5/1/18

Pater noster

Ama a tu prójima como a ti misma.

Los viejos machismos de toda la vida están a la vista, y van siendo escrachados diariamente, aunque no siempre se hace justicia como querríamos, y por desgracia, las cifras de femicidio aumenten. Ningún hombre “normal” dejará de horrorizarse ante el bestialismo del que son capaces muchos de sus congéneres. Ningún hombre “normal” dejará de solidarizarse con las víctimas y su dolor, a veces inenarrable. Espantoso dolor, brutales heridas que parecen ser más el resultado del ataque de una bestia que de un ser humano. Muertes horribles en manos de individuos que la antropología y la biología define como hombres, pero que al ver los resultados de sus actos una llega a preguntarse si no debería redefinirse su especie con otro nombre.

Pero, ¿dónde empieza el machismo? ¿Es siempre tan palpable, tan extremo como esa punta de iceberg que nos muestran las noticias? ¿O más bien, existen otras formas mucho más “sutiles”, que no salen en las noticias, pero que se ven y se viven en el día a día, naturalizadas por una maquinaria cultural y social que las hace funcionales, desde el hogar hasta las instituciones? Estos machismos, que tantas veces las mujeres soportamos en silencio -por un montón de razones, en ocasiones comprensibles, y otras no- son los que se convierten en cómplices silenciosos, amables cómplices del “yo no fui”, “yo no trato así a mi madre, a mi mujer, a mi hija, a mi novia”, “yo jamás le puse una mano encima”. Y es ahí donde empieza el machismo. En la naturalización del paternalismo amable de ciertos hombres -y también mujeres- que convierten a la mujer o a la niña en sujeto pasivo, en sujeto “débil” diseñado para tareas “más livianas”. Este machismo no sale en los diarios: se vive en la cotidianeidad. Es el machismo de los hombres buenos, de nuestros padres, esposos, novios, amantes, amigos, tíos, abuelos, y hasta hijos. Yo sé que es duro hablar de esto, pero lamentablemente hay que hacerlo, porque no hay árbol que antes no haya sido semilla.

Por eso hoy quería hablar de los machismos sutiles. De esos machismos -renombrados ya como micromachismos- que de tan “amables”, pasan por inexistentes. De esos machismos que jamás llegan ni llegarán nunca al cachetazo. De los machismos callados, que se manifiestan a través del abandono y la indiferencia. O del embroncamiento silencioso porque tu novia hoy decidió salir con sus amigas, y te dejó solo en casa. Del machismo paternalista, insisto, con el que creés hacer un favor, y en realidad acabás haciéndola funcional a ella de un sistema opresor que silencia, que nos sitúa en la zona de confort, pero que a la larga menoscaba la autoestima y narcotiza bajo el manto protector del capital. Las mujeres solemos acoplarnos muy bien a ese tipo de contextos, porque hemos sido educadas para “recibir” y “criar” (sujeto pasivo). Así durante miles de años. Centenares de miles de años. Todos y todas hemos sido educados y educadas -educades, inclusive- bajo el mandato pariarcal del pater noster . Todos y todas, hemos sido erosionados por esta superestructura. Y el despertar siempre es doloroso., pero necesario.

El despertar, generalmente, trae aparejadas muchas pérdidas - con sus posteriores logros. Sé de qué hablo, me pasó. Hace muchísimos años, mi padre -al que amo y siempre amaré- vio como yo le enarbolaba por sobre mi cabeza, con una fuerza que nunca sabré de dónde salió, una silla de pitiribí. Fue la primera vez en que lo vi retroceder ante mí. Un hombre embrutecido por la guerra, de una generación terrible que le dejó pocas oportunidades para construirse y deconstruirse, que me levantó la mano en más de una ocasión. Sí, eran las épocas en que se decía que “un chirlo bien dado a tiempo endereza el árbol”. Esto también lo dice la biblia. Esa biblia en la que él creía. Después de eso, nunca más me levantó la mano. Y aunque jamás supo ser mi padre, yo supe desafiar su pater noster y aprendí a perdonarlo tras muchos años de trabajo personal, cuando ya se había ido. Mujer afortunada.

Con el tiempo la cosa ha ido cambiando. Hoy se sabe que los niños no deben ser golpeados, que el correazo en el culo no es pedagogía aplicable. Nuestras relaciones humanas, supuestamente, se han vuelto más civilizadas, dialógicas. Para muchos, el machismo es cosa del pasado, jamás se auto atribuirían la etiqueta. Todavía se oyen comentarios del tipo “Yo no soy machista, lavo los platos todos los días”. O “Yo en casa cocino”. O “Yo también cambio los pañales”.  Y el grano infectado está en la salvedad; es decir: en el también. Yo también ayudo. Él ayuda. O sea, que es protagonista en tanto y en cuanto convenga. Por lo tanto; los roles siguen estando divididos. La mujer sigue siendo protagonista de las tareas más activas del hogar, de su organización, bajo el supuesto de que en realidad es sujeto débil. La mujer sigue siendo el partenaire más “necesitado” de tener hijos “porque es  parte de su naturaleza”. Muchas ni siquiera tienen una cuenta bancaria propia, no llevan los gastos, viven en una especie de limbo donde el hombre se sigue ocupando del capital. Es una situación cómoda, que a la larga acaba pasando factura. También conozco esta realidad, porque la he vivido. El resultado de renunciar a ello trae aparejadas algunas pérdidas de tipo material. Dolorosas pérdidas, eh. Sin embargo, el corolario es la libertad. La paz de saber que llevás el timón del barco, de tu vida - por muy sencilla que ésta pueda ser -, y aún así, sorteando las arenas movedizas de la superestructura machista que nos tiene atrapados a todas y todas como una gran telaraña de gruesos cordones.

 Y volviendo a la pregunta que me traía: ¿dónde empieza el machismo?

El machismo empieza en el pater noster. Seguramente, tiene un origen eminentemente religioso, y por supuesto capitalista - a estas alturas sabemos lo imbricados que están. El machismo empieza cada vez que un tipo te dice, por ejemplo, “qué parte de (lo que sea) no entendiste” y vos te hacés funcional a él, porque a veces hacerse la tonta es cómodo y también se obtienen resultados. A la corta, convenientes. Y a la larga, muy dolorosos. Porque en cuanto te hacés funcional, ya entraste, y después salir se hace mucho más difícil. Cualquiera de nosotras - especialmente las de mi generación- sabemos muy bien cómo es esto. No es necesario el cachetazo. Con el golpe moral, el abandono, la indiferencia, el silencio aparentemente amable, “diplomático”, ya es suficiente. Ahí anida la semilla del pater noster, del “Y bueno, es mujer, y por lo tanto más emocional”. Cientos de conceptos encajados en el entretejido fortísimo y ancestral de eso que hemos dado en llamar PATRIARCADO, que procede de padre, y que es nuestro pater noster de cada día. 

Y cuando me quejo de todo esto no lo hago por ser la víctima. Porque yo no soy una víctima. Víctimas son las niñas y mujeres abusadas, golpeadas, traficadas, violadas y asesinadas día por día en nuestras calles y hogares. A espaldas de un mundo que no las ve, o hace como que no las ve. O que las ve, dice “Qué horror” y luego las olvida. O las ve, y dice que en vez de salir a manifestarse o hacer una pintada, en realidad habría que “tirar buena onda porque tirar mala se hace funcional al machismo”. O que directamente calla, porque tiene otras cosas en qué pensar. Mujeres y hombres que prefieren no hablar del tema, o mirarlo de reojo. Pues yo creo que hay que mirar. Creo que hay que cuestionar y cuestionar-se. Día por día, lo que haga falta. Dudar, si es necesario, recular, y volver a embarcarse en la lucha. Difundir. Persuadir. Discutir. Pelearnos si hace falta. Callarse, jamás. Imponer tampoco, porque se hace funcional también. Desactivar conceptos y palabras -¡qué difícil!- que forman parte de la superestructura y no nos damos cuenta. Retractarnos todas las veces que sea necesario, discutirlos con nuestras compañeras y compañeros una y otra vez. Escuchar. Escuchar mucho. Romper dolorosas estructuras paternoster  dentro de nosotras y nosotros, desde el discurso, pero sobre todo, desde los hechos. Y sobre todo: no permitir. Poner el freno. Decir. Cuestionar. Revisar. Transgredir el pater noster. Porque esto no es de nacimiento, nos fue impuesto.

30/4/17

Una de vampiros

En Only Lovers Left Alive (Jim Jarmuch, 2013), la vampira Ava (Mia Wasikowska) se queja de dolor de barriga después de haberle chupado la sangre a un rockero. Su hermana Eve (Tilda Twinton) le reprocha:
- ¿Y qué esperabas? ¡Pertenece a la industria musical!

8/3/17

8 M Día Internacional de de la mujer 2017

Final de jornada, con cánticos y bengalas

Bandera de arrastre llevada por familiares de víctimas de violencia de género.

Con la gente de MUMALÁ MDP, Mujeres de la Matria Latinoamericana

22/2/17

Julio Huasi, el jugado

La poesía no es un mérito humano sino una fatalidad que se padece, dijo Julio (Cortázar),

entonces vemos al otro, al otro Julio, al olvidado Julio, al despistado Julio -sin pistas, siempre, para encontrarse-, al Julio que ahora evoco acodado en la ochava relente de un bareto, apurando el último trago de gin. Le vemos acodado en ese bar con telarañas en la única bombilla que prende, que sería, al decir del otro Julio -el del faso colgando del labio con cara de murciélago- una baba del diablo, es decir una baba cualquiera, la de una araña, la de una niña petrificada ante una baba del diablo colgando entre un tendal y un tejado, la de un violinista atento a los dictados del delirio ante una baba del diablo. 
Leemos esa poesía que dispara justo entre las tetas (hay que ponerse el chaleco antibalas para leer a Julio, porque acá no hay panfleto, acá no hay embrión posmoderno que aguante, acá se abortan y se paren anomalías universales) y nos entran ganas de empezar a desnudarnos. Vemos a Julio sacándose hasta la última prenda del alma, y nos entran ganas de ponerle las escamas (de pez que no fue, que no supo ser pez) o de hacerle una caricia. O de darle una cobardemente admirada palmadita en esa frágil cervical de poeta enorme que es.
Vemos a Julio, nacido Ciesler, renacido Huasi en la casa de todas las tribus andinas, muerto por su propia mano siendo Julio Huasi. Otro más en mi colección de suicidas favoritos, y no obstante único, imprescindible asesinador de infamias y fenomenologías de soretes a cara descubierta, que es como asesinan los deslumbrados. Que es como asesinan a la muerte los que saltan.


el violinista que hay en mí con su arco insano,
el niño que en mí sueña un juguete de fuego,
el mar que hay en mí con sus tigres fosfóricos,
la garúa que hay en mí y su mojadura fatal,
el pobre cristo que hay en mí y sus clavos solícitos,
el demonio que a su izquierda le convida gin,
la negrura que me habita, mi putez interior y mi piedad
se pueden guardar las partituras, los atriles,
enfundar los instrumentos y morirse al unísono.
Llévense la música hacia la oreja eterna, me cansé
de dirigir la orquesta y los virtuosos
se creyeron genios. Este cuerpo se retira
a ejecutar un teclado de pólvora
con músicos de verdad a mil manos
por toda américa. 
-Julio Huasi  (1935-1987)
 
Los faxímiles son cortesía del poeta Poni Micharvegas, y pertenecen al libro Asesinaciones, de Julio Huasi. Ed. Puerta del Sol, Madrid, 1981.

3/2/17

La persona y lo sagrado


Exceptuada la inteligencia, la única facultad humana verdaderamente interesada en la libertad pública de expresión es esta parte del corazón que grita contra el mal. Pero como no sabe expresarse, la libertad es poca cosa para ella. Primero es necesario que la educación pública sea tal que le provea, más posible, de medios de expresión. Es necesario a continuación un régimen, para la expresión pública de las opiniones, que se defina menos por la libertad que por una atmósfera de silencio y de atención en la que este grito débil e inhábil pueda hacerse oír. Por fin, es necesario un sistema de instituciones que introduzcan en el mayor grado posible a las funciones de conducción a los hombres capaces y deseosos de oírlo y comprenderlo.

Es claro que un partido ocupado en la conquista o en la conservación del poder gubernamental no puede discernir en estos gritos otra cosa que ruido. Reaccionará de manera diferente según que ese ruido importune al de su propia propaganda o por el contrario lo acreciente. Pero en ningún caso es capaz de una atención sensible y adivinatoria para discernir su significación.

En menor grado sucede igual con las organizaciones que por contagio imitan a los partidos, es decir, cuando la vida pública está dominada por el juego de los partidos, para todas las organizaciones, comprendidos, por ejemplo los sindicatos e incluso las Iglesias.

Desde luego, los partidos y organizaciones similares son también completamente ajenos a los escrúpulos de la inteligencia.

Cuando la libertad de expresión se reduce de hecho a la libertad de propaganda para las organizaciones de este género, las únicas partes del alma humana que merecen expresarse no son libres de hacerlo. O lo son en un grado infinitesimal, apenas más que en el sistema totalitario.

Simone Weil. La persona y lo sagrado

30/12/16

La igualdad no existe

por Érika Irusta, pedagoga menstrual vasca

La igualdad no existe. La igualdad que nos ofrecen es asimilarnos al cuerpo masculino. Eso no es igualdad, es un engaño, que además está orientado a la producción. La igualdad que algunos proponen supone una amputación. El hombre siempre ha representado lo espiritual, la perfección. Nosotras somos la materia, lo falible, lo mortal, el animal de segunda. La mujer, a día de hoy y en muchos ámbitos, no deja de ser un objeto que te da hijos, es un contenido. A lo largo de la Historia, se han hecho diferentes estrategias de marketing hacia la mujer, pero la concepción fundamental hacia las mujeres no ha cambiado. La igualdad tendría sentido cuando los cuerpos masculinos leídos como hombres entendiesen y comprendiesen que también son seres cíclicos, hormonales y químicos como nosotras. La igualdad no va de que nosotras nos amputemos hacia la asimilación del amo, sino a reducir esa concepción del hombre-dios y volverlo a tratar de lo que es: un animal más. Yo soy antiespecista y reivindico que todos somos animales, eso es un hecho. Y como animales, tenemos cambios químicos, porque somos química en relación con un entorno. Esto es una realidad biológica. Sin embargo, la base de nuestro consumo cultural es la aspiración a Dios. En definitiva, la igualdad pasa porque el hombre comprenda que él también es un ser hormonal, químico, cíclico y animal. Ahí es cuando podremos empezar a hablar de igualdad, que por otra parte, es una quimera muy dolorosa, ya que siempre nos han hecho creer que si hacíamos ciertas cosas, podríamos llegar a formar parte del “club de los chicos”. Y eso es una mentira. La mujer menstruante nunca va a poder entrar en ese club, porque no tiene el cuerpo normativo y eso es una puta quimera dolorosa que hace que nos amputemos para asimilarnos al amo.