1/9/16

Mejor no hablar... de ciertas cosas

 Me dicen algunos que debería cuidar "las formas" a la hora "de decir las cosas". Esto es muy nuestro. Todavía nos creemos la hija menor de Francia, que ya aprendió a protestar y armar revoluciones hace como 200 años. Nuestra apreciación de la etiqueta francesa procede de la época de los Luises, me temo, y no del mayo francés. Habría que tomar esto en cuenta a la hora de presumir de educación "a la francesa".
  También me dijeron, el otro día, que cuide mi manera de decir las cosas "tan directa" porque luego "me hace sentir peor". Lo que no sabe esa persona es que lo que me hace sentir peor es no decirlas. O callarme para no discutir con alguien que sé que en vez de oír lo que digo, nada más se oye a sí mismo mientras habla.
Hace rato que aprendí a dejar de pedir por favor para todo y a dar las gracias por cualquier tontería. Y esto les va a molestar a algunos, pero somos un pueblo reprimido por dictaduras, y se nota hasta en la etiqueta. Nos creemos muy educaditos por dar las gracias, pero preferimos pasar de la miseria que abre su boca de espanto a 6 kilómetros de casa. Y esto sí que es violencia. Como la violencia que aflora en las otras 22 provincias, y que hasta hace poco había que hacer de cuenta que no existía porque el ego de la gobernanta se podía ofender.
Lo peor que he visto en la Argentina desde que volví, ni siquiera es la miseria -porque ésta sigue siendo la misma de siempre, incluso peor - sino el recorte de libertades mentales y civiles que se viene terciando desde hace lo menos dos décadas. El gobierno pasado cargó sus tintas sobre esto, haciendo de cuenta que en realidad nos vendían libertad. Pero fue una venta de humo de marca mayor. Esto sin entrar a analizar -lo cual daría para otro post- el daño mayúsculo que ha producido la supresión de la información y de bibliografía procedentes del exterior. Se ha infantilizado al pueblo marcándole los pasos sobre lo que tiene que pensar, decir y hacer, ridiculizando y aplastando a quienes creemos que el libre intercambio de información favorece la cognitividad y la imaginación. Un crimen contra la inteligencia y la libertad integral. Pero claro: ojos que no ven...
Estoy francamente indignada con la cantidad de gente que mientras muchos de nosotros militábamos en la universidad para pedir un aumento en el presupuesto, eran de la derechosa UCD (uno llegó a ser vice) o se regían por el sermón de turno tratándonos a todos nosotros de troscos, y hoy día se las dan de militantes sólo por subir dos o tres boludeces al facebook para ofender a su familia anti-K. Lo mismo a quienes son del otro bando, porque no crean que se salvan: ninguno de ellos militó en los 80, no son más que fantasmas armando su guerrilla infantiloide en internet. Y defecando sobre las cabezas de quienes sí militábamos, y teníamos que esconder los ensayos sobre el Capital de Marx en una cajón bajo llave, para no ser descubiertos por padres y dictaduras. Así está el país: enfrentado contra sí mismo, enojado, egoísta y profundamente violento. Es decir: el mal argentino, llevado al extremo.
¿Y me piden que me calle? A buen puerto van por leña. Que se callen ellos, últimamente pienso en cambiar de amigos. La verdad este hackeo me ha venido bien. 
Violencia es suprimir la libertad civil de poder comprar moneda extranjera para viajar al exterior, porque mi gobierno me impide tanto una cosa como otra. Dado que la moneda de mi país no cotiza en el exterior, y con razón, porque si nosotros no le damos credibilidad, ¿por qué hemos de pretender que los de afuera se la den?
Violencia es pretender que cambie mi manera de hablar para no ofender a quien no es capaz de oírse más que a sí mismo. Aunque, pensándolo bien, oírse nada más que a sí mismo está buenísimo para tener que hacer oído sordo a todo lo que proceda de fuera de narciso... ¿Será por eso que Freud tuvo tanto éxito entre nosotros?
Violencia es todo tipo de maltrato ejercido hacia el más débil, algo que en Argentina se ha normalizado, especialmente si se es mujer, niño o anciano pobres. Y no porque la mujer sea más débil, sino porque vivimos en un mundo macho donde a la primera de cambio, si una mujer sin aspecto de potentada alza un poquito la voz para reclamar un derecho, te salta a la yugular una tropilla de babuinos, en plan prepotente y burlón.
Violencia es la pobreza que se ve, no se mira y se ignora a propósito. Violencia son las vallas que le ponen a los barrios y a la personas. Violencia es la droga que le venden a los pibes para que puedan matarse entre ellos, y esto pueda extenderse hacia fuera.
Violencia es el odio entre clases. Sigan odiando, nomás, los que odian, que en menos de diez años tendremos un país de analfabetos y delincuentes, mucho peor que la España franquista por la que tanto se desgarran las vestiduras los hispanófobos provincianos que basan todo su conocimiento en lo que les vende la prensa.
Violencia es la inflación del 30% mensual en la comida, y que no haya control de precios por parte del gobierno. Que éste mienta descaradamente a propósito de estos controles. Que hayan subas de hasta el 1000% en los servicios y desaprensivos que lo justifican, felices de que mucha gente no pueda pagar. Eso es violencia, y no la queja justificada y directa.
Violencia son los pibes que se mueren de hambre en Santiago, en Tucumán, en el Chaco, en Misiones... y en todo el país, y que eso pretendan paliarlo con planes de hambre, cuyas cantidades simbólicas sólo alcanzan para alimentar a un niño 3 días.
Violencia son los pueblos originarios cuyas tierras fueron, son y seguirán siendo robadas por multinacionales sociópatas que entran al país mediante coimas al gobierno, que luego se jacta de sus índices de crecimiento. Violencia es la forma en la que se burlaron de Felix Díaz, y vergonzosa la manera en que pretendieron comprarlo.
Violenta es la Argentina, con sus pretensiones de etiqueta francesa, su suciedad generacional en las cunetas, sus machitos disfrazados de intelectuales, sus psicópatas acelerando a propósito cuando alguien va a cruzar la calle, su "avivada" dispuesta a quedarse. Y al próximo que me diga que me calle, volveré a repetir lo que dije el otro día: "No me hace mal lo que digo, sino lo que callo". Porque llevo casi cinco años callándome por educación, por etiqueta, por intento de re-adaptación, o quizá pura y llanamente por amor. Pero no, ya no me callo más. Porque no es violencia lo que se dice, sino lo que se consiente.
Estamos en la edad media del continente. El que se ofenda, puede darle a la pestaña de arriba y pasar página para siempre. Como pienso hacer yo muy pronto.