18/6/08

Verano

Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. -Basho

Se dice que los gatos tienen 7 vidas, y que las personas tienen tantas como heridas hayan bajo sus pies. Yo no sé cuántas tengo, porque nunca las conté ni quiero hacerlo, pero lo que sí sé es que, digan lo que digan, a mí el río Manzanares me hace bien. Ahora es buen tiempo para ir, pero la mejor época es a comienzos de primavera, que es cuando el río está lleno, el aire empieza a calentarse, y huele a jaras, romero y jazmín salvaje.
A diez minutos de mi casa está la Chopera, mi primer puerto bautizado. Si te desvías de la carretera por un sendero pedregoso, te adentras en lo que yo llamo “la entrada pobre” del parque regional de la Pedriza, que es para ir andando. Es a mediados de marzo cuando los chopos sueltan su pelusa y la tierra se cubre de blanco, como si fuera nieve. Hubo un año en que los chopos nevaron bajo un cielo intensamente azul.
Es un hecho cierto, aunque no probado, que la humilde ribera del Manzanares que corre paralela a la carretera, huele a brujas. O más bien a ondinas, esas criaturas invisibles que no necesitan coches de ocho cilindros para deslizarse por el agua como torpedos. Para sentir su presencia no hay que creer en cuentos de hadas ni haber pasado por el psiquiátrico: sólo hay que saber escuchar.
Yo conozco un lugar -del que no voy a dar las coordenadas, no vaya a ser que a algún loco le dé por subir desde Madrid y dejar el sitio lleno de basura- donde los elementales retozan a gusto y se ríen de la ingenuidad humana. Aquello oscila entre la sencillez de un paisaje japonés y la voluptuosidad de un bosque celta. Hay que tumbarse, quedarse muy quieta, respirar hondo… y escuchar. A veces nisiquiera es necesario hacer esta parafernalia: basta con dejarse llevar por el agua. Si me quedo un buen rato oyendo el rumor monótono y vivificante del agua corriendo entre las piedras, mi cerebro se apaga. La razón desaparece. La máquina se detiene y descansa el motor. Esa sensación aparece justo detrás de las orejas, se desliza por la nuca, sube, y se instala en lo alto del cráneo. Es como un suspiro de alivio, como una caricia interior. Cuando sucede (es raro que no suceda, y si no sucede es que debo preocuparme) siento un cosquilleo detrás de las orejas, y a veces inclusive a la altura del plexo.
Nuestros antepasados dejaban que los malos pensamientos se fueran con la corriente del río y se ponían a cantar: como la música, el agua se desliza en la corriente del tiempo, pero es un tiempo no-tóxico, muy diferente al que percibimos cuando nos pilla un atasco. A esto, los orientales le llaman haikai.
Por eso digo que a mí el Megabrain no me cuesta un duro. El megabrain es un sofisticado aparato ideado por psiquiatras estadounidenses para conseguir que los dos hemisferios cerebrales -que funcionan de manera separada- lo hagan conjuntamente, utilizando sonidos y luces cuyas frecuencias producen un efecto relajante y de trance. En www.megabrain.net se dice que las brujas y los chamanes ya conocían la técnica al combinar el sonido de los tambores con las fogatas. Y sin tecnología. ¿Cómo lo harían? Fácil: escuchando. Sencillo, si vives en el campo.
Por eso las brujas no necesitaban el megabrain. La sabiduria brujil no proviene de la tecnología sino de la experiencia. De tanto oir las voces de la naturaleza, aprendes a interpretarlas. Que es la mejor forma de aprender. Puro empirismo natural. La experiencia me indica que el agua de las 8 de la tarde es la mejor para echarle a mi siso, y que para llenar el matraz de mi santuario personal es preferible que coja el agua en luna llena. Tan sencillo como aprender a silbar. Que yo sepa, no hay cursos para esto: de tanto intentarlo, un buen día descubres que finalmente puedes hacerlo y te preguntas: “¿Cómo lo he conseguido?”. En la escuela de los meses y los días nunca acabas de graduarte. Me recuerda a un haiku de Kobayashi Issa:

No tengo nada
¡salvo esta quietud,
esta frecura!


(Post actualizado- agosto de 2007)