7/1/09

Cantar de gesta

No estoy asimilada, lo siento.
No tengo la vez de agradecer, lo siento.
No quiero tragar, lo siento.
Yo vine con un propósito, lo siento
(sitiar el territorio de la perplejidad
para dar en la diana con certeza).
He visto la noche oscura del alma
y no sabeis cómo lo siento...
la noche oscura del alma, la de Juan
con la cruz enfundada en oropeles
yo la he visto bajo el hielo y el oro.

Pero entre todo lo que he visto,
he visto también
que además de planes de acción
hacen falta acciones reales,
que además de la política de los gestos,
hacen falta GESTAS.

4/1/09

Complicidad en el crimen

Sobre la matanza de Gaza se dicen muchas cosas, pero como las dice este señor... pocos lo hacen y lo harán. Por eso he sentido la tentación de transcribirlo.

No es el mejor augurio que el futuro presidente de Estados Unidos repita una y otra vez, sin que le tiemble la voz, que mantendrá con Israel la "relación especial" que une los dos países, en particular el apoyo incondicional que la Casa Blanca dispensa a la política represiva (represiva es decir poco) con que los gobernantes (¿y porqué no también los gobernados?) israelíes han venido martirizando por todos los modos y medios al pueblo palestino. Si a Barack Obama no le repugna tomar su té con verdugos y criminales de guerra, buen provecho le haga, pero que no cuente con la aprobación de la gente honesta. Otros presidentes colegas suyos lo hicieron antes sin necesitar otra justificación que la tal "relación especial" con la que se da cobertura a cuantas ignominias fueron tramadas por los dos países contra los derechos nacionales de los palestinos.
A lo largo de la campaña electoral Barack Obama, ya fuera por vivencia personal o por estrategia política, supo dar de sí mismo la imagen de un padre dedicado. Eso me permite sugerirle que le cuente esta noche una historia a sus hijas antes de que se duerman, la historia de un barco que transportaba cuatro toneladas de medicamentos para socorrer a la población de Gaza en la terrible situación sanitaria en que se encuentra, y que ese barco, Dignidade era su nombre, ha sido destruido por un ataque de fuerzas navales israelíes con el pretexto de que no tenía autorización para atracar en sus costas (creía yo, ignorante redomado, que las costas de Gaza eran palestinas…) Y que no se sorprenda si una de las hijas, o las dos a coro, le dicen: "No te canses, papá, ya sabemos qué es una relación especial, se llama complicidad en el crimen".

José Saramago

(Gracias, René Rodríguez Soriano, MediaIsla).

21/12/08

El mejor poema

El mejor poema es el que aún no se ha escrito, el que borbotea en el magma de las posibilidades de la lengua y de la aventura humana; por lo tanto, no tengo obligación de echar incienso a lo ya de sobra canonizado; esto siempre me ha parecido algo cobardón y de mal gusto, incluso pornográfico. Reivindico la fiesta de lo arbitrario; incluso, si es con calidad, el escribir por el solo hecho de joder. Considero, a estas alturas de la información globalizada, que la pretensión de exhaustividad es solo un sofisma enarbolado por los más groseros e ignorantes; que el que no permite entre en su texto siquiera un alfiler, es un autoritario imbécil. Y, sobre todo, que el encanto es la máxima cualidad de la literatura, tal como decía, de las páginas que habían logrado encandilarlo, el viejo muchacho Jorge Luis Borges.

Pedro Granados, poeta peruano.

10/12/08

El sueño de Artaud

Le decía a un amigo en su blog, que quizá la esencia de lo divino resida en una búsqueda constante empapada de hallazgo. Entonces, no sé por qué, me vino a la memoria un verso de Antonin:

Me entrego a la fiebre de los sueños, pero es para recoger nuevas leyes.

Y yo no sé qué os parecerá a vosotros... pero para mí él sigue ahí, fumándose su gauloise con ojos de barrilete.

23/10/08

El amigo Henry

Existe un libro que forma parte de nuestro ser y que está contenido en nuestro ser, y ese libro es el registro de nuestro ser. He dicho nuestro ser y no nuestro devenir. Comenzamos a escribir este libro en el momento de nacer y lo proseguimos después de la muerte. Solamente cuando estamos a punto de renacer lo terminamos y le ponemos la palabra "Fin". En consecuencia, es toda una serie de libros que, desde un nacimiento hasta el siguiente, continúa la historia de la identidad. Todos somos escritores, pero no todos heraldos ni profetas. Lo que sacamos a relucir del registro oculto lo firmamos con nuestro nombre de pila, que jamás es el nombre real. Pero lo único que llega a conocer alguna vez la luz es lo mejor de nosotros, lo más fuerte, lo más valiente, lo mejor dotado. Lo que entorpece nuestro estilo, lo que falsea la narración, son las porciones del registro que ya no podemos descifrar. El arte de escribir no lo perdemos nunca, pero lo que a veces perdemos es el arte de leer. Cuando encontramos un adepto de este arte, recuperamos el don de la visión. Es el don de la interpretación, naturalmente, porque leer siempre es interpretar.

Los libros en mi vida, Capítulo XIII
Henry Miller

28/9/08

Con celo

Hace unos años me dio por hacer un seminario por la UIMP en una preciosa ciudad castellana que no voy a nombrar. Entre los ponentes, la estrella era un crítico de arte y filósofo de la escuela de Walter Benjamin -a quien tampoco nombraré-, que al margen de su erudición, demostró ser un indivíduo de lo más carismático, cuando al cierre del seminario le retaron a tocar la guitarra flamenca y dio un conciertazo de cojones, con sangría incluída, y baile y cante al que se apuntaron cátedra y alumnado.
Como era de esperar, todos acabamos borrachos. Pero había más: todavía quedaba la exposición. El grueso de los expositores eran alumnos de los ponentes, todos ellos gente de la Complutense, todos de abultado currículum y no obstante sabuesos impenitentes del lumbreras francés tocador de guitarra. O sea -y con perdón-, unos chupaculos. Unos pelotillas de dientes largos. Y sus alumnos tanto más. Entre todos, y a lo largo de cinco días que a mí se me hicieron eternos, inflaron un globo elitista donde, con el mayor cuidado y la más provocativa desidia, se ocuparon de que no se incluyera a nadie que no fuera de la UCM.
Llegado el momento de la inauguración, los proto-lumbreras del lumbreras francés se presentaron con cara de jueces escrupulosos. Siempre he odiado las inauguraciones. Creo haber dicho en alguna oportunidad que me gustaría mandar a un gólem en mi lugar, mientras yo me como los canapés y me tomo los chupitos en el pasillo, viendo como la peña se pasea por la sala fingiendo el embelesamiento gélido de los iniciados.
Esa noche nadie miró mi cuadro. Ni el mío, ni el de los excluídos. Así que, muy molestos, nos fuimos a cenar con el resto de la peña -que, como yo, acababan de pasar por la bochornosa experiencia de no ser mirados-, y un poco para bajar el efecto de la humillación, un poco porque no nos faltaban ganas de celebrar a nuestra manera tirando la ciudad por la ventana, a mí me dio por decir que hubiera estado bueno coger el cuadro delante de toda esa gente y llevármelo.
- Y mirá… yo que vos lo haría - saltó un paisano mío, escultor él, que llevaba años y años ejecutando esas acciones llamadas performance, y que en muchas ocasiones no pasan de ser más que furibundeces usadas por ciertos artistas bajo el pretexto de mover a la reflexión sobre cuestiones fundamentales.
Hubo un largo silencio y varios que se lo pensaron, incluyéndome, claro. Pero nadie se atrevió a decir voy. En eso, una colega tuvo una idea brillante:
- Como performance va a ser un fracaso, porque no hay prensa.
No hubo objeciones. Además, el entrecot estaba para chuparse los dedos y resultaba a todas luces más excitante reirnos con los dientes largos de las chungas interpretaciones talleriles de los globeros de UCM, una de las cuales consistía en la exposición de unos casquetillos de papel de confitura pegados con celo (cinta scotch) contra una puerta del siglo XVI, vaya a saber con qué intención.
Las extensiones de nuestras carcajadas chorreaban en la salsa cuando le tocó el turno al director del taller, cuya obra consistía en el dibujito de un cubo sostenido por dos palillos de los cuales se deslizaba algo que pretendía ser una sombra, todo hecho con rotulador negro sobre un soporte de hoja de resma, pegado cuidadosamente a la pared, también con celo. Un dibujo al mejor estilo de la serpiente devorándose al elefante de Saint-Exupéry, sin ánimo de desmerecer a Saint-Exupéry, que tuvo mucho que decir con su Principito.
El resto eran criaturas tan incomprensibles como estériles para nuestro entendimiento. Nadie estaba conforme; todos hubiéramos querido arrancar nuestros cuadros maravillosos de esas paredes y marcharnos a casa celebrando la boutade (así somos los artistas, nos encantan ese tipo de infantogilipolleces) pero nadie se atrevió. Esa noche.
Al día siguiente ya es otro cantar. Recuerdo que me levanté con resaca y unas ganas peliagudas de pasarme por el convento donde se mantenía cautiva a mi extensión, descolgarla y llevármela. Se lo comenté a mi compañero, que estaba semi-conciente y me respondió con un eructito. Pero el tío me tenía una paciencia de santo.
Larga retahíla de protestas: es que es inútil, hoy en día la estética está sometida a la ética del arte basura, y además si te fijás bien ¡de qué ética hablamos si esta gente no tiene ética!, si lo someten todo a las cuatro palabrejas de un francés que viene de parte de Benjamin y los posestructuralistas esos de mierda que vienen copando las ideas desde hace… yo qué sé cuántos. Y la Gina Pane que se cortaba los pies para dejar la huella en el suelo de la galería, pero ¿por qué no se harán una puñeta con la Gina Pane?, si sabía me traía el inodoro y no me tiraba dos semanas montando una composición fotográfica de cojones, consumar-consumir, es que no lo entendieron… ¡no lo entendieron!¿te dás cuenta?¡las antiguas catedrales como recinto y albergue, como mercado sagrado de otro tiempo, el elefante blanco del Cristianismo reemplazado por un McDonald!¡es la eucaristía!¡el cuerpo por la corporación!¡la idea es genial! Pero es que nos hicieron un aparte desde que llegamos -no tendría que haber colgado nada en esa mierda- y pasaban de nosotros con… ¿cómo te diría?, un desprecio cordial, con unas ínfulas…
Mi compañero se afeitaba tranquilamente frente al espejo:
- Tranquilizate, flaca, que no tenés prensa…
El muy cabrón se reía de mí, pero igual me llevó al convento. Allí mismo me presenté en la secretaría y le expliqué al encargado el motivo de mi decisión. El tipo se mostró comprensivo desde el principio. Un tío enrrollado. Me dijo que desde luego si quería llevarme el cuadro, estaba en todo mi derecho porque era mío, pero que podía ser una lástima ya que esa misma tarde se abrían las puertas al público y era posible que fuera la prensa.
Al ver que yo seguía en mis trece, el hombre tuvo una idea de ésas que dán en el clavo:
- Mira, si tú quieres, puedes hacer una cosa… pón un cartel que diga, por ejemplo: Aquí hubo un cuadro que nunca fue mirado, y así se enterarán de que tu cuadro pasó por aquí. - Se sonrió con cara de troll: - Y además la pared no se queda vacía.
Fue el rayo iluminador para mi mañana de resaca y no obstante insumisa, así que descolgué el cuadro y en su lugar pegué una hoja de papel con una leyenda que decía:

Aquí hubo un cuadro que nunca fue mirado.

Con celo.
A los tres días me llamó el encargado para decirme que uno de los ponentes les había pedido mi teléfono para que le explicara el por qué de mi reacción, y si todavía estaba interesada en colgar el cuadro nuevamente.
Yo le dije que no.
- ¿Sacaron el cartel? - le pregunté.
Se oyó su risita de troll al otro lado de la línea:
- No, y si quieres que te diga la verdad, y te lo digo por si te sirve de consuelo, pero a la gente le llama más la atención el papelete ése que has colgado que todo lo demás. Raro, ¿no?
No, señor; no es raro. Mi colega tenía razón. A mí me faltó prensa, chaval… que es lo que no le faltó a Tracey Emin cuando decidió poner en medio de la Tate Gallery la cama pringosa donde yaciera durante una semana completamente borracha después de uno de sus múltiples abortos. Hermenéutica de My bed, toda una revelación del arte revolucionario de fines del pasado siglo: La obra corresponde a un momento en que la artista estaba enferma y deprimida. Es una meditación sobre el hecho de pasar mucho tiempo en la cama. Hay una inocencia subyacente y una gran sinceridad que nos recuerda cuestiones fundamentales.
Y bueno, lo mío no habrá sido algo tan grande, pero sí que en esa ocasión tuve mis quince minutines, al decir de su eminencia San Andy Warhol... Cuando no hay ética, la estética se vuelve una hoja boyante entre la alienación y el olvido, y al fin y al cabo todo acaba dando igual.

26/9/08

Elogio del bufón

Siempre me ha fascinado la figura del bufón, esa criatura grotesca, divertida y capciosa, presente en la historia del mundo desde tiempos inmemoriales.

El bufón, eterno compañero del rey, mascota y entretenedor oficial de un soberano siempre obligado a guardar las formas, y también su consejero y confidente, no puede ser la figura mejor olvidada de la humanidad. Quizá sea porque al lado oscuro conviene ocultarlo. Razón por la cual, la existencia del bufón se vuelve imprescindible. De hecho ¿qué sería del rey sin su bufón? El bufón es la encarnación misma de las vergüenzas ajenas, incluídas las del propio rey.

Similar a la metáfora del váter (al que eufemísticamente, y no sin motivo, se le llama también “el trono”), el bufón es la metáfora de todo lo que no debe mostrarse, de lo vergonzante, prohibido, y extravagante. Es el mamarracho del alma. Su doble inconfesable. La criatura antediluviana que todos llevamos dentro, que todavía camina en cuatro patas y que le chilla a la Tierra y a Dios. Es el eterno patán desvergonzado que sabe -sabe- que el váter es el único espacio de la vida en el que puedes malograrte sin culpa, y en el que nadie metería sus narices donde no debe, la poltrona favorita de quien que se asoma a la entrepierna del diablo para dibujarle mariposas en el ombligo.

Divertido y auto-consentido, al bufón le gusta vaciarse, y en su modesta experiencia del placer, se repite a si mismo que él es la única persona sobre este planeta sacándole la lengua a la muerte. Y mientras él se la saca, ríe el rey. Ríe con la boca ancha y los dientes largos, pero ríe. Y además de reir, llora. Llora a solas y en silencio, o en presencia del bufón, pero llora. Si no llorara -es decir, si las gracias del bufón no le hicieran sentir, de vez en cuando, como el hombre amenzado por los monstruos del capricho goyesco- jamás le eligiría como su confidente. Porque entre los veteranos de la corte, entre los ministros y los aristócratas, entre súdbitos y profanos, no hay mejor acólito y más leal camarada que el bufón. Éste es el que prueba todos los brebajes antes de que se lo dén a beber al soberano. Es el que soporta los guantazos (antecedente directo del cachetón que recibe el payaso y que le hace caer redondo al suelo, haciendo reir al auditorio). Es el que se ríe de si mismo y el que se burla delicada y en ocasiones cáusticamente de la condición de los presentes sin que nadie se ofenda. Su sitio es una suerte de escenario secreto para el destierro elegido de un rey sin corte. Que es lo que es, en realidad, el bufón.

Sabio en su triste destino de esfinge que vuelve de los sietes infiernos de la deformidad, el bufón es el vertedero de las criaturas regias. Y de las no regias, o cuasi-regias, que rigen los destinos propios y ajenos. El bufón resulta ser todo lo que uno quiere ocultar. Es el otro. La otra mitad. El enemigo. Y como para guardar las formas al enemigo hay que mantenerse a distancia y confinarle al archivo de la ¿mala? conciencia, o convertirle en un marginal, o en un loco -y para que no pese tanto- en un payaso, el rey permite que el bufón se tome sus licencias. Porque el territorio del bufón es siempre territorio neutral, como lo es el territorio del inconsciente, que es a la vez el territorio más profundamente humano que existe.

Leo Bassi, el bufón moderno, el payaso apocalíptico, el blasfemo de la neo-ilustración contemporánea, el trasnochado discípulo de Rabelais vetado por la Iglesia católica (un rey sin sentido del humor), reinvindica al bufón desde un discurso bizarro donde éste adquiere autonomía y lo libera de dependencias míticas y servidumbres humillantes.
Dicen que por la boca muere el pez; sin embargo, el bufón no puede morir. Como lo más abyecto y lo más luminoso del espíritu humano, su esencia es inmortal.

Photo/post: Leo Bassi, en plena acción.