Parece que la puntuación se encamina al sucidio punto
(esto ya lo hizo Cabrera Infante), y además punto debería ser punto
pero dejémolso ahí.
Horror vacuii
Horror vacui
(sí, horror al vacío)
al vacío de una tela en blanco
o mejor dicho de los blancos de una tela dejada en blanco
supuraciones del pincel, esas motitas que se quedan en la tela
y dejan en evidencia el gesto, la indecisión. Una forma valiente inacabada.
Sólo una forma, en realidad.
Quitar comas puntos puntos y coma como evidencia de infinito
de una lengua que ha redimido su ñ [¿aquí iría punto?]. No
los puntos se suicidan- los puntos las comas los puntos y coma
(como Houellebecq, que los resucita a su antojo, es decir sin fundamento).
Veamos.
Hemos hablado de esto hace unos días.
Hablábamos del sexo en la literatura, y tú dijiste:
la poesía basada en el sexo es casi casi como esas cintas
donde el prota aparece desnudo todo el tiempo por causas estrictamente comerciales.
Diste tu sentencia.
La poesía basada en el sexo es como esas mujeres que van a por su perla negra
se la embolsan
y luego pretenden que no se les vaya por el agujero.
Y volviste a dar tu sentencia
como esas mujeres que se tiran a alguien y luego pretenden que el tío vuelva a llamarlas
[entre la a de sentencia y como iría punto y coma. Es más
el lector queda invitado a leer este ensayo, o si se quiere, experimento, omitiendo toda regla ortográfica
(yo no puedo con mi horror vacui)].
Es la influencia de las matemáticas
de la física cuántica
de los postestructuralistas
de las nuevas tecnologías
del lenguaje html
del sincretismo con los códigos no-lingüísticos
del lenguaje de los gestos
en fin de la vanguardia
[a estas alturas no será necesario aclarar que entre en fin
y de va coma],
la muerte (más bien el asesinato) de Joyce.
Sigue. Veamos.
Y hablando de Joyce [aquí irían puntos suspensivos,
si son dos en vez de tres, mejor]
hablando de Joyce
no entiendo por qué todo el mundo quiere ser Joyce
nueva sentencia (sí, dos puntos, y qué):
según creo recordar, esto ya se hacía hace treinta años.
Gina Pane se cortó con una hoja de afeitar
se cortó las plantas de los pies con una hoja de afeitar
y salió andando como si tal cosa
tótem sin tabú. Salió andando
y fue su sangre la que manchó el suelo de la galería
no era sangre de mentira
era su sangre
su monólogo interior directo con los mirones que iban a verla
sangrar.
[primera]
el mar se retiraba de la orilla y tuve un tiempo breve
en caso de que el tiempo existiera
un breve tiempo de calma.
Mi cuerpo aliviado se distendió
y me quedé sola como un animal que ya no espera
pero tú te habías volteado boca arriba y
me atrajiste por la nuca hacia el tiempo concreto,
sin tiempo,
de tu pecho. Con el pulgar en la comisura de mi vulva
sentía el tsunami avanzando sobre los poros crispados de mi carne explotando en el espacio.
[segunda]
entonces conocí una rara especie de placer:
la de ser mar y la de ser pez y ser cordero ya harto.
Me volveaste,
me estiraste y -oh-
me doblegaste,
perpetrando dentro y fuera de mí una furiosa cabalgata que fue como un despojamiento.
Pero al final descubriste que al profanarme
te quedabas vacío y solo,
y te libraste de mí, y desnudo como un animal que no sabe hablar
volviste a tu pintura, en cuclillas sobre la tela,
con el sexo aún bañado [¡bañado!] en esperma a punto de la tela
sobre la que dejaste tu impronta infame e impúdica, como un animal, sí,
que marca su territorio en aquello que le pertenece porque es todo lo que tiene.
[los términos en negrita son los que habría que corregir.
tengo un problema con los gerundios
los andantes
coma
también con los adjetivos. Mucha pompa, a veces].
Sí, dijiste. Largo silencio con puntos y aparte.
Sí, repetiste (me miraste. Por un momento estuve a punto
de creer
que ibas a preguntarme si yo creía que él volvería a llamarme).
Infame
impúdico
perpetrar, un [polvo] no se perpetra
nisiquiera pertenece a los dominios del lenguaje
el verdadero poema es [puntos suspensivos, aro de humo que sale de tu boca]
el verdadero poema sería
esa regla ortográfica
donde la letra O sin interjección se hace mayúscula
por efecto de un dedo en la comisura de mi vulva.
Única cosa rescatable dos puntos [va]
con-el-pulgar-en-la-comisura-de-mi-vulva
que es el único lugar donde las reglas de ortografía
no tienen ningún fundamento.
Viva Joyce.
9/12/09
8/12/09
New-Age

Hay una vieja frase del Fritz Pearls que seguro la conocereis:
Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en este mundo para llenar tus espectativas, y tú no estás en este mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo, y si por casualidad nos encontramos, es hermoso. Sino, no hay remedio.
Se puso de moda allá por los ’80 y todo el mundo andaba con la frase en la boca. La usaban, sobre todo, los ex novios, los mentirosos y los psicólogos. En especial estos últimos, la usaban de muletilla para consolar a los abandonados. Con los años, y con el advenimiento de las terapias alternativas y las filosofías anexadas de Oriente, la frase se convirtió en paradigma, y hoy la repite hasta el guacamayo de mi vecina, educado por ella misma en la copla española: Ay, María de la Ó, tan desgraciadita que eres teniéndolo tó. Me imagino que si puede pronunciarla el guacamayo podrá también hacerlo mi vecina. De ahí a que la entienda, ya es otro cantar.
Sin ánimo de despreciar a Fritz Pearls o a mi vecina la del guacamayo, diré que me molesta profundamente el usufructo que se hace hoy día de ciertas frases y adagios que en boca de perezosos, chantajistas emocionales, falsos maestros y suspuestos gurúes, acaban convirtirtiéndose en el discurso perfecto para justificar la manipulación, el abandono y la irresponsabilidad emocional. Como decía una vieja conocida que vive dentro de un caparazón tan duro que no lo volaría ni una bazooka: “La gente es así, cielo; tienes que coger lo que hay”.
Y hablando de palabras, una amiga mía tiene una frase que me encanta. Ella dice: Las verdades que surjen de las palabras, suelen ser verdades a medias. Lo cual no hace más que confirmar su condición de viajeras. Que es lo que son las palabras, viajeras eternas en perpétua mudanza de un contexto a otro, siempre en permanente transformación, siempre mutando por voluntad de la lengua que las baraja, la mente que las interpreta y eldestinatario que las descifra. Es el fenómeno de la intertextualidad, que cada vez se enriquece más, si se piensa en el avance de los medios y la creciente integración de los mundos.
Creo haber posteado ya sobre el tema de los aspirantes a ascendidos y otras verduras (crudas y cocidas), y temo que seguiré haciéndolo mientras continúe en vigencia la moda del turismo espiritual. Ejemplo: Vacaciones inteligentes en la Alpujarra granadina. El paquete incluye: PNL, Constelaciones familiares, reiki, terapia sacro-craneal y terapia con piedras.Seis días=1000 euros. Si seguimos así, ya habrá alguien que postee por mí dentro de 20.000 años. De momento lo hago yo. Y no porque esté en contra de todas esas terapias, sino al revés. Practico meditación arka-dhyana, reiki y tarot terapéutico desde hace bastante ya, pero en cuestión de verduras, ciertamente prefiero las dietas controladas, no sea que la cosa acabe en intoxicación.
Hace tiempo conocí a varios intoxicados de pseudo-orientalismo. Uno de ellos se basaba en la teoría de la no-dependencia para no implicarse en ninguna relación de pareja, y sí, en cambio, enpracticar el Tantra con diferentes maestros -todos carísimos- con quienes finalmente acabó muy mal, cuando se descubrió que el hombre ponía anuncios para encontrar mujeres dispuestas al juego, y que además le pagaban a él. Un feo desprestigio tanto para el Tantra como para el orientalismo de verdad.
Otra -instructora ella de cierta terapia japonesa-, aconsejaba hacer meditación dos horas diarias y llevar una vida relajada y sin atascos. Esta señora es dueña de un taller de costura en el que sólo contrata empleadas rumanas que trabajan nueve horas al día, incluído el sábado jornada completa, por 600 euros al mes. La señora vive en un décimo piso que tiene una terraza gigantesca con vistas a la Sierra, donde la gente hace tai-chi y se toma una infusiones hindúes después de la práctica. Mientras tanto viaja por la India, trae chucherías a precio de costo que luego re vende en España, y se apunta a la Fundación Francisco Ferrer. Pero lo paradójico de esta mujer que se lo pasa predicando contra la tiranía de la mente, el ego y la importancia de no juzgar, es que se ha tomado su rol de instructora tan al pie de la letra que el sólo hecho de opinar en su presencia dá escalofríos. Nunca sabes lo que va a soltarte, y al final siempre acaba diciendo: “Por eso siempre digo que no es bueno juzgar. La mente es tramposa; cuidaos de la mente”.
Cierta discípula suya, una psicóloga ya harta de sus labores de funcionaria, lleva ya muchos años metida en el tema de las terapias alternativas y en la lucha-contra-el-ego (no sé por qué esta gente se empeñará tanto en luchar contra, cuando en realidad los orientales pugnan por evitarlo). Hace un par de años esta mujer se compró un piso precioso en Madrid. Recuerdo que, mientras íbamos en su coche -ella al borde del ataque de nervios- empezó a quejarse de no tener quién le ayudara a hacer la mudanza. Yo no tuve la mejor idea que minimizar la situación enfocando el asunto desde mi punto de vista -el de una latinoamericana que llega de un país donde el drama no es hacer la mudanza sino comprarse el piso- y pretendiendo alentarla, le dije que no se preocupara, que lo importante era celebrar el piso que acababa de comprarse, que pensara en lo bueno y que todo lo demás era una tontería.
Craso error. Fue como si le hubiera dicho que ella había tenido algo que ver con el atentado del 11-M. Se puso como una energúmena. Literalmente, me mandó a la mierda. Empezó a soltar todo tipo de justificaciones sin pie ni cabeza, donde expuso su total falta de responsabilidad en el destino de los emigrantes sin papeles, la prostitución infantil, los negros de África, la desocupación, la derecha reaccionaria, su soledad, su divorcio, los atascos, los semáforos estropeados, el alcalde del Madrid, la miseria del Tercer Mundo, y por supuesto, los niños que mueren de hambre: Yo no tengo la culpa de que hayan niños que mueren de hambre, chilló. La noche anterior habíamos estado hablando sobre estas cosas, y algo en mi actitud debió dispararle el chip de la discordia. O de la culpa. Una culpa egoísta que no es sino otra manifestación del ombliguismo de aquellos a quienes se les llena la boca hablando del ego.
Después de mi más que modesta experiencia con la instructora de tai-chi, su discípula favorita, y otras criaturas de similar envergadura, decidí estudiar por mi cuenta. Me propuse aprender a interpretar el Tarot, y por ósmosis fui a dar con Tina, mi instructora de meditación arka-dhyana, que con muy pocas palabras y el silencio atronador de los corazones sencillos, me enseña las palabras mágicas:
Se puso de moda allá por los ’80 y todo el mundo andaba con la frase en la boca. La usaban, sobre todo, los ex novios, los mentirosos y los psicólogos. En especial estos últimos, la usaban de muletilla para consolar a los abandonados. Con los años, y con el advenimiento de las terapias alternativas y las filosofías anexadas de Oriente, la frase se convirtió en paradigma, y hoy la repite hasta el guacamayo de mi vecina, educado por ella misma en la copla española: Ay, María de la Ó, tan desgraciadita que eres teniéndolo tó. Me imagino que si puede pronunciarla el guacamayo podrá también hacerlo mi vecina. De ahí a que la entienda, ya es otro cantar.
Sin ánimo de despreciar a Fritz Pearls o a mi vecina la del guacamayo, diré que me molesta profundamente el usufructo que se hace hoy día de ciertas frases y adagios que en boca de perezosos, chantajistas emocionales, falsos maestros y suspuestos gurúes, acaban convirtirtiéndose en el discurso perfecto para justificar la manipulación, el abandono y la irresponsabilidad emocional. Como decía una vieja conocida que vive dentro de un caparazón tan duro que no lo volaría ni una bazooka: “La gente es así, cielo; tienes que coger lo que hay”.
Y hablando de palabras, una amiga mía tiene una frase que me encanta. Ella dice: Las verdades que surjen de las palabras, suelen ser verdades a medias. Lo cual no hace más que confirmar su condición de viajeras. Que es lo que son las palabras, viajeras eternas en perpétua mudanza de un contexto a otro, siempre en permanente transformación, siempre mutando por voluntad de la lengua que las baraja, la mente que las interpreta y eldestinatario que las descifra. Es el fenómeno de la intertextualidad, que cada vez se enriquece más, si se piensa en el avance de los medios y la creciente integración de los mundos.
Creo haber posteado ya sobre el tema de los aspirantes a ascendidos y otras verduras (crudas y cocidas), y temo que seguiré haciéndolo mientras continúe en vigencia la moda del turismo espiritual. Ejemplo: Vacaciones inteligentes en la Alpujarra granadina. El paquete incluye: PNL, Constelaciones familiares, reiki, terapia sacro-craneal y terapia con piedras.Seis días=1000 euros. Si seguimos así, ya habrá alguien que postee por mí dentro de 20.000 años. De momento lo hago yo. Y no porque esté en contra de todas esas terapias, sino al revés. Practico meditación arka-dhyana, reiki y tarot terapéutico desde hace bastante ya, pero en cuestión de verduras, ciertamente prefiero las dietas controladas, no sea que la cosa acabe en intoxicación.
Hace tiempo conocí a varios intoxicados de pseudo-orientalismo. Uno de ellos se basaba en la teoría de la no-dependencia para no implicarse en ninguna relación de pareja, y sí, en cambio, enpracticar el Tantra con diferentes maestros -todos carísimos- con quienes finalmente acabó muy mal, cuando se descubrió que el hombre ponía anuncios para encontrar mujeres dispuestas al juego, y que además le pagaban a él. Un feo desprestigio tanto para el Tantra como para el orientalismo de verdad.
Otra -instructora ella de cierta terapia japonesa-, aconsejaba hacer meditación dos horas diarias y llevar una vida relajada y sin atascos. Esta señora es dueña de un taller de costura en el que sólo contrata empleadas rumanas que trabajan nueve horas al día, incluído el sábado jornada completa, por 600 euros al mes. La señora vive en un décimo piso que tiene una terraza gigantesca con vistas a la Sierra, donde la gente hace tai-chi y se toma una infusiones hindúes después de la práctica. Mientras tanto viaja por la India, trae chucherías a precio de costo que luego re vende en España, y se apunta a la Fundación Francisco Ferrer. Pero lo paradójico de esta mujer que se lo pasa predicando contra la tiranía de la mente, el ego y la importancia de no juzgar, es que se ha tomado su rol de instructora tan al pie de la letra que el sólo hecho de opinar en su presencia dá escalofríos. Nunca sabes lo que va a soltarte, y al final siempre acaba diciendo: “Por eso siempre digo que no es bueno juzgar. La mente es tramposa; cuidaos de la mente”.
Cierta discípula suya, una psicóloga ya harta de sus labores de funcionaria, lleva ya muchos años metida en el tema de las terapias alternativas y en la lucha-contra-el-ego (no sé por qué esta gente se empeñará tanto en luchar contra, cuando en realidad los orientales pugnan por evitarlo). Hace un par de años esta mujer se compró un piso precioso en Madrid. Recuerdo que, mientras íbamos en su coche -ella al borde del ataque de nervios- empezó a quejarse de no tener quién le ayudara a hacer la mudanza. Yo no tuve la mejor idea que minimizar la situación enfocando el asunto desde mi punto de vista -el de una latinoamericana que llega de un país donde el drama no es hacer la mudanza sino comprarse el piso- y pretendiendo alentarla, le dije que no se preocupara, que lo importante era celebrar el piso que acababa de comprarse, que pensara en lo bueno y que todo lo demás era una tontería.
Craso error. Fue como si le hubiera dicho que ella había tenido algo que ver con el atentado del 11-M. Se puso como una energúmena. Literalmente, me mandó a la mierda. Empezó a soltar todo tipo de justificaciones sin pie ni cabeza, donde expuso su total falta de responsabilidad en el destino de los emigrantes sin papeles, la prostitución infantil, los negros de África, la desocupación, la derecha reaccionaria, su soledad, su divorcio, los atascos, los semáforos estropeados, el alcalde del Madrid, la miseria del Tercer Mundo, y por supuesto, los niños que mueren de hambre: Yo no tengo la culpa de que hayan niños que mueren de hambre, chilló. La noche anterior habíamos estado hablando sobre estas cosas, y algo en mi actitud debió dispararle el chip de la discordia. O de la culpa. Una culpa egoísta que no es sino otra manifestación del ombliguismo de aquellos a quienes se les llena la boca hablando del ego.
Después de mi más que modesta experiencia con la instructora de tai-chi, su discípula favorita, y otras criaturas de similar envergadura, decidí estudiar por mi cuenta. Me propuse aprender a interpretar el Tarot, y por ósmosis fui a dar con Tina, mi instructora de meditación arka-dhyana, que con muy pocas palabras y el silencio atronador de los corazones sencillos, me enseña las palabras mágicas:
En el viejo estanque salta una rana. Plaf.
Y entonces, sí:
Photo/post: Tina y Srinivas Arka en preparación (India). Tina es la dama de cabellera canosa que sale a la izquierda, y Arka está a su derecha. El haiku es de Basho.
http://www.srinivasarka.org/
Yo hago lo mío y tú haces lo tuyo. No estoy en este mundo para llenar tus espectativas, y tú no estás en este mundo para llenar las mías. Tú eres tú y yo soy yo, y si por casualidad nos encontramos, es hermoso. Sino, no hay remedio.

Photo/post: Tina y Srinivas Arka en preparación (India). Tina es la dama de cabellera canosa que sale a la izquierda, y Arka está a su derecha. El haiku es de Basho.
http://www.srinivasarka.org/
Burros y mulas

Hoy día se usa mucho hablar de "programas mentales" aplicados al pensamiento, como si la mente humana -sobre todo el pensamiento- fuera un asunto sencillo. Paradógicamente, comparar la mente con un PC nos conduce a eso que tanto criticamos: a convertirnos en robots reprogramables, lo cual se salta de cabo a rabo la compleja naturaleza del pensamiento humano. ¿Es eso lo que se quiere para esta sociedad a la que se aplican tales "recetas" mágicas?¿Mentes "felices", abiertas a una reprogramación de pago, a un formateo en cuotas gestionado por técnicos de la reprogramación espiritual?
Hay un punto de demagogia en la línea argumental de esta gente. Resulta muy llamativo, por ejemplo, que ese modelo pueda aplicarse tan bien en el occidente desahogado pero no en una barriada de Sao Pablo o una aldea de Ghana. ¿Qué pasa, que ellos son menos humanos o se trata, quizá, de una raza medio-humana cuyo hipodesarrollo "cultural" supone una exclusión automática (por no decir mediática) de dichas prácticas de reprogramación? A estas alturas es cuando el chiringuito new-age empieza a tornarse nauseabundo porque, ¿cómo puede hablarse de espiritualidad para unos y karma para otros? Suena un tanto injusto, ¿verdad? ¿No se ha notado aún que dicho enfoque se parece demasiado a la vieja fórmula infierno/ paraíso del tan denostado cristianismo?¿Qué hemos hecho, librarnos de una religión para re-ligarnos en otra? Es simple: si puedes pagar tienes derecho a la felicidad y acceso al paraíso, si no podés... no podés: lo siento.
La cínica "compasión" de estos individuos, insisto, huele. Y huele nauseabundo. Resulta inútil plantear este razonamiento a los reprogramadores, porque serás fustigado, ignorado y finalmente excluído. Nada nuevo: lo mismo les sucede a quienes se oponen con resolución a la política del mercado actual, ése que gobierna el mundo desde occidente dando la zanahoria al burro y fumigando a las mulas de uno quizá demasiado lejano como para ser siquiera imaginado.
6/12/09
Los libros
Por si todavía queda alguien que no lo sepa, éste fue el primero que llegó a mis manos:
Una no se marcha sin traerse los libros más queridos; ni hablar del primero, haya sido el diario de Enrique o un ejemplar deshecho de su cómic favorito. Hay dos o tres centenares de libros que tuvieron que quedarse al otro lado del charco, y que no obstante ocupan un lugar privilegiado en el archivo de mi memoria. Libros que jamás se olvidarán. Libros que leía con delicia bajo los efectos de la penicilina, en la cama, y generalmente en invierno, que es la mejor manera de leer. Libros robados a mi padre, y tan dispares como La peste, de Camus, Yo viví con los jíbaros, o la grandiosa autobiografía Papillon, del macarra francés que luchó entre diablos antes de arrojarse a la mar en una balsa de cocos. Ese libro estaba prohibido en casa, pero yo lo robé y me lo leí, como le robaba a mi madre las tijeras para construir mis “revistas” personales confeccionadas a base de dibujos, recortes, viñetas y poemas, que después acabaría rifando en la escuela (razón por la cual casi me expulsan, qué tiempos aquellos).

Sin embargo, que yo recuerde, la primera narración que llegó a mis manos fue El lobo y los siete cabritos, de editorial Troquel. Era una colección de libros infantiles, troquelados, que pasaban a mejor vida conforme iban llegando nuevos niños a la familia. Como pasarían a mejor vida los números viejos de la Billiken que coleccionaba mi prima Cris, que en cada uno traía un nuevo capítulo en versión comic de mi adorada Alice in the wonderland, con un diminuto sobre en la última página anunciando, misteriosamente, la distribución vía postal de unas criaturas que crecían en el agua, semejantes a mojarritas, llamadas billikines. El primer timo y la primera gran decepción de mi infancia.
Cuando pienso en la literatura, en todo lo que me ha dado, pienso en primer lugar en aquellos viejos libros, cuentos y revistas infantiles que alimentaban mis eternas horas al calor de una estufa de keroseno, en la casa de la calle Rosales. Pienso en una generación criada al apaño de un Telefunken de veinte pulgadas metido en un chasis de fórmica, en los únicos dos canales de televisión que hacían llegar el mundo a nuestros salones, un mundo mucho más pequeño que el de hoy, tan global, tan fugaz, tan fragmentariamente cruel. Entonces se hacía necesaria e imprescindible la presencia de la literatura en cualquiera de sus formas, había un hambre de conocer, de leer, de aprender y aprehender todo lo que llegara a nuestras mentes glotonas.
Eran los tiempos de la simple impregnación, de la avidez sin filtraciones, de la absorción de conocimiento por el conocimiento. Leer por leer. Leer para saber. Leer para volver a leer. Leer para mejorar la lectura aún titubeante de los manuales escolares, el Coloquio de perros cervantino. El hada de los pájaros: érase que se era, en la ciudad de Nüremberg... Las dos peñas. El cuento de la niña cuya madre moriría cuando cayeran las primeras hojas de otoño, y que ató las diez mil hojas de los diez mil árboles del reino, despistando a la muerte. Leer para escribir. Escribir con la lengua entre los dientes, y apretando la por entonces pluma marca Perfecta, que se cargaba con un cartucho que sangraba sangre azul entre los dedos.
Tom Sawyer, Príncipe y mendigo, Moby Dick… los novelones de Dickens, los de Verne, la gran Jane Eyre, la colección Robin Hood, paradigma absoluto de las adaptaciones infantiles, un caso de mutilación literaria que daría muchas satisfaciones a los niños y a sus editores. Versiones infantiles edulcoradas, pacatas, reivindicadas años más tarde en alguna biblioteca para adultos o en alguna librería de las de verdad.Y las de adolescente: Chico Carlo, de Juana de Ibarbourou, la del muchacho salvaje cuyo llanto te sacudía como los huracanes -así es el llanto de un hombre, curioso el flash back de Chico Carlo que haría a mis veintipocos en el ojo de un verdadero huracán-, el pícaro lazarillo y su primo el Guzmán, el singular Minguito, de Vasconcelos, ese niño que aprendió a ser hombre con cinco años, Judith y las rosas, Las de Barranco, y la triste Alfonsina con su pañuelito blanco paseando por la playa antes de hundirse definitivamente entre las caracolas (nunca me gustó Alfonsina, ya lo sabía bien mi profe de segundo del insti). Ana Frank, y ¡Jettatore!, de Leopoldo de Laferrere. Simultáneamente, llegaría la trilogía bestelleriana y gringa de Sarah T, Born Inocent y Propiedad D. Salvedades que pasaban de mano en mano en los tiempos de la cajetilla de cigarrillos en el bolsillo del guardapolvos y la carpeta de pasta negra descantillada a propósito. Basura prescindible aunque jugosa en los tiempos del enterteiment sustentado en la ética de éstas-son-las-cosas-que-les-pasa-a-las-chicas-no malas, sino a las que se portan mal, que es cosa distinta.Y por supuesto, Las 11mil vergas, en edición de bolsillo, importada, cutre, en el ofertón. Autores y títulos que ni falta hace que recuerde, aunque algunos sí: El árbol de Judas, de A. J Cronin, Los caminos a Katmandú, de René Barjavel, y otra docena de best-sellers. Avenida del parque 79; así es: Harold Robbins sería durante décadas el Dan Brown de nuestra era. Hubo quien dijo que Harold no existía como indivíduo sino como entidad múltiple de ghost writers que escribían bajo ese nombre. Harold conseguiría entetener alguna tarde de playa allá por mis quince años, cuando nisiquiera sospechaba el nombre de Rimbaud. De motu propio, llegaban pocos, y me encantaba envenenarme en la biblioteca de la muni con viejísimos e ignotos relatos sobre mesas giratorias, ectoplasmas y fantasmas dieciochescos. Eran libros que no consultaba nadie, y había que ver la cara de la bibliotecaria cuando entraba yo. Como perla negra, cabe mencionar un libro de León Blum, Educación para la muerte, sobre el nazismo, que me inspiró una novela breve que vaya a saber por dónde andará.Hasta que llegó, como decía, Rimbaud. A la avanzada edad de diecinueve años -la misma que tenía él cuando escribió Las iluminaciones- Rimbaud me llegó como una salva de fuegos de artificio sobre un campo fértil y sin hollar. Tierra de labranza lista para la siembra. Me inscribí en Filología, pero fue un error. Demasiados libros. Fui una estudiante mediocre, patosa, no me iba el ambiente académico. Las polémicas que se montaban sobre estructuralismo ruso, la semiótica de Greimás, o las normas morales de Catón el Viejo, expuestas con voz monocorde por un frío profesor de latín que ponía cruces rojas a los que asistíamos a las sentadas que se hacían para pedir presupuesto, acabaron por minar mi paciencia. Disfrutaba más en cierta biblioteca de barrio, una verdadera joya de acumulaciones gratuitas por donación, que en la universidad oyendo a los más puestos hablar de Lautréamont o de Piglia, como si no hubiera vida más allá de la literatura. Yo no servía para eso, nunca he tenido ese carácter.
Aquella biblioteca tenía su sede en el garaje de unos amigos militantes de cierto partido político y estaba situada en el barrio más bajo y al sur de la ciudad. La pampa empezaba a cien metros de esa casa, una pradera verde salpicada de árboles de copa aplanada, casas destartaladas y un taller mecánico con un cartel que ponía: Se vende pero sin ruedas, sobre un chasis herrumbroso. Tercermundo absoluto, y mira por dónde que en esa biblioteca fui a dar con una edición antigua, y entelada, de Las olas. Tendrían medio millar de libros, muchos de ellos de ediciones inencontrables, por no hablar de los cómic, o viejos números de la revista Sur y Unicornio.
Los libros. Aunque parezca una paradoja, abandoné la universidad por amor a los libros. Nunca me he arrepentido. Los volví a coger cuando ingresé en Bellas Artes y pude liberar mi censura interna a la hora de escribir. Rindo aquí mi homenaje a los libros, a mis primeros libros, a los libros que por prurito, por desidia o por vergüenza, quedan aparcados en el trastero de la memoria celular en la vida de cualquier narrador, y que por tanto nunca o casi nunca se nombran. Esos libros que ha leído todo el mundo, esos que no entran en las reseñas, esos que a menudo son tratados con desprecio, pero que aún así van poco a poco construyendo una particular memoria y que, a fuerza de prueba y error, abren espacios a nuevas y mejores lecturas. Los libros, en definitiva. Todos los libros.
Los libros. Aunque parezca una paradoja, abandoné la universidad por amor a los libros. Nunca me he arrepentido. Los volví a coger cuando ingresé en Bellas Artes y pude liberar mi censura interna a la hora de escribir. Rindo aquí mi homenaje a los libros, a mis primeros libros, a los libros que por prurito, por desidia o por vergüenza, quedan aparcados en el trastero de la memoria celular en la vida de cualquier narrador, y que por tanto nunca o casi nunca se nombran. Esos libros que ha leído todo el mundo, esos que no entran en las reseñas, esos que a menudo son tratados con desprecio, pero que aún así van poco a poco construyendo una particular memoria y que, a fuerza de prueba y error, abren espacios a nuevas y mejores lecturas. Los libros, en definitiva. Todos los libros.
29/11/09
En su débil condición de mujer

Quiero solicitar una ayuda a mis escasos lectores. Si mirais al costado de esta web vais a ver un diminuto apartado que pone “La chica de la semana”. La actual se llama Fatoumata Coulibary y es, entre otras cosas, la protagonista del filme Moolaadé, muy recomendable, que pudo visionarse hace días en cierto canal de televisión.
Pues bien. Lo que busco ahora es presencia de mujeres europeas, que puedan ser incorporadas a mi modesto apartado. Estas mujeres tendrían que reunir las siguientes condiciones: no pertenecer a la esfera institucional ni a la nobleza en cualquiera de sus variantes, no ostentar grandes titulaciones y grados ni estar protegidas por algún organismo estatal o privado, no estar casadas y/o divorciadas de ningún indivíduo del que esté percibiendo una pensión suficiente como para montar, por ejemplo, una ONG; etc.
Ya entendeis por donde van los tiros: hablo de mujeres del día a día, madres, profesoras, médicos, escritoras, operarias, artistas, activistas, brujas, y hasta prostitutas, que a vosotros os llamen la atención por su valor y, en suma, falta de respaldo de origen a la hora de defender una causa. Sé que las hay, y muchas, pero me apetece colaboración porque o estoy tonta o me cuesta encontrarlas, o no sé cómo hacerlo, o hay escasa prensa para ellas.
A la vez, querría hacer una aclaración: no pienso incluir en el apartado a ninguna mujer que se envista como agente defensor de la famosa "campaña por la mujer maltratada". Y no porque no me importe, sino porque, como muchos, sospecho que detrás de esa campaña hay más chicha que limonada y unos presupuestos muy altos financiados por Dios sabe quiénes, además de un mensaje subliminal donde la fémina, siempre acaba siendo la humillada, la ofendida, la frágil, y en definitiva, la víctima, por su "débil condición de mujer".
Quiero, pues, mujeres que defiendan su condición de igualdad no desde una posición de privilegio, sino que, desde la experiencia misma de la desigualdad, hayan sido capaces de trascenderla. Mujeres que no se sitúen en una posición de poder por el poder mismo y en competencia con el varón, sino mujeres “de aquí a la vuelta”, sexualizadas, que habiendo bebido del veneno de la desigualdad (muchas veces, más allá del femenino), hayan sabido no sólo admitir y ventilar a los cuatro vientos su dolor -algo vergonzante para muchas, y así están. Que hayan renunciado a regodearse en ello por aferramiento o resentimiento. Que lo hayan convertido en una energía creativa capaz de gestar un cambio, un quiebre transformador, una regeneración sinérgica. Esas son las mujeres que busco.
Seguro que conoceis alguna. Si me pasais el dato, prometo publicarla en mi chica de la de la próxima semana.
Pues bien. Lo que busco ahora es presencia de mujeres europeas, que puedan ser incorporadas a mi modesto apartado. Estas mujeres tendrían que reunir las siguientes condiciones: no pertenecer a la esfera institucional ni a la nobleza en cualquiera de sus variantes, no ostentar grandes titulaciones y grados ni estar protegidas por algún organismo estatal o privado, no estar casadas y/o divorciadas de ningún indivíduo del que esté percibiendo una pensión suficiente como para montar, por ejemplo, una ONG; etc.
Ya entendeis por donde van los tiros: hablo de mujeres del día a día, madres, profesoras, médicos, escritoras, operarias, artistas, activistas, brujas, y hasta prostitutas, que a vosotros os llamen la atención por su valor y, en suma, falta de respaldo de origen a la hora de defender una causa. Sé que las hay, y muchas, pero me apetece colaboración porque o estoy tonta o me cuesta encontrarlas, o no sé cómo hacerlo, o hay escasa prensa para ellas.
A la vez, querría hacer una aclaración: no pienso incluir en el apartado a ninguna mujer que se envista como agente defensor de la famosa "campaña por la mujer maltratada". Y no porque no me importe, sino porque, como muchos, sospecho que detrás de esa campaña hay más chicha que limonada y unos presupuestos muy altos financiados por Dios sabe quiénes, además de un mensaje subliminal donde la fémina, siempre acaba siendo la humillada, la ofendida, la frágil, y en definitiva, la víctima, por su "débil condición de mujer".
Quiero, pues, mujeres que defiendan su condición de igualdad no desde una posición de privilegio, sino que, desde la experiencia misma de la desigualdad, hayan sido capaces de trascenderla. Mujeres que no se sitúen en una posición de poder por el poder mismo y en competencia con el varón, sino mujeres “de aquí a la vuelta”, sexualizadas, que habiendo bebido del veneno de la desigualdad (muchas veces, más allá del femenino), hayan sabido no sólo admitir y ventilar a los cuatro vientos su dolor -algo vergonzante para muchas, y así están. Que hayan renunciado a regodearse en ello por aferramiento o resentimiento. Que lo hayan convertido en una energía creativa capaz de gestar un cambio, un quiebre transformador, una regeneración sinérgica. Esas son las mujeres que busco.
Seguro que conoceis alguna. Si me pasais el dato, prometo publicarla en mi chica de la de la próxima semana.
Photo/post: iba una foto de Lila Downs, pero luego me lo he pensado bien, la he quitado y he puesto este cartel, que me pareció más adecuado (ha sido modificado deliberadamente, espero que nadie se moleste). Lila es una grandísima artista pero ya es mediática, no sería justo para las demás ponerla.
21/11/09
Jorge Volpi: América Latina no existe
Triste noticia la de enterrar a América Latina. Más, si se tiene en cuenta que entre 2009 y 2012, Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, México, Paraguay y Venezuela celebrarán los 200 años de sus respectivas independencias. Triste noticia, si se cuentan los muertos de la causa continental. Tal vez el tricentenario de 2110 encuentre una América unida de Alaska a Ushuaia bajo el nombre de los Estados Unidos de las Américas, quizás entonces quepa hablar de integración regional, del sueño de Bolívar, y no de su insomnio. Pero hoy, otra vez, procéselo, América Latina no existe. La provocación sale de la boca del mexicano Jorge Volpi, sentado cómodo en el lobby de un hotel cinco estrellas del microcentro porteño, adonde viajó para presentar El insomnio de Bolívar. Cuatro consideraciones intempestivas sobre América latina en el siglo XXI, que le valió el Premio de Ensayo Debate-Casa de América. "La vieja idea de América Latina que tanto fascinó al mundo occidental, mezcla de dictaduras de compromiso político; de eso prácticamente ya no queda nada. Es esa la América Latina que ya no existe", explica con su tono tranquilo el también ganador del Premio Biblioteca Breve –el mismo galardón que ayudó a construir el espejismo del boom , que ahora desmitifica. Mercosur, Unasur, Comunidad Andina, Unión Sudamericana, ALBA, ALCA: "Al carajo", como dijo Hugo Chávez en la recordada Cumbre de Mar del Plata. Al carajo también con la mentada integración regional, podría decir Volpi, que insiste: "América Latina no existe". "No existe como una realidad sociopolítica completa. Ni tampoco existe como el sueño bolivariano de una América hispana por completo unida. Quizá lo que no existe son estas imágenes construidas de América Latina que habían estado vigentes hasta hace muy poco tiempo. Lo que existe ahora es una América Latina distinta, fragmentada, que se conoce muy poco a sí misma, que es prácticamente incapaz de mantener flujos constantes de información de un país a otro, aunque a veces sean incluso vecinos", larga sin pausas y sin vehemencia Volpi. Para él, lo que queda de la región está sometido a la nueva lógica de la globalización, que admite como corriente central todo lo que viene de los Estados Unidos y de Europa. Todo eso en el marco de un continente donde EE.UU. y Brasil comienzan a ser las dos potencias fundamentales que guían a las demás, dos potencias que no hablan castellano.
-¿Qué significa ser latinoamericano hoy?-Uno puede seguir diciendo que es latinoamericano porque sigue teniendo esta carga, por un lado nostálgica y por el otro lado idealista, de cercanía con los habitantes de los demás países, pero que en términos reales ya tiene un peso muy limitado.
-En su libro señala que la posibilidad de un futuro latinoamericano está inexorablemente atado a la relación con EE.UU.-Es paradójico, pues estamos llegando a un nivel de normalidad que significa que los conflictos tienden a ser resueltos directamente en los países. Y salvo la amenaza de Chávez, que termina siendo a veces mucho más discursiva que real para los Estados Unidos, el resto de los países no están en absoluto en la agenda central de EE.UU. Ni siquiera ahora, en la era Obama. Puede ser que nos encontremos frente a un EE.UU. mucho más tolerante, abierto y dispuesto al diálogo y a la no intervención que en la era Bush, pero al mismo tiempo es un momento en el cual EE.UU. no tiene en absoluto a América Latina como prioridad. La prioridad número uno de Obama hoy es interna, y la segunda es la agenda de seguridad en Oriente Medio. En ese panorama, América Latina ya no es la región más pobre, tampoco es una de las regiones de mayor crecimiento, es una región relativamente normal, pero que para los ciudadanos de América latina representa una normalidad endeble, una normalidad en la cual, por un lado, la democracia no está por completo consolidada, y segundo, el problema central de América latina que es la pobreza sigue sin resolverse.
-Usted analiza la caída de las grandes narrativas en América latina ¿Cómo afecta eso a los habitantes de cada país?-La caída de las grandes narrativas, el fin de esa época utópica, también le llega a América Latina y se manifiesta de dos maneras distintas, contemporáneas y paradójicas. Por un lado ha desaparecido esta división entre izquierda y derecha y la cadena utópica. Pero, al mismo tiempo, en muchos de los países, lo que ha terminado por pasar es la ansiada llegada de la democracia, entendida en muchos momentos anteriores de América Latina como esa utopía posible. La democracia, que está en todos los países del continente, con la excepción de Cuba, ha terminado en muchos casos por desencantar a los ciudadanos, porque no resuelve de manera inmediata todos los problemas que frecuentaban anteriormente. Entonces, a partir de ese desencanto, surgen estos nuevos liderazgos carismáticos populistas que intentan revivir las grandes narrativas. Ese es el mayor anhelo de Hugo Chávez; el de crear una nueva gran narrativa de un continente con una globalización alterna, controlada desde luego desde Venezuela, en contra de la que se lleva a cabo en el resto del mundo. En Europa se sigue vendiendo la imagen de una izquierda latinoamericana unificada, pero en realidad no es verdadera. Se trata de fenómenos casi siempre nacionales y distintos.
Crítico activo, cínico por momentos, a Volpi le tocó lidiar con la caída de las grandes narrativas en la política y también en su campo; el de la literatura. Lejos de la nostalgia que inunda a los editores españoles, no lamenta que la mecha del boom latinoamericano se haya extinguido. "Somos la primera generación que nunca creyó en esas grandes narrativas. No hay una generación desencantada de los 60, porque en realidad nunca estuvo encantada con algo. La mía ha sido la generación bisagra a la que le ha tocado observar el derrumbe de esas narrativas y el paso a una indiferencia o a una profunda desconfianza de las generaciones siguientes hacia lo político, hacia el compromiso, hacia la democracia, hacia la vinculación de lo intelectual en la vida política", explica este organizador de los festejos del 80 cumpleaños de Carlos Fuentes, quien no ha dudado en señalarlo más de una vez, como su sucesor literario. Dentro de los numerosos clichés del ser regional que Volpi revisa hay uno en particular, que "supimos conseguir" y que le arranca una sonrisa franca. "Los argentinos son esa entrañable excepción a casi todo. Es un estereotipo, por supuesto; pero que se confirma en muchos sentidos", anuncia este activo participante de ferias y congresos literarias iberoamericanos. Para él, la concreción de ese lugar común se revela no solamente en la propia visión que en general la Argentina tiene de sí misma, sino también por una serie de peculiaridades históricas que efectivamente la distancian de otras partes del continente. "Mientras Chávez, Evo Morales, Correa o Uribe van socavando la democracia desde adentro, reformando las constituciones ad hominem para mantenerse en el poder; la excepcionalidad argentina hace que aquí ni siquiera eso haya sido necesario. La peculiaridad única en el continente y pues, en realidad en el mundo, es cómo un presidente puede hacer que su esposa se convierta en candidata, gane la presidencia, y cómo se abre ahora la posibilidad de que regrese otra vez Kirchner en un tercer período" , interpreta Volpi. Para este extraño caso de autor y director de programación de un canal de televisión, ese rasgo de la excepcionalidad argentina se inscribe en la tradición de las mujeres políticas fuertes, que marcaron la historia nacional, y que no se ha reproducido en ningún otro lugar. El decálogo de la democracia en América Latina que traza Volpi comienza con los liderazgos carismáticos de los caudillos democráticos. "Ejercen liderazgos y prometen que van a ser capaces de transformar al país porque tienen métodos mucho más drásticos, porque verdaderamente cumplen su palabra, son capaces de transformar al país incluso modificando la legislación con tal de resolver los problemas cotidianos de la gente", advierte.
-¿Pero el deterioro institucional es sólo discursivo?
-No. Los políticos llegan al poder de manera legítima, por medio de las urnas, pero en esta paradoja lógica que sólo ocurre en la democracia –el único sistema que puede irse desmantelando desde dentro– van incrementando cada vez más el control que ejercen sobre los distintos poderes que deberían de existir pluralmente en un Estado democrático. Los otros poderes, el Congreso y el Poder Judicial son constantemente objeto del ataque de estos liderazgos para minar su credibilidad. Y, en efecto, en casi todos los países, uno tiene la peor impresión posible tanto de los legisladores como de los jueces. Luego, existen pugnas por y con los medios de comunicación, referéndums, encuestas y recursos de democracia directa para ir ganando mayor legitimidad y sancionar lo que está siendo en el fondo un engaño a la legalidad.
-¿Y por qué no existe un proyecto intelectual latinoamericano? ¿Es imposible?
-No hay un medio realmente que llegue a todas partes, tal vez el único caso, y siempre por cable, es otra vez la televisión, CNN en español que sí llega a todas partes, pero ni siquiera es un medio latinoamericano. Fuera de eso, en realidad son muy pocos los instrumentos que pueden existir a nivel continental para aumentar el nivel de conocimiento de lo que ocurre en América Latina. Tampoco en Internet, tenemos más bien algunos espléndidos sitios nacionales en los que colaboran escritores de otros países, pero el problema está más bien en que ninguno de ellos tiene un peso real continental. Probablemente el que más lo tenga sea el diario El País, que otra vez, no es latinoamericano. No sé si un proyecto común es inviable, simplemente no existe por ahora.
-No hay un medio realmente que llegue a todas partes, tal vez el único caso, y siempre por cable, es otra vez la televisión, CNN en español que sí llega a todas partes, pero ni siquiera es un medio latinoamericano. Fuera de eso, en realidad son muy pocos los instrumentos que pueden existir a nivel continental para aumentar el nivel de conocimiento de lo que ocurre en América Latina. Tampoco en Internet, tenemos más bien algunos espléndidos sitios nacionales en los que colaboran escritores de otros países, pero el problema está más bien en que ninguno de ellos tiene un peso real continental. Probablemente el que más lo tenga sea el diario El País, que otra vez, no es latinoamericano. No sé si un proyecto común es inviable, simplemente no existe por ahora.
-América latina no existe ¿Para qué debería servir este Bicentenario latinoamericano?-Debería servir para hacer una conmemoración crítica. No quiero decir que realmente no haya nada que celebrar. En efecto, América latina no había gozado de una etapa de paz ni de derechos cívicos tan poderosa como la que vivimos ahora en estos dos siglos. Sin embargo, quedan en la agenda problemas por resolver, empezando de manera central por la desigualdad. No obstante, lo que más me preocupa de los festejos es esta carga típicamente nacionalista. Casi siempre tienen el único objetivo, no de unir al país en abstracto, sino de unir al país en torno al gobierno de turno. Y eso hace que en las celebraciones de cada acto de prácticamente todos los países, el centro está en convertirse en, como dice el lema mexicano, "200 años orgullosamente mexicanos, o argentinos, o chilenos o lo que sea." Y, en medio de una crisis global como en la que vivimos, con una enorme cantidad de conflictos sin resolver, solamente sirve como mecanismo de distracción nacionalista. El Bicentenario debería servir para observar las independencias de América Latina como un fenómeno de toda la región, para tratar de entender verdaderamente su naturaleza y, en segundo lugar, para reflexionar sobre qué problemas podríamos resolver de aquí en adelante.
Volpi Básico Escritor. México, 1968. Junto a sus colegas de la Generación del crack, novelistas mexicanos que comienzan a publicar en los 90, apostó por una literatura que retomará algunas líneas del boom, en especial su interés por construir novelas que lo contarán todo y desbordarán hacia territorios de la política, la historia o las ciencias. En la trilogía que inició con "En busca de Klingsor" (1999) trazó un arco narrativo que cruza la segunda mitad del siglo XX, en especial el vínculo entre las innovaciones científicas y la construcción del poder. Como ensayista, ha abordado temas como la revolución zapatista, la escritura de ficción o la figura de Simón Bolívar. Desde 2007 dirige Canal 22, el canal cultural de la televisión pública mexicana. Además obtuvo el Premio José Donoso por el conjunto de su obra narrativa.
Guido Carelli Lynch © Clarín
16/11/09
Oskar-moska

Mi madre nos ponía la merienda en una fiambrera dentro de la mochila. Ella se preocupaba por mí, que comía poco y andaba mucho, que era una cría nerviosa, un culo de mal asiento. Recuerdo que me llenaba la fiambrera con un enorme bocata de queso hecho con pan de higos secos y pipas de calabaza, para evitar las lombrices; pero igual no había manera de que yo me lo comiera todo. Un día le dije: “Madre, pónme algo ligero”, porque ya empezaba a hacer calor y a mí la comida siempre me ha caído pesada cuando hace calor. Oskar-moska estaba ahí conmigo, llenando su mochila sin prestar atención. Cuando llegó la hora de la merienda, me tumbé en un banco con mis colegas y saqué la fiambrera. Al notar que se movía, di un grito y la fiambrera voló por los aires.
¿Qué demonios había allí dentro?
Mis colegas y yo formamos corro alrededor, pero nadie se atrevía a abrirlo. “Bocata no”, dijo una chavala, “porque esas cosas no suelen saltar en las fiambreras”. Insecto ponzoñoso o mascota, tampoco, pensé, porque yo tenía un radar con esas cosas y me habría dado cuenta enseguida. Si de algo estaba segura era de dos cosas. Una: que mi madre no había tenido nada que ver con lo que fuera que hubiese dentro de la fiambrera. Y otra, que la curiosidad podía ser más fuerte que el miedo. Así que la abrí como pude con la punta del zapato.
Lo que encontramos en el fondo de la fiambrera fue un pajarillo medio atontado hecho una bola de plumas. Sorpresa general y alivio instantáneo, que degeneró en risas y en decepción al ver que el pájaro se desperezaba, echaba a volar, y se perdía en el cielo, lejos de nuestra vista. Nos quedamos felices y atónitas.
Entonces tropecé con Oskar-moska, que estaba ahí, a metros de mí. Al instante supe que había sido él.
“¿No querías algo ligero?”, me dijo.
¿Qué demonios había allí dentro?
Mis colegas y yo formamos corro alrededor, pero nadie se atrevía a abrirlo. “Bocata no”, dijo una chavala, “porque esas cosas no suelen saltar en las fiambreras”. Insecto ponzoñoso o mascota, tampoco, pensé, porque yo tenía un radar con esas cosas y me habría dado cuenta enseguida. Si de algo estaba segura era de dos cosas. Una: que mi madre no había tenido nada que ver con lo que fuera que hubiese dentro de la fiambrera. Y otra, que la curiosidad podía ser más fuerte que el miedo. Así que la abrí como pude con la punta del zapato.
Lo que encontramos en el fondo de la fiambrera fue un pajarillo medio atontado hecho una bola de plumas. Sorpresa general y alivio instantáneo, que degeneró en risas y en decepción al ver que el pájaro se desperezaba, echaba a volar, y se perdía en el cielo, lejos de nuestra vista. Nos quedamos felices y atónitas.
Entonces tropecé con Oskar-moska, que estaba ahí, a metros de mí. Al instante supe que había sido él.
“¿No querías algo ligero?”, me dijo.
Una semana después se fue a vivir con su madre.
Photo/post: Josef Hoflehner
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