19/6/09

A este perro le falta una pata

Y aquí viene el perro. El que más bien ni fú ni fá, el que mucho no cuela, el cojo. Menudo mutante este perro.
Recuerdo a Linda Perry, de 4 non blondies, allá por el '93. Le echo un vistazo a sus botas, sus calcetines a rayas, su gran sombrero de aviadora (comprado, probablemente, con muy pocos ahorros en una tienda de segunda mano), su “falda” de florecitas (¿o serán unos calzoncillos?) y su largo chaquetón de militante finisecular. Ni siquiera es mi canción favorita, pero me gusta. La considero emblemática. ¿What’s up?, pregunta Linda; ¿y ahora, qué?¿qué es lo que se viene?
4 non blondies -una sencilla banda pop con un solo hit de éxito- dán la impresión de ser frágiles, saben que su formato va a morir pronto. Ése es el único pecado que se le puede atribuir a la generación del ‘90: la de saber que iban a morir pronto. Que su adolescencia iba a durar muy poco y que, como dijera Patti Smith veinte años antes, algunos servían como cruzados y otros como moscas aplastadas contra una valla, viviendo, además, una existencia espartana. De ahí la desidia, de ahí el cinismo, de ahí el escepticismo.
Quince años después, hay quienes obervamos aturdidos, y no sin pena, la nostalgia a ratos justificatoria, a ratos altiva, a ratos reivindicadora, de los caídos en la guerra. Sangre que en su momento coaguló, ha echado raíces, y se ha vuelto cáncer de los ojos. Nos tocó el what’s up, y aunque nunca hayamos cogido el fusil, también es verdad que parte de ese peso recayó sobre nosotros. Y aunque aún haya quienes se rasguen las vestiduras por viejas nostalgias de otro siglo, yo veo cada vez más claro que, al menos por mi barrio, el estado general de miedo a perder lo poco que hemos logrado hace que la gente sea cada vez más infeliz, y que el mundo se tuerza cada vez más a la derecha. Quince, o veinte años después, los chicos hacen el insight.
En la primera edad de la vida, cuando la sangre bulle con alegre ferocidad y las neuronas hormiguean con la clarividencia de los corazones presuntamente rebeldes, no imaginas que algún día tendrás que negociarlos para conservarte. Pero cuando ya no hay nada más que negociar, el resultado es un producto híbrido entre la ideología y el mercadeo. Un estertor final que nunca llega a cuajar, porque no es más que la otra cara de la misma moneda.
Hace tiempo intentamos socavar las bases con nuestras canciones, nos las quisimos comer de un solo bocado, un espacio ilusorio para la evasión. Otros, más prácticos, se apuntaron a la derecha de la historia. Son los mismos que hoy nos pasan la factura y nunca están saciados. Ya no se trata de defender la ideología, se trata de mantener su impronta, porque bien sabemos quién ganó. Al menos para mí, desde ahí la lucha se me hace estéril. Rebelarse contra algo no es una manera propicia de romper la base, sino de negarla (que no es lo mismo que vencerla). No implica una transformación profunda del concepto, sino sólo un modo de defenderse contra él. No es un proceso real hacia una verdadera evolución, sino la lucha de un ego contra otro. Y al decir esto me doy en plena mejilla.
¿Dónde está, pues, la verdadera revolución?
A este perro le faltará una pata -me hago la tonta, lo admito, y además esa pata ya no la necesito-, pero esta noche tengo ganas de volverme colibrí o árbol impávido, y no perro. Le debo un post a esa aviadora que es, un poco, un reflejo de lo que fui. De lo que hemos sido muchos, antes de caernos del guindo. Eso me trajo hasta aquí, con o sin muletas.