Escuché varios cantos cuyo lejano origen había que rastraerlo en la cultura de La Dacia. Uno de ellos lo susurraba un viejo. No logro recordar si la voz de ese viejo llegaba acompañada por algún instrumento de música. Nisiquiera recuerdo la línea melódica, ni el lento ritmo en que habitaba; sólo recuerdo que era un lento rítmo. También recuerdo un grito. Un grito ajado y melancólico, trabajado por una voz muy castigada por los años; muy convalidada también. Le pedí al profesor que me pasara varias veces aquella cinta. Era un canto -me dijo- mortuorio. Venía del nordeste rumano, de una zona que tiene frontera con Rusia y con Hungría. Era, sin duda, un canto primitivo. Rescatado del olvido. Arrebatado a la memoria adormecida que dejan el futuro las castas acabadas. Varias veces escuché aquel grito melancólico y casi silencioso. Si no tuviese hambre de precisión podría decir que era un lamento. Pero no era un lamento. Puesto que estaba dentro de un canto mortuorio, sin duda formaba parte de un lamento. Pero el instante de esa melancolía súbita y vasta ya no era solamente el instante de la lamentación. Era también una pregunta. Una pregunta en forma de rozadura gutural. El canto, entero, lamentaba a la muerte. El lento, digno, humilde grito (el lento y digno ayeo) parecía lamentarse por un muerto: ¿por el primer muerto de la creación? Supe enseguida que en la voz del anciano campesino rumano que había sabido rescatar unas modulaciones procedentes de una cultura centroeuropea y extinta, yo estaba oyendo simultáneamente un alarido misterioso de la raza tolteca. Al origen de ambas canciones lo separaban unos cuantos siglos, muchos países, un dilatado océano. Le dije al profesor: Ese grito -tal vez otro, pero ese grito- yo lo he escuchado ya. En la ciudad de México: venía de la época prehispánica. Le dije al profesor: Quizá musicalmente ambos gritos no se parecen en nada, pero en mi corazón, o mejor, en el subsuelo de mi ser, dicen la misma cosa. ¿Qué le dicen? -me preguntó-. No lo sé, probablemente quieren decirlo todo. (…) No me responda, en el fondo, la respuesta ya la sabemos todos. El pánico y el júbilo no han cambiado desde el origen de la especie humana. Y por eso el lenguaje está siempre naciendo. Y por eso también, el tiempo, que nos condena a muerte, a la vez nos rescata del olvido.
30/3/09
Felix Grande: Por entre el rudo bosque de los siglos
Escuché varios cantos cuyo lejano origen había que rastraerlo en la cultura de La Dacia. Uno de ellos lo susurraba un viejo. No logro recordar si la voz de ese viejo llegaba acompañada por algún instrumento de música. Nisiquiera recuerdo la línea melódica, ni el lento ritmo en que habitaba; sólo recuerdo que era un lento rítmo. También recuerdo un grito. Un grito ajado y melancólico, trabajado por una voz muy castigada por los años; muy convalidada también. Le pedí al profesor que me pasara varias veces aquella cinta. Era un canto -me dijo- mortuorio. Venía del nordeste rumano, de una zona que tiene frontera con Rusia y con Hungría. Era, sin duda, un canto primitivo. Rescatado del olvido. Arrebatado a la memoria adormecida que dejan el futuro las castas acabadas. Varias veces escuché aquel grito melancólico y casi silencioso. Si no tuviese hambre de precisión podría decir que era un lamento. Pero no era un lamento. Puesto que estaba dentro de un canto mortuorio, sin duda formaba parte de un lamento. Pero el instante de esa melancolía súbita y vasta ya no era solamente el instante de la lamentación. Era también una pregunta. Una pregunta en forma de rozadura gutural. El canto, entero, lamentaba a la muerte. El lento, digno, humilde grito (el lento y digno ayeo) parecía lamentarse por un muerto: ¿por el primer muerto de la creación? Supe enseguida que en la voz del anciano campesino rumano que había sabido rescatar unas modulaciones procedentes de una cultura centroeuropea y extinta, yo estaba oyendo simultáneamente un alarido misterioso de la raza tolteca. Al origen de ambas canciones lo separaban unos cuantos siglos, muchos países, un dilatado océano. Le dije al profesor: Ese grito -tal vez otro, pero ese grito- yo lo he escuchado ya. En la ciudad de México: venía de la época prehispánica. Le dije al profesor: Quizá musicalmente ambos gritos no se parecen en nada, pero en mi corazón, o mejor, en el subsuelo de mi ser, dicen la misma cosa. ¿Qué le dicen? -me preguntó-. No lo sé, probablemente quieren decirlo todo. (…) No me responda, en el fondo, la respuesta ya la sabemos todos. El pánico y el júbilo no han cambiado desde el origen de la especie humana. Y por eso el lenguaje está siempre naciendo. Y por eso también, el tiempo, que nos condena a muerte, a la vez nos rescata del olvido.
22/3/09
Il cuore de la col

Pero a mí lo que me interesa no es tanto lo que se dice como lo que no se dice. Y de lo que se dice, me interesa más lo que se manifiesta como discurso emocional que ideológico, que por experiencia he visto que no suele ser sino otra proyección del ego. Será por eso que me gusta tanto la literatura de ficción (y la pesca deportiva).
Las palabras, nuestras hermanas pequeñas, mentirosas psicopáticas, malabaristas transversales, gestoras tanto del encuentro como del desencuentro, siempre en in-frecuencia con il cuore de la col. Porque ése, generalmente, suele revelarse a si mismo sin palabras -digan lo que digan los intelectualitos y los leguleyos del as de espadas (mundo de la mente)-, y no más que a fuerza de silencios, íntimas parcelas sin parapetos donde, por mucha artimaña que se ponga a tiro, no hay manera de ocultarse.
Photo/post: Pedro Strukelj
21/3/09
Escritores que renuncian a su voz

Cuando a Juan Rulfo le preguntaban por qué ya no escribía, él solía contestar: "Pues porque se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias". La excusa -una de las más originales hasta ahora inventadas- es recogida por el español Enrique Vila-Matas en su obra Bartleby y compañía (2000). En ésta, el narrador discute el mal de las letras contemporáneas, de la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que "ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre".
Vila-Matas habla en este libro, de principio a fin, sobre aquellos que han dejado de escribir, e indaga en los motivos que tiene cada uno para hacerlo. La misión del autor, en este sentido, es encontrar a los "bartlebys" que residen en este mundo. El término, tomado del personaje del estadounidense Herman Melville, hace referencia a todas aquellas personas que habitan en una profunda negación y que ante cualquier petición responden infaliblemente con un "preferiría no hacerlo".¿Por qué algunos escritores dejan repentinamente este oficio?, ¿qué razones podrían hacerlos perder su vocación?, ¿qué motivo los puede llevar a un silencio total?
Una de las respuestas que da Marcelo Lillo -premiado en 2008 por el Círculo de Críticos de Arte- coincide con el último motivo entregado por Camilo Marks. "Porque el escritor se cansó del ambiente, de las entrevistas, de las giras de promoción y de todo lo que implica este oficio", señala el autor de El fumador y otros relatos (2008). En la misma línea se encuentra la declaración que hizo el escritor vasco Bernardo Atxaga y que Vila-Matas recoge en su obra: "Hoy en día para ser escritor hace falta más fuerza física que imaginación". Manifestó estar saturado de los congresos, de las conferencias y de las presentaciones ante la prensa y comentó que el nuevo modelo de escritor que le exigen las editoriales lo tiene agotado. Para él, las consecuencias de este nuevo ritmo no son menores, ya que comienza a desaparecer un tipo de autor que antes podía considerarse como independiente, a la vez que también las ganas de escribir empiezan a menguar. "Después de veinticinco años de carrera, como dicen los cantantes, las ganas de escribir son cada vez más difíciles de encontrar", expresa.
20/1/09
Obama
ÉSTA es la gente que puso en la presidencia a Barak Obama. Echad cuentas.
10/1/09
7/1/09
Cantar de gesta
No tengo la vez de agradecer, lo siento.
No quiero tragar, lo siento.
Yo vine con un propósito, lo siento
(sitiar el territorio de la perplejidad
para dar en la diana con certeza).
He visto la noche oscura del alma
y no sabeis cómo lo siento...
la noche oscura del alma, la de Juan
con la cruz enfundada en oropeles
yo la he visto bajo el hielo y el oro.
Pero entre todo lo que he visto,
he visto también
que además de planes de acción
hacen falta acciones reales,
que además de la política de los gestos,
hacen falta GESTAS.
4/1/09
Complicidad en el crimen
Sobre la matanza de Gaza se dicen muchas cosas, pero como las dice este señor... pocos lo hacen y lo harán. Por eso he sentido la tentación de transcribirlo.
No es el mejor augurio que el futuro presidente de Estados Unidos repita una y otra vez, sin que le tiemble la voz, que mantendrá con Israel la "relación especial" que une los dos países, en particular el apoyo incondicional que la Casa Blanca dispensa a la política represiva (represiva es decir poco) con que los gobernantes (¿y porqué no también los gobernados?) israelíes han venido martirizando por todos los modos y medios al pueblo palestino. Si a Barack Obama no le repugna tomar su té con verdugos y criminales de guerra, buen provecho le haga, pero que no cuente con la aprobación de la gente honesta. Otros presidentes colegas suyos lo hicieron antes sin necesitar otra justificación que la tal "relación especial" con la que se da cobertura a cuantas ignominias fueron tramadas por los dos países contra los derechos nacionales de los palestinos.
A lo largo de la campaña electoral Barack Obama, ya fuera por vivencia personal o por estrategia política, supo dar de sí mismo la imagen de un padre dedicado. Eso me permite sugerirle que le cuente esta noche una historia a sus hijas antes de que se duerman, la historia de un barco que transportaba cuatro toneladas de medicamentos para socorrer a la población de Gaza en la terrible situación sanitaria en que se encuentra, y que ese barco, Dignidade era su nombre, ha sido destruido por un ataque de fuerzas navales israelíes con el pretexto de que no tenía autorización para atracar en sus costas (creía yo, ignorante redomado, que las costas de Gaza eran palestinas…) Y que no se sorprenda si una de las hijas, o las dos a coro, le dicen: "No te canses, papá, ya sabemos qué es una relación especial, se llama complicidad en el crimen".
(Gracias, René Rodríguez Soriano, MediaIsla).
