2/5/15
Casilla de comentarios
Informo a mis lectores que no es que los comentarios no
estén habilitados por alguna manía pretenciosa mía, sino porque blogger no me los
habilita :( Por mucho que le doy a la casilla de permitir (junto a la de redacción) y al apartado comentarios, no hay manera de que aparezcan.
Mis disculpas.
30/4/15
Los malos pensamientos (II): protestantes
- Qué hermoso día, ¿no?
Afuera hace frío, está nublado y a punto de lloviznar,
sopla viento y tierra, y hay evidencia de que la ceniza volcánica llegó para quedarse,
al menos por unos días. Pero ella lo encuentra hermoso. Podría pensarse que lo ha dicho por decir algo, pero no: se le nota que lo dice convencida, que para ella no es un simple comentario como para romper el hielo. Entonces intento imaginar cómo
será eso de conformarse con tan poco. Yo no soy así: para decir que el día está
hermoso tiene que estar hermoso. Como mínimo, que brille el sol.
Cuando le voy a pagar me entrega una tarjeta de su iglesia.
Y ahí caigo. Ahí me entero de que la chica es pentecostal. Claro, ahora
comprendo el por qué de su expresión sobrada… la causa de su sonrisa
inalterable (y también su falta de criterio de realidad). Ella está salvada. Y
los que están salvados lo ven todo hermoso porque no viven en el mundo sino en
el reino. Así que aunque llueva, truene, caigan centellas, haya eyecciones
solares que fulminen el planeta, tsunamis que devoren pueblos enteros, volcanes
que escupan cenizas a cientos de kilómetros, incendios devoradores, etc… ¡NO IMPORTA!
Porque ella está salvada. Y como tiene el don del discernimiento (espiritual) se
ha dado cuenta inmediatamente de que algo "anda mal" en mí. Así que
me ha ofrecido su tarjeta, diciendo -con un aire entre solemne y misterioso- que
se trata de "una invitación".
Yo acepto la tarjeta por educación, le doy las gracias
por amabilidad y me voy.
A los diez minutos se larga a llover fulero. Desde
entonces ha estado lloviendo y no ha parado en casi todo el día. Llueve finito,
como decimos acá. Es buenísimo que llueva así, porque eso precipitará la ceniza
y mañana podremos hacer muñequitos de arcilla. Gólems que saldrán a limpiar las
esquinas mugrientas antes de que amanezca pasado mañana.
Todo depende del cristal con qué se mire.
Matizando, recién veía por segunda vez la película La playa. Verdad que no es gran cosa,
especialmente porque no supieron profundizar en la parte del muchacho que dejan
abandonado fuera de ese mundo pedorro y lleno de egoísmo disfrazado de felicidad
en el que viven todos. Eso de buscar el edén viene siendo un lugar común desde
que la cosa se perdió. Así que andamos levantando edenes por todas partes.
Claro que en la construcción se van dejando cadáveres. Gente que molesta,
digamos, que no da con el perfil. Gente que ha sido herida de muerte por un tiburón,
por ejemplo.
Acá en Sudamérica la cosa no es tan distinta. También se
construyen edenes que dejan afuera a los heridos por tiburones, y esos edenes
son las iglesias pentecostales. Y es irónico que esté diciendo esto, porque no
hay persona que llegue a uno de esos templos sin haber estado herida. Lo que
ocurre es que para dejar de sentir la dentellada, uno debe aceptar ciegamente
lo que le dicen y no atreverse a dudar jamás. Porque la duda te arrojará
nuevamente a las fauces del tiburón. En este aspecto el paralelismo con la
película no es tan descabellado, ya que el desobediente, el rebelde de malos pesamientos, queda siempre fuera del
paraíso.
Sin embargo son muchos los que se quedan, y no debe ser casual que la cantidad de adeptos sea mayor cuanto más pobre y con menor formación sea la comunidad donde se asiente la iglesia. Y cuanto más pobre el entorno, más fea
será la iglesia y más chillones sus colores. Esos templos parecieran querer compensar la densidad
de la atmósfera y el abandono urbanístico y moral con una estética kitsch de
plástico, casi disneylandesca, en edificios generalmente cuadrados, hangares, cines
o teatros abandonados y sin ventilación, donde se concentran sin orificio de
salida las energías erráticas de muchas personas. Se percibe el sincretismo
entre el show-bussines evangélico for export y la magia santera sudamericana.
Lo cual da por resultado un pastiche de lo más deprimente para cualquier persona
con algo de buen gusto. La única iglesia evangélica que conocí en mi vida era blanca
y clásica, no hubiera sido capaz de entrar en una de aquellas.
El boom de
estos edenes ambulantes comenzó en los años 80, y llegó de la mano de los
misioneros yanquis. Fue nuestra segunda gran colonización religiosa, tras los
500 años vaticanescos. Estuvo diseñada para adoctrinar al personal en el
renunciamiento "al mundo", a fin de abrirles camino a las políticas de
rapiñaje que iban llegando en paralelo con sus corporaciones. La diferencia con
la película es que acá al paraíso te lo tenés que imaginar viviendo en un
cuento paralelo. Que es la realidad del
libro, el único libro -la biblia- ya que todos los demás son innecesarios y/o
peligrosos. Los misioneros sabían que en Sudamérica no iba a ser necesario
ofrecerles buena vida, que la la gente se conforma con imaginar que algún la
tendrá. Y que si no llega a tenerla acá no importa, porque Dios nos tiene
reservado un pedacito de paraíso como premio.
Lo bueno de vivir dentro de ese edén, es que se
puede ser y habitar dentro de un mundo muy chiquitito sin que importe en absoluto.
Se puede ser y vivir sin ninguna ambición. No hay nada por qué luchar, ya que
Dios lo hará por mí. Y como todo está en su mano nada está en la mía, así que
lo que ocurra en el mundo poco importa. Estrés cero. Depresión cero. Responsabilidad
cero... Entonces, ¿cómo no va a estar lindo afuera, aunque sople viento y tierra?
27/4/15
Vincent, el hijo del predicador
Todo el mundo quiere subirse al
carro de Van Gogh. No existe un viaje tan horrible que nadie quiera hacer. La
idea de un genio no reconocido sudando tinta en un desván es deliciosamente
absurda. Debemos conceder a Van Gogh el mérito de haber puesto ese mito en
órbita. Es decir: ¿cuántos cuadros vendió Van Gogh?¿Uno? No podía ni
regalarlos. Iba a ser el artista más moderno, pero todo el mundo le odiaba. Nos
avergüenza tanto su vida que el resto de la historia del arte es una
compensación por el abandono de Van Gogh. Nadie quiere formar parte de una
generación que ignore a otro Van Gogh.
(René Ricard, en la película
Basquiat, de Julian Schnabel).
Y tan grande ha sido la
compensación, que Van Gogh se convirtió -o mejor dicho, lo convirtieron- en el artista
más caro del mercado del arte.
El loco de la oreja cortada, que
vivió a caballo entre bares de mala muerte, casas prestadas y manicomios, había
nacido a fines de abril de 1853, en Holanda. Me lo puedo imaginar acodado en
alguna barra delante de una copa de absenta, conversando con uno de esos
iluminados que nunca faltan: La cuestión, amigo, es estar situado en el
lugar justo en el momento adecuado. Así como para justificar su falta de
suerte. Pobre Van.
Visto en retrospectiva, el asunto
resulta casi irrisorio, ya que Van no se lo hubiera creído. Él sabía que había
sido puesto ahí para el futuro, que algún día el mundo reconocería lo que él,
un simple don nadie, tenía en la punta de su pincel. Las cartas escritas a su
hermano Theo, que le mantuvo casi hasta el final de su vida, son de una
franqueza descarnada y hablan de una angustia que debió ser insoportable. Su
existencia llena del claroscuro vital que anima las biografías de los artistas
malditos, me fascinaba cuando era una estudiante. De hecho, me gustaban más sus
cartas que sus cuadros. Esos brillantes cuadros llenos de materia, cuya
temática -fuese la que fuese- hacían público su dolor aunque se tratara de un
sencillo campo de trigo. Van Gogh es el típico caso del artista que no puede
crearse unos parapetos, una "máscara" que le sirva de escudo, y acaba
exponiéndose a sí mismo hasta tal punto que su fuerza expresiva llega a ser
obscena. Los niños se expresan con esa honestidad, de ahí que el arte
contemporáneo -cuyo iniciador fue Van Gogh- haya dado un vuelco hacia los
trazos naturales, espontáneos, de artistas capaces de pintar como los niños.
No es casual que Julian Schnabel mencione a Van Gogh al inicio de su película sobre Jean-Michel Basquiat, (el primer pintor negro reconocido en la historia del arte), ya que tienen en común dos cosas: la marginalidad en la que crecieron y la fuerza expresiva de dos niños grandes que nunca llegarían a viejos. Aunque Van Gogh no era un pintor abstracto como Basquiat, su última pintura -campo de trigo con cuervos- sugiere ya que de haber continuado con vida, quizá hubiera roto con la figuración.
No es casual que Julian Schnabel mencione a Van Gogh al inicio de su película sobre Jean-Michel Basquiat, (el primer pintor negro reconocido en la historia del arte), ya que tienen en común dos cosas: la marginalidad en la que crecieron y la fuerza expresiva de dos niños grandes que nunca llegarían a viejos. Aunque Van Gogh no era un pintor abstracto como Basquiat, su última pintura -campo de trigo con cuervos- sugiere ya que de haber continuado con vida, quizá hubiera roto con la figuración.
Como rompió
con la iglesia. Porque Vincent, antes de ser pintor, había querido ser
predicador igual que su padre, con quien no se entendía. No me extraña en
absoluto, ya que la iglesia nunca se llevó bien con los artistas. Las causas
son variadas y complejas, pero resumiendo, podría decir sin temor a equivocarme
que la naturaleza anárquica de los artistas no se lleva bien con los organismos
de control. Y la iglesia fue, es y seguirá siendo un organismo de control. A
Van Gogh, que era artista desde la cuna -pero aún no lo sabía- le fascinaba la
figura de Jesús de Nazaret, y haciendo gala de su personalidad obsesiva, se lo
tomó tan a pecho que se fue a vivir con los pobres entre los pobres: unos
mineros belgas.
Probablemente los comedores de patatas, uno de sus cuadros más famosos, esté inspirado en ese período de su vida, en el que fue capaz de compartirlo todo con los pobres, llegando hasta el extremo de olvidar el nudo temático del mandamiento de Jesús, que consiste en amarse uno primero, para amar a otros después. Vincent decidió saltearse la primera parte y pasar directamente a la segunda. Estuvo a punto de morir en el intento, y lo echaron.
Probablemente los comedores de patatas, uno de sus cuadros más famosos, esté inspirado en ese período de su vida, en el que fue capaz de compartirlo todo con los pobres, llegando hasta el extremo de olvidar el nudo temático del mandamiento de Jesús, que consiste en amarse uno primero, para amar a otros después. Vincent decidió saltearse la primera parte y pasar directamente a la segunda. Estuvo a punto de morir en el intento, y lo echaron.
Había crecido en un
internado para muchachos y siempre andaba mendigando el cariño de su padre, un
predicador de la Iglesia reformada de Holanda, extremadamente severo, que
seguro no comprendió el romanticismo de su hijo. No tengo las cartas a mano,
pero recuerdo el contraste entre inteligencia y miseria afectiva que
reflejaban. Leerlas en retrospectiva, y sabiendo quién es hoy Van Gogh, resulta
como menos sorprendente. Su obsesión por la fe y su deseo de convertirse en
pastor han tenido que ver mucho con el deseo de ser amado y aceptado por su
progenitor. Algo que nunca llegó a conseguir. Vincent es un triste ejemplo de
alguien que no tuvo amor para sí mismo. De haberlo tenido, posiblemente hubiera
triunfado como predicador, y también como artista. Su talento está fuera de
toda discusión.
Quizá Jesús le pidiera demasiado a Van Gogh, pero Van Gogh lo amó de todas formas:
Cristo es el artista más grande. Desdeñando el mármol, la arcilla y el color, trabajaba con la carne viva... este artista inaudito no hacía estatuas, cuadros ni libros: hacía hombres vivos, inmortales.
Y también dijo:
Amar con voluntad e inteligencia conduce a Dios, lleva a la fe inquebrantable.
Pese a ello,cuando fracasa en su intento de ser reconocido como pastor y lo echan de la misión con los mineros belgas, Van pierde el norte y se hunde en una espiral descendente muy similar a las que pueden apreciarse en sus cuadros. Esos remolinos, tan representativos de la pintura vangoghiana, fueron luego retomados por Edward Much y reformulados por los expresionistas. Pero él, ajeno a cualquier tipo de futuro predecible, se desbarrancaba por la escabrosa pendiente del siglo. Cuentan que sólo consiguió vender un cuadro, y que su hermano menor, Theo, el marchante, no podía colocar su obra en los círculos de París. No hablaremos de su tormentosa relación con el pintor Gauguin, por quien se dice que se cortó el lóbulo de la oreja (y no la oreja entera, como cuenta la leyenda). Ni de sus ataques de ira, sus borracheras en los bares de París o sus temporadas en el manicomio, donde él mismo pedía ser recluido, probablemente debido a sus crisis epilépticas y sus depresiones.
Reconozcámoslo: Van vivía fuera de su tiempo, porque vivía en el futuro. Cuando todos hacían impresionismo, él ya estaba saliendo de allí y se hundía en la locura tan bien como le abría la puerta al expresionismo. Incapaz de vivir una vida normal en el mundo real, fue capaz no obstante de construir su propia cosmovisión dentro del mundo del arte. Un mundo tan inaprensible como sus fantasías, y a menudo tan incomprensible como su Dios.
Quien salió a defenderlo a capa y espada, llegando a escribir un ensayo que guardo con celo en mi biblioteca, es Antonin Artaud. Estoy hablando por supuesto, de Van Gogh, el suicidado por la sociedad. El ejemplar que yo tengo trae además el largo poema Para acabar con el juicio de Dios, que fue duramente censurado durante la posguerra, no pudiendo transmitirse en radio. Artaud manifestaba un odio virulento hacia Dios, sentimiento que no podía ser más opuesto al del Van. En Van Gogh, el suicidado por la sociedad, acusa a la sociedad, la religión, la psiquiatría y por supuesto al médico personal del pintor, Dr. Gachet, de arrinconarle hasta el extremo del suicidio.
Si hubo alguien que comprendió a Van Gogh, ése fue Antonin Artaud. En su ensayo llega a decir:
Van Gogh no murió en consecuencia de un estado delirante definido, sino por haber encarnado el lugar de acción de un problema alrededor del cual se debate, desde los orígenes, el espíritu injusto de esta humanidad, el de la prevalencia de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno y otra. Y en ese delirio, ¿dónde se encuentra el lugar del yo humano? Van Gogh a lo largo de su vida buscó el suyo con excepcional energía y decisión.
Estas palabras, que bien podrían proceder de un místico, provienen sin embargo de un completo blasfemo (se cree probable que padeciera el síndrome de Tourette) y de alguien que renegó de la religión y de la fe con virulencia. Supongo que esto tendrá que ver con ese asunto de los límites que se tocan. Sin embargo, cuando se prohibió el recitado radial de Para acabar con el juicio de Dios, un cura que conocía al poeta decidió romper una lanza a su favor, diciendo:
Al fin, he aquí el lenguaje verdadero de un hombre que sufre.
Y tenía razón. Artaud se pasó nueve años de su vida encerrado en manicomios donde le hacían electroshocks y le sometían a todo tipo de pruebas inhumanas. Estuvo enfermo la mayor parte de su vida, ya que padecía una neurosífilis hereditaria. A diferencia del calvinista Van Gogh, el católico renegado Artaud, el gadareno Artaud, juró contra Jesucristo, la misa, la eucaristía y por supuesto contra Dios, al que llegaría a comparar con una ladilla (1). El cura lo dijo bien: un hombre que sufre. Lejos de mostrar la santurronería del que se cree miembro de una elite, el padre Laval demuestra ser un cristiano verdadero, presentando a Artaud como un hombre que sufre. Y mucho, ya que no habría esperanza en la vida del poeta, que acabó muriendo de cáncer en un asilo. ¿Cómo no iba a comprender a Van Gogh? No sólo fue su mejor biógrafo, sino su hagiógrafo.
Siempre me pregunté si se habrían entendido. Los dos devotos del arte y cada cual renegado, a su manera, con su Dios, tal vez si se hubieran conocido habría sido sanador para ambos. O directamente un desastre... ¡Nunca lo sabremos!
Van Gogh, el loco del pelo rojo, el de la oreja cortada, murió el 29 de julio de 1890, atormentado por sus depresiones y sus delirios. Es hasta el día de hoy que los psiquiatras discuten su patología. Se ha hablado mucho de esquizofrenia, epilepsia, porfiria, trastorno bipolar, melancolía, etc. Van se llevó el diagnóstico a la tumba, junto con la bala que se dio en el estómago a los 37 años. Nada ha sido probado, salvo su genio. Los artistas siempre le amaremos, porque de alguna manera representa al ente en carne viva, vulnerable, arrugado como un niño recién salido del útero, que todos llevamos dentro. Nos legó una obra inmensa, y millonadas interminables para los marchantes y las galerías que se forran a su costa. En vida, Vincent no vio un peso. La gran ironía es que su obra haya acabado encerrada en el bunker catatónico de las colecciones privadas, en manos de unos burgueses que él hubiera despreciado, por representar a la clase opresora de esos pobres comedores de patatas que tanto se había empeñado en defender.
Pero así es la historia del mundo.
(1) La analogía es brillante si se piensa en la misión parasitaria y molesta que cumplen las ladillas, impidiendo las relaciones sexuales durante la infección. Influido por el psiconálisis de la época -no olvidar que Artaud fue paciente de Lacán- el poeta quiere referirse con esto a la función represiva de la iglesia frente al sexo.
Quizá Jesús le pidiera demasiado a Van Gogh, pero Van Gogh lo amó de todas formas:
Cristo es el artista más grande. Desdeñando el mármol, la arcilla y el color, trabajaba con la carne viva... este artista inaudito no hacía estatuas, cuadros ni libros: hacía hombres vivos, inmortales.
Y también dijo:
Amar con voluntad e inteligencia conduce a Dios, lleva a la fe inquebrantable.
Pese a ello,cuando fracasa en su intento de ser reconocido como pastor y lo echan de la misión con los mineros belgas, Van pierde el norte y se hunde en una espiral descendente muy similar a las que pueden apreciarse en sus cuadros. Esos remolinos, tan representativos de la pintura vangoghiana, fueron luego retomados por Edward Much y reformulados por los expresionistas. Pero él, ajeno a cualquier tipo de futuro predecible, se desbarrancaba por la escabrosa pendiente del siglo. Cuentan que sólo consiguió vender un cuadro, y que su hermano menor, Theo, el marchante, no podía colocar su obra en los círculos de París. No hablaremos de su tormentosa relación con el pintor Gauguin, por quien se dice que se cortó el lóbulo de la oreja (y no la oreja entera, como cuenta la leyenda). Ni de sus ataques de ira, sus borracheras en los bares de París o sus temporadas en el manicomio, donde él mismo pedía ser recluido, probablemente debido a sus crisis epilépticas y sus depresiones.
Reconozcámoslo: Van vivía fuera de su tiempo, porque vivía en el futuro. Cuando todos hacían impresionismo, él ya estaba saliendo de allí y se hundía en la locura tan bien como le abría la puerta al expresionismo. Incapaz de vivir una vida normal en el mundo real, fue capaz no obstante de construir su propia cosmovisión dentro del mundo del arte. Un mundo tan inaprensible como sus fantasías, y a menudo tan incomprensible como su Dios.
Quien salió a defenderlo a capa y espada, llegando a escribir un ensayo que guardo con celo en mi biblioteca, es Antonin Artaud. Estoy hablando por supuesto, de Van Gogh, el suicidado por la sociedad. El ejemplar que yo tengo trae además el largo poema Para acabar con el juicio de Dios, que fue duramente censurado durante la posguerra, no pudiendo transmitirse en radio. Artaud manifestaba un odio virulento hacia Dios, sentimiento que no podía ser más opuesto al del Van. En Van Gogh, el suicidado por la sociedad, acusa a la sociedad, la religión, la psiquiatría y por supuesto al médico personal del pintor, Dr. Gachet, de arrinconarle hasta el extremo del suicidio.
Si hubo alguien que comprendió a Van Gogh, ése fue Antonin Artaud. En su ensayo llega a decir:
Van Gogh no murió en consecuencia de un estado delirante definido, sino por haber encarnado el lugar de acción de un problema alrededor del cual se debate, desde los orígenes, el espíritu injusto de esta humanidad, el de la prevalencia de la carne sobre el espíritu, o del cuerpo sobre la carne, o del espíritu sobre uno y otra. Y en ese delirio, ¿dónde se encuentra el lugar del yo humano? Van Gogh a lo largo de su vida buscó el suyo con excepcional energía y decisión.
Estas palabras, que bien podrían proceder de un místico, provienen sin embargo de un completo blasfemo (se cree probable que padeciera el síndrome de Tourette) y de alguien que renegó de la religión y de la fe con virulencia. Supongo que esto tendrá que ver con ese asunto de los límites que se tocan. Sin embargo, cuando se prohibió el recitado radial de Para acabar con el juicio de Dios, un cura que conocía al poeta decidió romper una lanza a su favor, diciendo:
Al fin, he aquí el lenguaje verdadero de un hombre que sufre.
Y tenía razón. Artaud se pasó nueve años de su vida encerrado en manicomios donde le hacían electroshocks y le sometían a todo tipo de pruebas inhumanas. Estuvo enfermo la mayor parte de su vida, ya que padecía una neurosífilis hereditaria. A diferencia del calvinista Van Gogh, el católico renegado Artaud, el gadareno Artaud, juró contra Jesucristo, la misa, la eucaristía y por supuesto contra Dios, al que llegaría a comparar con una ladilla (1). El cura lo dijo bien: un hombre que sufre. Lejos de mostrar la santurronería del que se cree miembro de una elite, el padre Laval demuestra ser un cristiano verdadero, presentando a Artaud como un hombre que sufre. Y mucho, ya que no habría esperanza en la vida del poeta, que acabó muriendo de cáncer en un asilo. ¿Cómo no iba a comprender a Van Gogh? No sólo fue su mejor biógrafo, sino su hagiógrafo.
Siempre me pregunté si se habrían entendido. Los dos devotos del arte y cada cual renegado, a su manera, con su Dios, tal vez si se hubieran conocido habría sido sanador para ambos. O directamente un desastre... ¡Nunca lo sabremos!
Van Gogh, el loco del pelo rojo, el de la oreja cortada, murió el 29 de julio de 1890, atormentado por sus depresiones y sus delirios. Es hasta el día de hoy que los psiquiatras discuten su patología. Se ha hablado mucho de esquizofrenia, epilepsia, porfiria, trastorno bipolar, melancolía, etc. Van se llevó el diagnóstico a la tumba, junto con la bala que se dio en el estómago a los 37 años. Nada ha sido probado, salvo su genio. Los artistas siempre le amaremos, porque de alguna manera representa al ente en carne viva, vulnerable, arrugado como un niño recién salido del útero, que todos llevamos dentro. Nos legó una obra inmensa, y millonadas interminables para los marchantes y las galerías que se forran a su costa. En vida, Vincent no vio un peso. La gran ironía es que su obra haya acabado encerrada en el bunker catatónico de las colecciones privadas, en manos de unos burgueses que él hubiera despreciado, por representar a la clase opresora de esos pobres comedores de patatas que tanto se había empeñado en defender.
Pero así es la historia del mundo.
(1) La analogía es brillante si se piensa en la misión parasitaria y molesta que cumplen las ladillas, impidiendo las relaciones sexuales durante la infección. Influido por el psiconálisis de la época -no olvidar que Artaud fue paciente de Lacán- el poeta quiere referirse con esto a la función represiva de la iglesia frente al sexo.
26/4/15
Careta aglutinante
Si a España le daba con un
palo, a la Argentina la despedazo. Así es el amor.
Photo post: Vadim Stein
Photo post: Vadim Stein
Control de plagas
Muchas veces es más seguro estar encadenado que ser libre.
Franz Kafka
Fuimos esta mañana con dos chicos de la prensa y el pibe de control de plagas. Me dijeron que hiciera un breve reporte y lo entregara en la redacción sin hacer demasiadas correcciones; se trata de que el jefe sepa cómo vamos a armar la noticia antes de que el gobierno de la ciudad tome la decisión final. De momento el asunto quedará como está, con los vecinos asustadísimos por la plaga de los trenes y la autopista.
La verdad, mete miedo la cosa. Suerte que iba el pibe de plagas y les daba con la manguera, que si no… quién sabe, son demasiado grandes para ser insectos. Nomás en el tren abandonado encontramos uno medio grogui durmiendo en el fondo, entre los desperdicios.
Fue increíble cuando Facu lo capturó con la cámara. A esos trenes tienen que quemarlos, retirarlos… ¡yo qué sé!, sacarlos de ahí cuanto antes, porque si no se va a seguir llenando. Están hasta arriba de basura… así que es lógico que aniden bichos. Yo nunca había visto unos tan grandes, te juro. Dicen los vecinos que a la noche es peor, que usan los trenes de madriguera y se oyen todo tipo de ruidos raros. Por eso mandaron hoy al de plagas, para que limpie, y a nosotros para que lo filmemos y la gente sepa lo que pasa. Para que vayan tomando recaudo, por las dudas. Decirles que hay que manguerear mucho y sacar la basura, porque si no, se juntan. Los trenes son un ejemplo de lo que no debe pasar; además esa chatarra da mal aspecto al barrio, lo afea. Y éste es un barrio de clase media… lindo. Pero cuando entrás al vagón, parece que entraras a otro país. Si cuando digo que habría que quemarlos no exagero.
Después anduvimos debajo de la autopista, donde hay madrigueras ocultas entre los huecos que deja la estructura de hormigón. No sé como harán para vivir ahí, porque los coches que pasan por arriba producen el efecto de una caja de resonancia que ensordece. Quizá los insectos no tengan oídos, o hibernen, ya que no vimos que se movieran mientras Facu los filmaba. Es curiosa la manera en que han anidado, usando los vanos entre las vigas como si fueran nichos, a cinco o seis metros del suelo. El pibe de plagas dice que existen varias especies; que las del tren se parecen más a la cucaracha, pero las de la autopista son una forma de polilla gigante que puede mantenerse inmóvil durante días, y hasta semanas. Según el pibe de plagas hace meses que viven bajo la autopista, y sólo se las ve salir de vez en cuando, al anochecer, o más bien arrastrarse en pos de alimento. Lo que se han reportado son las denuncias, que nos llevaron a visitar la zona y a tomar nota de la existencia real de bichos de procedencia desconocida. Hablamos con los vecinos más antiguos, y ellos afirman que los bichos no son de acá, que no pueden ser de acá. Hay algunos que inclusive se compraron el equipo anti plagas, y no falta quien no dudaría en usar veneno. Están hartos de vivir en peligro, amenazados por una plaga nunca vista de bichos peligrosos.
Lo que me queda ahora es hacer el reporte y presentárselo al jefe de redacción, a ver qué le parece. Un becario tiene que dar buena imagen, así que me voy a esmerar para que salga bien redondito. Dar fuerza a la noticia, ponerle su toque de emoción. Lástima no saber todavía qué dirá el gobierno de la ciudad, pero si le dan el visto bueno a control de plagas y deciden exterminar a toda la bichandad, yo quiero estar ahí para cubrir la nota. Será un antecedente notable para mi currículum.
Colonos
Estaba pensando en la usura
del pequeño propietario, y no en la de los bancos o las grandes corporaciones.
Acá en Argentina hay una percepción del inmigrante francamente nefasta. Lo sé de
buena fuente, ya que soy hija de uno. A mi padre, en los 60, le llamaban
"tano pata sucia" (así les llamaban a muchos despectivamente, sólo por venir de Italia) y yo me crié con el estigma de ser hija de un
tano. Eso de que somos "solidarios" refleja un deseo, y no una
realidad. Pero ésta es tierra de colonos. Una especie de far-west muy al sur
del mundo, con tierra pa´tirar pa´rriba que cuatro inescrupulosos compran y
venden como si de canicas de tratara. Para que se entienda: el que hoy compra a
10 en Argentina, el año que viene vende a 20. Y a veces, a 30. Esto es como la
fiebre del oro, siempre ha sido así. Y nadie dice nada. Se ha normalizado la
usura. Cuando lo comentás, algunos llegan a decirte incluso que es lógico. La
usura se ha vuelto parte del logos nacional.
Hay un detalle importante acá y es que realmente somos todos, o casi todos, descendientes de extranjeros. Y hay dos tipos de inmigrantes en Argentina: los ricos que llegaron en el siglo pasado, muchos de ellos descendientes de vascos, todos ellos fundadores: Álzaga Unzué, Ezeiza, Necochea, Olavarría, etc. No sé de dónde sacarían el dinero, si ya lo traían o lo hicieron acá. Y los pobres, que vinieron después de la 2-GM. Mi familia pertenece a esta última tanda. Venían con una mano atrás y otra adelante, con cuatro bártulos dentro del famoso baúl -o arcón- donde, según me contaron en España, solía ir también el cuchillo y la famosa pata de jamón, no fuera cosa que en la tierra desconocida escaseara el precioso manjar.
La cosa es que llegaron, y muchos, mal que bien, prosperaron. No conozco ni un solo caso de inmigrante español o italiano que no tenga su propiedad, y en ocasiones, su negocio propio, sus camiones, su hijo el doctor. En Argentina, el inmigrante de la posguerra despreciaba el ocio con toda su alma, poniendo por las nubes el valor del trabajo. Y así nos hemos criado muchos, con una percepción distorsionada del ocio, del tiempo para nosotros mismos, del tiempo de reposo necesario para que haya buena salud. Todo un tema a tomar en cuenta.
¿Será que el desprecio por el ocio tiene algo que ver con la usura? ¿Sonará muy de los pelos vincularlos entre sí? Se trata de un tema espinoso del que casi nunca se habla, y que si uno es un poco perspicaz y conoce bien el país y sus habitantes, llega a notarlo. Siento decir que la USURA se hereda o puede llegar a heredarse. Es como la caspa, la mala dentición, las várices y las cardiopatías. Dándole un giro transpersonal, podría aventurarme a la idea de que no es la USURA lo que se hereda, sino el ancestral miedo a la miseria que traían algunos inmigrantes heridos por dos guerras terribles, lo cual pudo haber llevado a la usura. Sólo quien ha emigrado comprende lo que uno llega a sentir cuando tiene que dejar su tierra; el resto tiende a especular sobre arenas movedizas. No es sólo la tierra lo que se deja: es la nueva tierra lo que asusta. Tal vez por eso lo españoles que nunca se movieron sean tan diferentes a los que llegaron acá. Ellos nunca tuvieron que renunciar a su tierra; los de acá, sí.
Me crié con gente que temía al día de mañana como nunca he visto en los casi 14 años que viví afuera de este país. La mayor parte de ellos son inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Esto ha producido varias generaciones de personas bien situadas económicamente, con vivienda propia, adictas al trabajo, muy quejicas y con una tendencia al ahorro especulativo que a mí, en lo personal, me hace más ruido que un recital de La Renga en el patio de mi casa. En Argentina no existe una cultura del ocio. Y la que existe es exigua, o se limita a los domingos en casa de los amigos y una escapadita a Pehuajó dos veces al año -una semana-, porque nunca ha llegado a priorizarse la necesidad de unas vacaciones anuales de 30 días. Habrá excepciones -no digo que no-, pero las excepciones no cuentan en este análisis. Lo que parece que no se supiera es que cuando falta descanso, la salud mental empieza a fallar. La mala leche por falta de descanso se percibe en la tensión que hay en la calle. Otro detalle alarmante es la cantidad de gente afectada por ACV (Accidente cerebrovascular, infarto cerebral, apoplejía, ictus) que hay en el país. Hasta antes de llegar, no había oído hablar del término. Me enteré acá. La gente queda paralizada por los aneurismas. Las estadísticas dicen que cada 4 minutos se produce un ACV en la Argentina. Básicamente una "calentura", puede provocar un ACV. Dirán que estoy loca, pero cuando se vive en tensión, las arterias se bloquean o estallan.
Recuerdo la especulación en los tiempos del cólera, como yo le llamo a la época de Martínez de la Hoz (ex La Muerte), con todo el mundo subido al brote anfetamínico del viaje a Miami, para traer productos importados por dos mangos. No se iban de vacaciones: se iban a reventar la noche por todo lo que no habían disfrutado en quince generaciones. Y así no es. Porque no, no estoy hablando de eso. Hablo del ocio en serio, de la saludable conciencia de la necesidad del ocio. Del saludable valor del trabajo por gusto y no sólo por supervivencia, especulación o usura. Para que no me dé un ACV porque el otro me chocó la camioneta nueva en un cruce, o porque hubo un corralito. Para que no tengamos que heredar el TEPT (trastorno por estrés postraumático) de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, que les llevó a vivir atenazados por el miedo a la miseria, convirtiéndola malamente en usura. Para que no sea como dice Job, en su confesión bíblica: "Todo lo que yo temía, me ha acontecido".
Comencé hablando de la usura del pequeño propietario y terminaré hablando de ellos, porque de ellos iba este post. Tiene que ver con el afán acumulativo resultante de un temor exagerado, y probablemente inconsciente, a la miseria. No digo que en todos los casos sea así, pero a veces ese temor llega a deformarse hasta el punto en que describo. Quiero aclarar que se trata de una opinión absolutamente personal, que me hago cargo de ella y que he querido aclarar mi procedencia migrante, justamente por si alguien pudiera llegar a molestarse. Sin embargo, también quisiera dejar claro que no estoy orgullosa de ser hija de migrante, sino hija de mi padre. Los que me conocen saben bien que tiendo a detestar las mitificaciones. Y además, habiendo sido yo misma una inmigrante, se comprenderá que estoy demasiado cerca de la experiencia como para redundar en romanticismos. Ser inmigrante es MUY duro. Salvo en escasas excepciones, el inmigrante es alguien que lo ha apostado todo a una sola carta, y quien lo ha aportado todo a una sola carta, no quiere perder. No salen de casa los más débiles, sino los más fuertes. Aún así, el humano tiene memoria y el miedo es uno de los monstruos más difíciles de vencer. Puede, inclusive, ser más poderoso que el amor; y no porque el amor no pueda contra el miedo, sino porque a veces, el humano lo prefiere al amor.
Argentina no es un país pobre, nunca lo será. Argentina es un país grande y riquísimo. Le cayeron mil malarias, y sigue de pie. En el pueblo donde vivo hay familias que tienen cantidad de propiedades. Que yo sepa, ninguna de ellas tiene apellido aborigen. Pobres, ricos y burgueses, acá somos todos colonos. Históricamente acabamos de arribar a estas costas. Nosotros no somos de acá. La argentinidad pura es consecuencia de un asentamiento masivo en tierra extranjera, una adopción. La Argentina es un concepto impuesto por unos señores de apellido extranjero hace apenas unas pocas centurias. Que es territorio de especulación y coraje -dicho a la española- se ve en el menosprecio hacia nuestra moneda. La necesidad imperiosa de re-injertar la noción de Patria en todos los discursos, me recuerda al viejo refrán: "Dime de qué presumes y te diré de qué careces". Necesitamos plantar la bandera como hizo Armstrong en la Luna, para recordar cada día que es nuestra. Si de verdad sintiéramos que lo es, ¿para qué plantar una bandera? Sé que esto que digo es muy discutible y que podría -insisto- resultar molesto; sin embargo, no hay día que pase por delante de una bandera y no me pregunte por qué esa necesidad imperiosa de afirmar una identidad que en caso de que exista, no necesita ser re-afirmada. Señal de que llevamos muy poco tiempo acá.
Yo apuesto por una fiesta. Creo que hay que declarar una todos los meses, aunque sea por el día de la zapatilla. En Argentina falta algo básico, imperceptible, que algunos considerarán banal: alegría. Un subidón de serotonina, endorfinas, fiesta. Así de simple. Tomar conciencia del tempo del ocio, disolviendo de un bombazo de una y para siempre esa identificación con la miseria que puede, como decía, conducir a la usura. Y la usura nunca es con fines constructivos sino acumulativos. Fiesta. Fiesta de una y para siempre, para exorcizar todas nuestras antiguas miserias, las nuestras y las heredadas. Éste es el sentido de la fiesta que sobrevive en Europa y que nuestros ancestros no se preocuparon de difundir, quizá porque estaban tristes. Hablo de una fiesta del estado de ánimo. De una fiesta del alma.
Hay un detalle importante acá y es que realmente somos todos, o casi todos, descendientes de extranjeros. Y hay dos tipos de inmigrantes en Argentina: los ricos que llegaron en el siglo pasado, muchos de ellos descendientes de vascos, todos ellos fundadores: Álzaga Unzué, Ezeiza, Necochea, Olavarría, etc. No sé de dónde sacarían el dinero, si ya lo traían o lo hicieron acá. Y los pobres, que vinieron después de la 2-GM. Mi familia pertenece a esta última tanda. Venían con una mano atrás y otra adelante, con cuatro bártulos dentro del famoso baúl -o arcón- donde, según me contaron en España, solía ir también el cuchillo y la famosa pata de jamón, no fuera cosa que en la tierra desconocida escaseara el precioso manjar.
La cosa es que llegaron, y muchos, mal que bien, prosperaron. No conozco ni un solo caso de inmigrante español o italiano que no tenga su propiedad, y en ocasiones, su negocio propio, sus camiones, su hijo el doctor. En Argentina, el inmigrante de la posguerra despreciaba el ocio con toda su alma, poniendo por las nubes el valor del trabajo. Y así nos hemos criado muchos, con una percepción distorsionada del ocio, del tiempo para nosotros mismos, del tiempo de reposo necesario para que haya buena salud. Todo un tema a tomar en cuenta.
¿Será que el desprecio por el ocio tiene algo que ver con la usura? ¿Sonará muy de los pelos vincularlos entre sí? Se trata de un tema espinoso del que casi nunca se habla, y que si uno es un poco perspicaz y conoce bien el país y sus habitantes, llega a notarlo. Siento decir que la USURA se hereda o puede llegar a heredarse. Es como la caspa, la mala dentición, las várices y las cardiopatías. Dándole un giro transpersonal, podría aventurarme a la idea de que no es la USURA lo que se hereda, sino el ancestral miedo a la miseria que traían algunos inmigrantes heridos por dos guerras terribles, lo cual pudo haber llevado a la usura. Sólo quien ha emigrado comprende lo que uno llega a sentir cuando tiene que dejar su tierra; el resto tiende a especular sobre arenas movedizas. No es sólo la tierra lo que se deja: es la nueva tierra lo que asusta. Tal vez por eso lo españoles que nunca se movieron sean tan diferentes a los que llegaron acá. Ellos nunca tuvieron que renunciar a su tierra; los de acá, sí.
Me crié con gente que temía al día de mañana como nunca he visto en los casi 14 años que viví afuera de este país. La mayor parte de ellos son inmigrantes o descendientes de inmigrantes. Esto ha producido varias generaciones de personas bien situadas económicamente, con vivienda propia, adictas al trabajo, muy quejicas y con una tendencia al ahorro especulativo que a mí, en lo personal, me hace más ruido que un recital de La Renga en el patio de mi casa. En Argentina no existe una cultura del ocio. Y la que existe es exigua, o se limita a los domingos en casa de los amigos y una escapadita a Pehuajó dos veces al año -una semana-, porque nunca ha llegado a priorizarse la necesidad de unas vacaciones anuales de 30 días. Habrá excepciones -no digo que no-, pero las excepciones no cuentan en este análisis. Lo que parece que no se supiera es que cuando falta descanso, la salud mental empieza a fallar. La mala leche por falta de descanso se percibe en la tensión que hay en la calle. Otro detalle alarmante es la cantidad de gente afectada por ACV (Accidente cerebrovascular, infarto cerebral, apoplejía, ictus) que hay en el país. Hasta antes de llegar, no había oído hablar del término. Me enteré acá. La gente queda paralizada por los aneurismas. Las estadísticas dicen que cada 4 minutos se produce un ACV en la Argentina. Básicamente una "calentura", puede provocar un ACV. Dirán que estoy loca, pero cuando se vive en tensión, las arterias se bloquean o estallan.
Recuerdo la especulación en los tiempos del cólera, como yo le llamo a la época de Martínez de la Hoz (ex La Muerte), con todo el mundo subido al brote anfetamínico del viaje a Miami, para traer productos importados por dos mangos. No se iban de vacaciones: se iban a reventar la noche por todo lo que no habían disfrutado en quince generaciones. Y así no es. Porque no, no estoy hablando de eso. Hablo del ocio en serio, de la saludable conciencia de la necesidad del ocio. Del saludable valor del trabajo por gusto y no sólo por supervivencia, especulación o usura. Para que no me dé un ACV porque el otro me chocó la camioneta nueva en un cruce, o porque hubo un corralito. Para que no tengamos que heredar el TEPT (trastorno por estrés postraumático) de nuestros padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos, que les llevó a vivir atenazados por el miedo a la miseria, convirtiéndola malamente en usura. Para que no sea como dice Job, en su confesión bíblica: "Todo lo que yo temía, me ha acontecido".
Comencé hablando de la usura del pequeño propietario y terminaré hablando de ellos, porque de ellos iba este post. Tiene que ver con el afán acumulativo resultante de un temor exagerado, y probablemente inconsciente, a la miseria. No digo que en todos los casos sea así, pero a veces ese temor llega a deformarse hasta el punto en que describo. Quiero aclarar que se trata de una opinión absolutamente personal, que me hago cargo de ella y que he querido aclarar mi procedencia migrante, justamente por si alguien pudiera llegar a molestarse. Sin embargo, también quisiera dejar claro que no estoy orgullosa de ser hija de migrante, sino hija de mi padre. Los que me conocen saben bien que tiendo a detestar las mitificaciones. Y además, habiendo sido yo misma una inmigrante, se comprenderá que estoy demasiado cerca de la experiencia como para redundar en romanticismos. Ser inmigrante es MUY duro. Salvo en escasas excepciones, el inmigrante es alguien que lo ha apostado todo a una sola carta, y quien lo ha aportado todo a una sola carta, no quiere perder. No salen de casa los más débiles, sino los más fuertes. Aún así, el humano tiene memoria y el miedo es uno de los monstruos más difíciles de vencer. Puede, inclusive, ser más poderoso que el amor; y no porque el amor no pueda contra el miedo, sino porque a veces, el humano lo prefiere al amor.
Argentina no es un país pobre, nunca lo será. Argentina es un país grande y riquísimo. Le cayeron mil malarias, y sigue de pie. En el pueblo donde vivo hay familias que tienen cantidad de propiedades. Que yo sepa, ninguna de ellas tiene apellido aborigen. Pobres, ricos y burgueses, acá somos todos colonos. Históricamente acabamos de arribar a estas costas. Nosotros no somos de acá. La argentinidad pura es consecuencia de un asentamiento masivo en tierra extranjera, una adopción. La Argentina es un concepto impuesto por unos señores de apellido extranjero hace apenas unas pocas centurias. Que es territorio de especulación y coraje -dicho a la española- se ve en el menosprecio hacia nuestra moneda. La necesidad imperiosa de re-injertar la noción de Patria en todos los discursos, me recuerda al viejo refrán: "Dime de qué presumes y te diré de qué careces". Necesitamos plantar la bandera como hizo Armstrong en la Luna, para recordar cada día que es nuestra. Si de verdad sintiéramos que lo es, ¿para qué plantar una bandera? Sé que esto que digo es muy discutible y que podría -insisto- resultar molesto; sin embargo, no hay día que pase por delante de una bandera y no me pregunte por qué esa necesidad imperiosa de afirmar una identidad que en caso de que exista, no necesita ser re-afirmada. Señal de que llevamos muy poco tiempo acá.
Yo apuesto por una fiesta. Creo que hay que declarar una todos los meses, aunque sea por el día de la zapatilla. En Argentina falta algo básico, imperceptible, que algunos considerarán banal: alegría. Un subidón de serotonina, endorfinas, fiesta. Así de simple. Tomar conciencia del tempo del ocio, disolviendo de un bombazo de una y para siempre esa identificación con la miseria que puede, como decía, conducir a la usura. Y la usura nunca es con fines constructivos sino acumulativos. Fiesta. Fiesta de una y para siempre, para exorcizar todas nuestras antiguas miserias, las nuestras y las heredadas. Éste es el sentido de la fiesta que sobrevive en Europa y que nuestros ancestros no se preocuparon de difundir, quizá porque estaban tristes. Hablo de una fiesta del estado de ánimo. De una fiesta del alma.
25/4/15
Beat-fem
Hubo mujeres, estaban allí, yo las conocí, sus
familias las encerraron en manicomios, se las sometía a tratamiento por
electroshock. En los años 50, si eras hombre, podías ser un rebelde, pero si
eras mujer, tu familia te encerraba. Hubo casos, yo las conocí. Algún día
alguien escribirá sobre ellas.
Gregory Corso, cuando le preguntaron si había conocido mujeres escritoras en el movimiento beat.
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