9/4/10

Antonin Artaud / Los Tarahumara.

Así pues, sentí que había que remontar la corriente y estirarme en mi preconsciente hasta el punto en que me viese evolucionar y desear. Y hasta allí me condujo el Peyote. -Conducido por él, vi que lo que soy tuve que defenderlo antes de nacer y que mi Yo no es sino la consecuencia del combate que libré en lo Supremo contra la mentira de las malas ideas.
Y por mucho que los seres balbuceen que las cosas son así y que no hay nada más que buscar, yo, por mi parte, veo que han perdido y que desde hace mucho tiempo no saben lo que dicen, pues ya no saben dónde han ido a buscar los estados con los que se tienden por encima de la ola de ideas y en los cuales se toman las palabras por hablar.
La explicación reside en el hecho de que, efectivamente, hace siglos sus pensadores abdicaron como ellos ante ese esfuerzo de honor que consiste en merecer la propia conciencia, cuando se sabe dónde hay que ganarla.
-El incosciente no me pertenece, salvo en sueños, y además todo lo que en él veo y todo lo que arrastra ¿es caso una forma marcada para nacer o lo sucio que ha rechazado?
El subconcisnte es lo que transpira de las premisas de mi Voluntad, pero no sé muy bien quién reina en él, y estoy convencido de que no soy yo, sino la ola de las Voluntades adversas que, no sé por qué, piensa dentro de mí, y nunca ha tenido otra preocupación en el mundo ni otra idea, que la de ocupar mi lugar, dentro de mi cuerpo y de mi yo.
Pero en el preconsciente donde sus Tentaciones me maltratan, todas esas malas Voluntades las veo, esta vez armado con mi consciencia y ¿qué me importa que se desplieguen contra mí, si ahora me siento dentro de ella?
El Peyote me mantendrá en el Preconsciente y por encima del estado del hombre, sabré de dónde se ha formado mi voluntad y cuál es esa fuerza con la que se ha arrojado hacia el lado donde el Bien la llama, contra el mal que la perseguía.
El Bien y el Mal, dicen los sacerdotes de Ciguri, como después volvieron a decir los místicos de Jesucristo, no ya en sensaciones y visiones, sino con la prueba del martirio y la experiencia de sus llagas, el Bien y el Mal no son dos tejidos opuestos y dos principios, el Bien es lo que existe y el Mal lo que no existe, lo que no vivirá y se acabará. El Yo del hombre no siempre creerá en él. Pero esa ciencia necesita ganársela.
Y parece ser que el objetivo de la danza del peyote, rito ejecutador de las enseñanzas de la Planta dada al hombre por Jesucristo, en origen consistía en invitar al ser humano a ganar su conciencia. Pues sin su ayuda no hubiera podido decidirse a hacerlo.

Antonin Artaud

Los Tarahumara. Barral Editores, Barcelona, 1974.