25/11/13

Alma canuta

Canuto es un término del habla rioplatense que significaría algo así como tacaño, avaro. Este post dará una idea de nuestras pequeñas miserias barridas bajo la alfombra, que agobian a la flor y nata de una clase social llena de "buenas intenciones". 
  Sirva como ejemplo la señora que todavía guarda en el aparador de la cocina las copitas de cristal que le regalaron cuando se casó. Y que nunca usó. Y que nunca va a usar. Un ejemplo que ilustra la filosofía doméstica del canutismo idólatra: las cosas se guardan por costumbre y porque se han guardado así durante generaciones. Generaciones -aclaremos- que esperaron la malaria. Generaciones que se apuntaron a la herencia del aparador amarillo patito en forma de paralelogramo, que llevó a que la tía Pocha dejara de hablarse con la tía Chola para siempre. Por eso lo mejor es usar las copas de batalla. Algo impensable en un país como el nuestro, donde una docena de copas de batalla pueden llegar a durar cincuenta años. De ahí que las otras, las de casamiento, nunca lleguen a usarse. Que pasarán a la próxima generación intactas, deslucido ya el cristal por efecto de su inutilidad, o acaso por la misma mugre, que desluce, pero no se hereda. Antes que dárselas a su nueva nuera, prefiere que las copas se le llenen de esos pequeños coleópteros de la madera que por razones desconocidas van a morir siempre en las oquedades.
Alma canuta languidece junto a su aparador como las viejas calcomanías de cajón que hoy son una mancha roschardiana en forma de capullo, cucaracha aplastada o salpicón de grasa de churrasco. Alma canuta sacraliza las cosas y los cosos, y sin saberlo -o sabiéndolo, aunque jamás se le ocurriría cuestionar algo así-, los somete a la condición de fetiches. Son, quizá, sus personajes del alma, los ocupantes de un espacio que de otra manera no sabría cómo rellenar. En definitiva, una extensión subliminal de un ego rendido a una seguridad que le resultaría imposible hallar fuera de sus propios objetos acumulados.
Curiosa el alma canuta. Viene a ser como un síndrome de Diógenes, institucionalizado por la existencia del galpón o quincho omnipresentes en todo chalecito de clase media obrera que ya es baja pero se cree media. O al revés: de toda clase media acomodada que se las da de pobre para que no le pidan. Una acumulación preventiva que se ha vuelto cultura, la exaltación del coso reformado hecho futuro, destinado a un futuro que nunca llegará (porque en la Argentina el tiempo no pasa, esto ya se sabe). Y que si le llegara sería a algún otro, nunca al alma canuta, porque ésta desconoce la necesidad, esa bendita necesidad que es fundamento de todos los cambios y matriz de futuros. Lo cual no deja de ser en sí mismo una paradoja.
  Y es que el alma canuta es paradojal. Después se queja de que le roben, y se pasa el día entero con la vecina, el vecino -almas canutas también- lamentando la inseguridad. Está a la vista que ha convertido la delincuencia en un tipo nuevo de fetiche. Uno que le sirve para aferrarse más todavía a su docena de copas de licor, a su aparador en forma de paralelogramo, a su calentador del año de ñaupa: tenga cuidado con el bolso porque se lo arrancan se lo cortan le dan un tirón y le roban todo… ¡hay mucha inseguridad!
El candidato a chorro del alma canuta suele ser el transeúnte, digamos, pardo, preferentemente hombre, con pinta de pobretón, que va por la calle con su mochilita al hombro y una gorrita con la que mal que bien se proteje del frío, porque estamos en el sur. Y resulta que ese degenerado villero chorro negro de mierda drogadicto malviviente violador secuestrador y asesino es, la mar de las veces, un pobre tipo que vuelve del trabajo a pie, y cuya mala suerte y peores genes excitan las fantasías más retorcidas del alma canuta, siempre pronta a justificar la inutilidad de su quincho o galpón usando como cabeza de turco a un paisano que le recuerda que él tiene más, y que de querer darlo, igual no se lo daría ni vendido. En un país donde la pobreza ha saltado la valla del confinamiento, por obra y gracia de un cierto progreso, hoy pagan justos por pecadores, y todo aquel que no tenga la suerte de ser blanquito parece amenazar la seguridad de ciertas almas.
  Es decir, del alma canuta.
  ¿O sea que almas canutas son los que se apuntan a la paranoia nacional del chorro en cada esquina, ahora que la presidenta les da plata a los que no quieren laburar? En absoluto. Éste es sólo un sector del alma canuta, que es más vieja que San Martín. De hecho, alma canuta puede haber una en cada casa y una por cada cuarto de un pibe que mañana será ratón. Y que vaya a ser empresario de poca monta, contador, médico o consejal, ese pibe que siempre será ratón nunca dejará de perseguirse con la idea del polirrubro. He aquí el fantasma del alma canuta que mal que mal ha podido estudiar: el polirrubro. Bajar la persiana y tener que poner un polirrubro. Un kioskito de mierda. O sea, una trompada en el ego del alma canuta que siempre quiso ser doctor. Algo con lo que fantasea cuando le da por masoquearse a horas punta, cada vez que lee el diario o cuando ve a los pibes tomando cerveza en el cordón de enfrente, y piensa: yo no sé qué estarán esperando para construir ahí… ¡con lo lindo que está ese predio para levantar un shopping!, en cualquier momento nos invade esa gente y estamos listos…
Esa gente. Alma canuta.
Hemos visto entonces que la naturaleza del alma canuta no se limita sólo a la acumulación de cosas que no sirven para nada, sino también al acaparamiento de fama y prestigio profesional o comercial. No hay espacio para un cronopio en el alma canuta, que gane o pierda, siempre va a ganar. Se ha asegurado de ser como el pez, que no hay por donde lo agarren. Se le encuentra en todas las clases sociales, va desde la señora gorda que manda a su cuñada que lo ha perdido todo en un incendio a comprar sus muebles en Cáritas, hasta el empresario negrero que se quiere sacar el 330% de las ganancias, reservando a sus empleados las 30 moneditas que le sobran. Alma canuta habita en el abuelo facho que hizo la colimba en el 46. En las corporaciones. En el colectivero que construyó el departamentito en el fondo y le puso los sanitarios más baratos, "si total es para alquilar". En la señora que lamenta las cuitas ajenas, deplorándolas, para poder así justificar su mezquindad. En el almacenero que cobra un peso de más porque no tiene cambio. En la señora que sólo da lo que está a punto de tirar, porque de tan roto es mejor que alguien lo use. En la vecina que prefiere dejar la cama que fue del nene pudriéndose en el patio, antes que dársela al señor de la gorrita al que le nació otro pibe. En el político que a la hora de hacer sus apuestas, le gustaría, sí, jugarse por el emprendedor novato… pero al final se decanta por la comodidad de su posición.

Almas canutas… ¡Dios nos libre de ellas!

18/6/13

Patria


 Al  pensar en Latinoamérica pienso en la búsqueda del Padre. Y pienso en su entierro. Pienso en la búsqueda del Padre y en su entierro. Y pienso en que a falta de padre verdadero, buscamos sustitutos. Uno que tenga forma de caudillo. Es decir, un Padre fuerte al que admirar. Un Padre inteligente que nos diga qué hacer y cómo. Un Padre adoptivo que sustituya al Padre Verdadero que nos mató la España de hace cinco siglos, dejándonos en cueros y más bien parias. O sea, huérfanos. Huérfanos de Padre, de ahí esa necesidad irrenunciable de volver forzosamente al pasado. Parece que los muertos reafirmaran nuestra identidad. Parece que los muertos dieran sentido a nuestra emblemática lucha por reafirmar lo que definimos como identidad. ¿Puede la muerte definir la identidad de algo? Vaya una pregunta. América ha perdido a su Padre, se lo mataron hace cinco siglos. España nunca va a pedir perdón: su identidad se sustenta en la falacia de un imperio basado en una conquista que en realidad fue un robo. Desearle lo peor tampoco va a cambiar las cosas. No hace más que rebajarnos, dejando al descubierto la furia del hijo paria. Del hijo buscador de Patrias (Matria no, porque ésa fue violada desde el principio). Del hijo mitificador de Padres-caudillo. Se critica a las monarquías europeas, pero no se piensa -porque se ignora- que al día de hoy tales monarquías van perdiendo poder frente a los movimientos progresistas de un primer mundo mental. Cosa que no pasa aquí, donde el caudillo-líder ha ganado el terreno de las viejas monarquías que una vez nos gobernaron. Pero pasan los años, y nuestro complejo emocional no logra superar el desmembramiento viviente de Tupac Amaru. Para nosotros, el Padre sigue muriendo. Para nosotros el Padre nunca acaba de morir. Para nosotros el Padre está muriendo ahora mismo, y hay que reivindicarlo. ¿O será que pretendemos revivirlo? Nos hemos quedado congelados en el instante trágico de la orfandad. Ahora es AHORA o nunca, es ahora SIEMPRE. Conciencia no nos falta, y no es de extrañar, si se piensa en que fuimos obligados a presenciar el crimen. También a consentirlo. No les pasó eso a los del Norte. A ellos nadie les mató al Padre: viajaba con ellos en el barco, ellos fueron colonizados. Pero nosotros, ¿qué?¿Podremos, alguna vez, empezar a enterrar al Padre que nos mataron en tierra firme? Enterrar al Padre, sí, y conquistar el espacio del Hijo, que es el que deberíamos sentir que hemos heredado. Trascenderemos así, por fin, los conceptos de raza, identidad, patria, y demás abstracciones, y la tan ansiada igualdad llegará por decantación, como llega la conciencia de ser PERSONA. Para que no sea la muerte lo que nos defina, sino la vida. 

siempre como yo te amo, volveré a tus ojos y seré millones,
patria, matria

-Julio Huasi

14/5/13

La cruzada


Elucubraciones aparentemente sombrías que se me ocurren cuando voy por la carretera.

He vuelto a verlos después de largos años en otro país. Algunos envejecieron y otros están casi igual de pibes que cuando me fui, pero con canas. La mayoría formó su propia familia, otros todavía deambulan por los recovecos de hielo que les dejó el recuerdo indeleble de la guerra, y otros simplemente sobreviven trabajando "en lo que sea", o fijos en un puesto de empleado público que les asegura el pan. La estabilidad, no. No hay nada que asegure la estabilidad… de nada.

Somos todos de la misma quinta. De la quinta infértil de una escaramuza que, dicen, pudo acabar con una dictadura. La sangre del cordero derramado que sirvió para tal fin fue la de ellos. La otra, la del holocausto de número consolidado que asciende a 30.000, sólo llegaría a conocerse después. Los primeros regresaron a casa con un dignóstico base tatuado en la mirada ansiolítica, y una verborrea en clave morse que espantaba a sus congéneres. O sea, a nosotros. A todos los que nos quedamos, y también a los que se salvaron por número bajo. "Los ex combatientes", dijeron. Recuerdo bien a unos de ellos. Lo conocí en el 93; trabajaba de guía de turismo improvisado en el Valle de Punilla, trepando montes como un puma. Un chico de grandísima bondad, el típico mestizo sanote, entrañable, increíblemente tranquilo y tan sensato como sólo puede llegar a ser alguien que ha sido criado provincia adentro. Nunca lo volví a ver.

No me olvido de nadie. De vos tampoco, que me estás leyendo. Aunque, si querés que te diga la verdad, no deja de resultarme desconcertante que ya no te extrañe. El aire te devuelve en otra forma de sustancia. Es algo extraño. Extraño que el aire pueda recomponer las piezas enterradas a propósito, esperando para ser exhumadas a la vuelta. Mientras voy en bicicleta por la ruta arbolada del bosque donde vivo, voy recogiendo las porciones de RAB que habían quedado aparcadas en la dimensión de las marmotas. Ya no preciso la Internet, como en su momento no la precisó Mc Luhan para percibir lo que vendría. Y lo percibió en el aire. Sólo que él percibía el futuro, y yo desde el aire vuelvo a percibir el pasado, y desde el pasado me reconfiguro. Me actualizo. Yo, que volví después de tantos años a un país en el que pocas cosas han cambiado aunque parezca que sí. Yo que vengo de uno en el que las cosas iban a gran velocidad y siempre eran distintas, hasta que un día dejaron de soltar los fuegos y se supo que el tren empezaba a detenerse…

¿Podés creer, Malvinero, que acá escribo con puntos suspensivos y allá casi que los había suspendido por completo? Número 29.999, creo haber visto a tu nieto en un centro cultural de Madrid, volanteando la carta abierta de Rodolfo Walsh…

Traigo las partículas incorporadas, me las guardé en una cajita. Las solté el primer atardecer de primavera, justo frente a mi casa. Se mezclaron con mis propias partículas. El resultado fue desconcertante. Lo mismo me pasó con el olor a pan de jabón, con la fragancia empalagosa de la fórmula que hace veinte años olía exactamente igual que hoy. Su aroma me deposita de un golpe en un domingo de verano a las tres yendo al kiosko con dos monedas a comprar Mogul. Y a la vez me propaga, me hace ubicua. El domingo, el kiosko, las monedas, los chupetines con olor a tutti frutti... El kiosko, las tres de la tarde del domingo, el verano, el ruido de los platos en la pileta, la remera verde que se estiró en la primera lavada… El aire de acá tiene todo eso.

Las canciones viejas me van devolviendo poco a poco las cosas que perdimos en la quema. Fijate hasta qué punto tenemos el naufragio (o la quema) instalado en el software, que cuando Lito Nebbia escribió La balsa, el verso que dice construiré una balsa y me iré a naufragar, donde en realidad debió haber puesto navegar, él lo confunde con otro, quizá por esa manía abiertamente enfermiza que tenemos los argentinos por lo trágico.

Hace muchos años les decían "los renegados". Esos que se fueron y no volvieron nunca, los exiliados, los que "se rajaron con los milicos". Esos que según cierto sector vernáculo del ojo desviado "en algo andarían", que nunca más se supo de ellos y quién sabe si viven. ¿Alguien se acuerda de ellos? Yo los ví. No se oye hablar de ellos por estos pagos… y aunque mucho se haya hablado de ellos hace décadas, pareciera que hoy nadie los recordara. Lo que dejaron es el fantasma del exilio, y una perspectiva distorsionada que se construyó dentro del país, y no afuera. De ahí que se hable con tanta ligereza de "los que se exiliaron en el 2001", como si la odisea de aquel diez por ciento pudiera, si acaso, compararse con el exilio por coacción de fines de los 70... ¡Qué fácil es hablar desde el vientre de la Matria!

Pocas veces se piensa que el migrante cambia su ambiente de origen por uno nuevo, que viene a dar por resultado un tercero: el ambiente de la experiencia migracional, única por lo personal e intransferible. Este asunto es visto por el que nunca ha salido como algo enigmático. Viéndolo a ojo de águila, la perspectiva del que se fue y volvió es bien distinta: resulta que en Argentina se da por hecho que todo aquel que se va, lo hace para exiliarse. Visión desfigurada por el prejuicio de no haber salido nunca del ambiente familiar, contenedor y seguro, que jamás llega a percibirse porque nunca llega a contrastarse. Pero haber salido implica, siempre, un punto de inflexión que lleva, inevitablemente, a un tipo de reflexión que sólo puede adquirirse en la distancia. Lo cual no la hace ni mejor ni peor, sino diferente. Algo que nunca podrá comprarse con dinero, y que poco y nada tiene que ver con la soñada conquista del que regresa habiéndose hecho la Europa, porque la conquista se hace, pero es interior.

Llevo año y pico yendo y viniendo por el campo y bajo el cielo siempre bien alto, con sol y con lluvia, con viento y sin viento, entre la ciudad y el campo, entre el campo y el mar, y aún no consigo expulsar de mi mente la certeza de que todas nuestras dictaduras se llevaron una tajada mucho más grande de lo que pensamos. Lo noto en tus ojos, que me hablan de cortas distancias, porque crecieron con unos cerrojos que quizá nunca llegues a ver. Esos cerrojos fueron pensados para que los lleváramos puestos detrás de la nuca, en la parte reptil, que es la parte del deseo. Hasta ese punto han llegado, fijate vos... hasta el punto en que el cerrojo no necesita ni siquiera ser visto para ser percibido. Un cerrojo programable. Crecimos muy lejos de todas las fronteras y se nos educó de una sola forma, para que muy pronto comenzáramos a olvidar. Nuestro aislamiento fue usado para retorcer la percepción y encubrir una verdad vergonzosa: la de un desierto quemado que no importa a nadie. Será una imagen típica, pero no se me puede ocurrir ninguna más apropiada para describir el vacío que se respira más allá de la Capital.

Sin duda, la siega fue exitosa. Basta con irse un tiempo y regresar, para comprobar los resultados de la amputación. Esas dos generaciones eran verdaderamente peligrosas: tanto, que nos hubieran conducido directamente hacia el futuro. Un futuro que, viendo el estado de las cosas, temo que muchos de nosotros nunca llegaremos a ver. Nos llamarán póstumos, pero no importa: no somos como esos intelectuales que van por el mundo pensando solamente en sus propias glorias. Cuando se gesta el futuro, no se piensa en uno mismo sino en la heredad. Así que subite al corcel y levantá tu espada, si total… tenemos varias edades por delante para llegar a Ciudad Santa. Ya otros escribirán sobre nosotros, cuando hayan pasado mil años.

9/5/13

Lilith



Cuenta la leyenda que Eva fue creada de la costilla de Adán y que, desobedeciendo la orden de Yavé, arrancó la manzana prohibida, la mordió, y se la ofreció a su pareja, que también mordió, con lo cual los dos fueron privados para siempre de sus eternas vacaciones en el Paraíso.
La leyenda cristiana en su versión catequista se atreve a afirmar que Adán y Eva iban cubiertos de hojas de parra y que, una vez mordida la manzana, perdieron toda su inocencia y ya nunca más volvieron a vivir como hermano y hermana, sino como hombre y mujer. A Eva se la sentenció a parir sus hijos con dolor, a cocinar para toda su progenie y a fregar la ropa por el resto de su vida-un destino que recayó sobre todas sus hijas hasta mediados del siglo XX- y Adán tuvo que buscarse las lentejas con el sudor de tu frente a fin de dar de comer a la prole y construir un refugio para toda su familia.
Sin embargo, poco se ha hablado de Lilith, y es injusto porque fue la primera mujer de Adán y también la única que se atrevió a dar el portazo cuando ya estaba harta de él. De haberle tocado a ella el asunto de la manzana, pienso que le hubiera plantado cara a Yavé como se lo había hecho a Adán, un grandulón ya de veinte años, pero con muy poca experiencia en cuestiones amatorias. Cuenta el Talmud que Lilith llegó a decirle: “¿Por qué he de acostarme debajo de ti, si yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual?”. Sospecho que Yavé nunca le hubiera puesto una prueba tan fácil como la de la serpiente. Lilith no era de las que se dejan tentar. Ella era la tentación misma.
Exiliada por la historia a la penúltima escala del panteón de los demonios más temibles, Lilith fue convertida por la tradición en devoradora de niños, ninfómana irredenta, reina de los súcubos, señora de las tinieblas, amante de Lucifer, juerguista bíblica, puta con pelaje de chacal, lechuza vampírica, ninfa orgiástica, medusa come-hombres y yo qué sé cuantos pintorescos epítetos ideados por los seguidores de Yavé, ese dios eminentemente masculino de los hebreos.
Sin embargo, Lilith pasará a convertirse en un personaje peligroso a partir del momento en que decida pronunciar el verdadero nombre de Dios -algo que estaba prohibido- y ante su negativa de quedarse en el Paraíso con un compañero que no sabía tanto de mujeres como de hembras (dicen que había probado las hembras de todos los animales antes de llegar a la conclusión de que él era el único animal del Paraíso que no tenía una pareja adecuada) a Yavé no le quedó otro remedio que dejarla ir y crearle a su único hijo sapiens una hembra algo más sumisa hecha de su propia costilla a la que llamó Eva. A pesar de sus lastres, Eva resultó ser una esposa políticamente correcta que nunca se atrevió a pronunciar el verdadero nombre de Dios. Con ella, tanto Adán como Yavé estaban a salvo.
Habiendo sido la primera mujer de la historia, Lilith es también su primera diosa, su magna dea, y es probable que su leyenda haya dado origen a gran parte de las leyendas que surgieron después: desde Astarté a la Afrodita griega, y de ésta a las vírgenes negras de la era medieval. Así pues, todo lo misterioso relativo a la mujer tiene que ver con Lilith y no con Eva, que fue blanqueada desde el principio haciendo uso de un doble juego en el que es utilizada como cebo: Sí, eres mujer, y como tal eres chismosa -por haber escuchado a la serpiente, que por supuesto era hembra-, ambiciosa (ya no por conocer el nombre de Dios sino por querer ser como Él) e ignorante del pecado original. Todo lo cual es como decir poco menos que estúpida.
Pero, ¿qué fue de Lilith después de que se fuera voluntariamente del Paraíso? Hay pocas referencias que relaten sus correrías, ya que los textos bíblicos se limitan a disparar contra ella a la vez que la recluyen intencionalmente en el olvido, convirtiéndola, sin querer, en la primera reina underground de la historia. Las malas lenguas sostenían que no había sido creada del polvo, sino de la caca de Adán, y a juzgar por lo que éste tuvo que tragar por su promesa de obediencia ciega a Yavé, no resulta extraño que Lilith, nacida de su caca, encarnara el lado salvaje del alma, es decir, todo lo que por pertenecer a los dominios de lo irracional resulta vergonzoso y prohibido, todo lo que el hombre es incapaz de aceptar de si mismo y a la vez todo lo que es capaz de desear.
Como Lilith, también Eva fue una proscrita (junto con Adán), pero su caso es distinto. Para empezar, Eva cometió el error de dejarse embaucar por la serpiente y creer que al comerse la manzana-señuelo podría engañar al mismísimo Yavé adquiriendo sus poderes. Pura ingenuidad. No sólo fue descubierta y castigada, sino que perdió el derecho a la vida eterna y se la condenó a morir. Lilith, en cambio, decidió marcharse ella misma del Paraíso y se salvó de la condena, eligiendo morar en la oscuridad. Tan temible como para meterle miedo al mismísimo Yavé (que había creado al hombre a su imagen y semejanza, y como todo hombre era susceptible a la belleza de su propia criatura), Lilith nunca fue sometida a la prueba de la serpiente. Como se atrevió a pronunciar el nombre de Dios, ya no necesitaba el poder de éste. Eva sí. Eva codiciaba la sabiduría divina, así que representa el poder intelectual transformador del mundo. Lilith, en cambio, es el poder del instinto que se transforma a si mismo.
Como su nombre lo indica (Lil: viento, aire, espíritu, que al pasar del mesopotámico al hebreo la raíz se convirtió en noche), Lilith es la nocturna, la oscura, la subliminal. “Si amas a alguien no quieras tener que avergonzarte de lo que nunca harías”, le dijo a Lucifer desde lo alto de sus párpados; “las reglas son de este mundo; los agujeros son de Dios”. Así que una noche se unió a su sombra, y blandiendo su sexo con la destreza de quien conoce de sobra el truco de dar en la diana al primer asalto, le mostró la medida exacta de su hombría y lo hizo de ella para siempre. A Él. A Lucifer, el ángel que fue exiliado por conocer el nombre de Dios.
Ph: Vadim Sein

11/3/13

Ni aunque te mate


Siempre te creiste la niña bonita. Ya de piba te gustaba que te miraran y andabas loca por los pibes más grandes, a los que provocabas dejándote crecer el pelo hasta la cola para echárselo en la cara cuando te vieran pasar. Ahí va la morocha, con su minifalda mítica. Trece años que parecían como quince. A los doce te encerraste en el baño frente al espejo que rompió tu papá cuando supo que tu mamá iba a dejarlo, y te probaste la ropa que ella nunca se llevó. Ajustaste todas sus polleras a la curva de tu cintura y las hiciste coser por la modista, que te cobró un ojo de la cara porque tenían que parecerse a los modelos de marca que venden en el centro. La plata se la robaste a tu papá y con gusto, que se joda por haberle pegado... Después te las pusiste para ir al colegio y empezaste a practicar el paso. Te matabas haciendo la gimnasia que sirve para sacar la cola, y como no tenías plata para las mancuernas, agarraste los libros de mate y comenzaste a entrenar en casa, viendo la tele boca abajo. El primer sueño crecía en proporción a tu cifosis.

Con el segundo meditaste que ibas a necesitar un dineral, entonces te pusiste a trabajar en el verano para comprarte unas lolas. No te importó que te explotaran por ser menor, vos tenías el sueño fijo de las lolas. Estabas dispuesta a trabajar todos los veranos con tal de conseguir tus tetas nuevas, ésas que cuando te ponés una musculosa quedan ligeramente juntitas -pero no del todo, las que se juntan mucho es porque caen, y si caen no son perfectas-; y dan acceso a otro tipo de vida, son un pasaporte al futuro. Unas tetas como ésas vienen con un pan bajo el brazo y un pelotudo con un auto importado. Pero los pelotudos duran poco, así que mejor pensar en la independencia que pueden dar unas tetas como ésas, que abren puertas, pagan birras, entran en barrios privados, compran viajes, sobornan patovicas… ganan castings. Las tetas le dieron un sentido a tu vida cuando no había nada más en que pensar. Eran más lindas que el espejo roto que tu papá nunca va a cambiar e iban a comprarte un baño como esos que se ven en Gran Hermano, y que nadie tiene en la vida real. Bueno, nadie que no tenga unas lolas nuevas, como vos.

La niña bonita. Un fideo, decían en casa, riendo, y vos te enderezabas y te ponías brava: cuando sea grande voy a ser vedette. Hiciste de cuenta que nunca hubo nariz de morrón, mentón demasiado largo y ojos demasiado chicos. Te compraste una buena pinza y suavizaste la curva violenta de tus cejas, hasta dejarlas como un hilito. Estabas tan convencida de que eras linda, linda desde siempre, linda para siempre, linda desde que te miraste por primera vez al espejo y te sonreíste y te adoraste y miraste a tu papá como diciéndole: ¿viste que linda que soy?, y él se quedó ahí parado con cara de mayordomo, adorándote y aborreciéndote al mismo tiempo… que acabaste convirtiendo tu extraña belleza en un arma de seducción. Había que ver los aires que te dabas delante de los pibes, y también con las pibas, porque te querías tan ferozmente que a nadie se le hubiera ocurrido la idea de que fueras fea… ¡si sabías contonearte desde que ibas al jardín!

Tu primera víctima fue una nena a la que le quitarle la hamaca de un empujón, y la segunda un párvulo incauto al que engatusaste para que te hamaque. Después de eso en tu casa se dieron cuenta de que la nena siempre hace lo que quiere, entonces te dejaban hacer, divertidos y abrumados. Acorralabas a tu papá para que te comprara cualquier cosa, en caso contrario te ponías a chillar dando patadas contra la guantera. Porque la nena es divina, no se le puede decir que no… la nena sabe muy lo que quiere. La nena es linda, qué linda que es la nena. En la escuela pasaba lo mismo, pero en segundo grado se te complicó -la maestra era una monja- y optaste por andar todo el día pisándole los talones con cara de cordera degollada, caminando en puntas de pie y las manitas delante del pecho, como un conejo. La monja acabó cediendo a tus extorsiones, agobiada, quizá, por la inconfesable repugnancia que le provocaste desde el principo por tu tendencia innata a la alcahuetería y la seducción. Viendo que funcionaba, seguiste.

Cuando te vino la menarca te pasaste al segundo piso, con "las grandes". Fue automático. Querías que te contaran los secretos, que te llevaran a comprarte bombachas de mujer, que te filtraran de contrabando en los boliches después de la previa. Les copiaste los gestos y el habla, y te aprendiste todo tan rápido que no dudaron en aceptarte entre ellas como un animalito amaestrado que las divertía y admiraba. Como una muñequita fea que promete ser linda si la arreglan, un juguete vanidoso. En cuestión de semanas tu aspecto se transformó. Te soltaste el pelo (que sólo recogías en la entrada del colegio, la media cola descuidada que exuda el aroma frutal del champú), te pusiste una mechas rojizas en la base de la nuca, te pintaste las pestañas y te tiraste semanas ensayando la mirada del bombón asesino frente al espejo del placard. Después te sacaste a la calle con el pelo nuevo y la nueva mirada y viendo que funcionaba con los pibes, y también con los viejos, te subiste al carro de las lolas nuevas. Ochenta es poco, te dijeron las chicas, y un fideo sin tetas como que no garpa… ¡hacéte unas! Así que te largaste. Dejaste de comer carne, si total… ¡para qué!, y tallarines porque engordan, y el chicle porque arruina los dientes y es de pendejos. Si una sueña con ser famosa tiene que cuidarse la dentadura. Por instinto sabías que tener buenos dientes y ser un fideo te iba a rendir. O quizá no haya sido por instinto, no… sino porque lo venías viendo en la tele desde que se fue tu mamá: me pongo un poco atrás, otro poco arriba y yastá, pensabas la noche en que él le pegó, haciendo pedazos el espejo del baño.

Y te agarraste a ese pensamiento con toda tu alma.

A los quince años te subiste al coche de uno de veintiseis que te llevó a brillar por Puerto Madero a cambio de tu virginidad. Igual lo hubieras hecho por nada: la idea era ahorrar tiempo, algo que no sabiendo por qué, vos ya sabías. También es probable que lo supieras desde antes de saber, y sólo después de haber averiguado que una piba fea puede ser linda a toda costa. Era lo único que siempre te importó: el sueño grandioso de abandonar la casa de Lugano y tener tu baño fashion, tu depto, tu cochecito paquete y tu lugar de vedette en la vidriera de los súper-héroes berreta de la televisión. Años sentada en un pupitre mordiendo la punta de una birome o tonteando con el último de la fila, lograste recibirte sin haber abierto un libro, porque siempre que te ponían una ecuación en la pizarra te dedicabas a calcular cuánto te faltaba para llegar a pagarte las lolas. Fue cuestión de suerte que te perdonaran las amonestaciones, los machetes y las bodas de mentira con el peor de la clase. Ahí tuvo que intervenir papá, que con tal de evitar tu expulsión pudo haber pagado o suplicado, vaya a saber… Magalí es buena piba, no lo tenga en cuenta; lo cual no evitó que al llegar a tu casa te arrinconara contra el aparador de la cocina, y en presencia de tus tres hermanos, te diera la biaba. Venía bien saber que no sólo te habías recibido, sino que ya era hora de encontrar a alguien que te hiciera el aguante.

El último pucho para comprarte las lolas te lo pagó tu mamá, que siempre se sintió culpable por haberte dejado a vos y a tus hermanos al cuidado de ese animal de Luis. Disfrutalas, te dijo toda emocionada cuando salías de la clínica, e iba a añadir: cuidalas, pero debe haberle parecido un poco idiota y al final se calló. Te quedaste un tiempo con ella hasta que hubo problemas con el novio y hubo que mover.

Los siguientes dos años fueron raros. Trabajaste de go-gó, lo intentaste como modelo -sin éxito-, te hiciste el bótox en los labios, te anotaste en Gran Hermano -sin éxito también-, sobornaste a un tipo casado para que te pagara la cirugía de nariz y dormiste en el depto de la novia del barman. Te agrandaste las lolas, dormiste con el barman, te subiste a un comercial como extra, te bajaste en Parque Centenario, y mientras vendías relojes truchos en una Mitsubishi prestada, sorprendiste a tu mejor amiga teniendo sexo con un amigo del novio. Por si le quedaba alguna duda de que no fueras a contárselo, te instalaste cómodamente en su casa de Belgrano R sin pagar alquiler. Para agilizar, te colaste en un backstage antes de que la banda se metiera en el camarín, y lograste salir en una foto abrazada a un rockero borracho con el que no pasó nada. Trabajaste en una peluquería concheta donde te echaron al toque cuando se supo que no sabías ni agarrar el secador. Después probaste como cajera en un shopping, pero de ahí te fuiste sola, porque pretendías un puesto de encargada. Querías ser modelo, vedette, estrella, diva, potentada. Entonces engatusaste al hijo de un cómico famoso que te consiguió un puesto administrativo en el canal. La noche porteña es vertiginosa y vos estabas en pleno procedimiento. Morocha, respingada… mal, pechugona y a punto, con veinte años ibas en camino de no ser reconocida ni por tu propia madre, de tanto que ibas cambiando. No hubo puerta que no supieras empujar ni hombre que no pudieras embaucar, la cuestión era llegar al pináculo. Habías ensayado la pose cientos de veces hasta sacarte una cifosis que nunca te hizo doler. Lo que tienen las lolas es que armonizan la deformación.

Esperabas el momento justo para dar el salto... pacientemente desesperada, hacia la fama. Se te veía ir por la calle crispada, actuando el papel. Entre lo que ganabas y lo que conseguías sacarle al hijo del cómico, que viajaba seguido a Miami y te regaló unos taconazos de treinta dólares que una yanqui no se pondría ni aunque la drogaran con cloroformo, te armaste el ajuar acorde a la caricatura vernácula del minón infernal. Hasta que por fin te llegó. Por fin te llegó la hora… tu hora, la entrada triunfal en el templo de la iniciación.

Esa noche el conductor presentaba a un famoso streaper de la noche porteña y en el canal buscaban chicas… chicas lindas, jóvenes, chicas que supieran llevar un tanga. Los productores convocaron a un casting y siguieron buscando dentro del canal, a ver quién se prende. Y vos saltaste como un resorte: ¡YO!, pero mirá que no pagan… y vos: ¡YO! Se te rieron con desprecio, pero igual te presentaste en el vestuario con las otras, que esperaron durante horas delante de una puerta cerrada, atropellándose a codazos en un silencio hostil, dándose tarascones de caniche.

Te cambiaste la ropa en el baño de la adminstración, porque los camarines estaban todos ocupados; nunca sabrías dónde lo harían las demás: las chicas de repuesto no tienen camarín, la ajenidad de un cuerpo bonito exactamente igual a otro carece de espacio reservado. Igual no te importó, porque ibas a salir en la tele… ¡el sueño de tu vida!, ibas a ser vista por millones. El pelado baboso: bueno, bombones, dijo que había que bailar con el streaper en la piscina, calentarlo, entretener a la gente, así es la televisión; ojo con las cámaras: a ver quién consigue que le dén el primer plano. Re-onda, el pelado. Los cámaras son auténticos caracoles comedores de cebo. Cuando salieron al aire fue más o menos igual que estar delante del vestuario pegando tarascones, sólo que mucho peor, porque había que derribar con elegancia, pisotear sin que se note, aniquilar a la competencia sin vergüenza pero con gracia. Tu único objetivo fue llegar al streaper y alcanzar la tierra prometida del plano central. Utilizaste tu experiencia de go-gó para bailarle de espaldas a la cámara, pero se te interpusieron dos chiruzas -gatos de mierda- y tuviste que usar la artillería pesada. Metiste una gamba por delante, luego otra y después las lolas, con lo cual quedaron fuera de combate. Al fin y al cabo no hacías más que repetir el empujón de la chica en el jardín. Llamó la atención que después de eso recorrieras la cancha como un crack. La atención de un cámara, por lo menos. Y la de tu papá, que esa noche se había puesto a ver el clásico y mientras hacía zapping esperando que acabara el entretiempo, dio con el programa de las minas en pelotas y al verte se le cayó la mandíbula y le pegó un puñetazo a la mesa, derramando el vaso de Toro Viejo.

Pero vos estabas totalmente en otra, nunca llegarías a enterarte. El streaper ni siquiera te calentaba, en realidad te calentabas con vos misma. Es decir, con vos misma chupando cámara por primera vez. O sea con vos misma haciendo una felación de mentira delante de una cámara. Si total… ¿cuál es?

Pensabas que al día siguiente todo el país iba a hablar de vos, y en efecto, se habló. ¿Quién era la morocha con cara de turca que se robó la cámara por quince minutos en el programa de las minas en pelotas? Alguien que te echó el ojo dijo que tu cara trasponía el velo de la televisión. Te definió como una fea excepcionalmente hermosa, el proyecto embrionario de una vedette en estado natural. Aunque tu acción chabacana no fuera nada del otro mundo -ya estaban habituados- decidieron tomarte de mascota transitoria por causa del raiting. Tu primer batacazo. Iban a dejarte aparecer como elemento decorativo en la primera fila de la tribuna el viernes por la noche, después de la Copa Libertadores. Cuando te lo comunicaron comenzaste a temblar de un modo preocupante y en la oficina te dieron franco el resto del día. Mientras viajabas en el 72, lo primero que pensaste fue que los zapatos de Miami ya no iban a servirte, ¡a la mierda con esos tamangos!, y te sentiste miserable por viajar colgada en un bondi… ¡con semejante futuro por delante!

Horas después entrabas en lo de Ricky Sarcani haciéndote la superada, toqueteándolo todo con aires de estrella hastiada de la fama. Algo que atrajo la atención de las vendedoras, que te relojearon de arriba abajo para ver si merecías ser atendida o fingir que no te habían visto. Optaron por lo segundo. Entonces te pusiste unos zuecos altos como zancos y empezaste a dar vueltas por el local recogiendo audiencia masculina, al otro lado de la vidriera, en la calle. Hubieras roto el local a zuecazos con tal de que te atendieran, esas caretonas. Te cayó a la orden la encargada, una rubia veterana de edad indefinida, cautelosa, educadísima. De un solo vistazo le sacó la ficha a tu ropa y de ahí a tu origen proletario. Obviamente, te tomó por una tilinga. Bien formada, eso así. Una de esas atorrantitas que se gastan el sueldo un un par de zapatos con tal de conseguir la primera fila en la tribuna, llevando una remera de pedrería barata y el shorcito, hasta que la agarra una vestuarista y le pone un Ibáñez que nunca sabrá llevar. Porque acá, la que nace medio pelo, muere medio pelo. Te lo dijo todo con una mirada antártica mientras te sonreía como una nodriza: esto es Argentina, chiquita…

Basureada y sospechada, atendida con desprecio, bardeada y revisada tu tarjeta como si vinieras del Congo, vos te compraste tus Sarcani y saliste de ahí pisando fuerte y pegando con la puerta en el dintel. Fue tu entrada triunfal en el bárbaro mundo de los cuerpos ornamentales. Lo cual te insufló la energía de una transfusión, y fue también tu verdadero primer paso lejos de Lugano. Lejos del barrio patoteril de las carnicerías malolientes, los frentes sin revocar, las calles abolladas, el requiebro grosero del vecino grasún y las ojotas con tapones que estropean la planta del pie. ¡Con qué placer diste el salto! Ya eras otra. Ya eras ella, la que vino al mundo para brillar, es decir: vos. Y aunque el subidón no haya sido instantáneo, sino angustioso y por momentos denigrante, un campeonato absurdo entre la carne y el metacrilato de relleno, entre la anorexia en ciernes, las fiestorras en el canal oficiando de cortejo decorativo a las gansadas de un productor novato, y las curdas en boliches caretones que te dejaban al límite de la extenuación; vos aguantaste. A veces te despertabas temblando y agitada, como en estado de alerta -¿volvías del sueño o de una riña de gallos?-, pero seguías aguantando. Cuando te avisaron que podías reemplazar a una bailarina en el show, creíste tocar el cielo con las lolas. Salías atrás y a la izquierda, tapada por la de adelante, una yegua que le hacía ojitos al conductor… ¡yegua envidiosa!; pero tuviste la perseverancia de una estrella y poco a poco fuiste abriendo nuevos frentes. Un bolo por aquí, otro por allá… te prendías en todo lo que te ofrecían, y en lo que no, también. Tu cara empezaba a sonar. Unos te veían un aire a Susana Romero, otros a cierta vedetonga que trabajó con la Casán y después desapareció… y otros simplemente a nadie. Por lo que fuera, lograbas imponerte haciendo lo que hubiera que hacer, aunque no quisieras ni hacerlo. La cuestión era trasponer la línea del coro, el infranqueable muro de la comparsa. Llegar al mic, llegar sea como sea.

Al notar tu empeño te propusieron trabajar como secretaria en el show, y dijiste que sí. Pero eso también era poco y el cielo te empezó a quedar chico, vos no habías nacido para pasarte la vida llevando botellitas de agua mineral a los invitados… ¡a ver! Entonces el dedo de Dios se elevó para señalarte entre el montón, y fue el dedo del rufián que se lleva casi todas las tapas y es tema de conversación en la sobremesa del domingo. Uno de los tipos más abominables del circo, claramente una máscara, aunque brillante a la hora de fichar, que te persiguió detrás de camara para invitarte a la fiesta que daba en su quinta de San Isidro. Había visto a la celebrity dentro de la secretaria y te encaró en un pasillo: producite bien que te mando un auto después de las doce. Exactamente igual que en el cuento. Cenicienta en el bosque de Caperucita. No te importó que fuera un depravado -el lobo-, esa gente es too much, está beyond it all. Manejaste la situación con la conveniente dejadez de una femme-fatale, pero cuando te dio la espalda casi que te meás. Y vos tan ilusionada, pensando que él estaría esperándote sentado en una reposera de lujo… ¡qué idiota!, te pusiste tu mejor lencería y te hiciste toda la película, pero al llegar a la quinta el tipo ni apareció. El asunto quedaba reducido a la típica fiestorra atestada de idiotas hablando de sus perros, con los cuatro babosos y los tres maricones de siempre saltando a la pileta. Un chalezaso lleno de habitaciones, lujoso, revuelto, abrumador. Te agarraron infraganti en la sala del segundo piso, fantaseando delante de una corona de plumas monumental. Casualmente, el que te tocó era dueño de un teatro, un viejo rejuvenecido por el bótox. Esas plumas las había usado Ámbar La Fox en el Maipo en el 73: Ponetelá. Pesaba como un yunque, pero cuando él te la puso, resististe. Te enderezaste. Caminaste con ella dentro del paraíso. Pisá fuerte y salí a matar, mi amor… ¡COMETE EL MUNDO!

Entremedias te vincularon con el rufián y otros tres más. Era hora de aprender a desmentir, todo un arte. La prensa carroñera es así. Aunque fueras carne fresca, querían ver si eras capaz de sobrevivir. Pensá, mamita, pensá. La fauna especializada salió a ofrecerte consejo en la atmósfera vaporosa de algún camarín: si querías ser una vedette, inútil contraer el rol de conejita play-boy. Mejor asumir el supuesto escándalo y después que saliera otro a desmentirlo; acá todo vale, es un juego, nadie va a enojarse de verdad. En el circo todos mienten para que en casa se entretengan sabiendo que les mienten, así que vos: fumá. Pero no lo manejaste bien y el rufían se enojó. Le entró la vena misógina de su parte homo que ha nacido sin tetas, y a la postre, la del macho irremediablemente argentino, calificándote como una tilinga de cuarta y rata de albañal (expresión que había aprendido de su madre asturiana), mersa sin clase, sin talento y, por supuesto, trepadora. Lo de siempre. Se inventó que te habías colado en su casa el día de la fiesta para robarle la corona de Ámbar La Fox, lo cual fue desmentido categóricamente por el dueño del teatro. Sin comerla ni beberla, saltó a escena un zángano inseminador de tres famosas vedetongas -que llevaba años en la vidriera sólo por su función inseminatoria-, diciendo que él estaba en la fiesta y te había visto subiendo al coche ¿de tu novio? con la corona. Como el zángano era un chanta que atraía tanto a la audiencia femenina (por buen mozo) como a la masculina (por las minas que tuvo), la prensa le creyó a él. O mejor dicho, hizo como que le creía por órdenes recibidas desde un hotel de lujo en Maldivas.

La causa de la corona mitológica dio la vuelta al mundo, según algún exagerado de los que nunca faltan, y medio país se mataba de la risa, no teniendo así que llorar por causas verdaderamente trágicas. Durante meses se hicieron chistes sobre la corona descomunal que se robó la morocha, y en las carnicerías de Lugano se hablaba de la hija de don Luis. Los más viejos evocaron la belleza incomparable de Ámbar La Fox asisitidos por sus gordas esposas, que recordaron haber sido igualitas a ella cuando tenían veinticinco años. Al otro lado del mundo corriente se disparó tu nombre a los cuatro vientos: Magalí Farnos, la chica de la corona. Entonces te armaste de un manager. Edgardo te habló de índices, raitings, contratos futuros... Plata. Prensa, fotos, tapas de revista. Es decir: plata. Estaba recontra entusiasmado con vos. Sugirió que tomaras clases de comedia musical. Clases de actuación, canto, baile… Rápido, rápido. En un santiamén, de Magalí pasaste a ser Maga, aunque los hombres importantes que se ponían en contacto con él para consultar tu tarifa preguntaban por la Maga, Magalita o Maguita. Al principio rehusaste, pero viendo que eran gente interesante, limpia, rica, al final terminaste agarrando. Necesitabas plata para costearte las clases, la ropa y el depto que alquilaste en Palermo. La suerte quiso que te echara el ojo una vieja gloria de la revista, todavía en el ruedo, y enemiga acérrima del rufián. De ella llegarías a decir: me enseñó todo lo que sé.

Un bolazo, porque ya lo sabías desde antes de nacer.

Te jugaron, y ganó la gloria. Ella te adoptó y te vistió. Te enseñó a hablar y a mentir mejor de lo que siempre habías mentido; a encarar el mundo como una reina, una perra o una laburanta del show. Instrucciones de lo más jugosas que te bebiste con ahínco. Tenías que dejar a entrever, también, tu parte de pendeja vulnerable -soy muy familiera, en mi casa somos re-unidos-, ese toquecito pacato que hace las delicias de grandes y chicos. Moverlo todo en beneficio de una carrera meteórica donde la única emoción permitida fuera la alegría banal de los cuerpos. Sobrevivir a un tipo de exposición que llega a ser tan divertida como aborrecible, dejando que el sentimiento de humillación sea ignorado, y por puro instinto de conservación, más bien extirpado. Porque la que se siente humillada, no sobrevive: la chica del año se ríe de su propio escarnio. Superada la prueba, ibas adquiriendo experiencia en el arte de provocar escándalos de cosecha propia, y siempre que fuera necesario, te colabas en los ajenos, formulando opiniones cuyo único fundamento era conseguir otros cinco minutos de cámara. Hasta que un día conseguiste tu primer cartel.

Mardel te cayó encima como un tsunami de proporciones tailandesas. Era tu primera temporada, la victoria absoluta sobre el anonimato. En el cortejo de las ocho infartantes, cuatro a la derecha y cuatro a la izquierda, vos salías cuarta a la derecha de la vieja gloria. Ya se vio desde el principio que el público iba a quererte, porque al entrar te aplaudían a rabiar. Lo cual encendió tu fuego. Durante las cenas que tu mentora daba en su chalet, solía hablar de las chicas que habían quedado fuera de juego. Las recordaba por el color del pelo o por las lolas, jamás por su nombre. La rubia, la tana, la negra… la que se enamoró y dejó para siempre el ambiente. Ninguna merecía el beneficio de un recuerdo que no fuera impersonal. Para mantenerse había que trabajar mucho y no hacer preguntas incómodas. Saber ser comedida o zarpada según correspondiera. Estar siempre atenta, como vos, que siendo tan buena alumna te diste a fondo y a veces no tenías tiempo ni para comer. Salías del hotel con un tomatito o un yogurcito, y si antes te despertabas en estado de alerta, ahora no sólo dormías tres o cuatro horas, sino que a veces era tal tu cansancio que no lograbas dormir. Sin embargo fue una temporada magnífica que te dejó al límite de una felicidad que nunca habías conocido. Y en cierta forma, turbadora: era como si te ahogaras lentamente dentro de un ascensor, mientras el resto de tu cuerpo saltaba de euforia. Así que seguiste. Después de la cena, terminabas la noche cantando con el elenco o haciendo un streap para ellos en la sala vip del restorán. Borrachita. Colgadita. El famoso subidón. Te encantaba hacerte perseguir por algún incalificable movilero de la prensa caza-chismes, y cuando lograba darte alcance te le enganchabas declarándole tu adoración: qué rica, Magalí; saludando efusivamente a los que estaban en el estudio, sea para hincarte el diente, sea para arriesgar a tu favor: grossa, Magalí Farnos, ojo que promete…

El día en que te dio el dolor de pecho te estabas viendo en la plana del concesionario mientras tu manager te explicaba las características del coche. Chiquito, importado y rojo, un chiche. Después caíste en un agujero negrísimo en el que no viste más nada. Muy a lo lejos creías oir los gritos de Edgardo pidiendo una ambulancia, una ambulancia… ¿o era tu papá pidiendo auxilio por teléfono cuando se le fue la mano con mamá? No estabas segura. El dolor en el pecho seguía creciendo, pesaba como una losa que te impedía respirar. Movieron tu cuerpo y el silencio fue absoluto, la zambullida en un sueño liviano y profundo del que despertabas de a ratos, con la losa invisible aplastándote las costillas. Respirá, Maga, respirá. Lágrimas, rimmel, vapor de agua… todo se mezcló bajo la máscara de oxígeno con un regusto repugnante a cosmético y saliva fermentada. No puede ser, esta noche tengo función. Ya llegamos, Maga… ¡aguantá, Maga! No puedo… no puedo faltar, tengo función. Esa noche la tuviste que pasar en un hospital rodeada de tubos y agujas y un monitor que te medía la frecuencia cardíaca. Más anestesiada que dolorida y más asustada que anestesiada, preguntaste y te sonrieron. Luego volviste a preguntar, pero estabas tan cansada que volviste a caer en el sueño negrísimo de las primeras horas. Amaneciste en una habitación enchufada al monitor, viendo la silueta grandulona de tu manager que caminaba de punta a punta, hablando por el Blackberry: Parece que es congénito, no creo que pueda trabajar, por ahora.

Fue como si te hubieran arrebatado la vida de un manotazo. La losa no te hubiera dolido más. ¿Cómo que congénito? Imposible… ¡si eras un toro! ¿Cómo te ibas a enfermar justo ahora? ¡Hay que ser muy tarada para enfermarse en plena temporada! ¡Hay que tener una suerte de mierda para enfermarse en pleno cartel! No podías darte ese lujo, tenías una agenda llena, dos tapas, un comercial, los ensayos… ¡las clases!, ah… y la cita con el cirujano para hacerte la cola. Plata pagada de antemano y varios proyectos en Capital. Antes que quedarte tirada en esa cama al lado de una ventana y enganchada a unos cables, hubieras preferido romperte. Romperme, prefiero romperme en pedazos antes que largar... ¡prefiero romperme! ¿Por qué tenía que pasarte justo a vos, con toda la belleza, toda la juventud, toda la gracia y la procacidad, el amor y el desdén, el entusiasmo y el cansancio, la voracidad y la inapetencia y todo lo que se necesita para comerse el mundo? ¡El mundo! O sea, la Argentina. Vos, divina y brillante. Dios no hace esas cosas, el diablo sí: traéme una virgencita de Luján para que le rece. Tenías que estar lista el viernes por la noche para la despedida de la revista, sino te iba a reemplazar la atorranta ésa de Celeste y la prensa, ya sabemos. Después ibas a tomarte quince días en la quinta de un amigo, dejar de fumar, de chupar… ibas a dejar la merca, todo. Se lo prometiste a Edgardo.

Maga… ahora estás fuera de peligro, pero lo tuyo es delicado y te vas a tener que cuidar.

Él te habló dulcemente, cosa rara. Inútil fue que te dijera que estabas demasiado cansada como para seguir trabajando, vos ni siquiera lo escuchaste, seguías empecinada en levantarte para ir a la función, llamáme a Gloria, decías, pánico de que te sacaran el papel… ¡y todo por culpa de una lipotimia!, archivando inmediatamente la idea de algo grave en un anaquel de tu memoria que no volviera a abrirse. Él se quedó ahí parado con cara de mayordomo, adorándote y aborreciéndote al mismo tiempo, que era lo que hacían todos, igual que tu papá. Todos, excepto vos, que te adoraste desde que te miraste por primera vez al espejo y te sonreíste y dejó de importarte para siempre lo demás. Nada que no fuera aplastar como una losa todo lo que se te pusiera por delante y te impidiera llegar justo donde estabas, aunque eso que lo impedía fueras vos misma. Llegar hasta el fondo de esa vida, la tuya. A esa vida que no se te ocurriría dejar ni aunque te mate.


El sueño de los machos es inversamente proporcional a la naturaleza, donde el óvulo siempre es uno y los espermatozoides, multitud... Sin embargo, algunas mujeres son capaces de dejarse el pellejo con tal de cumplirles el sueño de la conejita a pedido.
-Susu Madrigal

14/2/13

Volver

El tango

Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor, cantaba Gardel. El error del santo ha sido afirmar que volvía con la frente marchita. El verso acabaría imponiéndose a varias generaciones de argentinos como paradigma de la experiencia migracional. El tango hereda la morriña, el dolor de la partida forzosa, no la aventura. En él, volver viene a ser tan doloroso como marcharse. El tango evoca la experiencia del viaje como herida, no como hazaña. A nadie se le ocurriría negar la legitimidad de esa herida -que hace de Volver un testimonio con emblema-, y aunque en ninguna parte se mencione que esa herida pueda convertirse en aventura de conocimiento, tal posibilidad quedará rubricada en un verso que parece apuntar a la noche oscura del alma: tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenen mi soñar.

Siempre me fascinará el poder que tienen las palabras. No hay presagio alguno en el verso del tango, tan solo la experiencia única e intransferible del protagonista, que es lanzada al pueblo y cuyo imaginario la asimila como predestinación y la convierte en mito.
Matizando la enmienda que se menciona más abajo, la inmigración puede ser un camino de doble rasero para cuyo entendimiento haría falta comprobar su naturaleza ilusoria, recorriendo las distancias entre mundos. Es ahí donde se diluyen los mitos y se descubre la sinergia entre orillas, algo a lo que en Volver, insisto, no se hace mención.
Ahora que estoy de vuelta, no puedo decir que haya salido de España con la frente marchita, porque no sería verdad. Se volvía así en la era del tango, cuando los viajes entre mundos demoraban de 30 a 40 días, casi siempre en tercera clase y agarrados -aquí jugamos con el mito- a un barril o a un baúl con dos mudas, un traje barato y algún chacinado para consumir a bordo. Ahora la comunicación con la otra orilla es instantánea, el viaje demora 12 horas y el baúl se envía por encomienda. No obstante, la visión que se tiene en España de la inmigración sigue siendo la del mito. No me cansaré de repetir que un pueblo que no ha sabido integrar en sí mismo la experiencia migracional no puede integrar a sus propios inmigrantes.

Como me dijo alguien hace tiempo: la historieta que nos contaron los europeos es más grande que una catedral, una mentira infame. ¿Esto quiere decir que nuestros padres y abuelos eran unos mentirosos?¿O sería, más bien, que su percepción se encontraba -como la mía hoy- filtrada por la emoción, y no es que nos mintieran, sino que su discurso no hacía más que reflejarla transfigurada por la distancia? Nunca hubo mentira, lo que hubo fue nostalgia, y esa exótica variante de la esperanza -esperanza paria, que diría un criollo- que sólo puede conocer el inmigrante, y que reside en la certeza forzosa de que pase lo que pase, siempre habrá un puerto al otro lado, un puerto que le devuelva al viajero el sentimiento de pertenencia ausente en tierra extranjera. Sólo habiendo descubierto que el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar, sólo habiéndolo visto todo dentro y fuera de sí, el protagonista de nuestro tango puede volver tranquilo.

El tango es triste, dicen en España. También se dice en Argentina, claro, para qué negar lo evidente. Pero ir más allá del simple formato de fábrica exige la complicidad con el protagonista, la zambullida metafísica que, como toda pieza artística, supera al código que la engendra: ¿cómo explicar la experiencia migracional tan sólo con palabras? A mí no me bastaría una novela para plasmar mis 13 años en Europa. Puedo, a duras penas, intentar alcanzar en dos versos mal escritos el flash de una noche viendo el mar desde la torre Ametller, que besa el Mediterráneo; y aún así, no hay mañana en que me despierte sin preguntarme si todo eso no fue más que un sueño.

Mi experiencia migracional ha sido realmente extraña. Empezó en Madrid, boca arriba, viendo el techo horriblemente amarillo de una habitación de hotel con olor a humedad, y terminó en un piso blanco y lila frente a la Pedriza. Nada del otro mundo, si no fuera porque esa primera noche en el hotel de Atocha todo mi ser confluyó en un punto, cuánticamente hablando, y surgió una evidencia aterradora: me quiero volver pero no puedo. Fue instantáneo: la supremacía del significante se me quedó grabada como un sello. Hoy me pregunto si mi permanencia allí no fue más que una ciega obediencia a ese poder del significante y no otra cosa. De ser así, la estupidez de los mandatos no tiene parangón. Se le acercan, en calidad, los mensajes subliminales que nos inculcan en la escuela -sobre la madrepatria y otras mentiras-, las postales de los viejos que llegan en forma de acordeón desde un lejano Mediterráneo, y la película esperpéntica de una familia supuestamente más rica que la de uno.

El mangrullo

La Madrepatria es un mito creído y absorbido -mamado- por mucha gente segura de que Latinoamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es si no fuera por la Conquista. Y la verdad es que Latinoamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es si no fuera por la llamada Conquista, rapiñaje hoy día admitido tanto por españoles como por criollos, excepto por aquellos a quienes una suerte de culpa a largo plazo les impide admitir abiertamente la deuda histórica que España tiene con nuestro continente. Yo no lo supe hasta que comencé a vivir allí. Será que estando fuera se fortifican las identidades, te amangruyás.

En Argentina un mangrullo es una atalaya, un sitio desde el cual se controla la llegada de extraños. Lo primero que se percibe al bajar del avión en Barajas son dos cosas:

1) la gente habla demasiado alto;

2) la gente vive amangrullada.

Pasado un tiempo en un país donde, entre otras cosas, han tenido una dictadura que duró dos generaciones, el amangrullamiento se vuelve inevitable. Homo habitus. Simpática la gente -algunos- pero amangrullada.

Un detalle que noté a la semana de llegar fue que en España se está “de fiesta” muy a menudo-hay vírgenes y santos a diestra y siniestra, nunca había visto algo igual-, lo que trae en consecuencia que haya gran cantidad de feriados durante el año, y mucha vacación. Pasado el tiempo descubrís que esos feriados son disfrutables únicamente por la clase privilegiada de las transnacionales y los funcionarios; que el resto es carne de cañón. Pasado un tiempo mayor y ya superada la obnubilación de la primera temporada, comprendés que para que haya gente aquí disfrutando de unos privilegios -ropa, comida, salud, transporte y servicios- tiene que haber gente en alguna otra parte pagándolos. La ecuación, con trampa, es sencilla: yo te doy el dulce y vos ni te enterás de dónde viene, ¿a quién le va a importar de dónde venga siendo el dulce tan dulce?

Lo que tiene el dulce es que te apalancás, te apoltronás y te achanchás de tal forma que con el tiempo la conexión natural entre humanos es sustituida por la conexión a cables (o inalámbrica). Se produce entonces la distorsión primero moral y luego perceptual, de ver tus relaciones personales reemplazadas por tarjetas de crédito, promociones, servicios, préstamos, bienes de consumo, tecnología punta, etc. La anomalía se sistematiza. La tergiversación del discurso se convierte en un error ajeno, la apatía pasa a ser una tendencia -trend-, la paranoia se normaliza bajo una leyes de protección de datos, y el egoísmo más garrafal será respaldado por las instituciones sin que nadie se atreva a cuestionarlo, so pena de ser tachado, mediante sofismas bien difíciles de desmantelar, de comunista, conservador o enfermo mental (todo depende de quién esté al gobierno).
Lo que al principio se percibe como difuso pero atractivo, fácil aunque inalcanzable - sin entrar en sutilezas, como ensalada sociológica de ardua definición- pasa a ser asimilado por las buenas con el tiempo. Lo dicho, que a nadie le amarga un dulce. Y te amangruyás. 

Cada cual en su parcelita privada: bienvenido a la república independiente de tu casa, el slogan de IKEA -la gran multinacional de muebles fabricados con mano de obra infantil en países de Oriente- acabará rubricando la venta de la morada a cambio del ensueño. Lo que parecía ser una realidad exclusiva de España y del resto de los llamados “países desarrollados”, no era más que un campo de pruebas. Cuando los europeos descubran que han sido ellos mismos quienes pusieron a sus gobernantes en el podio, será ya demasiado tarde y la Unión -que nunca lo fue, porque no puede haber unión de ninguna naturaleza cuando se come y se vive a costa del esfuerzo de otros- se habrá venido abajo. En España, especialmente, donde la ideología está meridianamente polarizada en izquierdas y derechas -el plural sugiere el automatismo de la generalidad-, los períodos electorales consisten en ir boyando de un extremo aparente al otro, según quién la haya cagado mejor durante su gestión( básicamente igual que en Argentina, su segunda hija mayor después de México). A la hora de votar, el pueblo se limitará a castigar más que a elegir. Otro tentáculo de la ortodoxia genética que se respira en tierra de Borbones, sea entre los llamados “ateos”, sea entre los más fervientes católicos de mantilla y chaqueta negra.
He aquí el epítome del amangruyamiento ideológico que redefine desde la institución “democrática” a los dos clanes primigenios, y al enfrentamiento entre familias que diera origen a una guerra fratricida conocida universalmente como civil.


 Simpapeles

Como ya he dicho antes, el español medio no tiene integrada su comprensión del migrante. Ella está limitada por la experiencia de varias generaciones migradas por causa de la guerra, el hambre y las revoluciones. Luego hay un detalle que se le escapa tanto al español medio como a sus instituciones -cada pueblo tiene las instituciones que se merece, o que se puede permitir-, y es el tema de la formación. A muchos les resulta incómodo recordar que el grado de formación del migrante español, en tiempos de la guerra, era de medio a bajo, cuando no rayano con el analfabetismo. Espinoso asunto que no suele mencionarse a la hora de hacer un análisis sociológico serio de la sinergia inmigracional entre países, y que no obstante resulta imprescindible a la hora de asimilar capital humano de calidad, y no mera mano de obra barata para ser explotada durante el período de bonanza como fuerza de trabajo.

Lamentablemente, la mirada del migrante pobre y sin cualificación ha sido recogida por las instituciones como una realidad aplicable al migrante de hoy, cuyo grado de formación suele hallarse al mismo nivel o por encima de la media nacional. Son datos estadísticos, no me los he inventado yo. Hasta hace poco el caso era diferente para los migrantes con formación en sanidad: el boom de la migración de médicos autóctonos acabó absorbiendo gran cantidad de personal extranjero, que en muchos casos ha conseguido hacerse un hueco en la sanidad pública y hoy goza de un puesto de trabajo fijo y -digan lo que digan- bien pagado, en un país donde el sueldo medio es de 600€, digan lo que digan también. El resto, salvo honrosas excepciones, lo tiene bastante más difícil, sobre todo últimamente, que no le homologan el título ni a los dentistas. Si hasta hace diez o quince años ya resultaba difícil obtener algún tipo de reconocimiento profesional, hoy mismo el caso resulta poco menos que de ciencia ficción.

Pero esto que describo es un mal menor, si se compara con la -según el caso- escasa o distorsionada difusión de la problemática migrante de los llamados ilegales, divulgada por la prensa española con ese tono proteccionista y siempre subestimatorio de los simpapeles que llegan a las costas de Canarias en sus pateras, y que son recogidos por Cruz Roja para luego ser abandonados a su suerte [bueno, en realidad esto era antes, hoy mismo los inmigrantes se han vuelto literalmente invisibles, ya no se habla del colectivo ni para repartir palos]. Esos pobres simpapeles son los que yo veía plantados en la interminable hilera del top manta por Paseu de Gracia, en Puerta del Sol, o en cualquier paseo turístico, con los ojos perdidos en la lontananza, todos idénticos en su anomía y su tristeza, tirando de un cordoncillo amarrado a las cuatro puntas de una sábana que les sirve de escaparate, así durante horas hasta que lleguen la policía y tirando del cordón para recogerlo todo haya que salir corriendo con la bolsa en volandas.

Aunque no se viva en carne propia, el escrutinio cuidadoso del sapiens africano mueve a una no menos esmerada reflexión sobre un cierto efecto dominó, porque si bien ellos son el último eslabón en la cadena alimentaria del blanco-caníbal, llegás a preguntarte en qué momento podría tocarte a vos, o a tu familia, un destino similar al de ellos. No hay nada que lo impida, cuando ves que las leyes inmigratorias cambian cada seis meses y nadie te lo informa, o acabás enterándote de incógnito y mal, en situaciones de enfermedad, mudanza o renovación, por funcionarios que apenas las conocen. Esto es grave. El juego es muy sucio, y merece ser denunciado, porque se juega con el estrés y la salud mental de las personas. Estoy convencida de que en estos momentos no hay en España, ni en ningún país europeo, papel o documento que pueda salvar al migrante de un destino ignominioso, de la anomía o el desamparo institucional.

Parece ser que un detalle a tomar a cuenta a la hora de definir una nación verdaderamente desarrollada es la manera en que interactúan los puntos del tejido social e institucional (siendo este último un reflejo del primero). No sé cómo será en otros países, pero en España el tejido está diseñado para que los puntos sueltos de ese tipo no se noten. Ahora que lo pienso podría hablar inclusive de un tejido paralelo, como una trama fantasma, ideal para disimular las arrugas y flaccideces de un sistema que en lo moral hace aguas por los cuatro costados. Tanto es así, que si no fuera por los autóctonos realmente conscientes y preocupados por este tipo de situaciones, gente comprometida a través de las ONG y formaciones similares, ciertos intelectuales y mucha asociación y fundación privada trabajando a pulmón para que las cosas relatadas más arriba no sucedan, o acaso, para aliviar sus consecuencias, España y el llamado primer mundo dejarían de merecer el derecho a ser consideradas comunidades humanas.

Siento ser tan específica, pero es lo que he visto y también es lo que -en parte- he vivido.
Por esto, entre otras cosas, dejó de interesarme Europa. Me interesó en su momento, cuando creía que quizá allí se impartiera mejor la justicia y que la llamada democracia podía ser algo más que un membrete. Pero viendo que hasta hace poco muchos votantes no acababan de meterse en la cabeza su responsabilidad en el constructo -tan empeñados estaban en echarle la culpa al gobierno, como si éste fuera de facto y ellos no hubieran tenido nada que ver en su elección-, y viendo tanta gente encaprichada en mantener sus parcelas intactas aunque afuera se les desangrara el vecino, lo siento pero decidí pasar. Mismo perro, distinto collar, la farsa está a años luz de la nuestra: es mucho más sutil, muy bien estructurada y mejor controlada, y por tanto rematadamente más perversa.

Además, ¿por qué iba a quedarme en un país donde otros decidían por mí las leyes que regirían mi destino? Hablo como ex inmigrante. Por suerte, ex.