7/2/08

El misterio femenino

No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y nisiquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que estremece las estrellas
.
(C. Pavese)



Photo/post: The piano (Jane Campion)
Música: Michael Nyman

El misterio masculino

Sobre una azuzena tiemblan
dos gotas, límpidas y redondas,
se derraman y unidas caen
hacia abajo, al fondo del cáliz.
(Hebbel)




Vídeo/post: Todas las mañanas del mundo (Alain Corneau)
Música: Sainte Colombe (interpretado por Jordi Savall).


Camille Claudel, irremediablemente.

Camille Claudel. La mujer arrebatada. La medusa. La enamorada. La amante de los ojos vacíos con la impronta aún tibia de unos dedos tan feroces como trémulos, rozando la carne rota del yeso. Los restos de Sakountala (1886-1905), su obra más famosa, fueron exhumados hace poco de los almacenes del Museè Châteauroux. Como todo lo de ella, en su época la obra causó escándalo. Hoy, Vertumne et Pomone se reconcilian en el nirvana ante el silencio admirado de hombres, mujeres y cotillas.

Como le habrá pasado a mucha gente, conocí a Camille Claudel por influencia del cine. Cuando se estrenó la película interpretada por Isabelle Adjani, yo estudiaba Bellas Artes y mis maestros decían que había sido “la amante de Rodín”. Otro logro del patriarcado. Si ya resulta difícil hablar de ella por la penosa vida que llevó, más difícil resulta aún hablar de un arte demasiado grande como ser definido con palabras. Para hacerlo tendría yo que ser tan buena en ello como buena era Camille con el volúmen, pero no lo soy; así que me limitaré a decir que su profundidad no puede decirse.
 


Tenía una frente soberbia, con unos ojos magníficos, de ese azul intenso difícil de encontrar en otro lugar que no sean las novelas, esa boca grande, más orgullosa que sensual. Un aire impresionante, de coraje, de franqueza, de superioridad, de alegría. Alguien que ha recibido mucho (Paul Claudel).

Camille Claudel, una mujer desatada en tiempos de mordaza. El orgasmo flamígero eternizado en el bronce. Ella suplicó bien alto con el tambor de un vientre inmenso de fuego (o de espiga, quizá un poco ladeada por la tempestad) pero él debió tener miedo de su ser tan enorme y se marchó arropado por el ala de un leviatán. Entonces ella se encerró para siempre, y de su asfixiante soledad brotaron fieras, minotauros, medusas, cabelleras, cancerberos, olas antropomórficas, nióbides, delirios y resplandores. 


Y créame amiga mía, abandone ese carácter de mujer que ha ahuyentado buenas voluntades. Muestre sus obras admirables, hay una justicia, créalo. Uno es castigado y recompensado. Un genio como usted es raro (…)

No descuide a nadie, ni a un operario ni a un criado, ya que todos esos detalles se convierten en instrumentos de tortura para alguien ya fatigado, y que la ha emprendido contra el angel terrible que guarda el miserable mundo contra los genios como usted
(Augusto Rodín).



Cuando salí de la exposición eran casi las nueve de la noche y decidí dar una vuelta por la Castellana. Tomarme una caña en cualquier bar. Brindar por Camille (aunque me dá en la espina que ella más bien se hubiera pedido un bourbon). Recordar las órbitas vacías, y tan llenas, de sus hombres y mujeres de carne bajo el bronce. Asimilar aquello que ella daba vueltas a su antojo; aquello de lo que ella se nutrió, masticó en silencio, restauró sigilosamente, y transformó en unas criaturas capaces de cortar el espacio en dos mitades: el que era antes de que la arcilla llegara a sus manos, y el que sería después. Me di cuenta entonces, que a pesar de los ciento cincuenta años que ha tenido que esperar para ser reconocida, y a pesar de sus treinta a la sombra en un hospital en el que fue recluída por su propia madre, Camille ha triunfado. Viéndola, una sabe que no lo ha hecho por el mito que rodea su figura, sino por su grandeza, que para un artista es la única forma de triunfar. Aunque sea dos siglos después.

Me acuesto completamente desnuda para creerme que usted está aquí, pero cuando me despierto no es igual.Un abrazo.( Sobre todo, no me engañe).
Camille Claudel

La calle sigue llena de exitistas.Sin embargo, a mí me gusta estar con gente despierta. ¡Salud!

Camille Claudel, noviembre de 2008. Sala de Exposiciones FUNDACIÓN MAPFRE. Madrid.

Photos/post: Camille Claudel (retrato); Sakountala; La edad madura y Las cotillas (colección del Museo Rodin).

Esclavismo laboral: nihil obstat

Éste es el fenotipo del indivíduo medio hundido hasta las narices en la dinámica laboral auto-destructiva del dígito descartable:

- Una empresa X le pone trabajar 8 horas diarias por un sueldo de hambre y un contrato basura, que el emplead@ acepta por necesidad.

- A los 15 días, el empresario le propone al emplead@ trabajar fines de semana incluídos a cuenta de “una sustancial” propina, que se acabará quedando en calderilla. Sabiendo que con lo que le pagan no llegará a fin de mes y queriendo, además, hacer buena letra, el emplead@ acepta.

- Al llegar su primera nómina, el emplead@ ve que ésta no ha aumentado mucho más que el sueldo estipulado por las 8 horas, y mientras jura que en cuanto encuentre algo se largará de alli, en realidad continúa; porque en el fondo sabe que en otra empresa le pagarán lo mismo o peor, y además ha firmado un contrato donde pone que el personal no cuenta con representación sindical. Primera caída: algo que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.

- Mientras el emplead@ se empeña en hacer su trabajo de la mejor manera posible, sacrificando fines de semana y horas a su familia y a su propia vida, el empresario ya ha contratado unos indivíduos que, curiosamente, se pasean por la empresa sin tener mucho que hacer. Mientras se toman un café y conversan con los colegas de otro departamento, el nuevo emplead@ trabaja. Y mientras trabaja, los tomadores de café eternos de la eterna burocracia neo-capitalista de los cojones, relojean (en lengua rioplatense, relojear significa cotillear), llevando su informe al jefe al terminar la jornada.

- A los cinco meses de contrato (si es que lo hay) llega la segunda caída del empleado. Es cuando empiezan a presionarle con mensajes sutiles del tipo: “Si quieres quedarte en la empresa…”; en plan sumamente educado, en el cual por supuesto queda claro que hasta el momento no se duda de su competencia, razón por la cual las 10 ó 12 horas que se tira en la empresa podrían muy bien ascender a una o dos horas más (sin contar con las otras 2 horitas que se le van en el desplazamiento, incluídos los atascos, los temporales, las huelgas en el Metro, el jefe que le chilla si llega tarde, la parej@ que le chilla porque siempre está currando, los niños que chillan porque chillan, el IPC, el EURIBOR y toda la mar en coche).

- Llegan las vacaciones. Por supuesto, el nuevo emplead@ acepta trabajar durante el mes de julio. Y en agosto. Y en setiembre. Inclusive acepta trabajar en Navidades o en Reyes, aunque los niños pregunten donde está papá/mamá. Lo acepta de buen grado y aliviado, ya que ha conseguido granjearse la sonrisa agriada del jefe, e intuye que detrás de eso habrá una renovación de contrato. Explotado, humillado y ofendido, el emplead@ sabe que esta vez no fallará. Que esta vez le harán fij@. Que el trabajo es boñiga; pero peor es nada.

- Llega la segunda renovación de contrato y el emplad@ lo celebra con su pareja y sus hijos. Sin embargo, la familia lo nota ausente. ¿Qué le pasará?
Por primera vez en mucho tiempo, su familia recuerda que el emplead@, además de ser un emplead@, es un ser humano.

- A los ocho o nueves meses de trabajar en la empresa, el emplead@ empieza a agobiarse. Se siente raro, está nervioso y de mal humor. Va por la vida como si llevara a la espalda un saco de piedras. Le cuesta mantener la erección (tanto del pene como de su columna vertebral); y si es mujer, se le adelantan o retrasan las menstruaciones, se le agria el carácter, se enfada con los niños por cualquier cosa, tiene taquicardia, pierde el deseo sexual… y un largo etcétera que responde a la patología del stress.
Es la tercera caída. Sin embargo, tras la primera baja laboral (en la cual el emplead@ le suplica a su médico que no figure en acta la razón de su deserción), el pobre indivídu@ decide que de ahora en más nadie notará lo que le pasa, nisiquiera su familia, ya que está resuelto a hacer sea lo que sea para conseguir quedarse fij@.

- A partir de aquí la vida del emplead@ será un verdadero infierno encubierto, porque además de doblarle el trabajo e insinuarle que su rendimiento ha empezado a bajar, llegado el momento de conseguir su tan ansiado contrato fijo le pedirán que haga un trabajo de contraespionaje a favor del empresario y en contra de algún nuevo emplead@ que, como él en su momento, se estará buscando la vida como puede a fin de quedarse.

- Ya quebrantada tanto su auto-estima, como su salud física y emocional, el emplead@ se ve obligado a hacer un triple trabajo: el de trabajar, el de traicionar, y el continuar con vida dentro de la empresa.
Cuarta caída: algo que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.

- Llegado a este punto, el emplead@ se encuentra en una encrucijada de orden moral. Sabe -o intuye- que si quiere quedarse, sólo le quedan dos caminos: la depresión o la asimilación. La depresión podría costarle el despido; la asimilación, en cambio, le costará algo más. Ahora comprende que el precio del contrato fijo no eran ya las 12 horas, ni las 14, ni las 16, sino la pérdida de su integridad.

- Si el emplead@ es una persona íntegra, y por lo tanto consciente, es más que probable que al ver tanta caca caiga en una depresión de la que tardará un mínimo de seis meses en recuperarse, para luego o durante el proceso, ser despedido sin remedio (es prácticamente imposible que alguien como el fenotipo que describo pueda demostrar ante un juez que padecía depresión y que fue despedido por esa causa). Ésta, podría abrirle dos caminos decisivos, a saber:

a) el flash o deslumbramiento que describió Platón en el famoso mito de la Caverna, ya que en ocasiones la depresión suele desembocar en la lucidez (o al revés).
b) O la muerte. Y cuando hablo de muerte no me estoy refiriendo al suicidio, que es un caso extremo y a todas luces respetable cuando se manifiesta también como experiencia cumbre (Maslow); sino a la muerte de las espectativas.
O sea, a la resignación, que es peor que la muerte física.

El depresivo tiene alternativa: se hunde en el vacío, y llegado el caso hasta puede llegar a cogerse de él, verle de frente, y ver que el monstruo no es tan grande ni tan horripilante como él creía. El resignado supino, en cambio, es una criatura susceptible de ser asimilada desde su primera caída, y lo es por eso que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.

Un problema muy frecuente entre los depresivos es que, por causa y razón de su enfermedad (en este caso generada ni más ni menos que por un ambiente hostil sobre un indivíduo quizá demasiado sensible, es decir, quizá demasiado humano) es incapaz de disimular su horror y no sabe callar:

El corto número de los que tienen un ingenio perspicaz no declara lo que percibe (Nicolás Maquiavelo, Il Príncipe).

Y añade sabiamente (tanto como para que su axioma haya sido utilizado por la mayoría de los gobernantes desde que él se inventó a su príncipe):

Cuando se trata, pues, de juzgar el interior de los hombres, y principalmente el de los príncipes, como no se puede recurrir a los tribunales, es preciso atenerse a los resultados: así lo que importa es allanar todas las dificultades para mantener su autoridad; y los medios, sean los que fueren, parecerán siempre honrosos y no faltará quien los alabe. Este mundo se compone de vulgo, el cual se lleva de la apariencia, y sólo atiende al éxito.

La tercera opción, a mi entender, es la que propone Maquiavelo en la primera frase. Parece ser que si queremos mantenernos al margen del sistema, es prudente callar (algo que como ya habrán notado a mí no se me da muy bien). En cualquier caso, si estamos fuera (es decir, si realmente asumimos la responsabilidad de estar fuera sin soliviantar nuestro deseo egoico de convertirnos en cínicos o en santones ) el único riesgo que correremos será el de ser nosotros mismos. Algo que dá más miedo antes que después. Habrá que admitir, entonces, que todas las demonizaciones son producto del miedo, que es a la vez producto de la desidia. De una desidia que es producto de un egoísmo supino que a la larga acabará por cargarse nuestro maravilloso paraíso artificial tapado de luces de Navidad, en el cual no sólo viven los otros, sino también nosotros. O sea, todos.

Una de las armas más poderosas descubiertas por el sistema como forma de dominación, aborregamiento y lento genocidio del ciudadano de a pie en el mundo occidental, es la depresión. En este post he querido enfocar la enfermedad (que puede ser tanto o más destructiva que el cáncer) desde una de sus causas, que es la explotación laboral. Es necesario e imprescindible que se la tome en serio, como algo más que una enfermedad mental demonizable, sino como una enfermedad del alma. La depresión tiene su origen en la frustración. Es haber forzado la máquina en exceso, a ojos vistas tanto de un sistema como de una sociedad que le dá la espalda, ya no al hombre o a la mujer afectados, sino al ser humano, y le deja impotente y desamparado ante el único y verdadero monstruo que nos contempla con mirada cínica, a plena conciencia de su ezquizofrenia moral: el Sistema. El genocida. Y sus cómplices de sonrisita malsana.

De la asimilación al poder (Nihil obstat).

Arthur Rimbaud: Je est un autre




En una carta escrita el 5 de octubre de 1871, León Velade le dice a Emile Blemont:
No sabe lo que se perdió no asistiendo a la cena de los Vilains Bonhommes. Allí se exhibió, bajo los auspicios de Verlaine, su inventor, y los míos, su Juan Bautista de la orilla izquierda. A Rimbaud. Grandes manos, grandes pies, un rostro absolutamente infantil que podría corresponder a un niño de 13 años, profundos ojos azules, carácter más salvaje que tímido: así es el muchacho, cuya imaginación, llena de poderes y corrupciones inauditas, ha fascinado o aterrorizado a nuestros amigos. Venga usted, verá sus versos y juzgará por usted mismo. De no ser por la piedra que gravita sobre nuestra cabeza y que el Destino a menudo nos tiene reservada, es un genio que emerge. Algo más tarde, un informe de la Policía Francesa a cargo del oficial Lombard, reza lo siguiente:


Verlaine se enamoró de Rimbaud y los dos se marcharon a Bélgica para disfrutar de la paz del amor y todo lo demás. Hace algún tiempo, la señora Verlaine fue al encuentro de su marido para intentar llevarlo de regreso. Verlaine le respondió que era demasiado tarde, que no era posible una reconciliación, y que además, ya no se pertenecía a si mismo. “La vida en matrimonio me resulta odiosa -gritó- Nos amamos como tigres”, y diciendo esto enseñó a su mujer su pecho tatuado y herido por las cuchilladas que le había asestado su amigo… Rimbaud. Estos dos seres luchaban y se desgarraban como dos bestias feroces, para luego disfrutar del placer de reconciliarse. La señora Verlaine, desanimada, regresó a París.
A los diez años, Rimbaud escribe en su diario:


¿Y a mí que me importa si Alejandro (por el Magno) fue famoso?¿Qué me importa?... ¿Sabe alguien si los latinos existieron?¿No será una lengua inventada? Y aunque hayan existido: ¡que me dejen ser rentista y se guarden su lengua para ellos!¿Qué daño les he hecho yo para que me sometan a tal suplicio? Pasemos al griego… esa sucia lengua no la habla nadie, ¡nadie en el mundo!... ¡Ay, carambola de carambas! ¡Caray, yo quiero ser rentista! No conviene desgastar los pantalones en los bancos… ¡caramboletas!
En otra, del 28 de febrero de 1886 dirigida a su hermana desde Tadjura, África, Rimbaud -ya no el poeta, sino el explorador, el mercader, el aventurero, el traficante de armas, je est un autre-, confiesa:


 

Confío en que podré refugiarme dentro de unos meses en las montañas de Abisinia, que es la Suiza africana, sin inviernos ni veranos: ¡primavera y verdura perpétuas y la existencia gratuita y libre!

El Poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por si mismo, agota en él todos sus venenos, y se queda con la quintaescencia. Inefable tortura para la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, para la cual se convierte en el gran Enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡el Sabio supremo! Porque llega a lo desconocido. Porque ha cultivado su alma, ya rica, más que ninguno. Llega a lo desconocido y aunque, enloquecido, hubiera perdido la inteligencia por culpa sus visiones ¡las ha visto!¡Que reviente en su salto por cosas inauditas e innominables! Por lo tanto, el poeta es realmente un ladrón de fuego (…) Y cuando se haya quebrado la infinita servidumbre de la mujer, cuando viva para ella y por ella –y cuando el hombre, hasta entonces, abominable, la haya liberado- la mujer también será poeta. ¡La mujer encontrará lo desconocido!

(Segunda carta del vidente, a Paul Demeny, 15 de mayo de 1871)
Una temporada en el Infierno es la obra de un místico en estado salvaje (Paul Claudel).

Antaño, si no recuerdo mal, mi vida era un festín en el que todos los corazones se habrían, en el que vinos de todas clases fluían sin cesar. Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. -Y la encontré amarga. -Y la injurié. Me armé contra la justicia. Y huí. ¡Oh brujas, oh miseria, oh saña: sólo a vosotras os fue confiado mi tesoro! Conseguí disipar en mi espíritu todo resto de humana esperanza. Sobre toda alegría, para estrangularla, realicé el salto sigiloso de la fiesta. Llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Llamé a lasa plagas para así poder ahogarme en la arena, la sangre. La desdicha fue mi dios. Me revolqué en el fango. El aire del crimen me secó. Se la jugué a la locura. Y la primavera me dio la risa horrenda del idiota. Pero, recientemente, cuando ya estaba a punto de estirar la pata, decidí buscar la llave que me abriera las puertas del antiguo festín, en el que, quizás, recobraría el apetito. La caridad es esa llave. -¡Esta inspirada afirmación demuestra que he estado soñando!. "Siempre serás una hiena, etc...", exclamaba el demonio que me coronó con tan amables adormideras. "Bien, gánate a pulso la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales." ¡Bueno! Ya he tenido bastante: -Pero , querido Satanás, se lo ruego, ¡no se irrite tanto! A la espera de esas pequeñas bajezas que no acaban de llegar, arranco, para u sted que ama el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas hojas repelentes de mi libreta de condenado. 

El hombre de las suelas de viento se ha esfumado definitivamente. Nada de nada (Carta de Delahaye a Verlaine, julio de 1881). 

Apreciemos sin vértigo la magnitud de mi inocencia. Arthur Rimbaud) 

Sin embargo, él vive en mí. Je est un autre.

Camarón de la Isla: el hombre del cigarro apagado

caos capa osposopo
es el hombre de la mancha, el que se alumbra con la luz del cigarro
el que vio el molino,ahí va… ¿no ves?es el hombre que perdió el camino.
Arde el gigante contra la luz de la aurora, siendo un hombre
nada más que un hombre
en un mundo donde se confunden molinos con gigantes
y cuando canta, hay en el aire algo rotundo
que él trae y que todos quieren pero nadie
o muy pocos, pueden tener
caos capa osposopo
es el hombre que perdió el camino

señoras y señores, sepan ustedes
que la flor de la noche
pa’ quien la merece,

el que cruza con un gemido la lengua rota del viejo
yendo por el sueño hundido hasta los cabellos.
Dicen que la muerte le vistió de encajes y azahares
y que hasta ella le lloró
(bendito seas por no ser santo, que los santos están en el cielo
y en tu panteón de salinas sabe Dios incluso
que a veces, vivir es tan chungo como moler sal con las manos)
caos capa osposopo.
Canta el hombre de la mancha, apretando su quijada
canta la presa de chacal
canta el hombre del cigarro apagado, cierra los puños y canta
canta viendo venir la borrasca o la mañana radiante
y al cantar ya no es niño ni hombre, es sólo cante.
Arde el gigante en la sombra del crepúsculo, siendo hombre
nada más que hombre en un mundo
donde ya nadie piensa que sea hombre, sino gigante(pero no es más que un hombre con el cigarro apagado)

yo tiro un tiro al aire
cayó en la arena
confianza en el hombre prima,
nunca la tengas

y mientras canta, el hombre de la mancha sabe
que la orilla oscura existe, pero nadie quiere pisarla
y que él canta como canta porque la ha estado pisando

viviré,
mientras el alma me suene
y aquí estoy
pa’ morir,
cuando me llegue,

de un trago, hasta el fondo
Camarón.

José Monje Cruz, Camarón de la Isla (1950-1992) In memoriam.



El extraño destino de los libros

Hace unos años, andando por Madrid, me encontré con una vieja edición española de Van Gogh: el suicidado de la sociedad, y para acabar de una vez con el juicio de Dios, de Antonin Artaud, en cuya primera página se lee una dedicatoria (obviamente, escrita a mano) que en su momento llegó a llamarme la atención. La misma, data del 10 de junio de 1996, y dice así:

Para Nadjwa y Daniel, que estos versos malditos os sirvan de recuerdo en vuestra estancia en Nueva York. Un beso muy fuerte (Juan).

Temo que a Juan no le alegraría mucho saber que ese libro dedicado con tanto esmero iba a acabar en una tienda de libros usados, y que las manos que ahora lo leen no son ya las de Nadjwa Nimri sino las de esta humilde servidora de origen plebeyo, que a continuación pasará a aburriros con uno de los más grandes poetas que parió el siglo XX dentro de un manicomio. Ya que él

o vio profe
o vio proto
o vio loto
o thethé

y además, había visto


combatir a las máquinas en cantidad,

pero sólo he visto en el infinito

detrás de todo

a los hombres que las conducían.

Porque Artaud, el poeta de la fecalidad, habla como un alquimista urbano, como un brujo de las cloacas y un cachondo, o sino leed:

Todo lo que huela a mierda

huele a ser.

E hombre bien hubiera podido no cagar,

no abrir el bolsillo anal,

pero eligió cagar

del mismo modo en que debió elegir la vida

en vez de consentir en vivir muerto.


Porque para no hacer caca

hubiera tenido que consentir

en no ser,

pero no pudo decidirse a perder el ser,

o sea a morir vivo.


En el ser hay algo especialmente tentador para el hombre

y ese algo es precisamente

LA CACA

(en este punto, bramidos).

Para existir basta con abandonarse a ser,

pero para vivir

hay que ser alguien,

para ser alguien

hay que tener un HUESO,

no tener miedo de enseñar el hueso

y de paso perder la carne.


El hombre siempre ha preferido la carne

a la tierra de los huesos.

Porque sólo había tierra y madera ósea

y tuvo que ganarse su alimento,

no había más que hierro y fuego

y nada de mierda,

y el hombre temió perder la mierda,

o más bien deseó la mierda,

y para ello sacrificó la sangre.


Para tener mierda,

es decir carne que comer,

allí donde no había más que sangre

y chatarra osamental,

y donde nada se podía salir ganando con ser,

sino que perder la vida era lo único posible.


o reche modo

to edire

di za

tau dari

do padera coco


En ese punto, el hombre se retiró y huyó.


Entonces las bestias se lo comieron.


No fue una violación,

él se prestó al obceno ágape.


Le gustó,

él mismo aprendió

a hacer la bestia

y a comer ratas

con delicadeza.


¿Y de dónde proviene esa abyección inmunda?


¿De que el mundo aún no esté constituido?

¿O de que el hombre sólo tenga una reducida idea del mundo y quiera conservarla eternamente?


Proviene de que un buen día,

el hombre

detuvo


la idea del mundo.


Se le ofrecían dos caminos:

el del exterior infinito,

el del interior ínfimo.


Eligió el interior ínfimo.

allí donde basta con apretar

la rata,

la lengua,

el ano,

o el glande.


Y el mismo dios comprimió el movimiento.


¿Es Dios un ser?

Si lo es, es una mierda.

S no lo es,

no existe.


Ahora bien, no existe

sino como el vacío que avanza con todas sus formas,

cuya representación más perfecta

es la marcha de un incalculable grupo de piojos.


“Está usted loco, señor Artaud, ¿y la misa?”


No me creerán,

y desde aquí veo como el público se encoje de hombros

pero el llamado Cristo no es sino aquel

que en presencia del dios piojo

consintió en vivir si un cuerpo,

mientras que un ejército de hombres

bajado de una cruz

en la que dios creía haberle clavado tiempo atrás,

se rebelaba,

y protegido con armaduras de hierro,

con sangre,

con fuego y osambres,

avanza lanzando invectivas contra lo Invisible

para acabar allí EL JUICIO DE DIOS.


(Se esperan bramidos).



Antonín Artaud: Para acabar con el juicio de Dios (Ed. Fundamentos, Madrid)