bonita. Ya de piba te gustaba que te miraran y andabas loca por los pibes más grandes, a los que provocabas dejándote crecer el pelo hasta la cola para echárselo en la cara cuando te vieran pasar. Ahí va la morocha, con su minifalda mítica. Trece años que parecían como quince. A los doce te encerraste en el baño frente al espejo que rompió tu papá cuando supo que tu mamá iba a dejarlo, y te probaste la ropa que ella nunca se llevó. Ajustaste todas sus polleras a la curva de tu cintura y las hiciste coser por la modista, que te cobró un ojo de la cara porque tenían que parecerse a los modelos de marca que venden en el centro. La plata se la robaste a tu papá y con gusto, que se joda por haberle pegado... Después te las pusiste para ir al colegio y empezaste a practicar el paso. Te matabas haciendo la gimnasia que sirve para sacar la cola, y como no tenías plata para las mancuernas, agarraste los libros de mate y comenzaste a entrenar en casa, viendo la tele boca abajo. El primer sueño crecía en proporción a tu cifosis.

Con el segundo meditaste que ibas a necesitar un dineral, entonces te pusiste a trabajar en el verano para comprarte unas lolas. No te importó que te explotaran por ser menor, vos tenías el sueño fijo de las lolas. Estabas dispuesta a trabajar todos los veranos con tal de conseguir tus tetas nuevas, ésas que cuando te ponés una musculosa quedan ligeramente juntitas -pero no del todo, las que se juntan mucho es porque caen, y si caen no son perfectas-; y dan acceso a otro tipo de vida, son un pasaporte al futuro. Unas tetas como ésas vienen con un pan bajo el brazo y un pelotudo con un auto importado. Pero los pelotudos duran poco, así que mejor pensar en la independencia que pueden dar unas tetas como ésas, que abren puertas, pagan birras, entran en barrios privados, compran viajes, sobornan patovicas… ganan castings. Las tetas le dieron un sentido a tu vida cuando no había nada más en que pensar. Eran más lindas que el espejo roto que tu papá nunca va a cambiar e iban a comprarte un baño como esos que se ven en Gran Hermano, y que nadie tiene en la vida real. Bueno, nadie que no tenga unas lolas nuevas, como vos.

La niña bonita. Un fideo, decían en casa, riendo, y vos te enderezabas y te ponías brava: cuando sea grande voy a ser vedette. Hiciste de cuenta que nunca hubo nariz de morrón, mentón demasiado largo y ojos demasiado chicos. Te compraste una buena pinza y suavizaste la curva violenta de tus cejas, hasta dejarlas como un hilito. Estabas tan convencida de que eras linda, linda desde siempre, linda para siempre, linda desde que te miraste por primera vez al espejo y te sonreíste y te adoraste y miraste a tu papá como diciéndole: ¿viste que linda que soy?, y él se quedó ahí parado con cara de mayordomo, adorándote y aborreciéndote al mismo tiempo… que acabaste convirtiendo tu extraña belleza en un arma de seducción. Había que ver los aires que te dabas delante de los pibes, y también con las pibas, porque te querías tan ferozmente que a nadie se le hubiera ocurrido la idea de que fueras fea… ¡si sabías contonearte desde que ibas al jardín!

Tu primera víctima fue una nena a la que le quitarle la hamaca de un empujón, y la segunda un párvulo incauto al que engatusaste para que te hamaque. Después de eso en tu casa se dieron cuenta de que la nena siempre hace lo que quiere, entonces te dejaban hacer, divertidos y abrumados. Acorralabas a tu papá para que te comprara cualquier cosa, en caso contrario te ponías a chillar dando patadas contra la guantera. Porque la nena es divina, no se le puede decir que no… la nena sabe muy lo que quiere. La nena es linda, qué linda que es la nena. En la escuela pasaba lo mismo, pero en segundo grado se te complicó -la maestra era una monja- y optaste por andar todo el día pisándole los talones con cara de cordera degollada, caminando en puntas de pie y las manitas delante del pecho, como un conejo. La monja acabó cediendo a tus extorsiones, agobiada, quizá, por la inconfesable repugnancia que le provocaste desde el principo por tu tendencia innata a la alcahuetería y la seducción. Viendo que funcionaba, seguiste.

Cuando te vino la menarca te pasaste al segundo piso, con "las grandes". Fue automático. Querías que te contaran los secretos, que te llevaran a comprarte bombachas de mujer, que te filtraran de contrabando en los boliches después de la previa. Les copiaste los gestos y el habla, y te aprendiste todo tan rápido que no dudaron en aceptarte entre ellas como un animalito amaestrado que las divertía y admiraba. Como una muñequita fea que promete ser linda si la arreglan, un juguete vanidoso. En cuestión de semanas tu aspecto se transformó. Te soltaste el pelo (que sólo recogías en la entrada del colegio, la media cola descuidada que exuda el aroma frutal del champú), te pusiste una mechas rojizas en la base de la nuca, te pintaste las pestañas y te tiraste semanas ensayando la mirada del bombón asesino frente al espejo del placard. Después te sacaste a la calle con el pelo nuevo y la nueva mirada y viendo que funcionaba con los pibes, y también con los viejos, te subiste al carro de las lolas nuevas. Ochenta es poco, te dijeron las chicas, y un fideo sin tetas como que no garpa… ¡hacéte unas! Así que te largaste. Dejaste de comer carne, si total… ¡para qué!, y tallarines porque engordan, y el chicle porque arruina los dientes y es de pendejos. Si una sueña con ser famosa tiene que cuidarse la dentadura. Por instinto sabías que tener buenos dientes y ser un fideo te iba a rendir. O quizá no haya sido por instinto, no… sino porque lo venías viendo en la tele desde que se fue tu mamá: me pongo un poco atrás, otro poco arriba y yastá, pensabas la noche en que él le pegó, haciendo pedazos el espejo del baño.

Y te agarraste a ese pensamiento con toda tu alma.

A los quince años te subiste al coche de uno de veintiseis que te llevó a brillar por Puerto Madero a cambio de tu virginidad. Igual lo hubieras hecho por nada: la idea era ahorrar tiempo, algo que no sabiendo por qué, vos ya sabías. También es probable que lo supieras desde antes de saber, y sólo después de haber averiguado que una piba fea puede ser linda a toda costa. Era lo único que siempre te importó: el sueño grandioso de abandonar la casa de Lugano y tener tu baño fashion, tu depto, tu cochecito paquete y tu lugar de vedette en la vidriera de los súper-héroes berreta de la televisión. Años sentada en un pupitre mordiendo la punta de una birome o tonteando con el último de la fila, lograste recibirte sin haber abierto un libro, porque siempre que te ponían una ecuación en la pizarra te dedicabas a calcular cuánto te faltaba para llegar a pagarte las lolas. Fue cuestión de suerte que te perdonaran las amonestaciones, los machetes y las bodas de mentira con el peor de la clase. Ahí tuvo que intervenir papá, que con tal de evitar tu expulsión pudo haber pagado o suplicado, vaya a saber… Magalí es buena piba, no lo tenga en cuenta; lo cual no evitó que al llegar a tu casa te arrinconara contra el aparador de la cocina, y en presencia de tus tres hermanos, te diera la biaba. Venía bien saber que no sólo te habías recibido, sino que ya era hora de encontrar a alguien que te hiciera el aguante.

El último pucho para comprarte las lolas te lo pagó tu mamá, que siempre se sintió culpable por haberte dejado a vos y a tus hermanos al cuidado de ese animal de Luis. Disfrutalas, te dijo toda emocionada cuando salías de la clínica, e iba a añadir: cuidalas, pero debe haberle parecido un poco idiota y al final se calló. Te quedaste un tiempo con ella hasta que hubo problemas con el novio y hubo que mover.

Los siguientes dos años fueron raros. Trabajaste de go-gó, lo intentaste como modelo -sin éxito-, te hiciste el bótox en los labios, te anotaste en Gran Hermano -sin éxito también-, sobornaste a un tipo casado para que te pagara la cirugía de nariz y dormiste en el depto de la novia del barman. Te agrandaste las lolas, dormiste con el barman, te subiste a un comercial como extra, te bajaste en Parque Centenario, y mientras vendías relojes truchos en una Mitsubishi prestada, sorprendiste a tu mejor amiga teniendo sexo con un amigo del novio. Por si le quedaba alguna duda de que no fueras a contárselo, te instalaste cómodamente en su casa de Belgrano R sin pagar alquiler. Para agilizar, te colaste en un backstage antes de que la banda se metiera en el camarín, y lograste salir en una foto abrazada a un rockero borracho con el que no pasó nada. Trabajaste en una peluquería concheta donde te echaron al toque cuando se supo que no sabías ni agarrar el secador. Después probaste como cajera en un shopping, pero de ahí te fuiste sola, porque pretendías un puesto de encargada. Querías ser modelo, vedette, estrella, diva, potentada. Entonces engatusaste al hijo de un cómico famoso que te consiguió un puesto administrativo en el canal. La noche porteña es vertiginosa y vos estabas en pleno procedimiento. Morocha, respingada… mal, pechugona y a punto, con veinte años ibas en camino de no ser reconocida ni por tu propia madre, de tanto que ibas cambiando. No hubo puerta que no supieras empujar ni hombre que no pudieras embaucar, la cuestión era llegar al pináculo. Habías ensayado la pose cientos de veces hasta sacarte una cifosis que nunca te hizo doler. Lo que tienen las lolas es que armonizan la deformación.

Esperabas el momento justo para dar el salto... pacientemente desesperada, hacia la fama. Se te veía ir por la calle crispada, actuando el papel. Entre lo que ganabas y lo que conseguías sacarle al hijo del cómico, que viajaba seguido a Miami y te regaló unos taconazos de treinta dólares que una yanqui no se pondría ni aunque la drogaran con cloroformo, te armaste el ajuar acorde a la caricatura vernácula del minón infernal. Hasta que por fin te llegó. Por fin te llegó la hora… tu hora, la entrada triunfal en el templo de la iniciación.

Esa noche el conductor presentaba a un famoso streaper de la noche porteña y en el canal buscaban chicas… chicas lindas, jóvenes, chicas que supieran llevar un tanga. Los productores convocaron a un casting y siguieron buscando dentro del canal, a ver quién se prende. Y vos saltaste como un resorte: ¡YO!, pero mirá que no pagan… y vos: ¡YO! Se te rieron con desprecio, pero igual te presentaste en el vestuario con las otras, que esperaron durante horas delante de una puerta cerrada, atropellándose a codazos en un silencio hostil, dándose tarascones de caniche.

Te cambiaste la ropa en el baño de la adminstración, porque los camarines estaban todos ocupados; nunca sabrías dónde lo harían las demás: las chicas de repuesto no tienen camarín, la ajenidad de un cuerpo bonito exactamente igual a otro carece de espacio reservado. Igual no te importó, porque ibas a salir en la tele… ¡el sueño de tu vida!, ibas a ser vista por millones. El pelado baboso: bueno, bombones, dijo que había que bailar con el streaper en la piscina, calentarlo, entretener a la gente, así es la televisión; ojo con las cámaras: a ver quién consigue que le dén el primer plano. Re-onda, el pelado. Los cámaras son auténticos caracoles comedores de cebo. Cuando salieron al aire fue más o menos igual que estar delante del vestuario pegando tarascones, sólo que mucho peor, porque había que derribar con elegancia, pisotear sin que se note, aniquilar a la competencia sin vergüenza pero con gracia. Tu único objetivo fue llegar al streaper y alcanzar la tierra prometida del plano central. Utilizaste tu experiencia de go-gó para bailarle de espaldas a la cámara, pero se te interpusieron dos chiruzas -gatos de mierda- y tuviste que usar la artillería pesada. Metiste una gamba por delante, luego otra y después las lolas, con lo cual quedaron fuera de combate. Al fin y al cabo no hacías más que repetir el empujón de la chica en el jardín. Llamó la atención que después de eso recorrieras la cancha como un crack. La atención de un cámara, por lo menos. Y la de tu papá, que esa noche se había puesto a ver el clásico y mientras hacía zapping esperando que acabara el entretiempo, dio con el programa de las minas en pelotas y al verte se le cayó la mandíbula y le pegó un puñetazo a la mesa, derramando el vaso de Toro Viejo.

Pero vos estabas totalmente en otra, nunca llegarías a enterarte. El streaper ni siquiera te calentaba, en realidad te calentabas con vos misma. Es decir, con vos misma chupando cámara por primera vez. O sea con vos misma haciendo una felación de mentira delante de una cámara. Si total… ¿cuál es?

Pensabas que al día siguiente todo el país iba a hablar de vos, y en efecto, se habló. ¿Quién era la morocha con cara de turca que se robó la cámara por quince minutos en el programa de las minas en pelotas? Alguien que te echó el ojo dijo que tu cara trasponía el velo de la televisión. Te definió como una fea excepcionalmente hermosa, el proyecto embrionario de una vedette en estado natural. Aunque tu acción chabacana no fuera nada del otro mundo -ya estaban habituados- decidieron tomarte de mascota transitoria por causa del raiting. Tu primer batacazo. Iban a dejarte aparecer como elemento decorativo en la primera fila de la tribuna el viernes por la noche, después de la Copa Libertadores. Cuando te lo comunicaron comenzaste a temblar de un modo preocupante y en la oficina te dieron franco el resto del día. Mientras viajabas en el 72, lo primero que pensaste fue que los zapatos de Miami ya no iban a servirte, ¡a la mierda con esos tamangos!, y te sentiste miserable por viajar colgada en un bondi… ¡con semejante futuro por delante!

Horas después entrabas en lo de Ricky Sarcani haciéndote la superada, toqueteándolo todo con aires de estrella hastiada de la fama. Algo que atrajo la atención de las vendedoras, que te relojearon de arriba abajo para ver si merecías ser atendida o fingir que no te habían visto. Optaron por lo segundo. Entonces te pusiste unos zuecos altos como zancos y empezaste a dar vueltas por el local recogiendo audiencia masculina, al otro lado de la vidriera, en la calle. Hubieras roto el local a zuecazos con tal de que te atendieran, esas caretonas. Te cayó a la orden la encargada, una rubia veterana de edad indefinida, cautelosa, educadísima. De un solo vistazo le sacó la ficha a tu ropa y de ahí a tu origen proletario. Obviamente, te tomó por una tilinga. Bien formada, eso así. Una de esas atorrantitas que se gastan el sueldo un un par de zapatos con tal de conseguir la primera fila en la tribuna, llevando una remera de pedrería barata y el shorcito, hasta que la agarra una vestuarista y le pone un Ibáñez que nunca sabrá llevar. Porque acá, la que nace medio pelo, muere medio pelo. Te lo dijo todo con una mirada antártica mientras te sonreía como una nodriza: esto es Argentina, chiquita…

Basureada y sospechada, atendida con desprecio, bardeada y revisada tu tarjeta como si vinieras del Congo, vos te compraste tus Sarcani y saliste de ahí pisando fuerte y pegando con la puerta en el dintel. Fue tu entrada triunfal en el bárbaro mundo de los cuerpos ornamentales. Lo cual te insufló la energía de una transfusión, y fue también tu verdadero primer paso lejos de Lugano. Lejos del barrio patoteril de las carnicerías malolientes, los frentes sin revocar, las calles abolladas, el requiebro grosero del vecino grasún y las ojotas con tapones que estropean la planta del pie. ¡Con qué placer diste el salto! Ya eras otra. Ya eras ella, la que vino al mundo para brillar, es decir: vos. Y aunque el subidón no haya sido instantáneo, sino angustioso y por momentos denigrante, un campeonato absurdo entre la carne y el metacrilato de relleno, entre la anorexia en ciernes, las fiestorras en el canal oficiando de cortejo decorativo a las gansadas de un productor novato, y las curdas en boliches caretones que te dejaban al límite de la extenuación; vos aguantaste. A veces te despertabas temblando y agitada, como en estado de alerta -¿volvías del sueño o de una riña de gallos?-, pero seguías aguantando. Cuando te avisaron que podías reemplazar a una bailarina en el show, creíste tocar el cielo con las lolas. Salías atrás y a la izquierda, tapada por la de adelante, una yegua que le hacía ojitos al conductor… ¡yegua envidiosa!; pero tuviste la perseverancia de una estrella y poco a poco fuiste abriendo nuevos frentes. Un bolo por aquí, otro por allá… te prendías en todo lo que te ofrecían, y en lo que no, también. Tu cara empezaba a sonar. Unos te veían un aire a Susana Romero, otros a cierta vedetonga que trabajó con la Casán y después desapareció… y otros simplemente a nadie. Por lo que fuera, lograbas imponerte haciendo lo que hubiera que hacer, aunque no quisieras ni hacerlo. La cuestión era trasponer la línea del coro, el infranqueable muro de la comparsa. Llegar al mic, llegar sea como sea.

Al notar tu empeño te propusieron trabajar como secretaria en el show, y dijiste que sí. Pero eso también era poco y el cielo te empezó a quedar chico, vos no habías nacido para pasarte la vida llevando botellitas de agua mineral a los invitados… ¡a ver! Entonces el dedo de Dios se elevó para señalarte entre el montón, y fue el dedo del rufián que se lleva casi todas las tapas y es tema de conversación en la sobremesa del domingo. Uno de los tipos más abominables del circo, claramente una máscara, aunque brillante a la hora de fichar, que te persiguió detrás de camara para invitarte a la fiesta que daba en su quinta de San Isidro. Había visto a la celebrity dentro de la secretaria y te encaró en un pasillo: producite bien que te mando un auto después de las doce. Exactamente igual que en el cuento. Cenicienta en el bosque de Caperucita. No te importó que fuera un depravado -el lobo-, esa gente es too much, está beyond it all. Manejaste la situación con la conveniente dejadez de una femme-fatale, pero cuando te dio la espalda casi que te meás. Y vos tan ilusionada, pensando que él estaría esperándote sentado en una reposera de lujo… ¡qué idiota!, te pusiste tu mejor lencería y te hiciste toda la película, pero al llegar a la quinta el tipo ni apareció. El asunto quedaba reducido a la típica fiestorra atestada de idiotas hablando de sus perros, con los cuatro babosos y los tres maricones de siempre saltando a la pileta. Un chalezaso lleno de habitaciones, lujoso, revuelto, abrumador. Te agarraron infraganti en la sala del segundo piso, fantaseando delante de una corona de plumas monumental. Casualmente, el que te tocó era dueño de un teatro, un viejo rejuvenecido por el bótox. Esas plumas las había usado Ámbar La Fox en el Maipo en el 73: Ponetelá. Pesaba como un yunque, pero cuando él te la puso, resististe. Te enderezaste. Caminaste con ella dentro del paraíso. Pisá fuerte y salí a matar, mi amor… ¡COMETE EL MUNDO!

Entremedias te vincularon con el rufián y otros tres más. Era hora de aprender a desmentir, todo un arte. La prensa carroñera es así. Aunque fueras carne fresca, querían ver si eras capaz de sobrevivir. Pensá, mamita, pensá. La fauna especializada salió a ofrecerte consejo en la atmósfera vaporosa de algún camarín: si querías ser una vedette, inútil contraer el rol de conejita play-boy. Mejor asumir el supuesto escándalo y después que saliera otro a desmentirlo; acá todo vale, es un juego, nadie va a enojarse de verdad. En el circo todos mienten para que en casa se entretengan sabiendo que les mienten, así que vos: fumá. Pero no lo manejaste bien y el rufían se enojó. Le entró la vena misógina de su parte homo que ha nacido sin tetas, y a la postre, la del macho irremediablemente argentino, calificándote como una tilinga de cuarta y rata de albañal (expresión que había aprendido de su madre asturiana), mersa sin clase, sin talento y, por supuesto, trepadora. Lo de siempre. Se inventó que te habías colado en su casa el día de la fiesta para robarle la corona de Ámbar La Fox, lo cual fue desmentido categóricamente por el dueño del teatro. Sin comerla ni beberla, saltó a escena un zángano inseminador de tres famosas vedetongas -que llevaba años en la vidriera sólo por su función inseminatoria-, diciendo que él estaba en la fiesta y te había visto subiendo al coche ¿de tu novio? con la corona. Como el zángano era un chanta que atraía tanto a la audiencia femenina (por buen mozo) como a la masculina (por las minas que tuvo), la prensa le creyó a él. O mejor dicho, hizo como que le creía por órdenes recibidas desde un hotel de lujo en Maldivas.

La causa de la corona mitológica dio la vuelta al mundo, según algún exagerado de los que nunca faltan, y medio país se mataba de la risa, no teniendo así que llorar por causas verdaderamente trágicas. Durante meses se hicieron chistes sobre la corona descomunal que se robó la morocha, y en las carnicerías de Lugano se hablaba de la hija de don Luis. Los más viejos evocaron la belleza incomparable de Ámbar La Fox asisitidos por sus gordas esposas, que recordaron haber sido igualitas a ella cuando tenían veinticinco años. Al otro lado del mundo corriente se disparó tu nombre a los cuatro vientos: Magalí Farnos, la chica de la corona. Entonces te armaste de un manager. Edgardo te habló de índices, raitings, contratos futuros... Plata. Prensa, fotos, tapas de revista. Es decir: plata. Estaba recontra entusiasmado con vos. Sugirió que tomaras clases de comedia musical. Clases de actuación, canto, baile… Rápido, rápido. En un santiamén, de Magalí pasaste a ser Maga, aunque los hombres importantes que se ponían en contacto con él para consultar tu tarifa preguntaban por la Maga, Magalita o Maguita. Al principio rehusaste, pero viendo que eran gente interesante, limpia, rica, al final terminaste agarrando. Necesitabas plata para costearte las clases, la ropa y el depto que alquilaste en Palermo. La suerte quiso que te echara el ojo una vieja gloria de la revista, todavía en el ruedo, y enemiga acérrima del rufián. De ella llegarías a decir: me enseñó todo lo que sé.

Un bolazo, porque ya lo sabías desde antes de nacer.

Te jugaron, y ganó la gloria. Ella te adoptó y te vistió. Te enseñó a hablar y a mentir mejor de lo que siempre habías mentido; a encarar el mundo como una reina, una perra o una laburanta del show. Instrucciones de lo más jugosas que te bebiste con ahínco. Tenías que dejar a entrever, también, tu parte de pendeja vulnerable -soy muy familiera, en mi casa somos re-unidos-, ese toquecito pacato que hace las delicias de grandes y chicos. Moverlo todo en beneficio de una carrera meteórica donde la única emoción permitida fuera la alegría banal de los cuerpos. Sobrevivir a un tipo de exposición que llega a ser tan divertida como aborrecible, dejando que el sentimiento de humillación sea ignorado, y por puro instinto de conservación, más bien extirpado. Porque la que se siente humillada, no sobrevive: la chica del año se ríe de su propio escarnio. Superada la prueba, ibas adquiriendo experiencia en el arte de provocar escándalos de cosecha propia, y siempre que fuera necesario, te colabas en los ajenos, formulando opiniones cuyo único fundamento era conseguir otros cinco minutos de cámara. Hasta que un día conseguiste tu primer cartel.

Mardel te cayó encima como un tsunami de proporciones tailandesas. Era tu primera temporada, la victoria absoluta sobre el anonimato. En el cortejo de las ocho infartantes, cuatro a la derecha y cuatro a la izquierda, vos salías cuarta a la derecha de la vieja gloria. Ya se vio desde el principio que el público iba a quererte, porque al entrar te aplaudían a rabiar. Lo cual encendió tu fuego. Durante las cenas que tu mentora daba en su chalet, solía hablar de las chicas que habían quedado fuera de juego. Las recordaba por el color del pelo o por las lolas, jamás por su nombre. La rubia, la tana, la negra… la que se enamoró y dejó para siempre el ambiente. Ninguna merecía el beneficio de un recuerdo que no fuera impersonal. Para mantenerse había que trabajar mucho y no hacer preguntas incómodas. Saber ser comedida o zarpada según correspondiera. Estar siempre atenta, como vos, que siendo tan buena alumna te diste a fondo y a veces no tenías tiempo ni para comer. Salías del hotel con un tomatito o un yogurcito, y si antes te despertabas en estado de alerta, ahora no sólo dormías tres o cuatro horas, sino que a veces era tal tu cansancio que no lograbas dormir. Sin embargo fue una temporada magnífica que te dejó al límite de una felicidad que nunca habías conocido. Y en cierta forma, turbadora: era como si te ahogaras lentamente dentro de un ascensor, mientras el resto de tu cuerpo saltaba de euforia. Así que seguiste. Después de la cena, terminabas la noche cantando con el elenco o haciendo un streap para ellos en la sala vip del restorán. Borrachita. Colgadita. El famoso subidón. Te encantaba hacerte perseguir por algún incalificable movilero de la prensa caza-chismes, y cuando lograba darte alcance te le enganchabas declarándole tu adoración: qué rica, Magalí; saludando efusivamente a los que estaban en el estudio, sea para hincarte el diente, sea para arriesgar a tu favor: grossa, Magalí Farnos, ojo que promete…

El día en que te dio el dolor de pecho te estabas viendo en la plana del concesionario mientras tu manager te explicaba las características del coche. Chiquito, importado y rojo, un chiche. Después caíste en un agujero negrísimo en el que no viste más nada. Muy a lo lejos creías oir los gritos de Edgardo pidiendo una ambulancia, una ambulancia… ¿o era tu papá pidiendo auxilio por teléfono cuando se le fue la mano con mamá? No estabas segura. El dolor en el pecho seguía creciendo, pesaba como una losa que te impedía respirar. Movieron tu cuerpo y el silencio fue absoluto, la zambullida en un sueño liviano y profundo del que despertabas de a ratos, con la losa invisible aplastándote las costillas. Respirá, Maga, respirá. Lágrimas, rimmel, vapor de agua… todo se mezcló bajo la máscara de oxígeno con un regusto repugnante a cosmético y saliva fermentada. No puede ser, esta noche tengo función. Ya llegamos, Maga… ¡aguantá, Maga! No puedo… no puedo faltar, tengo función. Esa noche la tuviste que pasar en un hospital rodeada de tubos y agujas y un monitor que te medía la frecuencia cardíaca. Más anestesiada que dolorida y más asustada que anestesiada, preguntaste y te sonrieron. Luego volviste a preguntar, pero estabas tan cansada que volviste a caer en el sueño negrísimo de las primeras horas. Amaneciste en una habitación enchufada al monitor, viendo la silueta grandulona de tu manager que caminaba de punta a punta, hablando por el Blackberry: Parece que es congénito, no creo que pueda trabajar, por ahora.

Fue como si te hubieran arrebatado la vida de un manotazo. La losa no te hubiera dolido más. ¿Cómo que congénito? Imposible… ¡si eras un toro! ¿Cómo te ibas a enfermar justo ahora? ¡Hay que ser muy tarada para enfermarse en plena temporada! ¡Hay que tener una suerte de mierda para enfermarse en pleno cartel! No podías darte ese lujo, tenías una agenda llena, dos tapas, un comercial, los ensayos… ¡las clases!, ah… y la cita con el cirujano para hacerte la cola. Plata pagada de antemano y varios proyectos en Capital. Antes que quedarte tirada en esa cama al lado de una ventana y enganchada a unos cables, hubieras preferido romperte. Romperme, prefiero romperme en pedazos antes que largar... ¡prefiero romperme! ¿Por qué tenía que pasarte justo a vos, con toda la belleza, toda la juventud, toda la gracia y la procacidad, el amor y el desdén, el entusiasmo y el cansancio, la voracidad y la inapetencia y todo lo que se necesita para comerse el mundo? ¡El mundo! O sea, la Argentina. Vos, divina y brillante. Dios no hace esas cosas, el diablo sí: traéme una virgencita de Luján para que le rece. Tenías que estar lista el viernes por la noche para la despedida de la revista, sino te iba a reemplazar la atorranta ésa de Celeste y la prensa, ya sabemos. Después ibas a tomarte quince días en la quinta de un amigo, dejar de fumar, de chupar… ibas a dejar la merca, todo. Se lo prometiste a Edgardo.

Maga… ahora estás fuera de peligro, pero lo tuyo es delicado y te vas a tener que cuidar.

Él te habló dulcemente, cosa rara. Inútil fue que te dijera que estabas demasiado cansada como para seguir trabajando, vos ni siquiera lo escuchaste, seguías empecinada en levantarte para ir a la función, llamáme a Gloria, decías, pánico de que te sacaran el papel… ¡y todo por culpa de una lipotimia!, archivando inmediatamente la idea de algo grave en un anaquel de tu memoria que no volviera a abrirse. Él se quedó ahí parado con cara de mayordomo, adorándote y aborreciéndote al mismo tiempo, que era lo que hacían todos, igual que tu papá. Todos, excepto vos, que te adoraste desde que te miraste por primera vez al espejo y te sonreíste y dejó de importarte para siempre lo demás. Nada que no fuera aplastar como una losa todo lo que se te pusiera por delante y te impidiera llegar justo donde estabas, aunque eso que lo impedía fueras vos misma. Llegar hasta el fondo de esa vida, la tuya. A esa vida que no se te ocurriría dejar ni aunque te mate.


El sueño de los machos es inversamente proporcional a la naturaleza, donde el óvulo siempre es uno y los espermatozoides, multitud... Sin embargo, algunas mujeres son capaces de dejarse el pellejo con tal de cumplirles el sueño de la conejita a pedido.
-Susu Madrigal

14/2/13

Volver

El tango

Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor, cantaba Gardel. El error del santo ha sido afirmar que volvía con la frente marchita. El verso acabaría imponiéndose a varias generaciones de argentinos como paradigma de la experiencia migracional. El tango hereda la morriña, el dolor de la partida forzosa, no la aventura. En él, volver viene a ser tan doloroso como marcharse. El tango evoca la experiencia del viaje como herida, no como hazaña. A nadie se le ocurriría negar la legitimidad de esa herida -que hace de Volver un testimonio con emblema-, y aunque en ninguna parte se mencione que esa herida pueda convertirse en aventura de conocimiento, tal posibilidad quedará rubricada en un verso que parece apuntar a la noche oscura del alma: tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenen mi soñar.

Siempre me fascinará el poder que tienen las palabras. No hay presagio alguno en el verso del tango, tan solo la experiencia única e intransferible del protagonista, que es lanzada al pueblo y cuyo imaginario la asimila como predestinación y la convierte en mito.
Matizando la enmienda que se menciona más abajo, la inmigración puede ser un camino de doble rasero para cuyo entendimiento haría falta comprobar su naturaleza ilusoria, recorriendo las distancias entre mundos. Es ahí donde se diluyen los mitos y se descubre la sinergia entre orillas, algo a lo que en Volver, insisto, no se hace mención.
Ahora que estoy de vuelta, no puedo decir que haya salido de España con la frente marchita, porque no sería verdad. Se volvía así en la era del tango, cuando los viajes entre mundos demoraban de 30 a 40 días, casi siempre en tercera clase y agarrados -aquí jugamos con el mito- a un barril o a un baúl con dos mudas, un traje barato y algún chacinado para consumir a bordo. Ahora la comunicación con la otra orilla es instantánea, el viaje demora 12 horas y el baúl se envía por encomienda. No obstante, la visión que se tiene en España de la inmigración sigue siendo la del mito. No me cansaré de repetir que un pueblo que no ha sabido integrar en sí mismo la experiencia migracional no puede integrar a sus propios inmigrantes.

Como me dijo alguien hace tiempo: la historieta que nos contaron los europeos es más grande que una catedral, una mentira infame. ¿Esto quiere decir que nuestros padres y abuelos eran unos mentirosos?¿O sería, más bien, que su percepción se encontraba -como la mía hoy- filtrada por la emoción, y no es que nos mintieran, sino que su discurso no hacía más que reflejarla transfigurada por la distancia? Nunca hubo mentira, lo que hubo fue nostalgia, y esa exótica variante de la esperanza -esperanza paria, que diría un criollo- que sólo puede conocer el inmigrante, y que reside en la certeza forzosa de que pase lo que pase, siempre habrá un puerto al otro lado, un puerto que le devuelva al viajero el sentimiento de pertenencia ausente en tierra extranjera. Sólo habiendo descubierto que el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar, sólo habiéndolo visto todo dentro y fuera de sí, el protagonista de nuestro tango puede volver tranquilo.

El tango es triste, dicen en España. También se dice en Argentina, claro, para qué negar lo evidente. Pero ir más allá del simple formato de fábrica exige la complicidad con el protagonista, la zambullida metafísica que, como toda pieza artística, supera al código que la engendra: ¿cómo explicar la experiencia migracional tan sólo con palabras? A mí no me bastaría una novela para plasmar mis 13 años en Europa. Puedo, a duras penas, intentar alcanzar en dos versos mal escritos el flash de una noche viendo el mar desde la torre Ametller, que besa el Mediterráneo; y aún así, no hay mañana en que me despierte sin preguntarme si todo eso no fue más que un sueño.

Mi experiencia migracional ha sido realmente extraña. Empezó en Madrid, boca arriba, viendo el techo horriblemente amarillo de una habitación de hotel con olor a humedad, y terminó en un piso blanco y lila frente a la Pedriza. Nada del otro mundo, si no fuera porque esa primera noche en el hotel de Atocha todo mi ser confluyó en un punto, cuánticamente hablando, y surgió una evidencia aterradora: me quiero volver pero no puedo. Fue instantáneo: la supremacía del significante se me quedó grabada como un sello. Hoy me pregunto si mi permanencia allí no fue más que una ciega obediencia a ese poder del significante y no otra cosa. De ser así, la estupidez de los mandatos no tiene parangón. Se le acercan, en calidad, los mensajes subliminales que nos inculcan en la escuela -sobre la madrepatria y otras mentiras-, las postales de los viejos que llegan en forma de acordeón desde un lejano Mediterráneo, y la película esperpéntica de una familia supuestamente más rica que la de uno.

El mangrullo

La Madrepatria es un mito creído y absorbido -mamado- por mucha gente segura de que Latinoamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es si no fuera por la Conquista. Y la verdad es que Latinoamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es si no fuera por la llamada Conquista, rapiñaje hoy día admitido tanto por españoles como por criollos, excepto por aquellos a quienes una suerte de culpa a largo plazo les impide admitir abiertamente la deuda histórica que España tiene con nuestro continente. Yo no lo supe hasta que comencé a vivir allí. Será que estando fuera se fortifican las identidades, te amangruyás.

En Argentina un mangrullo es una atalaya, un sitio desde el cual se controla la llegada de extraños. Lo primero que se percibe al bajar del avión en Barajas son dos cosas:

1) la gente habla demasiado alto;

2) la gente vive amangrullada.

Pasado un tiempo en un país donde, entre otras cosas, han tenido una dictadura que duró dos generaciones, el amangrullamiento se vuelve inevitable. Homo habitus. Simpática la gente -algunos- pero amangrullada.

Un detalle que noté a la semana de llegar fue que en España se está “de fiesta” muy a menudo-hay vírgenes y santos a diestra y siniestra, nunca había visto algo igual-, lo que trae en consecuencia que haya gran cantidad de feriados durante el año, y mucha vacación. Pasado el tiempo descubrís que esos feriados son disfrutables únicamente por la clase privilegiada de las transnacionales y los funcionarios; que el resto es carne de cañón. Pasado un tiempo mayor y ya superada la obnubilación de la primera temporada, comprendés que para que haya gente aquí disfrutando de unos privilegios -ropa, comida, salud, transporte y servicios- tiene que haber gente en alguna otra parte pagándolos. La ecuación, con trampa, es sencilla: yo te doy el dulce y vos ni te enterás de dónde viene, ¿a quién le va a importar de dónde venga siendo el dulce tan dulce?

Lo que tiene el dulce es que te apalancás, te apoltronás y te achanchás de tal forma que con el tiempo la conexión natural entre humanos es sustituida por la conexión a cables (o inalámbrica). Se produce entonces la distorsión primero moral y luego perceptual, de ver tus relaciones personales reemplazadas por tarjetas de crédito, promociones, servicios, préstamos, bienes de consumo, tecnología punta, etc. La anomalía se sistematiza. La tergiversación del discurso se convierte en un error ajeno, la apatía pasa a ser una tendencia -trend-, la paranoia se normaliza bajo una leyes de protección de datos, y el egoísmo más garrafal será respaldado por las instituciones sin que nadie se atreva a cuestionarlo, so pena de ser tachado, mediante sofismas bien difíciles de desmantelar, de comunista, conservador o enfermo mental (todo depende de quién esté al gobierno).
Lo que al principio se percibe como difuso pero atractivo, fácil aunque inalcanzable - sin entrar en sutilezas, como ensalada sociológica de ardua definición- pasa a ser asimilado por las buenas con el tiempo. Lo dicho, que a nadie le amarga un dulce. Y te amangruyás. 

Cada cual en su parcelita privada: bienvenido a la república independiente de tu casa, el slogan de IKEA -la gran multinacional de muebles fabricados con mano de obra infantil en países de Oriente- acabará rubricando la venta de la morada a cambio del ensueño. Lo que parecía ser una realidad exclusiva de España y del resto de los llamados “países desarrollados”, no era más que un campo de pruebas. Cuando los europeos descubran que han sido ellos mismos quienes pusieron a sus gobernantes en el podio, será ya demasiado tarde y la Unión -que nunca lo fue, porque no puede haber unión de ninguna naturaleza cuando se come y se vive a costa del esfuerzo de otros- se habrá venido abajo. En España, especialmente, donde la ideología está meridianamente polarizada en izquierdas y derechas -el plural sugiere el automatismo de la generalidad-, los períodos electorales consisten en ir boyando de un extremo aparente al otro, según quién la haya cagado mejor durante su gestión( básicamente igual que en Argentina, su segunda hija mayor después de México). A la hora de votar, el pueblo se limitará a castigar más que a elegir. Otro tentáculo de la ortodoxia genética que se respira en tierra de Borbones, sea entre los llamados “ateos”, sea entre los más fervientes católicos de mantilla y chaqueta negra.
He aquí el epítome del amangruyamiento ideológico que redefine desde la institución “democrática” a los dos clanes primigenios, y al enfrentamiento entre familias que diera origen a una guerra fratricida conocida universalmente como civil.


 Simpapeles

Como ya he dicho antes, el español medio no tiene integrada su comprensión del migrante. Ella está limitada por la experiencia de varias generaciones migradas por causa de la guerra, el hambre y las revoluciones. Luego hay un detalle que se le escapa tanto al español medio como a sus instituciones -cada pueblo tiene las instituciones que se merece, o que se puede permitir-, y es el tema de la formación. A muchos les resulta incómodo recordar que el grado de formación del migrante español, en tiempos de la guerra, era de medio a bajo, cuando no rayano con el analfabetismo. Espinoso asunto que no suele mencionarse a la hora de hacer un análisis sociológico serio de la sinergia inmigracional entre países, y que no obstante resulta imprescindible a la hora de asimilar capital humano de calidad, y no mera mano de obra barata para ser explotada durante el período de bonanza como fuerza de trabajo.

Lamentablemente, la mirada del migrante pobre y sin cualificación ha sido recogida por las instituciones como una realidad aplicable al migrante de hoy, cuyo grado de formación suele hallarse al mismo nivel o por encima de la media nacional. Son datos estadísticos, no me los he inventado yo. Hasta hace poco el caso era diferente para los migrantes con formación en sanidad: el boom de la migración de médicos autóctonos acabó absorbiendo gran cantidad de personal extranjero, que en muchos casos ha conseguido hacerse un hueco en la sanidad pública y hoy goza de un puesto de trabajo fijo y -digan lo que digan- bien pagado, en un país donde el sueldo medio es de 600€, digan lo que digan también. El resto, salvo honrosas excepciones, lo tiene bastante más difícil, sobre todo últimamente, que no le homologan el título ni a los dentistas. Si hasta hace diez o quince años ya resultaba difícil obtener algún tipo de reconocimiento profesional, hoy mismo el caso resulta poco menos que de ciencia ficción.

Pero esto que describo es un mal menor, si se compara con la -según el caso- escasa o distorsionada difusión de la problemática migrante de los llamados ilegales, divulgada por la prensa española con ese tono proteccionista y siempre subestimatorio de los simpapeles que llegan a las costas de Canarias en sus pateras, y que son recogidos por Cruz Roja para luego ser abandonados a su suerte [bueno, en realidad esto era antes, hoy mismo los inmigrantes se han vuelto literalmente invisibles, ya no se habla del colectivo ni para repartir palos]. Esos pobres simpapeles son los que yo veía plantados en la interminable hilera del top manta por Paseu de Gracia, en Puerta del Sol, o en cualquier paseo turístico, con los ojos perdidos en la lontananza, todos idénticos en su anomía y su tristeza, tirando de un cordoncillo amarrado a las cuatro puntas de una sábana que les sirve de escaparate, así durante horas hasta que lleguen la policía y tirando del cordón para recogerlo todo haya que salir corriendo con la bolsa en volandas.

Aunque no se viva en carne propia, el escrutinio cuidadoso del sapiens africano mueve a una no menos esmerada reflexión sobre un cierto efecto dominó, porque si bien ellos son el último eslabón en la cadena alimentaria del blanco-caníbal, llegás a preguntarte en qué momento podría tocarte a vos, o a tu familia, un destino similar al de ellos. No hay nada que lo impida, cuando ves que las leyes inmigratorias cambian cada seis meses y nadie te lo informa, o acabás enterándote de incógnito y mal, en situaciones de enfermedad, mudanza o renovación, por funcionarios que apenas las conocen. Esto es grave. El juego es muy sucio, y merece ser denunciado, porque se juega con el estrés y la salud mental de las personas. Estoy convencida de que en estos momentos no hay en España, ni en ningún país europeo, papel o documento que pueda salvar al migrante de un destino ignominioso, de la anomía o el desamparo institucional.

Parece ser que un detalle a tomar a cuenta a la hora de definir una nación verdaderamente desarrollada es la manera en que interactúan los puntos del tejido social e institucional (siendo este último un reflejo del primero). No sé cómo será en otros países, pero en España el tejido está diseñado para que los puntos sueltos de ese tipo no se noten. Ahora que lo pienso podría hablar inclusive de un tejido paralelo, como una trama fantasma, ideal para disimular las arrugas y flaccideces de un sistema que en lo moral hace aguas por los cuatro costados. Tanto es así, que si no fuera por los autóctonos realmente conscientes y preocupados por este tipo de situaciones, gente comprometida a través de las ONG y formaciones similares, ciertos intelectuales y mucha asociación y fundación privada trabajando a pulmón para que las cosas relatadas más arriba no sucedan, o acaso, para aliviar sus consecuencias, España y el llamado primer mundo dejarían de merecer el derecho a ser consideradas comunidades humanas.

Siento ser tan específica, pero es lo que he visto y también es lo que -en parte- he vivido.
Por esto, entre otras cosas, dejó de interesarme Europa. Me interesó en su momento, cuando creía que quizá allí se impartiera mejor la justicia y que la llamada democracia podía ser algo más que un membrete. Pero viendo que hasta hace poco muchos votantes no acababan de meterse en la cabeza su responsabilidad en el constructo -tan empeñados estaban en echarle la culpa al gobierno, como si éste fuera de facto y ellos no hubieran tenido nada que ver en su elección-, y viendo tanta gente encaprichada en mantener sus parcelas intactas aunque afuera se les desangrara el vecino, lo siento pero decidí pasar. Mismo perro, distinto collar, la farsa está a años luz de la nuestra: es mucho más sutil, muy bien estructurada y mejor controlada, y por tanto rematadamente más perversa.

Además, ¿por qué iba a quedarme en un país donde otros decidían por mí las leyes que regirían mi destino? Hablo como ex inmigrante. Por suerte, ex.

14/1/13

La víctima feliz


Post escrito en 2007, desde Madrid, y nunca publicado hasta hoy.

Recuerdo bien mi cuarto o quinto paseo como víctima feliz por una gran superfície (un mall a la europea) si es que lo era. Puede que fuese el H&M de Madonna o el Zara, no estoy segura. Estaba eligiendo un jersey -una monada de ésas completamente inútiles que dan la impresión de abrigar, pero que sólo adornan- cuando me entró la náusea. Náusea con vahído, y la sacudida de la desrealización. Nunca había experimentado algo así, y me asusté.

Pero hablemos de la víctima feliz. Contradictoria definición, ¿verdad?, una víctima feliz...

Al hablar con la gente llama la atención que se haga tanto hincapié en la posesión de una hipoteca. Hasta hace un tiempo -no más tres años- tener una hipoteca era señal de prosperidad a largo plazo. Señal de solvencia, de un trabajo estable, de fiabilidad, y por supuesto, de obtención de créditos. La hipoteca era un bien -vaya paradoja- del que uno podía jactarse con un tono entre afectado y quejica en la cena con los amigos. También con orgullo: Mi hijo está muy bien colocado, ahora se ha sacado una hipoteca no sé dónde; a lo que podía sumarse la coletilla de rigor, justificatoria de desidias o escaceses: Lo siento... ¡yo tengo una hipoteca!

Y todo el mundo comprendía.

Con el tiempo, el tono entre afectado y quejica se ha ido modificando. Hoy nos hemos quedado en quejicas, cuando no en apesadumbrados poseedores de una ilusión que podría ser nuestra dentro de 30 años. Nótese la cursiva: he dicho que podría ser, no que será. Sin embargo, hasta hace unos días ya era nuestra. ¿Qué ha pasado?

Pues que cayó el ladrillo. Y con la caída del ladrillo llegaron las caras largas, los síndromes por ansiedades varias, las súbitas depresiones, el paro, las peleas domésticas con cachetazo y arrojamiento por ventana desde mano autóctona o foránea; el cambio de escuela de los niños, la unificación de los créditos, las colas en el INEM, los codazos en el metro, las traiciones en el curro -¿quieres conservar tu empleo?: dí que ha sido él-; y por supuesto los embargos, con el atolondramiento de la víctima y su consiguiente embrutecimiento moral, cuando no con el suicidio y otras lacras razonables. Los medios se envalentonaron y dieron luz verde a la difusión de La Crisis, mientras, paralelamente en Internet, se daba luz verde a la teoría de la conspiranoia, redoblando con su sombra retorcida el poder de los medios oficiales.

Paralelamente, se pusieron de moda ciertas leyendas urbanas circulantes por Internet. Empezó a hablarse de los anunnakis (chitauris, en su versión zulú). De los Illuminati, los grises, los hombres-lagartija, los elohím... Ellos eran los culpables del 11-S, del 11-M, del FMI, del niño amenazado por un buitre en África, de Bin Laden, del Nuevo Orden Mundial, de la basurita que le entró en el ojo al nigeriano que trabaja para el cacique de mi pueblo, de IKEA, de las sectas, del paro, de los chinos, del Club Bilderberg, y por supuesto: de la caída del ladrillo. Aquí hay una mano negra, señores. Como decíamos en mi barrio: Aquí hay una mano peluda. La culpa siempre es de otro.

He de añadir, con una mezcla de socorronería y decepción, que a mí no me convence la teoría chitauri. Que tampoco me convence el Club Bilbergerg como causa y razón de todos los males de la humanidad y la caída del ladrillo. Creo, en cambio -por tradición místico-pampeana- en la teoría de la mano peluda, es decir: en el homo sapiens como único causante de todas estos desastres movido por la usura como única razón.

Resulta difícil saber cómo empezó todo. En caso de que se trate de otro ciclo similar a los anteriores, por mucha historiografía que se haga seguirá siendo difícil de probar, ya que el régimen -o como queramos llamarle a esto- se ha asegurado bien de borrar las huellas digitales de la memoria. No hablaremos del miedo a la muerte y del enorme poder del amor frente al miedo, que eso ya lo sabemos y además se escriben tropecientos libros a diario sobre el tema (libros que luego se publican en tapa dura haciendo que se forren tanto editoriales como escribidores, repetidores y presuntos investigadores). Ni de hacer la vida más sostenible plantando espárragos no transgénicos en un balcón de metro y medio por dos, a diez del suelo y a otros diez del smog...

ni de tantas cosas.

No. Hablaremos sobre la victima feliz. Sobre el criador de hipotecas. Sobre el hombre y la mujer de la calle embarcados en la gran desventura de tener que pagar su hipoteca cada mes, para muchos algo tanto más difícil que conseguir la Medalla Fields sin volverse locos, como Grigori Perelman.

La víctima feliz -el hipotecado- ha descubierto que ya no se puede ser feliz con una hipoteca. Ha descubierto que él, creyéndose poseedor, ha sido en realidad el poseído. El hijo que estaba bien colocado está ahora en paro, ha vuelto a casa -la residencia familiar, igualmente hipotecada-, y ya no tiene mucho caso anteponer la hipoteca como causa y razón de todas las cosas a fin de justificar desidias y escaceses. La víctima feliz ha descubierto que su hipoteca no le da garantía de fiabilidad y solvencia. Gracias a La Crisis, el euribor y los tipos de interés de tal y cual, ha descubierto su verdadera realidad. Una realidad que le cae sobre la nuca como un tropel de ladrillos. Esa realidad que rompe con las medianeras e invita a entrar, a compartir, y si fuera necesario, a invadir. A abrir y abrir-se a la otredad, porque no habiendo ya medianeras, difícil es que haya propiedad, y si no hay propiedad, se disuelve la sagrada religión del espacio individual. Si al principio la propiedad garantizaba la individualidad, es evidente que su pérdida garantizará la necesidad -si no ponemos en buenos- de compartir.

Como veis, La Crisis es lo mejor que nos ha podido pasar.

Es negro sobre blanco: necesitamos rubricar a través de los hechos todas las teorías escritas. Hemos de revisarlas a todas. Hemos de analizar si las alternativas que se proponen no son más que una variante florida a las que ya hay. Hemos llegado a un punto crítico, el punto en que estallan las revoluciones y se catapultan los cambios sociales. La sensación advertida por muchos, es la de estar al borde del peñasco y arrinconados contra el abismo. Hay quienes ven la otra orilla y hay quienes sólo ven el abismo. Punto 1: la otra orilla no es una religión, ni un Dios, ni un salvador, sean de la naturaleza que sean. Punto 2: el abismo es una prueba tanto para el que teme caer como para el que podría evitar su caída.

La primera reacción ante el desastre que puede suponer un embargo, no será la de echar mano a la saludable creatividad que tanto se ventila en libros e informes cuando ocurren estas cosas. Será el pánico. Y la rabia. Aquí la desesperación campa a sus anchas, y no hay discurso que valga. Cualquier intento de consuelo le provocará al afectado el deseo criminal de meter la cabeza del iluminado en una licuadora. Que le digan lo siento, hará que quiera renunciar al abecedario. Cualquier alusión a la idea de gran oportunidad que hay detrás de toda crisis -incluída la del karma merecido- le sonará a impostura. Y en semejante momento, lo es.

El discurso facilista de la neo-espiritualidad de cotillón se pasa por alto el único factor útil en estos casos. Así pues, ni religión, ni Dios, ni salvador, y nada más allá de lo que la víctima pueda hacer por si misma o dejar que otros hagan por ella.

Sólo empatía.

Algo así como: No voy a decirte que lo siento porque no tengo idea de cómo será estar en tus talones. No voy a darte fórmulas porque te sonará prepotente, y además podrías pensar que lo hago para superar mi propio pánico, lo cual es verdad. Sin embargo, has de saber que estoy aquí y que cuentas conmigo.

He aquí a la víctima feliz: burlada por el gobierno, burlada por los bancos, burlada por el casino internacional de la bolsa de valores, en definitiva: burlada. Y lo que es peor: burlada por su propia ingenuidad; básicamente, por haberse creído que toda esta prosperidad duraría eternamente.

Cuando el problema ha logrado trepanar la coraza del statu-quo, poco importa ya el color de las macetas o discutir la conveniencia de tal o cual seguro para el coche, sino sólo pensar quién será el amigo o familiar que le dejerá un trastero donde meter, si no a él y a su familia, por lo menos su historia. Con el pánico y la rabia surgirá también el claro distingo entre la necesidad y la ilusión. Y la intransferible certeza de haber cedido a una turbia farsa donde se suponía que los hilos estaban muy bien atados, y el futuro se aseguraba a veinte o treinta años, con los bancos por respaldo. El delirio de la desconexión voluntaria rubricado por el slogan de una transnacional de juguetes para adultos, le hará quemar su puta pantalla de 50 pulgadas: Bienvenido a la república independiente de tu casa.

En alguna parte de si misma, es posible que la víctima feliz experiemente una extravagante forma de libertad que no comprenda y que por su magnitud le asfixie. Necesitará mucho tiempo para comprender cuál es la naturaleza de esa libertad, y por qué en ocasiones se siente incomprensiblemente lúcida, o aplastada bajo una densa niebla. Necesitará meses, quizá años, para comprender -y aceptar- que nunca ha sido una víctima feliz sino el ejecutor de su propio constructo.

Hace poco más de un año tuve que dejar un trabajo por razones de salud. No me lo sugirió el médico, sino un amigo. Para mí, en ese momento, dejar ese trabajo significaba poco menos que saltar al abismo. El miedo a quedarme en la ruina era tal que lo sentía en todo el cuerpo: palpitaciones al despertar, sudoración, temblores, náuseas... toda una batería de síntomas que el médico decidió pasar por alto (1). Pero lo dejé. Cómo hemos logrado sobrevivir, prácticamente sin trabajo -y ojo, sin cobrar el famoso paro- durante todo este tiempo y sin haber perdido ni la dignidad ni el entusiasmo creativo, sigue siendo un misterio y una especie de milagro de los que no hablaré hoy, y que prefiero dejar librado a la imaginación de santos y ateos. Entre otras cosas, me llegó un dinero que no esperaba y me libré rápidamente de gastos innecesarios, supongo que eso ayudó bastante. También me libré, entre otras cosas, de dos cuentas bancarias que no usaba y descubrí que se puede vivir perfectamente sin una cuenta. El secreto también lo dejo librado a vuestra imaginación: si tanto hemos evolucionado sobre este planeta como para colonizarlo a pleno y desarrollar una tecnología prolongativa que ya empieza a limitarnos, no nos faltará imaginación como para vivir sin una cuenta bancaria. Si quereis os dejo una foto de mi casa para que podais apreciar que no vivo como una mujer de Atapuerca, sino que gozo de un modesto confort, justo el necesario como para decir que estoy a la altura del más dolido de mis vecinos hipotecados.

Yo creo en el cash de toda la vida. En la moneda metálica, la que me gano a diario. Y en el trueque. No creo en el crédito: una vez lo hice y por un retraso en el pago de una cuota, Caja Madrid me obligó a pagar la totalidad de una Visa, para la cual tuve que trabajar horas extras durante tres meses sin abogado que me defendiera. Conozco gente en similares condiciones, y no estoy dispuesta a repetir. Ahora ya me he cansado de este pueblo y de esta casa y pienso cambiar de aires (y quizá de país). Cuando conseguí la que tengo no tenía ni aval ni nómina, y el asunto se resolvió en diez minutos por mediación de un amigo; no veo razón para que eso no se vuelva a repetir. No tengo coche ni sé conducir. No pienso pagar miles de euros para sacarme el carnet: no estoy dispuesta a contribuir en ese negocio, que es al fin de cuentas el negocio del petróleo. Tampoco pienso volver a trabajar para gente explotadora y sinvergüenza que paga calderilla a cambio de horas de vida.

No. Se acabó. No quiero volver a ser nunca más una víctima feliz.

Escucho objeciones:

pero si no tienes coche no podrás...

pero si no tienes una nómina no podrás...

pero si no puedes pedir un crédito no podrás...

Y no, fíjate. Estoy limitada. He aprendido a convivir con mis limitaciones, que en ciertos aspectos me hacen un poco más libre. Acepto mi statu-quo dolorosamente consciente, a veces, de que me gustaría estar menos limitada, y que si no he podido ir más allá ha sido en parte mi responsabilidad, y en parte la de un sistema empeñado en adiestrar no a cualquier precio, sino al más bajo y en lo posible, gratis.

Visto lo visto, el proceso de transformación de un humano saludable en una víctima feliz es de acción rápida. Si pensamos en la alimentación, tenemos la mitad del trabajo hecho en menos de diez años (MONSANTO). Cuando yo llegué aquí ya estaba en marcha; en Argentina recién empezaba. Cuestión de tiempo. Faltaba aún la infraestructura del consumo. Aunque tampoco haría falta: mientras unos eran adiestrados en la saciedad, otros lo fueron en la escacez. El adiestramiento actúa sobre las fisuras del ser, generando frustración. Sabemos que sin frustración no hay consumo, y que sin consumo no hay ilusión. Era preciso cultivar la ilusión de un (primer) mundo feliz.

Cuando fue el hundimiento de Argentina en 2001 hubo quienes me preguntaban cómo mi gobierno permitía semejante cosa. Se me ha quedado grabado como un despropósito. Mientras unos compraban a plazos porciones de la tierra prometida, otros se mataban en ella por un trozo de pan. Pero la historia de los pueblos es cíclica, así que prefiero no pronunciarme en cuanto a lo que podría ser el futuro aquí, porque antes de que caiga, seguro que ya me habré tomado el avión (2).


(1) Si bien el sistema de salud español es todavía gratis tanto para nacionales como extranjeros, también es verdad que los médicos se muestran más que reticentes a la hora de dar al inmigrante una baja por enfermedad. Yo soy inmigrante, y desafío a cualquier español en idénticas condiciones de enfermedad a comprobar que en su caso, le darían la baja. El sistema está tan bien montado, su perversidad es tan refinada, que no me dí cuenta de ello hasta pasados unos años. No hay, que yo sepa, organizaciones ni grupos que denuncien esta realidad. Evidentemente, no conviene.

(2) Y en efecto, me lo tomé el 28 de noviembre de 2011. Hoy puedo decir que vivo en Argentina, y que Argentina vive.

El puerto

El puerto de Mar del Plata tiene el encanto de lo decadente. Naranja y apático, al puerto se baja por la perla de una lágrima. Es pequeño, una lengua exigua de mar, un charco ceboso sin horizonte a la vista, mi capitán.

Me fumo un cigarro sentada en el muelle, viendo cómo un viejo lobo le comenta a su amigo el alza de los precios… viste, boludo, sentado en la proa sobre el gran nudo de amarre. Y pasa un pato, quizá una gaviota empetrolada. El animal aterriza en el charol verde oscuro del agua y algo debe pillar, porque come. Mi objetivo es dejar que transcurra. Darme un paseo por ahí.

Toda mi infancia, hasta en mis sueños, estuvo marcada por ese puerto. Tengo el vago recuerdo de una niña cayendo al agua en una cesta de pesca… ¿sería yo? Mi madre no recuerda el supuesto, yo sí. Siempre don Conrado, reza el nombre de pila de una honorable barcaza naranja chillón. Lo anónimo se hace mítico, Hemingway estaría encantado. Siempre don… quien sea, hay un código entre los pescadores, un respeto fundacional. Mi respeto se hace punta de agua que baja por la perla y que no es la perla del Atlántico, no; sino una suerte de emoción inintencionada. La perla del Atlántico comienza al otro lado del puerto, pasando la Base Naval, con la mar ya limpia y tan parecida a la Costa Azul que da escalofríos.
Pero aquí no, aquí es el puerto.

Hubo un tiempo en que pensé que nunca saldría de ese puerto. Hubo otro en que pensé que nunca regresaría. Hubo puertos por doquier, sin embargo los puertos de mis sueños siempre son herrumbrosos, y tienen la estremecedora aspereza de una tripa que exuda, una vía de transformación y creación. Lo contrario, el aferrarse desaforadamente a los deshechos -sean de la naturaleza que sean- me ahuyenta como los cementerios. El puerto no suelta lo que contiene, siempre me he preguntado qué habrá bajo la chapa viscosa de ese lecho. ¿Podría, como Cristo, caminar sobre el agua sin hundirme? Es el origen de su misterio y, quizá, de su melancolía. También de su zen. Es la sensación casi epidérmica de la Argentina inamovible, de lo falsamente irreparable, de la fermentación en estado vivo, de la gangrena endémica que aún prospera, al parecer… a pesar de los cantos de sirena.

He vsto otros puertos… unos cuantos, pero el puerto de Mar del Plata es mi puerto primordial. Mi líquido jardín primitivo -siempre arrasado- es la metáfora de la incertidumbre que representa para mí esta tierra, y su asfixiante desolación.

Años fuera del puerto. De mi modesto puerto. Del puerto herrumbroso que soñé antes de salirme. Y de crecer. Del puerto bello, breve y sucio en su lontananza extraña, cercada por espaldas de barcos que crujen. Oscuras quillas que se hunden en la charca envenenada y beatífica donde comen patos o gaviotas. Hay que mirarlas. Hay que pasarse por ahí alguna vez y ver cómo se hacen a la mar todos, barcos, hombres, gaviotas y sirenas. Vale la pena.


3/1/13

La araña frágil

La interactividad es un concepto nuevo que no existía antes de la era Internet. El hiperespacio es multidimensional.
De esta coyuntura surgen términos como blogonovela o ciberpoesía, y empiezan a salir a la calle libros en papel de escritores que antes estaban en Internet.
A la vez, se retorna al incunable: gente creando libros-objeto que se venden en galerías de arte: que es lo que son los libros-objeto, piezas verdaderamente artesanales, códices del siglo XXI. Lectores entusiastas comentando una blogonovela, y no sólo eso: re-haciéndola en su propia exégesis.
Al abolirse la línea vertical que sitúa al Autor por encima del anónimo lector -no olvidemos que el escritor antes de autor ha tenido que ser lector, o cuanto menos, oidor-; ambos tienen la posibilidad de interactuar. A la pieza literaria en cuestión se le podrá añadir, además, un vídeo, un background o un repertorio de links. Al abolirse la verticalidad de las jerarquías, lo que cambia es el vínculo. La interactividad ofrece al lector la posibilidad de convertirse en participante activo de un objeto artístico, interactividad que en la dimensión del papel se le haría imposible. Lectores entrando diréctamente en la bitácora de un autor sin la criba previamente recortada, aderezada y cosmética de la crítica literaria al uso. Autores al desnudo, sin el apalancamiento o el respaldo de críticos y, por supuesto, editores. O sí. Autores conocidos y nuevos autores conviviendo en el espacio infinito, siempre caótico y por tanto siempre dinámico, creativo y re-creativo, de la red.
La red: autores escribiendo gratis por el mero placer de escribir ¡qué ingenuidad!, placer que tarde o temprano acabará convirtiéndose en necesidad. Una tarea solitaria, y no obstante compartible y comentable. Uno tiende a repetir lo que resulta placentero, y no puede haber literatura, o arte en general, sin que haya en alguna medida necesidad, ya que todo proyecto, sea individual o colectivo, se sustenta en ella. Pareciera que la condición del arte fuera la escacez, y no la saciedad. La escacez -en todo su espectro, me niego a que esta palabra se asocie únicamente a la idea de mercado- promueve la creatividad en todos los ámbitos de la existencia, y en lo que respecta al arte, es su total y absoluta gratuidad en el momento de la creación, lo que lo hace genuino. Siempre lo fue y siempre lo será, y la red resulta ser un importante caldo de cultivo. Ahora el autor puede beber de otras fuentes en simultaneidad, y tanto, que empieza a resultar inconcebible un autor sin conexión a Internet.
Sé que es discutible. Pero es una realidad que gente de la segunda y tercera década asume como en otro tiempo se asumía ir a una biblioteca o comprarse 14 libros juntos. Es una realidad que la red ha transformado nuestra capacidad de acceder a la información y que nuestro vínculo con el lenguaje empieza a cambiar.
¿Tendrán que cambiar los autores, y con ellos los géneros, y tendrán que actualizarse los editores? No es ni bueno ni malo: es lo que es.
¿Qué sería de nosotros hoy día si Bourroughs hubiera tenido a mano una PC a la hora de crear su cut-up? De ser así, ¿creen que a alguien se le ocurriría discutir que la literatura escrita en red es de peor calidad que la publicada en un libro?
¿Por qué, porque no pasa por la criba de unos críticos y sí, en cambio, por la de miles de lectores ávidos de una literatura de carne y hueso que puedan elegir ellos mismos?
¿Quién decide qué puede leerse y qué no? Y sobre todo, ¿con qué criterio, y de qué o quiénes depende ese criterio?
Si el problema es pecuniario, no pasa nada. Basta con cerrar la revista, el blog o la web y cobrar por su acceso. Hay escritores que lo hacen. Me parece perfectamente legítimo. Yo no pagaría por entrar en una página, pero hay quienes lo hacen, y está bien. Los lectores que le sigan -y serán sólo los lectores- pagarán por su acceso igual que cualquier hijo de vecino que quiera comprarse un libro. Leer en mi e-book, y en la cama, es un placer: pesa algo más que un libro, tiene luz propia y ni siquiera necesito volver las páginas. No me importaría almacenar toda una biblioteca en mi e-book. El libro es un objeto atractivo pero no es más que un medio, y aunque hace unos veinte años me hubiera resultado inconcebible leer un texto en una pantalla iluminada, esto pasó hace veinte años, y hoy no le encuentro la diferencia. Para mí los únicos libros irremplazables son los incunables y los códices. Ah, y los libros objeto.
Sin embargo, hay un problema a tener en cuenta, y es que Internet, dada su naturaleza virtual, es de por sí frágil. Si a ello le sumamos su juventud en conjunción con nuestra veterana estupidez como especie en materia de auto-depredación, o acaso -y esto no es ningún delirio- la eventualidad de un viento solar de gran magnitud que no pueda preveerse, no se descarta la posibilidad de que en algún momento vaya a colapsar. Y como muchas creaciones-proyecciones del sapiens, sus ventajas puedan convertirse en su propio cepo: esa naturaleza descentralizada y caótica de araña dionisíaca la hace frágil por su infinitud. No hay manera de controlar a la araña, y por muchas restricciones que se le pongan, hackers y crackers seguirán campando a sus anchas como avispas en su insondable tejido digital.
Hemos sido capaces de crear la más grande biblioteca de Alejandría jamás imaginada, y no porque contenga todo el saber erudito -que ése está de verdad, pero en las bibliotecas físicas- sino porque contiene toda la información, que no es lo mismo que el conocimiento. Si el saber erudito contiene las neuronas, Internet contiene los neurotransmisores. La red no sólo nos proporciona el espacio y el vínculo, sino que modifica la cognición. La expande. De ahí que un mismo objeto pueda ser observado de aquí a la China desde miles de millones de puntos de vista, lo cual hará posible que sea intervenido y por tanto modificado, reformulado, recontextualizado, reinterpretado y recreado, sometiendo al ámbito comunitario la figura hasta hace poco “exclusiva” del Autor. Hoy, el autor es múltiple, se hace inclusivo, y la obra se ha vuelto monumental: un cadáver exquisito elevado a Pi. Internet es lo más similar a una conciencia global unificada en constante expansión. La araña original ha muerto, ha crecido o quién sabe por dónde andará. Ha perdido el control de sus vástagos, que se reproducen a velocidad espasmódica, muriendo al instante en beneficio de su propia mutación.
De alguna manera, también Internet es un incunable.

27/8/12

Mar del Plata (II)



Era necesario entonces organizar una villa cuya inutilidad económica y dificultades de acceso la convirtieran en algo exclusivo.

Carlos Bozzi, Mar del Plata: ¿cien años de una ciudad sin futuro?



Una reminiscencia amable: el albor de una tarde de domingo, siendo ya Año Nuevo. En la mesa de la cocina todavia hay restos del festín. Mientras los hombres se acuestan a una siesta, mamá, la abuela y las tías comienzan a lavar los platos. Se hace todo muy sigilosamente, en un silencio casi reflexivo, como resignado, de final de fiesta. En el patio, la burbuja envolvente del sol invita a echarse una caminata por el barrio.

Cuatro de la tarde, hora de siesta. Mamá me toma de la mano, su piel huele a colonia y a pan de jabón. Mi abuela va despacio, tocándose el broche toledano que lleva en la solapa de la blusa, lado izquierdo. A mi derecha va un niño canijo sacando mandibula con un gesto perruno. En el trayecto ha improvisado un bastón con una rama de acacia, y pretende hacerse el hombre viejo. Vamos saltando las veredas, rehusando la calle todavía de tierra, con pistas de neumáticos en forma de zig-zag entre montañas de humus y charcos de agua de lluvia. Nos siguen los perros, y otros niños. Otras madres y otras abuelas y otros perros. El barrio empieza en la asfaltada y se acaba en el pinar.

Yo quiero ir al pinar. Me gusta el galpón donde venden fruta y verdura, no sé por qué. Es de chapa, con las paredes tapizadas de carteles arrancados y vueltos a pegar. Será que me gusta porque mamá me lleva de la mano y su piel huele a colonia y a pan de jabón y porque va cantando (mamá fue cantante, ella canta muy bien): Pasarán más de mil años, muchos más; yo no sé si tenga amor la eternidad… o porque en el fondo del galpón está el pinar. Mi primo va delante de todos, con su rama de acacia para hacerse el viejo. Es un niño raro.

La tarde del primer día del año de hace milenios ha vuelto involuntariamente, se me ha puesto delante de los pies como una culebra en técnicolor. Esto fue ayer, cuando andaba buscando barrios para hacer fotos y fotos para hacer barrios. Y ahí caí. Ahí me dí cuenta de que el cielo está muy alto en Mar del Plata, y esto es porque el sol alumbra de otra manera. En Madrid el sol alumbra tanto, que se cree que es fácil dar un salto hasta el cielo. En Mar del Plata no hay salto que valga, aquí el cielo nunca se alcanzará.

Exploramos la dermis, la pulpa urbana de lo que pudo ser Mar del Plata y nunca será. Mejor dicho la suburbana, que es donde se construyen las identidades y sus paradojas. Los barrios con sus chalecitos de medio pelo, las calles de tierra hoy ya asfaltadas, los galpones de fruta y verdura que hoy son losa, escuela o plazoleta. La Mar del Plata profunda que no sale en las postales, y ni siquiera en televisión. La Mar del Plata de mi reminiscencia amable, y la otra, no tan amable, de la barriada marginal. Esa Mar del Plata de los perros y los carromatos con un bidón de plástico para la venta, que como una Habana sin presentar, se esconde a los ojos del turista para que no vean que allí nunca se acabará la calle Florida, porque no puede acabarse algo que nunca se ha visto y no puede creerse en algo que nunca fue verdad.

El reloj de la Biblioteca de la ciudad, Leopoldo Marechal, sigue siendo el mismo que era hace veinticinco años. Un reloj que busqué de forma instintiva cuando ya iba siendo hora de irme y que encontré justamente encima de la pared, en el mismo lugar donde estaba hace veinticinco años. Las empleadas de la biblioteca siguen siendo las mismas, sólo que han enjevecido -como yo, como todo- y probablemente seguirán trabajando allí hasta que se jubilen. Los libros que dejé en sus estantes hace dos décadas siguen estando allí, en el mismo estante de hace veinte años, sólo que más viejos. Suerte que los archiveros han sido sustituidos por computadoras, que han agregado fluorescentes en las mesas de lectura, enchufes para las notebooks y que haya cuadros de artistas marplatenses en las paredes de la sala. El ambiente sigue siendo tan agradable y apacible como siempre.

Tengo la sensación de haberme materializado de repente dentro de un sueño que soñé en otro país en el siglo XXI, y que se ha vuelto real en 1986. Salvo por algún detalle, nada ha cambiado. Me siento casi como en casa, igual que me sentía hace veinticinco años. Como una estrella secundaria de Star Treck en el acelerador de partículas, o la chica que daba la bitácora de vuelo al capitán Kirk, dando de bruces en el banco de cemento donde me sentaba a fumar un cigarro, ojeando un apunte de Todorov. Y resulta que hoy, estando sentada allí mismo en similares circunstancias, he pensado que a lo mejor fue al revés, que quizá lo que haya sido un sueño sea ese otro país, el sueño de un país en el siglo XXI, algo que todavía no ha sucedido en Mar del Plata.

No resulta fácil atravesar la epidermis y ponerla en carne viva. Hacerlo puede resultar, como menos, incómodo. Puede que inclusive en algún punto vaya a sonar cruel. Para curarme en salud, recomiendo leer Mar del Plata: cien años de una ciudad sin futuro, interesante ensayo escrito por Carlos Bozzi en 1975, primer premio en el Concurso Municipal del Centenario, e inédito hasta 2005 por causa de la dictadura. En el prólogo se advierte que su publicación, llevada a cabo por la Subsecretaría de Cultura a cargo de Marcelo Marán, es un acto de reparación. Pero, ¿es sólo un acto de reparación? Cabe preguntarse si después de treinta años la ciudad haya cambiado tanto como para que Cien años… pueda pasar a la historia como registro de una realidad ya superada. O no.

Hubo antecedentes. Volviendo a 1986, quizá antes o después, en cualquier caso antes de la era internet, yo solía visitar mucho la Leopoldo Marechal, y recuerdo haber leído un libro que me fascinó: Mar del Plata, el ocio represivo, de Juan José Sebrelli. Si se escribió antes o después de la dictadura lo ignoro; lo que recuerdo es su certera disección de la Mar del Plata que está bien lejos de ser “la niña bonita de todos”, como la llama irónicamente Bozzi. Yo me crié en esa Mar del Plata. Yo nací y crecí en esa Mar del Plata. Como toda mi generación, yo respiré el aire opresivo de esa Mar del Plata sin encajes, y la vi declinar mientras crecía hacia los bordes, como la hierba brava o las melenas de los ochentones, sin control, y por puro descuido. También por necesidad.

La Feliz nace como espacio especulativo para el ocio de la oligarquía terrateniente de mediados del siglo XIX, y como punto estratégico de un ferrocarril inglés cuyo único objetivo será llevarse la materia prima a casa. La banca de Londres usará como gestores a los mismos de siempre, “altos dignatarios” y “próceres” cuyos nombres hoy adornan las calles de nuestra ciudad, extranjeros e hijos de extranjeros transplantados en el Sud por causa de la colonización. Cuando Bozzi define el destino parasitario de la ciudad, uno se pregunta quién parasitará a quién. Recordemos que en la simbiosis parasitaria se necesita también un huésped, y que su acción conjunta acaba, con el tiempo, por confundir los roles. ¿No es ésta la eterna historia de América del Sud?

Aunque la costumbre sea vivir del porteño, el autóctono no es porteño y tampoco es del interior. Es marplatense, lo cual lleva implícito el añadido de ¡Ay, qué suerte!, que mueve a todo foráneo hipnotizado por el mito de Mar del Plata como ciudad ideal, meca de la diversión y la bijou de plástico, oro falso que exhiben las vidrieras. En los años que llevo lejos de la ciudad, y a vista de pájaro, los cambios más llamativos son: que una vez al año hay un Festival Internacional de Cine, y que los pequeños propietarios que le vieron la veta a los alquileres de temporada, renuncian a ofrecer sus viviendas por los 24 meses que rije la normativa. Si hasta hace unos años Mar del Plata ya vivía de la especulación inmobiliaria, hoy no sólo la explota, sino que reduce, casi hasta la exclusión, toda posibilidad de residir en ella de otra manera que no sea pagando un dineral por una vivienda sin mantenimiento, en la casa de un familiar, o en un barrio de la periferia, donde los servicios básicos, como agua corriente, gas natural, cloacas y la seguriddad civil (hay muchos robos) escasean.

Primera salvedad: Argentina, el país del hágalo usted mismo 1. Ante la ausencia de oferta habitacional, las nuevas -y no tan nuevas- generaciones buscan alternatvas. Desafiando una idiosincrasia donde el hábito se impone al progreso, muchos se decantan por la bioconstrucción. Ya que Mar del Plata se ha extendido tanto, incordiando a una burguesía que no se hace cargo de su propia responsabilidad al respecto (¿pretendían que la ciudad se acabara en el Chauvín? Si no quieren villas de emergencia, señores, dejen de especular) resulta todo un puntazo la iniciativa de una arquitectura alterna. Así es, vuelven las casas de adobe. Las casas de botellas, las cabañas, los iglús. Aunque moleste a ciertos sectores, hay muchas cosas que deberían molestar más y siguen sucediendo porque en realidad convienen. A saber: si se salta la normativa vigente a la hora de cobrar el doble de precio por temporada a una familia que ha alquilado una vivienda por 24 meses, y todos lo encuentran normal, no veo qué puede tener de anormal construir una vivienda de adobe al lado de un chalet. Hablamos de un país inmenso en el que, al menos fuera de las zonas urbanas, no prima aún una legislación en materia de arquitectura uniforme. En Mar del Plata ya hay quienes saben aprovechar esta saludable ventaja. En Europa nos envidian.

Resulta paradógico que la villa germinal nacida como vía de escape a la oligarquía mitrista y rivadaviana, también de Alvear, sea hoy un hervidero de barrios periféricos, más llenos que nunca de ese “olor a inmigrante de la metrópoli (que) se volvía insoportable para ellos” (JJ Sebrelli, sic). Haciendo un ejercicio de comprensión, llevo meses preguntándome si existirá conciencia de que toda exclusión genera una fractura social cuyas consecuencias recaen no sólo en los excluídos, sino también en los excluyentes. Si a esto le añadimos que Mar del Plata es la ciudad con mayor índice de desocupación del país, el asunto se convierte en una bola de nieve. De ahí que Carlos Bozzi señale la necesidad de una política turística inteligente. ¿Qué tiene, pues, de feliz La Feliz?

Que yo recuerde, allá por los 70, y hacia el sur, Mar del Plata empezaba en avenida J.B Justo. Puedo decir que aunque haya nacido dentro de su jurisdicción, en realidad me crié afuera, en otra ciudad, aquella hasta donde no llega el EMTUR. Sé bien lo que es vivir en un barrio periférico hasta el que no llegan los servicios ni el transporte. Sé lo que es ser hija de un inmigrante. También sé lo que ser inmigrante. Con los años y los gobiernos, el barrio El Martillo se parceló, adquiriendo su propia idiosincrasia en microbarrios que se agenciaron nombre propio: El Progreso, San Martín, Martillo Chico, etc. Yo crecí en El Progreso, un barrio de inmigrantes tanto europeos como del interior. Éste empezó a crecer cuando se edificó la sociedad de fomento, de la cual mi padre fue secretario de gestiones. Con ella llegaron el asfalto, los transportes y se repoblaron los terrenos fiscales. Hoy día el barrio goza de todos los servicios, zona de comercio y tres líneas de autobus, y lleva ya varias décadas inserto en el marco real de la ciudad. Por supuesto, el pinar que tanto me gustaba ya no existe, y donde estaba el galpón de chapa ahora hay un chalet.

Con el correr de los años Mar del Plata siguió creciendo, urbanísticamente hablando, hacia límites insospechados. El adjetivo no es gratuito, si pensamos en un microcentro que no pasa de unas cuántas manzanas destinadas al consumo, y de una zona céntrica más bien residencial que está buena para dar un paseo, y poco más. Ésta es la Mar del Plata que podía preveerse; la otra, la de la periferia, la de los barrios desmelenados y grises, de los mono-blocks en cadena o las casuchas sin revoque y los terrenos baldíos, la de la pampa brava… ésa no resulta segura, enciende paranoias (a veces justificadas, a veces no) y siempre que se pueda, se hace lo posible por evitarla. E ignorarla.

Habrá quienes recuerden, como yo, aquel viejo slogan de uno de los dos canales públicos (que por lo visto siguen siendo dos): Desde Mar del Plata, capital turística del mundo, transmite canal 10, con un espacio musical de campanas y un parche publicitario que mostraba una vista nocturna de la costa, con su inefable sirenita. Desde mis cinco años hasta hoy, Mar del Plata lleva más de cuarenta pretendiendo ser la capital turística del mundo. Con la llegada del Dákar, las carreras de bicicletas por la famosa bici-senda con vistas al mar y el Festival Internacional de Cine, puede suponerse que si bien Mar del Plata está todavía lejos de ser capital de algo, al menos empieza a sonar su nombre más allá del Atlántico Sur. No creo en los cambios hasta que se admitan las limitaciones que puedan precipitarlo, y no es sino desde el reconocimiento de la verdad que puede construirse algo.

Así pues, se quiera o no se quiera, se sueñe o no con ello, y a pesar de su imponente osamenta calcada de las costas europeas, su ruido a todas horas y su ilusoria fiebre de consumo (consumo es cuando la oferta se disfruta, pero aquí consumir puede llegar a doler) Mar del Plata no es una ciudad cosmopolita. No fue diseñada para ello, y dudo si sabría cómo llevarlo. Peor aún: dudo que el turista extranjero -extranjero de verdad, no el porteño, el salteño o el cordobés- estuviera dispuesto a pagar por un café en un paseo peatonal asfixiante lo mismo que, por ejemplo, en Ibiza, teniendo la oportunidad de visitar costas mucho más limpias, de mejor clima y con servicios de mejor calidad que los nuestros. Basta con visitar cualquier hotelucho de la Terminal -con tres estrellas por membrete- para comprobarlo. Se habla de 30.000 plazas hoteleras, pero ¿cuántas de ellas están preparadas para recibir turismo internacional? Esa política turística inteligente debería empezar por la sencilla ecuación de que no es subiendo los precios como se compite, sino al revés. En este aspecto, Mar del Plata es el epítome de la filosfía argentina del pan para hoy, hambre para mañana.

Segunda salvedad: Argentina, el país del hágalo usted mismo 2. Ante semejante panorama, al autóctono harto y más que harto del mito de la ciudad balnearia con ínfulas de bataclana, proyecta y monta, o simplemente proyecta, su propio centro cultural. Para encontrarlos hay que arañar en la dermis, ir a conciertos, al teatro, exhibir la tendencia criolla al transnocheo en el café literario, en el pub o en el quincho de un amigo, preguntar, escarbar. Me contaban hoy de un centro cultural alternativo cerca del basurero municipal, en un lugar idílico muy al sur de la ciudad. Allí un señor donó sus tierras para la construcción de un centro cultural alternativo en el que no se descarta la construcción de viviendas bio. También al sur, en un barrio barrio bien cerca de El Progreso, hace poco se fundó el Museo Patafísico. La Estación Permacultural funciona en plena ciudad desde hace un tiempo. Allí se dan clases de bioconstrucción, se ofrecen talleres y se dan conferencias de permacultura. El etcétera está todavia por explorarse. Esa Mar del Plata sumergida y emergente que no sale en los diarios surge de la iniciativa barrial y a menudo desinteresada de personas conscientes de que Mar del Plata ni se acaba la calle Florida, ni se termina Biarritz.

El heterónimo La Feliz ha funcionado durante décadas como factor condicionante. Hablamos de una represión feliz, que es la peor y más eficaz de las represiones. Ahora que lo pienso, quizá no sea casual que esté leyendo Un Mundo feliz (cuyo título en inglés es Salvaje nuevo mundo, aunque la traducción latina haya preferido la versión somática de ese extremo mundo narrado por Huxley). Ya en los 70, Mar del Plata llegó a inspirar canciones emblema del pacaterismo pseudo-hippie, como Las olas y el viento (y el frío del mar, sucundún sucundún) de Donald, slogans publicitarios que vinculaban una caja de alfajores con los romances de verano, y comedias misóginas como La carpa del amor. Mientras Palito Ortega venía preparando el terreno ideológico con su himno a la felicidad, y eufóricas, algunas adolescentes daban saltos en sus sandalias de corcho cuando alguien ponía un disco del tucumano, yo no comprendía por qué todo se me antojaba tan aburrido, tan decadente y tan gris.

Y ahora, por fin, he de confesar algo. Si bien desde el principio pensé en lanzar sobre Mar del Plata una de ésas críticas despiadadas que tanto me gustan, veo que no lo he conseguido. Podría ir a más, pero llevo horas escribiendo y ya está bien. Para que conste que la quiero por lo menos un poco, diré que la primera vez que vi su silueta después de trece años, en todo su esplendor desde la ruta 11 y bajo un sol de noviembre, me eché a llorar. En el autoestéreo de un coche que no es mío sonaba una song pacata pero preciosa, de los 80 (ya saben que el sueño de otro país fue en el siglo XXI) y me asaltaron unos sentimientos contradictorios que, como todo lo que tiene que ver con la historia personal de cualquiera, no pueden explicarse, y aunque se pudieran, no se me ocurriría hacerlo por aquí. Porque Mar del Plata, además de lo ya dicho, es ante todo eso: la ciudad donde nací, y un sino temporal aunque eterno de ese siglo XXI de un país donde el futuro, como diría Janis Joplin, nunca llega a suceder del todo.

De vez en cuando, una vez al año y en Navidad, un niño que vive en el centro agarra una rama de acacia y se pone a saltar las veredas de algún barrio nuevo.

Para Claudio Orozco, In memoriam