En Argentina aún no se puede hablar de revolución sin que
la idea no se asocie con la guerrilla de los 70 y la dictadura infame de Videla.
Referencias atadas, anudadas dolorosamente a hechos traumáticos que mantienen
nuestra pobre libertad de pensamiento en shock. Padecemos un problema grave de autocensura. Nos hemos quedado como paralizados. Falta motivación. Falta un tejido comunicacional e informativo
completo, no fragmentario, que dé al conocimiento de la realidad el carácter ágil,
funcional, multidiscursivo, de una sociedad verdaderamente democrática. Faltan los
engranajes que podrían dar lugar a un tipo de discurso como ése, y lo que es
más triste, no se tiene conciencia de que faltan porque se vive mirando para
adentro -en dirección al ombligo-, en una especie de intimismo narcisista
producto de la frustración que producen los golpes. Los golpes que ya no
sabemos si son auto infringidos o nos caen desde arriba (o desde abajo) y si
seremos o no capaces de esquivar el próximo, o si incluso no llegaremos a
desearlo...
Pero es inútil: no se puede calcular la altura de ninguna
cima sin tomar cierta distancia de su base. Hay que perderle el miedo a dejar
el sitio asignado por el mandato y salir a buscar el fuego. Dejarse empujar
hacia abajo y caer en picado para remontar
vuelos imprescindibles.
Quizá algún día, dentro de algunos siglos, y ya pasada la
edad media... surja una revolución en paz
Quizá algún día, dentro de unos meses -o años-, cuando la
gente haya despertado del sueño bipolar en el que duerme.
Nicanor Parra-Miguel Grinberg-Allen Ginsberg / La Habana (Cuba) 1965
No
se trata de imponerse principios para liberar la energía y navegar sin rumbo en
el caudal de los impulsos vitales. Rendirse en acompañar sus movimientos, sus
eclipses, sus erupciones, sus coordenadas, sus tormentas. Sin eludir, pero
tampoco yendo más allá de lo que la conciencia nos reclama. O yendo más allá
pagando el precio, pero NUNCA arrastrando a los otros, nunca colgando en los
demás pesos, culpas o pesadillas que no les corresponden. No somos los jueces,
pero tampoco los verdugos. Si queremos ser victimarios de nosotros mismos,
adelante. Si queremos víctimas: nosotros mismos. Lo desconocido puede ser
fatal. Sabiendo que de todas maneras somos parte de un TODO energético, que no
corresponde desvelar porque es el Misterio en sí mismo, pero no el "misterio"
sostenido por los organizadores de la Fe para justificar su ignorancia y
someter a los timoratos. Este Misterio al que me refiero es a su vez la
Evidencia. Puede darse en cualquier instante de mil modos posibles, en las más
dispares circunstancias.
Miguel
Grinberg. Memoria de los ritos paralelos (1964)
La evolución de Dios en la mente humana (quien quiera
entender, que entienda).
***
¿Acaso no tenemos algo en común con los pimpollos de la
rosa, que tiemblan por sentir sobre sus pétalos una gota de rocío?
Es verdad: Amamos la vida no porque estemos habituados a
vivir, sino porque estamos habituados a amar.
En el amor hay siempre algo de locura, pero también hay
siempre en la locura algo de razón.
Y también yo, que estoy bien avenido con la vida, estimo
que quienes mas saben de felicidad son las mariposas y las burbujas de jabón, y
todo cuanto a ellas se parece entre los hombres.
Ver como revolotean esas almitas ligeras, locas
encantadoras, volubles; arrancan lágrimas y canciones.
Yo sólo creería en un Dios que supiera bailar.
Cuando vi a mi demonio, le hallé serio y grave, profundo
y solemne. Era el espíritu de la pesadez: por él caen todas las cosas.
No se mata con la ira, sino con la risa: ¡Matemos pues al
espíritu de la pesadez!
Aprendí a caminar, y desde entonces, corro. Aprendí a
volar, y desde entonces no tolero que me empujen para pasar de un sitio a otro.
Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mi mismo
por debajo de mí, ahora un Dios baila en mí.
Me acuerdo de aquellos tiempos (no hace tanto tiempo). Salieron
a batir cacerolas y hasta en los cacharros había diferencia. Ellos esgrimían
cacerolas nuevitas. Las nuestras van pasando de generación en
generación por necesidad. Recuerdo aquel 25 de mayo de 2011, la paradoja de
vivir una revolución maya en otro país. Cuando me oían hablar -argentina hasta
la médula- algunos me soltaban su admiración por la argentinian#
revolution de 2001. Como si esto hubiera sido una epifanía -igual que la de
ellos- y no una guerra sin cuartel donde la policía salió a matar. Para ellos,
el nuestro era un ejemplo a imitar. Es lo que tiene ver la realidad bajo el
prisma de la distancia, desde otro sesgo. Ver la vida desde la perspectiva del
trueque, "como en Argentina".
Así que todo el mundo salió a regalar sus cosas, las que
ya no servían -en muy buen estado-, y fue un detalle florido soñar con que ser
pobre puede gestar una revolución de la conciencia. La crisis trajo sueños de
decrecimiento, de huertas en casa, teatros callejeros, casas okupadas a la europea
-no como las nuestras, que son prácticamente mala palabra, como para algunos es
mala palabra la miseria-, comunidades autosustentables, bancos ecológicos,
súbita amistad entre razas y colores... Era la izquierda romántica del mayo
francés renaciendo en la plaza roja de la España post-industrial. Pacifista,
clavelera, juvenil, intelectual, obstinada, resuelta… Era la España quijotesca
que llevaba dormida por décadas, despertando en la posición del loto.
Tuvieron muy claro desde el principio que no arrojarían
ni una sola piedra. No sé si ellos sabían que en la argentinian#revolution se
arrojaron piedras. Muchas. Que la gente
no eligió dormir en la calle por convicción: la gente dormía en la calle porque
no tenía dónde hacerlo. En esa época, eso sí, hubo muchos que aprendieron a partir
el pan, las masitas, lo que hubiera… y no por afán de comer saludable, sino
sólo por poder comer. Porque así fue la argentinian#revolution, y con piedras.
No fue una revolución quijotesca, no. Fue una revolución sancha a rabiar,
producto de necesidades urgentes, de la desesperación, la prepotencia y el
robo. Éste no es un país fácil para nadie, chicos: un par de borceguíes de montaña
comprados en la bucólica España, se deshacen en dos años caminando por cualquiera
de nuestras calles. No intentéis subir montañas sin conocer el terreno: acá las
revoluciones son hechas a la medida de la realidad. Acá duelen. Acá la
realidad, como las revoluciones, son en vivo y en directo, en carne viva y sin
filtros. Esto es El Dorado, hay oro para tirar para arriba y tierra a reventar.
Pero ya está vendida. El oro, reservado. O vendido.
Por eso... mejor no imitéis esta revolución.
Al fin y al cabo, España ya tuvo su guerra. Nosotros parece que nunca
termináramos con la nuestra.
Es lo que tiene el populismo: que crea la sensación del
padre-madre recuperados. Y cuando el padre-madre se van, retorna la orfandad.
¿El empoderamiento es ficticio? Creo que es precipitado juzgar. El tiempo,
testigo de todas las transformaciones, nos mostrará si acaso ha habido conato
de empoderamiento, o no. Quiero creer que sí y que estas lágrimas no son en
vano. Quiero creer que esto es parte del proceso que nos llevará a la
construcción de una democracia forjada -como todas las democracias, si es que hoy
día se puede hablar de ello- en el caldo agridulce de nuestras propias marchas
y contramarchas. Al fin y al cabo, suba quien suba, para un país como el
nuestro -siempre robado, violado, rapiñado- los pingos se ven a la hora de
compartir el pan. En ese espacio-tiempo concreto sin bandos ni ideologías, es
donde se conoce a las personas al desnudo: por su capacidad de partir el pan y
darlo. El resto quien sabe si no sea sólo contingencia para ponernos a prueba
frente a nosotros y los otros.
Argentina es el único país del mundo donde si aumentan
los precios de la canasta básica, la gente festeja. Ni siquiera tenemos un
competidor para aspirar al premio Guinness. Dicha reacción -digo yo- puede
deberse a dos cosas:
1) la gente es estúpida, y además, masoquista;
2) a pesar de ser estúpida, su poder adquisitivo ha crecido (si se ríen cuando se comenta que todo ha aumentado es que pueden pagar).
Lo cual hace pensar que el gobierno saliente no se va tanto por cuestiones
económicas, sino de otro tipo. A saber: corruptelas varias.
Y claro: no deberíamos culpar a la gente, ya que debido
a los múltiples artefactos de manipulación masiva que-no-nos-permiten-elegir-con-libertad, no somos "del todo" responsables de nuestras elecciones... De lo que sí debería
culparse a la gente, es de estar empeñada en no querer cambiar.