10/12/13

Argentina 9 D

Qué puedo decir sobre lo que esta ocurriendo en Argentina. El tiempo no ha pasado. Todo sigue igual. Dos bandos se pelean entre sí sobre los cuerpos que ellos mismos van dejando. El gobierno nacional le echa la culpa al provincial y el provincial al nacional. Pero nadie se hace cargo. A cinco dias de la muerte de Nelson Mandela, uno de los pacifistas más grandiosos que ha dado el siglo XX, parece que nosotros todavia no nos hemos enterado de que existe un concepto y una posición ante la vida: la no-violencia. Venderle al pueblo la idea de que estamos asistiendo a una especie de epopeya histórica y libertaria, es vergonzante. Si seguimos así, acá no ganó nadie. Acá perdemos todos.

Hoy debería declararse luto nacional por la esperanza muerta de los vivos. Por el 9 D.


8/12/13

Reserva Forestal Atlántida, Mar Chiquita

Declarada patrimonio de la humanidad por esta servidora :), Atlántida es un lugar realmente bello, un jardín del Edén donde se juntan la pampa y el mar, a un kilómetro del oceáno Atlántico y a 19 de Mar del Plata. Hay proyectos para la construcción de viviendas autosustentables (de adobe), como la que se ve en foto. Yo pasé los ultimos dos veranos allí y por la tarde nos sentábamos a ver caer el sol, esperando la llegada del bodisatva desde el oeste. Las noches son indescriptibles. Como ven, el continente perdido existe.
Consejo para quienes anden buscando alquiler de verano: cuidado con ciertos propietarios. La zona tiene servicios básicos (agua y luz), pero no tiene gas natural. Por esta vez: déjense llevar por la pinta del propietario y fíjense bien cómo funcionan los baños. Luego, es bueno tener en cuenta que en febrero suele faltar el agua. Lo demás todo bien, paraíso recomendable.  














Reserva Forestal Atlántida, Mar Chiquita, Argentina

5/12/13

Ciudad sin sueño

El siguiente poema es de Federico García Lorca y pertenece a su libro Poeta en Nueva York, escrito entre 1929  y 1930, y publicado póstumamente en México (1940). Su locura vitalista, claramente influida por el surrealismo, fue musicalizada en 1996 por la banda granadina de rock-grunge Lagartija Nick y el genial cantaor Enrique Morente, en el disco Omega. 

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No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
Pero no hay olvido, ni sueño:carne viva. Los besos atan las bocas
en una maraña de venas recientes
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.
Un día
los caballos vivirán en las tabernas
y las hormigas furiosas
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.
Otro día
veremos la resurrección de las mariposas disecadas
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
donde espera la dentadura del oso,
donde espera la mano momificada del niño
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Pero si alguien cierra los ojos,
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
Haya un panorama de ojos abiertos
y amargas llagas encendidas.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
Ya lo he dicho.
No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
abrid los escotillones para que vea bajo la luna
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

25/11/13

Alma canuta

Canuto es un término del habla rioplatense que significaría algo así como tacaño, avaro. Este post dará una idea de nuestras pequeñas miserias barridas bajo la alfombra, que agobian a la flor y nata de una clase social llena de "buenas intenciones". 
  Sirva como ejemplo la señora que todavía guarda en el aparador de la cocina las copitas de cristal que le regalaron cuando se casó. Y que nunca usó. Y que nunca va a usar. Un ejemplo que ilustra la filosofía doméstica del canutismo idólatra: las cosas se guardan por costumbre y porque se han guardado así durante generaciones. Generaciones -aclaremos- que esperaron la malaria. Generaciones que se apuntaron a la herencia del aparador amarillo patito en forma de paralelogramo, que llevó a que la tía Pocha dejara de hablarse con la tía Chola para siempre. Por eso lo mejor es usar las copas de batalla. Algo impensable en un país como el nuestro, donde una docena de copas de batalla pueden llegar a durar cincuenta años. De ahí que las otras, las de casamiento, nunca lleguen a usarse. Que pasarán a la próxima generación intactas, deslucido ya el cristal por efecto de su inutilidad, o acaso por la misma mugre, que desluce, pero no se hereda. Antes que dárselas a su nueva nuera, prefiere que las copas se le llenen de esos pequeños coleópteros de la madera que por razones desconocidas van a morir siempre en las oquedades.
Alma canuta languidece junto a su aparador como las viejas calcomanías de cajón que hoy son una mancha roschardiana en forma de capullo, cucaracha aplastada o salpicón de grasa de churrasco. Alma canuta sacraliza las cosas y los cosos, y sin saberlo -o sabiéndolo, aunque jamás se le ocurriría cuestionar algo así-, los somete a la condición de fetiches. Son, quizá, sus personajes del alma, los ocupantes de un espacio que de otra manera no sabría cómo rellenar. En definitiva, una extensión subliminal de un ego rendido a una seguridad que le resultaría imposible hallar fuera de sus propios objetos acumulados.
Curiosa el alma canuta. Viene a ser como un síndrome de Diógenes, institucionalizado por la existencia del galpón o quincho omnipresentes en todo chalecito de clase media obrera que ya es baja pero se cree media. O al revés: de toda clase media acomodada que se las da de pobre para que no le pidan. Una acumulación preventiva que se ha vuelto cultura, la exaltación del coso reformado hecho futuro, destinado a un futuro que nunca llegará (porque en la Argentina el tiempo no pasa, esto ya se sabe). Y que si le llegara sería a algún otro, nunca al alma canuta, porque ésta desconoce la necesidad, esa bendita necesidad que es fundamento de todos los cambios y matriz de futuros. Lo cual no deja de ser en sí mismo una paradoja.
  Y es que el alma canuta es paradojal. Después se queja de que le roben, y se pasa el día entero con la vecina, el vecino -almas canutas también- lamentando la inseguridad. Está a la vista que ha convertido la delincuencia en un tipo nuevo de fetiche. Uno que le sirve para aferrarse más todavía a su docena de copas de licor, a su aparador en forma de paralelogramo, a su calentador del año de ñaupa: tenga cuidado con el bolso porque se lo arrancan se lo cortan le dan un tirón y le roban todo… ¡hay mucha inseguridad!
El candidato a chorro del alma canuta suele ser el transeúnte, digamos, pardo, preferentemente hombre, con pinta de pobretón, que va por la calle con su mochilita al hombro y una gorrita con la que mal que bien se proteje del frío, porque estamos en el sur. Y resulta que ese degenerado villero chorro negro de mierda drogadicto malviviente violador secuestrador y asesino es, la mar de las veces, un pobre tipo que vuelve del trabajo a pie, y cuya mala suerte y peores genes excitan las fantasías más retorcidas del alma canuta, siempre pronta a justificar la inutilidad de su quincho o galpón usando como cabeza de turco a un paisano que le recuerda que él tiene más, y que de querer darlo, igual no se lo daría ni vendido. En un país donde la pobreza ha saltado la valla del confinamiento, por obra y gracia de un cierto progreso, hoy pagan justos por pecadores, y todo aquel que no tenga la suerte de ser blanquito parece amenazar la seguridad de ciertas almas.
  Es decir, del alma canuta.
  ¿O sea que almas canutas son los que se apuntan a la paranoia nacional del chorro en cada esquina, ahora que la presidenta les da plata a los que no quieren laburar? En absoluto. Éste es sólo un sector del alma canuta, que es más vieja que San Martín. De hecho, alma canuta puede haber una en cada casa y una por cada cuarto de un pibe que mañana será ratón. Y que vaya a ser empresario de poca monta, contador, médico o consejal, ese pibe que siempre será ratón nunca dejará de perseguirse con la idea del polirrubro. He aquí el fantasma del alma canuta que mal que mal ha podido estudiar: el polirrubro. Bajar la persiana y tener que poner un polirrubro. Un kioskito de mierda. O sea, una trompada en el ego del alma canuta que siempre quiso ser doctor. Algo con lo que fantasea cuando le da por masoquearse a horas punta, cada vez que lee el diario o cuando ve a los pibes tomando cerveza en el cordón de enfrente, y piensa: yo no sé qué estarán esperando para construir ahí… ¡con lo lindo que está ese predio para levantar un shopping!, en cualquier momento nos invade esa gente y estamos listos…
Esa gente. Alma canuta.
Hemos visto entonces que la naturaleza del alma canuta no se limita sólo a la acumulación de cosas que no sirven para nada, sino también al acaparamiento de fama y prestigio profesional o comercial. No hay espacio para un cronopio en el alma canuta, que gane o pierda, siempre va a ganar. Se ha asegurado de ser como el pez, que no hay por donde lo agarren. Se le encuentra en todas las clases sociales, va desde la señora gorda que manda a su cuñada que lo ha perdido todo en un incendio a comprar sus muebles en Cáritas, hasta el empresario negrero que se quiere sacar el 330% de las ganancias, reservando a sus empleados las 30 moneditas que le sobran. Alma canuta habita en el abuelo facho que hizo la colimba en el 46. En las corporaciones. En el colectivero que construyó el departamentito en el fondo y le puso los sanitarios más baratos, "si total es para alquilar". En la señora que lamenta las cuitas ajenas, deplorándolas, para poder así justificar su mezquindad. En el almacenero que cobra un peso de más porque no tiene cambio. En la señora que sólo da lo que está a punto de tirar, porque de tan roto es mejor que alguien lo use. En la vecina que prefiere dejar la cama que fue del nene pudriéndose en el patio, antes que dársela al señor de la gorrita al que le nació otro pibe. En el político que a la hora de hacer sus apuestas, le gustaría, sí, jugarse por el emprendedor novato… pero al final se decanta por la comodidad de su posición.

Almas canutas… ¡Dios nos libre de ellas!

18/6/13

Patria


 Al  pensar en Latinoamérica pienso en la búsqueda del Padre. Y pienso en su entierro. Pienso en la búsqueda del Padre y en su entierro. Y pienso en que a falta de padre verdadero, buscamos sustitutos. Uno que tenga forma de caudillo. Es decir, un Padre fuerte al que admirar. Un Padre inteligente que nos diga qué hacer y cómo. Un Padre adoptivo que sustituya al Padre Verdadero que nos mató la España de hace cinco siglos, dejándonos en cueros y más bien parias. O sea, huérfanos. Huérfanos de Padre, de ahí esa necesidad irrenunciable de volver forzosamente al pasado. Parece que los muertos reafirmaran nuestra identidad. Parece que los muertos dieran sentido a nuestra emblemática lucha por reafirmar lo que definimos como identidad. ¿Puede la muerte definir la identidad de algo? Vaya una pregunta. América ha perdido a su Padre, se lo mataron hace cinco siglos. España nunca va a pedir perdón: su identidad se sustenta en la falacia de un imperio basado en una conquista que en realidad fue un robo. Desearle lo peor tampoco va a cambiar las cosas. No hace más que rebajarnos, dejando al descubierto la furia del hijo paria. Del hijo buscador de Patrias (Matria no, porque ésa fue violada desde el principio). Del hijo mitificador de Padres-caudillo. Se critica a las monarquías europeas, pero no se piensa -porque se ignora- que al día de hoy tales monarquías van perdiendo poder frente a los movimientos progresistas de un primer mundo mental. Cosa que no pasa aquí, donde el caudillo-líder ha ganado el terreno de las viejas monarquías que una vez nos gobernaron. Pero pasan los años, y nuestro complejo emocional no logra superar el desmembramiento viviente de Tupac Amaru. Para nosotros, el Padre sigue muriendo. Para nosotros el Padre nunca acaba de morir. Para nosotros el Padre está muriendo ahora mismo, y hay que reivindicarlo. ¿O será que pretendemos revivirlo? Nos hemos quedado congelados en el instante trágico de la orfandad. Ahora es AHORA o nunca, es ahora SIEMPRE. Conciencia no nos falta, y no es de extrañar, si se piensa en que fuimos obligados a presenciar el crimen. También a consentirlo. No les pasó eso a los del Norte. A ellos nadie les mató al Padre: viajaba con ellos en el barco, ellos fueron colonizados. Pero nosotros, ¿qué?¿Podremos, alguna vez, empezar a enterrar al Padre que nos mataron en tierra firme? Enterrar al Padre, sí, y conquistar el espacio del Hijo, que es el que deberíamos sentir que hemos heredado. Trascenderemos así, por fin, los conceptos de raza, identidad, patria, y demás abstracciones, y la tan ansiada igualdad llegará por decantación, como llega la conciencia de ser PERSONA. Para que no sea la muerte lo que nos defina, sino la vida. 

siempre como yo te amo, volveré a tus ojos y seré millones,
patria, matria

-Julio Huasi

14/5/13

La cruzada


Elucubraciones aparentemente sombrías que se me ocurren cuando voy por la carretera.

He vuelto a verlos después de largos años en otro país. Algunos envejecieron y otros están casi igual de pibes que cuando me fui, pero con canas. La mayoría formó su propia familia, otros todavía deambulan por los recovecos de hielo que les dejó el recuerdo indeleble de la guerra, y otros simplemente sobreviven trabajando "en lo que sea", o fijos en un puesto de empleado público que les asegura el pan. La estabilidad, no. No hay nada que asegure la estabilidad… de nada.

Somos todos de la misma quinta. De la quinta infértil de una escaramuza que, dicen, pudo acabar con una dictadura. La sangre del cordero derramado que sirvió para tal fin fue la de ellos. La otra, la del holocausto de número consolidado que asciende a 30.000, sólo llegaría a conocerse después. Los primeros regresaron a casa con un dignóstico base tatuado en la mirada ansiolítica, y una verborrea en clave morse que espantaba a sus congéneres. O sea, a nosotros. A todos los que nos quedamos, y también a los que se salvaron por número bajo. "Los ex combatientes", dijeron. Recuerdo bien a unos de ellos. Lo conocí en el 93; trabajaba de guía de turismo improvisado en el Valle de Punilla, trepando montes como un puma. Un chico de grandísima bondad, el típico mestizo sanote, entrañable, increíblemente tranquilo y tan sensato como sólo puede llegar a ser alguien que ha sido criado provincia adentro. Nunca lo volví a ver.

No me olvido de nadie. De vos tampoco, que me estás leyendo. Aunque, si querés que te diga la verdad, no deja de resultarme desconcertante que ya no te extrañe. El aire te devuelve en otra forma de sustancia. Es algo extraño. Extraño que el aire pueda recomponer las piezas enterradas a propósito, esperando para ser exhumadas a la vuelta. Mientras voy en bicicleta por la ruta arbolada del bosque donde vivo, voy recogiendo las porciones de RAB que habían quedado aparcadas en la dimensión de las marmotas. Ya no preciso la Internet, como en su momento no la precisó Mc Luhan para percibir lo que vendría. Y lo percibió en el aire. Sólo que él percibía el futuro, y yo desde el aire vuelvo a percibir el pasado, y desde el pasado me reconfiguro. Me actualizo. Yo, que volví después de tantos años a un país en el que pocas cosas han cambiado aunque parezca que sí. Yo que vengo de uno en el que las cosas iban a gran velocidad y siempre eran distintas, hasta que un día dejaron de soltar los fuegos y se supo que el tren empezaba a detenerse…

¿Podés creer, Malvinero, que acá escribo con puntos suspensivos y allá casi que los había suspendido por completo? Número 29.999, creo haber visto a tu nieto en un centro cultural de Madrid, volanteando la carta abierta de Rodolfo Walsh…

Traigo las partículas incorporadas, me las guardé en una cajita. Las solté el primer atardecer de primavera, justo frente a mi casa. Se mezclaron con mis propias partículas. El resultado fue desconcertante. Lo mismo me pasó con el olor a pan de jabón, con la fragancia empalagosa de la fórmula que hace veinte años olía exactamente igual que hoy. Su aroma me deposita de un golpe en un domingo de verano a las tres yendo al kiosko con dos monedas a comprar Mogul. Y a la vez me propaga, me hace ubicua. El domingo, el kiosko, las monedas, los chupetines con olor a tutti frutti... El kiosko, las tres de la tarde del domingo, el verano, el ruido de los platos en la pileta, la remera verde que se estiró en la primera lavada… El aire de acá tiene todo eso.

Las canciones viejas me van devolviendo poco a poco las cosas que perdimos en la quema. Fijate hasta qué punto tenemos el naufragio (o la quema) instalado en el software, que cuando Lito Nebbia escribió La balsa, el verso que dice construiré una balsa y me iré a naufragar, donde en realidad debió haber puesto navegar, él lo confunde con otro, quizá por esa manía abiertamente enfermiza que tenemos los argentinos por lo trágico.

Hace muchos años les decían "los renegados". Esos que se fueron y no volvieron nunca, los exiliados, los que "se rajaron con los milicos". Esos que según cierto sector vernáculo del ojo desviado "en algo andarían", que nunca más se supo de ellos y quién sabe si viven. ¿Alguien se acuerda de ellos? Yo los ví. No se oye hablar de ellos por estos pagos… y aunque mucho se haya hablado de ellos hace décadas, pareciera que hoy nadie los recordara. Lo que dejaron es el fantasma del exilio, y una perspectiva distorsionada que se construyó dentro del país, y no afuera. De ahí que se hable con tanta ligereza de "los que se exiliaron en el 2001", como si la odisea de aquel diez por ciento pudiera, si acaso, compararse con el exilio por coacción de fines de los 70... ¡Qué fácil es hablar desde el vientre de la Matria!

Pocas veces se piensa que el migrante cambia su ambiente de origen por uno nuevo, que viene a dar por resultado un tercero: el ambiente de la experiencia migracional, única por lo personal e intransferible. Este asunto es visto por el que nunca ha salido como algo enigmático. Viéndolo a ojo de águila, la perspectiva del que se fue y volvió es bien distinta: resulta que en Argentina se da por hecho que todo aquel que se va, lo hace para exiliarse. Visión desfigurada por el prejuicio de no haber salido nunca del ambiente familiar, contenedor y seguro, que jamás llega a percibirse porque nunca llega a contrastarse. Pero haber salido implica, siempre, un punto de inflexión que lleva, inevitablemente, a un tipo de reflexión que sólo puede adquirirse en la distancia. Lo cual no la hace ni mejor ni peor, sino diferente. Algo que nunca podrá comprarse con dinero, y que poco y nada tiene que ver con la soñada conquista del que regresa habiéndose hecho la Europa, porque la conquista se hace, pero es interior.

Llevo año y pico yendo y viniendo por el campo y bajo el cielo siempre bien alto, con sol y con lluvia, con viento y sin viento, entre la ciudad y el campo, entre el campo y el mar, y aún no consigo expulsar de mi mente la certeza de que todas nuestras dictaduras se llevaron una tajada mucho más grande de lo que pensamos. Lo noto en tus ojos, que me hablan de cortas distancias, porque crecieron con unos cerrojos que quizá nunca llegues a ver. Esos cerrojos fueron pensados para que los lleváramos puestos detrás de la nuca, en la parte reptil, que es la parte del deseo. Hasta ese punto han llegado, fijate vos... hasta el punto en que el cerrojo no necesita ni siquiera ser visto para ser percibido. Un cerrojo programable. Crecimos muy lejos de todas las fronteras y se nos educó de una sola forma, para que muy pronto comenzáramos a olvidar. Nuestro aislamiento fue usado para retorcer la percepción y encubrir una verdad vergonzosa: la de un desierto quemado que no importa a nadie. Será una imagen típica, pero no se me puede ocurrir ninguna más apropiada para describir el vacío que se respira más allá de la Capital.

Sin duda, la siega fue exitosa. Basta con irse un tiempo y regresar, para comprobar los resultados de la amputación. Esas dos generaciones eran verdaderamente peligrosas: tanto, que nos hubieran conducido directamente hacia el futuro. Un futuro que, viendo el estado de las cosas, temo que muchos de nosotros nunca llegaremos a ver. Nos llamarán póstumos, pero no importa: no somos como esos intelectuales que van por el mundo pensando solamente en sus propias glorias. Cuando se gesta el futuro, no se piensa en uno mismo sino en la heredad. Así que subite al corcel y levantá tu espada, si total… tenemos varias edades por delante para llegar a Ciudad Santa. Ya otros escribirán sobre nosotros, cuando hayan pasado mil años.