20/2/11
17/2/11
La niña del napalm
Kim Phuc - La fuerza del perdón
28-02-2002 11:00 pm Kim Phuc es la niña de la foto. El 8 de junio de 1972, cuando su aldea de Tran Bang (Viet Nam del Sur) fue bombardeada, tenía 9 años. Abrasada por el napalm, se echó a correr por la carretera, aullando de miedo y dolor. Todo el horror de la guerra quedó captado en esta fotografía de Nick Ut, reportero gráfico de la agencia Associated Press, y su difusión en el mundo entero contribuyó a poner un término al conflicto de Viet Nam. Kim Phuc tiene hoy 38 años y vive en Canadá con su esposo e hijos. Aunque su cuerpo quedó marcado para siempre con los estigmas visibles e invisibles del napalm, ha perdonado a los que se los infligieron. En un acto conmemorativo de la guerra del Viet Nam celebrado en Washington dijo a los ex combatientes presentes que, si un día se encontrase cara a cara con el piloto que lanzó la bomba, le diría: “Ya que no se puede cambiar la historia, tratemos de hacer cuanto podamos por promover la paz”. Dicho y hecho: Kim Phuc tuvo el gesto de abrazar a John Plummer, uno de los asistentes al acto que intervino en la coordinación del bombardeo de Trang Bang.
Kim Phuc es actualmente una de más fervientes militantes por la paz mundial, la no violencia, la tolerancia, el diálogo y la ayuda mutua. En su calidad de Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO, se esfuerza sin descanso por promover el objetivo señalado en el preámbulo de la Constitución de la Organización: "Puesto que las guerras nacen en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz ".
A pesar de sus terribles heridas, ha llegado a ser capaz de perdonar a los que se las infligieron. ¿Cómo lo ha logrado?
Cuando me quemé en 1972, tenía 9 años. Mi casa estaba en medio del sitio donde cayeron cuatro bombas de napalm, que alcanza una temperatura de 800º a 1200º, es decir, unas 8 a 12 veces más elevada que la del agua hirviendo. El 65% de mi cuerpo quedó abrasado y tuvieron que practicarme injertos en el 35% de la piel, pero mi rostro y mis manos quedaron intactos, sin cicatriz alguna. Las bombas no me destruyeron por completo como lo hicieron con familiares y amigos.
Más tarde empecé a soñar con llegar a ser médico para salvarles la vida a los demás, tal como habían hecho los que me atendieron durante los 14 meses interminables que pasé en el hospital. Cuando salí de él, quise proseguir a toda costa mis estudios pese a las heridas y a los espantosos dolores de cabeza que padecía. Era muy difícil. Como mis padres no tenían bastante dinero para medicinas, mi madre compraba trozos de hielo y me los ponía en la cabeza para calmar mis dolores, mientras que mi padre me daba ungüentos hechos con plantas conocidas por sus propiedades curativas.
¿Pudo acabar sus estudios?
No. Diez años más tarde, en 1982, tuve que sufrir otra prueba muy dura en mi vida. Yo había ingresado ya en la facultad de medicina de Saigón, pero por desgracia los agentes del gobierno se enteraron un día de que yo era la niñita de la foto y vinieron a buscarme para hacerme trabajar con ellos y utilizarme como símbolo. Yo no quería y les supliqué: “¡Déjenme estudiar! Es lo único que deseo”. Entonces, me prohibieron inmediatamente que siguiera estudiando.
Fue atroz. No acertaba a entender por qué el destino se encarnizaba conmigo y no podía seguir estudiando como mis amigos. Tenía la impresión de haber sido siempre una víctima. A mis 19 años había perdido toda esperanza y sólo deseaba morir.
¿Cómo recobró las ganas de vivir?
Como mis mayores me habían educado en la fe del caodaísmo, que se puede definir como una mezcla de confucianismo, taoísmo, budismo, me puse a rezar sin parar y a pasarme el tiempo con lecturas religiosas. Sin embargo, nadie podía aliviar mis sufrimientos ni lograr que volviera a la facultad. La duda me atenazaba: “Si Dios existe, ¿podrá ayudarme?”
En cierta ocasión, un amigo me llevó a una iglesia cristiana de Saigón. Aunque mi alma estaba sedienta de paz interior, me costaba mucho abrazar una nueva religión. Mi mayor deseo era encontrar una amistad, alguien a quien hablar y confiarme. Había dibujado incluso su imagen en un papel. Un día que entré en la iglesia vi a una muchacha sonriente sentada en medio de la nave vacía. Se hizo amiga mía.
¿Qué cambió ese encuentro en su vida?
Me sentí mejor enseguida, aunque todavía sintiera un vacío en mi fuero interno. Solamente cuando encontré la fe en mí misma, se atenuó el dolor de las llagas de mi corazón. Poco después el gobierno hizo demoler esta iglesia de Saigón y el pastor se fue. Desde entonces, sola y sin ayuda de nadie, fui dejando que el sentimiento de perdón creciera en mi corazón hasta que empezó a embargarme una inmensa paz interior. Esto no ocurrió de la noche a la mañana, porque no hay nada más difícil que llegar a amar a sus enemigos. En vez de reaccionar de una manera “normal”, es decir con odio y deseo de venganza, opté por la comprensión, que por cierto no se alcanza en un día.
Desde 1997 es Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO, ¿cuál es su mensaje y cómo difunde los ideales de la Organización?
Quiero que mi experiencia sirva a los demás. Fui quemada por culpa de la guerra y, hoy en día, quiero alentar a las personas a que se amen y ayuden entre sí. Tenemos que aprender cómo ser más tolerantes, estar atentos a las personas, escucharlas, salir de ensimismamiento y ayudar a los demás, en vez de dejarnos llevar por la ira y el odio que sólo engendran deseo de venganza y violencia estériles. La guerra sólo trae consigo padecimientos. Por eso enseño a la niñita de la foto, porque su imagen es el relato de mi vida y de las consecuencias que en ella tuvo la guerra. No hay padres en el mundo que quieran que vuelva a ocurrir lo que se ve en la foto. Desearía transmitirles lo que he aprendido a valorar: He vivido la guerra y sé cuán inapreciable es la paz. He sufrido mi dolor y sé lo que vale el amor cuando uno desea curarse. He experimentado odio y sé cuál es la fuerza del perdón. Hoy, como estoy en vida y vivo sin odio ni ánimo de venganza, puedo decir a los que causaron mi sufrimiento: “¡Os doy mi perdón!” No hay otro medio para preservar la paz y poder hablar de tolerancia y no violencia.
Esos son precisamente los ideales que defiende la UNESCO, pero es muy difícil perdonar, sobre todo en el contexto de una guerra.
Las personas siempre pueden elegir. Yo he optado por la reconciliación y mi vida se ha transformado. He dejado de ser una víctima. Por eso digo a la gente: “Mirad, de esta manera encontré la paz. Así fue mi pasado y lo superé, y mi presente puede ser vuestro futuro si queréis.” Los niños son los que mejor captan mi mensaje, por eso visito tantas escuelas como puedo para decirles: “Nuestro futuro está en vuestras manos, la paz es asunto vuestro. ¡Manos a la obra!”
¿Como difunde su mensaje?
En 1997 creé la Fundación Kim Phuc, que se dedica a ayuda a los niños que son víctimas de la guerra y la violencia. En Timor Oriental y Rumania, así como en Afganistán recientemente, les prestamos asistencia médica, física y psicológica, suministrándoles prótesis cuando han perdido un miembro o ayudándoles a superar los traumas que han sufrido. Sé lo difícil que les resulta a los niños hablar de ellos. Estoy de todo corazón con las víctimas de las guerras que hay en este momento y, en beneficio suyo, no cejaré en mi empeño de propagar un mensaje de paz.
Subo esta nota con mi agradecimiento a Esperanza -que me la hace llegar-, a plena conciencia de que es gente como Kim Phuc es la que me da fuerzas para seguir adelante.
Bibliografía: "The girl in the picture", Denise Chong, Viking Penguin, Nueva York.
Existe una versión en francés: "La fille de la photo", Denise Chong, Belfond, París.
8/2/11
Stargate
Post actualizado desde Posada/Poiesis (con alguna variante).
Richard Hell dijo verdades como puños, igual que Wittgenstein. Muerte y vida juegan a las payanas en el mismo rincón. Se ríen a hurtadillas de las pajas mentales que antropos se monta con su logos disfuncional.
En fin. Que hay quienes venimos notando, desde hace tiempo, que el humano piensa una cosa y dice otra. Que el discurso esté manipulado no es ninguna novedad, lo que no vamos a consentir es que manipulen el nuestro. Cuestión de principios: principios que se enuncian tal y como son pensados. Esto podrá generar agresión, aunque no tanto como el discurso encubierto. O los cheques sin fondo que producen balazos. O esa retorcida costumbre de no opinar porque no conviene o me da pereza, aunque luego vayamos por ahí hablando de justicia social. El discurso se devora a sí mismo cuando no se sustenta en la acción.
Pretendo una escritura capaz de llegar tanto a la maruja con fregona como a los lectores de nuestro querido Wittgenstein. Seré ambiciosa, pero puedo permitírmelo porque ya no tengo más nada que perder. Los que más temen son los que más tienen que perder. Los que se ocultan será porque tienen algo que ocultar. Yo ni temo ni pierdo ni oculto: prefiero arrasar. Narcisa se divierte dando brincos: ¿qué importa lo que yo pretenda?
Resulta jugoso conocer gente de carne y hueso. Dicen lo que piensan, y si no les gusta algo también lo dicen y luego se van. Y tanto lo entiende una maruja como alguien que haya leído al vienés... ¿no es genial? Estoy tan emocionada con el descubrimiento que creí que había sido abducida. Así que me puse a dar saltos montada en el tímpano de una caracola. A jugar con una canica de goma por todo el salón mientras el resto cenaba.
Personas que dicen lo que piensan... ¡asombroso! ¿Será que he dado un paso dentro del Stargate sin darme cuenta, y he caído en la vereda donde en Nochevieja la gente sale con una copa de sidra a brindar con el vecino? ¡Alucinante! Resulta difícil definir el fenómeno, pero cómo os diría... y aunque no os lo creais (me cuesta teclear, se me enredan los dedos de la emoción): hace poco he visto gente mostrando sus heridas como hacen los niños con sus cicatrices. De veras. Y lo más conmovedor: ¡no hacen psicoterapia! Y lo que es todavía más perturbador: ¡pude mostrar las mías mientras jugaba a la comba y nadie me pidió dinero!
Ahora ya sé lo que es viajar en el tiempo y que las palabras salgan por la boca y no por el hueco de una axila. Ahora ya sé cómo es la democracia, papi: tiene forma de círculo abierto y una vez dentro nadie te pedirá que le masturbes el ego.
Igual creo que se trata de algún tipo de mutación. Esta gente no es completamente humana. O mejor dicho, sí lo es, y tanto, que no lo parece. Soy feliz.
Photo-post: Subbotin
Photo-post: Subbotin
Carlos de la Rica: el poeta entre dos fuegos
Un poeta injustamente olvidado, Carlos de la Rica -un cura republicano, vaya contradicción en una España de hermanos enfrentados. Hará un par de años, justo cuando el Yad Vashem y su Obra Completa llegaban a mis manos por cortesía -nuevamente- de Carlos Morales, sus versos me devolvieron, con el método mágico-científico en que la poesía se devuelve a si misma, mi antiguo fervor por el espíritu vertical de la escritura.
Aquí os dejo la que debería ser una profecía, que en mi humilde opinión es el poema más significativo del Yad Vashem. Un poema sobre la reconciliación entre hermanos enfrentados, causa y origen de casi todas las guerras.
Igual que un cedro del Carmelo, Jerusalem, que
agua del Hermón recién salida,
cual un gesto que a tus espaldas llegó. Nueva
pieza de mármol y oro
piedra o madera, hierro y
suspendido cemento convertido en torbellino,
y bajo el cielo pasa el viento
como un nogal hermoso y paisaje ahora
cuerpo de novedad y fuego
en mi asombrada actitud contemplo.
Fértil Jerusalem, oh hermana mía, Sara
dando a beber la cauda de la nube;
de Elías carro y torso,
y entre princesas reina para el rey escogida.
Mira la Roca
sobre el mundo, la cuesta y su montaña
Sión, los flujos
a lo largo del camino bajar de Ur, Caldea,
el rostro de Abraham, el erguido miembro del brazo,
y en la explanada tus labios, Jerusalem,
burbuja de razas y de castas de embrión.
El cuello de Jacob, su cojo pie, acero
de Esaú su mano de metal,
mas la rueda flameando
desaparece y alza, su nombre clava y en los planetas,
-en su alejado campo-,
la bendición como brillante laca fulge
cuajándose el prodigio.
Yo voy a ti, viene a ti un rebaño de cabras oloroso:
la espiral del pastor
báculo tejido del olivo crece.
Advierto bajo la Cúpula el diestro lago de piedra blanca
y de losas;
bajo su brillo el río de los hijos sumergido.
Abraham tal como un pez
lo recorre y curva con su paso;
un pilar de yerba en las orillas
crece.
Como la tersa palma de la mano,
en el altar -oh humano césped- el torso de Isaac;
el perfil e Ismael en forma de aire matutino;
nave del cristal Pedro aviva
con ruido la ribera.
Oh viejo, hendido. Velo, espalda de zarza ardiendo,
Moisés y el amaranto;
mirando veo hermanadas las ramas tres del mismo
Árbol.
La sombra de Ismael en la pezuña lenta del dromedario,
tras el rastro siempre de la luna.
Luz Isaac, luz y llama sobre el leño, luz
en la Cima
empinado como un remate, rígido marfil de
los crepúsculos,
oh serena lluvia; y en el Ponto, Pedro.
Ayer crujía el techo azul que sostienen las gigantescas
montañas;
las alas extienden hoy palomas o aves mensajeras.
Tras de la Meca el té y el malvavisco, de Roma una campana;
he tocado la Ciudad con su fillo de plata al mediodía
y hay que comer en la mesa.
Lámpara de Abraham, palmera y dátiles
-oh minaretes bellos con balcones varios-,
los ojos girando Agar en busca del profeta
en la ladera vase;
sentada observa el fresco relente de la mula
que el cielo le condujera.
Las piedras colocadas
ennegrecidas y grandes
del Muro palpa el rabino y tras la pausa
del incienso y su liturgia
las plantas de Adonay impregna sin forma y círculo.
Busca Pedro el vacío
Sepulcro, y luego resbala como arroyo
en el recinto.
Pastores, ovejas y rebaños convertidos
y el menorah presto se enciende.
Todo ya es corriente submarina, espiral tallada,
altura del planeta,
nube, un cardo o mimbre de luna. Sol que consuela
al albañil y al arquitecto.
El tiempo es paz, es planta y es abeto,
Jerusalem:
un dia com mil se numera, está de fiesta
y vístese de novia.
Abrió el patriarca la puerta:
tres flechas de cometa, tres ríos que
eran furiosas torrenteras,
el ancho mar sus aguas al fin verdes llevan.
El oro fundiendo oro peregrinos
de Jerusalem,
pirámides de tres lados erguida en esa Roca.
Carlos de la Rica. Salmo de la reconciliación. Yad Vashem.
Ed. El toro de barro. Cuenca, 2000.
Por postdata os dejo el corto Strangers, de los israelitas Erez Tadmor & Guy Nattiv.
7/2/11
El futuro testamento. Génesis, capítulo tercero
Dije: Que haya amor en la tierra, pero no lo hubo.
Dije: Que el río se disuelva en el mar, el mar en la nube,
la nube en sequía y la sequía en fertilidad. Y germine
pan para sostener los corazones hambrientos y hierba para los rebaños
de la tierra, sombra para los exiliados en el desierto de la tristeza.
Vi al hijo de Adán erigiendo sus cercados en torno a la plantación de
Dios, contratando guardianes, vendiendo pan y agua
a sus hermanos y ordeñando las escuálidas vacas.
Dije: Que haya amor en la tierra, pero no lo hubo.
El amor sólo lo poseyeron quienes pudieron pagarlo.
... Y Dios vio que eso no era bueno.
Dije: Que haya justicia en la tierra: ojo por ojo y diente por diente.
Dije: ¿Devorará el lobo al lobo y el cordero al cordero?
No pongas la espada en cuellos de niños y ancianos.
Vi al hijo de Adán matando al hijo de Adán, incendiando
las ciudades, hincando su puñal en el vientre de embarazadas,
arrojando los dedos de sus hijos a los caballos como heno, decorando el banquete de la
victoria con rojos labios gimientes.
La justicia había muerto y regía la ley del rifle. Sus hijos
eran crucificados en las plazas o ahorcados en los rincones.
Dije: Que haya justicia en la tierra, pero no la hubo.
La justicia sólo la poseyeron seres sentados en tronos de cráneos con sudarios como manteles.
Y Dios vio que eso no era bueno.
Dije: Que haya razón en la tierra con su voz equilibrada.
Dije: ¿Construirán los pájaros sus nidos en las bocas de las serpientes?
¿Vivirán los gusanos entre las llamas? ¿Se pintará
el búho los ojos con kohol? ¿Sembrará la sal quien espera el trigo, con el transcurrir del tiempo?
Vi al hijo de Adán enloquecer: talando los árboles,
escupiendo en el pozo, arrojando aceite al río,
viviendo en una casa con una bomba escondida
bajo la puerta, hospedando escorpiones en el calor de su pecho,
legando a sus descendientes su fe, su nombre y la camisa de combate.
La razón se convirtió en un mendigo exiliado, apedreado por
niños, arrestado por guardianes de fronteras, con la identidad patriótica
anulada por los gobiernos y el nombre incluido en
las listas de los que odian a su país.
Dije: Que haya razón en la tierra, pero no la hubo.
La razón cayó en un ciclo de exilio y prisión hasta que enloqueció.
Y Dios vio que eso no era bueno.
Amal Dunqul
Qala, Egipto - 1940 - 1983
De: El futuro testamento. Génesis. Capítulo tercero
Photo-post: La gran muchedumbre, de Antonio Saura.
10/12/10
Marsias imaginario
En qué estaría pensando Marsias aquel mediodía de verano,
cuando la diosa dormía la siesta a la sombra de un castaño. En qué estaría
pensando, él, que habiendo nacido de la baba de un sileno, poseía el destino de
las ninfas y de las bestias. Le habrá confundido, quizá, con una mortal, con
una codornisa vuelta hembra por un hechizo, o acaso con una dríade.
No podía saber que la diosa desnuda bajo el árbol se
hacía la dormida, avisada por una araña que le mostró su rostro en las gotas de
agua que colgaban de su tela. Su respuesta al aviso no fue más allá de un
ligero remoloneo sobre la tierra fértil que le servía de lecho, y un viento a
la altura del plexo. Con el pie apartó su égida de la vista del sátiro,
mientras a punta de pulgar convertía el arco en una cobra y las flechas en
culebras que fueron tragadas por la tierra. Nada delataba su condición de
diosa, salvo su androginia de hombros anchos y esas caderas cuyos huesos le
sobresalían de la curva del vientre, como sobresalen los mascarones de proa y
las dunas que la vieran nacer, de la cabeza de su padre, en el desierto de
Libia. Nada, ni siquiera el austero deseo que mojaba la tierra con semillas de
olivo.
Y allí estaba Marsias, allí mismo, asomado al tronco del
castaño, con su cara de sátiro vuelta hacia ella, con su categórico priapismo
de leyenda alzado hacia ella, hacia la ninfa, hacia la mujer que él creía una
ninfa. Hacia la maga que paría culebras y olivos en la ciudad de Atenas, y le
había arrancado la piel a un gigante para vestir su égida en forma de medusa.
Hacía ella se hundía el sátiro -¡pobre de él!- con entusiasmo púber, enamorado
ya hasta el final del tiempo. Saltó sobre la ninfa aparentemente dormida, y quedose
perplejo de que no fuera él quien empezara a mecerle, sino ella, cuyo gemido
convocó una asamblea de pájaros en la copa del castaño. ¡Había dado con un
vientre hegemónico!
Mientras descansaba en el regazo de la diosa, pensó que
Zeus se habría compadecido de él, enviándole a Atenea para liberarlo de la
perpétua carga del éxtasis que liquida toda posibilidad de elección. Estando
dentro de su vientre, el sátiro reconoció la divinidad de Atenea, y supo
también que ella le haría humano, y por
tanto libre. Con ella, su condición de esclavo de la naturaleza quedaba
aniquilada.
Se sonrió Marsias, pensando en la tan mentada virginidad
de la diosa: ¿cómo reconocer la sangre derramada en tierra que con flujo
aborigen acababan de sembrar bestia y diosa? Se sonrió el desmañado Marcias,
pensando en Hefesto, ese cojo, que no habiendo conocido el vientre de la diosa
le engendrara un hijo, Erictonio, hombre-serpiente futuro rey de Atenas y
devastador de bosques umbríos. Él jamás le hubiera engendrado un aniquilador de
territorios. Podría ser tirano el instinto, sí, pero estaba hecho para los
nidos húmedos, para las flores jugosas de cuya pulpa bebían las abejas, para la
eterna reproducción por perfecto cálculo natural.
Se irguió Atenea, apartando de su ombligo al revoltoso
Marsias como se espanta a una mosca: ella no quería hijos, sino sólo
complacerse. Y Marsias se apartó como se apartan las bestias cuando se yerguen
las diosas. El cuerpo de ella, enteramente hermoso, se desperezó bajo el tibio sol de las primeras horas de la tarde.
¡Ah, qué satisfecha estaba! Le rascó la cabeza al sátiro, que agradeció la
caricia con un cabeceo perruno -¡pobre de él-, no sin antes comprobar su
condición humana apartando con dulzura el vellón que le cubría la entrepierna.
La diosa sonrió. Por primera vez en su larga vida salvaje, esa criatura sabría
lo que era un buen sueño.
A cambio del gusto que le diera, Atenea le obsequió su
aulos, aunque como única condición exigió que Marsias dijera haberlo encontrado
junto a un lago, después de que ella renunciara al instrumento porque al
soplarlo se le hinchaban las mejillas, provocando la risa de todo el Parnaso.
El sátiro se postró a sus pies, pero cuando alzó la mirada para contemplar por
última vez a su benefactora, la diosa había desaparecido.
Lloró Marsias sobre la tierra donde habían yacido. Lloró
lágrimas de hombre sobre la tierra fértil donde crecía el castaño, y lo hizo
tan amargamente, que la tierra se convirtió en arena y al tiempo el árbol se
secó. Entonces se internó profundamente en el bosque umbrío, y mientras se
abría paso entre los ramajes, recordó que ser hombre le traería también la
imposiblidad del olvido. Que la alegría genésica de la piel sucumbiría al paso
del tiempo quién sabe cómo, si bajo la trama viviente de una cúpula arbórea, si
en una playa o en la ciudad, siendo mercader de hombres, pescador, músico o
mendigo, con su mitad salvaje proscripta a la frontera de sus venas, y la otra,
la del humano, viéndose envejecer en el reflejo de un estanque.
El crepúsculo le alcanzó cuando llegaba a su nido, en la
hondonada de un cedro centenario cuyo tronco se hundía en tierra como una
enhiesta cariátide. Se acostó en la hojarasca que le servía de lecho y se
cubrió con su edredón de hibiscos, guardándose de ocultar el aulos bajo una
piedra. No volvió a despertar hasta el amanecer de la mañana siguiente,
espabilado por la música de una flauta: Eurídice bailoteaba a la vera del camino, inspirada por los
favores de marzo. Al desperezarse, Marsias produjo el viento: ¡por el muslo de
Zeus, no recordaba haber dormido tan bien en toda su vida! Buscó a tientas su
cuerno de toro siempre cargado de mosto, bebió un largo trago y se fue a andar
con su aulos escondido en el fondo del morral.
Anduvo toda la mañana y toda la tarde, haciendo paradas
forzosas para beber de las fuentes y comer algún fruto que encontraba por el
camino. Nunca le había resultado tan embriagador el aroma del bosque, nunca más
sobrecogedora la lenta putrefacción de las simientes en los rincones hasta
donde apenas llegaba la mirada. Se detenía en cada escondrijo como si fuera la
primera vez: ¡oh, huevas de salmón!¡perlas de ámbar! Sin embargo, lo que en
otro tiempo le habría parecido un manjar, ahora le producía repugnancia. Al
saltar un peñasco, perdió Marsias el equilibrio, con lo que el aulos que
llevaba en el morral rodó por los suelos. Lo recogió con sumo cuidado, como si
se tratara de una gema. ¿Era posible que él, un animal torpe y viejo cuya
cornamenta empezaba ya a inclinarle sobre la tierra, fuera capaz de aprender a
tocar ese instrumento? Se lo pensó un buen rato, sentado en la hojarasca. Y no
sólo eso... ¿qué tal si además de aprender por si mismo se convertía en un
ejecutor virtuoso, pudiendo, inclusive, desafiar a un dios? A Apolo, por
ejemplo. ¡Cuántas veces había fantaseado, a solas, con la idea de retar al
mismísimo Apolo! Dionysos, su mitad sombría y patrón de todos los sátiros,
hubiera estado orgulloso.
Así que sopló. Sopló Marsias su primera nota, destemplada
y salvaje, en el aulos. Le oyeron las ménades, que inmediatamente empezaron a
burlarse de su torpe ejecución. Para hacerles rabiar, Marsias se trepó a la lo
alto de un árbol y volvió a soplar con fuerza. Se oyeron unas risas. Luego,
silencio. El sátiro les mostró los dientes: ¿os reís?¡reid ahora todo lo que
querais, porque algún día mis notas serán tan exquisitas que os llevarán al
éxtasis, y ni el propio Apolo podrá imitarme!¡Reid ahora, desvariantes ménades,
porque esta flauta regalo de Atenea me hará grande entre los sátiros, y más
grande aún entre los hombres!
Volvieron a reirse las ménades, esta vez con saña, y se
dispersaron por el bosque.
Marsias regresó a su refugio bien entrada la tarde,
cuando su gente celebraba la aparición de una nube-tigre en el ocaso, señal de
que Dionysos ponía fin a su temporada de hibernación. Apenas le vieron,
comenzaron los cuchicheos y las risas sofocadas. Fue Babis, su hermano, quien
se atrevió a provocarle, apoltronado en el vientre rechoncho de una ninfa que
le tejía una corona de dragonarias: ¿dónde escondes, hijo de Frigia, el divino
regalo de Atenea? Carcajadas. Y le arrojaron un odre lleno de vino, invitándole
a beber. Marsias bebíó un largo trago, hizo gárgaras, y escupió el vino en la
hojarasca, de donde brotó inmediatamente una vid. El asombro fue unánime, como
era de esperarse. Entonces el sátiro se infló de orgullo: lo creyeran o no, esa
misma tarde había yacido con Atenea en el campo, bajo un castaño.
Silencio atónito. Luego, carcajada general. Hasta los
pájaros parecían reirse del desgraciado Marsias, hasta los grillos. El bosque
entero se reía de él. Los faunos aprovecharon el jolgorio para remedar el
supuesto coito con Atenea saltando sobre las ninfas, propensas tanto a las
oblicuas como a los estupros. Ni hablar de las ménades, que bailotearon
alrededor de Marsias dando gritos de éxtasis o berreando como cabras: baaa
baaa... saltando sobre las piedras y provocando el feroz apetito de los sátiros
con el igualmente feroz apetito de sus gargantas. Ellos respondían riendo o
intentando embriagarlas. Fingiendo, en realidad, que las embriagaban.
Llevándolas en volandas a través del bosque, bajo la luna. Sin embargo, sería
Tarsis, la más anciana de las ménades, quien pondría fin al escarnio haciendo
temblar la tierra al dar con su cayado en una peña:
¡Gente insensata y estúpida! Si Marsias, hijo de Sileno y
hermano de Babis, viejo entre los más viejos, amante infiel de ménades y
bacantes, cómplice de misterios y plenilunios y manso siervo de Dionysos
afirmaba haber yacido con Atenea... ¿por qué no habían de creerle? Conocían a
Marsias desde que Sileno le trajera al bosque siendo un niño y le hiciera un
rebujo de hibiscos bajo el mismo cedro donde dormía cada noche. A Marsias se le
conocía tan bien, que incluso se le presentía por la brisa que levantaba cuando
volvía del monte, y no había ménade en toda la comarca que no hubiera conocido
sus favores ni acompañado en sus danzas. Las panteras comían de su mano y las
ninfas le confiaban a sus crías para que les instruyera en las artes de la
caza, y cuando su gente se refugiaba en las cavernas del Ménalo, sus
narraciones sobre el tigre que había cazado en Anatolia para el joven Dionysos,
el orígen de los pájaros, la metamorfósis de Procne y sus viajes por el mar,
mitigaban el aburrimiento en las noches de invierno alrededor del fuego.
Conocía, además, las propiedades de las plantas, de las que extraía los
elixires para sanar y profetizar, y si era por beber, bebía hasta quedar
exhausto, aunque el último en rendirse siempre fuera él. Ella daba fe, no obsante, de que nunca le
había visto más sobrio que ese día; y si él, elegido personalmente por Dionysos
para su cortejo de címbalos, afirmaba haber yacido con Atenea... ¡ella le
creía!
La asamblea entera bajó la mirada ante el brioso talante
de Tarsis, a quien todos respetaban por ser la mayor de las ménades y la única
a quien Perséfone, hija de Démeter, permitía asistir a sus misterios. Nadie,
hasta el momento, se había atrevido a poner en duda su palabra.
Pero la de Marsias era ya otro cantar. Si bien el eterno
juerguista contaba con la simpatía de todos, no podía decirse lo mismo de su
fiabilidad. Ebrio entre los ebrios, Marsias era también un bravucón y un
fantasioso, cuando no un imprudente que infringía las reglas del bosque
irrumpiendo en los sembradíos para saltar
a las labradoras. Sin embargo, había algo en lo que Tarsis tenía razón:
nadie recordaba haber visto a Marsias tan sobrio hasta esa tarde. Babis dio un
paso adelante, arrancó el brote de vid nacida del espumarajo de su hermano y lo
expuso ante la concurrencia: nadie recordaba, tampoco, que Marsias fuera capaz
de realizar hazañas propias de los dioses, pero si Atenea, en su infinita
sabiduría, le había dado de propia mano su aulos creyéndole capaz de ejecutarlo, él también le
creía.
Entonces la asamblea decidió darle otra oportunidad a
Marsias, que prometió cumplir.
Pasaron los meses, las estaciones y los años, y poco a
poco la gente del bosque se fue olvidando del viejo sátiro. Hasta que una noche
de principios de primavera, Marsias sacó su aulos y se puso a tocar. Fue para
la víspera del 16 de marzo, durante las bacanales y en presencia del mismísimo
Dionysos, que dormitaba sobre un lecho de hiedras de cara a una luna roja. Se
irguió el dios, perplejo, preguntando quién era el intérprete de tan deliciosa
melodía. Es Marsias, mi señor, le dijeron; Marsias, el hijo de Sileno, el
cazador de tigres en Anatolia... es Marsias, con su aulos. El dios recobró su
posición en la hiedra y se quedó pensativo, viendo como todas las estrellas
caían y se deshacían como glebas de tierra seca en la gran bóveda del cielo.
¿Marsias? Oh, que siguiera, que siguiera... de ser
posible toda la noche, ese bribón de Marsias... ¡pero que siguiera! Animado por
Dionysos, el sátiro se apoderó de la atmósfera salvaje de la fiesta, la
asimiló, se nutrió de ella, la restauró sigilosamente y la transformó en un
sonido que rajó el bosque en dos mitades: el que era antes de la primera nota,
y el que sería después. Todos bailaron hasta el amanecer, y aunque también
todos bebieron, no fue el vino lo que les llevó a la más completa ebriedad
antes de que empezaran a vaciarse las tinajas, sino la música del aulos. El
único que se mantuvo sobrio fue el propio Marsias.
Ya entrada la mañana, y mientras todos dormían, se
inclinó sobre un estanque para beber, pero al ver su propio rostro reflejado en
el agua se echó atrás espantado, pues no era su rostro el que veía, sino el de
Cronos, el devorador de hombres. Le vio revolviendo calaveras en los surcos de
su rostro, una cañada de vértigo, el axioma ratificador de la muerte. Sólo
entonces comprendió que habiéndose unido a Atenea aquella tarde bajo la copa de
un castaño, la diosa no sólo había saciado su constante demanda de embriedad
,sino que con ello le había devuelto la lucidez. Incapaz para siempre de volver
a embriagarse, Marsias tendría que vivir el resto de sus días y de sus noches
consciente de su destino.
Cuentan que tiempo más tarde Marsias llegó a enfrentarse
con Apolo para probarle su excelencia musical en el aulos. Apolo aceptó el
reto, poniendo como condición que quien saliera victorioso podía hacer con el
otro lo que le apeteciera. Se presentó, pues, en el bosque con su cortejo de
musas y con Midas, rey de Frigia, que dividía su devoción entre Dionysos y
Apolo, siendo ese año Apolo el favorecido. Se abrieron diez caminos en el
bosque, uno para cada musa y uno para Midas, y una gran arteria primcipal
tapizada de lavandas para recibir al dios, que llegó montado en un cisne
gigante de Hiperbórea, con un águila sobre el hombro y la lira oculta entre los
ropajes. Cuentan que sucedió una espléndida mañana de primavera, y que el sol
brillaba en lo más alto arrancando destellos a su divina cabellera, que todos
los pájaros callaron, que las bestias se parapetaron en sus refugios, y que la
gente del bosque se hincó a sus pies.
Marsias y Apolo tocaron durante horas, y como era de
esperarse ganó el dios. Teniendo a las musas de su parte, y a un monarca
pedigüeño como mediador, el resultado de la contienda era tan previsible como
su deliberada intención de hacerse con un prosélito sin pizca de oído. Dejó
Apolo la última palabra a Melpómene, la melodiosa, que respondió a la divina
infamia con gracia corderil. Admitiendo que Marsias fuera, sin duda alguna, un
prodigioso intérprete, no había sido capaz de tocar y cantar a la vez como lo
hiciera Apolo con su lira. Por tanto, estaba claro quien era el vencedor.
Mientras la musa hablaba, Apolo, esbelto como un junco,
seguía la trayectoria de un águila que volaba a gran altura, como un borrón
ambulante contra el cielo despejado de la más perfecta mañana de mayo. Luego
pareció olvidarse del pájaro y se entretuvo unos minutos dando vueltas
alrededor de Marsias, cuyo lomo de bestia mortificada por los años se inclinaba
sobre la tierra, no quedando claro si
era por senectud o, si acaso, deseara disimular entre las sombras de su
rostro una cierta mirada rastrera. Cuentan que Apolo le soltó su arenga sobre
la insensatez de los hijos de la naturaleza, desmañados quebrantahuesos de
divinas arquitecturas terrestres, cuya deficiencia innata los hacía propensos a
la necesidad e indiferentes a la armonía del cosmos. Sobre la terrible
imprudencia de retar a un dios nada más y nada menos que usando como vehículo
el divino instrumento de Palas Atenea. Se rió Apolo a carcajadas, pero se reía
entredientes: ¡sobre los rumores que corrían desde Frigia hasta Delfos, y desde
Delfos hasta Chipre, donde aseguraban que Marsias, hijo de Sileno, decía haber
yacido con la diosa-pájaro reina y señora de Atenas!
Cuentan que en ningún momento Marsias se inmutó y que
jamás llegó a negar las acusaciones, admitiendo, eso sí, haber roto la sagrada
promesa de callar sus amores. Cuentan que aceptó con desparpajo el castigo a su
crímen, y que mientras era colgado de un
frondoso roble para ser desollado por Apolo, no hacía más que canturrear
la melodía con la que su adversario pretendió haber ganado el torneo. Toda la
gente del bosque le lloró, aunque más lo hizo Tarsis, la anciana ménade, que
descolgó el pellejo de Marsias con la ayuda de un búho enviado por Atenea, y lo
extendió con una ofrenda de hibiscos sobre un meandro del río que se formó con
su sangre.
Desde entonces, se recomienda a los amantes no yacer en
los tramos sinuosos del río. En mayo, sobre todo, que es cuando la corriente
recuerda al ebrio andar de Marsias, y el rumor del viento entre las ramas de
los sauces, a los suspiros del sátiro entre los muslos de Atenea. Que es
cuando, dicen, hay más peligro de que los hombres se hagan conscientes de su
destino.
Photo/post: Xue Jiye
9/12/10
Margalit Matitiahu / El desierto
El desierto infinito,
las montañas altas y afiladas
araron mis deseos...
En las paredes de mi habitación asolada
se transparentan los espacios de mi desierto interior.
Como una bailarina enloquecida y descalza
hago crecer en el calvero
la fruta salvaje
del espíritu.
Margalit Matitiahu (poeta israeli)
Traduccion: Carlos Morales
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






