2/4/10

Albert Camus: Sísifo



Si el hombre reconociera que también el universo puede amar y sufrir, se reconciliaría. Si el pensamiento descubriera en los cambiantes espejos de los fenómenos unas relaciones eternas que pudiesen resumirlos y resumirse ellas mismas en un principio único, cabría hablar de una felicidad espiritual de la que el mito de los bienaventurados no sería sino un ridículo remedo.

Hasta aquí, Camus se sitúa en el territorio de la poesía; aunque vencido por su vena intelectual, continúa:

Esta nostalgia de unidad, este apetito absoluto ilustra el movimiento esencial del drama humano. Pero que esa nostalgia sea un hecho no implica que deba ser mitigada de inmediato. Porque si, franqueando la sima que separa el deseo de la conquista, afirmamos con Parménides la realidad del Uno (sea cual sea), incurrimos en la ridícula contradicción de una mente que afirma la unidad total y prueba con su misma afirmación su propia diferencia y la diversidad que pretendía resolver. Este otro círculo vicioso basta para ahogar nuestras esperanzas.

Sin embargo, ¿cómo podrá conectar Camus con la frecuencia poética, de otro modo que no sea por el camino de la reconciliación?

La perplejidad de Sísifo.

25/3/10

H.I.J.O.S en Madrid. Todos los que aún estamos aquí

La poesía es pan para hoy y hombre para el maniana.
(Totema)

Martín Poni Micharvegas no es sólo una persona digna de verse y leerse, sino todo un personaje. Poni llama la atención al entrar, con su pintoresco chambergo de fieltro, su larga gabardina sesentera y su pelambre de incuestionable asambleario de la vieja guardia –única y verdadera guardia, quizá- de mitad de los ’60. A sus gloriosos setentaycuántos, es lo que en estos tiempos de utopía ya muerta según Lipovetsky and Company, llamaríamos un romántico.
Sin embargo, el Poni no puede ser más real.
Le conocí ayer, de forma casual, en una performance que se hizo en cierta sala muy malharrense del barrio de Lavapies, en Madrid –para quien todavía no lo sepa, la Malharro es la escuela donde estudié Bellas Artes allá por los ’90-, celebrada por el grupo H.I.J.O.S, Casa Argentina de Madrid y CE-AM (Comisión de argentinos exiliados en Madrid), a propósito de los 34 años de la dictadura videliana. Se trataba de una reunión sencilla, con rompecabezas de las Madres, fotos de los desaparecidos, sonidos reconocibles, ilustraciones a tinta de la época, comics, blancas camisetas, y un vídeo que se reprodujo a lo largo de toda la velada donde se pudo apreciar el estado en que van los juicios a los genocidas.
Como me decía un compañero con el que me fumaba un cigarrillo: “El estado de derecho es lo que tiene: demasiada lentitud, hay que demostrar los cargos, hay que encontrar las pruebas…”; y ese incómodo etcétera que en el caso de los diréctamente afectados se niega a ser omitido, y con toda razón: el de las amenazas a los testigos, por ejemplo, o el de las trabas a la justicia impuestas desde oscuras células de corrupción que aún en la clandestinidad sostienen su hegemonía, y que parecen definir parte de nuestra más sombría identidad latinoamericana.
Pero también está la otra, la luminosa, sin la cual es indudable que no podríamos estar aquí. Es la parte que vive, que viaja, que permuta y transforma el lenguaje identitario, que trabaja, que crea, que hace honor a la memoria, que exorcisa a la muerte usando como recurso la poética del arte.
Es el caso de Poni, que ya lleva viviendo en España la edad de Cristo, y que ayer por la tarde nos compartió su apasionada poesía subido a una tarima improvisada, contra un fondo de rompecabezas de pañuelos blancos, y en las alturas de un cielo-raso quebrado por un muro, los retratos de los sicarios de la muerte con sus sombreros militares. Esas caras que todavía me dan miedo: el mismo miedo que me daban a los once años. A pesar de su informalidad, el contraste –sabeis que me impresionan los contrastes- resultaba tan aléphico como perturbador.

Sacha preguntó si la mano tenía algo de señal de STOP. Marta dijo que su aspecto era sabia. Pi subrayó que la mano parecía palpitante. Yo fui a mi casa y comencé a escribir:

Mano poderosa
Mano caudal
Mano serena en medio de escenas espantosas
Mano de abril fragrante
Mano abierta de mayo dejando correr ocres
Mano torporosa de junio ovillada de frío sobre sí misma…


Cosa curiosa, la mano caudal del cielo nos arrojó un aguacero de esos que suelen llover en Madrid, de a ratos, y hubo, entre otras cosas, que poner baldes para atajar el agua que se filtraba por un ángulo de la sala. Entonces mi mente se confundió, y allí sentada en esa silla de aluminio cogida de un patio con sauce, tuve la sensación de que tiempo y espacio me devolvían al país del sur, con Poni declarando su poesía, con la carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar, con la grabación del rugido de una multitud en la cancha, o acaso en un acto político de envergadura, que no lo he preguntado. Sin embargo, la mano arcoiris aspergiendo sus colores en los páramos secos, de Poni, ponía fin a cualquier forma de muerte. Porque si algo han de tener las manos de un poeta, es la virtud de siempre poner fin a cualquier forma de muerte.
Parte de este post tiene la intención de registrar, de manera quizá impresionista y cambalachesca, lo que Monet hacía con sus flores. La obra de Martín Poni Micharvegas, argentino de nacimiento, bí-glota y preculsor del casteyano escrito con Y, ciudadano del mundanal ruido universal, activista, totemista, poeta y editor autogestionario, testigo viviente del DiTella, psicoanalista de la vieja guardia –de los míticos-; actor, dibujante, en fin, vitalista… oxigena la tragedia con poiesis, desactiva la bomba (activando la vida con munición de poesía) y nos devuelve al mundo recordándonos que estamos vivos. A todos.
Pero también tiene otra intención, y es ni más ni menos que la de recordar la labor de H.I.J.O.S, estos muchachos de entre los venti y los trenti, que a fuerza de pulmón sacan adelante, mediando ese ancho mármol azul separador o -según se mire- afiliador de continentes, el arduo compromiso de ubicar a quienes creen, o sospechan, ser hijos de desaparecidos. Estos muchachos son hijos de exiliados, presos políticos y fusilados durante las dictaduras militares implantadas en los países latinoamericanos durante los ’70*, y según reza su blog -que podeis ver enlazado en éste- se cree que pueden haber unos 20 chicos usurpados en territorio español. Su tarea, como es obvio, consiste en devolver a esos muchachos su identidad.



Ayer mientras estaba entre ellos saqué la foto que veis arriba. No es una buena fotografía, lo sé; pero a falta de luz, photoshop y un buen equipo fotográfico, se hace lo que se puede. Todo más si se piensa en cómo me temblaba el pulso cuando la saqué. Sin embargo me apetecía subirla al blog, porque representa el testimonio imperfecto aunque genuino de una reflexión hecha de súbito ante un espejo: el de tener plena conciencia de que yo pude ser uno de ellos. Y sí, cualquiera de nosotros, de ser mayores, podríamos haber sido uno de ellos. Quizá por eso haya escrito Vientre de fango, ese “hilo conductor” que me condujo hasta un patio con sauce tan parecido a otros patios.
Hace poco descubrí que postergar su publicación ha resultado ser de sumo provecho para la novela. Evidentemente, Vientre necesitaba una revisión. Completa. Es curioso como, pasado el tiempo, uno vuelve a acercarse a sus propios textos de una manera diferente, en muchos casos enriquecedora. Entre otras cosas, al rescribir cierta parte, tuve la certeza de que había un detalle no todo lo suficientemente explorado. Para sacarme la duda y no faltar a la verosimilitud –no tanto del relato como de los hechos reales-, supe que necesitaba ponerme en contacto con Abuelas, y es así como voy a dar con H.I.J.O.S, y es así también como voy a dar con Marta –abuela criolla de suéter azul con marido vasco argentino y de nuevo vasco, doble exilio-, y es así como voy a dar con Poni, y es así como vuelvo, una vez más, a mojarme en el vino agridulce que destila la memoria por el ombligo, y que es causa y fundamento de toda literatura.
Si es verdad, como dice el poeta totemista, que la poesía es pan para hoy y hombre para el maniana –mañana no, que eso no es en casteyano (ni en espantino)-, la prueba tangible de que el objetivo de cercenamiento ideológico ideado por la dictadura ha resultado ser un rotundo fracaso. Entonces, escribir poesía después de Auschwitz… ¿es en verdad un acto de barbarie?

Compañero que lees: ¿cuánta
esperanza palpitante en sus redes
no nos trajo este pescador
del mar de la nada?

(Martín Poni Micharvegas, Totemas)

Yo prefiero creer que no... ¿vale? Y no porque vayan a resucitar los muertos.

13/3/10

En la fragua de Vulcano

De la mano del poeta, editor y crítico Carlos Morales, recibí hace un tiempo un puñado de libros de la Editorial El Toro de Barro. Luego de leer Coexistence, le envié un e-mail donde ponía:
Creo que Coexistence es sencillamente demoledor. No sé si el epíteto es el correcto, pero es fiel reflejo de la manera en que me ha afectado. Una perla negra en el yerbal. Y es grande el yerbal. La perla, en cambio, es preciosa.
No hemos tenido oportunidad, aún, de conversar en profundidad sobre esos libros. Libros cuya austera edición, hecha se ve que a base de sacrificios y con el capital justo y necesario como para que salieran a la luz anaranjados y relucientes, con su logo a la vieja usanza y su colofón que incluye no sólo la fecha de impresión, sino la festividad que se celebraba ese día, me han producido una emoción que roza con la reminiscencia. No sé por qué, al primer vistazo he pensado en Vulcano, aquel dios de las fraguas, el artesano de los dioses, forjador del hierro, escultor, socio y primo hermano del fuego, que lo hacía todo a golpe de martillo sobre el yunque, capaz de convertir la materia más rústica en fabulosas obras de arte y también en armaduras. Debí, quizá, pensar en leñadores y en fábricas de papel, cuyos efluvios me embriagan siempre que cojo un libro antiguo -estos no lo son- por ese aroma que tienen y que dan la impresión de tener en la mano una cosa viva, más allá del testimonio que contengan.
Sin embargo, Vulcano es, para mí, el paradigma del artesano. Ya se sabe que un libro sin fuego podrá ser un libro, pero suele quedar en el olvido. Coexistence, en cambio, mantiene encendida la antorcha, se vale del martillo cuando es necesario, se hace yunque cuando el poeta tiene el valor de admitir su dolor y es, ante todo, fuego. Sabemos que el fuego puede destruirlo todo, pero no olvidemos que como todo en la naturaleza, el fuego es también capaz de fundir. El fuego, en Coexistence, busca la reconciliación en la fusión, la unidad en la multiplicidad, y es un ejercicio de exorcismo para los demonios que marcan unas diferencias sólo aparentemente inconciliables entre dos pueblos que, vistos en lo profundo, representan la eterna dualidad entre el espíritu y el ego, que es por lo mismo nuestra propia dualidad universal.
Por eso la poesía, cuando es grande -que es el caso de Coexistence, antología breve de poesía árabe y hebrea contemporánea: Nathán Yonathán, Mahomed Alí Taha, Margalit Matitiahu, Pnina Amir, Naim Araidy, Shamer Hahir- se le clava a uno, y busca en los bancos de los parques su libertad y su reconocmiento en un lector que tenga a bien elegir las más cotidianas geografías para disfrutarla. Porque Coexistence necesita aire, un buen aire, y también necesita de una aguja, una buena aguja por la que pasar su fantástico camello que es como un milagro.
Pero lo que más me has gustado de Coexistence es que me ha devuelto la pasión por la poesía, el deseo de abrir un libro -sea de poesía, sea de narrativa- y acabarlo sin que me aburra al llegar a la tercera página, y esto sí que es todo un acontecimiento. En un mundo acomodaticio y plano donde parece que ya todo ha sido escrito y rubricado, Coexistence se alza como un gigante con su carga de sentido existencial, y ante tanta honestidad es imposible que su lectura pueda dejar indiferente. Poesía que no se trata de un devaneo con el lenguaje, sino de un vivir a filo entre el lenguaje y la vida real. Poesía que da en el blanco, como una bala, como un beso profundo.
Para terminar, y en homenaje a estos poetas del desierto, he seleccionado dos para poner. Aquí van:

He regresado a la aldea (Naim Araidy)
He regresado a la aldea
donde aprendí a llorar por primera vez.
Regresé a la montaña
donde la naturaleza es un paisaje
que no precisa de fotografías.
Regresé al hogar que esculpieron en las rocas
mis antepasados.
He regresado al centro de mí mismo,
como yo quería.
He vuelto a la aldea
porque, abandonado por la poesía
soñaba el difícil nacimiento de za 'atar
y el aún más difícil de las suaves
espigas en la tierra abandonada,
donde yo un día soñé el amor naciente.
He regresado a la aldea
en la que viví una vida antes de mi vida,
raíz de diez mil viñedos
sobre la tierra buena
hasta que el viento llegó,
y me arrastró lejos y me devolvió, de nuevo,
a una vida nueva, como un penitente que arrastra
su pecado.
¡Ay, sueño mío número treinta y dos,
he aquí los senderos desaparecidos,
casas tan altas como torres de Babel,
ay, pesado sueño mío
del que jamás brotará retoño!
¿Dónde están los hijos de la pobreza,
abandonados como las hojas muertas?
Nada queda ya de la que fue mi aldea,
sólo el nombre de aquellas viejas sendas
que hoy solamente son caminos de negro asfalto.
¡Ay, mi pequeña aldea se ha rendido
a los espejismos de la Civilización!
A mi aldea he vuelto, sí,
más ya no escucho el ladrido de los perros,
y el palomar se ha vuelto una torre iluminada.
Ya nunca podré imitar con los segadores
la música del ruiseñor,
pues nada permanece ya de aquellos campesinos,
convertidos hoy en braceros a sueldo
con las gargantas llenas de humo.
¡Ay, mi sueño es como un pesado risco:
he vuelto a mi aldea huyendo de la Civilización
como un hijo que viniendo del exilio
otro exilio encontrara más amargo.


Algún día (Shamer Khair)
No los conozco.
No me despertaré con ellos antes del amanecer
ni estaba de pie con ellos
cuando las sombras abandonaban el poblado.
Tampoco bebí una gota de sangre
bajo los caballos blancos.
Sólo escuché el llanto de mi madre.
Nada supe del calor de sus pasos,
salvo la bondad de mi madre;
nada sabía de su futuro,
excepto esos trazos que se extienden ante mí.
Y abro mi corazón,
y siento que podría entrar en su dolor.
Algún día en el cementerio del poblado
tampoco ellos sabrán de mí.
Esta es una niña pequeña
cuyo pelo cubrieron de granadas.
Sintió que la despedazaban
justo antes de la muerte del rocío.
Aquella es una mujer
cuyo amanecer fue asesinado
cuando descubrió su pecho
a la boca de bello amante.
No, no te estoy diciendo
que resucitarán, no.
Ninguna víctima regresó jamás
de la tierra de los poemas.


Coexistence. Ed. El Toro de Barro, Cuenca 2002.

7/3/10

El caníbal se vende por calderilla

He quitado la televisión. Ahora sólo veo películas. En lo posible, comedias. Aunque, bueno, si se pretende un humor del más negro la verdad es que la tele da mucho de sí. Por eso, cuando he visto que la policía tiene derecho a violar la propiedad privada de cualquiera para arrestar a un simpapeles (negro, por supuesto), en TVCuatro crean un programa donde un "indígena" le dice a la periodista: "Oye, Andrea, ¿no ves que me estresas?", y todo el mundo ríe, he pensado que bien podría quitar la tele. Aparece la monísima Nuria Roca haciendo la publi: "Ven a vivir con nosotros la aventura más... SALVAJE". Si miras TVE a la hora del telediario, te saldrá una periodista rubia con flequillito recién pasada por maquillaje hablando, como es natural, de la Crisis. Entonces he pensado: quito la tele. Y sí, la quito, porque hay quienes estamos hasta lo que no cabe en palabras de tanta hipocresía y tanta boñiga, que ya empieza a oler. Pero me río. Me río con los dientes largos, sangrantes de piorrea, porque me pregunto a qué llamará crisis esta gente. Cuando todavía hay dinero para salir de viaje cuando es fiesta, es que aún no hay crisis, eso tenedlo por seguro. La habrá, sí, dentro de muy poco, cuando empiecen a caer las fichas y el barco se ponga a 90º como en Titanic. Desde luego que esto no lo sentirá todo el mundo, sino sólo quienes sabemos de sobra lo que es navegar contraviento en una balsa que nos habían asegurado que nunca se hundiría. Punto y seguido. Siempre punto y seguido. He visto ya tanta boñiga a ambos lados del gran río que debería estar vacunada contra indigestiones, sin embargo no lo estoy. Basta de jugar con la gente y sobre todo basta de mentir, señores de la televisión y la prensa. Basta de cobardías, de guardaros el as en la manga "por si las moscas" que ya dais risa o vergüenza ajena. Sabemos bien que la censura existe y se solapa bajo el pellejo de la apariencia y del respaldo institucional, coartando oportunidades a quienes no lo tienen porque no se dejan poner precio a su cabeza. A los que están solos, son "pobres" o no tienen "respaldo" (asentaderas). Mejor hacer la pelota. Hacedlo, si quereis, que sois tan libres como yo de decir lo que querais, pero por favor... parad ese cinismo. Ops!, lo siento, qué tonta soy: ¿qué sentido tendría actuar con honestidad si así no se consiguen ni audiencia ni favores? Ojalá pudiera expresar en palabras la tristeza riente con náusea que me produce suponer la calderilla que le pagarán al indígena mientras a este lado de la pantalla la policía saca de su casa a empujones a un "ilegal", deja sin seguridad social a un anciano sin recursos, encarcela a seres humanos nacidos bajo otro cielo en cárceles aprobadas por el gobierno, patea a inmigrantes "de color" en el aeropuerto, los encierra en habitaciones cerradas sin comer ni beber durante horas, los tumba sobre un colchón lleno de humores y le dice a una mujer golpeada en lo moral que no puede arrestar a su pareja porque en su cuerpo no hay marcas. Todo con la aprobación de una sociedad que no se entera, o más bien no quiere enterarse, porque habiendo techo comida y colegas pues qué me importa lo demás. La Biblia contra el calefón. Nuria Roca haciendo el mono con los títulos que le pasan y que ella acepta, porque le pagan bien y además toda su familia se alimenta a base de Actimel (aunque los bichitos que produce el Actimel se alimenten de la tierna flora bacteriana de sus hijos, que ya lo producen por si mismos sin que haga falta esa leche dulce que viene en botellita). La Crisis vestida de traje y corbata de Armani cebándose en una pobre vieja que este mes tendrá que pagar 180€ a Iberdrola porque el invierno es duro, muy duro, y la crisis ya tiene sistema circulatorio propio, higado, sistema renal y digestivo, y por supuesto cerebro, un cerebro brillante. Corazón no. Punto y seguido: sigo. Las grandes contradicciones, carne de novela, material que debería leerse en las escuelas junto con platero y el lazarillo, que marcan las diferencias siempre amordazadas -shhhhhhh... calla! que de eso no se habla- entre clases: blancos y negros separados por un muro de silencio, pactando un mutuo contrato de supuesta solidaridad (qué palabra más prostituida ésa, y tan penosamente ignorada) basado en el paternalismo hipócrita de una civilización que confunde grandeza con una hegemonía lograda a base, entre otras cosas, de palos. Se habla de los griegos pero no se habla de Eleusis. Se tamiza el logos haciendo pasar al espíritu por escoria, mandándolo a la papelera, confundiéndolo con La Religión y proscribiéndolo a los sótanos de la clandestinidad. Y a lo que queda se le llama civilización (no puedo hablar aquí en primera del plural, porque para mí eso es barbarie, y no en un sentido sarmientino) y se decreta, presentando como argumento de base una supuesta legislación basada en la República de Platón, que la ley es lógicamente blanca. Negra no, que la oscuridad da miedo, nosotros ya salvamos el culo. Habiendo nacido en territorio ci-vi-li-za-do, civitorio, citadino, or-ga-ni-za-do, mueran los comanches. Mueran, entonces, los grises y los pardos, junto con los negros. Mueran los pobres, los "ilegales", los ancianos, las mujeres, los yonquis, los locos, los poetas, etc. De los homogays no hablaré porque sabemos que las nuevas corrientes les protegen, y hasta les casa, ya que dos hombres juntos cotizan más que un hombre y una mujer, y esto a pesar de mucha ministra que salga a las pasarelas en pro-de-los-derechos-femeninos, qué progre. Mueran, que mientras lo hacen, tanto ministras como ministros, cuerpo policial, trabajadores sociales, médicos, legisladores, embajadas y sociedad en general, se justificarán poniendo por delante el papel. El rol. Se escudarán en la legislación al uso, que por ser blanca por supuesto no admite objeciones, con la prensa como su principal esbirro, refrendando su discurso de dos maneras: por un lado quedará clara la naturaleza ficticia del logos en programas donde el blanco se entretiene apreciando la dicotomía hombre civilizado consumidor de carne de Burguer/hombre de la tribu consumidor de carne humana. La siguiente propuesta podría ser Perdidos con los jíbaros (raro que todavía no se les haya ocurrido: me encantaría ver como la gente de la nación shuar les formatea el cerebro con sus brebajes chamánicos). Por otro lado el adoctrinamiento consistirá en la mera noticia informativa basada en porcentajes y en políticos, generalmente sin pelo, con barriga, mirada de cobra y sonrisa de colegial, que ofrecen proyectos que nunca se cumplen y amenazas que se cumplen siempre a rajatabla. Democracia. Está probado que la gente queda adoctrinada apenas escucha un porcentaje. Y si digo que está probado es porque basta con verla por la calle. Quienes no tenemos coche hacemos nuestras estadísticas al cruzarla: la cara que lleva la peña cuando va al volante da una idea de cómo estará el Euribor. En una sociedad así, de más está decir que si pides un favor la tensión arterial del aludido podría subirse hasta quedar colapsada. ¿Un favor?¿Qué es eso? Solución: se restringen las llamadas. Fácil, simple, sin costes, y todo gracias a a Bill & Graham. Busca lo que tengas que buscar en Google, yo no puedo (no quiero, no me apetece, no tengo ganas, me da miedo, no me mojo). Como sabemos -como-hay-que-saber- un indivíduo serio, civilizado, que paga sus impuestos, que trabaja y cotiza, etc, es independiente. Democracia. La independencia implica, en su versión perversa, estar desconectado de todo, para empezar de las propias emociones. Convertir la pareja en una sociedad anónima donde, si bien nos odiamos, tenemos la hipoteca a tu nombre, así que de pronto y si lo miras bien... ¡cómo nos queremos!, está claro que en toda pareja tiene que haber riñas... Es decir: no se sabe. O mejor se dicho, se sabe pero se ignora. Que es lo mismo que no querer saber. Sabiéndolo, la prensa continúa su adoctrinamiento, adoctrinada a la vez por oscuros grupos que se parapetan en obras de bien y oenegés, apoyados por parlamentos donde tienen tanto voz como voto: mucha parla, poca acción. Sin embargo, cuando la hay ésta llega con violencia. Una violencia sutil, solapada, de puertas que se van cerrando amparadas en la ley blanca, que deja de serlo cuando se hace la cola en inmigración: lo que antes fue una cárcel, ahora lo sigue siendo, sólo que es para aquellos que cruzaron la mar en la esperanza de encontrar el Edén. Y se encuentran en cambio con el laberinto de Creta. He aquí un regimiento interminable de Teseos sin hilo de plata: No hay papeles para nadie, reza una camiseta colgada de una ventana-rendija en el CIE de Aluche; lo he visto con mis propios ojos. También he oído los gritos. Democracia. Y volvemos a lo mismo: nosotros ya salvamos el culo, ya hemos tenido nuestras guerras, hemos matado al Minotauro. A ver ahora que lo hemos hecho mal, a quién le echamos la culpa. La grotesca sombra que yace bajo la piel de todas las asambleas de Occidente se permite, instaura, el derecho a marginar por colores y clases. El hombre, ese depredador. Una vez más, la prensa se hará cargo de rubricar la naturaleza ficticia del rol: el caníbal siempre está en otra parte. Y es más que probable que a fuerza de hambre y marignalidad el supuesto caníbal venda su dignidad a precio de calderilla. Aplausos: ven a vivir la aventura más salvaje. ¿Dignidad? El logos de la izquierda que ha muerto -ha muerto, sí, porque para que haya izquierda tendría que haber proletarios, y todo lo que hay son teóricos o nostálgicos- saca fuera del agua los dedos de ahogado. La izquierda ha naufragado, no nos engañemos más. Siempre que haya un proletario, y no de los de postín sino de los reales, navegando en su balsa contra el viento y desde la más vergonzante anomía, haciendo llamadas que se restringen, pagando abogados en UGT para que le digan que la empresa gana, o malviviendo con un contrato basura de los que nunca se refrendarán porque sabemos quién manda este planeta desde hará unas tres décadas... la izquierda habrá muerto. Seguir teorizando no hace más que reforzar la utopía, y como sabemos, las utopías sólo conducen... al capitalismo. Que no tiene nada de malo, es sólo una manera de estructurar la realidad -bienes de cambio, personas de cambio, etc -, pero a la hora de hablar y prometer recordemos siempre que lo único que desea el proletario es que no se le tome el pelo. Es decir, que no se manipule el discurso en pro de una justicia y unos derechos cuyo único fin es el capital. Es penoso, pero estar sentado entremedias sitúa a quien corresponda en una postura moral que conviene ignorar para seguir adelante, y eso sería justamente lo contrario a lo que llamamos justicia. Sin embargo, sabemos que conviene. Y aquí sí, punto y aparte.
El caníbal se vende por calderilla. Cuánto se parecen blancos y negros, izquierdas y derechas, cuando se escarba en lo profundo y se ve lo que hay bajo los roles...

20/2/10

Cortázar. Flatus vocis

Siempre seré un niño para tantas cosas, pero uno de esos niños que llevan consigo al adulto, de manera que cuando el monstruito llega verdaderamente a adulto ocurre que a su vez éste lleva consigo al niño, y en el mezzo del camino se da una coexistencia pocas veces pacífica de por lo menos dos aperturas al mundo. Mucho de lo que he escrito se ordena bajo el signo de la excentricidad, puesto que entre vivir y escribir nunca admití una diferencia; si viviendo alcanzo a disimular una participación parcial en mis circunstancia, en cambio no puedo negarla en lo que escribo puesto que precisamente escribo por no estar o por estar a medias. Escribo por falencia o descolocación; y como escribo desde un intersticio, estoy siempre invitando a que otros busquen los suyos y miren por ellos el jardín donde los árboles tienen frutos que son, por supuesto, piedras preciosas. El monstruito sigue firme... Y me gusta, y soy terriblemente feliz en mi infierno, y escribo. Vivo y escribo amenazado por esa lateralidad, por este paraje verdadero, por ese estar siempre un poco más a la izquierda o más al fondo del lugar donde se debería estar para que todo cuajara satisfactoriamente un día más de vida sin conflictos. Desde muy pequeño asumí con los dientes apretados esa condición que me separaba de mis amigos, y que a la vez los atraía hacia el raro, el diferente, el que metía el dedo en el ventilador. No estaba privado de felicidad. La única condición era coincidir de a ratos (el camarada, el tío excéntrico, la vieja loca) con otro que tampoco calzara de lleno en su matrícula, y desde luego no era fácil; pero pronto descubrí los gatos en los que podía imaginar mi propia condición, y los libros, donde la encontraba de llano. Pienso en Jarry, en un lento comercio a base de humor, de ironía, que termina por inclinar la balanza del lado de las excepciones, por anular la diferencia escandalosa entre lo sólito y lo insólito, y permite el paso cotidiano a un plano que a falta de mejores nombres seguiremos llamando realidad pero sin que sea ya un flatus vocis o un peor es nada.

Julio Cortázar (agosto de 1914-febrero de 1984)

Del libro Peregrinos de la lengua (Alfredo Barnechea, Alfaguara, 1998).

9/1/10

Anacrónika

Recién hablaba con un amigo que me comentaba que los libros que se hacen hoy día están hechos para durar unos 80 o 90 años, un tema interesante, ya que los papiros y toda la historia que nos llega ha sido diseñada en su momento para que pudiera durar, nuestra civilización lo atestigua. Es decir que si la nuestra desapareciera, nuestros presuntos visitantes poco sabrían de nosotros, dada la ética de lo efímero que impera en todas partes.
Me produce cierta tristeza saber que hemos perdido el interés por lo artesanal, y esto me lleva más lejos. Me lleva a la reflexión sobre la artesanía del sentimiento, sobre la minimización de la bondad humana y la desidia hacia la ternura que impera en el afuera. La palabra que me viene rondando desde 2001 es: DESIDIA. Todo el mundo se queja o la pone de manifiesto, o la intuye, o le molesta, pero en el fondo no importa en realidad, porque el lastre continúa y se esparce de manera sutil entre amigos, conocidos y el rizomático etcétera de los amigos de los conocidos. ¿Es que ha muerto la sencillez del encuentro casual y la espontaneidad del sentimiento, y cuando alguien lo pone en evidencia se da a entender que un individuo "maduro y civilizado" no puede siquiera considerar esas cosas?¿O existe, y yo me lo estoy perdiendo? Y si existe y yo me lo estoy perdiendo, ¿por qué tengo encuentros con gente que se queja de lo mismo y siente una extraña, diría que angustiante, nostalgia por tiempos "perdidos" que en realidad nuestra generación recuerda como parte de una cierta prehistoria? Y sobre todo, y lo que me resulta más terrorífico, ¿por qué nos lo tomamos como algo natural?¿Por qué esa suerte de "dipsepsia coronaria", ese malestar, en vez de ser una singularidad se ha convertido en algo a lo que, en última instancia, deberíamos acostumbrarnos?¿Sirve de algo reseñar la alienación del humano y continuar encapsulados en nuestro propio recinto social, quizá tan solos como el espejo que nos refleja, y más bien convencidos de nuestra impotencia? O creyendo que la impotencia es real y no una elección. O temblando ante la insensatez de alguien que de pronto se alza en una singularidad: la del desborde emocional.
Entonces, ¿es de sorprender ese desborde emocional, cuando hasta hace poco rato hemos estado hablando de ello, siempre en términos abstractos?¿Eso también debería ser natural?¿Pasaría con las relaciones humanas lo mismo que podría pasar con los libros si esta civilización de I-pods, bibliotecas virtuales y redes sociales abstractas desapareciera? Y si fuera así, ¿quién quedaría para atestiguarla? Y no porque no hayamos sido avisados. Y no porque no lo sepamos. Y no porque vaya realmente a suceder -esto es solamente una reflexión-, sino porque nos pasa y hemos aprendido a convivir con ello, con la desidia ante lo efímero, con la reflexión gratuita ante el lamento ajeno y la gelidez emocional autoimpartida, aceptándolo como si fuera un hecho natural. Pasamos hasta del derecho a ser tiernos con nosotros mismos, ya que preferimos difundir una imagen de fortaleza -falsa, generalmente- donde el dolor, la perplejidad, la anomía, la soledad de los acompañados (que es el peor tipo de soledad), el aburrimiento, la loboestepariez urbanita y todo aquello de lo que tanto se habla y se reflexiona y se trata con la perturbadora sutileza de una civilización que ya goza, o padece, de un glaucoma terminal -y lo sabemos-, sean considerados singularidades propias de individuos no adaptados y outsiders. Incluso hasta lo hemos legalizado. Supongo que para muchos, este discurso podrá sonar anacrónico. Seguro que lo es.

25/12/09

Feliz Navidad

En esta noche Navidad, noche posterior al brindis obligado de Nochebuena, a la cena de ritual y a las luces del árbol, escribo el último post del año. Es un poco un mensaje dentro de una botella que es dada a la mar como una suerte de exorcismo y declaración, si se quiere, de nuevos principios.
Ha sido un año próspero, y no lo digo por el dinero –que como siempre, escasea- sino por todo lo demás. Es decir por lo verdaderamente importante. Ha sido un año próspero en nuevos amigos, mayor inspiración, estudios e investigaciones nuevos y reveladores, lecturas iluminadoras, viajes esclarecedores, experiencias inefables en el ir y venir hacia dentro en constante presencia del yo, del tú, del nosotros... en defnitiva, de nuevas y más firmes naves en vías de una renovadora re-construcción. War is over.
La culpa por el autoexilio ha sido voluntariamente desterrada de mi sistema y enviada a la papelera de reciclaje. Ésa, la culpa, era la única parte del destierro que puedo considerar forzoso. El autoexilio ha sido, lógicamente, voluntario, y ahora que la culpa es arrojada al sitio donde es mejor que se arrojen todas las culpas (la papelera), puedo gritar a los cuatro vientos que no tengo la menor intención de regresar. Que te sigo queriendo, país, pañuelo sucio, y aunque siempre haya algo que sentir, ahora mi perspectiva es mayor, se ha enriquecido, y si volviera a tus costas me volvería a encoger.
Y no porque seas Argentina, con tu identidad y tu spleen natural, no. Daría igual que fueras Nigeria, Tailandia, Bélgica o Nueva Zelanda. Cualquiera sin complejo de madrepatria o eurocentrismo sabrá comprenderme: cuando tomas distancia de la isla, tarde o temprano acabas observando, al principio con perplejidad, y luego con todo detalle y sostenido, las múltiples caras del poliedro.
No quisiera tener que extenderme en este post para explicarlo. Para qué, si es la historia de siempre. Si es la gran comedia humana que vuelve a repetirse cada día y en todos los rincones de la tierra en los bolsillos de cualquier caminante que se pasea por un parque, en un niño que abre por primera vez su primer cuaderno para escribir su primer verso. Así que, ¿para qué extenderme en algo que está más claro que el agua?
Siendo, pues, la una y media del 25 de diciembre de 2009, a días del comienzo de un nuevo ciclo de 365 -en el que no estaré presente para escribir este pot, ni ningún otro, esa noche salgo a celebrar mi alumbramiento- os deseo a todos, a los de aquí y a los de allí, es decir a todos, una Feliz Navidad.