28/9/08

Con celo

Hace unos años me dio por hacer un seminario por la UIMP en una preciosa ciudad castellana que no voy a nombrar. Entre los ponentes, la estrella era un crítico de arte y filósofo de la escuela de Walter Benjamin -a quien tampoco nombraré-, que al margen de su erudición, demostró ser un indivíduo de lo más carismático, cuando al cierre del seminario le retaron a tocar la guitarra flamenca y dio un conciertazo de cojones, con sangría incluída, y baile y cante al que se apuntaron cátedra y alumnado.
Como era de esperar, todos acabamos borrachos. Pero había más: todavía quedaba la exposición. El grueso de los expositores eran alumnos de los ponentes, todos ellos gente de la Complutense, todos de abultado currículum y no obstante sabuesos impenitentes del lumbreras francés tocador de guitarra. O sea -y con perdón-, unos chupaculos. Unos pelotillas de dientes largos. Y sus alumnos tanto más. Entre todos, y a lo largo de cinco días que a mí se me hicieron eternos, inflaron un globo elitista donde, con el mayor cuidado y la más provocativa desidia, se ocuparon de que no se incluyera a nadie que no fuera de la UCM.
Llegado el momento de la inauguración, los proto-lumbreras del lumbreras francés se presentaron con cara de jueces escrupulosos. Siempre he odiado las inauguraciones. Creo haber dicho en alguna oportunidad que me gustaría mandar a un gólem en mi lugar, mientras yo me como los canapés y me tomo los chupitos en el pasillo, viendo como la peña se pasea por la sala fingiendo el embelesamiento gélido de los iniciados.
Esa noche nadie miró mi cuadro. Ni el mío, ni el de los excluídos. Así que, muy molestos, nos fuimos a cenar con el resto de la peña -que, como yo, acababan de pasar por la bochornosa experiencia de no ser mirados-, y un poco para bajar el efecto de la humillación, un poco porque no nos faltaban ganas de celebrar a nuestra manera tirando la ciudad por la ventana, a mí me dio por decir que hubiera estado bueno coger el cuadro delante de toda esa gente y llevármelo.
- Y mirá… yo que vos lo haría - saltó un paisano mío, escultor él, que llevaba años y años ejecutando esas acciones llamadas performance, y que en muchas ocasiones no pasan de ser más que furibundeces usadas por ciertos artistas bajo el pretexto de mover a la reflexión sobre cuestiones fundamentales.
Hubo un largo silencio y varios que se lo pensaron, incluyéndome, claro. Pero nadie se atrevió a decir voy. En eso, una colega tuvo una idea brillante:
- Como performance va a ser un fracaso, porque no hay prensa.
No hubo objeciones. Además, el entrecot estaba para chuparse los dedos y resultaba a todas luces más excitante reirnos con los dientes largos de las chungas interpretaciones talleriles de los globeros de UCM, una de las cuales consistía en la exposición de unos casquetillos de papel de confitura pegados con celo (cinta scotch) contra una puerta del siglo XVI, vaya a saber con qué intención.
Las extensiones de nuestras carcajadas chorreaban en la salsa cuando le tocó el turno al director del taller, cuya obra consistía en el dibujito de un cubo sostenido por dos palillos de los cuales se deslizaba algo que pretendía ser una sombra, todo hecho con rotulador negro sobre un soporte de hoja de resma, pegado cuidadosamente a la pared, también con celo. Un dibujo al mejor estilo de la serpiente devorándose al elefante de Saint-Exupéry, sin ánimo de desmerecer a Saint-Exupéry, que tuvo mucho que decir con su Principito.
El resto eran criaturas tan incomprensibles como estériles para nuestro entendimiento. Nadie estaba conforme; todos hubiéramos querido arrancar nuestros cuadros maravillosos de esas paredes y marcharnos a casa celebrando la boutade (así somos los artistas, nos encantan ese tipo de infantogilipolleces) pero nadie se atrevió. Esa noche.
Al día siguiente ya es otro cantar. Recuerdo que me levanté con resaca y unas ganas peliagudas de pasarme por el convento donde se mantenía cautiva a mi extensión, descolgarla y llevármela. Se lo comenté a mi compañero, que estaba semi-conciente y me respondió con un eructito. Pero el tío me tenía una paciencia de santo.
Larga retahíla de protestas: es que es inútil, hoy en día la estética está sometida a la ética del arte basura, y además si te fijás bien ¡de qué ética hablamos si esta gente no tiene ética!, si lo someten todo a las cuatro palabrejas de un francés que viene de parte de Benjamin y los posestructuralistas esos de mierda que vienen copando las ideas desde hace… yo qué sé cuántos. Y la Gina Pane que se cortaba los pies para dejar la huella en el suelo de la galería, pero ¿por qué no se harán una puñeta con la Gina Pane?, si sabía me traía el inodoro y no me tiraba dos semanas montando una composición fotográfica de cojones, consumar-consumir, es que no lo entendieron… ¡no lo entendieron!¿te dás cuenta?¡las antiguas catedrales como recinto y albergue, como mercado sagrado de otro tiempo, el elefante blanco del Cristianismo reemplazado por un McDonald!¡es la eucaristía!¡el cuerpo por la corporación!¡la idea es genial! Pero es que nos hicieron un aparte desde que llegamos -no tendría que haber colgado nada en esa mierda- y pasaban de nosotros con… ¿cómo te diría?, un desprecio cordial, con unas ínfulas…
Mi compañero se afeitaba tranquilamente frente al espejo:
- Tranquilizate, flaca, que no tenés prensa…
El muy cabrón se reía de mí, pero igual me llevó al convento. Allí mismo me presenté en la secretaría y le expliqué al encargado el motivo de mi decisión. El tipo se mostró comprensivo desde el principio. Un tío enrrollado. Me dijo que desde luego si quería llevarme el cuadro, estaba en todo mi derecho porque era mío, pero que podía ser una lástima ya que esa misma tarde se abrían las puertas al público y era posible que fuera la prensa.
Al ver que yo seguía en mis trece, el hombre tuvo una idea de ésas que dán en el clavo:
- Mira, si tú quieres, puedes hacer una cosa… pón un cartel que diga, por ejemplo: Aquí hubo un cuadro que nunca fue mirado, y así se enterarán de que tu cuadro pasó por aquí. - Se sonrió con cara de troll: - Y además la pared no se queda vacía.
Fue el rayo iluminador para mi mañana de resaca y no obstante insumisa, así que descolgué el cuadro y en su lugar pegué una hoja de papel con una leyenda que decía:

Aquí hubo un cuadro que nunca fue mirado.

Con celo.
A los tres días me llamó el encargado para decirme que uno de los ponentes les había pedido mi teléfono para que le explicara el por qué de mi reacción, y si todavía estaba interesada en colgar el cuadro nuevamente.
Yo le dije que no.
- ¿Sacaron el cartel? - le pregunté.
Se oyó su risita de troll al otro lado de la línea:
- No, y si quieres que te diga la verdad, y te lo digo por si te sirve de consuelo, pero a la gente le llama más la atención el papelete ése que has colgado que todo lo demás. Raro, ¿no?
No, señor; no es raro. Mi colega tenía razón. A mí me faltó prensa, chaval… que es lo que no le faltó a Tracey Emin cuando decidió poner en medio de la Tate Gallery la cama pringosa donde yaciera durante una semana completamente borracha después de uno de sus múltiples abortos. Hermenéutica de My bed, toda una revelación del arte revolucionario de fines del pasado siglo: La obra corresponde a un momento en que la artista estaba enferma y deprimida. Es una meditación sobre el hecho de pasar mucho tiempo en la cama. Hay una inocencia subyacente y una gran sinceridad que nos recuerda cuestiones fundamentales.
Y bueno, lo mío no habrá sido algo tan grande, pero sí que en esa ocasión tuve mis quince minutines, al decir de su eminencia San Andy Warhol... Cuando no hay ética, la estética se vuelve una hoja boyante entre la alienación y el olvido, y al fin y al cabo todo acaba dando igual.

26/9/08

Elogio del bufón

Siempre me ha fascinado la figura del bufón, esa criatura grotesca, divertida y capciosa, presente en la historia del mundo desde tiempos inmemoriales.

El bufón, eterno compañero del rey, mascota y entretenedor oficial de un soberano siempre obligado a guardar las formas, y también su consejero y confidente, no puede ser la figura mejor olvidada de la humanidad. Quizá sea porque al lado oscuro conviene ocultarlo. Razón por la cual, la existencia del bufón se vuelve imprescindible. De hecho ¿qué sería del rey sin su bufón? El bufón es la encarnación misma de las vergüenzas ajenas, incluídas las del propio rey.

Similar a la metáfora del váter (al que eufemísticamente, y no sin motivo, se le llama también “el trono”), el bufón es la metáfora de todo lo que no debe mostrarse, de lo vergonzante, prohibido, y extravagante. Es el mamarracho del alma. Su doble inconfesable. La criatura antediluviana que todos llevamos dentro, que todavía camina en cuatro patas y que le chilla a la Tierra y a Dios. Es el eterno patán desvergonzado que sabe -sabe- que el váter es el único espacio de la vida en el que puedes malograrte sin culpa, y en el que nadie metería sus narices donde no debe, la poltrona favorita de quien que se asoma a la entrepierna del diablo para dibujarle mariposas en el ombligo.

Divertido y auto-consentido, al bufón le gusta vaciarse, y en su modesta experiencia del placer, se repite a si mismo que él es la única persona sobre este planeta sacándole la lengua a la muerte. Y mientras él se la saca, ríe el rey. Ríe con la boca ancha y los dientes largos, pero ríe. Y además de reir, llora. Llora a solas y en silencio, o en presencia del bufón, pero llora. Si no llorara -es decir, si las gracias del bufón no le hicieran sentir, de vez en cuando, como el hombre amenzado por los monstruos del capricho goyesco- jamás le eligiría como su confidente. Porque entre los veteranos de la corte, entre los ministros y los aristócratas, entre súdbitos y profanos, no hay mejor acólito y más leal camarada que el bufón. Éste es el que prueba todos los brebajes antes de que se lo dén a beber al soberano. Es el que soporta los guantazos (antecedente directo del cachetón que recibe el payaso y que le hace caer redondo al suelo, haciendo reir al auditorio). Es el que se ríe de si mismo y el que se burla delicada y en ocasiones cáusticamente de la condición de los presentes sin que nadie se ofenda. Su sitio es una suerte de escenario secreto para el destierro elegido de un rey sin corte. Que es lo que es, en realidad, el bufón.

Sabio en su triste destino de esfinge que vuelve de los sietes infiernos de la deformidad, el bufón es el vertedero de las criaturas regias. Y de las no regias, o cuasi-regias, que rigen los destinos propios y ajenos. El bufón resulta ser todo lo que uno quiere ocultar. Es el otro. La otra mitad. El enemigo. Y como para guardar las formas al enemigo hay que mantenerse a distancia y confinarle al archivo de la ¿mala? conciencia, o convertirle en un marginal, o en un loco -y para que no pese tanto- en un payaso, el rey permite que el bufón se tome sus licencias. Porque el territorio del bufón es siempre territorio neutral, como lo es el territorio del inconsciente, que es a la vez el territorio más profundamente humano que existe.

Leo Bassi, el bufón moderno, el payaso apocalíptico, el blasfemo de la neo-ilustración contemporánea, el trasnochado discípulo de Rabelais vetado por la Iglesia católica (un rey sin sentido del humor), reinvindica al bufón desde un discurso bizarro donde éste adquiere autonomía y lo libera de dependencias míticas y servidumbres humillantes.
Dicen que por la boca muere el pez; sin embargo, el bufón no puede morir. Como lo más abyecto y lo más luminoso del espíritu humano, su esencia es inmortal.

Photo/post: Leo Bassi, en plena acción.

16/9/08

Achille Benito Oliva: esto es vanguardia.

Señoras y señores, el Arte es definitivamente un invento europeo. Y en segunda instancia, norteamericano. Ya lo aclara Achille Bonito Oliva (ABO) prestigioso crítico de arte, curador de la Bienal de Venecia 1993 (entre otras, seguro que tendrá más), y supuesto creador de la llamada Transvanguardia, un refrito de estilos y tendencias ya existentes en las artes plásticas (otro tentáculo de la posmodernidad), todavía en vigencia. Vamos, de lo que se lleva.Aquí les suelto un extracto de la entrevista que le realizó Jorge Eduardo Eielson hace unos años:

JEE.— Y ahora pasemos a un argumento algo diverso, relacionado con América Latina, continente en el que nací y cuyos problemas, obviamente, me tocan muy de cerca. Mi primera pregunta es ésta: ¿por qué los artistas latinoamericanos casi nunca son invitados, o lo son de manera mínima, a las grandes manifestaciones internacionales, como la última Documenta, por ejemplo?ABO— No creo necesario recordarte que hoy más que nunca la investigación artística se ha concentrado en los grandes centros metropolitanos como Nueva York, París, Londres, Roma, Berlín, etc., y que los países y las ciudades situadas en la periferia del sistema del arte no pueden gozar, aunque sólo fuera por razones geográficas, de la misma atención que las grandes metrópolis. Esta situación es agravada por el subdesarrollo de esos países debido a factores políticos, históricos, económicos y sociales, muchas veces dramáticos, y que obligan a sus artistas, hombres de ciencia, escritores e investigadores de todo tipo, a viajar, permanecer, o por lo menos pasar un período de confrontación y estudio en las grandes ciudades europeas o norteamericanas, para enseguida poder elaborar su propio lenguaje y aporte personal.
JEE.— Esto es muy cierto. Pero, los escritores latinoamericanos, o por lo menos varios de ellos, han conseguido la notoriedad y la difusión en escala planetaria. ¿Por qué no sucede lo mismo con los pintores, si se excluye a Matta?
ABO.— Bueno, aquí hay que hacer una distinción. Antes que nada, Matta es un gran artista y por lo tanto escapa a cualquier delimitación geográfica o cultural. Otro como él no aparecerá fácilmente en ninguna parte, ni siquiera en Europa. Su importancia es tal que aún hoy, creo yo, no nos damos cuenta de la vastedad de su aporte. Baste decir que su influencia ha sido decisiva para la elaboración de la Action painting norteamericana, sin olvidar la que ejerció en el área surrealista y la que incluso sigue ejerciendo en nuestros días, cuando se advierte más claramente el peso de su obra. La exposición de Beaubourg de 1986 ha sido para muchos una verdadera revelación. En cuanto a los escritores latinoamericanos, debo confesarte que no amo mucho la literatura del Boom. (¿?). A la inversa de tantas obras de arte perfectamente reconocidas en su época (los maestros del Renacimiento; Goya, Velásquez, los flamencos, el mismo Picasso), la buena literatura nunca se ha vendido ni se venderá con tanta facilidad. Los best-sellers me parecen siempre bastante dudosos. (¿?). Lo que sucede, tal vez, es que ella ha conquistado un público internacional ávido de novedad literaria y sensibilizado por una retórica tercermundista (¡!) que nada agrega a la verdadera creación literaria. (¿?). Sin negar a dichos escritores de indudable ingenio (¿?), seriedad y compromiso social, otros son los autores latinoamericanos que admiro y frecuento, como por ejemplo Borges, Paz, Pessoa, Lispector, Lezama Lima, que trabajan dentro de una línea que considero más universal, rigurosa e inventiva y que, a la postre, interpretan con mayor madurez artística, y sin trazas de folklore, (¿?) la esencia misma de un continente y una cultura.
JEE.— En cuanto a preferencias literarias, estoy de acuerdo contigo, en líneas generales. Pero es imposible subestimar la importancia de los narradores del Boom, gracias a los cuales toda la literatura latinoamericana ha adquirido una identidad y carta de ciudadanía internacional. Sucede un poco como con la Transvanguardia que tú defiendes: quizás sus autores no son los artistas que personalmente preferimos, pero son ellos los que han abierto las puertas a una forma de expresión, pictórica o literaria, que con el tiempo podrá dar frutos cada vez más maduros. Se podría decir que esos escritores latinoamericanos conforman la única Transvanguardia literaria internacional, puesto que poseen los requisitos por ti señalados: nomadismo cultural, hedonismo verbal, genius loci, unas gotas de folklore y de Kitsch, es cierto, y, sobre todo, éxito, ingrediente este último que es parte constitutiva de estas formas de arte, amplificado por la civilización multimedial en que vivimos.
ABO.— Ciertamente. Pero volviendo a la materia que me concierne más directamente, o sea a las artes plásticas, con excepción de Matta, como tú mismo me lo señalas (que ha vivido siempre entre Europa y los Estados Unidos), no he encontrado entre los artistas latinoamericanos, por mí examinados en tres bienales de París y dos de Venecia (salvo rarísimos casos que, obviamente, prefiero no mencionar aquí) una identidad artística suficiente ni un lenguaje realmente libre de los modelos europeos o norteamericanos. (NOTA: intuyo que este hombre nisiquiera oyó hablar del Pópol Vuh). Pero este fenómeno no es sólo latinoamericano. No te digo nada nuevo si afirmo que los buenos artistas son escasos en todas partes. Tanto más escasos lo serán en lugares en donde la existencia misma es un problema. Dicho esto, tengo que reconocer que, a pesar de algunos viajes por México, Brasil y Argentina, no conozco a fondo la situación artística de ninguno de estos países (¿entonces para qué opina el capullo?) y temo mucho, además, que mis códigos culturales sean diferentes a los de la cultura latinoamericana.
JEE.— La matriz cultural —heredada a través de la lengua española y de modelos artísticos europeos— es la misma de toda Europa occidental. Como dice Octavio Paz: «Somos una porción excéntrica de Occidente». Sólo el hábitat y nuestro patrimonio cultural indígena —sobre todo en México y los países andinos, como el Perú— modifican esta herencia, dándole carácter único. Sin embargo, artistas grandísimos como Picasso, Klee o Miró no tuvieron nunca ningún problema de códigos y supieron no solamente leer y gozar plenamente del arte primitivo y precolombino, sino que estas expresiones constituyeron para ellos las más altas fuentes de inspiración en el proceso de renovación del arte europeo (NOTA: un poco de espíritu no le viene mal), iniciado por ellos mismos. Aun hoy día, el citado Gadamer, aclara que no es de las sociedades avanzadas, como los Estados Unidos (el Japón, es un caso aparte), que surgirán nuevas energías para el arte, sino, precisamente de algunos países marginales, pero de antigua identidad cultural. Es posible que sea así nuevamente.

(Touché, Jorge Eduardo).



En esta foto, un ejemplo de arte postransvanguardista. Se titula Chupándole el culo al curador, y es obra de Ondrej Brody y Kristofer Paetau. La performance podría extenderse también a los críticos de arte, comisarios, galeristas y marchantes. Toda una revelación que se expuso este año en Arco. A la postre, yo he pensado en invitar a ABO para mi próxima exposición, y parodiando a los polacos, desafiarle a bajarse los pantalones e inyectarle una sobredosis (si se pudiera) de ayawaska. Por el culo, claro. No creo que me haga caso, pero la idea de imaginármelo corriendo y chillando por los pasillos me dá un placer orgásmico. A ver si se entera de una buena vez que el arte no es cuestión de "modelos" o fronteras, todo más si éstas hacen referencia al obtuso paradigma neocapitalista que convierte a ciertos artistas en esclavos de un sistema que lo corrompe todo, inclusive a ellos mismos. Sean de donde sean.