6/2/08

El arte de vender buzones abiertos y cerrados



"El hombre del año" no será una buena película, pero tiene un par de comentarios de lo más jugosos. El primero lo pronuncia Jeff Goldblum, que en la ficción es el presidente de la Delacroy, una empresa encargada de realizar el conteo de los votos en las elecciones presidenciales mediante un sistema innovador que al final acaba fallando: La percepción de la legitimidad es más importante que la propia legitimidad en sí, le dice en tono de amenaza a Laura Linney, la trabajadora que descubre el fallo. La otra frase la suelta Christopher Walken, el manager de ese gran comediante (Robin Williams) que por un error de sistema es elevado a presidente: La única diferencia entre la verdad y la ficción es que la ficción tiene que ser creíble. 
Los dos hablan más o menos de lo mismo, y resulta irónico, si pensamos que el primero es un empresario sin escrúpulos, y el segundo un hombre del espectáculo. Al cínico razonamiento del primero se le añade la frase no menos cínica del segundo, que es en realidad del célebre y genial cínico Mark Twain. Ya lo dijo Groucho: El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido. 
Mucha agua ha corrido bajo el puente desde que Groucho y Mark Twain soltaran sus sentencias; sin embargo en la actualidad éstas siguen en vigor, porque a Vicente -que va a donde va la gente- la ética de la esquizofrenia moral le viene como anillo al dedo, sobre todo si lo sobornan a base de paraísos artificiales. Siempre y cuando pueda comprarlos, claro. Algo que seguramente podrá hacer, ya que Vicente compra todo lo que le entra por los ojos (coches, casas, sistemas antirobo y políticos corruptos), y como sabe que su único oficio va a ser siempre el no-oficio de trabajar doce horas diarias para tapar con ello sus necesidades existenciales (que son muchas, pero desconocidas) y cubrirlas de cosas, Vicente es sobornable. Ha sido adiestrado desde pequeño en el arte de comprar buzones abiertos y cerrados. Los politicos se le filtran a través de la televisión -el arma de adiestramiento más eficiente jamás inventada- como los anuncios de coches y las promociones de ONO. 
No es que la gente sea estúpida: es que es perezosa. Mejor lo tienen, a la larga, los que no pueden comprar la ficción. Todavía están a medio camino entre este mundo de caramelos que parecen de verdad y los huesos de las jirafas que son devoradas por los buitres. Por lo menos ellos pueden currárselo en compañía; no como aquí, que la gente ha perdido la capacidad de instrumentarse (o sea: de construir un aeroplano con hojalata) y no necesita compañía humana, sino botones y teclados. ¿Para qué quiero tocar tu piel si puedo verla por Internet? 
Vamos, que al final resulta que no sabes qué es peor: si tener recursos para comprar la ficción y que a cambio te vendan un buzón, o carecer de estos y vivir colgado de un sueño. 
La situación intermedia es la lucidez. El estado intermedio, justamente. Darte la chance de que el sistema no devore tu identidad. Difícil, si estás saciado (de patatas fritas, que facilitan el trabajo a las enzimas de la estupidez). Se trata de poner en duda el adiestramiento. De poner a funcionar el sublime gen del libre albedrío, sin confundir éste con la última marca de coche. De poner el stop y hacer un insight para recordar quién eras antes de entrar en el parque de atracciones: ¿eras tú o la noria? No, eres el que va en el carro.

Entonces, la próxima vez que quieran venderte un buzón –y puedas comprarlo- recuerda que por muy creíble que pueda resultar la ficción, a menudo ésta acaba siendo un buzón cerrado, y para colmo, vacío.

Guayasamín


Pintar es una forma de oración al mismo tiempo que de grito. Es casi una actitud fisiológica, y la más alta consecuencia del amor y de la soledad.

Guayasamín pulsa una cuerda terrestre.
Photo/post: Oswaldo Guayasamín, Ternura. Óleo s/lienzo.

Shortbus


Chico ama a chico que se masturba en posición yogui. Sexóloga lo hace con su marido sobre un piano pero nunca ha tenido un orgasmo. Dominatrix domina-hombres porque no quiere hacerlo. Travesti cantante de music-hall está de vuelta de todos los paraísos e infiernos posibles. Reunión de chicas extrañas en una sala del Shortbus, club liberal donde la gente se ama/coge en todas las formas imaginables e inimaginables. Chico y chica hacen el amor en medio de una orgía y dan clases de orgasmo a mujeres solitarias. Un viejo ex alcalde de la ciudad inteligente y cachondo como pocos dice: “Nueva York es el único sitio donde las personas van para ser perdonadas”, y se deja abrazar por un hermoso chico gay. En Shortbus, nadie lo hace a espaldas de nadie. El planteo moral de esta película es francamente jugoso. Para empezar, todas las escenas de sexo son reales. Podrán sorprender, pero no ofenden. El autor ha sido lo bastante audaz como para sugerir que la infidelidad es innecesaria cuando hay plena satisfacción, y que la monogamia no es una cuestión sexual sino emocional. Esto le dá un patadón a los hipócritas, que confunden la monogamia con una etiqueta social y prefieren hacerlo indiscriminadamente a espaldas de su pareja, sea del sexo que sea. Que es la verdadera promiscuidad. 
Oh, sí… Shortbus es una buena película. No quiero imaginar lo que hubiera hecho Almodóvar con la misma temática.

La vida de los otros, de Florian Henckel-Donnersmarck

Dir. Florian Henckel-Donnersmarck (Oscar 2006 Mejor Película habla no inglesa)

Tres personajes: HGW 20/7 es un funcionario de la STASI (organización de policía secreta de Alemania Oriental) que ha sido entrenado para interrogar y controlar a los posibles enemigos del régimen. Su entrega al partido y su eficiencia como verdugo son totales. Para conseguir que los sospechosos confiesen, no se vale del método de tortura más doloroso pero sí del que quizá sea el más efectivo: los interroga durante horas sin tocarles un pelo hasta que, vencidos por el miedo y rendidos de cansancio, sus víctimas ceden. Con el transcurrir de la historia, vamos viendo que HGW no tiene vida propia, ya que su existencia consiste en vigilar las vidas de los demás, tanto cara a cara como ejerciendo el espionaje a través de un sistema de escuchas. HGW es un hombre frío, triste, solitario y obediente, cuyo único aliciente en la estéril vida que lleva es su trabajo, y se nos presenta como el más exacto y ominoso paradigma del individuo convertido en artefacto al servicio del totalitarismo. Georg Dreyman, un talentoso escritor de ideas socialistas (no podía ser de otra manera en la autoproclamada República Democrática Alemana, vaya paradoja) pero desencantado con la política que el régimen ejerce sobre los artistas que resultan sospechosos de tener ideas muy “occidentales”, ve como sus amigos son censurados y retirados de la vida pública sin que haya para ellos ninguna esperanza, y las únicas alternativas parecen ser la resignación, la huída a Occidente, o el suicidio. Como suele sucede en los totalitarismos donde en última instancia lo importante no es la idea sino la necesidad de perpetuarla, a pesar de sus sinceras convicciones él también se convertirá en objeto de espionaje. Christa-Marie Sieland, su pareja, una actriz de talento (en mi opinión, quizá el personaje más atormentado de la historia) pero insegura y acomodaticia, es chantajeada constantemente por un pez gordo del Ministerio de Seguridad, adoptando, no obstante, una actitud de ojos que no ven corazón que no siente. Incapaz de renunciar a lo conseguido Christa tendrá que elegir entre el amor y la traición de sus espectativas. La vida de estos tres personajes confluyen de manera curiosa cuando HGW recibe la misión de espiar al escritor y se convierte en una especie de parásito de esas vidas que él quisiera vivir, y lo que al principio era una misión de espionaje (a la que se apunta con vocación de sabueso), pronto acabará enfrentándolo a su propia humanidad. Con una evolución narrativa acompasada y un desarrollo que en ningún momento resulta predecible, unos acabados de imagen que exploran todas las tonalidades de grises (como el gris personaje de HGW y una metáfora de la gris Alemania de entonces), unas actuaciones formidables (especialmente la de Ulrich Mühe en el papel de HGW, todo un crack) y un guión impecablemente escrito, Henckel-Donnersmarck, un jovencísimo discípulo de R.Attemborough, ha llegado tan lejos como para conseguir el Oscar. Sin embargo este detalle es lo de menos, si tomamos en cuenta que La vida de los otros hace una reflexión profunda, inteligente y sin pretenciones, de la impermeabilidad de la bondad humana ante infraestructuras artificiales de poder que, tarde o temprano y por obra y gracia de su propio exceso, acaban cayendo. Imperdible.

Mundo-cíclope



El cíclope, de Tim Biskup.LA TENDENCIA A VERLO TODO DESDE UN SÓLO PUNTO DE VISTA

Yo quiero


Quiero un hombre que no sea de cartón; vamos, que no vaya por la vida con la rigidez de quien tuviera la médula rellena de papel encolado. Quiero sus huesos expuestos a mi escáner sexual. Quiero un hombre que se le vea venir; y que llegue con sus pies, porque no quiero un BMW sino un hombre. Tengo un mic que resiste tormentas y huracanes, pero: quiero un hombre al que no le importe formatearme (¿técnico informático? noooo… es sólo una metáfora) ya que conservo mis drivers cuidadosamente guardados y no se pueden bajar por Internet.

Quiero un hombre que no le tema a su sombra. Y que no se asuste con la mía. Quiero un hombre… cómo te diría, a quien le gusten las mujeres con carne sobre los huesos y las carcajadas estridentes. Le quiero con la voz rota y biorrítmos de búho.

Es ImPrEsCiNdIbLe qUe AnTeS Se hAyA DeJaDo dEsLUmBrAr.

Quiero un hombre que me engendre, y que se deje engendrar. Que le encante cocinar y comer en la cama los domingos por la mañana, y los lunes, y todos los días que apetezca. Quiero un hombre que no necesite usar reloj. Que no me hable de la casa que tiene en el pueblo o me cuente que dejó a fulanita porque tenía un culo grande como una nave espacial.

O SeA, QUiErO uN HomBrE QuE SiEnTa. Con el corazón donde hay que tenerlo porque lo otro ya se sabe donde está.

Quiero un hombre que no se mire el ombligo y que se quede tan a gusto en el mío como si fuera una piscina, ya que es bello e interior. Quiero un hombre que me deje suelta. Alguien que no se baje de la cruz por mí, porque no quiero un adorable perrillo, hasky siberiano, salchicha, caniche, perro de collar: eso sería muy fácil para él y muy aburrido para mí.

Sin embargo, quiero que me preste su abrigo cuando llueve para ponerle una buena cena cerca de la estufa. Lo que no quiero es la piedra de su zapato en mi zapato, ni quiero que borre con el codo todo lo que escriba con su mano. Quiero un hombre que sea tanto mi dolorosa como mi gozosa encarnación. Que se beba hasta la última gota que llena el envase. Que sea capaz de saborear su sabor, y por experiencia, encontrarlo único. Quiero un hombre que tenga cicatrices, aunque no me importaría que llevara el pelo enmarañado como un niño. Quiero un hombre que necesite lo que yo necesito, que es lo mismo que necesitan todas las especies que hay sobre la Tierra, y que por ser lo más deseado resulta ser también lo más temido.

QuIeRo uN HoMbRe Que Me dEJe SiN PaLaBrAs.

Photo/post: www.fotonatura.org



Venecia homo-shocking




Era diciembre y caía una llovizna pegajosa. Tomaba vino blanco con soda en una trattoría de la piazza Margherite. Mientras los japoneses sacaban fotos de la catedral de San Marco, a mí me dio por fotografiar recovecos, puertas a ras del agua, picaportes, paredes descascaradas, tendederos, galerías fantasmales... Estuve volviendo a la misma trattoría durante una semana seguida, que fue el tiempo que me quedé en la ciudad. Mi bolsillo no daba para más, pero yo tenía que verla. Caminarla. Olerla. Si Venecia fuera hombre su fragil osamenta no habría resistido el paso de los siglos. Pero es mujer, y dilata.

Mi padre nació a unos veinte kilómetros de allí, y como parte de su familia se quedó en Italia, me acuerdo perfectamente de las postales en acordeón que llegaban a Argentina y de un viejo boli azul que tenía una góndola diminuta dentro de una burbuja de aceite que decía Ricordo di Venezia. Igual que las ilustraciones que veía en los cuentos made in Spain que me compraba mi madre, lo que yo sabía de Europa se parecía más a un cómic que a la vida real. Yo pensaba que las aldeas eran cosa de cuento, hasta que las vi por primera vez y me costó más de media hora ponerle un nombre a ese recuerdo archivado en lo más profundo de mi memoria cincoañil: aldea. Con Venecia me pasó lo mismo, pero sin aldeas.

Fue bajo esa llovizna peleona como fui a dar con Fabrizio, que inauguraba una colectiva de p
intura en su mini-galería de veinticinco metros cuadrados cuyo único atractivo consistía en estar ubicada (oh) en Venecia. Yo iba con un paraguas enorme. En el centro de la galería había una mesa pequeña, de plástico y llena de bocadillos. Fabrizio me hizo una seña: ¡Avanti!, para que entrara. Sus ojos celestes de párpados pesados me convencieron. O quizá haya sido su sombrero (no sé por qué me dan morbo los tíos con sombrero) de fieltro, auténtico, tipo piamontés, y su cara de canalla de ala ancha. No iba a perderme algo como eso.

Adentro, gran jaleo. Música, risas, y gente descorchardo botellas de champán. Mientras buscaba un agujero donde dejar el paraguas, me quitaba el abrigo y aceptaba un trago de champán en un vasito de plástico, Fabrizio me fichó visual y otorrinolaringológicamente: ¿de dónde era?¿a qué me dedicaba?¿dónde vivía?¿qué hacía en Italia?¿dónde me hospedaba? Con grandes aspavientos, aprovechó para contarme quién era él y me mostró fotos con gente que yo ni conozco y que si conociera preferiría no recordar. Según dijo, era diseñador de ropa. La galería era suya. Los amigos eran suyos. Los cuadros eran de sus amigos, pero como estaban en su galería también eran suyos. Todo era suyo. ¿Los artistas? Tres: un gordito de traje azul (el típico italiano ligón, sudado ya en pleno diciembre), un chica de piel resinosa con un corte de pelo a lo Susan Vega, y una anciana medio sorda que pintaba caballos. Olor a pluma quemada. ¡Guarda, le piume! Sin darme cuenta había dejado el abrigo encima de una lámpara de mesa y se me estaba quemando la capucha. Era un plumas negro largo hasta los pies, impecable, recién comprado. El calor de la lámpara había logrado atravesar la tela impermeable y ya se estaba haciendo con las plumas. En cinco minutos la galería se llenó de humo y hubo que abrir puertas y ventanas. Venecia olía a pescado, a gasoil, a plumas chamuscadas. Sin embargo, todo aquel que se asomara al escaparate era invitado a entrar. Hubo un momento en que en la sala no cabía ni un alfiler.

¿Cosa fai dopo la esposizione, cara?

Era la pregunta que yo había estado esperando. Nada, ¿qué iba a hacer?¡Dormir! Se echó a reir y batió palmas: ¡Andiamo! La gente fue cogiendo sus abrigos y paraguas y salimos todos a la calle. A mangiare a casa de Fabrizio. A la festa.

Marchamos en fila india por una callejuela sombría atiborrada de esas pequeñas tiendas donde venden unas enigmáticas máscaras bipolares llenas de filetes de colores, que por la noche parecen observar al turista con una expresión inmutable en la que coagula una sonrisa satírica. Fabrizio iba a la punta con el clon de Susan Vega, la vieja pinta-caballos, y un par de maricones esnobistas que lograron colarse cuando salíamos. Yo iba más atrás, charlando con el gordito ligón, que me contó de sus viajes por l’América. ¿Argentina?¿Chile?¿Brasil? Sonrió con pudor: no, Nueva York, Boston, Chicago... Ah, yo pensé que l’América era todo, la de arriba y la de abajo...

Pero no quise entrar en discusiones y dado que le gustaba tanto el surrealismo le hablé de Xul Solar. Le dije que había inventado una lengua que reflejaba todas las lenguas de la Tierra. Que había sido pintor, inventor, políglota, músico, astrólogo y ajedrecista, todo a la vez. Que estando en Europa había conocido a Alistair Crowley y que había sido gran amigo de Borges. Su padre era de Letonia. Su madre, porteña. Había estado en Venecia. Había visto las mismas puertas a ras del agua. Todo un personaje, Xul Solar.

El piso de Fabrizio era pequeño, sencillo y muy limpio. Sin embargo, no había luz. Eran las nueve de la noche y no había luz en Venecia... ¡increíble! La gente se lo tomó con buen humor: ¿para qué preocuparse, si había sopa de col, risotto al azafrán y un microondas para calentarlo todo y comérselo a la luz de las velas? Alguien reanudó el ritual de descorchar botellas. Ya a la segunda copa el espacio se me volvió esférico. Lo de siempre: perdón... ¿il bagno? Si en la galería no cabía un alfiler, en el piso de Fabrizio no sólo no cabían, sino que se lo montaban en vertical. Me hicieron una seña en dirección al baño, con tan mala suerte que fui a meterme en la cocina, donde una pareja se lo montaba en oblícuo sobre la encimera. Ya se sabe, la biblia junto al calefón. Cuando me vieron aparecer por el vano deshicieron el abrazo. Je... ¡hip!, curioso. Scusi. Sonrisitas canallas. Adelante nomás, sigan... yo iba al baño per fare pipí, pero es que suelo ser tan jodídamente sensata que equivoco las puertas e invado las cocinas. Scusi, scusi... Me incliné en irónica reverencia. ¿Quién coño me había mandado a mí meterme en esa fiesta?

Me rescató una chica, Wally. Pronúnciese Valí. Estudiante de bellas artes ella, con el pelo cortado a brochazos, simpatiquísima: ¡Eh, il vino italiano e bravo!, dijo riendo.

Wally me esperó junto al baño y luego me llevó entre la gente, me presentó a unos españoles, me pasó un plato de pastel. Mientras me explicaba en un italiano rapidísimo los ingredientres que llevaba, uno de los españoles me soltó algo sobre una bomba en marcha. ¿Había visto alguna vez una bomba en marcha? Es una rueda por la que circula una correa, ¿vale?, pues sucede que cuando se corta la correa la rueda sigue girando sin enterarse de lo que ha pasado… La porta di Roma, dijo Wally, con la boca llena de pastel. El de la bomba hundió las narices en la sombra y reapareció al instante con la misma obsesión por las correas. La gente hacía cola discretamente para asomarse a la sombra, pero yo no me apunté. Fabrizio tampoco se apuntó. Él todavía iba por la sopa de col. Me copié en la mano su teléfono. Dijo que quería ver mis cuadros y que lamentaba no poder hablar conmigo más detenidamente; mañana, quizá. Me hizo un gesto con la cuchara: ¿más sopa? No. A través de las ventanas abiertas empezaron a colarse los efluvios de una tormenta urbana, de ésas que hasta en Venecia huelen a basura aún sin recoger. Io me vado presto, dije. Y no sé si me entendieron, pero ya empezaba a aburrirme y yo cuando me aburro no sólo me pongo de mala leche sino que me voy presto aunque sea en esloveno.

Me despedí de Fabrizio hasta el día siguiente y una vez fuera, o sea ya en la calle, me entró el desvarío. La histeria criolla. Sabía cómo llegar hasta el vaporetto, pero con la ciudad inundada no podría hacerlo a menos que llevara unas botas de goma muy altas. Fuera de la piazza donde vivía Fabrizio, no había manera de encontrar tierra firme sin que el ojo se perdiera en la lontananza. Todas las callejuelas estaban inundadas. Decidí volver. Fabrizio vivía en un segundo y tenían la música tan alta que no me escuchaban. Para colmo, habían cerrado las ventanas. Empecé a lanzar piedras hasta que conseguí llamar la atención de alguien que estaba junto a la ventana. Era Wally. Cuando pasan estas cosas te das cuenta del extraordinario poder que tienen los gestos. ¡Il acqua!, chillé; ¡il acqua!¡la strada! Hubo un alboroto y Fabrizio que aparece por la ventana con su plato de sopa y sus ojos celestes llenos de destellos. Risas: ¡Aspetta! Dos minutos después estaba en el portal hundiéndose el sombrero hasta las cejas, con las solapas del abrigo levantadas a lo Humphrey Bogart. Me ofreció su brazo: ¡Andiamo!

Nunca sabré de qué manera conseguimos llegar a tierra firme, si es que algunas vez pisamos agua. Pero Fabrizio se conocía todos los atajos, y no hubo problemas para salir de la inundación. Yo iba regurgitando plegarias de vino y buen agüero. Dándome ánimos para saber qué decir, qué hacer y cómo hacerlo cuando, llegado el momento, me diera por detenerme sobre un puente decrépito para hundirle un beso apasionado y llevármelo directo al hotel. No soy buena ligando, pero cuando un hombre me gusta me lanzo aunque me tiemblen las piernas. Y Fabrizio no tenía pinta de ser un temblón. Mi táctica consistía en rozarme en él todo lo que pudiera. En echarle miradas furtivas. En hacer complot telepático con el silencio, mientras le pasaba la manita por el abrigo. Finalmente, cuando lo tuve todo lo más cerca que pude, le cogí por el cuello e intenté besarlo. Pero él se echó para atrás con un gesto entre compasivo y horrorizado. Sus ojos parecían mariposas. Entonces va y en un tono que era para hacer reir a un eunuco, balbucea:

- Scusa, cara, peró... ¡sono gay!

Si en las postales que me enviaban cuando era pequeña yo hubiera sabido que Venecia se inunda por las noches y que los tíos guapos se vuelven maricones sobre un puente decrépito, me hubiera sacado un billete a Praga.

(Basado en un hecho real)

Vox populi / Cultura popular



En un artículo de la revista El guardián, el crítico de arte Adrian Searle se preguntaba qué debemos esperar de la cultura norteamericana. Reproduzco parte del artículo que fue publicado el año pasado por El Cultural del diario El Mundo. La negrita es su texto y el resto es mío: 

Debería haberme recordado a mí mismo la escasa respuesta a la situación del arte británico últimamente. Sin embargo, igual que hice cuando visité la Bienal del Whitney en Nueva York esta primavera, acudí a todas estas exposiciones con la esperanza de encontrar no sólo un poco de controversia y malestar cultural, sino un arte que reaccionara ante la presente situación, ante la usurpación que se está cometiendo con nuestras libertades personales, el clima de desconfianza y terror, los dobles raseros morales que se están aplicando, y la erosión del contrato social, que se está convirtiendo en algo mucho más mezquino. Quizá pedía demasiado. 

(Simple, amigo. Tanto el arte norteamericano como el europeo están en decadencia. Los europeos llevan más de 2000 años haciendo arte, ya lo han explorado todo y es lógico que se les agote. Los norteamericanos lo estaban haciendo bien, pero a mediados de los ’70 la cosa empezó a ir en declive, hubo mucha experimentación y se volvió todo tan extremo que se perdieron los límites entre lo que era arte y lo que es exceso. Con lo del 11-S les han tocado su talón de Aquiles, así que esta gente no puede hacer más que quejarse sin aportar soluciones creativas. Cuando uno se acostumbra al bienestar los duelos pueden durar mucho tiempo. Ya lo ha dicho usted mismo: “esto se está convirtiendo en algo mucho más mezquino”. No le va a pedir peras al olmo, hombre). 


Una de las pocas obras memorables de aquella Bienal del Whitney, y de la muestra Uncertain States of America, era una proyección extrañamente conmovedora de Paul Chan, proyectada con un ángulo inclinado sobre el suelo de la galería, en la que algo inquietante sucedía en el rincón escorado de una ciudad. Los objetos eran absorbidos por el cielo, en silenciosa cámara lenta. Los pájaros cruzaban velozmente la pantalla, se posaban en los cables y defecaban sobre teléfonos móviles, ordenadores portátiles, bicicletas y coches. Pero, al tiempo que las cosas eran absorbidas hacia el cielo, también caía gente, como ocurrió en las Torres Gemelas el 11-S. La obra de Chan era una imagen de los últimos días, y en particular del “éxtasis” infantil de la cristiandad fundamentalista de EE UU. First Light, de Chan, es un silencioso día del Juicio Final que tiene lugar a nuestros pies. Por todo ello, resultaba curiosamente conmovedor e inesperadamente digno.

(Y no le cuento lo digno que resulta usted por llegar a semejante conclusión).


Pero lo que más me impresionó fue la idea de futilidad y apatía en buena parte del arte estadounidense actual que se exponía: arte estúpido quizá para tiempos estúpidos. Y mientras que en el arte estadounidense ha reinado a menudo un sentimiento de triunfalismo más bien poco atractivo, ahora se tiene la sensación de que se está acabando la cuerda, de entropía y agotamiento. A lo mejor esto también es intencionado, y lo que tenemos es un arte que reconoce su propia impotencia cultural. La naturaleza repetitiva de las parodias fecales de Paul McCarthy, las óperas cada vez más impenetrables de Matthew Barney y la petulancia de la obra de Bill Viola subrayan esa caída en desuso. En los artistas de más edad, este tipo de fracaso, aunque desgraciado, es comprensible; en los más jóvenes resulta deprimente.
(No crea que es cuestión de yanquis solamente. Si es que le merece la pena perder el tiempo, dése una vuelta por ARCO MADRID una vez al año y ya verá de lo que estoy hablando. Como el arte es una proyección de la sociedad y no es ninguna novedad que vivamos en una sociedad francamente estúpida, pues es de suponer que el arte también lo será. Es tan sencillo como que dos más dos son cuatro. Ya lo ha dicho usted: lo triste es que haya gente joven haciendo un arte tan desapasionado y falto de crítica, y que lo haga convencida de que un arte basado únicamente en las tecnologías punta es todo lo que se necesita para ganarse un huequecito en una bienal. Me recuerda un poco a esa nueva generación de informáticos que saben mucho de programas, chips, accesorios y todo tipo de artilugios, 0 -1, lenguaje digital, negro o blanco, sin matices, y que a la hora de pensar y escribir dos renglones juntos el único contenido sean chips, programas, accesorios y todo tipo de artilugios. Son los machacas del arte, criados en el escrúpulo de una sociedad que los mimó tanto como para nunca jamás tener que levantar el culo del sillón giratorio. Para desear el cambio hay que sentirse insatisfecho, pero esta gente no tiene la menor idea de lo que es eso. Sólo está ligeramente molesta. Y aterrorizada. Nada más.).


Que Londres sea ahora el centro me recuerda terriblemente a la vieja y especial relación angloestadounidense en la que se habla el mismo lenguaje con distintos acentos. Si creemos que gran parte del arte estadounidense actual (a diferencia de su literatura) no viaja bien, podría decirse lo mismo, con algunas excepciones, del arte británico de hoy en día. Quizá deberíamos dejar de pensar en si esto es estadounidense y aquello británico, o en dónde se encuentra el centro. A mí me preocupa más salir de este delta, que ahora se ha extendido por todas partes como uno de los paisajes prosaicos e interminables de J.G.Ballard.
(Perdone, míster, pero aquí se equivoca. No es por todas partes: es en Europa y Norteamérica, porque en el resto del mundo la cosa es bien distinta. Afortundamente, la mezquindad de la que usted habla, junto con la ignorancia y la soberbia de las sociedades falsamente desarrolladas, no llega hasta las comunas africanas ni se enquista entre los amarillos y los pardos de Latinoamérica y Asia, donde la escasez de medios hace que se vean forzados a instrumentarse –o, lo que es lo mismo, a poner en práctica su imaginación-para fabricarse los recursos que de otra manera le serían inalcanzables. Así fue como el hombre descubrió el fuego, y así fue como llegamos hasta aquí).


Entonces me pregunté si uno de los motivos por los que se ha creado tan poco arte de cierto valor (podemos o no contar el dibujo de Richard Serra de un encapuchado víctima de las humillaciones de Abu Grahib, con las palabras “Stop Bush” garabateadas junto a él) sobre la crisis actual, es que los artistas creen que estarían predicando a los conversos.
(¿Conversos en qué?)


Esta inocente ilusión surgió a raíz de una postal que recibí, durante Frieze, en la que venía impresa una cita del artista británico Jeremy Deller, que comentaba: "No creo que el mundo del arte lo formen necesariamente ‘los conversos’. Al fin y al cabo, es un lugar fantástico para conocer a traficantes de armas jubilados.
(Y a neocapitalistas, y a maestres de sectas masónicas ejerciendo el mecenazgo, y a críticos de arte (que a falta de artistas se vuelven meta-artistas), con lo cual siempre que haya un crítico de arte habrá una interpretación, y aunque la gente no entienda un pito de qué hablan unos y otros, entre ambos han creado lo que llaman vanguardia. Para el ciudadano de a pie, esto no es más que una etiqueta que aceptan porque lo ha dicho alguien que tiene nombre y que entiende más que ellos. Pero a mí, como a usted, no me hace ninguna gracia que el arte actual no sea más que una etiqueta. Porque ¿dónde está la vanguardia si no hay contenido y todo lo que hay son traficantes de armas jubilados?)

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Dice Camille Paglia que el gran arte nutre la imaginación y da sentido a la vida, y que a diferencia de la cultura popular, es suficiente para sostenernos a lo largo de la vida.
No EsToY dE AcUeRdO



¿Habeis visto qué niños más monos? Son de un graffiti de autor español. Excelentes. ¿Qué creeis que pensarían estos niños, e incluso el autor, de la opinión de Camille Paglia?¿Creeis que la cultura popular no es suficiente?¿Que no hay alternativas?

Yo cReO qUe sÍ

Este es un tiempo propicio pa' la modestia/ como el sol da luz al día, fuerza y claridad se manifiestan/no importa latitud, altitud, época del año cambia moneda/ganan los mismos, ver cada día otro engaño/Piel roja, tinta negra, papel blanco/traigo el pasado al presente, hago historia y la deshago/intuiciones, adivinaciones, bolas de cristales/vida efímera, conviviendo con todos los males./Ruidosa calle esta es mi jergamil lenguas se hablan, mil bocas escupen fuego/mil loros ke pinchan bandas sonoras por las ventanas/no hay calés, no hay dirhams, no hay parque/no hay pesos, no hay pasta, no hay nada/Tú ya no sigas echando cuentas/peseta, real, durillo y más leyendas/no solo importa tu nevera y pagar letras/no hay tiempo, ni respiro/ni descanso, relajo o treguasigue! sigue! menos derechos y más tuercas/El confort no reconforta/y a cuchillo con el euro pasa cuentas/Como una balada amarga/invadiendo las tabernas/El confort no reconforta/y a costa de que sudores llenan cuentas/Tantos siglos tropezando/siempre con la misma piedra/Así está esto oscuro... Parpadea la poca luz de la farola de aquel muro... Frena!...Hace tiempo que esta escrito:/La comodidad debilita al más fuerte de los vivos/Si...¿quien es?Sorpresa! Un sonido/un soniquete que te somete/se te mete en la mente, latente/ambiente envolvente, desde la calle para la gente.Vente,Vente! Aqui quien no siente miente/evidentemente–puede que nunca te hubieras dado cuenta–que a cámara lenta siempre se ve/Imagínate! Incorpórate!/Aceptalo! Es hora de!/Caminar y poner la mirada de frente/hacia un camino diferente, gente/El confort no reconforta/y a cuchillo con el euro pasa cuentas/Como una balada amarga/invadiendo las tabernas/El confort no reconforta/y a costa de que sudores llenan cuentas/Tantos siglos tropezando/siempre con la misma piedra/Derechos humanos mueren dia a dia calladamente/Personas sin papeles no ven salida a su vida legalmente/Inmigrantes encerrados en las iglesias en huelga de hambre"¿Dios no existe o por impago le han cortao el cable/megamacromultinacionales/multipoderosas/multideprimentes/
multicapitales/multipatriarcales
/multicoloniales/multimilitares/multiexplotadoras/multidictadoras/

multimiserables/multipoliciales/armadas hasta los dientes/Cultura barata cubierta en platamata y ata almas sensatas/sombras inmediatas llenan miradas de pasta, basta!/Hasta cuando cultura nefasta/que aplasta en el metro y en tu casa?Amansa la conciencia, manipula y cansa la esperanza/¿Hasta cuándo fronteras con muertos de los dos lados?/¡Esto impone! ¡Descompone!/Valen más las balas blancas que las vidas negras dentro del mercado/¡Esto no es justo!/Revuelta y cambio impulso/Sistema desengancho, descompongo y desajusto/Naces, andas, ves, mueres/usa conciencia, implicate/ cuando uno va uno viene/se repite la misma insensatez.

porque
EsTo Es CuLtUrA pOpUlAr y TaMbIeN eS aRtE
(VOX POPULI)

Ojos que te ven (y te junan)


España es un país real. Argentina, en cambio, es una noria fantástica (Antonio Birabent). 

A los argentinos NOS ENCANTA el rock. Y tanto, que cuando va una banda internacional los matamos a botellazos o le arrancamos a mamá el tohallero de losa que tiene en el baño y se lo tiramos por la cabeza al cantante como muestra de atención. Allá las bandas no se llevan souvenirs, se llevan tohalleros, palos y pedazos de piedra del Aconcagua.
Yo me acuerdo una vez que tocaron los Redondos en Mar del Plata y la destrucción fue masiva: arrasaron todo desde el estadio donde tocaron hasta el centro de la ciudad; se destruyeron escaparates, portales, coches... la policía no daba abasto. Por suerte yo estaba en España, pero me lo contó una amiga por carta.
Hasta donde yo recuerdo, junto con el fútbol, el rocanrol era la gran pasión nacional. Y cuando hablo de pasión, estoy hablando de pasión en el sentido más amplio e hipotalámico de la palabra, que no es cosa del neocórtex sino del otro, del cerebro límbico, básico y reptil que sólo ponemos en funcionamiento cuando nos entra el hambre, nos defendemos de una amenaza, o follamos. Por extensión, en Argentina lo usamos también cuando juega Boca o toca alguna banda de culto (aquí también lo hacen, pero no se les va tanto la olla).
Hubo una época en que asisitir a un concierto de una banda internacional era una oportunidad única en la vida, con lo cual además de gastarte hasta el último duro en la entrada había que darles caña. Pero caña de verdad. Toda una celebración. Y no es que a ese tipo de conciertos asista, precisamente, el sector más refinado de la sociedad. Hay de todo, claro, pero es evidente que cuando tocan, por ejemplo, Los Piojos o La Renga, hay movida.
Si mal no recuerdo, esta pandilla de insurrectos surgió como respuesta sediciosa a la tan polémica administración Ménem, conviviendo de manera promíscua pero más que relajada -y relajante- con el movimiento cumbiero nacional, gran valor (me hago gárgaras).
Fue a principios de los ’90, creo, cuando gente como Spinetta, Charly, Gieco, Nebbia, etc, eran ya grandes íconos (que acá es icono sin acento en la í, nunca entendí por qué, como tampoco entiendo por qué los baños tienen el interruptor de la luz afuera y al video se le llama vídeo) y la música que hacían ya no vibraba con el sentir de las nuevas generaciones.
Es un hecho que la música popular sea la forma artística más consumida por la gente joven y yo soy una de las que piensan que cada pueblo tiene la música que se merece. Porque la música es un termómetro social. Si los pibes chillan y se quejan encima y debajo del plateau, mala fariña. Si no se quejan, peor. En los ‘90, los estilos musicales autóctonos se vieron apoyados por la tendencia claramente populista del gobierno de Ménem, con lo cual la cumbia y el candombe acapararon el panorama musical, desplazando al rocanrol. Luego se produjo el mestizaje y ahora tenemos lo que tenemos, sin ánimo de despreciar a nuestros queridos piojos, pulgas, vinchucas, cuises rengos, ratas de albañal, y demás criaturas contaminantes.
Volviendo a Ojos de brujo, descendientes directos de Mano Negra, Kiko Veneno, e inclusive del propio Camarón (padre y maestro del bienamado flamenquito) y otros tantos etcéteras, siento por que hayan tenido que soportar un recibimiento tan negativo en Argentina, donde no hay tradición flamenca y las fusiones son de otro tipo. Me toca tratar el espinoso tema de la escasa aceptación que se tiene ahora mismo de todo lo español que entra por el Río de la Plata. Doy fe de que es así, porque estuve por allí hace un tiempo y me consta que la gente ya no les mira con la misma simpatía con que les miraba antes, algo perfectamente comprensible si se piensa en las vueltas que da la vida y en los cambios políticos que se han ido sucediendo desde hace cincuenta años a ambos lados del Atlántico. De hecho, buena parte de la oleada inmigratoria que llegó en el 2002 ya está de nuevo en Argentina. Por algo será.
El fenómeno migratorio es tan viejo como el mundo. A principios del siglo pasado, nada más en España llegó a emigrar el 10% de la población. Ya en Buenos Aires, y cuando la enorme afluencia superó la infraestructura prevista por el gobierno argentino para tal fin (hospitales y hogares de acogida, como pasa hoy mismo en Canarias) la gente se instalaba en viejos palacetes abandonados por la epidemia de fiebre amarilla que asoló el país a mediados del XIX, o en casas de múltiples habitaciones donde en cada una vivía una familia. Es lo que se dio en llamar “conventillo” (nuestros modernos skuats o viviendas okupas). Por supuesto, el inmigrante era absorbido como mano de obra barata, y al cabo de unos años y muchos esfuerzos acababa ahorrando todo lo suficiente como para comprarse “el terrenito” y construir de mano propia una vivienda modesta pero digna. Los inmigrantes se mezclaron con la población autóctona, algunos abandonaron para siempre a sus familias de origen y formaron una nueva en Argentina, otros se la trajeron de Europa, otros abrieron sus propias empresas, otros se volvieron, y otros fracasaron.
El caso de la mujer inmigrante era un tema especialmente delicado. Ya lo cuenta Cadícamo en uno de sus tangos:
Y la pobre galleguita/que tras la primera cita/fuiste a parar al Pigall/ Sola y en tierras extrañas/tu caída fue tan breve/ que como bola de nieve/tu virtud se disipó./Tu ambición era la idea/de juntar mucha platita/para la pobre viejita/que allá en la aldea quedó.
Sin embargo, a pesar de las duras condiciones de vida la gran mayoría se quedó. Y se quedó para siempre.
Nuestra generación creció con la morriña del desarraigo, la ilusión del progreso tatuado en los genes como una estampilla, y una habilidad natural para montar rompecabezas. Por eso, cuando en el 2002 tanta gente decidió cruzar el Atlántico en sentido contrario al que marcaron padres y abuelos, y se encontró conque pasados los tres meses del visado tendrían que vérselas con aquello de no tener papel y todas sus consecuencias, decidieron volverse.Pienso que si muchos de nuestros antepasados hubieran podido hacer lo mismo, quizá ahora la Argentina no estaría tan rota.
Aquí se habla mucho de la movida alternativa, de si eres indie o mainstream, rural o urbanita, de Letras o de Ciencias, de izquierdas o de derechas... A mí, que vengo de un país donde la alternativa suele ser sinónimo de única posibilidad, esas etiquetas me dan un poco de risa. Lo que aquí es moda o mito, allá suele ser cosa de toda la vida. El argentino es indie por necesidad, un campeón del hágalo usted mismo y si no le sale aguantesé porque igual no se lo va a poder comprar.
El argentino sabe por naturaleza que es un hecho antropológico que el confort anula la espontaneidad. Y sabe, también, que en un país donde todos o casi todos los gobiernos son corruptos, ser anarquista no es cuestión de albedrío sino marca de honestidad.
Allí los vagabundos alcanzan el rango de crotos sólo si se lo merecen, y hasta los que van al trabajo en bicicleta pueden darse el lujo de llevar en su mochila un libro de Schopenhauer. Aquí la gente recicla por conciencia: en Argentina, en cambio, reciclamos todos porque no hay más remedio.
Allá al collage se le llama cambalache y seguro que tu abuelo tiene uno en el fondo del galpón. Comunas hippies ya las había en Argentina mucho antes de que la Joplin se mudara al Haight Ashbury, y el grunge no es una moda finisecular americana que se extendió por el mundo, sino un invento argentino de la época en que Perón le compró el ferrocarril a los ingleses y los ferroviarios tenían un solo pantalón.
En términos musicales, yo diría que la Argentina es un país garage. Es el único lugar del mundo donde encontrarás sobre un chasis herrumbroso un cartel escrito con brea que diga: Se vende pero sin ruedas, y otro en un escaparate, que rece: LIQUIDACIÓN POR SAQUEO. De haber nacido allí, Salvador Dalí hubiera muerto con las uñas el doble de largas.
A Ojos de brujo no debería extrañarles que en Buenos Aires les hayan echado a botellazos. Tras el colapso económico del 2002, con el corralito y la brutal caída de la clase media, la frustración se decantó por la rabia y los pobres que ya eran pobres se volvieron más pobres aún, y más violentos. Ya he dicho que para muchos la emigración resultó ser un fiasco, y que al llegar aquí descubrieron que la madre-patria más que madre es una madrasta, con lo cual la noticia se esparció como reguero de pólvora. Desde entonces, buena parte del pueblo argentino vive lo extranjero como una amenaza. El peso del pirateo recae siempre sobre la última generación, que es la más vulnerable.
Hace mucho tiempo el mundo oyó a los Sex Pistols gritar una verdad tan dura como un tohallero de losa:
cuando no hay futuro ¿cómo puede haber pecado?
Seguro que Ojos de Brujo tendría una respuesta para eso. Porque ellos también se quejan. Lástima que en el Quilmes no se hayan dado cuenta.

Photos/post: una de Johnny Rotten.

La legitimidad de los mundos


¿Habeis oído hablar de John M.Hobson?¿No? Pues yo tampoco, hasta que me dio por investigar la historia de ciertos conceptos y apareció su nombre en la Wiki. El hombre afirma que en el siglo XIX la cultura europea dividió a la Humanidad en tres mundos que correspondían a tres razas: el primer mundo europeo de la raza blanca (y por lo tanto libre de sospechas), el segundo mundo bárbaro de la raza amarilla (amarillo como la rabia, que es bárbara por naturaleza) y el tercer mundo salvaje de la raza negra (peor es ser salvaje que bárbaro, y está claro que todo lo que no se entiende se archiva en el cajón de lo prohibido, que siempre es feo, malo y oscuro). Me pregunto dónde se nos habrá incluído a los iberoamericanos, que no somos ni amarillos ni negros sino más bien pardos. Pero ése es otro cantar.
Parece que la cosa siguió, y fue Alfred Sauvy, quien por esas cosas del destino, volviera a utilizar esta clasificación (...) en tiempos de la Guerra Fría, para designar con el nombre de “tercer mundo” a los países que no se apuntaron ni a la OTAN ni al Pacto de Varsovia. El término “primer mundo”, se refería a los Estados Unidos y sus aliados (bloque occidental), mientras que “segundo mundo” se aplicó a los países del bloque oriental, término que ya ha dejado de usarse, como se dejaron de usar los pata ancha cuando salieron los pitillo, y no porque lo decidiera Custo sino porque alguien decidió que el Muro de Berlín tenía que caerse.

¿Os acordais del Muro de Berlín? Menudo muro, ése. Yo no lo vi porque por entonces vivía en Argentina (que hoy ostenta el orgulloso privilegio de pertenecer ya al Tercer Mundo) y creía que el Muro de Berlín y el de Bob Geldoff eran la misma cosa, o casi. Como recordareis, el Muro cayó en el ’89 y fue un gran día para Occidente, que salió a celebrarlo a las calles, mientras los chavales se apuntaban a los conciertos de rock organizados frente a las ruinas, prometiendo que nunca más volvería a construirse otro muro que dividiera el mundo en dos. La amenza de la Guerra Fría (si es que existió) había terminado. La sociedad del espectáculo había ganado la contienda y ahora, no habiendo mundos divididos por un Muro Simbólico, ya podíamos respirar tranquilos.

Pura ingenuidad, porque la caída del Muro de Berlín no ha sido más que otro producto de mercadiching. Con su derrumbamiento, Alemania dejó de ser el gran Chivo Expiatorio de Occidente (un chivo que al estar expuesto a una maquinaria de estado basada en el espionaje acabó autofagocitándose), y ya enterradas las piras sacrificiales y superados los viejos duelos entre potencias, buena parte del mundo compró el producto y se hipotecó en un nuevo desafío: el Mercado.

Uh... el Mercado.

Para ir a sus orígenes (es que yo siempre necesito ir a los orígenes, por eso os sugiero ajustar bien el cabecero de vuestros asientos) diré que el primer comercial de la historia fue Mercurio. Ya de pequeño el chaval dio muestras de gran talento para lo bursátil. Una vieja leyenda narra (esto se me ha quedado grabado desde los veinte años, y me lo contó mi primer jefe) que el niño era un ladrón de cuidado. Cuentan que le robó las flechas a Cupido (razón por la cual hay tanta gente que por ganar pasta no tiene sexo, o tiene poco), la espada a Marte (para presumir), el tridente a Neptuno (para pinchar a los morosos), y la túnica a la hermosa Venus-Afrodita (para hacerla rabiar, ya que ella sólo lo hacía por amor y no con él sino con Marte). Inclusive llegó a robarle ganado al mismísimo Apolo, al que nadie quería en el Olimpo, como a él.

Sin embargo, hasta los dioses se dejan untar el carro cuando se presenta una buena oportunidad, y dada su condición de dios de los ladrones, su habilidad natural para la oratoria y la invención de pesos y medidas atribuida a su autoría, Júpiter le dejó volver al Olimpo y mientras elogiaba el caduceo que le había dado Apolo, notó que le faltaba el cetro. Ésa fue la última de Neptuno, sólo que esta vez se la perdonaron.

Ya veis que nunca está de más ir a los orígenes. Con semejante precedente, ¿cómo no iba a ser el Mercado una cosa útil?

Pero volviendo a lo nuestro. Con la desaparición del “segundo mundo”, sólo quedaron el primero y el tercero. Éste último término se utiliza para hacer referencia a los paises "en vías de desarrollo" (los pobres, bah), en contraste a los otros. Resulta llamativo que estos países sean los principales abastecedores de materia prima al Primer Mundo. ¿Qué clase de paradoja es ésa?¿Cómo es posible que los países más ricos en materia prima sean también los más pobres en cuestión de recursos?

Aquí hay algo que no me cierra. Por eso decidí escribir una diminuta carta al correo de lectores del País Dominical donde exponía mi humilde teoría tercermundista de los países parásitos y los países abastecedores, pero jamás me la publicaron.

¿Pa’qué?

Yo recuerdo que a fines de los ’80 y principios de los ‘90 se puso de moda clasificar a los países y meterlos dentro de dos conjuntos como hacíamos cuando éramos niños en la escuela. Teoría de conjuntos: Conjunto 1 + conjunto 2= intersección. La intersección era el Mercado. Por entonces Argentina vivía la fantasía menemista de la famosa paridad dólar-peso, lo cual nos mantenía flotantes en un primer mundo artificial y todavía se podía comprar unos buenos calcetines, hasta que se pinchó el globo y nos dimos de narices contra el suelo del Corralito. Se hablaba de una Guerra del Golfo que nadie o casi nadie entendía, de los niños de Bosnia, de Yugoslavia, de la ex Unión Soviética, de la muerte de Freddy Mercury (que no estaba muerto sino fabricando zapatos en un solitario castillo irlandés, como Morrison, que sigue en la bañera aunque ya hayan pasado más de treinta años) y para estar a la última había que sintonizar la MTV y te comprabas un vasito con un impreso de Beavis & Butthead.

Naturalmente, nos querían hacer creer que en Medio Oriente eran todos unos salvajes viviendo en un estado de lamentable servilismo a un dictador que fue derrocado por otro dictador con una camisa de Gucci, que fumaba unos puros carísimos y que más tarde serían usados como cuerpo del delito en un conocido escándalo púbico (sí, habeis leído bien) que le costó las elecciones presidenciales. Y mientras todos hablaban de esa guerra que nadie había visto jamás, también se decía que gracias a la exportación de materia prima los países del tercer mundo obtendrían los recursos necesarios para salir de la pobreza, siempre y cuando aceptaran los términos económicos y las tasas impuestas por el primero. Vamos, lo que en mi tierra llamamos viveza criolla.

Cuando mi compañero de viaje y yo llegamos a España, él llevaba un pasaporte morado de la Comunidad Económica Europea y yo uno azul, modesto, del Mercosur. Ya se sabe que todo lo que está al Sur es frío, está lejos y da pereza, y más que seguro, es pobre. Fuimos a una agencia de cambio con dólares y pesos (Argentina se caracteriza por ser uno de los pocos países del mundo con doble moneda única) y cuando intentamos, muy pardillamente, cambiar los pesos por pesetas, el tío nos miró con desdén y nos dijo, como un policía que rechaza un pasaporte: “Eso aquí, no cotiza”. Y ahí nos dimos cuenta, fuera con pasaporte europeo, fuera con pasaporte del Mercosur... que habíamos llegado a un mundo extraño. Un mundo cotizable, de moneda única. O sea, al Mercado. Nos llevó veinticuatro horas averiguar que, para muchos, ser pobre en el primer mundo puede ser ilegal.

Todo es mentira en este mundo

Todo es mentira, la verdad
Todo es mentira yo te digo
Todo es mentira ¿por qué será?

Y era todo tan raro...

Llegamos buscando gente que no creyera en las rayas de los mapas y que no estuviera harta de escuchar malas noticias en la tele. Llegamos con la esperanza del reconocimiento, con sueños de prosperidad, y con la adrenalina que dan los aviones y la percepción alterada por la distancia. Yo pensaba que siempre habría un lugar para mí en cualquier parte del planeta que no fuera la Argentina. Con el tiempo y después de haber vivido en Europa alguna años, llegué a pensar que siempre habría un lugar en cualquier parte del universo que no fuera este planeta. Porque, a la largo o a la corta, cáes en la cuenta de que en este gran espectáculo que es el mundo, el día a día es igual en cualquier latitud, y que el mundo sólo adquiere legitimidad cuando eres capaz de comprender la intersección.

Pero no la del Mercado, sino la otra.

Lefebvre dijo: “la vida cotidiana es un sector de retroceso en el mundo moderno, o sea, un tercer mundo afectivo en el corazón del primero”. Incluso aquí, hay quien sabe que hemos llegado a un punto en que estar conciente puede ser una putada, un riesgo absoluto de marginalidad y castración de las oportunidades. O la mismísima salvación.

Buscando un ideal.

Sobre la antropomúsica



He oído por ahí -me he enterado- que desde hace uños años hay una especie de campaña de desprestigio contra nuestro querido ex componente de Mano Negra autor del dinamitante Ciudad Babylón, Manu Chao, al que tuve la oportunidad de ver dos veces en Madrid cuando ya empezaba a ser considerado todo un gurú de la world music made in Spain. No me voy a meter en el tema de las multinacionales porque mi campo no es la música, ni la crítica musical, ni las inversiones en bolsa, pero como buena melómana que soy, sí que puedo opinar desde una posición que seguramente no será neutral (ya que nunca lo es) y hacer una reflexión sobre este asunto que desde hace unos quince años viene ocupando páginas y más páginas de prensa musical, y que es (oh) la honestidad del artista. Je.
Hay gente que escribe largos discursos al respecto, y hay otros que le dedican incluso ensayos, y hasta tienen la bizarría de mezclar el nombre de Kurt Cobain con el de Walter Benjamin, o el de Johnny Rotten con el de Adorno, hallando fascinantes vasos comunicantes entre el dadaismo y los Sex Pistols, que es lo mismo que hallar un pasadizo secreto entre Broadway y el reino de Shamballa. Los dos tíos en cuestión a los que me estoy refiriendo (los bizarros) son Greil Marcus (Rastros de Carmín, muy recomendable) y Luis Ángel Abad (Rock-contra-cultura, también recomendable si ya se ha leído a Benjamin). Los dos hacen referencia, de distinta manera, al asunto de la honestidad en cuestiones musicales.
Volviendo al amigo Manu Chao, diré que cada vez que escucho Clandestino, grito con él a voz en cuello aunque sean las tres de la mañana y me siento identificada al cien por cien con tinto de Rioja y sin marihuana, ya que por estas geografías la hierba suele ser débil y, digan lo que digan, poco recomendable. No es que sea fan -de Manu-, pero algunas cosas de él me gustan, otras las pongo en duda, y he de decir que estoy dispuesta a soltar algún discurso a su favor. Básicamente, porque se le ha llegado a tachar incluso de artista de diseño, cuando creo que todo artista con talento, a la larga o a la corta, y por obra y gracia del favor del público, acaba convirtiéndose en una especie de mutante en plan Dr.Jekill&Mr.Hyde del que no puede escapar ni él. Y lo entiendo.
Hace algunos años participé en una colectiva de pintura organizada en Sintra, Portugal, un sitio muy mono al que acudió incluso la prensa y el mismísimo embajador de España en Portugal. Estaba yo en la sala cuando se me acercó un periodista, y me hizo la típica pregunta que todo artista pide a los santos del cielo, aunque sea ateo, que no le hagan jamás: “¿Podría contarnos un poco qué significa su pintura?”. Y yo, que no tenía ni idea, no supe qué decir. Era como si me hubieran cortado las amígdalas. Si hubiera ganado el primer premio, sospecho que hubiera sido como si me cortaran la lengua. Por suerte no lo gané, y aquí estoy ahora, recordando a Robert Luis Stevenson en nombre de Manu Chao.
Como ya sabeis, Mano Negra nació de la nada y se crió en la prosperidad, era del barro, pero adolecía de exuberancia, y acabó fichando con la Virgin, oh prostitución. Mientras el tío se quejaba en sus canciones de no tener calefacción, se compraba un piso a todo trapo en Barcelona y creaba una productora. ¿Qué clase de gurú era ése?
Lo que tiene de bueno la influencia de la globalización también en los medios informativos es que, así como hay quien puede opinar, también hay quien puede disentir, y como estamos todos suprainformados, es tan posible bajarse una receta para fabricar una bomba y comprar una rula, como descubrir la existencia de Amadou&Mariam, una pareja de africanos que hacen buena música y que, oh casualidad, fueron producidos en España por Manu Chao. En el 2005, su disco (en el cual participa Chao) fue elegido número uno por la Lista Europea de los Rítmos Étnicos, y tomando en cuenta que, siendo del continente negro, viven en Francia desde hace bastante y hacen giras por los Estados Unidos, ya debe haber quien les esté acusando de que se vendieron.
Lo cierto es que la astucia del sistema es infranqueable, y dada su complejidad resulta difícil definir una ética del arte en estos tiempos. Y como el arte es cuestión de instinto (para poner un ejemplo pictórico, diré que Guayasamín mezclaba polvos de ladrillo con la leche materna que producía su propia madre para alimentar a su hermano, tal era su necesidad de crear y su escasez de recursos), pues para volver a los tiempos del arte por el arte quizá habría que irse al Tercer Mundo y quedarse un tiempo allí (hombre, no digo que haya que mudarse definitivamente y llevarse a los niños, pero es una aventura experimental que recomiendo). Porque en el Tercer Mundo no hay mercado. La gente fabrica esculturas con las ramas de los árboles, y no las llama esculturas sino objetos. Son parte de la naturaleza, como los pájaros, un plato de arroz o un castillo de arena. Esto es algo que sabe muy bien Manu, ya que me huelo que malegría no es cosa suya sino un juego de palabras que ha tenido que cogerle a alguien que la ha vivido en carne propia. Así que por lo tanto, Manu Chao no es un gurú de la anti-globalización, sino un investigador. El trabajo que hace Manu, como el de tantos artistas occidentales que defienden la integración y acaban comprándose no un piso, sino una planta entera en el centro de cualquier ciudad, es un trabajo antropológico. Vamos, que Manu vendría a ser algo así como un antropomúsico.
¿No habeis notado que todo se convierte en espectáculo? Todo, absolutamente. Salvo en el Tercer Mundo, donde la pobreza es real, en los países de Occidente incluso la pobreza se convierte en espectáculo. Como en el Tercer Mundo la riqueza del primero es un espectáculo con el que todo el mundo sueña.
Celebro que Manu Chao lo proclame en su música a los cuatro vientos, y espero que siga así. Todo lo demás, creo es puro revisionismo.

Tom Waits


Me gusta trabajar sobre la textura de una canción. La dejo de lado y después vuelvo a ella. A veces la diseco, me quedo nada más que con las alas, y se las pego a otra canción (T. W).

La primera vez que escuché a Tom Waits me imaginé a un tipo huyendo de una habitación bajo una salva de zapatos de tacón de aguja. Seguramente la dueña de los zapatos era una preciosa chica que había conocido esa misma noche, una que sabía que después de ese encuentro él iba perderse para siempre, y a propósito, tras haberla invitado a tomar una copa en el bar más barato de la ciudad, revolviendo todos sus bolsillos para, finalmente, hallar un casi deshecho papel donde habría garabateado los cuatro primeros versos de una canción inspirada en Mary, pero escrito en realidad para Susan, y todo entre cigarros, temblar de pulso, fervor de lengua y, desde ya, un Jack Daniels a modo de renunciamiento.

Esa voz áspera (quizá la más áspera que haya puesto el diablo en la Tierra), evidencia de un presente impremeditado, de los días y las noches vividos sin pereza, de madrugones con café y aspirinas junto a un piano demasiado pequeño para una idea tan fabulosa, de una ausencia casi permanente -y también de un retorno impreciso, aunque seguro, a ese refugio que es una canción-, me conquistó para siempre. Y como me pasa cada vez que escucho algo bueno, me monté la película de que quizá pudiera conocer su receta infalible, que consiste en: desollar las dos mitades de un limón, echarse un trago de tequila (y volver a repetir, hasta que su mente haya cogido la temperatura lisérgica suficiente como para entender que la felicidad absoluta no existe, y que si existe, sólo puede matar la inspiración), y mientras el alba rompe los bordes de la oscuridad, dejar su impronta de fuego blanco encima del piano y permitir que Tom Waits te ronronee alguna cosa.

No le quepa duda de que si usted es un amante de la mística de los agujeros y cuando va por la calle se para a observar caras de vagos y soñadores, buhoneros, floristas, muchachas de mirada desaprensiva parapetadas en el hueco de una axila, bultos humanos tumbados panza arriba, sonidos, rumores y silencios, es posible que quiera volver a escucharlo. No se lo pierda.
El piano ha estado bebiendo (the piano has been drinking)
El piano ha estado bebiendo /Mi corbata está dormida /Y la banda se ha ido a Nueva York /La gramola tiene que ir a mear /Y la alfombra necesita un corte de pelo /Y el foco/parece la fuga de una prisión /Porque el teléfono no tiene cigarrillos /Y la terraza se ha ido a ligar /Y el piano ha estado bebiendo /El piano ha estado bebiendo /Y todos los menús están helados /Y el iluminador está ciego de un ojo /Y no puede ver con el otro /Y el afinador de pianos lleva un audífono /Y se presentó con su madre /Y el piano ha estado bebiendo /El piano ha estado bebiendo /Y el matón sabe lucha japonesa /Pero es un enclenque cobarde /Y el dueño es un corto mental /Con el coeficiente de inteligencia del poste de una valla /Porque el piano ha estado bebiendo /El piano ha estado bebiendo /Y no puedes encontrar a tu camarera /Con un detector de radiactividad /Y ella te odia a ti y a tus amigos /Y no puedes conseguir tu trago sin ella /Y la taquilla está babeando /Y los taburetes están ardiendo /Y los periódicos están haciendo el tonto /Y los ceniceros están jubilados /Porque el piano ha estado bebiendo /El piano ha estado bebiendo /El piano ha estado bebiendo /No yo, no yo, no yo, no yo, no yo.Disco recomendado: ORPHANS (2006). Rock and roll, blues, balada, tango, vals, polka, y lo que querais.

El harakiri vertiginoso de Kurt Cobain



Me encanta la música. Me crié en una familia donde era moneda corriente: mi padre era director de coros y mi madre soprano lírica, así que crecí entre tenores italianos, viejos vinilos, tertulias crepusculares y acordeones. Como diría Fito Páez, para mí la música es “parte del aire”. Siempre que entres en mi casa estará sonando algún disco: desde Luciano Pavarotti a Wendy O. Williams, todo depende de mi estado de ánimo.
Hace poco leí que Aristóteles sostenía que la utilización de matracas sirve como puerta de escape de energía para los niños con carácter destructivo. Parece que el punk es algo más antiguo de lo que pensábamos. Ya sabía yo que no era sólo una forma musical sino un estado del ser. Habría que ver con que se animaba Nietzche durante su famoso despertar místico. ¿Habrá sido un melómano, como yo, que busco música hasta debajo de las baldosas?¿O preferiría, quizá, el silencio?
Me pregunto qué pensaría de todo esto Kurt Cobain.
Cuando estaba en Argentina, Nirvana no era santo de mi devoción. Para mí era sólo ruido de fondo. Un muro de sonido incomprensible y monótono, de a ratos destemplado, salvaje -mal hecho- como de niño, y no había quien me convenciera de que fuera bueno.
Me acuerdo perfectamente del día en que la prensa convirtió su muerte en una performance de proporciones planetarias. Yo estudiaba Bellas Artes y me pareció que en la escuela mucha gente andaba de luto. Muchos años después, estando ya en Madrid, viajaba yo en un autobus y escuché por la radio un tío cantando una canción de David Bowie, pero lo que me llamó la atención no fue la canción sino la voz. Era como escuchar a Bob Dylan cien años después de su primer concierto y cantando como si fuera su última vez. Jamás había escuchado una voz tan llena de rabia y a la vez tan herida. El tipo empuñaba su voz como si fuera un arma arrojadiza. Era Kurt Cobain. ¿Por qué nunca le había prestado atención?
its better to burn out than to fade away (mejor quemarse que apagarse lentamente). He aquí la frase que dio la vuelta al mundo en ochenta días. 60 pibes se mataron detrás de él en las siguientes semanas.
Vicky, una amiga americana (que hace tiempo me pasó el primer disco de Nirvana, aquel que lleva el nombre de una comida para gatos) me dijo que la famosa frase pertenecía a una vieja canción de Neil Young (Hey hey, my my, el rock and roll vivirá para siempre, mejor quemarse que apagarse lentamente), pero al leer la carta comprendes que Cobain hizo una apropiación, sacando ese verso de su contexto y adaptándolo al suyo tan brillantemente, que tiene más sentido en su nota que en la canción de Neil Young. Sólo hay dos formas de morir por mano propia, y él eligió la vía rápida. El harakiri vertiginoso.
Hace tiempo estaba yo en Barcelona y un amigo me soltó una confesión de ésas que tienen que ver con la infancia y hacen que te eches a temblar: “Acabé entendiendo que cuando las caricias escasean es mejor aullar para que te oigan, y por lo menos así te darán un bofetón. Eso, mejor que nada.” Mientras lo decía, sonaba Pennyroyal Tea como telón de fondo, y no era que el tío quisiera hacerse el lastimero. Simplemente le apetecía contármelo. “Es el otro lado de la vida”, me dijo, “lo que no se cuenta a nadie, lo que no se habla en la mesa, lo que no le cuentas a tus amigos cuando vas de cañas, lo que no se publica en los libros, ni se comenta en la tele”.
Seaned O’Connor hizo una etérea versión de All apologies donde despoja a la canción de su indumentaria rockera y la deja al desnudo, tal como es: una melodía sencilla, hipnótica, casi como una ronda infantil. O una nana, que es lo que muy en el fondo es. Siempre he pensado que Nirvana no era más que eso: una banda que tocaba canciones sencillas. Rondas infantiles escritas con la rabia de un niño roto.
Dicen los expertos (¿habrá alguno?) que Nevermind no es el mejor disco de Nirvana. Comparto. Yo prefiero From the muddy banks of the Wishkah porque fue el primero que escuché y además es una recopilación de sus mejores directos. Y en los directos sale como sale, no puedes volver a repetir. Son emociones en estado puro. Sin embargo el Nevermind resulta ser el más significativo, ya que contiene -y esto no es mío sino de Ricardo Mollo, muy interesante lo suyo- el hit que pudo haber matado a su propio autor. Una canción con patas y asesina. Como los oscuros personajes de Ernesto Sábato, que ya en el alumbramiento se le van de las manos y le dejan esa cara de triste.Era obvio que en Argentina no me llamara la atención: cuando estaba allí yo no sabía lo que era la indiferencia social -que a la larga termina convirtiéndose en alienación personal y colectiva- en cambio aquí, esa sóla palabra, nevermind (noimporta), era justo el catalizador que yo estaba necesitando para darle la forma musical exacta a mi enorme, ominosa, potente, morrocotuda desilusión. Como Nirvana, me deslizaba ostensiblemente hacia el desastre.
Tuvo que pasar mucha agua bajo el puente, supongo, para que un chaval de veintipocos, gringo además e hiperaburrido de la herencia facista de un Ronald Reagan (promotor, entre otras cosas, de dictaduras latinoamericanas) llegara a la muy sabia conclusión de que no podría inventarse nada nuevo en un mundo que nos pensó el futuro antes de que pudiéramos imaginarlo. Y yo sólo lo comprendí cuando llegué aquí.

Y feel stupid, and contagious…

En mi opinión, nunca hubo en el rock un grito que denunciara la legitimización de la estupidez humana tan bien como el suyo.

El aduanero Rousseau: Yadwiga



“La gitana dormida” es mi pintura favorita, obra de Henry Rousseau. Yadwiga es el nombre de la gitana que le inspiró para crear esta inquietante pintura, en la que una gitana con aspecto de muñeca de lana, duerme ante la mirada atenta de un león manso.

Al verla uno se pregunta con qué soñará Yadwiga, o si acaso, en su infinita inocencia, no temerá despertar entre las fauces del león. Quién sabe. Quizá ella no sepa que él se ha enamorado.


Patti Smith / Babel


Para empezar, diré que la edición española de Babel, fue traducida por Antonio Escohotado, lo que ya os dará una idea del tipo de literatura con la que os vais a topar. Habrá quien la pase de largo (por eso he pensado en incluir un estracto al final, así nadie se lleva una sorpresa) y habrá quien se quede enganchado a su poesía como un abrojo. En cualquier caso, a Patty Smith la amas o la odias. Mi madre, por ejemplo, la odia. Será por celos, porque yo a Patty Smith la amo de a ratos, y cuando no la amo, la recuerdo como una referencia ejemplar, y no de lo que debe hacerse, sino de lo que es.
Heredera de Rimbaud y la generación Beat, devota de García Lorca, Patty Smith nació en New Jersey en 1946 y se introdujo en el underground neoyorquino de fines de los ’60 con el desparapajo de una advenediza (por entonces todos o casi todos eran advenedizos, y acabaron haciendo historia), para no mucho más tarde convertirse en la mayor musa del punk del rock americano. Su basa parece haberla heredado la inglesa P.J Harvey (a pesar de insistir en que no le gusta que las comparen), sin embargo hoy por hoy la mariscala del rock and roll sigue dando caña aunque ya críe nietos. De hecho la tuvimos por aquí en 2004, y tanto por su temple como por su macarrismo de corte austero (no olvidemos que es capricornio), hemos visto que los años no han pasado en vano para ella, y que la que fuera una sacerdotisa del punk es hoy ya toda una abadesa.
Pero cabe recordar que Patty no es sólo cantante sino también poeta. Poco hay publicado de ella en español, pero a lo que hay vale la pena echarle un vistazo. Y en lo posible, quedárselo. Estamos hablando de una poeta inclasificable, potente, embriagadora, intertextual. Porque Patty escribe con el ímpetu temerario de un legionario, y tanto le da evocar un campo de amapolas como las telarañas engrasadas de un garito de mala muerte. Su espontaneidad oscila entre la escatología más brutal, y la inocencia de un niño de cinco años soltando un pedo en la ópera. A Patty hay que leerla colgada del techo boca abajo, ya que no es alguien que puedas leer en una situación de normalidad, sino con un espíritu libre de prejuicios, y en lo posible vacía de viejas referencias. Lo que importa en su literatura no es el significado, sino la palabra como objeto, con lo cual podría decirse que su poesía no está hecha para el entendimiento sino para el sentir.
A continuación, unos extractos:

sohl

un enjambre de glorias irrumpió desde su cráneo.
colmado de un horror sagrado abrió su cajón y
retiró un pequeño cristal perfectamente trabajados.
inspeccionar su cabeza pretendía pero en cambio
se demoró varios minutos sobre la elegante
artesanía del espejo. el marfil era de
un rico grano, venas, y en el centro
una grieta. se arrodilló y cruzó los ojos para lograr
una visión mejor. en la grieta había un jardín.
y tan verde era que sus carcajadas le derribaron
y rodó y rodó sobre las láminas frescas.
la sangre fluyó y cubrió los insólitos campos.
acostumbradas a adorar, las pálidas glorias
levantaron sus cabezas y se dejaron lavar
por el lujo del rubí.
tras varios días de lluvia y desaparecidas todas las huellas del hombre
los niños fueron puestos en libertad para vagar y disfrutar en
los largos campos de amapolas.

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babelogo

no he follado con el pasado pero he follado mucho con el futuro. sobre la seda de la piel hay cicatrices de las ampollas de los escenarios y muros que he acariciado. como el tronco de helena, cada descarga de madera fue mi placer. mediría el éxito de una noche por la cantidad de orina y semilla que pude sudar sobre las columnas que servían de nido al amplificador central. algunas noches se me ocurría sorprender a todos enfundándome una camisa de punto erde cosida a círculos metálicos planos que se movían y lanzaban destellos. Las luces eran violetas y blancas. durante un rato llevé un velo decorativo. pero me era imposible soportarlo. cuando llevaba el pelo corto ansiaba algo para cubrirlo. pero ahora mi pelo es un sí mismo un velo y la cabellera de una comanche loca y soñolienta yace bajo el entramado de la piel.
me despierto. estoy tumbada apaciblemente y mis rodillas están abiertas al sol. le deseo y él está absolutamente dispuesto a servirme. en casa soy mahometana. de corazón soy una artista americana y no tengo la culpa. persigo el placer.persigo los nervios bajo vuestra piel. el estrecho pórtico. las capas. el rollo de vieja lechuga. adoramos el defecto. el lunar sobre el vientre de una ramera exquisita. una que no ha vendido su alma a dios.
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campo de babel

algunos de nosotros servimos como cruzados y algunos como moscas aplastadas contra una valla. vivimos una existencia espartana.

Babel (Patty Smith, 1978). Ed. Anagrama.