Me desperté sobre las nueve de las noche con ganas de ir a dar una vuelta. Después de cenar pensé en tomarme una copa en uno de esos baretos oscuretos que asolan las callejuelas del barrio Gótico, pero al cabo recordé que no podía, ya que a 24 horas de la toma de ayahuasca es mejor no beber alcohol. Diría, más bien, que no se debe. Además, ¿a quién se le ocurriría tomarse una copa sola en un bareto? Aburridísimo. La máscara underground no es más que otra máscara, una aparentemente progre, aunque tan esperpéntica como todas las demás. Y esto sin hablar de la invasión guiri, los chavales que se apuntan a sus filas tumbados en la calle entre grandes bolsas de basura, el olor a alcantarilla mezclado con el aroma de los inciensos, los pakistaníes cachondos y los camareros que confunden gótico con mudéjar. Regresé al hotel.
Al llegar encendí el ventilador y me quedé dormida de un tirón, segura de que mi fugaz pasaje por Barcelona no era más que tiempo muerto. No estaba nerviosa, pero me sentía asténica. Me hubiera encantado tener alguien con quien compartir la experiencia, alguien con quien saborear las horas previas al gran salto. Como no pudo ser, tuve que conformarme con lo que había y disimular esa difusa sensación de desamparo que dá llegar a una ciudad que apenas conoces. Y para colmo, sola, ya que a ninguno de mis amigos les hubiera apetecido cogerse un fin de semana en Barcelona para tomarse una ayahuasca, y los que conozco y viven allí estaban tomando el sol en Granada. A esto se sumaba la presión de que la única persona con la que había quedado era alguien a quién sólo conocía de Internet. Que así es como suceden las cosas a menudo: si quieres algo, no te lo pienses más, ve a por ello y arriésgate.
Hubo suerte. Mucha, diría yo, tomando en cuenta que la gente de la Societat que me invitó a participar de la experiencia (cuyo nombre no revelaré por una cuestión de ética, ya que si ellos no lo mencionan en su propia web básicamente por cuestiones legales, a mí no se me ocurriría mencionarles en mi blog), no suele admitir gente “sin referencias”, según me informó un joven psicólogo vasco que desde el primer instante me consideró una advenediza, y cuyo comentario sobre la prensa encubierta y la Mercedes Milá todavía me hace descojonar. No le hablé de mi franqueza a la hora de explicarle mis motivos a Irene (que la llamaremos así) en un e-mail al que respondió con desusada rapidez, sabiendo que mi motivación poco o nada tenía que ver con lo lúdico o lo psiconáutico, sino con lo terapéutico. Habiendo tanto pajarraco interesado en la ayahuasca como una alternativa más para contactar con los extraterrestres, jóvenes aprendices de Escohotado en babuchas, ex-hippies cincuentones con una novia nudista, universitarios vegetarianos Erasmus, universitarios carnívoros amantes de la música electrónica, ex turistas de Goa, masajistas de shiatsu musculados, musicólogos intérpretes de Gurdjieff, psicólogos hipnotistas, y un largo etcétera que ya se imaginarán, mi caso le habrá parecido una auténtica gozada (...).
Llegamos a la finca a las cuatro de la tarde del viernes en el coche de Irene, con llovizna, y la placentera sensación de habernos quitado de nuestras espaldas el gran peso de la ciudad.
La finca se levanta sobre una sierra baja pero exuberante, entre bosques de encinas, robles, pinos, castaños y madroños, a unos 500 metros sobre el nivel del mar. Un sitio realmente bello. El recibimiento quedó en manos de un tal Mario, que pese a ser muy bueno, me pareció que despedía un cierto tufillo a desconfianza. Yo no tenía idea de que las habitaciones fueran compartidas, así que bajé por Irene a preguntarle si ésa, realmente, iba a ser mi habitación. Como no la encontraba por ninguna parte, fui directo a la cocina y la encontré comiendo. Inmediatamente me sacó fuera aduciendo que estaba prohibido entrar en la cocina. Sin hacer preguntas, y por sugerencia suya, me puse a buscar otra habitación, pero acabé descubriendo que todas eran similares, así que me ubiqué en una litera junto a la puerta, haciéndome a la idea de que esa noche habría que aguantar ronquidos.
Me eché una siesta hasta las seis y fui directo hacia la piscina, con la omnipresente figura de Mario, todo sonrisas, a mis espaldas.
- Y qué tal… ¿ya te has instalado?
- Pues sí, estupendamente. Oye, esto es una preciosidad, de veras…
- Lo es, sí. Pero ahora date un baño en la piscina, anda… Prepárate para el viaje.
Cosa que desde luego no hice. Me refiero al baño. Antes que nada, tenía que tomar contacto con el lugar. Plantar el ancla. Es mi manera de ser: primero me voy con tiento, luego observo, analizo y finalmente cojo lo que me interesa, pero cuando lo hago me voy con resolución y bien segura de lo que quiero, cómo y por qué. De momento, lo único que quería era tumbarme en la piedra, y bajo el sol, a ver como las nubes mudaban su estado de cúmulos a caballos, mientras, a mi alrededor, el canto de los pájaros y el rumor de la brisa entre las hojas de los árboles empezaba a mezclarse con el crujido de los neumáticos sobre el ripio. Portazos, grititos, besos y abrazos. Irene había desaparecido, y después del episodio de la cocina ni se me hubiera ocurrido buscarla para echar un cigarrito. Al cabo de una hora ya había una media docena de personas alrededor de la piscina, pero parecía que nadie se animaba a meterse al agua ni entablar conversación. Mejor meditar, leer un libro, fumar, o quedarse mirando la lontananza. Cada cual dentro de su piel de cebolla. Faltaban tres horas para la primera toma, y eso ya empezaba a parecerse demasiado a una sala de partos.
Los preparativos para la toma empezaron más tarde de lo previsto, aproximadamente hacia las diez de la noche. Yo me había pasado parte de la tarde sin hacer mucho más que observar cómo caía la bruma sobre el cerro como una cortina móvil de seda gris, y jugar con los instrumentos musicales. Alguién me pilló dándole a las teclas del piano, echó un tímido vistazo, y desapareció.
Hacia la noche la sala de meditación se llenó de sillas. Tres filas de sillas perféctamente dispuestas en círculo alrededor de un bonito altar con flores naturales, dos grandes cirios, un cuenco con agua y gran cantidad de incienso. La gente iba y venía, entrando, saliendo, reencontrándose, dándose palmaditas en la espalda, o simplemente deambulando por la terraza, con vistas al bosque, y en silencio.
Habiendo pasado un buen rato en la finca ya empezaba a entender las reglas. Cada cual a lo suyo, si nos conocemos qué bueno, y sino, siempre habrá algún psicólogo aprendiz de ayahuasquero que le dé por soltarte un interrogatorio del tipo: “Oye, no será que tú eres de la Mercedes Milá, ¿no?”. Curioso el comportamiento del indivíduo occidental, que aún en este tipo de situaciones, no deja de repetir un esquema de comportamiento que, podrá parecer ingenuo, pero no conocía antes de venir aquí: los grupos, en vez de abrirse, tienden a cerrarse; algo que en semejantes circunstancias resulta paradójico, ya que lo que se supone que debería buscarse es la integración de lo individual en el todo y no el aislamiento; sin embargo en demasiadas ocasiones sucede justamente lo contrario.
Entonces me dio por buscar a Irene. Quería exponerle mis dudas. Para empezar, no entendía cómo era posible que fuera a realizarse una toma masiva de ayahuasca en una sala totalmente cubierta de alfombras. Todo el mundo sabe que la ayahuasca tiene un efecto purgante, y lo primero que haces es vomitar. Cuando se lo dije a Irene, ella me explicó fríamente que no tiene por qué ser así, que había cuidadores, que había barreños y que había un baño (a veinte metros), razón por la cual no tenía de qué preocuparme. Yo regresé a la sala preguntándome cómo iba a buscarme la vida en caso de que el estómago se me pusiera cabrero en medio de una alucinación.
Siendo las diez y pico, se cerró la puerta de la sala y empezó la ceremonia, presidida, naturalmente, por el Fundador de la Societat, que así le llamaremos. Invitó a quienes hacíamos nuestra primera toma a coger la fila más cercana a la puerta (es decir a los barreños, que estaban fuera, en la terraza), hizo una pausa a la espera de que nos acomodáramos y explicó, brevemente, qué es la ayahuasca, desde cuándo se utiliza, y para qué. Advirtió, además, algo que al cabo de mis dos experiencias comprendí que era muy importante: dijo que la manera en que íbamos a tomar la ayahuasca era sólo una manera de tomarla, que hay otras, pero que ésa era su manera. Luego hubo que ponerse en fila y esperar hasta que llegara tu turno para tomarte el chupito, morder una hoja de jenjibre -para atenuar el sabor de la ayahuasca, que es muy pero muy amarga; pero el jenjibre no lo es menos, de forma tal que al cabo de un minuto te preguntas qué será peor, si el jenjibre o la ayahuasca- y volver a tu silla. Más o menos igual que en misa, pero peor, porque al menos allí sabes que después de la eucaristía el cura te bendice y te largas, en cambio aquí tienes tantas probabilidades de ir al paraíso como al infierno, y para colmo en una silla de plástico plegable.
Las luces se fueron apagando poco a poco y comenzó el viaje. Mejor dicho, comenzó lo que yo creí que iba a ser un viaje, que en realidad fue más un viaje ajeno que propio. Lo digo, porque mientras yo intentaba acomodarme en la silla de plástico sin que me doliera la espalda, ya otros empezaban a alucinar. Hubo uno en mi fila que tuvo una regresión a su etapa a go gó y tuvieron que sacarle, justo cuando yo había decidido deshacerme de la silla y tumbarme en el suelo en posición yogui, para ver si la cosa me hacía efecto de una buena vez. Cuando pasó por delante de mí, sostenido por un cuidador, conseguí esquivar el vómito por puro milagro.
Casi a las dos horas, y con la esperanza de hallar un sitio algo más cómodo en uno de los colchones que habían dejado al raso, salí a la terraza. Pero los colchones estaban todos pillados, y el espectáculo no admitía espectadores. Había un tío haciendo arcadas en un barreño, otro descojonándose bajo un edredón, y otros dos que además de desconojonarse en colchones vecinos parecía que se lo estaban pasando pipa. El resto dormía o deambulaba dentro de su cáscara de cebolla sin prestar atención ni a los mosquitos, que esa noche se mostraban tan reticentes a la ayahuasca como yo.
Llamé a una cuidadora:
- Mira, yo no sé, pero a mí esto no me hace ningún efecto… - Estaba más lúcida que un díptero gigante con ganas de sangre. Sonrisa incómoda: - ¿Podría fumarme un cigarrito?
Ella me miró perpleja.
- Claro, fuma si quieres…
- Bien. Y creo que después me voy a dormir.
- ¿Y no te apetece entrar en la sala?
Ni sala ni leches ni qué ocho cuartos, yo sólo quería largarme de ahí. Cuando se lo dije, ella sonrió comprensivamente y me dijo que mejor esperara en la casa, junto a la chimenea, donde podía tumbarme y esperar a que acabara “la sesión”. Así que fui tras ella -que intentó cogerme de la mano muchas veces, y al final se la cogí por compasión-, y me quedé tumbada en un sofá, comiendo cerezas mientras le echaba un vistazo a un libro sobre Gurdjieff. Al cabo de una hora regresó para decirme que ya estaban encendiendo las luces, y que debía estar en la sala para el cierre.
Al menos por los que estaban allí dentro, no me pareció que tuvieran un aspecto muy diferente al que tenían antes de empezar la sesión. Lo único que me parecía realmente alucinante era que habiendo cincuenta personas en la sala tomando ayahuasca, a nadie le hubiera dado por desmadrarse. Y sobre todo que la sesión pudiera controlarse dentro de unos parámetros muy estrictos, sometida inclusive a un cronograma cuidadosamente articulado, bajo un esquema que, por lo menos a mí, rayaba con lo castrense. ¿O era que, tal vez, empezaba a alucinar y el viaje iba a empezar cuando me acostara en mi litera?
- Si hay alguien que quiera soltar alguna emoción que se haya quedado atorada, que lo haga - dijo el Fundador, tras un largo silencio.
Pero nadie abrió la boca.
Me pregunté qué entendería el Fundador por emociones. O, mejor aún, que entendía yo por lo mismo, si es que me había perdido alguna cosa. Soy una persona extremadamente emocional, y para mí las emociones son energías que se expresan, y ya que el clima en la sala me recordaba más a una parroquia en pleno sermón que a una regresando de un viaje alucinatorio, la pregunta del Fundador me resultó a todas luces incongruente. No podía imaginarme que a alguien se le ocurriera, por ejemplo, soltar un grito o ponerse a bailar en medio de la sala. También me pregunté por qué a la gente que estaba fuera, aún en pleno viaje, la cogían entre dos y se la llevaban a otra parte, ¿no hubiera sido mejor dejarles en sus colchones hasta que se les pasara el trip? Pero no, había que quitar los colchones y ponerlo todo en su sitio, cenar, celebrar y acostarse.
- Mira, no sé, pero a mí esto no me hace ningún efecto…
Mis cojones que no. Yo, que creía saberlo todo, no sé en realidad nada.
Esa noche me acosté sin cenar, enfurruñada con la ayahuasca, y el eco de los grillos.












