9/12/10

Margalit Matitiahu / El desierto



El desierto infinito,
las montañas altas y afiladas
araron mis deseos...

En las paredes de mi habitación asolada
se transparentan los espacios de mi desierto interior.

Como una bailarina enloquecida y descalza
hago crecer en el calvero
la fruta salvaje
del espíritu.

Margalit Matitiahu (poeta israeli)



Traduccion: Carlos Morales

8/12/10

Veneno de hormigas

Pampa Mito... (no te quejés, flaco, que acá fumigan también, sólo que es más sutil).
Vean mi tierra... esa Pampa de planisferio que sale de fondo es la tierra donde nací -bueno, cerca- y el chico que está hablando es un neo-gaucho ex creyente denunciando el ominoso destino del campero marplatense: las fumigaciones. Así como lo oyen: a esta gente la fumigan. Los asesinos no se guardan, como aquí, de ocultarlo: como ya es costumbre por ese lado del mapa, no se van con disimulos.



El sueño del glifosato produce cíclopes:

+info


Cortesía RSA

Photo/post: Tim Biskup (trucada por la autora del blog).

10/7/10

El silencio


Visto lo visto,  guardar silencio y callar viene a ser cosa de mujeres y de niños, cuando no de enfermeras. 

Imposible admitir un silencio sin alternativas. Como todo, él también está en pugna.

Nota: mis pesquisas por encontrar una imagen que se adecuara a este post fueron infortunadas, pero di con imágenes de este tipo.

14/4/10

Pastel de manzanas con canela al ron.


Para Christian

Hablo de Artaud y de sus cables conectados a las piedras de un abismo iluminado. Del monje francés turista perpétuo de Sodoma, Villòn, que se escondió tan bien de la historia que hasta Gomorra le perdió el rastro.
Hablo de Henry, que nunca durmió bajo un puente, ¿cómo iba a hacerlo, si Anaïs le preparaba el tálamo cada noche en las riberas oscuras del Pont Neuf? (dijeron que era un pornógrafo, pero hubo vulvas parlantes que no escamotearon jamás esa cara que parecía una roca: algo tendría Henry por mucho que se le retorcieran los magistrados).
Hablo de Armando Buscarini, que vendía sus poemas al precio de una zambullida por el acueducto, cuando los alcaldes de Madrid no pensaban aún en frustrar las aspiraciones de los desesperanzados.
Hablo de Delmore Schwartz y su coma etílico en quién sabe qué hotel del gran Sahara neoyorquino. Delmore se fue lentamente, dejando un discípulo: Lou Reed, al que después de los conciertos dos gorilas empotraban en una limusina, que es lo que él mismo mentía a los periodistas novatos. Lou tenía una estrella en la mano, y debió ser Delmore quien le enseñara a sostenerla. Cuando sabes de cables y paletas de madera bajo la lengua, se hace necesario que alguien te lo advierta: “escribe poesía, chico, y verás cómo empieza a doler de veras”.
Hablo de Sylvia, cuya campana, como sabemos, era demasiado frágil: antes de meter la cabeza en el agujero, se dibujó una medialuna imaginaria en la muñeca con una astilla de cristal.
Hablo de Alejandra, la Pizarnik, la huerfanita que se quedó sin sintáxis, porque rota eres y al roto volverás. Oh, rota de mi corazón: sus ojos eran como bocas adictas a la gula por un amor que no llegaba nunca (¿qué otro motivo podría haber para que tuviera una mirada como ésa?) y así se fue la pobre: decepcionada, porque las palabras no le daban el poema perfecto.
Hablo de Osvaldo Lamborguini, “el negro”, tomando mate amargo en lo de Pirí Lugones, que fue la nieta del Lugones original, aquel que decidiera, según algún biógrafo, “tener una muerte de sirvienta”, como siempre: en un hotel.
Hablo de Ian Curtis, el de la soga en la cocina (¿o era un cinturón?¿corbata, quizá?) con esa voz tan Morrison pero sin chicha. Lúgubre el Ian, cantaba unas canciones discordantes, la versión adulta de un niño que ha perdido la esperanza de salir del closer. No dejó escuela, Ian (y si la dejó, mejor que no lo hiciera) porque la gente como él rompe con cadenas, dejando siempre un eslabón solitario. El agujero en la constelación.
Hablo, por supuesto, de Vincent “la muletilla” Van Gogh, y su oreja expuesta en la ventana de un supuesto prostíbulo en las que todas las putas eran castas (o quién sabe, también pudo ser en la iglesia, que mucha diferencia no hay). De la bala que, dicen, se metió él mismo en el estómago. De su dispépsia coronaria, que el doctor Gachet nunca supo auscultarle.
Hablo de Baudelaire, que tan bien supo sacarle el jugo a sus espinas. Quizá debiera haber sido actor, don Charles, por lo bien que vendió su malditismo. Supo, desde luego, hacer escuela: “soy la daga y el cuchillo; soy la bofetada y la mejilla”, sin embargo, se echan de menos los cuchillos afilados y hay, sí, mucha daga de diseño.
Hablo de Leopoldo María Panero, el vendedor de pan de los hospicios. Pasar el rato en el hospicio sin las Iluminaciones de don Leopoldo será allí más largo que un día sin pan. El tiempo, según Panero, otro invento del Gran Artaud español que nunca se cortará… porque de tan loco, quizá esté demasiado cuerdo.
Hablo de Virginia Woolf, que sabía ser seis a la vez, y ninguno, siempre de perfil y nunca entera para sí misma, y siempre entera para los seis…
Uff... sea por falta de tiempo, de ganas, o por ignorancia, no se me ocurre ahora alguna otra mujer. Mejor. Parece que las mujeres somos menos propensas al malditismo (y los suicidios). Venimos al mundo, dicen, con un talento innato: la nutrición. ¿A quién se le ocurriría negar que a la hora de la verdad, un buen pastel, una buena carbonada de verduras, un sencillo aunque delicioso salpicón de setas, o lo que fuere, resultará más vital y necesario que toda la poesía del mundo? El talento que no hará historia en los estantes de la mejor biblioteca, es el que hará posible esa historia. Y todas las demás. Quienes afirman, pues, que cocinar es un arte, no sólo dan en el clavo: anulan de antemano la única cuestión filosófica, que ya sabemos cuál es. La muerte casi nunca se atreve en las cocinas -el caso de Ian es excepcional. Porque al muerte le espantan los aromas embriagantes de los buenos guisos. Más le espantan, sin embargo, esas manos que trabajan en silencio, sin otra ambición que no sea nutrir con gozo. Ya hubiera querido Vincent tener una madre, una hermana, una abuela -o abuelo, por qué no- que le pusiera a la mesa un pastel de manzanas con canela al ron. Un pastel amorosamente servido a tiempo pudo cambiarle el futuro al pobre Vincent. Si no os lo creeis, es que no estais entendiendo este post. Pero me consta que lo entendeis, que lo creeis, o por lo menos... que quereis creerlo. Y además que lo sabeis.

10/4/10

Antonin Artaud / Los Tarahumara.

Así pues, sentí que había que remontar la corriente y estirarme en mi preconsciente hasta el punto en que me viese evolucionar y desear. Y hasta allí me condujo el Peyote. -Conducido por él, vi que lo que soy tuve que defenderlo antes de nacer y que mi Yo no es sino la consecuencia del combate que libré en lo Supremo contra la mentira de las malas ideas.
Y por mucho que los seres balbuceen que las cosas son así y que no hay nada más que buscar, yo, por mi parte, veo que han perdido y que desde hace mucho tiempo no saben lo que dicen, pues ya no saben dónde han ido a buscar los estados con los que se tienden por encima de la ola de ideas y en los cuales se toman las palabras por hablar.
La explicación reside en el hecho de que, efectivamente, hace siglos sus pensadores abdicaron como ellos ante ese esfuerzo de honor que consiste en merecer la propia conciencia, cuando se sabe dónde hay que ganarla.
-El incosciente no me pertenece, salvo en sueños, y además todo lo que en él veo y todo lo que arrastra ¿es caso una forma marcada para nacer o lo sucio que ha rechazado?
El subconcisnte es lo que transpira de las premisas de mi Voluntad, pero no sé muy bien quién reina en él, y estoy convencido de que no soy yo, sino la ola de las Voluntades adversas que, no sé por qué, piensa dentro de mí, y nunca ha tenido otra preocupación en el mundo ni otra idea, que la de ocupar mi lugar, dentro de mi cuerpo y de mi yo.
Pero en el preconsciente donde sus Tentaciones me maltratan, todas esas malas Voluntades las veo, esta vez armado con mi consciencia y ¿qué me importa que se desplieguen contra mí, si ahora me siento dentro de ella?
El Peyote me mantendrá en el Preconsciente y por encima del estado del hombre, sabré de dónde se ha formado mi voluntad y cuál es esa fuerza con la que se ha arrojado hacia el lado donde el Bien la llama, contra el mal que la perseguía.
El Bien y el Mal, dicen los sacerdotes de Ciguri, como después volvieron a decir los místicos de Jesucristo, no ya en sensaciones y visiones, sino con la prueba del martirio y la experiencia de sus llagas, el Bien y el Mal no son dos tejidos opuestos y dos principios, el Bien es lo que existe y el Mal lo que no existe, lo que no vivirá y se acabará. El Yo del hombre no siempre creerá en él. Pero esa ciencia necesita ganársela.
Y parece ser que el objetivo de la danza del peyote, rito ejecutador de las enseñanzas de la Planta dada al hombre por Jesucristo, en origen consistía en invitar al ser humano a ganar su conciencia. Pues sin su ayuda no hubiera podido decidirse a hacerlo.

Antonin Artaud

Los Tarahumara. Barral Editores, Barcelona, 1974.

2/4/10

Albert Camus: Sísifo



Si el hombre reconociera que también el universo puede amar y sufrir, se reconciliaría. Si el pensamiento descubriera en los cambiantes espejos de los fenómenos unas relaciones eternas que pudiesen resumirlos y resumirse ellas mismas en un principio único, cabría hablar de una felicidad espiritual de la que el mito de los bienaventurados no sería sino un ridículo remedo.

Hasta aquí, Camus se sitúa en el territorio de la poesía; aunque vencido por su vena intelectual, continúa:

Esta nostalgia de unidad, este apetito absoluto ilustra el movimiento esencial del drama humano. Pero que esa nostalgia sea un hecho no implica que deba ser mitigada de inmediato. Porque si, franqueando la sima que separa el deseo de la conquista, afirmamos con Parménides la realidad del Uno (sea cual sea), incurrimos en la ridícula contradicción de una mente que afirma la unidad total y prueba con su misma afirmación su propia diferencia y la diversidad que pretendía resolver. Este otro círculo vicioso basta para ahogar nuestras esperanzas.

Sin embargo, ¿cómo podrá conectar Camus con la frecuencia poética, de otro modo que no sea por el camino de la reconciliación?

La perplejidad de Sísifo.

25/3/10

H.I.J.O.S en Madrid. Todos los que aún estamos aquí

La poesía es pan para hoy y hombre para el maniana.
(Totema)

Martín Poni Micharvegas no es sólo una persona digna de verse y leerse, sino todo un personaje. Poni llama la atención al entrar, con su pintoresco chambergo de fieltro, su larga gabardina sesentera y su pelambre de incuestionable asambleario de la vieja guardia –única y verdadera guardia, quizá- de mitad de los ’60. A sus gloriosos setentaycuántos, es lo que en estos tiempos de utopía ya muerta según Lipovetsky and Company, llamaríamos un romántico.
Sin embargo, el Poni no puede ser más real.
Le conocí ayer, de forma casual, en una performance que se hizo en cierta sala muy malharrense del barrio de Lavapies, en Madrid –para quien todavía no lo sepa, la Malharro es la escuela donde estudié Bellas Artes allá por los ’90-, celebrada por el grupo H.I.J.O.S, Casa Argentina de Madrid y CE-AM (Comisión de argentinos exiliados en Madrid), a propósito de los 34 años de la dictadura videliana. Se trataba de una reunión sencilla, con rompecabezas de las Madres, fotos de los desaparecidos, sonidos reconocibles, ilustraciones a tinta de la época, comics, blancas camisetas, y un vídeo que se reprodujo a lo largo de toda la velada donde se pudo apreciar el estado en que van los juicios a los genocidas.
Como me decía un compañero con el que me fumaba un cigarrillo: “El estado de derecho es lo que tiene: demasiada lentitud, hay que demostrar los cargos, hay que encontrar las pruebas…”; y ese incómodo etcétera que en el caso de los diréctamente afectados se niega a ser omitido, y con toda razón: el de las amenazas a los testigos, por ejemplo, o el de las trabas a la justicia impuestas desde oscuras células de corrupción que aún en la clandestinidad sostienen su hegemonía, y que parecen definir parte de nuestra más sombría identidad latinoamericana.
Pero también está la otra, la luminosa, sin la cual es indudable que no podríamos estar aquí. Es la parte que vive, que viaja, que permuta y transforma el lenguaje identitario, que trabaja, que crea, que hace honor a la memoria, que exorcisa a la muerte usando como recurso la poética del arte.
Es el caso de Poni, que ya lleva viviendo en España la edad de Cristo, y que ayer por la tarde nos compartió su apasionada poesía subido a una tarima improvisada, contra un fondo de rompecabezas de pañuelos blancos, y en las alturas de un cielo-raso quebrado por un muro, los retratos de los sicarios de la muerte con sus sombreros militares. Esas caras que todavía me dan miedo: el mismo miedo que me daban a los once años. A pesar de su informalidad, el contraste –sabeis que me impresionan los contrastes- resultaba tan aléphico como perturbador.

Sacha preguntó si la mano tenía algo de señal de STOP. Marta dijo que su aspecto era sabia. Pi subrayó que la mano parecía palpitante. Yo fui a mi casa y comencé a escribir:

Mano poderosa
Mano caudal
Mano serena en medio de escenas espantosas
Mano de abril fragrante
Mano abierta de mayo dejando correr ocres
Mano torporosa de junio ovillada de frío sobre sí misma…


Cosa curiosa, la mano caudal del cielo nos arrojó un aguacero de esos que suelen llover en Madrid, de a ratos, y hubo, entre otras cosas, que poner baldes para atajar el agua que se filtraba por un ángulo de la sala. Entonces mi mente se confundió, y allí sentada en esa silla de aluminio cogida de un patio con sauce, tuve la sensación de que tiempo y espacio me devolvían al país del sur, con Poni declarando su poesía, con la carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar, con la grabación del rugido de una multitud en la cancha, o acaso en un acto político de envergadura, que no lo he preguntado. Sin embargo, la mano arcoiris aspergiendo sus colores en los páramos secos, de Poni, ponía fin a cualquier forma de muerte. Porque si algo han de tener las manos de un poeta, es la virtud de siempre poner fin a cualquier forma de muerte.
Parte de este post tiene la intención de registrar, de manera quizá impresionista y cambalachesca, lo que Monet hacía con sus flores. La obra de Martín Poni Micharvegas, argentino de nacimiento, bí-glota y preculsor del casteyano escrito con Y, ciudadano del mundanal ruido universal, activista, totemista, poeta y editor autogestionario, testigo viviente del DiTella, psicoanalista de la vieja guardia –de los míticos-; actor, dibujante, en fin, vitalista… oxigena la tragedia con poiesis, desactiva la bomba (activando la vida con munición de poesía) y nos devuelve al mundo recordándonos que estamos vivos. A todos.
Pero también tiene otra intención, y es ni más ni menos que la de recordar la labor de H.I.J.O.S, estos muchachos de entre los venti y los trenti, que a fuerza de pulmón sacan adelante, mediando ese ancho mármol azul separador o -según se mire- afiliador de continentes, el arduo compromiso de ubicar a quienes creen, o sospechan, ser hijos de desaparecidos. Estos muchachos son hijos de exiliados, presos políticos y fusilados durante las dictaduras militares implantadas en los países latinoamericanos durante los ’70*, y según reza su blog -que podeis ver enlazado en éste- se cree que pueden haber unos 20 chicos usurpados en territorio español. Su tarea, como es obvio, consiste en devolver a esos muchachos su identidad.



Ayer mientras estaba entre ellos saqué la foto que veis arriba. No es una buena fotografía, lo sé; pero a falta de luz, photoshop y un buen equipo fotográfico, se hace lo que se puede. Todo más si se piensa en cómo me temblaba el pulso cuando la saqué. Sin embargo me apetecía subirla al blog, porque representa el testimonio imperfecto aunque genuino de una reflexión hecha de súbito ante un espejo: el de tener plena conciencia de que yo pude ser uno de ellos. Y sí, cualquiera de nosotros, de ser mayores, podríamos haber sido uno de ellos. Quizá por eso haya escrito Vientre de fango, ese “hilo conductor” que me condujo hasta un patio con sauce tan parecido a otros patios.
Hace poco descubrí que postergar su publicación ha resultado ser de sumo provecho para la novela. Evidentemente, Vientre necesitaba una revisión. Completa. Es curioso como, pasado el tiempo, uno vuelve a acercarse a sus propios textos de una manera diferente, en muchos casos enriquecedora. Entre otras cosas, al rescribir cierta parte, tuve la certeza de que había un detalle no todo lo suficientemente explorado. Para sacarme la duda y no faltar a la verosimilitud –no tanto del relato como de los hechos reales-, supe que necesitaba ponerme en contacto con Abuelas, y es así como voy a dar con H.I.J.O.S, y es así también como voy a dar con Marta –abuela criolla de suéter azul con marido vasco argentino y de nuevo vasco, doble exilio-, y es así como voy a dar con Poni, y es así como vuelvo, una vez más, a mojarme en el vino agridulce que destila la memoria por el ombligo, y que es causa y fundamento de toda literatura.
Si es verdad, como dice el poeta totemista, que la poesía es pan para hoy y hombre para el maniana –mañana no, que eso no es en casteyano (ni en espantino)-, la prueba tangible de que el objetivo de cercenamiento ideológico ideado por la dictadura ha resultado ser un rotundo fracaso. Entonces, escribir poesía después de Auschwitz… ¿es en verdad un acto de barbarie?

Compañero que lees: ¿cuánta
esperanza palpitante en sus redes
no nos trajo este pescador
del mar de la nada?

(Martín Poni Micharvegas, Totemas)

Yo prefiero creer que no... ¿vale? Y no porque vayan a resucitar los muertos.