23/8/18

La queja


La foto de arriba es de Tracey Emin (1963), segunda artista inglesa más famosa después de Damien Hirst, y representante de la Young British Artists. En 1999 ganó el premio Turner por su instalación My bed, que se expuso en la Tate de Londres. Tracey se apunta al llamado Arte confesional, ya que toda su obra es autorreferencial, y ella misma reconoce tener una adicción a su propio ego. La obra My bed consiste en la exposición en crudo de su propia cama deshecha, con las sábanas sucias y manchadas de humores de todo tipo, mientras en el suelo y sobre una alfombra azul se ven todo tipo de objetos y detritos, que incluyen paquetes de cigarros, colillas, botellas, juguetes, bombachas sucias, cajas de medicamentos, e incluso preservativos y tampones usados.

El mercado del arte, que sabe bien cómo jugar sus cartas, halló una buena oportunidad de negocio para esta ya harto conocida combinación de morbo y excentricidad, y compró la obra por 100.000 libras (aunque fue pasando de comprador en comprador y hoy día cuesta más de 2 millones de euros). Emin, que se confiesa alcohólica y una transgresora por naturaleza, se hace funcional al sistema que la acoge proclamando una libertad en la que me cuesta mucho creer.

La imagen congelada de una cama llena de detritos puesta en medio de una galería blanca, impoluta, me hace pensar en Tracey Emin como en una piquetera de su propio dolor. Un dolor encapsulado que nunca llega a ser reconocido del todo por ella misma -porque siempre estarán el alcohol y la droga para mantenerlo a raya-; y sobornado por la ilusión de residir en el pináculo del éxito.

El caso de Emin es uno de los tantos que siempre me han fascinado: el de la sordidez expuesta como "obra de arte", y que en vez de ser calmada y atendida, es aplaudida. Gente que muestra lo peor de sí misma, lo más triste de su intimidad y sus miserias, y el mercado del arte lo recoge como un ejemplo de avant garde. La misma obra, en la habitación de su casa, no sería más que la cama de una mujer con un problema. O varios. En la Tate de Londres es una obra de arte.

No quisiera sonar reaccionaria por esto, sólo pretendía extrapolarlo con otra situación. Y tiene que ver con la foto de abajo. Se trata de un montón de basura quemada, o quemándose junto a un contenedor, en las inmediaciones de la Municipalidad de General Pueyrredón, el 18 de diciembre e 2017 durante la manifestación contra la represión en Congreso. Créanme que nunca me había puesto a pensar en esto hasta que recordé a Tracy Emin y su basura particular en la Tate.


Si en el caso de Emin la cama deshecha y llena de basura podría ser la expresión simbólica de una desorganización desde la cual exterioriza su subjetividad, la basura volcada del contenedor también estaría funcionando como expresión simbólica -sin ninguna intención artística esta vez- pero no de una subjetividad, sino de toda una comunidad. El resultado de dicha expresión, llamada piquete, es de un vigor arrollador, y tiene una potencia comunicativa aplastante. Quienes no se implican en el dolor que la promueve no llegan a comprenderla. Así como Tracey Emin parece decir: "Estoy jodida y quiero que todo el mundo lo vea"; el piquete de la foto parece estar denunciando que lo que hay dentro del envase (un contenedor de la Municipalidad) es basura, y por lo tanto hay que quemarlo. O dicho de una manera más explícita: si la institución está llena de basura, no es que haya que quemar (simbólicamente) la institución, sino a quienes la representan. El piquete no será una instalación -ni tampoco lo pretende-, sin embargo, posee un mensaje político obvio que perdería todo sentido colocado, por ejemplo, en una sala del Museo MAR. Así que está donde tiene que estar, y es donde adquiere sentido: en el espacio público, para expresión de una queja colectiva.

El piquete callejero, la mancha olorosa de caucho quemado y basura en descomposición, no es funcional al sistema y se ha vuelto un distintivo de protesta anticapitalista. Tiene mucho sentido en sí mismo, porque representa las necesidades de una comunidad que sufre.

Y ahora se me ocurre una idea todavía más bizarra, si se me permite: estoy segura de que si algún artista, avalado/a por algún crítico extranjero, o acaso por funcionarios de cultura oficialistas, tuviera la ocurrencia de quemar un montón de basura en una sala del Museo Nacional de Bellas Artes, la muestra se presentaría sin dificultad (dentro de una cápsula de vidrio, por supuesto, no vaya a ser que moleste el olor) y sin gendarmes. Tendrían que fundamentarla, desde luego. Pero si Tracey pudo, ¿por qué no iba a poder nuestro hipotético artista? ¿Qué daño podría hacer un montón de basura dentro de una sala que luego limpiarán unos paraguayos tercerizados? En última instancia, la diferencia entre el piquete callejero y el piquete teatralizado dentro de un museo, es la misma diferencia que existe entre una mariposa volando libremente, y una mariposa muerta pinchada con alfileres a un tergopol de lujo. Más o menos como Tracey Emin.

21/8/18

Cumpleaños

Bueno, este blog cumple años. Nació en España y vive en Argentina. Así que no cree en nacionalismos. Apestan. Lo sabemos: Komonauta es dura, pero tiene su corazoncito.


La insurrección que viene

La esfera de la representación política se cierra. De izquierda a derecha, es la misma nada que adopta las poses perrunas o los aires de virgen, las mismas cabezas de góndola que encadenan sus discursos tras los últimos hallazgos del servicio de comunicación. Aquellos que todavía votan dan la impresión de no tener otra intención que la de hacer saltar las urnas a fuerza de votar como pura protesta. Se comienza a adivinar que es contra el voto mismo por lo que se continua votando. Nada de lo que se presenta está, ni de lejos, a la altura de la situación. Incluso en su silencio, la propia población parece infinitamente más adulta que todos los títeres que se pelean por gobernarla. No importa que el chibani de Belleville sea más prudente en sus palabras que ninguno de los que se dicen nuestros dirigentes en sus declaraciones. La tapa de la marmita social se vuelve a cerrar con una triple vuelta mientras en su interior la presión no deja de aumentar. Salido de Argentina, el espectro de '¡Que se vayan todos!' comienza a acosar seriamente las cabezas dirigentes.

COMITÉ INVISIBLE. La insurrección que viene.

París, Marzo de 2007

¡Que se vayan todos!
Ese lema recorrió el mundo. ¿Qué nos pasó para volver a subir a un ladrón?

Foto: Tiqqun


24/6/18

Outsider


Siempre tuve una especial inclinación hacia lo marginal. Los marginales del mundo me motivan, porque en ellos habita todo lo que está latente, la semilla, su posible floración. Los marginales son un diamante en potencia. En lo marginal se aloja la posibilidad del fruto o de la muerte, que también es parte de la vida. Lo marginal le da una patada al tablero del exitista, lo interpela, y si logra ser visto, hasta puede derribarlo y convertir el mundo que conocemos en una fiesta de libertad. 

31/1/18

Más mala que una bruja

Las brujas son malas y yo soy mala como una bruja. Es todo un curro ser mala. Tienes que estar ahí trabajando con las maldades. A ver, para no confundir a las niñas de 12 años que vayan a ver esto: yo quise seguir con la historia de que nos llamen brujas. Vale, ¿nos llaman así? Pues acepto el reto. Como mujeres, cuando crecemos —en esta sociedad que está cambiando, gracias a dios—, tenemos ese estigma de ser causa de los males de todo. Y cuando hay una que además es sabia, es peor. Había una vieja en el pueblo que estaba sola con sus plantas, haciendo sus cosas, con sus libros, en su mundo, con su sabiduría, con su universo, y la llamaban "bruja" y la tenían apartada, la temían. Era más fácil para todos decir que era peligrosa y la llevaban a la hoguera, la querían eliminar. Entonces es una manera irónica de aceptar esa cruz, ese estigma y darle la vuelta al concepto de bruja como algo malo. Ser bruja es algo bueno: me lo apropio. Yo puedo darle la importancia que creo que tiene. Aunque tú no se la des.

La Mala Rodríguez

5/1/18

Pater noster

Ama a tu prójima como a ti misma.

Los viejos machismos de toda la vida están a la vista, y van siendo escrachados diariamente, aunque no siempre se hace justicia como querríamos, y por desgracia, las cifras de femicidio aumenten. Ningún hombre “normal” dejará de horrorizarse ante el bestialismo del que son capaces muchos de sus congéneres. Ningún hombre “normal” dejará de solidarizarse con las víctimas y su dolor, a veces inenarrable. Espantoso dolor, brutales heridas que parecen ser más el resultado del ataque de una bestia que de un ser humano. Muertes horribles en manos de individuos que la antropología y la biología define como hombres, pero que al ver los resultados de sus actos una llega a preguntarse si no debería redefinirse su especie con otro nombre.

Pero, ¿dónde empieza el machismo? ¿Es siempre tan palpable, tan extremo como esa punta de iceberg que nos muestran las noticias? ¿O más bien, existen otras formas mucho más “sutiles”, que no salen en las noticias, pero que se ven y se viven en el día a día, naturalizadas por una maquinaria cultural y social que las hace funcionales, desde el hogar hasta las instituciones? Estos machismos, que tantas veces las mujeres soportamos en silencio -por un montón de razones, en ocasiones comprensibles, y otras no- son los que se convierten en cómplices silenciosos, amables cómplices del “yo no fui”, “yo no trato así a mi madre, a mi mujer, a mi hija, a mi novia”, “yo jamás le puse una mano encima”. Y es ahí donde empieza el machismo. En la naturalización del paternalismo amable de ciertos hombres -y también mujeres- que convierten a la mujer o a la niña en sujeto pasivo, en sujeto “débil” diseñado para tareas “más livianas”. Este machismo no sale en los diarios: se vive en la cotidianeidad. Es el machismo de los hombres buenos, de nuestros padres, esposos, novios, amantes, amigos, tíos, abuelos, y hasta hijos. Yo sé que es duro hablar de esto, pero lamentablemente hay que hacerlo, porque no hay árbol que antes no haya sido semilla.

Por eso hoy quería hablar de los machismos sutiles. De esos machismos -renombrados ya como micromachismos- que de tan “amables”, pasan por inexistentes. De esos machismos que jamás llegan ni llegarán nunca al cachetazo. De los machismos callados, que se manifiestan a través del abandono y la indiferencia. O del embroncamiento silencioso porque tu novia hoy decidió salir con sus amigas, y te dejó solo en casa. Del machismo paternalista, insisto, con el que creés hacer un favor, y en realidad acabás haciéndola funcional a ella de un sistema opresor que silencia, que nos sitúa en la zona de confort, pero que a la larga menoscaba la autoestima y narcotiza bajo el manto protector del capital. Las mujeres solemos acoplarnos muy bien a ese tipo de contextos, porque hemos sido educadas para “recibir” y “criar” (sujeto pasivo). Así durante miles de años. Centenares de miles de años. Todos y todas hemos sido educados y educadas -educades, inclusive- bajo el mandato pariarcal del pater noster . Todos y todas, hemos sido erosionados por esta superestructura. Y el despertar siempre es doloroso., pero necesario.

El despertar, generalmente, trae aparejadas muchas pérdidas - con sus posteriores logros. Sé de qué hablo, me pasó. Hace muchísimos años, mi padre -al que amo y siempre amaré- vio como yo le enarbolaba por sobre mi cabeza, con una fuerza que nunca sabré de dónde salió, una silla de pitiribí. Fue la primera vez en que lo vi retroceder ante mí. Un hombre embrutecido por la guerra, de una generación terrible que le dejó pocas oportunidades para construirse y deconstruirse, que me levantó la mano en más de una ocasión. Sí, eran las épocas en que se decía que “un chirlo bien dado a tiempo endereza el árbol”. Esto también lo dice la biblia. Esa biblia en la que él creía. Después de eso, nunca más me levantó la mano. Y aunque jamás supo ser mi padre, yo supe desafiar su pater noster y aprendí a perdonarlo tras muchos años de trabajo personal, cuando ya se había ido. Mujer afortunada.

Con el tiempo la cosa ha ido cambiando. Hoy se sabe que los niños no deben ser golpeados, que el correazo en el culo no es pedagogía aplicable. Nuestras relaciones humanas, supuestamente, se han vuelto más civilizadas, dialógicas. Para muchos, el machismo es cosa del pasado, jamás se auto atribuirían la etiqueta. Todavía se oyen comentarios del tipo “Yo no soy machista, lavo los platos todos los días”. O “Yo en casa cocino”. O “Yo también cambio los pañales”.  Y el grano infectado está en la salvedad; es decir: en el también. Yo también ayudo. Él ayuda. O sea, que es protagonista en tanto y en cuanto convenga. Por lo tanto; los roles siguen estando divididos. La mujer sigue siendo protagonista de las tareas más activas del hogar, de su organización, bajo el supuesto de que en realidad es sujeto débil. La mujer sigue siendo el partenaire más “necesitado” de tener hijos “porque es  parte de su naturaleza”. Muchas ni siquiera tienen una cuenta bancaria propia, no llevan los gastos, viven en una especie de limbo donde el hombre se sigue ocupando del capital. Es una situación cómoda, que a la larga acaba pasando factura. También conozco esta realidad, porque la he vivido. El resultado de renunciar a ello trae aparejadas algunas pérdidas de tipo material. Dolorosas pérdidas, eh. Sin embargo, el corolario es la libertad. La paz de saber que llevás el timón del barco, de tu vida - por muy sencilla que ésta pueda ser -, y aún así, sorteando las arenas movedizas de la superestructura machista que nos tiene atrapados a todas y todas como una gran telaraña de gruesos cordones.

 Y volviendo a la pregunta que me traía: ¿dónde empieza el machismo?

El machismo empieza en el pater noster. Seguramente, tiene un origen eminentemente religioso, y por supuesto capitalista - a estas alturas sabemos lo imbricados que están. El machismo empieza cada vez que un tipo te dice, por ejemplo, “qué parte de (lo que sea) no entendiste” y vos te hacés funcional a él, porque a veces hacerse la tonta es cómodo y también se obtienen resultados. A la corta, convenientes. Y a la larga, muy dolorosos. Porque en cuanto te hacés funcional, ya entraste, y después salir se hace mucho más difícil. Cualquiera de nosotras - especialmente las de mi generación- sabemos muy bien cómo es esto. No es necesario el cachetazo. Con el golpe moral, el abandono, la indiferencia, el silencio aparentemente amable, “diplomático”, ya es suficiente. Ahí anida la semilla del pater noster, del “Y bueno, es mujer, y por lo tanto más emocional”. Cientos de conceptos encajados en el entretejido fortísimo y ancestral de eso que hemos dado en llamar PATRIARCADO, que procede de padre, y que es nuestro pater noster de cada día. 

Y cuando me quejo de todo esto no lo hago por ser la víctima. Porque yo no soy una víctima. Víctimas son las niñas y mujeres abusadas, golpeadas, traficadas, violadas y asesinadas día por día en nuestras calles y hogares. A espaldas de un mundo que no las ve, o hace como que no las ve. O que las ve, dice “Qué horror” y luego las olvida. O las ve, y dice que en vez de salir a manifestarse o hacer una pintada, en realidad habría que “tirar buena onda porque tirar mala se hace funcional al machismo”. O que directamente calla, porque tiene otras cosas en qué pensar. Mujeres y hombres que prefieren no hablar del tema, o mirarlo de reojo. Pues yo creo que hay que mirar. Creo que hay que cuestionar y cuestionar-se. Día por día, lo que haga falta. Dudar, si es necesario, recular, y volver a embarcarse en la lucha. Difundir. Persuadir. Discutir. Pelearnos si hace falta. Callarse, jamás. Imponer tampoco, porque se hace funcional también. Desactivar conceptos y palabras -¡qué difícil!- que forman parte de la superestructura y no nos damos cuenta. Retractarnos todas las veces que sea necesario, discutirlos con nuestras compañeras y compañeros una y otra vez. Escuchar. Escuchar mucho. Romper dolorosas estructuras paternoster  dentro de nosotras y nosotros, desde el discurso, pero sobre todo, desde los hechos. Y sobre todo: no permitir. Poner el freno. Decir. Cuestionar. Revisar. Transgredir el pater noster. Porque esto no es de nacimiento, nos fue impuesto.