4/11/15

Segunda vuelta II (y final)


No suelo escribir sobre política, pero en esta ocasión no me puedo contener.
Vivo en un país donde votar es obligatorio. Como mucha gente no tiene clara aquí la diferencia entre deber y derecho, entre libertad y esclavitud, les parece una especie de "traición a la patria" -ciertos conceptos trasnochados no han logrado superarse aún- el hecho de negarse, o acaso comentar, que una preferiría no votar. O en su defecto, y ya que obligan, votar en blanco. Parece que a nadie se le ocurriera que verse obligado a elegir entre dos ineptos puede ser una traición contra uno mismo. Por lo tanto, aunque sepamos que ninguno de los dos candidatos nos representa, hay que ir a votar igual. Están exentos los enfermos y los que vivan a más de 500 Km de distancia (otra vergüenza: tendría que ser a menos de 100), pero no los analfabetos, por ejemplo, o la gente sin formación. De ahí que sea tan sencillo comprar el voto de los más necesitados. De esto no se horrorizan los fervorosos patriotas del voto obligatorio, que hoy mismo están preocupadísimos porque el adalid del oficialismo podría perder como en la guerra frente a su contrincante de la rancia derecha vendida al FMI, hija y nieta de la dictadura del 76. Así pues, mientras van pasando los días y se va acercando la segunda vuelta, el oficialismo le mete miedo al pueblo amenazando con que la oposición dará de baja lo programas de ayuda social, las jubilaciones, las subvenciones y el 90% de los logros obtenidos hasta hoy (lo cual no es poco). Por su parte, la derecha ha dado sobradas pruebas de que sus intenciones justifican lo temores del oficialismo.

No obstante, los dos pretenden que vayamos a votar. Y claro que iremos, muertos de miedo y atenazados por una ansiedad clínica, pero iremos. El panorama se presenta de gris oscuro a negro, con un candidato débil por parte del oficialismo, y otro fuerte que sólo convence a los que en su momento llegaron a hartarse de la soberbia de CFK y su corte la Cámpora. Hoy mismo intentan levantarse lastimosamente del golpe dado el 25 de octubre, y han iniciado una guerra salvaje en las redes sociales y los medios de prensa. Lo mismo ocurre con la oposición, que se alza no menos soberbia sin haber ganado todavía. Medio país la aclama, apostando a la esperanza de un futuro mejor. Algunos inclusive llegan a soñar con que muy pronto habrá unión entre los argentinos, una concordia perdida debido al fundamentalismo K, que ha llevado a separar familias enteras y al enfrentamiento entre amigos. Si no es una fantasmada la existencia de ese gobierno mundial del que tanto hablan en la red, los técnicos en aplastar países deben haber estudiado en profundidad la psicología del pueblo argentino, horadando con éxito en algo que nos caracteriza y nos ennoblece: la amistad. Si querían hallar un sistema para separarnos, nada mejor atacar nuestro punto fuerte y separarnos. Sonará reduccionista, pero es más viejo que el diablo y reza: divide y triunfarás.

Al oficialismo K le fallaron 2 cosas: el candidato y la falta de autocrítica que viene mostrando desde hace mucho. Es penoso, porque hicieron mucho a nivel de justicia social, pero faltó un ejercicio de humildad ante irregularidades de gravísima envergadura. Y eso pasa factura. Lamentablemente, si llega a ganar la derecha, millones de argentinos pagaremos los platos rotos de esa estúpida soberbia biznieta de virreyes.

I, pet goat II

Lo que la nueva era parece ignorar es que a Cristo no se lo conoce mediante la iluminación individual, sino mediante el quebrantamiento del ego. Sin embargo, para ellos la iluminación es siempre un asunto individual. La nueva era es sin duda el credo de los llamados "illuminati", portadores de esa lóbrega antorcha-zanahoria que hipnotiza a los demagogos. De ahí que en vez de unir separe y excluya, dejando fuera a todos los que no puedan pagarla. Lo cual en realidad viene a ser una bendición, porque como ocurre con la salud, la educación y la cultura, la nueva era no es más que otro tentáculo de los poderes en la sombra. Para muestra: I, pet goat II, del canadiense Louis Lefebvre.