Me acuerdo de aquellos tiempos (no hace tanto tiempo). Salieron
a batir cacerolas y hasta en los cacharros había diferencia. Ellos esgrimían
cacerolas nuevitas. Las nuestras van pasando de generación en
generación por necesidad. Recuerdo aquel 25 de mayo de 2011, la paradoja de
vivir una revolución maya en otro país. Cuando me oían hablar -argentina hasta
la médula- algunos me soltaban su admiración por la argentinian#
revolution de 2001. Como si esto hubiera sido una epifanía -igual que la de
ellos- y no una guerra sin cuartel donde la policía salió a matar. Para ellos,
el nuestro era un ejemplo a imitar. Es lo que tiene ver la realidad bajo el
prisma de la distancia, desde otro sesgo. Ver la vida desde la perspectiva del
trueque, "como en Argentina".
Así que todo el mundo salió a regalar sus cosas, las que
ya no servían -en muy buen estado-, y fue un detalle florido soñar con que ser
pobre puede gestar una revolución de la conciencia. La crisis trajo sueños de
decrecimiento, de huertas en casa, teatros callejeros, casas okupadas a la europea
-no como las nuestras, que son prácticamente mala palabra, como para algunos es
mala palabra la miseria-, comunidades autosustentables, bancos ecológicos,
súbita amistad entre razas y colores... Era la izquierda romántica del mayo
francés renaciendo en la plaza roja de la España post-industrial. Pacifista,
clavelera, juvenil, intelectual, obstinada, resuelta… Era la España quijotesca
que llevaba dormida por décadas, despertando en la posición del loto.
Tuvieron muy claro desde el principio que no arrojarían
ni una sola piedra. No sé si ellos sabían que en la argentinian#revolution se
arrojaron piedras. Muchas. Que la gente
no eligió dormir en la calle por convicción: la gente dormía en la calle porque
no tenía dónde hacerlo. En esa época, eso sí, hubo muchos que aprendieron a partir
el pan, las masitas, lo que hubiera… y no por afán de comer saludable, sino
sólo por poder comer. Porque así fue la argentinian#revolution, y con piedras.
No fue una revolución quijotesca, no. Fue una revolución sancha a rabiar,
producto de necesidades urgentes, de la desesperación, la prepotencia y el
robo. Éste no es un país fácil para nadie, chicos: un par de borceguíes de montaña
comprados en la bucólica España, se deshacen en dos años caminando por cualquiera
de nuestras calles. No intentéis subir montañas sin conocer el terreno: acá las
revoluciones son hechas a la medida de la realidad. Acá duelen. Acá la
realidad, como las revoluciones, son en vivo y en directo, en carne viva y sin
filtros. Esto es El Dorado, hay oro para tirar para arriba y tierra a reventar.
Pero ya está vendida. El oro, reservado. O vendido.
Por eso... mejor no imitéis esta revolución.
Al fin y al cabo, España ya tuvo su guerra. Nosotros parece que nunca
termináramos con la nuestra.
Es lo que tiene el populismo: que crea la sensación del
padre-madre recuperados. Y cuando el padre-madre se van, retorna la orfandad.
¿El empoderamiento es ficticio? Creo que es precipitado juzgar. El tiempo,
testigo de todas las transformaciones, nos mostrará si acaso ha habido conato
de empoderamiento, o no. Quiero creer que sí y que estas lágrimas no son en
vano. Quiero creer que esto es parte del proceso que nos llevará a la
construcción de una democracia forjada -como todas las democracias, si es que hoy
día se puede hablar de ello- en el caldo agridulce de nuestras propias marchas
y contramarchas. Al fin y al cabo, suba quien suba, para un país como el
nuestro -siempre robado, violado, rapiñado- los pingos se ven a la hora de
compartir el pan. En ese espacio-tiempo concreto sin bandos ni ideologías, es
donde se conoce a las personas al desnudo: por su capacidad de partir el pan y
darlo. El resto quien sabe si no sea sólo contingencia para ponernos a prueba
frente a nosotros y los otros.
Argentina es el único país del mundo donde si aumentan
los precios de la canasta básica, la gente festeja. Ni siquiera tenemos un
competidor para aspirar al premio Guinness. Dicha reacción -digo yo- puede
deberse a dos cosas:
1) la gente es estúpida, y además, masoquista;
2) a pesar de ser estúpida, su poder adquisitivo ha crecido (si se ríen cuando se comenta que todo ha aumentado es que pueden pagar).
Lo cual hace pensar que el gobierno saliente no se va tanto por cuestiones
económicas, sino de otro tipo. A saber: corruptelas varias.
Y claro: no deberíamos culpar a la gente, ya que debido
a los múltiples artefactos de manipulación masiva que-no-nos-permiten-elegir-con-libertad, no somos "del todo" responsables de nuestras elecciones... De lo que sí debería
culparse a la gente, es de estar empeñada en no querer cambiar.
Nos dejó el maestro Miguel Ocampo (Buenos Aires,
1922). Esto fue hace apenas unos días, a sus casi 93 años, en La Cumbre, Córdoba. Descanse en paz el poeta del color.
Definitivamente hay un Diablo, y conoce mi nombre.
Daniel Johnston
Existe una leyenda recurrente sobre un hombre que, como
Fausto, hace un trato con el Diablo a cambio de conocimiento. En esta leyenda
en particular, el trato sucede en un cruce de caminos en el cual un hombre
intercambia su alma por talento musical, y nadie es mejor exponente de esta
leyenda que el mismísimo Robert Johnson, nacido “probablemente” en Hazlehurst,
Mississippi, el 11 de mayo de 1911, legendario bluesero pionero del Mississippi
Delta que, se dice, vendió su alma al Diablo en un cruce de caminos y obtuvo su
talento prodigioso para el blues u obtuvo, según algunos “el blues mismo”. Su memoria eidética, que le permitía tocar, al igual que
Mozart, cualquier canción tras haberla escuchado sólo una vez, su inteligencia
e innovación musical son legendarias, y el pacto con el Diablo es la
explicación más cuerda que se les ha podida dar hasta ahora. En la canción
“Crossroad Blues”, Johnson cuenta que durante un viaje fue a pedirle ayuda a
Dios, y como no la encontró, el Diablo se le presentó en un cruce de caminos y
le enseño el blues. Aquí se nota un tema subyacente en el cual Johnson,
desilusionado por el cristianismo, encuentra en la música y la soledad del
cruce de caminos una conexión con sus orígenes ancestrales.
El vudú tiene su origen en las religiones animistas de
África del oeste, que llegan a América con la ola de esclavos que se instalan
en Estados Unidos a partir de 1809, en particular en el Mississippi Delta,
donde se origina el blues a partir de los años 1920-30. Entre ellos, llega
Marie Laveau a Baton Rouge, Nueva Orleans, en 1820. La suma sacerdotisa se
presentaba a todas las ceremonias con una serpiente pitón llamada Zombi, como
lo hizo Britney Spears en los MTV Music Awards 2001, probando que la tradición
vudú en la música sigue intacta, aunque no siempre nos demos cuenta de ello.
Las religiones africanas tienen como ejes centrales la
música de tambor y bailar para entrar en trance y ser poseído o “montado”
(“ride”, como a un caballo) por un Dios. La cantante y escritora Debra Devi
habla de esto en su libro The Language of Blues, from Alcorub to Zuzu, y
explica que este fenómeno se convirtió en el soul y gospel en las iglesias
bautistas afroamericanas, donde la “posesión” por el Espíritu Santo, en
particular a través de la música, es una práctica común. Incluso sugiere que la
expresión en inglés “Right on” viene de la jerga afroamericana y significa en
realidad “Ride on (Jesus)”, es decir, es una exhortación para que el Espíritu
Santo siga poseyendo a una persona. La posesión se volvió un estándar en la
música rock, donde figuras como Jim Morrisson, Johnny Rotten, Jerry Lee Lewis y
Janis Joplin se dejaban “poseer” por el espíritu de la música en el escenario.
En religión vudú, Legba –para los fon de Dahomey– y Eshu
-para los yoruba de Nigeria– es un intermediario entre dioses y hombres que
vive en los cruces de caminos. Legba-Eshu es un “trickster” o “pícaro divino”,
un espíritu travieso e impredecible, cualidades que probablemente causaron la
desconfianza y contribuyeron a su asociación con el Diablo por parte de los
cristianos. Los dioses vudú son la personificación misma de los conceptos de
“cool” y de “soul”. El blues, y por lo
subsecuente el rock & roll se vuelven “música del Diablo”, y en ella se
habla con frecuencia del hoodoo, el vudú, el amor y el Diablo.
Las prácticas de brujería vudú fueron luego americanizadas
y se vuelven el “hoodoo”, folclor originario del Nuevo Continente, ampliamente
practicado en América del Norte a principios del siglo XX. Se trata de una
colección de cuentos, medicina herbolaria y practicas mágicas derivadas del
sincretismo entre nativo-americanos, afroamericanos y europeos. Se publican
libros como Secrets of the Psalms y The book of Secrets of Albertus Magnus, que
ayudan a popularizarlo. El concepto del “mojo”, la “track magic”, brujería que
se disponía en el lugar donde la víctima iba a caminar o poner los pies y se
resuelve poniendo peniques de cobre en los zapatos, todos estos conceptos
salieron del folclor del hoodoo, que era especialmente popular en Baton Rouge,
Nueva Orleans. Todos los blueseros de la zona estaban familiarizados con sus
prácticas y las mencionan en su música. Canciones de Johnson como “Me and the
Devil Blues”, “Cross Road Blues” –de donde origina la historia del pacto con el
Diablo– y “Stones in my passway” describen el mundo del hoodoo con detalle.
La vida de Johnson fue tumultuosa: antes de empezar a
tocar la guitarra se casó con una jovencita, Virginia Travis, que murió dando a
luz con solo 16 años. Se cuenta que Robert Johnson no era muy bueno con la
música. Había tocado un poco de armónica, pero era malo. Dice su amigo, el
bluesero Son House: “¡Que ruidero hacia! La gente se enojaba. Venían y me
decían: ‘¿Por qué no le quitas la guitarra a ese muchacho? Nos está volviendo
locos’”. Después de la muerte de su esposa Johnson decide irse a recorrer el
Delta del Mississippi para tocar en tabernas y burdeles, época durante la cual
vivió una vida de disolución, bebiendo y apostando, y sostuvo una relación con
una mujer mayor que él, Caletta “Callie” Craft, con la que se casó en secreto
en 1931. Al regresar a su hogar en Robinsonville, no solo parecía haber
adquirido un talento incomparable para la guitarra, sino un carisma
irresistible también. Se rumora que el pacto con el Diablo sucedió durante esa
ausencia para recorrer el Delta del Mississippi.
Cuenta Son House que él estuvo presente cuando sucedió el
pacto en la esquina de Hwy 1 y Hwy 8, en Rosedale, Mississippi, como lo dice la
canción, a pesar de que la leyenda decía que el cruce original era el de Hwy 61
y Hwy 49 en Clarksdale, que hoy en día se ha convertido en un lugar de
peregrinaje donde la gente rinde culto a este evento místico y musical. Algunos
sugieren que tiene más sentido que haya sido en Rosedale, por su proximidad al
río, ya que según el folclor hoodoo el Diablo necesita estar cerca de un río para
aparecerse. Según otras historias del folclor local, Johnson viajaba hacia
Helena y pasaba por Beulah y se le apareció el Diablo con un perro negro, quien
le vendió el blues por el precio de su alma.
El mismo Robert Johnson nunca dijo haber hecho este
pacto. La historia es de su mentor, Ike Zimmerman, y de su amigo Son House. Sin
embargo, antes incluso de Robert Johnson, ya se hablaba de la leyenda de
intercambiar el alma con el Diablo a cambio de talento en el blues. El
Reverendo LeDell Johnson contaba de su hermano Tommy, que se había ido de la
casa un día y había regresado siendo un prodigio del blues. Según el mismo
Tommy Johnson (1896-1956), otro famoso bluesero, sin ninguna relación familiar
con Robert Johnson:
Si quieres aprender a tocar la guitarra, o cualquier
instrumento, vas a un cruce de caminos. Llegas un poco antes de las 12 de la
noche, para estar seguro de que estarás a tiempo. Tomas tu guitarra y te quedas
ahí tocando una canción, tú solo. Ahí se te va a aparecer un hombre negro y
alto, va a tomar tu guitarra y la va a afinar. Luego va a tocar una canción, y
te la va a regresar. Y así fue como yo aprendí a tocar todo lo que yo quisiera.
El Reverendo Gary Fox cuenta otras versiones de este
mito, en las que hay que llevar consigo tierra de cementerio y el Diablo se
puede presentar en muchas formas, como un perro, caballo o gallina negra, pero
después de pasar enfrente de la persona que quiere aprender a tocar, si esa
persona no sale corriendo, después podrá tocar cualquier canción, pues le habrá
vendido su alma al Diablo.
La carrera de Robert despegó, muchos discípulos se
acercaron a él y los otros músicos lo veían con una mezcla de envidia y
admiración. Fue parte del movimiento fundador del Delta Blues junto con Charley
Patton, Skip James y Son House. Grabó muy poco y las pocas grabaciones que hizo
fueron hechas a una velocidad inusual en la pista, lo que las hace sonar a un
tono diferente que el original. Esta cualidad y el hecho de que la voz de Johnson
ya no puede ser escuchada en su tono original, son consideradas parte del mito
sobrenatural que rodea al prodigio Robert Johnson.
Los mismos rumores corrían sobre Niccolo Paganini y su
talento para el violín, y lo mismo también se decía de Francisco, “el hombre en
las costas del Caribe”, un prodigioso vallenatero que según las versiones ya
sea vende su alma, ya sea vence en un duelo de acordeón al mismísimo Lucifer en
un cruce de caminos. Es curioso que en estas regiones de América del Sur la
migración de esclavos africanos y la cultura afrocaribeña que sobrevino después
es muy similar al patrón del Delta del Mississippi. En esta zona, sin embargo,
la migración dio nacimiento a la cumbia, otra forma de música con orígenes en
las danzas de cortejo de África del oeste.
La música siempre ha sido considerada un túnel entre el
mundo de los hombres y el de los cielos. El primer instrumento de música, el
tambor, muy preciado en las sociedades africanas, se toca a una frecuencia que
induce el trance y puede haber sido inventado como un implemento chamánico,
destinado a aquellos con la habilidad de entrar en contacto con dioses y
espíritus.
Se rumora que otro notorio bluesero, Howlin’ Wolf, se
había ganado el apodo por su costumbre de tocar la guitarra y aullar solo en
los cementerios, bajo la luna, aunque él mismo explicaba que esto no tenía nada
que ver con vudú o el Diablo, solo que los cementerios eran simple y
sencillamente el lugar más callado y tranquilo para poder tocar y practicar el
“shouting blues”, que podría fácilmente haber sido confundido con los aullidos
de un howling wolf.
Otros músicos que utilizaron simbología y temáticas vudú
en sus canciones fueron, por ejemplo, John Lee Hooker en “Crawling King Snake”,
que se refiere a la deidad vudú en forma de serpiente llamada Damballa, que
representa al creador primordial del mundo. También Screamin’ Jay Hawkins, que
escribe “I put a spell on you”, más tarde popularizada por Creedence, que
contiene la obvia temática vudú del embrujo. En su versión original, Hawkins la
canta gritando, influenciando a Alice Cooper y Marylin Manson. Él y Joe Turner
ponen de moda el “shouting blues”, que retoman Muddy Waters (“Got my Mojo
Working”) y T-Bone Walker, y que más tarde influencia a Hendrix y a los Rolling
Stones. Hendrix incluso se refería a sí mismo como un “voodoo child”, y se dice
que durante una época de su vida estuvo obsesionado con ir a ver a una bruja
del Delta para que le quitara una brujería. Por su parte, también se rumora que
Robert Plant guarda un frasco de tierra proveniente del cruce de caminos de
Johnson.
Robert Johnson murió en circunstancias misteriosas en
1938 a la edad de 27 años, al igual que otros integrantes del grupo de los
músicos “malditos” como Joplin, Morrison, Hendrix y Cobain. Estaba tocando en
el Three Forks Juke en Greenwood, Mississippi, le ofrecieron un trago y hubo
una pelea: él tumbó la botella y declaró que “nunca bebía de una botella
abierta, porque no sabía lo que le habían puesto”. Le ofrecieron otra botella y
esta vez la aceptó. Esa noche no pudo cantar, se enfermó y estuvo varios días
vomitando y delirante. Murió poco después, a pesar de recibir todos los
cuidados posibles. Hubo muchas conjeturas de que había sido envenenado o
víctima de brujería. Se dijo también que el Diablo había simplemente regresado
a cobrar lo que le era debido. Sin embargo, su amplio repertorio sobrevivió el
paso del tiempo, y ha sido retomado por músicos de talla mundial como Led
Zeppelin (“Traveling Riverside Blues”), los Rolling Stones (“Love in Vain”),
Cream (“Crossroads”) y los White Stripes (“Stop Breaking Down”). La célebre
canción “Sweet Home Chicago”, que han tocado tanto Clapton como B. B. King y
los Blues Brothers, también fue compuesta por él, y es quizás su obra más
conocida.
Muchos otros músicos legendarios sufrieron un destino
similar al de Johnson. ¿Sería posible que el Diablo rondara alrededor de ellos
también? El también prodigioso músico y cantautor Daniel Johnston (no confundir
con Robert ni con Tommy Johnson, pues todos son de familias diferentes) ha
pasado, por su lado, la mayor parte de su vida en una lucha feroz con Dios y el
Diablo, y su fascinante historia se puede ver en el documental The Devil and
Daniel Johnston. A pesar de ser un virtuoso reconocido por Nirvana y Sonic
Youth y de coquetear con el éxito toda su vida, Daniel Johnston nunca conoció
la fama ni firmó con disqueras por considerarlas “diabólicas” y tuvo mala
suerte con las mujeres, aunque ellas inspiraron toda su música. Eventualmente fue
diagnosticado con un trastorno bipolar y sufrió terribles delirios de
persecución en las calles de Nueva York, intentando evitar entrar en liga con
el Diablo. Pasó gran parte de su vida en hospitales siquiátricos, y hoy en día
es prácticamente desconocido. Daniel Johnston es, quizás, un ejemplo de lo que
puede suceder cuando un músico virtuoso se rehúsa, a pesar de toda insistencia,
a tener cualquier cosa que ver con el Diablo.