viernes 18 de julio de 2008

Ayahuasca I: la cabeza

Llegué a Barcelona el jueves pasado con la camiseta empapada, y una mala leche de la hostia, resultado del calor. Me instalé en una pensión propiedad de una argentina enorme con pinta de pulpera, que me condujo a través de un corredor con olor a fritos y me abrió la puerta de una habitación interior diminuta y casi asfixiante. Le pedí un ventilador y un cenicero (ni se me hubiera ocurrido pedirle unas tohallas), me duché inmediatamente y me acosté a dormir sin lamentar el pocilgazo, ya que sólo buscaba un lugar donde pasar la noche sin tener que hacerlo al raso.
Me desperté sobre las nueve de las noche con ganas de ir a dar una vuelta. Después de cenar pensé en tomarme una copa en uno de esos baretos oscuretos que asolan las callejuelas del barrio Gótico, pero al cabo recordé que no podía, ya que a 24 horas de la toma de ayahuasca es mejor no beber alcohol. Diría, más bien, que no se debe. Además, ¿a quién se le ocurriría tomarse una copa sola en un bareto? Aburridísimo. La máscara underground no es más que otra máscara, una aparentemente progre, aunque tan esperpéntica como todas las demás. Y esto sin hablar de la invasión guiri, los chavales que se apuntan a sus filas tumbados en la calle entre grandes bolsas de basura, el olor a alcantarilla mezclado con el aroma de los inciensos, los pakistaníes cachondos y los camareros que confunden gótico con mudéjar. Regresé al hotel.
Al llegar encendí el ventilador y me quedé dormida de un tirón, segura de que mi fugaz pasaje por Barcelona no era más que tiempo muerto. No estaba nerviosa, pero me sentía asténica. Me hubiera encantado tener alguien con quien compartir la experiencia, alguien con quien saborear las horas previas al gran salto. Como no pudo ser, tuve que conformarme con lo que había y disimular esa difusa sensación de desamparo que dá llegar a una ciudad que apenas conoces. Y para colmo, sola, ya que a ninguno de mis amigos les hubiera apetecido cogerse un fin de semana en Barcelona para tomarse una ayahuasca, y los que conozco y viven allí estaban tomando el sol en Granada. A esto se sumaba la presión de que la única persona con la que había quedado era alguien a quién sólo conocía de Internet. Que así es como suceden las cosas a menudo: si quieres algo, no te lo pienses más, ve a por ello y arriésgate.
Hubo suerte. Mucha, diría yo, tomando en cuenta que la gente de la Societat que me invitó a participar de la experiencia (cuyo nombre no revelaré por una cuestión de ética, ya que si ellos no lo mencionan en su propia web básicamente por cuestiones legales, a mí no se me ocurriría mencionarles en mi blog), no suele admitir gente “sin referencias”, según me informó un joven psicólogo vasco que desde el primer instante me consideró una advenediza, y cuyo comentario sobre la prensa encubierta y la Mercedes Milá todavía me hace descojonar. No le hablé de mi franqueza a la hora de explicarle mis motivos a Irene (que la llamaremos así) en un e-mail al que respondió con desusada rapidez, sabiendo que mi motivación poco o nada tenía que ver con lo lúdico o lo psiconáutico, sino con lo terapéutico. Habiendo tanto pajarraco interesado en la ayahuasca como una alternativa más para contactar con los extraterrestres, jóvenes aprendices de Escohotado en babuchas, ex-hippies cincuentones con una novia nudista, universitarios vegetarianos Erasmus, universitarios carnívoros amantes de la música electrónica, ex turistas de Goa, masajistas de shiatsu musculados, musicólogos intérpretes de Gurdjieff, psicólogos hipnotistas, y un largo etcétera que ya se imaginarán, mi caso le habrá parecido una auténtica gozada (...).
Llegamos a la finca a las cuatro de la tarde del viernes en el coche de Irene, con llovizna, y la placentera sensación de habernos quitado de nuestras espaldas el gran peso de la ciudad.
La finca se levanta sobre una sierra baja pero exuberante, entre bosques de encinas, robles, pinos, castaños y madroños, a unos 500 metros sobre el nivel del mar. Un sitio realmente bello. El recibimiento quedó en manos de un tal Mario, que pese a ser muy bueno, me pareció que despedía un cierto tufillo a desconfianza. Yo no tenía idea de que las habitaciones fueran compartidas, así que bajé por Irene a preguntarle si ésa, realmente, iba a ser mi habitación. Como no la encontraba por ninguna parte, fui directo a la cocina y la encontré comiendo. Inmediatamente me sacó fuera aduciendo que estaba prohibido entrar en la cocina. Sin hacer preguntas, y por sugerencia suya, me puse a buscar otra habitación, pero acabé descubriendo que todas eran similares, así que me ubiqué en una litera junto a la puerta, haciéndome a la idea de que esa noche habría que aguantar ronquidos.
Me eché una siesta hasta las seis y fui directo hacia la piscina, con la omnipresente figura de Mario, todo sonrisas, a mis espaldas.
- Y qué tal… ¿ya te has instalado?
- Pues sí, estupendamente. Oye, esto es una preciosidad, de veras…
- Lo es, sí. Pero ahora date un baño en la piscina, anda… Prepárate para el viaje.
Cosa que desde luego no hice. Me refiero al baño. Antes que nada, tenía que tomar contacto con el lugar. Plantar el ancla. Es mi manera de ser: primero me voy con tiento, luego observo, analizo y finalmente cojo lo que me interesa, pero cuando lo hago me voy con resolución y bien segura de lo que quiero, cómo y por qué. De momento, lo único que quería era tumbarme en la piedra, y bajo el sol, a ver como las nubes mudaban su estado de cúmulos a caballos, mientras, a mi alrededor, el canto de los pájaros y el rumor de la brisa entre las hojas de los árboles empezaba a mezclarse con el crujido de los neumáticos sobre el ripio. Portazos, grititos, besos y abrazos. Irene había desaparecido, y después del episodio de la cocina ni se me hubiera ocurrido buscarla para echar un cigarrito. Al cabo de una hora ya había una media docena de personas alrededor de la piscina, pero parecía que nadie se animaba a meterse al agua ni entablar conversación. Mejor meditar, leer un libro, fumar, o quedarse mirando la lontananza. Cada cual dentro de su piel de cebolla. Faltaban tres horas para la primera toma, y eso ya empezaba a parecerse demasiado a una sala de partos.
Los preparativos para la toma empezaron más tarde de lo previsto, aproximadamente hacia las diez de la noche. Yo me había pasado parte de la tarde sin hacer mucho más que observar cómo caía la bruma sobre el cerro como una cortina móvil de seda gris, y jugar con los instrumentos musicales. Alguién me pilló dándole a las teclas del piano, echó un tímido vistazo, y desapareció.
Hacia la noche la sala de meditación se llenó de sillas. Tres filas de sillas perféctamente dispuestas en círculo alrededor de un bonito altar con flores naturales, dos grandes cirios, un cuenco con agua y gran cantidad de incienso. La gente iba y venía, entrando, saliendo, reencontrándose, dándose palmaditas en la espalda, o simplemente deambulando por la terraza, con vistas al bosque, y en silencio.
Habiendo pasado un buen rato en la finca ya empezaba a entender las reglas. Cada cual a lo suyo, si nos conocemos qué bueno, y sino, siempre habrá algún psicólogo aprendiz de ayahuasquero que le dé por soltarte un interrogatorio del tipo: “Oye, no será que tú eres de la Mercedes Milá, ¿no?”. Curioso el comportamiento del indivíduo occidental, que aún en este tipo de situaciones, no deja de repetir un esquema de comportamiento que, podrá parecer ingenuo, pero no conocía antes de venir aquí: los grupos, en vez de abrirse, tienden a cerrarse; algo que en semejantes circunstancias resulta paradójico, ya que lo que se supone que debería buscarse es la integración de lo individual en el todo y no el aislamiento; sin embargo en demasiadas ocasiones sucede justamente lo contrario.
Entonces me dio por buscar a Irene. Quería exponerle mis dudas. Para empezar, no entendía cómo era posible que fuera a realizarse una toma masiva de ayahuasca en una sala totalmente cubierta de alfombras. Todo el mundo sabe que la ayahuasca tiene un efecto purgante, y lo primero que haces es vomitar. Cuando se lo dije a Irene, ella me explicó fríamente que no tiene por qué ser así, que había cuidadores, que había barreños y que había un baño (a veinte metros), razón por la cual no tenía de qué preocuparme. Yo regresé a la sala preguntándome cómo iba a buscarme la vida en caso de que el estómago se me pusiera cabrero en medio de una alucinación.
Siendo las diez y pico, se cerró la puerta de la sala y empezó la ceremonia, presidida, naturalmente, por el Fundador de la Societat, que así le llamaremos. Invitó a quienes hacíamos nuestra primera toma a coger la fila más cercana a la puerta (es decir a los barreños, que estaban fuera, en la terraza), hizo una pausa a la espera de que nos acomodáramos y explicó, brevemente, qué es la ayahuasca, desde cuándo se utiliza, y para qué. Advirtió, además, algo que al cabo de mis dos experiencias comprendí que era muy importante: dijo que la manera en que íbamos a tomar la ayahuasca era sólo una manera de tomarla, que hay otras, pero que ésa era su manera. Luego hubo que ponerse en fila y esperar hasta que llegara tu turno para tomarte el chupito, morder una hoja de jenjibre -para atenuar el sabor de la ayahuasca, que es muy pero muy amarga; pero el jenjibre no lo es menos, de forma tal que al cabo de un minuto te preguntas qué será peor, si el jenjibre o la ayahuasca- y volver a tu silla. Más o menos igual que en misa, pero peor, porque al menos allí sabes que después de la eucaristía el cura te bendice y te largas, en cambio aquí tienes tantas probabilidades de ir al paraíso como al infierno, y para colmo en una silla de plástico plegable.
Las luces se fueron apagando poco a poco y comenzó el viaje. Mejor dicho, comenzó lo que yo creí que iba a ser un viaje, que en realidad fue más un viaje ajeno que propio. Lo digo, porque mientras yo intentaba acomodarme en la silla de plástico sin que me doliera la espalda, ya otros empezaban a alucinar. Hubo uno en mi fila que tuvo una regresión a su etapa a go gó y tuvieron que sacarle, justo cuando yo había decidido deshacerme de la silla y tumbarme en el suelo en posición yogui, para ver si la cosa me hacía efecto de una buena vez. Cuando pasó por delante de mí, sostenido por un cuidador, conseguí esquivar el vómito por puro milagro.
Casi a las dos horas, y con la esperanza de hallar un sitio algo más cómodo en uno de los colchones que habían dejado al raso, salí a la terraza. Pero los colchones estaban todos pillados, y el espectáculo no admitía espectadores. Había un tío haciendo arcadas en un barreño, otro descojonándose bajo un edredón, y otros dos que además de desconojonarse en colchones vecinos parecía que se lo estaban pasando pipa. El resto dormía o deambulaba dentro de su cáscara de cebolla sin prestar atención ni a los mosquitos, que esa noche se mostraban tan reticentes a la ayahuasca como yo.
Llamé a una cuidadora:
- Mira, yo no sé, pero a mí esto no me hace ningún efecto… - Estaba más lúcida que un díptero gigante con ganas de sangre. Sonrisa incómoda: - ¿Podría fumarme un cigarrito?
Ella me miró perpleja.
- Claro, fuma si quieres…
- Bien. Y creo que después me voy a dormir.
- ¿Y no te apetece entrar en la sala?
Ni sala ni leches ni qué ocho cuartos, yo sólo quería largarme de ahí. Cuando se lo dije, ella sonrió comprensivamente y me dijo que mejor esperara en la casa, junto a la chimenea, donde podía tumbarme y esperar a que acabara “la sesión”. Así que fui tras ella -que intentó cogerme de la mano muchas veces, y al final se la cogí por compasión-, y me quedé tumbada en un sofá, comiendo cerezas mientras le echaba un vistazo a un libro sobre Gurdjieff. Al cabo de una hora regresó para decirme que ya estaban encendiendo las luces, y que debía estar en la sala para el cierre.
Al menos por los que estaban allí dentro, no me pareció que tuvieran un aspecto muy diferente al que tenían antes de empezar la sesión. Lo único que me parecía realmente alucinante era que habiendo cincuenta personas en la sala tomando ayahuasca, a nadie le hubiera dado por desmadrarse. Y sobre todo que la sesión pudiera controlarse dentro de unos parámetros muy estrictos, sometida inclusive a un cronograma cuidadosamente articulado, bajo un esquema que, por lo menos a mí, rayaba con lo castrense. ¿O era que, tal vez, empezaba a alucinar y el viaje iba a empezar cuando me acostara en mi litera?
- Si hay alguien que quiera soltar alguna emoción que se haya quedado atorada, que lo haga - dijo el Fundador, tras un largo silencio.
Pero nadie abrió la boca.
Me pregunté qué entendería el Fundador por emociones. O, mejor aún, que entendía yo por lo mismo, si es que me había perdido alguna cosa. Soy una persona extremadamente emocional, y para mí las emociones son energías que se expresan, y ya que el clima en la sala me recordaba más a una parroquia en pleno sermón que a una regresando de un viaje alucinatorio, la pregunta del Fundador me resultó a todas luces incongruente. No podía imaginarme que a alguien se le ocurriera, por ejemplo, soltar un grito o ponerse a bailar en medio de la sala. También me pregunté por qué a la gente que estaba fuera, aún en pleno viaje, la cogían entre dos y se la llevaban a otra parte, ¿no hubiera sido mejor dejarles en sus colchones hasta que se les pasara el trip? Pero no, había que quitar los colchones y ponerlo todo en su sitio, cenar, celebrar y acostarse.
Demasiadas preguntas, demasiados miedos. Mucho escepticismo, y demasiadas… barricadas.
- Mira, no sé, pero a mí esto no me hace ningún efecto…
Mis cojones que no. Yo, que creía saberlo todo, no sé en realidad nada.
Esa noche me acosté sin cenar, enfurruñada con la ayahuasca, y el eco de los grillos.

miércoles 9 de julio de 2008

Giacometti

Boyaba entre la fantasía y la euforia. No era que le gustara hacerlo: era que no podía evitarlo. Lo usaba como único pasaporte a su tierra de adentro; porque en la otra, en la de afuera (le gustaba hacerles creer a todos que era como ellos y poner cara de circunstancia cuando alguien le hablaba del precio del pan o de la carne) no era más que un tío raro modelando criaturas de barro delgadas como cerillas. Muy de tarde en tarde, cuando nadie le veía, salía a pillar constelaciones en los botes de basura, y así, tal como las encontraba, las recogía en una bolsa y se las llevaba a casa.
Surrealista. Existencialista. ¿Qué era todo eso?¿Era él algo de eso? Él sólo llevaba un disfraz.
Con sus dedos, calculaba cada porción de miedo. Es sabido que el hombre puede protegerse contra el peligro, pero ¿puede protegerse contra el miedo?¿Cómo expresar lo que hay bajo el pellejo del miedo? Mostrar la pulpa, verla primero dentro de sus ojos. Imaginarla en los poros oxidados de los cascos que se pudrían al sol en los muelles, o en los sauces mordiendo los durmientes, o en los dolorosos esqueletos de cemento armado donde vive la gente, justo en el sitio en el que la ciudad es sueño, barro, y olvido. El hombre siempre se esconde bajo el barro.
Luego volvía a casa, a vomitar el sueño. A convertirlo en criaturas que eran como estalactitas. Con sus manos llenas de galaxias y de posibles especies etéreas, aún por crear. Pura luz ahuyentando vívamente su propia sombra. Ojos abiertos de par en par a cubiles temblando sobre pilotes: así somos, así somos de frágiles… ¿has visto lo que somos? Todo lo suave, lo blando y lo puro; eso que la especie eligió dejar a resguardo… eres tú el que lo vé, eres tú el que lo sabe. Eres tú el testigo.
-¿Dónde estabas, Giacometti? - le preguntaba su amigo Beckett.
- Por ahí - respondía él -; esperando a Godot.
(Post actualizado- noviembre de 2007)

Vídeo-animación: Eternal gaze, de Sam Chen.
Part I

Part II

lunes 7 de julio de 2008

Astarté

Cuenta la leyenda de Gilgamesh, que en las llanuras aún sin cultivar pusieron a un hombre salvaje y peludo, Enkidu. Así como los animales, él también merodeaba y comía con ellos. Tras ser colocado por un cazador en un pozo de agua donde los animales acostumbraban a beber, se lo comunicaron a Gilgamesh, quien planeaba capturarlo. Envió a una sacerdotisa consagrada a la Diosa Astarté, al pozo donde solía ir el cazador. Cuando la sacerdotisa llegó al lugar, ahí estaba Enkidu. El cazador ordenó a la mujer que se quitara la ropa "estirada y descubriendo sus frutos maduros". Ella abrió sus ropas, exponiendo sus encantos, complaciente a sus abrazos que durante seis días y seis noches gratificaron su deseo, hasta que venció su lado salvaje. Después de eso, Enkidu fue llevado por esa mujer a las puertas de la ciudad, el centro de la civilización humana.

-Enciclopedia de ética y religión, de James Hastings. Vol. 6


miércoles 2 de julio de 2008

Elogio del bufón

Siempre me ha fascinado la figura del bufón, esa criatura grotesca, divertida y capciosa, presente en la historia del mundo desde tiempos inmemoriales.
El bufón, eterno compañero del rey, mascota y entretenedor oficial de un soberano siempre obligado a guardar las formas, y también su consejero y confidente, no puede ser la figura mejor olvidada de la humanidad. Quizá sea porque al lado oscuro conviene ocultarlo. Razón por la cual, la existencia del bufón se vuelve imprescindible. De hecho ¿qué sería del rey sin su bufón? El bufón es la encarnación misma de las vergüenzas ajenas, incluídas las del propio rey.
Similar a la metáfora del váter (al que eufemísticamente, y no sin motivo, le llaamamos también el trono), el bufón es la metáfora de todo lo que no debe mostrarse, de lo vergonzante, prohibido, y extravagante. Es el mamarracho del alma. Su doble inconfesable. La criatura antediluviana que todos llevamos dentro, que todavía camina en cuatro patas y que le chilla a la Tierra y a Dios. Es el eterno patán desvergonzado que sabe -sabe- que el váter es el único espacio de la vida en el que puedes malograrte sin culpa, y en el que nadie metería sus narices donde no debe, la poltrona favorita de quien que se asoma a la entrepierna del diablo para dibujarle mariposas en el ombligo.
Divertido y auto-consentido, al bufón le gusta vaciarse, y en su modesta experiencia del placer, se repite a si mismo que él es la única persona sobre este planeta sacándole la lengua a la muerte. Y mientras él se la saca, ríe el rey. Ríe con la boca ancha y los dientes largos, pero ríe; y además de reir, llora. Llora a solas y en silencio, o en presencia del bufón, pero llora. Si no llorara -es decir, si las gracias del bufón no le hicieran sentir, de vez en cuando, como el hombre amenazado por los monstruos del capricho goyesco- jamás le eligiría como su confidente. Porque entre los veteranos de la corte, entre los ministros y los aristócratas, entre súdbitos y profanos, no hay mejor acólito y más leal camarada que el bufón. Éste es el que prueba todos los brebajes antes de que se lo dén a beber al rey. Es el que soporta los guantazos (antecedente directo del cachetón que recibe el payaso y que le hace caer redondo al suelo, haciendo reir al auditorio); el que se ríe de si mismo y el que se burla delicada, y en ocasiones cáusticamente, de la condición de los presentes sin que nadie se ofenda. Su sitio es una suerte de escenario secreto para el destierro elegido de un rey sin corte. Que es lo que es, en realidad, el bufón.
Sabio en su triste destino de esfinge que vuelve de los sietes infiernos de la deformidad, el bufón es el vertedero de las criaturas regias. Y de las no regias, o cuasi-regias, que rigen los destinos propios y ajenos. El bufón resulta ser todo lo que uno quiere ocultar. Es el otro. La otra mitad. El enemigo. Y como para guardar las formas al enemigo hay que mantenerse a distancia y confinarle al archivo de la ¿mala? conciencia, o convertirle en un marginal, o en un loco -y para que no pese tanto- en un payaso, el rey permite que el bufón se tome sus licencias. Porque el territorio del bufón es siempre territorio neutral, como lo es el territorio del inconsciente, que es a la vez el territorio más profundamente humano que existe.
Leo Bassi, el bufón moderno, el payaso apocalíptico, el blasfemo de la neo-ilustración contemporánea, el trasnochado discípulo de Rabelais vetado por la Iglesia católica (un rey sin sentido del humor), reinvindica al bufón desde un discurso bizarro donde éste adquiere autonomía y lo libera de dependencias míticas y servidumbres humillantes.
Dicen que por la boca muere el pez; sin embargo, el bufón no puede morir. Como lo más abyecto y lo más luminoso del espíritu humano, su esencia es inmortal. Y su lema, reza más o menos así:
En el nombre de la razón: que tiemble la fe.

Photo/post: Leo Bassi, en plena acción.
(Post actualizado, mayo 2007)

lunes 30 de junio de 2008

All Along the Watchtower

Bien, este post no ha sido muy pensado. Es sólo que mi ordenata ya tiene orejas y quería celebrarlo...

Con dos buenos covers de una gran, gran canción...



¿Cuál prefieres?

Vídeo/post: No hace falta aclararlo, pero por las dudas: Neil Young&Jimmi Hendrix, en sus respectivas versiones de la canción de Bob Dylan All Along the Watchtower.

viernes 27 de junio de 2008

Lilith


Cuenta la leyenda que Eva fue creada de la costilla de Adán y que, desobedeciendo la orden de Yavé, arrancó la manzana prohibida, la mordió, y se la ofreció a su pareja, que también mordió, con lo cual los dos fueron privados para siempre de sus eternas vacaciones en el Paraíso.
La leyenda cristiana en su versión catequista se atreve a afirmar, inclusive, que Adán y Eva iban cubiertos de hojas de parra y que, una vez mordida la manzana, perdieron toda su inocencia y ya nunca más volvieron a vivir como hermano y hermana, sino como hombre y mujer. A Eva se la sentenció a parir sus hijos con dolor, a cocinar para toda su progenie y a hacer la colada por el resto de sus días -un destino que recayó sobre todas sus hijas hasta mediados del siglo XX- y Adán tuvo que buscarse las habichuelas con el sudor de tu frente a fin de dar de comer a la prole y construir un refugio de cal y canto para toda su familia.
Poco se habló de Lilith, no obstante, y es injusto porque fue la primera mujer de Adán y también la única que se atrevió a darle puerta cuando ya estaba harta de él. De haberle tocado a ella el asunto de la manzana, pienso que le hubiera plantado cara a Yavé como se lo había hecho a Adán, un gandul ya de veinte años pero con muy poca experiencia en cuestiones amatorias. Cuenta el Talmud que Lilith llegó a decirle: “¿Por qué he de acostarme debajo de ti, si yo también fui hecha con polvo, y por lo tanto soy tu igual?”. Me dá en la espina que Yavé nunca le hubiera puesto una prueba tan sencilla como la de la serpiente. Lilith no era de las que se dejan tentar. Ella era la tentación misma.
Exiliada por la historia a la penúltima escala del panteón de los demonios más temibles, Lilith fue convertida por la tradición en devoradora de niños, ninfómana irredenta, reina de los súcubos, señora de las tinieblas, amante de Lucifer, juerguista bíblica, golfa con pelaje de chacal, lechuza vampírica, ninfa orgiástica, medusa come-hombres y yo qué sé cuantos pintorescos epítetos ideados por los seguidores de Yavé, ese dios eminentemente masculino de los hebreos.
Sin embargo, Lilith pasará a convertirse en un personaje peligroso a partir del momento en que decida pronunciar el verdadero nombre de Dios -algo que estaba prohibido- y ante su negativa de quedarse en el Paraíso con un compañero que no sabía tanto de mujeres como de hembras (dicen que había probado las hembras de todos los animales antes de llegar a la conclusión de que él era el único animal del Paraíso que no tenía una pareja adecuada) a Yavé no le quedará otro remedio que dejarla ir y crearle a su único hijo sapiens una hembra algo más sumisa hecha de su propia costilla a la que llamaría Eva, la maruja bíblica. A pesar de sus lastres, Eva resultó ser una esposa políticamente correcta que nunca se atrevió a pronunciar el verdadero nombre de Dios. Con ella, tanto Adán como Yavé estaban a salvo.
Habiendo sido la primera mujer de la historia, Lilith es también su primera diosa, su magna dea, y es probable que su leyenda haya dado origen a gran parte de las leyendas que surgieron después: desde Astarté a la Afrodita griega, y de ésta a las vírgenes negras de la era medieval. Así pues, todo lo misterioso relativo a la mujer tiene que ver con Lilith y no con Eva, que fue blanqueada desde el principio haciendo uso de un doble juego en el que es utilizada como cebo: Sí, eres mujer, y como tal eres cotilla (por haber escuchado a la serpiente, que por supuesto era hembra) ambiciosa (ya no por conocer el nombre de Dios sino por querer ser como Él) e ignorante del pecado original. Todo lo cual es como decir poco menos que estúpida.
Pero, ¿qué fue de Lilith después de que se marchara voluntariamente del Paraíso? Hay pocas referencias que relaten sus correrías, ya que los textos bíblicos se limitan a disparar contra ella a la vez que la recluyen intencionalmente en el olvido, convirtiéndola, sin querer, en la primera reina underground de la historia. Las malas lenguas sostenían que no había sido creada del polvo, sino de los excrementos de Adán, y a juzgar por lo que éste tuvo que tragar por su promesa de obediencia ciega a Yavé, no resulta extraño que Lilith, nacida de sus excrementos, encarnara el lado salvaje del alma, es decir, todo lo que por pertenecer a los dominios de lo irracional resulta vergonzoso y prohibido, todo lo que el hombre es incapaz de aceptar de si mismo y a la vez todo lo que es capaz de desear.
Como Lilith, también Eva fue una proscrita (junto con Adán), pero su caso es distinto. Para empezar, Eva cometió el error de dejarse embaucar por la serpiente y creer que al comerse la manzana-señuelo podría engañar al mismísimo Yavé adquiriendo sus poderes. Pura ingenuidad. No sólo fue descubierta y castigada, sino que perdió el derecho a la vida eterna y se la condenó a morir. Lilith, en cambio, decidió marcharse ella misma del Paraíso y se salvó de la condena, eligiendo morar en la oscuridad. Tan temible como para meterle miedo al mismísimo Yavé (que había creado al hombre a su imagen y semejanza, y como todo hombre era susceptible a la belleza de su propia criatura), Lilith nunca fue sometida a la prueba de la serpiente. Habiéndose atrevido a pronunciar el nombre de Dios, ella no necesitaba su poder. Eva sí. Eva codiciaba la sabiduría divina, por lo cual representa el poder intelectual transformador del mundo. Lilith, en cambio, es el poder del instinto que se transforma a si mismo.
Como su nombre lo indica (Lil:viento, aire, espíritu, que al pasar del mesopotámico al hebreo la raiz se convirtió en "noche"), Lilith es la nocturna, la oscura, la subliminal. Dicen que se bañaba dos veces por semana en agua de magnolia para manener la conciencia ilesa y que mantuvo el alma célibe por toda la eternidad. “Si amas a alguien no quieras tener que avergonzarte de lo que nunca harías”, le dijo a Lucifer desde lo alto de sus párpados; “las reglas son de este mundo; los agujeros son de Dios”. Así que una noche se unió a su sombra, y blandiendo su sexo con la destreza de quien conoce de sobra el truco de dar en la diana al primer asalto, eyaculó dentro de él la medida exacta de su hombría y lo hizo de ella para siempre. A Él. A Lucifer, el ángel que fue exiliado por conocer el nombre de Dios.
(Post actualizado- abril de 2007)
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Photo/post:La encantadora de serpientes, de Henri Rousseau.

domingo 22 de junio de 2008

Por si las moscas

Hoy mientras escribía en el codichoso azulejo apareció, se filtró, se materializó de forma inexplicable (ya que tenía todas las ventanas cerradas, o eso creía), una mosca. Mejor dicho, un moscardón. Ahora que reviso el diccionario me entero de que el moscardón es, o puede ser, una mosca cuyas larvas se crían en el estómago de algunos mamíferos, especialmente caballos y asnos. Como por aquí esa fauna es prácticamente inexistente, diré que en realidad no entró un moscardón, sino un moscón, que es una mosca algo más grande de la normal y corriente mosca de cualquier hijo de vecino, pero que además zumba, y zumba de un modo tan insoportable que por muy grande que sea tu adicción a las pantallas, pues saltas de la silla y vuelas a coger el Raid mata moscas y mosquitos, que ya sabemos que los mata bien muertos. Y como todo ser humano mayor de cinco años y con una larga experiencia de convivencia con estos seres insignificantes que zurcan la quinta dimensión del aire, yo sabía que cuando volviera de la cocina, el moscón habría desaparecido. Cosa que sucedió.
¿Habeis notado lo increíblemente listas que son las moscas? Cuanto más pequeñas, más listas son. De hecho, con las moscas suele suceder algo similar a lo que pasa con los humanos, donde la inteligencia suele ser inversamente proporcional al tamaño. Y luego hay un asunto preocupante: ¿habeis visto que las tías ya no mueren con Raid? Resisten. Así como nosotros hemos descubierto vacunas para combatir, por ejemplo, el virus de la gripe, yo creo que las moscas han descubierto alguna fórmula para resistir el Raid, ya que al primer rociamiento buscan la salida inmediata o sobreviven, que puedo probarlo. Sin embargo lo más previsible es que salgan por donde entraron, y que lo hagan de forma súbita, dejándote con la mala leche del zumbido, y la suspicacia de que quizá estén escondidas entre los cables del ordenata y esperen a que te vayas a dormir para recomenzar su ronda nocturna alrededor de tu cabeza, y en la oscuridad. Como los mosquitos.
Yo recuerdo que hace un tiempo se hablaba mucho de este asunto de las moscas. Se decía que con los años resistirían con éxito cualquier intento de exterminio. Ahora que lo pienso, si seguimos así es posible que el presagio de H.G Wells vaya a cumplirse y nuestra especie acabe languideciendo por obra y gracia de seres muy pequeños, siendo suplantada por las moscas, que a juzgar por su cada vez más asombrosa resistencia a la tetrametrina van por buen camino en su lucha por la superviviencia. Y tanto, que nuestra especie debería tomarse el asunto algo más en serio y adoptar un comportamiento contemplativo ante el vuelo de la mosca. Porque si hay algo que ellas quieren, es que se las tome en cuenta. Tanto han insistido las pobres, que lo están consiguiendo, y la prueba de ello es que yo ahora mismo esté escribiendo un post sobre moscas y no sobre conejos, por ejemplo, y que me esté preguntando si acaso la mosca, nuestra incisiva e intrascendente compañera de ruta que tanto nos hemos empeñado en ahuyentar desde que el mundo es mundo y andamos sobre él en dos pies (o en dos patas, eso depende), no sea en realidad un insecto díptero y un depredador relativamente inofensivo a los ojos del hombre y resistente al Raid, sino un espía de la quinta, y quién sabe si sexta, dimensión de los seres inferiores (si lo son).
No es ciencia ficción. Es una posibilidad. ¿O acaso nunca os habeis preguntado qué pasará por la mente de esa mosca que mientras tú intentas acabar tu almuerzo insiste en acaparar tu plato? Porque la mosca, como el humano, tiene cerebro. Dispone de un cerebro pequeñito con una reducida cantidad de neuronas, pero comparte con nosotros el mismo patrón genético (por antigüedad ellas nos ganan), y sus neuronas se comportan de manera tan similar a las nuestras que el solo pensarlo resulta escalofriante. Visto de otra manera (o sea, desde el punto de vista de la mosca, que siempre es multifacético) cambiar los papeles podría resultar interesante, fructífero, e incluso pedagógico. Si se piensa en que la mosca es el cuarto depredador más peligroso de la Tierra, después del hombre (que es el segundo), los virus y no me acuerdo el otro, podríamos intentar ser algo más empáticos con la triste y cansina mosca de todos los días y preguntarnos, alguna vez, qué pensará. Qué sentirá la mosca. Cuál será su rutina, además de buscarse la vida en platos ajenos. Si tendrá alguna afición, vivienda propia o de alquiler, qué dirá a otras moscas, y si tendrá conciencia de su propia finitud. ¿Será su costumbre de husmear en hechos y deshechos algo más que un pasatiempo, o acaso sea la coartada perfecta para ocultar sus verdaderas actividades en alguna insólita organización o cofradía secreta dedicada a espiarnos? Uhmmm... ¿No habeis observado que siempre que haya un enjambre de moscas sobre un queso habrá una que se quede quietecita, como moribunda, restregándose las alas posada en la pared? Ésa debería ser la mosca a tener en cuenta. La sospechosa, la incierta. La única con el nervio lo suficientemente templado como para, habiendo esperado hasta el último instante, parece que se esfumara bajo la palmeta.
Visto lo visto, quizá convenga que reconsidere mi comportamiento y sea más paciente con las moscas, aún cuando zumben. A partir de ahora, cuando las vea rondar sobre mí les haré un sitio en el plato, les pondré un incienso para que se sientan a gusto, y cuando me haya ganado su confianza, intentaré incluso rascarles la espalda. No conoces a tus enemigos hasta que se posan en el plato, y si ves que no puedes contra ellos, pues únete a ellos. Además, si mi ex-jefe podía con las suyas, ¿por qué yo no iba a poder?
(Post actualizado-octubre de 2007)

viernes 20 de junio de 2008

De vuelta en el XIX

Hoy por la mañana me llegó un mail de mi amiga Vandalia con el siguiente título:


Firmas contra la Directiva de las 60/65 horas‏ de jornada laboral semanal. (Esto es en EUROPA, lo aclaro por si hay algún lector gaucho que entre por aquí -que los hay- y no quiera creerse lo que lee).

Por si a alguien le interesa el asunto (creo que nos interesa a todos) os invito a echar una firmita virtual en la web de esta gente. Odio hacer estas cosas, pero es otra manera de que se difunda y que alguien haga -o por lo menos intente- hacer algo antes de volver al siglo XIX.

Lo mejor y más completito que he pillado en Internet sobre el asunto, es esto.


¿Cuál será la próxima?¿Una ley del Parlamento Europeo para legalizar la explotación de mano de obra infantil? (Ay, si Dickens viviera...)


miércoles 18 de junio de 2008

Verano

Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. -Basho

Se dice que los gatos tienen 7 vidas, y que las personas tienen tantas como heridas hayan bajo sus pies. Yo no sé cuántas tengo, porque nunca las conté ni quiero hacerlo, pero lo que sí sé es que, digan lo que digan, a mí el río Manzanares me hace bien. Ahora es buen tiempo para ir, pero la mejor época es a comienzos de primavera, que es cuando el río está lleno, el aire empieza a calentarse, y huele a jaras, romero y jazmín salvaje.
A diez minutos de mi casa está la Chopera, mi primer puerto bautizado. Si te desvías de la carretera por un sendero pedregoso, te adentras en lo que yo llamo “la entrada pobre” del parque regional de la Pedriza, que es para ir andando. Es a mediados de marzo cuando los chopos sueltan su pelusa y la tierra se cubre de blanco, como si fuera nieve. Hubo un año en que los chopos nevaron bajo un cielo intensamente azul.
Es un hecho cierto, aunque no probado, que la humilde ribera del Manzanares que corre paralela a la carretera, huele a brujas. O más bien a ondinas, esas criaturas invisibles que no necesitan coches de ocho cilindros para deslizarse por el agua como torpedos. Para sentir su presencia no hay que creer en cuentos de hadas ni haber pasado por el psiquiátrico: sólo hay que saber escuchar.
Yo conozco un lugar -del que no voy a dar las coordenadas, no vaya a ser que a algún loco le dé por subir desde Madrid y dejar el sitio lleno de basura- donde los elementales retozan a gusto y se ríen de la ingenuidad humana. Aquello oscila entre la sencillez de un paisaje japonés y la voluptuosidad de un bosque celta. Hay que tumbarse, quedarse muy quieta, respirar hondo… y escuchar. A veces nisiquiera es necesario hacer esta parafernalia: basta con dejarse llevar por el agua. Si me quedo un buen rato oyendo el rumor monótono y vivificante del agua corriendo entre las piedras, mi cerebro se apaga. La razón desaparece. La máquina se detiene y descansa el motor. Esa sensación aparece justo detrás de las orejas, se desliza por la nuca, sube, y se instala en lo alto del cráneo. Es como un suspiro de alivio, como una caricia interior. Cuando sucede (es raro que no suceda, y si no sucede es que debo preocuparme) siento un cosquilleo detrás de las orejas, y a veces inclusive a la altura del plexo.
Nuestros antepasados dejaban que los malos pensamientos se fueran con la corriente del río y se ponían a cantar: como la música, el agua se desliza en la corriente del tiempo, pero es un tiempo no-tóxico, muy diferente al que percibimos cuando nos pilla un atasco. A esto, los orientales le llaman haikai.
Por eso digo que a mí el Megabrain no me cuesta un duro. El megabrain es un sofisticado aparato ideado por psiquiatras estadounidenses para conseguir que los dos hemisferios cerebrales -que funcionan de manera separada- lo hagan conjuntamente, utilizando sonidos y luces cuyas frecuencias producen un efecto relajante y de trance. En www.megabrain.net se dice que las brujas y los chamanes ya conocían la técnica al combinar el sonido de los tambores con las fogatas. Y sin tecnología. ¿Cómo lo harían? Fácil: escuchando. Sencillo, si vives en el campo.
Por eso las brujas no necesitaban el megabrain. La sabiduria brujil no proviene de la tecnología sino de la experiencia. De tanto oir las voces de la naturaleza, aprendes a interpretarlas. Que es la mejor forma de aprender. Puro empirismo natural. La experiencia me indica que el agua de las 8 de la tarde es la mejor para echarle a mi siso, y que para llenar el matraz de mi santuario personal es preferible que coja el agua en luna llena. Tan sencillo como aprender a silbar. Que yo sepa, no hay cursos para esto: de tanto intentarlo, un buen día descubres que finalmente puedes hacerlo y te preguntas: “¿Cómo lo he conseguido?”. En la escuela de los meses y los días nunca acabas de graduarte. Me recuerda a un haiku de Kobayashi Issa:

No tengo nada
¡salvo esta quietud,
esta frecura!


(Post actualizado- agosto de 2007)

lunes 16 de junio de 2008

Viva Kafka

Escribo con la sangre en el ojo, porque una medio-amiga mía está viviendo una peripecia que me resulta tan repugnante como kafkiana: es uruguaya y lleva viviendo en España más o menos el mismo tiempo que yo. Su permiso de residencia se le caducó en setiembre del año pasado, y todavía no ha recibido respuesta de la administración. Es decir, que después de 9 años de haber cotizado y pagado sus impuestos como cualquier hijo de vecino, y estando legal desde el principio –ahora mismo le correspondería su residencia permanente- esta mujer no sólo lleva 9 meses esperando una respuesta que no le dán, sino que además está sin trabajo y enferma.
Su caso merece ser contado con pelos y detalles, como podría describirse un vómito con el que topamos por la calle el domingo por la mañana. Esta mujer tiene dos hijas, una de las cuales trabaja como camarera. De eso viven. Hace poco le dio por pedir una ayuda a servicios sociales y le dijeron que tiene derecho a la renta mínima de inserción (unos 400 euros, que es lo que paga de alquiler) sólo que para eso tiene que tener el carnet de residencia en vigor. ¿Me vais pillando?
Lo auténticamente kafkiano, sin embargo, no es eso. Lo peor es que ya ha visitado media docena de comisarías donde cada vez que va le dicen que tiene que esperarse otros cuatro meses porque ahora estamos con el tema de los rumanos y todavía vamos por agosto (ella presentó sus papeles a tiempo, en setiembre de 2007). Si llama al 012 y explica su situación, le dán un número para que llame a; llama a, les explica sus motivos, les dice que padece una depresión clínica, que en ningún sitio la quieren contratar porque tiene el carnet caducado desde hace 9 meses y, ¿sabeis lo que le preguntan?

Pero usted, ¿para qué lo quiere?,

sin contar, por supuesto, con que la pelotean de administración en administración y en ninguna parte saben decirle con exactitud dónde tiene que reclamar.
Así que decidió acudir a un abogado de su Ayuntamiento. El abogado le hizo una nota que tiene que presentar en una de las administraciones. Como la pobre está más bien chunga y sus dos hijas estarán fuera el jueves, me ha pedido que la acompañe.
Sé todo esto porque me la encontré ayer saliendo del despacho del trabajador social.
- La piscóloga me dijo que mi depresión se debe a un fuerte estrés - le explicó ella.
Él la miraba.
- Pero tú… tienes cobertura médica ¿no?
- Sí.
Según ella, el razonamiento del trabajador social era el siguiente: ¿qué tiene que ver la depresión y el estrés con el hecho de que esté indocumentada?
Como casi todos los funcionarios, el razonamiento de su trabajador social responde a la política de tapar agujeros. O, lo que es lo mismo, la política del avestruz. La asociación entre los hechos no existe, sólo existen los esquemas dentro de los cuales él mismo está inserto, y los esquemas, generalmente, resultan ser meras abstracciones que en lo concreto, y a la hora de tomar al toro por las astas, funcionan más o menos así:

- Si no tienes tu carnet en vigor no se puede hacer nada.

Así pues, antes de pedir una prestación que para ella es vital, tendrá que esperar la decisión de la administración.
Otra, con la psicóloga del Ayuntamiento, ante la cual me decía que apenas verla se quedó en blanco. Cuando pudo, le contó su caso completo con pelos y señales y al final conluyó:
- así que a veces pienso en acabar con todo.

A mí esto me toca muy de cerca porque sé perfectamente lo que siente, y sé que va en serio. La conozco más o menos bien y tengo alguna idea de todo lo que le ha pasado -más allá de los hechos kafkianos que estoy narrando-, así que me resultó indignante que tras decir aquello la psicóloga pasara del tema como si tal cosa. Se lo creo, porque eso también me pasó. E insisto: la conozco. No es una mujer tonta, todo lo contrario. Sucede que está tan harta de pillarlo todo al vuelo que ya le dá tirria tener que pedir ayuda a la administración, o como se llame, porque sabe también lo que le dirán. Y lo que le dicen es justamente esto que os estoy narrando.
Queda clara, pues, cuál es la función del funcionario: eliminar funciones. Y en lo posible, personas. Ojo, que no se malinterprete lo que digo: cuando hablo de eliminar personas hablo de eliminar identidades. La prueba de ello es que cuando el funcionario topa con una persona que pone en entredicho sus funciones (que en realidad deberían llamarse anti-funciones) reaccione poniendo por delante una ley en vigor o la cantidad de sesiones gratuitas que establece el estatuto, según la gravedad del caso.
A pesar del complejo aparato administrativo que la ampara y de las supuestas ayudas sociales que podría obtener, mi amiga continúa desprotegida tanto judicial, material, psicológica como moralmente. El único que se encuentra protegido es el funcionario. Protegido a priori bajo el ejercicio de sus funciones de

Yo soy funcionario.

¿Habeis visto que con eso ya parecen decirlo todo? Especialmente si son de ministerio, que son los que más se quejan del sistema e inclusive de si mismos -o del mobbing- pero acusan una barriga fláccida propia de vacacionistas perpétuos, o vasallos. Es fácil construir el personaje de un funcionario; lo que una se pregunta, es dónde estrará la persona.
La humanidad, vamos.

Photo/post: La metamorfosis, de Scarfatti.

viernes 13 de junio de 2008

Disclosure Project

Está visto que somos los Bam Bam Picapiedras del Universo.

Este vídeo me lo envió un buen amigo, y me pareció interesante. Habrá gente que ya lo conozca; la verdad es que yo no lo había visto nunca. Os advierto que dura unas dos horitas, de las cuales recomiendo especialmente los últimos 30 minutos.

domingo 8 de junio de 2008

El tano

Como me dijo un amigo hace años, mi padre tenía un karma movido. Su número era el 8 -el del infinito- y su signo, Géminis. Creo haber contado ya que fue ex combatiente de la II G-M, un asunto que a mis amigos les resultaba interesantísimo. Ellos le llamaban cariñosamente el tano.
Una vez, siendo aún adolescente, intenté escribir su historia, pero la dejé en pleno relato de su escapada a bordo de un tren que marchaba desde su campamento, a la capital, Addis-Abeba (estuvo destinado en Etiopía por órdenes de don Benito, a quien despreciaba con un odio difuso) y que, según él mismo contaba, a mitad de camino tuvo que vérselas con una insurrección de africanos tras la toma de Etiopía a mano de los ingleses. Si dejé el relato, fue porque no podía imaginarme tal cosa sin estar en su pellejo.
Sin ser un Indiana Jones, mi padre -un hombre tan pequeño como inexplicablemente fuerte- no sólo consiguió resisitir a la insurrección, sino que también resistió a la bala que se le metió por el cuello y se le instaló a medio centímetro del pulmón izquierdo. Contaba él que se la quitaron en un hospital de campaña, prácticamente sin anestesia y por el homóplato, de suerte que allí le quedó para siempre un hueco bastante llamativo que le molestaba sólo cuando había humedad, y que a mí me recordaba al ojo de un volcán apagado en miniatura.
No, mi padre no era ningún Indiana Jones, sino un hombre corriente que decía haber nacido dos veces. Vivió una existencia llena de altibajos en la que fue, entre otras cosas, radiotelegrafista, músico, compositor, maestro, director de coros, panadero, escritor de cartas de amor, estupendo lector, sindicalista, sacristán, constructor, gran viajero y sobreviviente. Dicen que algunos rasgos se heredan, y aquí estoy yo ahora en una de mis vidas para recordarlo.
Esta preciosa aria de Nabucco está dedicada a él, que hoy cumpliría 93 años, y que falleció hace ya mucho, saliendo del aeropuerto de París.
Va, pensiero, per te.

martes 3 de junio de 2008

Diane Arbus: de ESO no se habla

Diane Arbus debió haber sido una niña difícil, pero en silencio. Como dijo Norman Mailer: “Darle una cámara a Diane es como darle una granada de mano a un bebé”. Si bien es verdad que se atrevió a romper con los prejuicios de la pacata sociedad estadounidense de fines de los cincuenta, también es cierto que incluso hoy sus fotografías siguen resultando espeluznantes. El ojo de su cámara dá en el blanco, y si lo hace tan bien, es porque no sabe -no quiere- mentir.

Ya le venían mintiendo desde pequeña. Nacida en 1923 en Manhattan y criada en el seno de una rica familia judía -su padre era peletero y su marido un fotógrafo de la revista Vogue- Diane debió percibir lo que se cocía debajo de todo ese glamour. Quizá la pregunta que se hizo Steven Shainberg al momento de rodar Fur, haya sido: “Si en los ‘50 resultaba tan cool poseer un abrigo de visón y ése era entonces el concepto de belleza imperante, ¿por qué a Diane iba a resultarle menos bello un hombre enteramente cubierto de pelo?”. Así pues, su secreto aborrecimiento a la idea de la muerte de los visones -asesinados a tiros para que algún día una niña pija de Manhattan pudiera lucir un abrigo de esos sin sospechar siquiera el siniestro proceso que media entre un crímen y una prenda de lujo- acabaría convirtiéndose en una verdadera fascinación hacia lo monstruoso. O, más que una fascinación, una necesidad de expiación, y también un exorcismo, de lo que bullía bajo el espléndido pelaje -éste sí aceptado- de la sociedad en la que había crecido.

Aún así, no creo que Diane Arbus pretendiera transgredir. Ningún artista honesto se plantea la transgresión como fin, aunque sí pueda plantearse el arte como shock, como necesidad y, cuando la necesidad es grande, inclusive como obsesión. El shock es siempre primero para si mismo, lo que pueda suceder después ya no es cosa del artista, sino de los otros. Por eso, decía Arbus, si observamos la realidad desde bastante cerca, ésta se hace fantástica.

Aún hoy, sus fotos siguen hiriendo ciertas sensibilidades habituadas a identificar arte con belleza, equilibrio y virtud (parece mentira la influencia que sigue teniendo el griego) y continúan sin reconocerle su calidad, sólo porque sus modelos son grotescos. Su única intención quizá haya sido presentarnos eso de lo que no se habla, eso que nos hace bajar la mirada, eso que no debería mirarse, eso que no es bello, sino que es tal como es. Cuando hay transgresión siempre hay segundas intenciones, pero en su caso nisiquiera hay compasión, sino sólo sinceridad. Su arte nos invita a dar el salto al otro lado del espejo. Al otro lado no hay ya invitación, sino exigencia: nos recuerda que nosotros, como sus monstruos, como todos sus monstruos, somos tan humanos (y tan excepcionales) como para decepcionar (nos guste o no).

Te negaste a seguir jugando el juego de los adultos
en el que, manteniendo el equilibrio en la cima que corona la oscuridad
se sigue corriendo sin mirar abajo
y nunca se salta por temor a caer.
- Howard Nemerow



viernes 30 de mayo de 2008

Homo

Indios del Amazonas de una de las últimas tribus aisladas del mundo han sido fotografiados desde el aire, en unas imágenes llamativas en las que se les veía con el cuerpo pintado de rojo y blandiendo arcos y flechas.



Al parecer es una tribu de 500 indivíduos que huyen de sus propias tierras debido a la explotación forestal. Naturalmente, no conocen la frontera, así que están pasando de Brasil a Perú de forma ilegal. Añade la nota que se niegan a tener contacto con el hombre blanco. Ante el hallazgo, las autoridades brasileñas han dado parte a Google, que como es habitual, ha resuelto lanzar la información al mundo manifestando que el hallazgo supone una prueba excepcional de que estos grupos existen. El diario El País se suma a la información añadiendo que éste sería su primer contacto con el ser humano.
Importantes antropólogos y etnólogos de todo el mundo (excepto de la Amazonia, que es propiedad de entidades cuyo nombre y origen se desconoce, y que tienen libre tránsito por todo el planeta) ya se disputan las piezas (vivas). Si bien algunas fuentes informativas se muestran reacias a hablar del tema, las no oficiales informan que en las siguientes semanas se podría intentar dar caza a un indivíduo de esta especie a fin de estudiarlo y comprobar si corresponde a la cadena del austrolopitecus, al homo primatus amazonicus, o acaso a un simple primate.
El doctor Aurelio Espinoza, destacado antropólogo bahiano, ha dado una tímida opinión al respecto, y afirma que quizá se trate de una variable de los jíbaros y reducidores de cabezas del norte del río Marañón, en la fontera con el Perú, que tratan de emigrar por cuestiones ecológicas. También afirma, con mayor entusiasmo, que en caso de ser así podría descartarse la hipótesis de que estos indivíduos posean una cultura no mucho más evolucionada que la de los primates superiores, sino un grado de desarrollo muy superior, incluso similar al del homo sapiens. Lo sorprendente de sus declaraciones es que en ese caso este indivíduo podría educarse (dentro de sus limitaciones) y adaptarse perfectamente a la civilización.
La pregunta de los disidentes del doctor Espinoza es qué pasaría con estos indivíduos de ser integrados, efectivamente, a la civilización. Para empezar, habría que otorgarles un nombre, un apellido, una identidad y una residencia, a fin de que puedan incorporarse de forma óptima al mercado laboral - por sencillo que sea, dadas sus circunstancias- y subsistir por si mismos en un medio que al principio podría resultarles hostil dado su acostumbramiento a la vida salvaje. Ante el hallazgo, la gran incógnita es a dónde pertencen. En principio, el gobierno del Perú se muestra evasivo, y de momento no se plantea la expulsión, ya que no se ha podido constatar que se trate de una especie declarada de homo sapiens. El de Brasil se muestra abiertamente confuso: como no han sido censados, no se les puede considerar cuidadanos del país.
Por último, si lograra demostrarse que esta especie pertenece al homo sápiens, las autoridades de ambos países podrían ponerse manos a la obra para conseguir que sean integrados dentro de los estatutos que acogen a cualquier ser humano, y se les otorgaría educación básica, vivienda (a compartir con otros indivíduos de su misma tribu, a fin de asegurar que su integración al nuevo ecosistema se produzca paulatinamente y sin fisuras) y trabajo dignos (de su especie). En el Amazonas, y con las nuevas leyes vigentes, habría trabajo inclusive para ellos. Sólo falta que el doctor Espinoza confirme sus presunciones.
Los graciosos -que nunca están de más- dicen que sencillamente deberían dejarles en paz y celebran que no hayan sido descubiertos en algún lugar de Europa, porque la Comisión Europea no se andaría con vueltas.


(Esta primicia acaba de salir en el Yahoo bajo un parche de publicidad de un KIA Picanto -para gustos, colores- por 8.300 euros, un chollo. A la derecha te ofrecen un príncipe azul).

LA NOTA

miércoles 28 de mayo de 2008

Monte de perfección

Dedicado a Ky-boy, que me lo regaló en su día:

Para venir a gustarlo todo,
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo,
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo,
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo,
no quieras ser algo en nada.
Para venir a lo que no gustas,
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes,
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees,
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres,
has de ir por donde no eres.
Cuando reparas en algo dexas de arrojarte al todo.
Para venir del todo al todo,
has de dejarte del todo en todo.
Y cuando lo vengas del todo a tener,
has de tenerlo sin nada querer.
Cuando ya no lo quería,
téngolo todo sin querer.
Cuanto más tenerlo quise,
con tanto menos me hallo.
Cuanto más buscarlo quise,
con tanto menos me hallo.
Cuando menos lo quería,
téngolo todo sin querer.
Ya por aquí no hay camino,
porque para el justo no hay ley;
él para sí se es la ley.

San Juan de la Cruz




domingo 25 de mayo de 2008

Vincent Van Gogh (I)

Todo el mundo quiere subirse al carro de Van Gogh. No existe un viaje tan horrible que nadie quiera hacer. La idea de un genio no reconocido sudando tinta en un desván es deliciosamente absurda. Debemos conceder a Van Gogh el mérito de haber puesto ese mito en órbita. Es decir: ¿cuántos cuadros vendió Van Gogh?¿Uno? No podía ni regalarlos. Iba a ser el artista más moderno, pero todo el mundo le odiaba. Nos avergüenza tanto su vida que el resto de la historia del arte es una compensación por el abandono de Van Gogh. Nadie quiere formar parte de una generación que ignore a otro Van Gogh.
-René Ricard.

Photo/post: Vincent Van Gogh, Cuervos sobre el trigal (1890)

Jean-Michel Basquiat (II)


Pilla un hueso de pollo, y hecho un revoltijo de pelo, miedo y huesos, escribe en la pared con su sangre: Paga por la sopa. Construye una fuente. Quémalo todo. Chico negro, radiante, vasallo de reyes blancos bastardos (mentira). Vende postales en el Village y se tumba en la acera a tomarse un caldo de sopa de capirote con marca de Memphis. Ahí va Danhome -la boa sagrada señora de las aguas- con su capa de agua volando entre los edificios. Él le hace una seña con la cuchara: Llévame a dar una vuelta, señora, sácame de aquí para siempre que apesta. Arriba: docenas de radiales sobre una lengua oscura e inmensa, al alba, sobre la bahía. Abajo busca huellas de nieve bajo sus mangas y sólo encuentra agujeros. Inocente. Rabioso. No sabían que ya antes de empezar volvía de su primera muerte por la ruta del caballo. Sigan vendiendo (¿será arte o se tirará?). Igual que estar hundido bajo una alcantarilla y hacer fuerza para que salga ¿cómo crees que te quedarán las manos?; no hay que ser ningún genio para que el que está al otro lado vea lo chungo que es. Una serpentina de araña corta el aire en dos y él se ríe y chilla: chico blanco, peluca, vasallo de reyes negros bastardos (pero igual te quiero, Andy). Mira a todo el mundo con cara de niño y les muestra la palma de su mano, donde tiene un tatuaje con la cara de Dios: hay una ley que está escrita sólo ahí, en las pintadas de los callejones y en el corazón fustigado de los cínicos (nada más que por su posición de pureza). Greenwood, Brooklyn, otro más en el panteón de los malditos. El chico-vudú no sabía dibujar, dijo el idiota. ¿Sabía la mano de Altamira?


Photo/post: Jean-Michel Basquiat, Brain Like Salad (1987)

III

Los primeros románticos se alzaron en defensa de los execrados por la razón, sin embargo, gustaron de la pose de víctimas, ya que les proveyó un excelente y excéntrico elemento de diferenciación, en un mundo donde la individualidad aún no era premiada. Quizás en sus comienzos la justicia social guiara sus plumas, pero fueron seducidos luego por la justicia poética, sucumbiendo a ella. Sellaron así los postigos de la modernidad, definitivamente.
-Andrea Hoare Madrid (2001)
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He hicieron buen trabajo. Creo que han conseguido que ya nadie más se suicide. (HdA, 2008)


miércoles 21 de mayo de 2008

El gag de la garrapata

Hace poco menos de un año mi ordenador fue atacado por un virus informático que en su momento tenía todas las trazas de ser kafkiano. Para que sepais los peligros que entraña un virus, y los hackers que están detrás, os voy a contar cómo se cargaron mi PC en menos de una semana.
Como ya lo sabeis, esta gente trabaja a distancia, y sus víctimas suelen ser criaturas completamente ignorantes en materia informática. Algo así como yo. Sucede que un buen día se enteran de que tu ordenador no tiene protección y te envían algo que, como me desazné en su momento, se denomina parche (ya veis que soy ignorante en serio) ofreciéndote un antivirus de Google infalible. Entonces la pardilla va y en vez de cerrar el parche con la crucesita de arriba, pincha en el punto que pone: instalar antivirus. Y ahí es donde empieza la odisea, a la que luego se sumarán los chupópteros de las empresas de software que para formatear el disco te cobran por horas (podré ser pardilla con un parche, pero lo que se dice pardilla pardilla con un tío que pretende cobrarme 30 euros la hora por formatearme el ordenata, eso ya es cosa bien distinta… que para eso están los anti-virus de verdad, y cuestan 50).
En fin. Que a partir del parche vas viendo como día a día tu ordenador va sufriendo unos cambios que te hacen entrar en la dinámica de la paranoia, y empieza a quedar claro que ya no lo controlas tú, sino otra persona. Por ejemplo, si abres el Google, éste no se te abre una, sino 50 veces. Algo así como pasar las páginas de un libro a mucha prisa y que éste se acabe en algún momento, sólo que no eres tú quien lo manipula, sino un lector invisible al otro lado de la red. Es ahí cuando, pardilla o no, empiezas a entender lo que es un troyano.
Es cuando aparece el amigo informático de toda la vida que en realidad es un tío listo en cuestiones de software, dice él, pero que al cabo de media hora delante del ordenata empieza a repatear en los suelos como si estuviera viendo una final entre el Barza y el Madrid. Los amigos vienen a ver el espectáculo. Te dán su más sentido pésame antes de que la reina se desangre. ¡El navegador se abre 123 veces seguidas y lo hace a una velocidad vertiginosa! Intenta sacar el programa que se ha instalado en el disco, pero no hay forma. El programa vuelve a aparecer. Y si logra desinstalarlo, en su lugar o en otro lugar del disco o como se llame esta cosa, aparece otro programilla minúsculo y para colmo en forma de casco de motorista y del tamaño de una garrapata, que el tío no puede eliminar ni con el más potente de los insecticidas.
Al tercer día, mi pantalla amanece con una garrapata del tamaño de una tortuga marina ya adulta tapando los iconos y mi salvapantallas de Neil Young enfundado en su chaquera marinera, y sus ojos mansos asomando detrás de la tortuga con cara de compasión. O quizá no sea eso. Quizá sólo quiera decirme: “Tía, eres una capulla”.
La garrapata en cuestión es, en realidad, una mini pantalla en forma de casco de motorista -algo así como un vídeo-juego en cuyo interior se cuece un líquido virtual de aspecto viscoso- que pide a gritos ser abierta, haciendo click en donde siempre se hace click y en donde esta servidora que ya ha aprendido que no debe hacerse click en cualquier parte no hará click. A estas alturas he llegado a la conclusión de que al otro lado de la meta-pantalla hay un tío con gafillas observando. Uno de esos como los que aparecen en las malas películas yanquis, una criatura siniestra y pajillera sentada ante un gran panel lleno de pantallas con tías con cara de pardillas. O no.
Al quinto día el ordenador colapsa. El Windows ya no se abre. Te dán cinco opciones, las pruebas todas, pero nada. La reina ha muerto, larga vida a la garrapata.
Naturalmente, decido formatear mi Windows -ya que el ordenador vale la pena, me dicen, y no tiene más de un año-, aprovechando la ocasión para añadirle alguna que otra cosilla interesante y, por supuesto, comprarme un antivirus sin garrapatas. Uno en condiciones. Así estoy un año, hasta que decido agregarme a un foro. Uno de filosofía. Gente seria (...)
Al tercer día me banean por discrepar con uno de los moderadores: el tipo no está de acuerdo con mis conceptos peregrinos basados en la filosofía oriental (una filosofía contaminada de misticismo, según él) y nisiquiera está dispuesto a iniciar una pulseada dialéctica; diréctamente me banea sin derecho a réplica. Un SS integral. La encarnación misma de un nazi-caraculo disfrazado de nihilista-progre, que de esos, en la red, los hay a montones.
Lo que una no sabe es que el administrador de un foro, además de ser una criatura reaccionaria gafapastas disfrazada de radiguay, puede ser también un hacker en potencia, de esos que van metiendo garrapatas en tu sistema si no le has caído bien. Aquí es donde empieza el capítulo de las direcciones últiles, y aquí termino porque estoy ya se está volviendo un marrón.
El asunto es que consigo entrar nuevamente en el foro a través de otro e-mail y le replico. El tío vuelve a banearme. No conforme con ello, me amenaza con pillar mi IP y mi MAC. Yo todo lo que sé de un MAC es que es un ordenata con una manzanita de colores, pero mi amigo el informático me explica que es otra cosa, algo así como un código identificador inmerso en mi sistema. Sin embargo, hay que ser muy ducho para pillar un IP y mucho más un MAC. Lo que no me queda claro es que sea del todo legal. Como no me queda claro que existan, en la red, foros de criaturas de la laguna negra que se hacen llamar hackers y que se jactan públicamente de haber entrado en varios ordenadores y de tener inclusive los datos bancarios de sus propietarios.
Tened cuidado, amigos míos, que las garrapatas no sólo chupan sangre: han aprendido, y ahora se chupan la tinta del capital.


LA MENTALIDAD DE UN HACKER

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La foto es de Kevin Mitnick. ¿A que es majo? Y no, no es el mano derecha de Bill Gates, es el hacker más famoso del mundo (aunque es posible que trabajen en colaboración).


viernes 16 de mayo de 2008

Gea


A la hora de mirar un cuadro, lo que más me gusta es cuestionarme qué demonios ha hecho esa persona y por qué. Busco algo que me maraville, incluso que me confunda. Eso es lo que me atrae. No hay que tipificar algo que, por naturaleza, es innombrable. Creo que todo ese proceso me ayuda, me hace sentir vivo.

-Julian Schnabel