25/3/10

H.I.J.O.S en Madrid. Todos los que aún estamos aquí

La poesía es pan para hoy y hombre para el maniana.
(Totema)

Martín Poni Micharvegas no es sólo una persona digna de verse y leerse, sino todo un personaje. Poni llama la atención al entrar, con su pintoresco chambergo de fieltro, su larga gabardina sesentera y su pelambre de incuestionable asambleario de la vieja guardia –única y verdadera guardia, quizá- de mitad de los ’60. A sus gloriosos setentaycuántos, es lo que en estos tiempos de utopía ya muerta según Lipovetsky and Company, llamaríamos un romántico.
Sin embargo, el Poni no puede ser más real.
Le conocí ayer, de forma casual, en una performance que se hizo en cierta sala muy malharrense del barrio de Lavapies, en Madrid –para quien todavía no lo sepa, la Malharro es la escuela donde estudié Bellas Artes allá por los ’90-, celebrada por el grupo H.I.J.O.S, Casa Argentina de Madrid y CE-AM (Comisión de argentinos exiliados en Madrid), a propósito de los 34 años de la dictadura videliana. Se trataba de una reunión sencilla, con rompecabezas de las Madres, fotos de los desaparecidos, sonidos reconocibles, ilustraciones a tinta de la época, comics, blancas camisetas, y un vídeo que se reprodujo a lo largo de toda la velada donde se pudo apreciar el estado en que van los juicios a los genocidas.
Como me decía un compañero con el que me fumaba un cigarrillo: “El estado de derecho es lo que tiene: demasiada lentitud, hay que demostrar los cargos, hay que encontrar las pruebas…”; y ese incómodo etcétera que en el caso de los diréctamente afectados se niega a ser omitido, y con toda razón: el de las amenazas a los testigos, por ejemplo, o el de las trabas a la justicia impuestas desde oscuras células de corrupción que aún en la clandestinidad sostienen su hegemonía, y que parecen definir parte de nuestra más sombría identidad latinoamericana.
Pero también está la otra, la luminosa, sin la cual es indudable que no podríamos estar aquí. Es la parte que vive, que viaja, que permuta y transforma el lenguaje identitario, que trabaja, que crea, que hace honor a la memoria, que exorcisa a la muerte usando como recurso la poética del arte.
Es el caso de Poni, que ya lleva viviendo en España la edad de Cristo, y que ayer por la tarde nos compartió su apasionada poesía subido a una tarima improvisada, contra un fondo de rompecabezas de pañuelos blancos, y en las alturas de un cielo-raso quebrado por un muro, los retratos de los sicarios de la muerte con sus sombreros militares. Esas caras que todavía me dan miedo: el mismo miedo que me daban a los once años. A pesar de su informalidad, el contraste –sabeis que me impresionan los contrastes- resultaba tan aléphico como perturbador.

Sacha preguntó si la mano tenía algo de señal de STOP. Marta dijo que su aspecto era sabia. Pi subrayó que la mano parecía palpitante. Yo fui a mi casa y comencé a escribir:

Mano poderosa
Mano caudal
Mano serena en medio de escenas espantosas
Mano de abril fragrante
Mano abierta de mayo dejando correr ocres
Mano torporosa de junio ovillada de frío sobre sí misma…


Cosa curiosa, la mano caudal del cielo nos arrojó un aguacero de esos que suelen llover en Madrid, de a ratos, y hubo, entre otras cosas, que poner baldes para atajar el agua que se filtraba por un ángulo de la sala. Entonces mi mente se confundió, y allí sentada en esa silla de aluminio cogida de un patio con sauce, tuve la sensación de que tiempo y espacio me devolvían al país del sur, con Poni declarando su poesía, con la carta abierta de Rodolfo Walsh a la Junta Militar, con la grabación del rugido de una multitud en la cancha, o acaso en un acto político de envergadura, que no lo he preguntado. Sin embargo, la mano arcoiris aspergiendo sus colores en los páramos secos, de Poni, ponía fin a cualquier forma de muerte. Porque si algo han de tener las manos de un poeta, es la virtud de siempre poner fin a cualquier forma de muerte.
Parte de este post tiene la intención de registrar, de manera quizá impresionista y cambalachesca, lo que Monet hacía con sus flores. La obra de Martín Poni Micharvegas, argentino de nacimiento, bí-glota y preculsor del casteyano escrito con Y, ciudadano del mundanal ruido universal, activista, totemista, poeta y editor autogestionario, testigo viviente del DiTella, psicoanalista de la vieja guardia –de los míticos-; actor, dibujante, en fin, vitalista… oxigena la tragedia con poiesis, desactiva la bomba (activando la vida con munición de poesía) y nos devuelve al mundo recordándonos que estamos vivos. A todos.
Pero también tiene otra intención, y es ni más ni menos que la de recordar la labor de H.I.J.O.S, estos muchachos de entre los venti y los trenti, que a fuerza de pulmón sacan adelante, mediando ese ancho mármol azul separador o -según se mire- afiliador de continentes, el arduo compromiso de ubicar a quienes creen, o sospechan, ser hijos de desaparecidos. Estos muchachos son hijos de exiliados, presos políticos y fusilados durante las dictaduras militares implantadas en los países latinoamericanos durante los ’70*, y según reza su blog -que podeis ver enlazado en éste- se cree que pueden haber unos 20 chicos usurpados en territorio español. Su tarea, como es obvio, consiste en devolver a esos muchachos su identidad.



Ayer mientras estaba entre ellos saqué la foto que veis arriba. No es una buena fotografía, lo sé; pero a falta de luz, photoshop y un buen equipo fotográfico, se hace lo que se puede. Todo más si se piensa en cómo me temblaba el pulso cuando la saqué. Sin embargo me apetecía subirla al blog, porque representa el testimonio imperfecto aunque genuino de una reflexión hecha de súbito ante un espejo: el de tener plena conciencia de que yo pude ser uno de ellos. Y sí, cualquiera de nosotros, de ser mayores, podríamos haber sido uno de ellos. Quizá por eso haya escrito Vientre de fango, ese “hilo conductor” que me condujo hasta un patio con sauce tan parecido a otros patios.
Hace poco descubrí que postergar su publicación ha resultado ser de sumo provecho para la novela. Evidentemente, Vientre necesitaba una revisión. Completa. Es curioso como, pasado el tiempo, uno vuelve a acercarse a sus propios textos de una manera diferente, en muchos casos enriquecedora. Entre otras cosas, al rescribir cierta parte, tuve la certeza de que había un detalle no todo lo suficientemente explorado. Para sacarme la duda y no faltar a la verosimilitud –no tanto del relato como de los hechos reales-, supe que necesitaba ponerme en contacto con Abuelas, y es así como voy a dar con H.I.J.O.S, y es así también como voy a dar con Marta –abuela criolla de suéter azul con marido vasco argentino y de nuevo vasco, doble exilio-, y es así como voy a dar con Poni, y es así como vuelvo, una vez más, a mojarme en el vino agridulce que destila la memoria por el ombligo, y que es causa y fundamento de toda literatura.
Si es verdad, como dice el poeta totemista, que la poesía es pan para hoy y hombre para el maniana –mañana no, que eso no es en casteyano (ni en espantino)-, la prueba tangible de que el objetivo de cercenamiento ideológico ideado por la dictadura ha resultado ser un rotundo fracaso. Entonces, escribir poesía después de Auschwitz… ¿es en verdad un acto de barbarie?

Compañero que lees: ¿cuánta
esperanza palpitante en sus redes
no nos trajo este pescador
del mar de la nada?

(Martín Poni Micharvegas, Totemas)

Yo prefiero creer que no... ¿vale? Y no porque vayan a resucitar los muertos.