7/2/08
El misterio femenino
bajo el alba. Y nisiquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que estremece las estrellas.
(C. Pavese)
Photo/post: The piano (Jane Campion)
Música: Michael Nyman
El misterio masculino
dos gotas, límpidas y redondas,
se derraman y unidas caen
hacia abajo, al fondo del cáliz.
(Hebbel)
Vídeo/post: Todas las mañanas del mundo (Alain Corneau)
Música: Sainte Colombe (interpretado por Jordi Savall).
Camille Claudel, irremediablemente.
Tenía una frente soberbia, con unos ojos magníficos, de ese azul intenso difícil de encontrar en otro lugar que no sean las novelas, esa boca grande, más orgullosa que sensual. Un aire impresionante, de coraje, de franqueza, de superioridad, de alegría. Alguien que ha recibido mucho (Paul Claudel).
Y créame amiga mía, abandone ese carácter de mujer que ha ahuyentado buenas voluntades. Muestre sus obras admirables, hay una justicia, créalo. Uno es castigado y recompensado. Un genio como usted es raro (…)
Esclavismo laboral: nihil obstat
- Una empresa X le pone trabajar 8 horas diarias por un sueldo de hambre y un contrato basura, que el emplead@ acepta por necesidad.
- A los 15 días, el empresario le propone al emplead@ trabajar fines de semana incluídos a cuenta de “una sustancial” propina, que se acabará quedando en calderilla. Sabiendo que con lo que le pagan no llegará a fin de mes y queriendo, además, hacer buena letra, el emplead@ acepta.
- Al llegar su primera nómina, el emplead@ ve que ésta no ha aumentado mucho más que el sueldo estipulado por las 8 horas, y mientras jura que en cuanto encuentre algo se largará de alli, en realidad continúa; porque en el fondo sabe que en otra empresa le pagarán lo mismo o peor, y además ha firmado un contrato donde pone que el personal no cuenta con representación sindical. Primera caída: algo que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.
- Mientras el emplead@ se empeña en hacer su trabajo de la mejor manera posible, sacrificando fines de semana y horas a su familia y a su propia vida, el empresario ya ha contratado unos indivíduos que, curiosamente, se pasean por la empresa sin tener mucho que hacer. Mientras se toman un café y conversan con los colegas de otro departamento, el nuevo emplead@ trabaja. Y mientras trabaja, los tomadores de café eternos de la eterna burocracia neo-capitalista de los cojones, relojean (en lengua rioplatense, relojear significa cotillear), llevando su informe al jefe al terminar la jornada.
- A los cinco meses de contrato (si es que lo hay) llega la segunda caída del empleado. Es cuando empiezan a presionarle con mensajes sutiles del tipo: “Si quieres quedarte en la empresa…”; en plan sumamente educado, en el cual por supuesto queda claro que hasta el momento no se duda de su competencia, razón por la cual las 10 ó 12 horas que se tira en la empresa podrían muy bien ascender a una o dos horas más (sin contar con las otras 2 horitas que se le van en el desplazamiento, incluídos los atascos, los temporales, las huelgas en el Metro, el jefe que le chilla si llega tarde, la parej@ que le chilla porque siempre está currando, los niños que chillan porque chillan, el IPC, el EURIBOR y toda la mar en coche).
- Llegan las vacaciones. Por supuesto, el nuevo emplead@ acepta trabajar durante el mes de julio. Y en agosto. Y en setiembre. Inclusive acepta trabajar en Navidades o en Reyes, aunque los niños pregunten donde está papá/mamá. Lo acepta de buen grado y aliviado, ya que ha conseguido granjearse la sonrisa agriada del jefe, e intuye que detrás de eso habrá una renovación de contrato. Explotado, humillado y ofendido, el emplead@ sabe que esta vez no fallará. Que esta vez le harán fij@. Que el trabajo es boñiga; pero peor es nada.
- Llega la segunda renovación de contrato y el emplad@ lo celebra con su pareja y sus hijos. Sin embargo, la familia lo nota ausente. ¿Qué le pasará?
Por primera vez en mucho tiempo, su familia recuerda que el emplead@, además de ser un emplead@, es un ser humano.
- A los ocho o nueves meses de trabajar en la empresa, el emplead@ empieza a agobiarse. Se siente raro, está nervioso y de mal humor. Va por la vida como si llevara a la espalda un saco de piedras. Le cuesta mantener la erección (tanto del pene como de su columna vertebral); y si es mujer, se le adelantan o retrasan las menstruaciones, se le agria el carácter, se enfada con los niños por cualquier cosa, tiene taquicardia, pierde el deseo sexual… y un largo etcétera que responde a la patología del stress.
Es la tercera caída. Sin embargo, tras la primera baja laboral (en la cual el emplead@ le suplica a su médico que no figure en acta la razón de su deserción), el pobre indivídu@ decide que de ahora en más nadie notará lo que le pasa, nisiquiera su familia, ya que está resuelto a hacer sea lo que sea para conseguir quedarse fij@.
- A partir de aquí la vida del emplead@ será un verdadero infierno encubierto, porque además de doblarle el trabajo e insinuarle que su rendimiento ha empezado a bajar, llegado el momento de conseguir su tan ansiado contrato fijo le pedirán que haga un trabajo de contraespionaje a favor del empresario y en contra de algún nuevo emplead@ que, como él en su momento, se estará buscando la vida como puede a fin de quedarse.
- Ya quebrantada tanto su auto-estima, como su salud física y emocional, el emplead@ se ve obligado a hacer un triple trabajo: el de trabajar, el de traicionar, y el continuar con vida dentro de la empresa.
Cuarta caída: algo que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.
- Llegado a este punto, el emplead@ se encuentra en una encrucijada de orden moral. Sabe -o intuye- que si quiere quedarse, sólo le quedan dos caminos: la depresión o la asimilación. La depresión podría costarle el despido; la asimilación, en cambio, le costará algo más. Ahora comprende que el precio del contrato fijo no eran ya las 12 horas, ni las 14, ni las 16, sino la pérdida de su integridad.
- Si el emplead@ es una persona íntegra, y por lo tanto consciente, es más que probable que al ver tanta caca caiga en una depresión de la que tardará un mínimo de seis meses en recuperarse, para luego o durante el proceso, ser despedido sin remedio (es prácticamente imposible que alguien como el fenotipo que describo pueda demostrar ante un juez que padecía depresión y que fue despedido por esa causa). Ésta, podría abrirle dos caminos decisivos, a saber:
a) el flash o deslumbramiento que describió Platón en el famoso mito de la Caverna, ya que en ocasiones la depresión suele desembocar en la lucidez (o al revés).
b) O la muerte. Y cuando hablo de muerte no me estoy refiriendo al suicidio, que es un caso extremo y a todas luces respetable cuando se manifiesta también como experiencia cumbre (Maslow); sino a la muerte de las espectativas.
O sea, a la resignación, que es peor que la muerte física.
El depresivo tiene alternativa: se hunde en el vacío, y llegado el caso hasta puede llegar a cogerse de él, verle de frente, y ver que el monstruo no es tan grande ni tan horripilante como él creía. El resignado supino, en cambio, es una criatura susceptible de ser asimilada desde su primera caída, y lo es por eso que la empresa ya sabía de antemano, algo con lo que contaba antes de haber cogido al empleado, y algo sin lo cual no podría mantenerse como empresa.
Un problema muy frecuente entre los depresivos es que, por causa y razón de su enfermedad (en este caso generada ni más ni menos que por un ambiente hostil sobre un indivíduo quizá demasiado sensible, es decir, quizá demasiado humano) es incapaz de disimular su horror y no sabe callar:
El corto número de los que tienen un ingenio perspicaz no declara lo que percibe (Nicolás Maquiavelo, Il Príncipe).
Y añade sabiamente (tanto como para que su axioma haya sido utilizado por la mayoría de los gobernantes desde que él se inventó a su príncipe):
Cuando se trata, pues, de juzgar el interior de los hombres, y principalmente el de los príncipes, como no se puede recurrir a los tribunales, es preciso atenerse a los resultados: así lo que importa es allanar todas las dificultades para mantener su autoridad; y los medios, sean los que fueren, parecerán siempre honrosos y no faltará quien los alabe. Este mundo se compone de vulgo, el cual se lleva de la apariencia, y sólo atiende al éxito.
La tercera opción, a mi entender, es la que propone Maquiavelo en la primera frase. Parece ser que si queremos mantenernos al margen del sistema, es prudente callar (algo que como ya habrán notado a mí no se me da muy bien). En cualquier caso, si estamos fuera (es decir, si realmente asumimos la responsabilidad de estar fuera sin soliviantar nuestro deseo egoico de convertirnos en cínicos o en santones ) el único riesgo que correremos será el de ser nosotros mismos. Algo que dá más miedo antes que después. Habrá que admitir, entonces, que todas las demonizaciones son producto del miedo, que es a la vez producto de la desidia. De una desidia que es producto de un egoísmo supino que a la larga acabará por cargarse nuestro maravilloso paraíso artificial tapado de luces de Navidad, en el cual no sólo viven los otros, sino también nosotros. O sea, todos.
Una de las armas más poderosas descubiertas por el sistema como forma de dominación, aborregamiento y lento genocidio del ciudadano de a pie en el mundo occidental, es la depresión. En este post he querido enfocar la enfermedad (que puede ser tanto o más destructiva que el cáncer) desde una de sus causas, que es la explotación laboral. Es necesario e imprescindible que se la tome en serio, como algo más que una enfermedad mental demonizable, sino como una enfermedad del alma. La depresión tiene su origen en la frustración. Es haber forzado la máquina en exceso, a ojos vistas tanto de un sistema como de una sociedad que le dá la espalda, ya no al hombre o a la mujer afectados, sino al ser humano, y le deja impotente y desamparado ante el único y verdadero monstruo que nos contempla con mirada cínica, a plena conciencia de su ezquizofrenia moral: el Sistema. El genocida. Y sus cómplices de sonrisita malsana.
De la asimilación al poder (Nihil obstat).
Arthur Rimbaud: Je est un autre
No sabe lo que se perdió no asistiendo a la cena de los Vilains Bonhommes. Allí se exhibió, bajo los auspicios de Verlaine, su inventor, y los míos, su Juan Bautista de la orilla izquierda. A Rimbaud. Grandes manos, grandes pies, un rostro absolutamente infantil que podría corresponder a un niño de 13 años, profundos ojos azules, carácter más salvaje que tímido: así es el muchacho, cuya imaginación, llena de poderes y corrupciones inauditas, ha fascinado o aterrorizado a nuestros amigos. Venga usted, verá sus versos y juzgará por usted mismo. De no ser por la piedra que gravita sobre nuestra cabeza y que el Destino a menudo nos tiene reservada, es un genio que emerge.
El Poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desorden de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; busca por si mismo, agota en él todos sus venenos, y se queda con la quintaescencia. Inefable tortura para la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, para la cual se convierte en el gran Enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡el Sabio supremo! Porque llega a lo desconocido. Porque ha cultivado su alma, ya rica, más que ninguno. Llega a lo desconocido y aunque, enloquecido, hubiera perdido la inteligencia por culpa sus visiones ¡las ha visto!¡Que reviente en su salto por cosas inauditas e innominables!
Una temporada en el Infierno es la obra de un místico en estado salvaje (Paul Claudel).
Apreciemos sin vértigo la magnitud de mi inocencia. Arthur Rimbaud)
Sin embargo, él vive en mí. Je est un autre.
Camarón de la Isla: el hombre del cigarro apagado
el que vio el molino,ahí va… ¿no ves?es el hombre que perdió el camino.
Arde el gigante contra la luz de la aurora, siendo un hombre
nada más que un hombre
en un mundo donde se confunden molinos con gigantes
y cuando canta, hay en el aire algo rotundo
que él trae y que todos quieren pero nadie
o muy pocos, pueden tener
caos capa osposopo
es el hombre que perdió el camino
señoras y señores, sepan ustedes
el que cruza con un gemido la lengua rota del viejo
yendo por el sueño hundido hasta los cabellos.
Dicen que la muerte le vistió de encajes y azahares
y que hasta ella le lloró
(bendito seas por no ser santo, que los santos están en el cielo
y en tu panteón de salinas sabe Dios incluso
que a veces, vivir es tan chungo como moler sal con las manos)
caos capa osposopo.
Canta el hombre de la mancha, apretando su quijada
canta la presa de chacal
canta el hombre del cigarro apagado, cierra los puños y canta
canta viendo venir la borrasca o la mañana radiante
y al cantar ya no es niño ni hombre, es sólo cante.
Arde el gigante en la sombra del crepúsculo, siendo hombre
nada más que hombre en un mundo
donde ya nadie piensa que sea hombre, sino gigante(pero no es más que un hombre con el cigarro apagado)
yo tiro un tiro al aire
y mientras canta, el hombre de la mancha sabe
que la orilla oscura existe, pero nadie quiere pisarla
y que él canta como canta porque la ha estado pisando
viviré,
de un trago, hasta el fondo
José Monje Cruz, Camarón de la Isla (1950-1992) In memoriam.
El extraño destino de los libros
Hace unos años, andando por Madrid, me encontré con una vieja edición española de Van Gogh: el suicidado de la sociedad, y para acabar de una vez con el juicio de Dios, de Antonin Artaud, en cuya primera página se lee una dedicatoria (obviamente, escrita a mano) que en su momento llegó a llamarme la atención. La misma, data del 10 de junio de 1996, y dice así:
Para Nadjwa y Daniel, que estos versos malditos os sirvan de recuerdo en vuestra estancia en Nueva York. Un beso muy fuerte (Juan).
Temo que a Juan no le alegraría mucho saber que ese libro dedicado con tanto esmero iba a acabar en una tienda de libros usados, y que las manos que ahora lo leen no son ya las de Nadjwa Nimri sino las de esta humilde servidora de origen plebeyo, que a continuación pasará a aburriros con uno de los más grandes poetas que parió el siglo XX dentro de un manicomio. Ya que él
o vio profe
o vio proto
o vio loto
o thethé
y además, había visto
combatir a las máquinas en cantidad,
pero sólo he visto en el infinito
detrás de todo
a los hombres que las conducían.
Porque Artaud, el poeta de la fecalidad, habla como un alquimista urbano, como un brujo de las cloacas y un cachondo, o sino leed:
Todo lo que huela a mierda
huele a ser.
E hombre bien hubiera podido no cagar,
no abrir el bolsillo anal,
pero eligió cagar
del mismo modo en que debió elegir la vida
en vez de consentir en vivir muerto.
Porque para no hacer caca
hubiera tenido que consentir
en no ser,
pero no pudo decidirse a perder el ser,
o sea a morir vivo.
En el ser hay algo especialmente tentador para el hombre
y ese algo es precisamente
LA CACA
(en este punto, bramidos).
Para existir basta con abandonarse a ser,
pero para vivir
hay que ser alguien,
para ser alguien
hay que tener un HUESO,
no tener miedo de enseñar el hueso
y de paso perder la carne.
El hombre siempre ha preferido la carne
a la tierra de los huesos.
Porque sólo había tierra y madera ósea
y tuvo que ganarse su alimento,
no había más que hierro y fuego
y nada de mierda,
y el hombre temió perder la mierda,
o más bien deseó la mierda,
y para ello sacrificó la sangre.
Para tener mierda,
es decir carne que comer,
allí donde no había más que sangre
y chatarra osamental,
y donde nada se podía salir ganando con ser,
sino que perder la vida era lo único posible.
o reche modo
to edire
di za
tau dari
do padera coco
En ese punto, el hombre se retiró y huyó.
Entonces las bestias se lo comieron.
No fue una violación,
él se prestó al obceno ágape.
Le gustó,
él mismo aprendió
a hacer la bestia
y a comer ratas
con delicadeza.
¿Y de dónde proviene esa abyección inmunda?
¿De que el mundo aún no esté constituido?
¿O de que el hombre sólo tenga una reducida idea del mundo y quiera conservarla eternamente?
Proviene de que un buen día,
el hombre
detuvo
la idea del mundo.
Se le ofrecían dos caminos:
el del exterior infinito,
el del interior ínfimo.
Eligió el interior ínfimo.
allí donde basta con apretar
la rata,
la lengua,
el ano,
o el glande.
Y el mismo dios comprimió el movimiento.
¿Es Dios un ser?
Si lo es, es una mierda.
S no lo es,
no existe.
Ahora bien, no existe
sino como el vacío que avanza con todas sus formas,
cuya representación más perfecta
es la marcha de un incalculable grupo de piojos.
“Está usted loco, señor Artaud, ¿y la misa?”
No me creerán,
y desde aquí veo como el público se encoje de hombros
pero el llamado Cristo no es sino aquel
que en presencia del dios piojo
consintió en vivir si un cuerpo,
mientras que un ejército de hombres
bajado de una cruz
en la que dios creía haberle clavado tiempo atrás,
se rebelaba,
y protegido con armaduras de hierro,
con sangre,
con fuego y osambres,
avanza lanzando invectivas contra lo Invisible
para acabar allí EL JUICIO DE DIOS.
(Se esperan bramidos).
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